Homenaje al loro verde

Mario Rodriguez* aqui nos oferece o famoso conto de Jorge de Sena, “Homenagem ao papagaio verde”, que primorosamente verteu para o castelhano**

"Menino e papagaio" (2007), de Julio César Brigatto
“Menino e papagaio” (2007), de Julio César Brigatto

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“Lisboa, 1928”

Loro amarillo
de pico dorado
………………………
toma una cerveza
dame una gaseosa.

Canción popular

 

Era verde y viejo. Por lo menos, antiguo. Y ocupa en mi memoria −junto con una galería indistinta y confusa de gatos atigrados y “preparados” por el afilador en bicicleta (más tarde, ese primer misterio de mi infancia pasó a ser celebrado en la Escuela de Medicina Veterinaria, ahora con el refinamiento de la asepsia), y todos llamados “Mimosos” tan onomásticamente como los papas son Píos− el más arcaico lugar reservado a una personalidad animal. Digo personalidad, y lo digo bien, porque él la tenía, y porque fue verdaderamente −más allá de las sorpresas contradictorias de las “personas grandes”, tan caprichosas y volubles, tan imprevisibles, tan ilógicas, tan hipócritamente crueles− la revelación de un carácter. No tenía nombre: era el Loro, y me parecía, porque hablaba, un ser maravilloso. Después, y la llegada de ese otro la recuerdo, mi padre trajo de las áfricas un loro gris. El loro por excelencia pasó a llamarse el Loro Verde, y vivía en una jaula colgada en uno de los balcones en que, por una cerca de madera, estaba dividido el balcón de la parte trasera de mi casa, por lo que una parte daba a la cocina y otra, al comedor. Una de las reivindicaciones políticas de mi infancia fue el cambio de una situación injusta que confinaba al Loro Verde al “balcón de la cocina”. En el del comedor, el que estaba más cerca de la calle, vivía el Loro Gris. Este, menos esplendoroso y menos corpulento, menos vanidoso también de sus colores sin brillo, murió después del Verde, ave grande, vistosa, desbordante de presunción y dignidad: y, a pesar de haber tenido mucho más que el Verde el don de la palabra (que usaba, no obstante, con menos humor involuntario), no lo recuerdo tan claramente como a la imagen del otro, a la cual la suya había venido a sobreponerse a manera de un negativo, una sombra, un doble empalidecido, en la imprecisión focal de la memoria que se desenfoca por él. Además, el Gris era un sujeto retraído y friolento, que se quedaba encogido refunfuñando su repertorio variado, sin manifestar ningún tipo de preferencia afectiva por nadie; apenas tenía de simpático el mirar nostálgico, melancólico, y la mansedumbre muy dócil del esclavo encadenado y resignado. El Verde, por el contrario, era exuberante, de amistades apasionadas y de odios retorcidos, sin continuidad ni obstinación. Miento: esas amistades y odios, no continuados ni firmes, hacían parte de su carácter expansivo y espectacular. Pero, con el pasar del tiempo, comenzaron a refinarse en una aversión colectiva, amarga y ruidosa, o concretizada en un picotazo de respeto, que traicioneramente, delante de un agitado revuelo verde, y de raíz, se apoderaba de un dedo, una canilla, una madeja de cabello. La contrapartida de este creciente pesimismo en relación al género humano (en el cual él incluía, con un desprecio que rayaba en lo absurdo, al Gris) fue una dedicada y vehemente amistad hacia mí. En el mundo hostil de los adultos que me cercaban con cuidados y confinamiento, el Loro Verde, al final, no solo me reveló lo que era el carácter: me enseñó también lo que es la amistad.

Que el Loro Verde era brasileño, como angoleño el Gris, fue de los primeros axiomas de biología que aprendí. Siempre era repetido, categórica y sacramentalmente, por mi padre o por mi madre, cuando, en cenas familiares, se discutían las gracias respectivas de los dos animales, y siempre había un tío mío para condenar, en nombre de los peligros de la psitacosis, la posesión de seres tan exóticos, portadores probables y espontáneos de una enfermedad extraña, mortalísima, que yo, niño a la espera del turno de la carne asada, imaginaba como la instalación crónica, en el organismo de los adultos, de aquella tendencia manifiesta a hablar sin sentido y sin propósito, cosa que los loros casi no hacían. Pero el caso es que, verdes y loros, solo en Brasil; loros y grises, solo en África, y aún hoy no sé si esto es verdad o mentira. Otro axioma era que los loros comían maíz, de lo que yo concluía (y creo que mi subconsciente aún guarda esa conclusión) que la ingesta de maíz era una señal infalible para distinguir a las personas de los loros.

En mis primeros recuerdos de infancia, el Loro Verde era un animal fabuloso que me recibía a gritos, mientras daba vueltas en la percha, alternando los pies, y me miraba desde lo alto con un ojo superciliar, y con el pico entreabierto. Cuando comencé a verlo, lo hacía muy poco, ya que él vivía en el “balcón de la cocina”, que me estaba prohibido debido a las llaves del agua, como la cocina me estaba prohibida debido a la lumbre. Cuando yo conseguía burlar la vigilancia, o sobornar el cordón sanitario, ambos permanecíamos en una contemplación embebida: yo, con las manos en los bolsillos del delantal de cuadritos azules y blancos (que era el uniforme de mi prisión), y él, en la jaula colgada en lo alto, entreabriendo las alas para un vuelo un tanto amenazador, con la cabeza de lado, y soltando una especie de gruñido que culminaba en un estremecimiento que lo erizaba todo. Que era brasileño y había sido traído de Brasil, yo lo sabía. Pero, antes de ser puesto en aquel balcón, donde parecía, en una casa triste y sombría, una mancha insólita, obscenamente gallardo, había viajado mucho. Había vivido a bordo de navíos, había olido largamente el mar, no la marea de la costa, sino los vientos en alta mar, llenos de fina espuma y de un ardor de aventuras. Algo de eso permanecería en él, y era una forma de balancearse en la percha sin levantar ninguna de las patas, sin alternarlas como el Gris hacía. Y también una bonhomíaastuta, egoísta, irónica, subyacente al ímpetu altivo de su cuello amarillo y de su penacho azul. Le había quedado, además de eso, un repertorio feroz, truculento, metafóricamente expresivo, que era el principal motivo del confinamiento discreto al balcón de la cocina. Él, poco a poco, iba olvidando aquellos horrores que mi madre no quería que yo oyera, y solo los recordaba a chorros, en sus horas de tedio más soñador, en que los decía entrepico, o en los momentos de furiosa irritación, en que, pareciendo un águila (pensaba yo) imponentísima, vomitaba improperios que escandalizaban a la vecindad y partían de risa a las criadas, lo que lo irritaba más. No fue, por tanto, en la escuela o en la calle que aprendí las nobles groserías esenciales para la vida, aunque me quedara, para aprender después, algún sentido de ellas. Por lo demás, este sentido yo lo iba aprendiendo intuitivamente en las discusiones domésticas a puerta cerrada, entre mi madre y mi padre, cuando él, del otro lado de la puerta, las bramaba y explicaba bien en frases aclaratorias.

Mi padre era un personaje mítico que yo casi solo veía a la hora de la cena, durante unos quince días, de tres en tres meses. Su llegada estaba precedida por un olor a encerados y a polvo sacudido, que se esparcía por toda la casa, en la cual los postigos se entornaban como para conservar, en estado de gracia y de panteón familiar, aquel ambiente de silencio y tinieblas premonitorias. Nunca se sabía con precisión el momento de su llegada. Él no escribía sino ocasionalmente, y mi madre, para calcular la demora del viaje, iba de vez en cuando, conmigo de la mano, a las puertas de la Compañía de Navegación para ver, en el tablero donde registraban el movimiento de los barcos, en cuál puerto de las áfricas el navío de mi padre había salido o había entrado. Cuando yo ya sabía leer, me mandaba a mí allá dentro y se quedaba medio oculta en la esquina de la calle, creo que para no mostrar a los empleados que la conocían que en realidad no sabía dónde andaba el marido. Telefonear, y no teníamos teléfono, no se le ocurría; presentarse con la cabeza erguida fuera donde fuera era contra sus principios. Y, muy probablemente, los empleados ni se acordarían de haber encontrado extraño que ella, aunque recibiera muchas cartas en aquel tiempo sin aviones, fuera a ver la ruta del navío. Yo, a quien tantos compartimentos de la casa estaban prohibidos, me quedaba durante y después de la limpieza, y hasta el día de la llegada, completamente acorralado, y sin nada que ensuciar o que me ensuciara. Y odiaba aquella expectativa, al mismo tiempo que esperaba con curiosidad lo que mi padre traería: cajas de vino de Madeira, racimos de bananos, variedad de frutas en cestas, a veces ídolos de los negros, que me eran dados para que jugara. Un día, comenzaba el movimiento en la escalera de la casa cuando el criado de mi padre, que tenía casaca blanca y era exclusivo del comandante, lideraba a varios hombres que subían sobrecargados, atascándose en la puerta, jadeantes y tambaleantes, los maletones enormes, las cajas, y las cestas, que quedaban en el corredor estorbando a todos. Al olor de los encerados y del solarine, se sobreponía entonces el de las frutas exóticas, el de la paja de los cajones, el del moho de los maletones; a pesar de ser siempre igual, yo quería abrir, tocar y ver todo. Nunca me dejaron abrir, tocar o ver nada; y me quedaba en la puerta, mirando el aumento de las pajas de las que emergían frutos y saltaban cucarachas, que corrían luego por el corredor, perseguidas por los gritos de mi madre y de las criadas, todas esgrimiendo atolondradamente escobas y dando con ellas golpes desatinados. En general, para mi placer, las cucarachas se escapaban. Después, había una expectativa medio nerviosa, con muchos “el papá está por llegar” y muchas miradas furtivas hacia la calle, para ver si él asomaba al voltear la esquina. Hasta que, con su andar balanceado, la estatura corpulenta aparecía atravesando la calle, sombrero de fieltro de ala doblada y ribeteada con seda, bastón con incrustaciones de plata, tabaco habano levantado en la boca.

Mi madre, sin dar desde la ventana un saludito previo, iba sin demora a abrir desde el rellano la puerta de la calle, jalando –y yo quería siempre jalar– la transmisión metálica y primitiva que levantaba el cerrojo. Y se quedaba firme, sujetándome la curiosidad indiferente con que yo quería subirme al pasamanos, y soltándome solo cuando mi padre ya venía en el último tramo de la escalera. Entonces, súbitamente intimidado, yo descendía dos o tres escalones: mi padre –“Entonces, ¿cómo está nuestro hombre?”– me rozaba en la frente con unos labios fríos y el bigote verdoso, abundante y retorcido en las puntas que él encrespaba, y se detenía al pie de mi madre, sin modo de abrazarla. Se quedaban así, uno delante del otro, mirándose, y yo levantaba los ojos por entre ellos, hasta que mi padre la agarraba por la cintura, el espacio entre ambos desaparecía, y mi madre dejaba reclinar su cabeza en el hombro de él. Se daban entonces un beso huidizo –“Mira al pequeño”, decía mi madre– y entraban al corredor, ambos muy abochornados, sin mirarse ni mirarme. Las criadas aparecían en la puerta de la cocina, en un sofoco de pechos excitados y de miradas risueñas, a los que mi padre lanzaba un altivo “hola”, y entrábamos a la sala, con el sofá y las poltronas bajas de bolitas que los “Mimosos” arrancaban una a una; yo me quedaba en medio de la casa, a veces en un pie, a veces en otro, con una voluntad inmensa de hacer “chichí”, y mi padre se sentaba en el borde del sofá, mientras mi madre se sentaba en el borde de una de las poltronas. Intercambiaban entonces algunas informaciones: quién en esta ocasión había aparecido en Luanda o en Lobito, recomendaciones acerca de los uniformes blancos, que tenían que ser todos lavados y planchados, enumeración de quién había ofrecido los cajones, las frutas, los racimos de bananos. Mi madre contaba, secuencialmente, sin explicaciones ni comentarios, los acontecimientos de la familia, las enfermedades que yo había tenido, se quejaba de cómo había estado, esta vez, tan mal del corazón. Él oía distraídamente, como en una visita formal, pero aún con el sombrero en la cabeza y con las manos en la curva del bastón. A veces, una de las manos se levantaba para alisar y retorcer una de las puntas del bigote. Mi madre, entonces, se levantaba, como si fuera a despedirlo, y le quitaba el sombrero de la cabeza, y el bastón de las manos. La calva de él, puntuda y lustrosa, brillaba. Él se levantaba también, venían hasta el corredor, y observaban ambos las cestas y los maletones. Nuevamente mi padre enumeraba los obsequios que había recibido, y aprovechaba para informar sobre cualquier pedido que le hubiera sido hecho por la parentela africana de mi madre, un pasaje gratuito de un puerto a otro, o de cómo habían ido a bordo para quitarle el almuerzo. Demoras en las conversaciones y en los gestos de ambos prolongaban un malestar que se transmitía. Mi padre, agarrando a mi madre, comenzaba a arrastrarla hacia el cuarto de ellos. Mi madre lo esquivaba, él le quitaba de las manos el sombrero y el bastón, que colgaba en el perchero, e iba para el cuarto a ponerse cómodo. Ella iba a la cocina extremadamente avergonzada, y cada vez lo estaba más porque él la llamaba desde adentro, con insistencia. Él llamaba, ella repetía por centésima vez en aquel día las instrucciones para la cena. Vendrían mis tíos, como siempre; y los cristales y los cubiertos, sacados ya del guarda vajilla y del aparador, se apiñaban en el mármol de esos dos muebles, en el comedor; esa era otra de las decisiones rituales que se tomaban de tres en tres meses. La voz de mi padre venía insistente, cada vez con más berridos. Cabizbaja, mi madre interrumpía las observaciones, e iba por el corredor en dirección al cuarto. En la puerta, mi padre, en calzas elásticas y en camisa, esperaba y tenía que empujarla para adentro. La llave rechinaba y hacía un chasquido en la cerradura. Las criadas intercambiaban miradas, me llevaban para el balcón, donde el Loro Verde, en su jaula, subía y bajaba afanosamente de la percha, agarrándose con el pico y alzando la pierna. Era impensable que él le diera el pie a alguien, a no ser a una punta de palo de escoba, que yo le ofrecía. Mirándome de lado, consentía en posar suavemente un pie trémulo en la punta del palo, mientras yo repetía: “Loro Real, ¿quién pasa?”, para que él se dignara a decir: “Es el Rey… Es el Rey…”, como si no supiera el resto. Y, de repente, se carcajeaba estruendosamente, se sacudía, y cantaba desaforadamente una de las canciones en boga. No bien las criadas venían, riendo, a acompañarlo, se callaba de inmediato, quieto y serio, y las miraba fijo con el pico entreabierto.

Fue a esa altura que nuestra amistad se estableció. Las lunas de miel de mis padres duraban pocos días, por lo menos con aquella atmósfera de puerta y ventana cerradas a pleno sol y de pasos leves de las criadas; durante la vigencia de aquellas, yo –olvidado, o tratado con mayor distancia, porque mi madre, cuando salía de allá dentro, andaba llorando por los rincones y no me llamaba mucho– era más libre, entretenidas las criadas en una escucha maliciosa o en el “far niente” de las tareas inacabadas. Pero duraban, en efecto, poco, y luego, casi sin transición, pasaban a la violencia del temporal deshecho, para lo que también la puerta se cerraba, a veces, de una sacudida y con disputas por la posesión de la llave, y allá dentro del cuarto había gritos de ambos, frases murmuradas rabiosamente, sollozos y ayes de mi madre, hasta que, de repente, la puerta se abría para que las criadas, que ya estaban dispuestas, socorrieran, con el agua de flor de naranja, a mi madre que, extendida en la cama, muy pálida, soltaba leves ayes con la mano en el corazón. Yo me escabullía de entre el tumulto, sin que nadie reparara en mí, y era en general mi madre, abriendo los ojos, quien me percibía, suspiraba sollozando más, y extendía hacia mí unas manos trémulas y dramáticas que solicitaban mi complicidad, mi alianza, y de las cuales yo retrocedía aturdido, con repugnancia.

Y era mi padre quien me empujaba hacia ellas, como una especie de plenipotenciario encargado de negociar la paz de una guerra cuyas causas yo no entendía, pero de la que me sentía, sin saberlo, el campesino que ve a los ejércitos enemigos devastarle el cultivo, una pequeña huerta, un pobre jardín. Además, por eso, la situación de plenipotenciario tenía, por la impotencia en juego y la pasividad en disputa, mucho más de rehén que de embajador. Nadie me preguntaba o me enseñaba a preguntar lo que quería o lo que pensaba; y ambos, como a los aliados, a los pacificadores y a las terceras fuerzas de la “Cruz Roja” y de las partes neutrales, a veces invocadas (cuando no arrastradas por los acontecimientos), me ignoraban al final. Y, tan rápido como era empujado hacia los brazos trémulos, era apartado de ellos y puesto de lado, afuera de la puerta, como la bandera blanca que, después de blandida y de surtir efecto, queda en el piso, entre los cadáveres, los casquillos, los desperdicios de las guerras modestas y limitadas.

Yo iba para el balcón a conversar con el Loro Verde, no para contarle desdichas que claramente no sospechaba, sino para comulgar con una idéntica soledad subyugada. Yo salía muy poco, la calle me estaba prohibida, mis primos venían a veces a jugar conmigo. Los juegos, sin embargo, constantemente interrumpidos por mi madre, a quien teníamos que pedir permiso para ir a buscar al “cuarto oscuro” la caja de los juguetes (el “cuarto oscuro” era, también, el misterioso reducto-alcoba de las criadas, cuya intimidad constituía otro misterio extraño), no tenían gracia ni entusiasmo, y degeneraban siempre en peleas sin  motivo, en que se oponían mis ansias de jugar todo al mismo tiempo y la absorción con que mis primos se dedicaban exclusivamente a algún instrumento para jugar, que ellos no tuvieran y los sedujera más. Cuando esas peleas estallaban, mi madre los expulsaba, y yo me quedaba días y días rumiando una autoritaria cólera insatisfecha, y esperando (con la idea fija y con una insistencia cuidadosa, para que mi madre después no se opusiera) que ellos regresaran. Fui, por añadidura, poco a poco, sin cálculo ni método, conquistando al Loro Verde, y, al mismo tiempo, el respeto ya legendario que él había impuesto a su alrededor. Sin soltar la percha, y mirando irónicamente para mi dedo, él me daba el pie; cantaba conmigo, aceptaba de mi mano algunas cosas, como un tallo de col, que él apreciaba. Fui descubriendo que, en realidad, él no apreciaba mucho esos tallos que, solícito, yo le metía en el pie. Más por delicadeza que por gusto, más para aprovechar la oportunidad de despedazar metódicamente un objeto (lo que la jaula con percha de hierro y la distancia a la que era puesto de cuanto pudiera ser roído no le permitían) es que él aceptaba esas dádivas. No se las comía; con picotazos certeros y tranquilos, que intercalaba con vistazos laterales hacia mí, partía todo en pedacitos que caían en la jaula o en el suelo. Terminada la ceremonia, bajaba de la percha, y continuaba, en el borde de la jaula, una segunda fase que consistía en escoger de los pedazos caídos aquellos que aún podían ser, sin mucho esfuerzo, reducidos a un tamaño menor. Contemplaba, entonces, con mirada seria y atenta, la extensión de la devastación que había hecho. Entonces, abriendo las alas y estirando el cuello, se sacudía con las plumas erizadas, buscaba en lo alto del penacho azul un piojito (para lo que levantaba, con la cabeza baja, un dedo cuya uña rascaba suavemente por entre las plumas), se sacudía de nuevo, subía a la percha, se acomodaba en ella, apoyaba la cabeza en los hombros y cerraba los ojos. Era la señal de que yo debía retirarme, de que mi visita había acabado. Con la punta de la escoba, luego de esperar que la respiración de él fuera pausada y profunda en el pecho verde, yo lo tocaba. Él aparentaba no darse cuenta; era necesario tocarle varias veces, pasarle el cabo de la escoba por debajo de las alas. Todo esto se repetía como una escena previamente ensayada entre nosotros. Mientras él fingía estar distraído e indiferente, retraído y distante, yo insistía con el cabo de la escoba; y él, súbitamente, salía disparado en un vuelo circular hasta el extremo de la cadena, se posaba de soslayo en el palo empinado, con las alas semiabiertas en una imitación de quien hace equilibrio, y cantaba, carcajeándose y dando chasquidos con la lengua.

Las criadas tenían rabia de aquel entendimiento que él no les había concedido nunca, tratándolas con una altivez señorial que hacía difícil lavarle la jaula puesta para eso en el suelo del balcón, o dejarle agua y comida en los recipientes colgados de cada lado de la percha. Y, rabiosas, le faltaban al respeto, tocándole la cola con la escoba, con el pretexto de barrer mejor un rincón, o lanzando, con una puntería falsamente errada, agua sobre él. Furioso, subía a lo alto del espaldar de la jaula, desde donde, sin dar muestras de perder la cabeza, les lanzaba ataques temibles; pero, a veces, realmente la perdía, y entonces, veloz, con el pie estirado en una cadena que arrastraba la jaula, agarraba una punta de sandalia que, a gritos, muy tembloroso, no soltaba de las patas y del pico. Una vez, la furia fue tal que solo a baldes de agua la soltó, y quedó semidesmayado, temblando de cansancio nervioso y de frío, gimiendo una retahíla triste y ronca, en que había, dispersas, algunas groserías oportunas. En esa ocasión, dejó que yo lo auxiliara, lo secara con un paño, le peinara las plumas tan indignamente encrespadas, tan ennegrecidas por el baño forzado. De ahí en adelante fue que nuestra leal camaradería se firmó, sin dudas ni reservas.

Cierta mañana, cuando me levanté, había en la cocina un movimiento inusual, gritos, una atmósfera de pánico. Probablemente, esa atmósfera me había despertado. Fui a ver. ¡El Loro Verde estaba suelto! Paseando de aquí para allá en el suelo, arrastrando una punta de la cadena, el Loro impedía que la puerta del balcón se abriera y volaba amenazador contra la grieta que intentaran abrir las criadas en los postigos. Yo quería salir, mi madre, que había acudido al tumulto, me sujetaba, el Loro daba berridos. Las criadas repetían que él había huido, ¡había huido! Yo pensaba que de haber huido, habría volado hacia los árboles del patio de abajo. Y las desmentí. Y, luchando con uñas y dientes contra todas, abrí los vidrios del balcón. Ahuyenté hacia el corredor a mi madre y a las criadas, que por la puerta entreabierta de la cocina iban a observar el terrible incidente de que yo saldría mortalmente herido (“sin un ojo”, gritaba mi madre en agonía); el Loro entró, moviendo en vaivén el cuerpopara avanzar, apenas abriendo los dedos en el suelo, a pasos largos, directamente hacia mí, que, contagiado un poco por el pánico de aquellas gallinas, había retrocedido. Y vino hasta mis pies e hizo contra mi zapato, con dulzura y ternura, aquel gesto de afilar el pico de lado, que algunas veces hacía al borde de la jaula. Me agaché para cogerlo. Él dejó que lo agarrara, se instaló en un dedo mío, y pesaba.

¡Qué día triunfal! Mi padre ya se había marchado, esta vez, en el torbellino de los maletones y de los engomados;el criado de casaca blanca, muy tímido, desdela puerta, dirigía la salida del equipaje. Se hicieron las despedidas de costumbre, en que mi padre terminaba por sacar del bolsillo un sobre blanco que colocaba encima del “toilette” y que era el dinero para tres meses de ausencia. Se hizo el recuento del dinero, por parte de mi madre, y el regateo mutuo sobre si alcanzaban o no aquellos billetes. Después, los besos y los abrazos, la ida a la ventana de la sala para darse el adiós final. Y yo retomaba, al final de la tarde, las idas a la casa de Doña Antonieta, para la lección de piano, que toda la familia, mi padre en primer lugar, consideraba una indignidad mujeril, y que era la única manifestación de obstinada independencia por parte de mi madre. Para mí, Doña Antonieta era una persona de la que me espantaba que, al fin y al cabo, no hubiera sido decapitada, regiamente, en la Revolución francesa; y el piano era un triple y delicioso pretexto para hacer lo contrario de lo que quería la gran mayoría de mis tutores honorarios, para penetrar en la sala oscura y prohibida donde nuestro piano se estaba aguitarrando en la soledad húmeda, y para quedarme componiendo soñadoramente, inclinado sobre las teclas amarillentas, las sinfonías que me harían libre, célebre, distante de todo y de todos.

Con el Loro en el dedo, avancé por el corredor en dirección a la sala, seguido por el cortejo receloso que no osaba detenerme, porque el animal les abría a ellas un pico desmedido. Abrí la puerta, entré, abrí de par en par los postigos (y, para luchar con las cerraduras, tuve que poner en el suelo al Loro, que de inmediato voló hacia la puerta a contener el avance de las tropas perseguidoras), fui a cerrar la puerta, me senté en el banco del piano, que abrí después de levantar la colcha india que lo cubría y cuyos flecos siempre se enredaban en la tapa. Concentrándome, lancé acordes tumultuosos y disonantes, con trémolos rotundos en las octavas bajas y glissandos en las agudas. El Loro, con precipitado alboroto, subió en el respaldo de la silla más cercana y sacudió las plumas; y acompañaba, bailando y gritando una melopea desafinada, mi música sin coherencia. Y, de vez en cuando, para mayor alegría mía, lanzaba cagarrutadamente sobre el tapizado de la silla, que así se degradaba, sus excrementos grisáceos.

Ya no se le pudo contener. Yo mismo lo encerraba y lo soltaba de la jaula, y él esperaba con paciencia las horas en que iría a buscarlo para traerlo a la sala. Mi madre y las criadas no se atrevían a intervenir, y yo ya había escuchado conspiraciones para asesinar al Loro, para exiliarlo en casas lejanas. Pero, cuando yo lo soltaba, y él andaba para todos lados detrás de mí, todo corría por nuestra cuenta: mi madre se encerraba en el cuarto, las criadas se encerraban en la cocina. Una de nuestras diversiones era un pequeño trapecio que yo había creado para él, suspendido del montante, sin vidrio, de la puerta del “cuarto oscuro”. El Loro, enseñado por mí, saltaba desde el trapecio que se balanceaba hasta la escoba que yo atravesaba en frente; y cada vez que el aterrizaje se realizaba con precisa elegancia, su alegría no tenía límites. Algunas veces, ambos íbamos al balcón del comedor a visitar al Loro Gris. Este, desde su jaula, nos miraba con chocado pasmo, y ensayaba un baile torpe de criatura a la que encienden, de repente, una luz fuerte. El Loro Verde, posado en mi hombro, lo molestaba con griticos y mordidas cariñosas en mi oreja; y el otro, escandalizado y humillado, se vengaba picoteando con ostentación, pero sin apetito, los refinamientos de la gastronomía lorística de que, por mano de mi madre y de las criadas, su jaula siempre estaba llena. Una tarde, no necesité más que un leve movimiento de hombro. El Verde saltó encima del Gris y, en tres tiempos, le dio una tunda que lo dejó en un rincón de la jaula, la cual después saqueó concienzudamente, volteando, para vaciarlos, el bebedero y el comedero, y barriendo hacia el suelo del balcón, a fuerza de alas, patas y pico, todo lo que se había derramado o estaba puesto en el fondo de la jaula. El otro, mirando de lado, no se atrevía a hacer un gesto; y el Loro Verde volvió a mí hombro, sin querer tocar, para comer, un grano del maíz fino con que el otro se deleitaba.

Cuando yo iba a la escuela, acompañando sumisamente, hasta la última esquina desde donde se veía a mi madre de centinela en la ventana, a la criada que era mandada a escoltarme para impedir que yo me perdiera en las calles o entre los chicos de mi barrio, y de la que huía corriendo apenas volteábamos la esquina, para escapar del peligro incalculable de que mis compañeros notaran que la criada me traía (y esta convención de huir de las respectivas criadas para negarles la tutela era tácita entre muchos de los niños; y las criadas, a la hora de salida, se quedaban conversando en las esquinas lejanas, a cubierto de las pedradas con que serían recibidas si se aproximaban más acá de los límites convencionales de su no existencia), el Loro venía hasta la puerta del rellano a despedirse de mí; y hacía lo mismo por la tarde, cuando, después de la merienda, yo salía para la lección de aquel cuello en que no veía señales de guillotina. Estas despedidas eran una perfidia mía, en las ocasiones que no iba, como me pedían que fuera, a dejarlo preso. Me divertía saber que se encerraban a esperar que él, que caminaba solemne por el corredor y arrastraba chirriando la cadena en el encerado, volviera honestamente a la jaula, donde permanecía, sin estar preso, esperando mi regreso.

Después, mi padre regresaba nuevamente. Las lunas de miel ahora eran cortas, rápidas, tumultuosas, con mi madre protestando allá dentro, con gritos que llamaban puerco e infame a mi padre. En ocasiones, la frágil paz ya se rompía en la cena familiar, ese mismo día, con mi padre que se levantaba de la mesa y tiraba la silla, o con mi madre llorando enfrente de la bandeja encallada en la mesa, entre un plato lleno y otro vacío. Palabras viperinas circulaban, mis tíos también se levantaban, con la autoridad moral con que compensaban la sujeción de los muchos auxilios y comidas que mi padre les daba. Además, eran parientes por parte de él, aunque personas cuya interferencia en los negocios domésticos iba aumentando con la violencia de las disputas. Muchas veces, en aquellos escasos quince días, una de las criadas, por la noche, se levantaba para ir a llamar a mi tío, que no vivía lejos y venía somnoliento, con unos pantalones puestos por encima de la pijama y un sobretodo con el cuello levantado, a conversar pacientemente, ya fuera con mi madre que, en “robe de chambre”, suspiraba sentada en el comedor, o con mi padre que, paseando pesadamente por el corredor hasta que los vecinos de abajo venían a protestar por el ruido, proclamaba que no nos necesitaba para nada, que él tenía a bordo todas las comodidades, que nos llevara el diablo.

Yo, desde la cama, escuchaba todo eso, cuando no era expresamente convocado a participar por mi madre, que venía a despertarme “para que huyéramos los dos”; o por mi padre que me sacudía para decirme “que mi madre estaba loca, que lo odiaba, que me enseñaba a tenerle odio”. Con sueño, cansado de escenas que no tenían ninguna novedad, cuyas acotaciones y pies yo sabía de memoria, los odiaba a ambos, detrás del miedo inmenso que ambos me producían, al jalarme cada uno por un brazo, exigiendo que desmintiera al otro. Una vez, mi madre me vistió apresuradamente y se vistió deprisa también; mientras mi padre estaba en el corredor, con un cuchillo de la cocina empuñado, y las criadas desde las sombras de la puerta del “cuarto oscuro” espiaban. Se me informó que saldríamos para arrojarnos al río y ahogarnos. En la puerta, en medio de las carcajadas de mi padre, me rehusé terminantemente a salir, declarando que hacía mucho frío. Y mi padre, blandiendo el cuchillo –que era para suicidarse, o para matar a mi madre, o para liquidarme, conforme a las circunstancias de aquella “commedia dell’arte”– avanzó hacia mi madre. Yo le di un puntapié en el bajo vientre que le hizo, con un bramido, soltar el cuchillo, que agarré. Y las criadas y mi madre tuvieron que interponerse entre él y yo, hasta que una de las criadas abrió la puerta de la calle y se escabulló conmigo de la mano, desarmándome y llevándome hacia la avenida, donde el día clareaba y los grandes carros de bueyes, cubiertos con hortalizas muy arregladitas, bajaban rechinando camino del mercado. La criada hablaba dulcemente conmigo, me decía que lo que yo había hecho no se hacía, que era una gran maldad, una gran falta de respeto. Yo, bajando la boca, le mordí la mano. Y nos quedamos paseando para arriba y para abajo, ella sorprendida y adolorida detrás de mí, porque me quería mucho, y yo, al frente, dando puntapiés a los residuos que había en el camino, volteando cajas de basura, que estaban en las puertas, y orinando en los árboles como hacían los perros.

De ahí en adelante, en los asuntos nocturnos, cuando mi tío venía, en su sobretodo oscuro, a negociar que mi madre no se obstinara en dormir en mi cama, de la cual yorecogía las cobijas, o que mi padre no blandiera cuchillos, los tres siempre acababan discutiendo acaloradamente conmigo, dos contra uno, según los argumentos, como si yo, “que había levantado la mano contra mi padre”, fuera un criminal, el culpable de todo aquello. A veces, yo saltaba de la cama, iba a recostarme en el marco de la puerta del comedor y por el resquicio los veía sentados alrededor de la mesa, cada uno argumentando motivos que yo ni en sueños había tenido, males que no me acordaba de haber hecho, o acordando planes educativos para contener mis instintos. Quedaba atemorizado y tembloroso al oír hablar de internados, de prohibiciones de juegos, de suspensión de las lecciones de piano y cosas peores.

Al día siguiente, por la mañana, tambaleando de sueño y zozobra, iba para la escuela, donde ya no era feliz. Alejados con aspereza de mi casa, que no frecuentaban, como yo no frecuentaba la de ellos, mis compañeros detestaban mi incapacidad de comunicarme, mi aislamiento estudioso y desocupado que no buscaba aliados ni confidentes. Yo era menos rico que la mayoría de ellos, y me vestía con un esmero descuidado, que no mantenía la distancia que la pulcritud suscita, ni la camaradería a que el descuido invita. Y, con mucha más frecuencia que a otros más petimetres, me atacaban para ensuciarme, a lo que yo respondía con una rabia que no estaba dentro de las reglas del juego, porque intentaba ansiosamente agredir con ímpetus asesinos.

Por la tarde, volvía a la casa, me encerraba en la sala, con el piano y el Loro Verde, hasta el momento en que mi padre, cuando estaba, golpeaba en la puerta. Interpretaba las composiciones de mi preferencia o me quedaba componiendo repetidamente melodías que se parecían a todo lo que había oído de triste; y el Loro ya no se posaba en el respaldo de la silla, sino en el borde extremo del teclado, desde donde seguía los movimientos de mis manos, y a veces bajaba a las teclas, y ensayaba unos pasos que yo hacía sonoros al pulsar las teclas pisadas. Esto lo divertía, y él simulaba un gran espanto, miraba para uno y otro lado, soltaba unos “oh, oh” y se quedaba con un pie en el aire, un pie vacilante que fingía temer el sonido de la tecla siguiente. Entonces, yo lo retiraba hacia el borde del teclado, y tocaba estudios y escalas. El Loro dormitaba sin prestar atención. De repente, yo hacía sonar dos o tres acordes de algunas de sus melodías predilectas. De inmediato, se erizaba expectante, con los ojos muy abiertos, y cantaba y bailaba hasta el final, abriendo las alas. Cuando yo concluía en un torrente de acordes extras, sus gritos eran de aplauso que exigía bis. Yo repetía una o dos veces, hasta que una angustia de expresarmeme entumecía los dedos, posaba la cabeza en las teclas y esperaba a que él viniera, con pasos quedos, a buscarme piojitos en la cabeza.

No había llegado todavía a la adolescencia cuando el Loro Verde se enfermó; al principio muy levemente, de una pequeña boquera en la punta del pico, que claramente lo incomodaba. Solo mi presencia, mi voz, mis caricias, lo arrancaban de la somnolencia gimiente en la que se confinaba en un rincón de la percha. Poco a poco, la boquera se extendió en surcos hacia los lados del pico, avanzó en dirección al penacho azul y al fino párpado que se mantenía semicerrado. Apenas podía abrir el pico para comer, apenas podía afirmarlo para bajar o subir. Tenía mareos, vértigos que lo aterrorizaban y sorprendían, y que acabaron por hacerle temer la percha de donde casi se caía. Fue necesario dejar la jaula siempre en el piso. Él, que en ocasiones saltaba audazmente hacia el enrejado del balcón y miraba desde lo alto hacia el patio de abajo, no se atrevía ahora, sino de vez en cuando, a aproximarse, en un relance nostálgico, a la orilla del balcón. Y arrastrando los pies volvía para el rincón de la jaula. Mi madre, a pedido mío, y yo lo cuidábamos, lavándole con un algodón empapado en ácido bórico aquella llaga que no era exactamente una llaga, y parecía más bien una extensión de lava rugosa y reseca. El Loro Verde no dejaba que mi madre le hiciera la curación si yo no estaba al lado. Con paciencia, hablándole cariñosamente, partiendo todo en pedacitos, yo le insistía en que comiera. Casi que solo por complacerme, él accedía, con un esfuerzo infinito, a comer alguna cosa. Le daba de beber, y el agua le escurría por los lados del pico. Fue entonces cuando, en mi regazo, le dio tercamente por recordar, para escándalo de mi madre que dejó de tratarlo, el repertorio antiguo. Murmurando, sin parar, decía cosas que nunca le había oído, frases, órdenes de navegación y maniobra, palabrotas, palabras en lenguas que yo no reconocía. Como en sueños, recostado en mis brazos, erizándose a veces, repetía sin descanso todo lo que había memorizado en su larga vida, y lo que no había memorizado, y lo que había oído en cubiertas de navíos, en puertos de todo el mundo, entre marineros de todo tipo. Su verdor, ahora tan desvanecido y pelado, tan áspero, se desplegaba en ondulaciones de olas, en silbidos de maniobra, en pregones marinos, en dialectos que tenían en su sonido crepitante la furia y el tumulto de los trópicos multicolores y la amplitud azul de los mares espumosos. Era un ardor mecánico que yo escuchaba inclinado sobre él, y que se ilustraba, en mi imaginación, con viejos gravados de indios con plumas en la cabeza y grandes barcos anclados en bahías de aguas lisas y limpias en las que se espejeaban. Pero era también la confianza con la que, en sacudidas abruptas, uno de sus piecitos se apretaba contra mi dedo, como quien se agarra a la vida y transmite a un amigo el último mensaje. Esto duró semanas, en las que a veces tuve que faltar a las clases, no oír a nadie, no prestar atención a nadie, ocupado en escuchar y recibir aquella vida que se extinguía. Yo salía corriendo de la escuela, que ni me daba cuenta que frecuentaba, temiendo no encontrarlo vivo todavía. Pero allá estaba, ahora medio acostado en el rincón de la jaula, para apretar en la pata mi dedo. Su sufrimiento debía ser horrible, tan grande que, a pesar de la docilidad con que dejaba que yo le hiciera la curación inútil, suspendí aquellos lavados que lo torturaban más. No era, sin embargo, solo la herida, si era herida, lo que le dolía. Le era igualmente dolorosa la pérdida de su garbo, de su altivez, de la elegancia majestuosa de sus plumas brillantes. Cuántas veces, arrastrándose, no intentaba levantarse en sus piernas y músculos débiles, para, con la cabeza en alto, con el ojo ahogado ya en el mal que lo carcomía, agitar todavía las plumas, mirarme con amistosa soberbia, ensayar un comienzo de canción. Luego recaía en la somnolencia habladora en que leves estremecimientos lo recorrían hasta terminar en un apretar de la pata contra mi dedo. Yo lo llevaba al pie del piano, lo acomodaba entre cojines en la silla, le tocaba sus melodías. Él se agitaba con una alegría distante, la de quien ya no escucha bien y se desprende del mundo, y recostaba en el cojín la cabecita, con el estertor ronco que era su conversación solitaria, donde apenas se distinguían las palabras.

Un día, cuando, de la calle y las escaleras, llegué jadeando al balcón, el Loro Verde estaba inerte en un rincón de la jaula, con el pico en el piso. Lo recogí, le rocíe agua, lo sacudí, lo ausculté largamente con la mano. Todavía no había muerto. Lo llevé a la sala, lo acosté en los cojines, arrastré la silla junto al piano, y, mientras con los dedos de la mano izquierda le apretaba la pata, toqué, solo con la derecha, la melodía que más le gustaba. Las lágrimas me empañaban las teclas, no me dejaban ver con claridad. Sentí que sus dedos apretaban los míos. Me arrodillé junto a la silla, inclinado sobre él, y sus uñas se clavaron en mi dedo. Movió la cabeza, me abrió un ojo espantado, masculló sibilantes algunas sílabas sueltas. Después se quedó inmóvil, solo su pecho se elevaba en una respiración irregular y profunda. Entonces, abrió débilmente las alas e intentó voltearse. Lo ayudé, y extendió el pico hacia mí. Lo amparé recostándolo en el brazo de la silla, en que sus patas no tenían fuerza para agarrarse. Quiso enderezarse; no pudo, ni siquiera apoyándose en mis manos. Lo volví a acostar en los cojines, me apretó con fuerza el dedo en su pata y dijo con una voz clara y nítida, la de sus buenos tiempos en que llamaba a los vendedores que pasaban por la calle: –¡Hijos de puta! Yo lo acaricié suavemente, llorando, y sentí que la pata se aflojaba en mi dedo. Fue la primera persona que vi morir.

Conseguí que los vecinos de abajo me dejaran enterrarlo en el extremo del patio. Lo envolví en un paño, busqué desesperadamente una caja que le sirviera, atravesé con cautela la casa de mis ceremoniosos vecinos, bajé al patio con la caja debajo del brazo, cavé una fosa muy honda, deposité la caja, la tapé, repisé la tierra y junté encima un montoncito de piedras, entre las que incrusté flores, disimuladamente robadas del jardín. Y, desde el balcón, en los días siguientes, contemplaba esa sepultura pequeñita, adyacente a la inmensa pared del predio contiguo y que la ceremonia requerida con los vecinos no me permitía cuidar. Llegaron las lluvias, vino el jardinero, la sepultura desapareció. Pero yo sabía, por las manchas de la soberbia pared, donde estaba, y adivinaba, bajo el jardín florido, a mi Loro Verde.

Mi soledad se volvió total. Mi padre iba y venía sin que ni siquiera la llegada del equipaje me incitara a reconocer su presencia mítica. Y en la hosquedad que yo cultivaba contra todo y todos, así como en la soberbia con la que me mostraba ostensiblemente contrariado con un régimen doméstico que, de viaje en viaje, se volvía más amargo, había una especie de herencia espiritual de picotazos abruptos. Llegué incluso a torturar al Loro Gris.

Una tarde, en la mesa, estalló la discusión entre mi padre y mi madre, precisamente en una cena de llegada a la que, como de costumbre, mis tíos asistían. Yo declaré categóricamente que los detestaba a todos y, tirando la silla por imitación de violencia, me levanté hacia el balcón, perseguido por una bofetada de mi tío. Luché contra él, que me agarraba, y contra mi padre, que lo agarraba a él, y contra mi madre, que agarraba a mi padre, y contra mi tía, que los agarraba a todos. Y al ver, en un relance nublado, aquel racimo humano que se disputaba la primacía de castigarme, mi voz se entrecortó en gritos de llanto desatado: –Nadie es mi amigo, nadie es mi amigo… Solo el Loro Verde es mi amigo.

La lucha se suspendió en una carcajada estúpida, que escurría babas en sus servilletas. Yo me quedé de espaldas, buscando con los ojos, allá abajo, en el patio, el rincón en que yacía el Loro. Y oí inconfundiblemente su voz aguda y clara, dominadora y viril, sarcástica y displicente, rabiosa y llena de carácter, que declaraba, en un gran vuelo de alas verdes, el juicio final que había murmurado al morir. No era. En realidad, no era ni siquiera eso, cuyo sentido yo no sabía en aquel momento con claridad. La vida, desde entonces, no me aclaró mucho; pero creo firmemente que si hay ángeles de la guarda, el mío tiene alas verdes y sabe, para consolarme en las horas más amargas, las palabrotas más groseras de los siete mares.

 

[*] Mario Rodriguez é Professor da Universidade Federal da Integração Latino-Americana (UNILA), em Foz do Iguaçu, PR.
[**] In: Jorge de Sena. Los trabajos y los días. Una antología. Bogotá: Ediciones Uniandes, 2014. 

 

Leia mais:

Poemas

Uma seleção de poemas senianos que Mario Rodriguez* primorosamente verteu para o castelhano**.

 

LOS PARAÍSOS ARTIFICIALES
“EL COLUMPIO”, DE FRAGONARD
MEZQUITA DE CÓRDOBA
EN CRETA, CON EL MINOTAURO
EN LA IGLESIA DE LOS JESUITAS EN LUANDA

 

LOS PARAÍSOS ARTIFICIALES

 

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En mi tierra, no hay tierra, hay calles;
incluso las colinas son de edificios altos
de renta mucho más alta.

En mi tierra, no hay árboles ni flores.
Las flores, tan escasas, de los jardines cambian cada mes,
y la alcaldía tiene máquinas especialísimas para arrancar los árboles.

El canto de las aves… no hay cantos,
tan solo canarios de 3º piso y loros de 5º.
Y la música del viento es el frío en las casuchas.

En mi tierra, sin embargo, no hay casuchas,
porque todas están en Persia o en China,
o en países inefables.

Mi tierra no es inefable.
La vida de mi tierra es la que es inefable.
Inefable es lo que no puede ser dicho.

3/5/1947

 

“EL COLUMPIO”, DE FRAGONARD

 

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¡Cómo se balancea por los aires en el espacio
entre la arboleda que tiembla y faldas
que lánguidas revolotean indiscretas!
¡Qué piernas se entrevén, y qué más
no ve el que indiscreto se reclina
en el gozo de mostrarse escondido!
¡Qué mirada y qué zapato por los aires,
en la luz difusa como niebla ardiente
del palpitar de entrañas en el follaje!
¡Cómo un jardín se preña de voluptuosidad,
torciéndose en las ramas y en los gestos,
en los dedos que se afilan, y en las sombras!
¡Qué ropas se demoran y constriñen
el sexo y los senos que se agrandan presos,
y adivinados en la malicia tensa!
¡Qué estatuas y qué muros se balancean
en ese vértigo en que las cuerdas son
tan cornuda gracia de un feliz marido!
¡Cómo se balancea, cómo aletea, cómo
es galanteo el gesto con que, obsceno,
el amante se deleita mirando apenas!
¡Cómo él la desviste y cómo ella se resiste
en la mirada que posa oblicua y astuta
sabiendo cuántos encajes hay que rasgar!
¡Cómo en el mundo nada importa más!

Assis, 8/4/1961

 

MEZQUITA DE CÓRDOBA

 

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Habían sido los fustes de pequeños bosques
que se recortaban en el azul del cielo,
en la cima de las colinas, o a la orilla del agua
reflejándose en ellas como la cristalina
de ninfas ondulación. El embate del tiempo
y de la cristiandad los fulminó. Yacían
tumbados entre la hierba, como sexos
durmiendo en la intrincada greña; o, aún puntudos,
inútiles penetrando sin deseo
la suavidad húmeda de las nubes.

 

………………………………….Rosáceos,
blancos, irisados, fueron convocados
para la gloria de Alá. De todas partes vinieron,
a rastras, dorso, en carros, convergiendo
hacia la ciudad blanca, atravesando los ríos,
las serranías áridas, las planicies pálidas;
y las lluvias nos lavaban el polvo del tiempo
y de los caminos.
…………………………………..Uno a uno erguidos,
ya de uno a otro los arcos se doblaban,
tan curvamente en herradura, de a dos,
en la intensidad tensa de reunirlos
en floresta inmensa, erguidos y coronados.
Y desde pequeños bosques para, con alados follajes,
ser de los dioses el reposo, o desde
nítidas cercas en triclinios serenos,
vinieron a concentrarse en la penumbra
en que el mihrab a un lado es una estridencia de oro.
De nuevo un techo es lo que sustentan en la viril
seguridad para la que son fustes. Pero un techo tan solo:
de todas partes vinieron, ruinas fulminadas,
soportes dispersos de los dioses y de los hombres,
para alinearse múltiples en la escritura
marmórea y en columnas de la inefable gloria
del nombre que es un techo horizontal
sobre el desierto humano, frío como las lajas,
suave como la brisa que se enrosca en ellos,
cruel como el rayo que los derrumbaría,
y ardiente como el sol que madura
los naranjos del patio.
…………………………………..Vinieron y se quedaron
floresta exacta.
…………………………..Alá partió, dejando la blanca
ciudad a las moscas, al polvo, a las torres donde
duras campanas se tornó la voz
del muezzin cantando en la tarde.
…………………………………..¿Pero
alguien puede partir de tan rígida
viril floresta: dioses traducidos
y congregados para Su gloria?

Araraquara, 7-8/1/1963

 

EN CRETA, CON EL MINOTAURO

 

“Dédalo e o Minotauro” (1636), P.P.Rubens

 

I

Nacido en Portugal, de padres portugueses,
y padre de brasileños en Brasil,
seré tal vez norteamericano cuando allá esté.
Coleccionaré nacionalidades como camisas que se quitan,
se usan y se botan, con todo el respeto
debido a la ropa que se viste y que prestó servicio.
Yo soy yo mismo mi patria. La patria
de la que escribo es la lengua en que por casualidad de generaciones
nací. Y la de lo que hago y de que vivo es esta
rabia que tengo de poca humanidad en este mundo
cuando no creo en otro, y solo otro querría que
este mismo fuera. Pero, si un día me olvido de todo,
espero envejecer
tomando café en Creta
con el Minotauro,
bajo la mirada de dioses sin vergüenza.

 

II

El Minotauro me comprenderá.
Tiene cuernos, como los sabios y los enemigos de la vida.
Es mitad buey y mitad hombre, como todos los hombres.
Violaba y devoraba vírgenes, como todas las bestias.
Hijo de Pasífae, fue hermano de un verso de Racine,
que Valéry, el cretino, consideraba uno de los más bellos de la “langue”.
Hermano también de Ariadna, lo enredaron en un ovillo que lo jodió.
Teseo, el héroe, y, como todos los griegos heroicos, un hijo de puta,
se le rio en el hocico respetable.
El Minotauro me comprenderá, tomará café conmigo, mientras
el sol serenamente desciende sobre el mar, y las sombras,
llenas de ninfas y de efebos desempleados,
se extenderán dulcísimas en las tazas,
como el azúcar que revolveremos con el dedo sucio
de investigar los orígenes de la vida.

 

III

Es allí donde quiero reencontrarme de haber dejado
la vida por el mundo en pedazos repartida, como decía
aquel pobre diablo que el Minotauro no leyó, porque,
como todo el mundo, no sabe portugués.
Tampoco yo sé griego, según las informaciones más confiables.
Conversaremos en volapük, ya
que ninguno de nosotros lo sabe. El Minotauro
no hablaba griego, no era griego, vivió antes de Grecia,
de toda esta mierda docta que nos cubre hace siglos,
cagada por nuestros esclavos, o por nosotros cuando somos
los esclavos de otros. Durante el café,
nos diremos el uno al otro nuestras desdichas.

 

IV

Con patrias nos compran y nos venden, a falta
de patrias que se vendan suficientemente caras para que se tenga vergüenza
de no pertenecer a ellas. Ni yo, ni el Minotauro,
tendremos ninguna patria. Apenas el café,
aromático y bien fuerte, no de Arabia ni de Brasil,
de la Fedecam [1], ni de Angola, ni de otra parte. Pero café
a pesar de todo y que yo, con filial ternura,
veré escurrirle de la quijada de buey
hasta las rodillas de hombre que no sabe
de quién heredó, si del padre, si de la madre,
los cuernos retorcidos que le ornan la
noble frente anterior a Atenas, y, quién sabe,
a Palestina, y otros lugares turísticos,
inmensamente patrióticos.

 

V

En Creta, con el Minotauro,
sin versos y sin vida,
sin patrias y sin espíritu,
sin nada ni nadie,
excepto el dedo sucio,
he de tomar en paz mi café.

5/7/1965

 

EN LA IGLESIA DE LOS JESUITAS EN LUANDA

 

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Conversa la negra en el rincón en sombra
de la iglesia tan limpia restaurada.
En el suelo sentada y vieja, se abren los brazos
en frases de silencio para el Cristo
que cuelga muerto encima de ella, inmóvil
y silencioso. ¿Qué dirán los dos?
¿Cuál la confusa indecisión que pasa
angustia intimidad de sin [2] lenguas
en esa cabeza antigua de otra raza
y sobre todo de otros dioses que
hablaban por señales aunque claras frases
como las sibilas hechiceros saben?
En la soledad vacía de su espacio
en que de blancos Roma oscureció la luz
emblanquecida de niebla y ardor
de largos ríos, playas sinuosas,
y del altiplano los barrancos duros,
¿qué dios puede inventarse que no sea
dolor de miseria de no ser, de no tener
de padres a hijos el lenguaje libre?
¿Qué libertad pide? ¿Qué muerte desea?
¿Será que enfrente del altar mayor no tiemblan
dentro de la simple losa los huesos de
un Paulo Dias de Novais? ¿De qué imbondeiros [3]
los frutos como ratones colgados
aún le roen un tuétano seco
en el fuego de quemas y de incendios
en que de pueblos solo las cenizas quedan?

Oporto, 24/8/1972

 

 

 NOTAS:

[1] Federación de Cámaras de Comercio. En portugués “fede” quiere decir “hede”, “apesta”.  (N. del T.)

[2] En portugués la palabra “sem” [sin] y la palabra “cem” [cien] son homófonas. El verso original, por tanto, sugiere esos dos sentidos. (N. del T.)

[3] Imbondeiro es el nombre que recibe el árbol baobab (Adansonia digitata) en Angola, donde es considerado un símbolo nacional. A diferencia de baobab –que pasó al francés a partir del árabe–, Imbondeiro viene de la palabra “mbondo”, del Kimbundu, una de las lenguas africanas habladas en Angola. En la novela Predadores del escritor angolano Pepetela, un personaje describe el imbondeiro como “quase árvore sagrada, morada boa para espíritos” [casi un árbol sagrado, buena morada para espíritus]. La forma de los frutos del imbondeiro es comúnmente asociada con la de ratones.  (N. del T.)

 

[*] Mario Rodriguez é Professor da Universidade Federal da Integração Latino-Americana, em Foz do Iguaçu (UNILA), PR.
[**] In: Jorge de Sena. Los trabajos y los días. Una antología. Bogotá: Ediciones Uniandes, 2014. 

 

Leia mais:

El gran secreto*

Vária vezes focalizado em perspectiva crítica, o conto “O Grande Segredo”, de Antigas e novas andanças do demônio, continua a intrigar e desafiar seus leitores. Aqui o trazemos novamente, agora traduzido para o castelhano por Mario Rodriguez**, como estímulo a novas leituras e reflexões. Ao tradutor, nossos agradecimentos pela gentil autorização.  

 

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Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía…

“Cántico Espiritual” Juan de la Cruz

 

Cerró la puerta de la celda tras de sí y permaneció parada, recostada en la puerta, sintiendo la madera dura en la nuca, a través del velo. La luz de la lamparilla, en el oratorio, temblaba lenta, a veces crepitante, e irradiaba una claridad en la que ella reconocía, más que veía, la mesa junto a la ventana, en que estaban los libros, y el reclinatorio, y el catre de tablas, y las losas carcomidas. Sabía perfectamente lo que le esperaba. Había sentido con nitidez, al levantarse de la cena, y después, en la iglesia, durante las oraciones, que una vez más iba a sufrir la visita… Como el cuerpo se rehusaba a despegarse de la puerta, para quedar desamparado en la celda, así también, mentalmente, las palabras se rehusaban a nombrar el horror que le esperaba. Temblaba: la piel, como la memoria, se retraía en un palpitar ansioso del que las manos se levantaban en un gesto de repudio. Era superior a sus fuerzas todo aquello; no soportaba más. Quería gritar pidiendo socorro, revolcarse en el suelo, huir por los corredores y por el campo. Todo sería preferible. Mil veces ser asaltada por mendigos y leprosos, mil veces ser violada brutalmente por soldados y bandidos, mil veces ser vendida como esclava. Mil veces la repetición de todo eso que, en su anterior vida, había conocido. Mil veces vivir la desgracia que esa vida había sido, antes de que, como un refugio al fin conseguido a costa de tanta miseria, se abrieran ante ella, y se cerraran sobre ella, las puertas del monasterio. Cuando, al fin, había entrado en él, también como ahora, se había recostado en la puerta, no despidiéndose del mundo, sino sintiendo que todo había quedado allá afuera y que ella renacería, tendría finalmente la resurrección de su vida, a la que el peso de una piedra inmensa, que era su destino, no le permitía surgir ni caminar. Pero, allí dentro y dentro de la resurrección, le esperaba el horror innombrable de ser elegida, de ser visitada, de ser amada más de lo que es posible. Movió de un lado para el otro la cabeza. No. No. Por piedad, no. Los dolores espantosos que había sufrido al ser poseída con violencia por un monstruo de dimensiones increíbles no eran nada comparables con lo que, en estos momentos, sucedía en su espíritu. Y, sin embargo, la semejanza era mucha, era tanta, era demasiada. Cuando el resplandor comenzó a surgir entre la ventana y el oratorio, cerró los ojos, se deslizó por la puerta, agarró el rosario y pasó las cuentas, que le huyeron. No era una tentación lo que repelía de ese modo; sino era, como bien sabía, un esfuerzo para que el cielo se contentara con las relaciones espirituales de una oración. No obstante, todo en su cuerpo afligido le afirmaba que sería inútil. El resplandor aumentó, como siempre, y, como siempre, aun con los ojos cerrados, ella veía el perfume de la inmensidad luminosa que suprimía las paredes de la celda y la envolvía en una ternura tibia que le dolía en la médula de los huesos. También la música, muy suave, le dolía así; y, sin embargo, esa música que, sin oír, sentía, no se mezclaba con la claridad, era más bien un acompañamiento, un fondo sobre el que la luz se hacía más abierta e inmensa. No tardarían las voces que le apretarían todos los rincones del cuerpo, como tenazas ardientes, o como labios, ventosas, lenguas. En un esfuerzo doloroso, abrió los ojos. La claridad colmaba toda la celda, y el catre, el oratorio, los libros, el reclinatorio, la mesa, las losas, las puertas de la ventana, la propia lamparilla, todo fluctuaba en una ondulación cadenciosa, en un torbellino sin peso, y navegaba como con velas infladas, y estelas resplandecientes susurraban desde todas las cosas como a lo largo del casco de un navío. Ahora eran el hábito y el velo, el cilicio que traía en la cintura, y el rosario que despacito levantaban vuelo y entraban en la suave zarabanda. La brutalidad sofocante y dilacerante la penetraba ahora, mientras que el desfallecimiento le trituraba las vísceras y los huesos. Todo en ella se abría y despedazaba, eran millares de agujas que la picaban, cuchillos que la rasgaban, columnas que la colmaban, cataratas que la ahogaban, llamas que ardían sobre aguas luminosas, cantantes, y se posaban como fuegos fatuos por su cuerpo. Crispándose en una última negativa, pero, al mismo tiempo, cediendo para que aquello acabara, se inundó de un ardor cristalino, que se desvanecía en sus entrañas, allá donde la Presencia, colmándola, martillaba los límites disueltos de la carne. La luz alcanzó un brillo insoportable, la música retumbaba todo, se sintió viscosamente bañada de clamores y llamadas que la mordían… Y, en las tinieblas y en el silencio súbitos, sintió, en la espalda, en la nuca y en las piernas, la dureza violenta y fría de las losas en que, del aire, había caído. Abrió los ojos en la oscuridad. El cuerpo adolorido y descompuesto, el frío y la lamparilla que ardía temblorosa, le recordaron que había entrado en la celda; pero, con vehemencia, horror, rebelde humildad, no recordó nada más. Permaneció tendida, saboreando una incomodidad que era exhausto reposo. Y comenzó a oír el murmullo de los rezos, la voz de la madre abadesa, susurros que se destacaban y reconocía. Leves golpes sonaron en la puerta, el cerrojo saltó, y la madre y otras dos entraron recortadas en el resplandor difuso que venía del corredor, donde los rezos continuaban. Les vio los hábitos junto al rostro y los dobleces subían desapareciendo en lo oscuro. Habían venido, como siempre, a escuchar, celosas de los favores que en ella se acumulaban, apiadadas del sufrimiento que le caía en suerte, atraídas y atemorizadas, rezando para ayudarla y también para participar de aquel resplandor sonoro que se desbordaba por las hendiduras de la puerta. Cuando así se inclinaban hacia ella y la levantaban, y cariñosamente la acostaban en el catre, y permanecían de rodillas, llenando la celda y el corredor, rezando con ella, no imaginarían la vergüenza inmensa que la torturaba, por momentos diferente, por momentos igual a la que había sentido cuando el emir, en medio de la tienda, había mandado que la desvistieran y que los soldados, uno tras otro, la poseyeran en público. Ella se había rehusado a hacer parte, como primera esposa, del harén, y él, que la estimaba y prefería, y la había comprado a los piratas y la había traído con extrema delicadeza, había mandado que los eunucos la extendieran en el diván y la sujetaran. Acostada en el catre, con los ojos cerrados, borró de su memoria todos los recuerdos. Sentía que descendía lentamente en un pozo sombrío y húmedo, sin fondo. La presencia de ellas y sus voces nada podían contra la soledad y el silencio. Era este el momento que, al final, más temía. Era en estos momentos que, bien lo sabía, ella consentía la próxima visita, cedía anticipadamente al llamado y a la luz, cuando vinieran. Al día siguiente, en la madrugada, después de un sueño pétreo, todo habría pasado. Las otras hermanas se cruzarían con ella, saludándola con deferencia, intercambiando o intentando intercambiar una mirada conmovida, una sonrisa amable. La abadesa la llamaría para conversar de cosas corrientes, de noticias de los ejércitos y de los parientes, de los combates en Jerusalén y del Santo Sepulcro. Y súbitamente, en la celda, en el claustro, en el jardín, en la bodega, cuando estuviera sola, mañana mismo, dentro de un mes, de día o de noche, todo se repetiría y recomenzaría. Es verdad que, por más que hiciera, había ocasiones en que se alejaban de ella las demás, la dejaban sola, como para propiciarle la repetición de acontecimientos que eran la honra del convento. Y grandes señores o pobres mendigos venían para intentar verla, a través de las rejas del coro, o pedían que ella los tocara. La abadesa la arrastraría, con los ojos cerrados, tomaría su mano, que deslizaría por las rejas, y ella sentiría que lloraban sobre esta y que se la babeaban de besos. La propia abadesa, al traerla en silencio de vuelta al claustro, le limpiaría la mano. Recogió sobre su seno la mano que colgaba hacia afuera del catre y que ahora le besaban. Suspiró. Dentro de los ojos cerrados, vio el crucifijo que había en la iglesia de su tierra natal, allá lejos, hace tanto tiempo, en los confines de Europa. Fue una sorpresa singular que la recorrió trémula de la cabeza a los pies. Nunca más lo había vuelto a ver, ni lo había recordado sin verlo de nuevo, ni siquiera en su espíritu había pasado el recuerdo, no reconocido, de acordarse de él. La imagen le sonreía, y entonces ella, niña que miraba alrededor para verificar que estaba sola, había alzado la mano hacia el cendal que lo ceñía y había intentado levantarlo para espiar. Porque él no podía dejar de ser como los otros hombres. Pero el cendal, que parecía de una seda muy fina y leve, estaba esculpido en la madera, y ella había bajado con tristeza la mano, sintiendo que la curiosidad le había sido castigada. Abrió los ojos y vio que estaba sola. Una paz, una tranquilidad, una saciedad que no estaba en ella, sino en el aire que la rodeaba, le desanudaba las últimas crispaciones del cuerpo magullado. Todavía, aunque muy distantes, sentía dolores dispersos o localizados donde la violencia había sido mayor. Pero el bienestar era enorme y le contrajo los labios en una sonrisa. El gran secreto, ahora sabía el gran secreto. Y se quedó dormida. El resplandor comenzó de nuevo a llenar la celda, pero no aumentó más, ni resonaba. Antes bien, permaneció en torno de ella como un dosel, como una atenta y vigilante ternura que, inclinada sobre ella, la contemplara, tan adolorida y estrujada, respirar tranquila.

 Araraquara, 2 de septiembre de 1961.

 

[*] In: De la otra orilla del Atlántico – Portugal en la FILBO 2013 – Antología, p. 94-99

[**] Mario René Rodríguez Torres possui graduação em “Estudios Literarios” pela Universidad Nacional de Colombia (2004) e mestrado em Letras (Teoria Literária e Literatura Comparada) pela Universidade de São Paulo (2009). Atualmente é aluno de doutorado no programa de Ciência da Literatura na Universidade Federal do Rio de Janeiro. Em 2011 ganhou o prêmio de “Traducción al español de obras de lingüística, estudios literarios y estudios de patrimonio” do Ministerio de Cultura de Colombia – Instituto Caro y Cuervo, graças ao qual publicou a tradução do livro Las formas de lo falso de Walnice Nogueira Galvão. Também colaborou como tradutor na antologia de literatura portuguesa De la Otra Orilla del Atlantico. Recentemente trabalhou na tradução de uma antologia de poesia e prosa de Jorge de Sena, que se encontra no prelo.

 

 

“CARMINA BURANA”

Na sua portentosa antologia Poesia de 26 séculos, Jorge de Sena incluiu as cinco traduções que fez dos Carmina Burana, seguidos da habitual nota esclarecedora — tudo abaixo transcrito. Esta nota pouco difere de um artigo publicado, também em 1971, num periódicos de Lisboa (Ver)
Ao leitor atento, certamente não escaparão os paralelismos e o forte tom de contestação que nos permitem aproximar as últimas estrofes de “In taberna” (em áudio) com o rimance final da novela seniana O Físico Prodigioso…

A roda da Fortuna no Codex Buranus
A roda da Fortuna no Codex Buranus

 

Alemanha–Latim Medieval
séc. XII e XIII

 

“STETIT PUELLA”

Era a senhor de vermelho.
Se se lhe tocava,
A túnica estalava.
Ai!

Era a senhor… Qual roseira
Sa face resplandecia,
Sa boca florecia.
Ai!

“TEMPUS EST IUCUNDUM”

O tempo é jocundo,
Ó virgens!
Com elas gozai,
Ó jovens!

Ó em mim floreço!
De amor virginal
Eu todo me aqueço!
Novo, novo amor
Vem, de que pereço.

Canta a filomela
Muito docemente
E no longe apela.
Dentro de mim ardo.

Ó flor das donzelas,
A quem eu desejo,
Rosa entre as mais belas,
A quem sempre vejo.

Só tu me confortas
Com tuas promessas,
Só tu me deportas
Pelo que recusas.

Quanto a ti me prende
Tua virgindade!
Como te defende
A simplicidade!

Cala, filomela,
Por um instante só.
Surge, ó cantilena,
Do meu peito em dó.

O tempo brumal
Esfria o que é vivo.
Mas seiva estival
Faz o homem lascivo.

Vem, minha donzela,
Ao gozo sem preço!
Vem, vem, minha bela,
Por quem eu pereço!

“POST BLANDA VENERIS…”

Depois do suave ardor
Do sexo,
Dos nervos se distende
O nexo.
Como que flutuando
Da treva a um mundo novo
Os olhos vêm vogando
Num remar das pálpebras!
Ah, como é doce o trânsito
Da posse ao entressonho!
Mas mais doce é o regresso
Do entressonhar à posse.

“OLIM LATUS COLUERAM…”

Outrora, em lago eu vogava,
Meu belo corpo encantava,
Era um cisne, e vivo estava.

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

O espeto gira e regira,
E já um criado me mira,
Enquanto eu torro na pira!

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

Quem me dera a deslisar
No frescor da água e do ar,
Sem um recheio a estourar!

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

Nunca a neve mais brilhou,
Ou mais branca ave voou…
Mais negro que um corvo estou!

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

Aqui vou eu na travessa.
Não posso voar… Já depressa
Dos dentes vejo a promessa.

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

“IN TABERNA…”

Na taberna quando estamos,
De mais nada nós curamos,
Que do jogo que jogamos,
Mais do vinho que bebemos.
Quando juntos na taberna,
Numa confusão superna,
Que fazemos nós por lá?
Não sabeis? Pois ouvi cá.

Nós jogamos, nós bebemos,
A tudo nos atrevemos.
O que ao jogo mais se esbalda
Perde as bragas, perde a fralda,
E num saco esconde o couro,
Pois que um outro conta o ouro.
E a morte não val’ um caco
Pra quem só joga por Baco.

Nossa primeira jogada
É por quem paga a rodada.
Depois se bebe aos cativos,
E a seguir aos que estão vivos.
Quarta roda, aos cristãos juntos.
Quinta roda, aos fiéis defuntos.
Sexta, às putas nossas manas,
E sete às bruxas silvanas.

Oito, aos manos invertidos.
Nove, aos frades foragidos,
Dez, se bebe aos navegantes,
Onze, é para os litigantes,
E doze , dos suplicantes,
E treze, pelos viandantes.
Pelo Papa e pelo Rei
Bebemos então sem lei.

Bebem patroa e patrão,
Bebem padre e capitão,
Bebe o amado e bebe a amada,
Bebem criado e criada,
Bebe o quente e o piça fria,
Bebe o da noite e o do dia,
Bebe o firme, bebe o vago,
Bebe o burro e bebe o mago.

Bebe o pobre e bebe o rico,
Bebe o pico-serenico,
Bebe o infante, bebe o cão,
Bebem cónego e deão,
Bebe a freira e bebe o frade,
Bebe a besta, bebe a madre,
Bebem todos do barril,
Bebem cento, bebem mil.

Nenhuma pipa se aguenta
Com esta gente sedenta,
Quando bebe sem medida
Quem de beber faz a vida.
E quem de nós se fiou,
Sem cheta s’arrebentou.
E quem de nós prejulgava,
Se quiser, que vá à fava.

 

“CARMINA BURANA” – Esta importante colectânea de poesia latina medieval (e também em Alemão antigo) deve a sua popularidade moderna, sobretudo à obra coral sinfónica do compositor alemão Carl Orff, de 1936, em que alguns poemas desta colectânea são postos em música. Quatro desses poemas Stetit puella, Tempus est iocundum, Olim latus colueram, e ln taberna são aqui traduzidos integralmente (Orff não usa os textos completos do segundo e do terceiro). Post bland Veneris é uma maravilhosa estrofe de um mais longo poema do mesmo cancioneiro, Dum Diana vitrea que, com outros poemas anónimos aí recolhidos, alguns estudiosos identificam como dos perdidos poemas de amor do grande filósofo e escritor medieval Pedro Abelardo (1079-1142), cuja paixão por Heloisa, e o subsequente crime da sua castração pela família dela, como a carta que, quando ele morreu, Pedro-o-Venerável dirigiu a Heloisa então freira, consolando-a e garantindo-lhe a união com ele na eternidade, são fonte das lendas de união na morte, e de adeus “até ao fim do mundo”. O cancioneiro que ficou conhecido por Carmina Burana foi descoberto na biblioteca do mosteiro alemão de Benedictbeuern, nos princípios do século XIX, e primeiro publicado em 1847, mas só em 1930 começou a aparecer numa monumental edição crítica ainda inconclusa. É uma magnificente colectânea de poesia de amor, ou de poesia satírica, ou de pura alegria de viver livremente, em que uma muito artística e admirável linguagem se une à maior desenvoltura e ao desbocamento malicioso da expressão. Reflecte o espírito dos que teriam sido seus autores: os clérigos vagabundos, “vragrantes”, foragidos de conventos, de escolas conventuais, ou cábulas de universidade (quando não refinados estudiosos) – o espírito “goliardo”. Tem sido discutido quais os limites de composição dos poemas coligidos, e a crítica, hoje, inclina-se para que o manuscrito seja do século XIII e recolha poesia composta neste século e no anterior, embora não seja de excluir que alguns poemas sejam do século XI ou mais antigos. Uma total in’everência é timbre dos Carmina Burana – por exemplo, o da Taberna, aqui traduzido, parodia a certa altura um hino de S. Tomás de Aquino. Ao contrário da poesia latina clássica, os poemas latinos de Carmina Bumna usam a rima consoante final (que reproduzimos onde e como aparece), que começara a ser usada em hinos religiosos latinos no século IV (de que o Stabat Mater e o Dies Irae são exemplo), e se propagou depois (?) à poesia em língua vulgar na Europa.

 

 

In: Poesia de 26 séculos. 3a.ed. Porto: ASA, 2001. pp.80-84 (poemas), pp.296-7 (nota).

 

 

Jorge de Sena e os haikais

Admirador de Bashô, Jorge de Sena também se aventurou pelos haikais

Aqui trazemos seus poemas, precedidos pelo comentário de Paulo Franchetti, um especialista brasileiro nessa forma poética, gentilmente escrito para “Ler Jorge de Sena”. 

E trazemos também as traduções que Sena assinou de haikais do mestre japonês, seguidos da pequena apresentação do autor.

 

Os haikais de JS

Jorge de Sena sem dúvida conheceu bem o haikai clássico. Introduziu 20 deles, de Bashô, no seu Poesia de 26 séculos. Por isso, a questão que se coloca ao ler os poemas de sua autoria por ele denominados hai-kais não é essa, e sim o que o poeta desejou fazer ou conseguiu fazer ao convocar o nome e o espírito da forma.

A questão não tem resposta simples. Tecnicamente, poucos desses poemas, se lidos isoladamente do conjunto e da denominação, seriam considerados haikais. Talvez um, talvez nenhum. Não só por não guardarem a estrutura do terceto, com a qual se popularizou o haikai no Ocidente, mas principalmente porque a quase todos falta a objetividade despojada que identificamos como essencial para a definição do gênero.

Ao vincular tais textos ao gênero haikai, então, o poeta buscava outra coisa. De imediato, é evidente que a denominação promove uma disposição de leitura. O leitor se prepara para um tipo de poesia, propõe-se uma atitude interpretativa.  Essa disposição e atitude é que serão contrariadas ou confirmadas ao longo da leitura. Mais contrariadas do que confirmadas, nesse caso.

O efeito de sentido é complexo. Trata-se de um poeta reconhecido, de um estudioso muito conceituado e de um evidente conhecedor da forma e da tradição do haikai. Mas os textos que produz e insere, por um gesto soberano, nesse gênero, não parecem pertencer a ele.

A forte personalidade do autor determina o afastamento, marcando presença não apenas nas referências ao “eu”, mas também na escolha da forma do dístico e do tom aforismático.

Para um leitor pouco familiarizado com o haikai japonês, a forma do dístico surpreende mais. Entretanto, quem já o leu no original sabe que a estrutura básica do haikai é a justaposição de dois segmentos frasais. A medida nada tem a ver com a utilizada por Sena, cujo dístico se compõe de dois versos de aproximadamente a mesma extensão. Mas em alguns do poeta português, a justaposição faz com que o texto mimetize a estrutura profunda do haikai.

Dos poemas do autor, o que mais pareceria, pela estrutura, um haikai é “para encontrar-se o acaso / ai quanto caminhar!”. Mas esse é justamente o que menos se sustentaria como haicai, por ser abstrato, não trazer nenhuma indicação de lugar ou de tempo, nenhum kigo.

Já o que me parece ter mais espírito de haikai é este “O mar se alonga ao longe tão sereno. No temporal, há pouco, era mais curto”. Porque aqui se tem uma observação muito precisa, muito objetiva. O horizonte se encolhe no temporal. Qualquer outro sentido simbólico pode construir-se, mas a base objetiva é firme e indiscutível.

Jorge de Sena poderia ter escrito pelo menos dois desses poemas na forma tradicional do haikai. Mas por alguma razão o quis fazer.

Como exercício, para mostrar as diferenças e as aproximações, faço-o eu aqui, sem pretender evidentemente corrigir, mas dialogar divertidamente com o poeta.

No primeiro, bastaria suprimir a notação subjetiva e teríamos um haikai, facilmente reconhecível como tal:

 

Tem chovido tanto…
Na noite do quintal,
O sapo canta.

 

No terceiro, seria o caso de eliminar a torção da frase, em nome da naturalidade da expressão:

 

O temporal passou.
O mar sereno
Parece mais longo.

 

Assim teríamos haikais. Mas esses textos, eu creio (embora conheça pouco a obra poética de Sena), dificilmente poderiam ser assinados por ele.

 

HAI-KAIS

Tem chovido bastante: insuportável tempo.
Na noite do quintal, o sapo canta.
*
Conversam como ao longe
não comigo.
Se comigo falavam
Cansar-me-iam.
*
Por nuvens as montanhas não têm picos.
Mas, negras e escalvadas, cabeleira branca.
*
O mar se alonga ao longe tão sereno.
no temporal, há pouco, era mais curto
*
O ano inteiro esta árvore
larga folhas mortas.
*
Roupa que se abre e cai:
surpresa; ou muito ou pouco.
*
No escuro cresce o amor
que só nocturno se ama.
*
Para encontrar-se o acaso
ai quanto caminhar!

Sentado, escreve e lembra
imagens que não viu.

 

HAI-KAI

Um pássaro canta: não tem voz
que só cantar dos outros ele imita.

11-12/1/1974

 

In: 40 Anos de Servidão. Lisboa, Ed. 70, 1989, p.140-1 eVisão Perpétua, Lisboa, Ed. 70, 1989, p. 192

Paulo Franchetti é Professor/pesquisador da UNICAMP, ensaísta e poeta.

 

 

Os haikais de Bashô traduzidos por Sena

BASHÔ

Japão

1644-1694

VINTE HAIKAIS E UM TRECHO EM PROSA

Quebrando o silêncio
do charco antigo a rã salta
n’água–ressoar fundo.
*
Não ver tinha graça
o Fuji- Yama escondido
na névoa da chuva.
*
Qual velha sem dentes
a cerejeira sem folhas
juvenil floresce.
*
Amigos, adeus:
tal como os gansos selvagens
perdidos nas nuvens.
*
Um gato maltês
pela racha na lareira
foi ter com a amada.
*
Na primeira chuva
do inverno mesmo o macaco
sonhará ter capa.
*
Mal pensas na morte
que cedo espreita: as cigarras
cantam no arvoredo.
*
Um branco narciso
E um branco biombo se reflectem
na sala quieta.
*
Para ver o que dá
de cavar gosto o pó do mundo
nas gotas de orvalho.
*
No mar que escurece
grita voando o pato:
é o que se vê: suave branco.
*
Primavera: até
montes sem nome se enfeitam
de véus matinais.
*
Sem nada, ainda piolhos
da minha viagem passeiam
no estival quimono.
*
Fiquei aterrado
ouvindo um grilo cantar
dentro do elmo antigo.
*
Bendito este vale
onde o vento suave cheira
vagamente a neve.
*
Tinha dó o poeta antigo
dos macacos que gritavam.
E a criança no vento?
*
Na manhã de neve
aqui estou só ruminando
salmão seco e duro.
*
Recordação de Edo:
este vento frio e fresco
que guardo no leque.
*
Alta brilha a lua
enquanto o verme escondido
a castanha roi.
*
Quando se calou
o gato desesperado,
no quarto entra o luar.
*
Todo o imenso dia
A cotovia cantou.
Inda insatisfeita?
*
Tal é a beleza deste livro, que pode comparar-se às pérolas que se diz sereias as choram no alto mar. Que viagem se conta neste livro, e que homem não é que a experimentou! Sé é de lamentar que o autor, tão grande homem como é, tenha sùbitamente envelhecido – e doente de branca geada sobre a fronte.

(Final do Post-Scriptum de O Caminho Estreito para o Longínquo Norte, datado do ano em que morreu.)

In: Poesia de 26 Séculos. 3a.ed. Porto, ASA, 2001, p.165-8. 

 

BASHÔ – Os mais antigos monumentos conhecidos da poesia japonesa datarão do século V da nossa era, quando a influência cultural da China e da Coreia arrancou a um estádio primitivo e que ignorava a escrita os habitantes do que é hoje o Japão. Mas durante a Idade Média já a literatura japonesa atinge, com altas realizações, completa autonomia. A unificação política do país estabelece-se definitivamente nos fins do século XVI, e propiciou uma brilhante expansão da literatura. O haikai torna-se um dos mais estimados “gêneros”, e dele o maior mestre, e um dos maiores poetas do Japão, é Matsuo Bashô, nascido em 1644 e que morreu com cinqüenta anos. Filho de um modesto samurai que servia a família feudal dos Tódos, foi dado como companheiro de estudos ao menino herdeiro, e assim teve início a sua educação literária. Através das suas obras (relatos memorialísticos das suas andanças pelo Japão, em que os poemas se intercalam) e de referências de amigos, a sua vida é conhecida com grande minúcia. Não é uma vida desordenada como a do chinês Li Po, mas a de um piedoso e estudioso cidadão da centralizada sociedade feudal do seu tempo. A poesia de Bachô é capaz de uma concentração extraordinária: capaz de, nos estreitos limites do haikai, incluir toda a gama da sensibilidade humana, num estilo que se não abandona nunca à sentimentalidade, e é de uma capacidade descritiva admirável, com por vezes uma aguda e muito realística ironia. O haikai é, na sua forma clássica, um poema de três versos, respectivamente de 5-7-5 sílabas. Outras variações, de ordem daqueles números de sílabas, ou de transformação de um dos valores no outro, eram permitidas. Nas traduções , respeitamos rigorosamente o número de sílabas que Bashô usa em casa verso (não contando, como se deve na metrificação portuguesa, as sílabas depois da última tónica) dos seus haikais. Anote-se que bashô significa banana, e é o nome adoptado pelo poeta, em homenagem irônica à bananeira que havia em frente à porta da sua casa.

Sobre a Nudez / On Nudity

“Sobre a Nudez”, poema de Peregrinatio ad Loca Infecta (Poesia III), é um belo exemplo da poética seniana para além das fronteiras das tão comentadas metamorfoses. Em franco combate a qualquer forma de hipocrisia ou censura, a poesia se despe em busca de liberdade. Abraça a nudez como única condição possível nos momentos mais extremos: o nascimento, a morte, a humilhação, o prazer. Sob o olhar atento de médicos e professores de ginástica, ou sob o toque atencioso do amor, a nudez do poema é o desvelar de uma concepção de mundo sem artifícios ou barreiras a nos proteger do horror ou do deslumbramento, do “feio de muitos”, da “beleza de alguns” ou do “fascínio de uns raros”. Despem-se a poesia e a vida, para que se possam penetrar mutuamente.

Agradecendo a sempre generosa colaboração do Professor George Monteiro (Brown University), que agora nos oferece sua inédita tradução para o poema, apresentamos duplamente este exercício de “desnudamento poético”, em português e inglês.

 

SOBRE A NUDEZ

Quoi! Tout nu! dira-t-on, n’avait-il pas de honte?

………………………………………………………….

Tout est nu sur la terre, hormis l’hypocrisie.

Musset, Namouna

Nus nascemos, nus
nos inspecciona o médico,
a tropa, o professor de ginástica.

Nus, na mesa de operações,
na cama de hospital,
no dia da morte.

Nus no amor para nos vermos,
sentirmos a pele dos outros corpos e
para mais que penetrarmos

termos o choque e o roçar
que nos dizem do quanto penetramos.
Nus sempre, menos no que não importa.

Porque há então quem tema tanto
a nudez dos outros? Será
que teme, menos que o feio

de muitos, a beleza de
alguns, ou o fascínio das
esplêndidas partes

de uns raros? E que, paralisados
(de inveja), deixemos que o mundo e a vida
se soltem à deriva

para a nua liberdade?

1968-69

 

ON NUDITY

Born in the nude, we
are examined in the nude
by doctors, gym teachers, the military.

Nude, on the operating table,
the hospital bed,
the death-bed.

Nude in love-making so we can see each other,
feel the skin of the other body,
feel the shock and friction

of penetration that tells us
of what we have penetrated.
Always nude, except in what is unimportant.

Why, then, do we so fear
the nudity of others?
Is it that we fear less the ugliness

of the many than the beauty of some,
the fascination of
the splendid parts

of those, the rare ones? That,
by envy paralyzed, we permit
the world and life to free selves
by deflection for

naked freedom?

The Almighty Computer

Very generously, Prof. George Monteiro gives us a translation for the ironic tale of Jorge de Sena – which has been transcribed in its original form here – published 30 years ago in the newspaper Portuguese Times of New Bedford, Massachusetts, without ever being reprinted.

 

I do not know if there has already begun to evolve in Portugal that institution of the credit card which so permeates the lives of middles-class Americans. That card, usually made of plastic, is issued to a lucky mortal whose name and credit number are printed in relief in that strange design of letters and numbers that is apparently the only one that a computer of middling intelligence can read. Large department stores, airlines, oil refineries, restaurant chains, etc. (but not food stores or markets, etc., because they would otherwise lose those odd cents they juggle with on pricing) issue these cards with utmost generosity. One can buy practically anything, and spend well beyond one’s means, with that deck of cards for which one must possess a special cardholder to collect them. One can, as well, travel from one end of America to the other without a cent in one’s pocket, so long as one does not travel frugally, merely by presenting the right card for the occasion. An employee, instead of taking your money, runs your card through a small press that translates the information on the card to a charge slip. To this point, unless one has lost one’s card and it has been found by an unscrupulous person, everything works like a charm for the happy possessor of this source of such great convenience.


All those slips, charges for all companies, converge from all over America to be fed to a formidable computer, which chews them and issues a monthly invoice that the company forwards by mail to the customer, and that the latter will pay by check through the mail. Upon receiving his bill, the customer, if he is a cautious type, compares it with his copies of the slips that correspond to the various charges. And he discovers with alarm that his bill includes charges for one flight costing some 200 dollars that, through some mistake on the part of the computer or whoever feeds it, has been mysteriously charged to him. This happened to him late in 1968. Immediately, the fellow set about paying his bill, minus the cost of the trip he had neither taken nor booked, and he wrote a letter to the company in December of that year pointing out the error. A month later, early in 1969, he received a form letter from the formidable computer advising him that his account was now in arrears. A few days later, he received a letter (not from the computer) thanking him for his payment but (faithful to the computer) underlining the notion that he should pay his bill “in full.” Our fellow sent out a second letter to explain what had taken place—and he received his bill from the computer, but this time it no longer showed one airfare outstanding, but two of them, because no one had informed the computer that it should not add that amount to the bill every month. Already uneasy over the question of sanity in the Universe, the poor customer (who by now had almost ceased to be one, for he didn’t dare use such an unlucky card) paid off what he still owed, less the cost of that mythic flight which each month became still another flight—and he telephoned, from one end of America to the other, to explain what was going on. Those who answered the telephone were most courteous. They told him he was fully in the right (more than likely they had been with the company no more than a couple of weeks and that in two months they would be with a different company—what did they care?), and they sent him his January bill—now listing three airfares. The poor fellow owed the company 600 dollars, and each new bill it was another 200 dollars. Terrified and vexed, he wrote still again to insist that an error had been made, telling the full story and including with his letter copies of other letters written and letters received, etc. The company responded with a lovely letter, thanking him for the payments he had made (had not made), but warning him, this time in a more intimidating manner, that unless his outstanding account was settled, his credit card would be invalidated. In desperation the customer again telephoned, and once again it was acknowledged that he was fully in the right. Why, he was the victim of a fantastic situation… —and he received from the computer a new warning, sharply threatening him for the nonpayment of his debts. In February arrived another statement formidably recalculated by the computers 400 dollars. A correction had been made but the correction had been limited to the one month when someone had actually paid attention to the mistake, and nothing more. Insane with hatred, and already mired in fatalistic dejection, but with a faint hope that the beating had instilled in him, our fellow wrote still again. In reply, he received from the computer a warning regarding his laxity in paying his bills. In May, finally, the company responded: they were checking with the airline to find out just what had occurred with his flights. A month later, another letter declared—what a relief—that the charges were in error since it was now clear that he had not flown at all. But shortly thereafter, a new warning served him notice that his credit was now limited to the original 200 dollars that he had never paid as he should have. The poor fellow, by this time under sedation for nerves, wrote still another letter, including new copies, etc, and retelling the whole story. The company replied (by telephone) to inform him that he owed the money and there would be no more talk about the matter. Furious, he wrote still again. The company, which will deal neither with demons nor madmen, did not reply. The fellow waited, and waited, and waited, and decided finally to take up the matter directly with the airline whose flight he had not taken. The airline explained that the matter rested clearly with the two companies, and that he, a victim, was innocent. A year had gone by since this tragicomedy had begun. The fellow began to breathe easy. But then he received a notice that his credit card was now cancelled and that he was not one to whom credit was worth extending. In the depths of despair, this miserable man inundated the United States Congress with mall. Finally, in May 1970, there arrived the sweetest communiqué from the company—the company would once again welcome him among its family of customers, it apologized for everything, and it re-established his credit line—with a limit of 100 dollars, plus an additional 66 to cover those expenses incurred in the correction of the error. Yet, since companies and computers working for companies extending credit exchange all customer information, our hero—restored to the dignity conveyed by a credit line limited to the amount of a debt he had never incurred—is hardly free from the possibility of having new charges and other credit cards rejected. What if the computer decides mechanically, and secretly, without our hero’s having any way of knowing what is going on, that he is a stubborn backslider who, for months on end, will not pay for flights he has not taken and that the computer has faithfully totaled up? Or what if it decided, regarding his universal card, compiled by the gigantic computer which, for millions of Americans, centralizes that information on all public or private acts that come within the reach of computers, that he is a dangerous type, capable of exercising a computer for months and months, and capable even of complaining to the Congress about perfectly efficient computers and charging those that feed them with inefficiency?

This story was not imagined, nor is it a piece of science fiction. Even less is it a literary imitation after Kafka. It is authentic, a fact confirmed as such by the press and by those official groups who battle against the waves of irresponsible mechanization. But let it be said, since Kafka has been mentioned, that Oscar Wilde was right when he insisted that Life imitates Art. There is no doubt that Life imitates Art, and that it does so to an extent unimagined by even the most perverse inventor of delirious fictions and of oppressive nightmares. Consequently, if that convenient institution of the credit card already does exist in Portugal—so deliciously inflationary—it would be good if there existed as well someone both to monitor against the computerizing of human beings, and to implement the humanizing of computers. Or, there should be, at the least, some efficient system of commerce between computers and those beings they now serve so mechanistically.

July, 1970


                                                                                                             

A poesia francesa traduzida por JS

Em alusão a mais um "14 Juillet", aqui trazemos uma pequena antologia de poetas franceses traduzidos por Jorge de Sena na sua Poesia de 26 Séculos. Os textos selecionados, de diferentes séculos e diversos tons, bem comprovam a versatilidade do tradutor e são respectivamente acompanhados das famosas "Notícias biográfico-críticas dos poetas e comentários aos poemas e às traduções".  Em vídeo, o poema "Recueillement", de Baudelaire, dito por Gilles-Claude Thériault.
 

 


François Villon
(1431-1463)

BALADA DAS MULHERES DE PARIS

Que sejam boas linguareiras
Florentinas e Venezianas,
Para servir de mensageiras,
Também Lombardas e Romanas,
E as Genovesas e as Toscanas.
Aqui vos garante quem diz
(Em que pese às Sicilianas):
Para a boca, só de Paris.

Em bem falar serão vezeiras,
Doutoras, as Napolitanas.
Como boas cacarejeiras
As de Bruges e as Alamanas.
Que sejam Gregas ou Troianas,
E de Hungria ou de outro país,
Aragonezas, Castelhanas;
Para a boca, só de Paris.

Bretãs, Suíças, más palradeiras.
Mais Gascoas e Toulousanas:
Um par das nossas regateiras
Cala-as logo e às Alsacianas,
Às ingresas como às Renanas
(É bastante a lista que eu fiz?),
E às Picardas e às Sabolanas:
Para a boca, só de Paris.
Senhor, às damas mais maganas
O prémio deveis dar, feliz.
Por mais que valham Italianas
– Para a boca, só de Paris. 

 

=> Nascido com a maior probabilidade em Paris, em 1431, terá sido, de seu nome, François de Montcorbier, como figura nos livros de matrícula da Universidade de Paris, onde se formou em 1452. O apelido Villon, por que veio a ficar conhecido ainda em seu tempo, seria o do seu presumível parente e protector, Guillaume de Villon, eclesiástico e professor, em casa de quem viveu quando estudante. Muito popular como poeta e como homem, Villon teve muitas vezes as boas graças dos grandes (como o admirável poeta e grande senhor o duque Charles de Orléans) que o protegeram das consequências dos seus desatinos. Preso e condenado várias vezes por assaltos e roubos, por chefe de um bando de escolares marginais, por assassino, Villon conheceu as prisões e a tortura da justiça do seu tempo, e, em 1462, foi preso, que se saiba, uma última vez, e condenado à morte por culpas acumuladas. Foi quando terá escrito a terrível Balada dos Enforcados como seu próprio epitáfio, um dos maiores monumentos de sentimento poético e de humor negro da poesia universal. A sentença foi comutada em dez anos de banimento, nos primeiros dias de 1463, e, dessa data em diante, Villon desapareceu sem deixar outro rasto que a sua magnificente obra poética onde há de tudo, desde o mais completo desbragamento moral à mais aguda consciência do destino humano, desde a mais grosseira linguagem (por vezes em gíria cuja interpretação levanta enormes problemas) à mais refinada utilização de todas as tradições literárias que convergiam na sua cultura, desde o mais rude ou gracioso humor às mais subtis gradações de um pensamento muito mais profundo do que habitualmente se reconhece, ao meditar sobre a decadência física, sobre a angústia do tempo perdido. Se as suas formas poéticas têm muito da tradição medieval, nelas palpita todavia uma forma vital, um sentido da pessoa humana, um gosto indómito de ser-se Villon com o bem e o mal, que são indubitàvelmente a expressão de uma consciência renascentista. De 1489 até aos meados do século XVI a sua obra conheceu numerosas edições. Os homens da Pléiade, com o seu neo-classicismo maneirista, e depois o preciosismo e a organização do classicismo barroco, lançaram sobre Villon um desdenhoso descaso que só no século XVIII, ao iniciar-se uma curiosidade pelo medievalismo, se desfez, permitindo a sua restituição à história da poesia francesa, de que, hoje, embora não sirva de exemplo de santa e virtuosa vida, é um dos mais gloriosos poetas.

 

Joachim Du Bellay
(1522-1560)

"HEUREUX QUI COMME ULYSSE…"

Feliz quem como Ulisses fez tão bela viagem,
Ou como o que buscou e conquistou o Tosão,
E prenhe regressou, de ciência e de razão,
A viver entre os seus o mais desta passagem.

Ai quando reverei da minha aldeia a imagem,
Seus lares fumegando, e qual será a estação
Em que verei de novo essa pobre mansão
Que para mim val mais que torre de menagem?

Mais me praz de avós meus este solar tranquilo,
Que de palácio em Roma o audacioso estilo.
Mais do que o duro mármore uma ardósia fina,

Mais o meu Loire gaulês que o Tibre tão latino,
Mais o menor Liré que o Monte Palatino,
E mais que o ar marinho a doçura angevina.  

 

=> Nobre do Anjou, onde nasceu em 1522, é militar e diplomata. Viveu em Roma, como secretário de um seu tio, cardeal, onde escreveu a sua célebre colectânea de sonetos Les Regrets. Morreu em Paris, em 1560. O O seu encontro com Ronsard decidiu do seu destino poético, e é com ele um dos chefes do gruída Pléiade, cujo manifesto, Déffense et lllustration de la Langue Française, redigiu e publicou em 1549, e que longamente foi considerado como marcando o início do Renascimento na poesia de França. Na realidade, poetas de uma França já dilacerada pela Reforma e as perseguições religiosas, esses homens que renovaram a poesia são já e sobretudo maneiristas. As guerras civis de religião começaram no ano em que Du Bellay morreu. O soneto dele, que traduzimos, é um dos mais célebres da língua francesa.

 

Voltaire
(1694-1778)

A MADAME DU CHATELÊT SOBRE A AMIZADE

Se quereis que ainda ame agora,
Tornai-me à idade do amor.
Dos meus dias ao sol-pôr
Que brilhe uma nova aurora.

O Tempo tem-me cativo,
E manda que eu não mais vá
Onde quer que o ébrio Divo
Com Amor reinando está.

De tão dura austeridade
Tiremos algum valor:
Quem não vive a sua idade
Dela sofre só a dor.

À juventude deixemos
Suas paixões sem juízo:
Só dois momentos vivemos:
Seja um deles o do sizo.

Para sempre me deixais,
Ternura, ilusões, loucuras!
Dons do céu, que consolais
Do vivente as amarguras!

Duas vezes nós morremos:
Não amar nem ser amável —
Oh, que morte insuportável:
Deixar a vida é o menos.

Assim a perda eu chorava
Dos erros da juventude;
E minha alma lamentava
Suas fugas à virtude.

A Amizade veio então
Em meu socorro, superna.
Como o Amor será tão terna,
Mas mais viva que ele… não.

Tocado de luz tão bela,
E de tamanha beleza,
Seguia-a, mas na tristeza
De não seguir mais do que ela.


=> Nome literário de François-Marie D'Arouet, nascido em Paris, em 1694, onde morreu em 1778, no ácume de uma glória que enchera o século XVIII, de que ele é, em França e fora dela, uma das maiores figuras literárias. O seu carácter, mas sobretudo a sua audaciosa coragem, o seu livre pensamento, a sua ironia, o seu sarcasmo, o seu brilho intelectual, a finura terrível do seu estilo, os ataques que dirigiu contra a superstição, a incultura, a tirania, os equívocos filosóficos, etc., grangearam-lhe até hoje roazes inimigos. A obra que deixou é imensa: poemas, peças de teatro, tratados filosóficos, panfletos, romances satíricos, obras de história e de sociologia da história (em que foi precursor), ensaios críticos, e volumes e volumes de correspondência com a Europa inteira. Perseguido e foragido muitas vezes, foi um dos maiores agitadores de ideias do seu tempo, e um dos homens que mais contribuiu para o dealbar da Revolução Francesa. A Igreja Católica viu nele longamente o maior inimigo—e ele não o era sequer do cristianismo, mas da religião corrupta que era a que tinha diante dos olhos. O século XVIII e o próprio Voltaire estimaram altamente a sua poesia, em que há por certo poemas notáveis, em que mesmo aflora sob a fria ironia uma sensibilidade quase romântica. De interesse português é o poema filosófico que publicou em 1756, Poème sur le Désastre de Lisbonne, ou Examen de cet Axiome: Tout est bien, e em que protesta, em nome da humanidade, contra o terramoto de Lisboa… É neste poema que aparece o célebre verso: "Je respecte mon Dieu, mais jaime l'univers".

 

Gérard de Nerval
(1808-1855)

DÉLFICA

Conheces tu, Dafné, este cantar de outrora
que junto do sicômoro ou sob os loureiros,
ou mirtos, oliveiras, trémulos salgueiros,
este cantar de amor… que volta sempre e agora?

Reconheces o Templo – peristilo imenso –
e os ácidos limões que teus dentes mordiam,
é a gruta onde imprudentes ébrios se perdiam
e do dragão vencido dorme o sémen denso?

Hão-de voltar os deuses que saudosa choras!
O tempo há-de trazer da antiguidade as horas;
a terra estremeceu de um ar de profecia…

Todavia a sibila de rosto latino
adormecida à sombra está de Constantino
e nada perturbou a severa arcaria.
 

=> De seu verdadeiro nome Gérard Labrunie, nasceu em 1808, e na boémia literária parisiense viveu uma juventude que descreveu em mais de uma obra. Imbuído de germanismo, foi o tradutor francês do Fausto de Goethe, tradução que o patriarca alemão muito admirava. Viajou também pelo Oriente (do que escreveu um belo relato). A partir de 1811, sofre intermitentemente de perturbações mentais que o levam mais do que uma vez a internar-se em casas de saúde. Apareceu enforcado, numa madrugada de Janeiro de 1855, na rua da Vieille Lanterne, no Paris onde nascera e viveu grande parte da vida. As suas breves narrativas de quase imateriais figuras femininas, Les Filles du Feu e a sequência de sonetos Les Chimères (umas e outra coligidas em 1851) não são apenas obras-primas do Romantismo francês, mas obras nitidamente anunciadoras do simbolismo (pela densidade da expressão carregada de alusões) e do surrealismo (pela importância dada ao sonho visionário). Mas há na obra de Nerval complexas ressonâncias de ironia, realismo, fantasia, etc.. que ampliam uma grandeza que só recentemente lhe tem sido reconhecida pela crítica, a par dos grandes nomes de românticos da França. O movimento romântico neste país, como é sabido, após a geração dos promotores da nova sensibilidade. Madame de Stäel, Benjamin Constant, Chateaubriand, Sénancour, Xavier de Maistre, os filósofos socialistas Saint-Simon e Fourier (todos nascidos entre 1760 e 1772), surge com uma primeira geração (Nodier, Lamennais, Stendhal, Desbordes-Valmore, Lamartine, nascidos entre 1781 e 1790), a que se alia uma outra que é a dos grandes triunfadores na sua maioria (Vigny, Michelet, Sainte-Beuve, George Sand. Balzac, Hugo, Mérimée, nascidos entre 1797 e 1814), alguns dos quais apontam para os desenvolvimentos ulteriores. Aloysius Bertrand, Nerval, Maurice de Guérin, Musset, Théophile Gautier, nascidos entre 1807 e 1811, são já o romantismo irónico, ou neo-classicista. ou visionário, ou fantasista, ou a proposição da Arte pela Arte, que anunciam o Parnasianismo e o Simbolismo. O Romantismo francês foi longamente mais uma sensibilidade que um movimento até aos anos 20 e 30 do século XIX, em que se afirma como tal. Nos anos 50, com Baudelaire e Leconte de Lisle, novas direcções se abrem na poesia, que, só com muito mais tarde o reconhecimento dado a Baudelaire e seus continuadores, propiciará uma visão mais justa de Nerval. A Prima pertence à primeira fase, muito à Heine, da sua poesia. Délfica e Versos de Ouro são o quinto e o último dos doze sonetos das Quimeras, um dos mais altos cumes da poesia do século XIX, em que Nerval captou e transformou, para os seus fins, a atmosfera evocadoramente clássica dos sonetos de Du Bellay.

 

Charles Baudelaire
(1821-1867)

RECOLHIMENTO

Tem juízo, ó minha Dor, e faz por sossegar.
O Anoitecer querias, ei-lo que vem vindo:
Uma atmosfera obscura as ruas vai cingindo,
Que a uns promete a paz, e aos outros o pesar.

Enquanto dos mortais a multidão vulgar,
Ao chicote do Cio, esse carrasco infindo,
Remorsos colhe o Vício perseguindo,
Dá-me a tua mão, ó Dor, e vamos devagar

Longe de tudo. Vê: os anos mortos de outrora
Do céu espreitam em vestes já sem uso agora;
Sobe das fundas águas a Saudade casta;

O moribundo Sol num vão de arco descansa
E qual vasto lençol que se do oriente arrasta,
Escuta, oh escuta, a Noite que tão doce avança.

 

=> Filho de pai velho e de mãe jovem, nasceu em Paris, a 9 de Abril de 1821. Órfão de pai aos seis anos de idade, sua mãe casou pouco depois com um coronel Aupick que, general, embaixador, senador do Segundo Império, veio a morrer em 1857, cerca de dois meses antes de serem postas à venda Les Fleurs du Mal, e que, como a mãe, sempre dificilmente compreendeu a personalidade do poeta. Este, concluídos os estudos secundários em 1839, entrega-se a uma vida juvenil de boémia, escreve poemas; e a família decide que uma longa viagem o desviará dos maus caminhos… Baudelaire embarca, em meados de 1841, para o Oceano Índico, onde visita a Ilha Maurícia e a Bourbon. Nesta, recusa seguir no navio, e regressa depois à França em princípios de 1842. A viagem, todavia, terá dado a Baudelaire as sugestões marítimas e tropicais que são uma das linhas mais fascinantes da sua poesia. Nesse mesmo ano do regresso, atingindo a sua maioridade, recebe a herança paterna, e instala-se em Paris; é também nesse ano que inicia uma longa e intermitente ligação com Jeanne Duval que será, em tons que vão do sarcasmo à paixão, uma das suas constantes musas. Em 1844, a família, receosa de vê-lo gastar o dinheiro que recebera, interdita-o judicialmente. Poemas seus aparecem em revistas literárias, e Baudelaire aproxima-se simultâneamente dos românticos que evoluíam para o esteticismo, como Théophile Gautier, e dos que proclamavam o realismo, como Champfleury. Em 1848, participa na luta revolucionária nas barricadas de Paris; e sempre, o que não tem sido suficientemente posto em relevo, se sentira próximo dos socialistas utópicos como Fourier. De 1849 data a sua amizade com o pintor Courbet, mestre de realismo. Em 1854, começam a aparecer em folhetim de um jornal os contos de Edgar Poe, em tradução de Baudelaire, e a importância que este atribuiu ao poeta norte-americano na formação da sua consciência estética coloca Poe entre os antepassados da poesia moderna, através do seu tradutor francês. Em fins de Junho de 1857, dá-se o lançamento da célebre colectânea de poemas, que um artigo do Figaro violentamente denuncia como imoral às autoridades imperiais. O livro é apreendido pela polícia, e autor e editor são condenados em tribunal (semelhante caso se passa, na mesma época com Madame Bovary, de Flaubert, o que simboliza a ruptura entre a grande arte e o público burguês instalado no poder). Les Paradis Artificiels, obra em prosa que descreve as experiências de Baudelaire com drogas, é publicada em 1860. No ano seguinte, sai a reedição ampliada de Les Fleurs du Mal, sem os poemas "proibidos", que serão reeditados na Bélgica, em princípios de 1866, juntamente com outros poemas(Les Épaves). As perturbações nervosas e de estado geral, que se haviam declarado em 1862 (sem impedir que alguma da sua melhor obra crítica ou de poesia em prosa seja dessa época), agravam-se sèriamente também naqueles princípios de 1866. E, neste mesmo ano, quando o Pamasse Contemporain o incluía entre os seus colaboradores como um dos mestres de "nova poesia", Baudelaire morre em Paris, a 31 de Agosto, sendo sepultado no cemitério de Montparnasse. É irónico acrescentar-se que a sentença contra Baudelaire e parte da sua obra só foi judicialmente anulada em 1949… quando já era mais do que evidente que ele representava, para a época contemporânea, o que Petrarca representara para tantos séculos de poesia. Poeta em verso e em prosa, um dos fundadores da moderna crítica de arte, novelista, tradutor ilustre, longamente os equívocos têm obscurecido a complexidade e a profundidade de pensamento e de visão poética de um dos maiores e mais importantes poetas do mundo, que ele foi. A sua época, imbuída de grandiloquências retóricas, não compreendeu o rigor clássico da sua expressão, que, por sua vez, os parnasianos preferiam como impassibilidade estética. Se muitos dos seus contemporâneos e a tradição vulgar fizeram dele a imagem do perverso e do mórbido, não menos os esteticistas dele descendentes o distorceram, ao valorizarem precisamente esses aspectos. E os simbolistas, ao reclamarem-se dele, quase nenhum compreendeu a lucidez realista, a coragem espiritual, o intelectualismo dramático, e o senso profundo da humanidade, que permeiam a sua poesia; do mesmo modo que muita crítica francesa neo-católica, num louvável esforço de integrá-lo à "boa literatura", o traiu, ao dar um definido sentido religioso ao apaixonado de liberdade do espírito, como Baudelaire firmemente se definiu nos seus escritos. Ciência do ritmo, domínio das imagens, opulência magnificente de um visionarismo inteligentemente controlado, transposição estética da pessoal experiência e de um agudo sentido do carácter contraditório das coisas e da vida, fazem dele um dos grandes mestres de poesia, inedutível a fórmulas ou rótulos simplificados da história e da crítica literárias. Do poema A Vida Anterior (que, note-se, é, na forma estrófica, um soneto inglês), fez o compositor Duparc (1848-1933), um dos maiores lieder da história da música.

 

Sthéphane Mallarmé
(1842-1898)

O TÚMULO DE EDGAR POE

Tal que em Si-mesmo enfim a Eternidade o apura
O Poeta suscita com seu gládio erguido
Seu século aterrado de não ter ouvido
Que a morte triunfava nessa voz obscura!

Eles, em sobressalto como de hidra impura
Audindo o anjo aos da tribo temos dar sentido
Puro mais, logo aclamam sortilégio haurido
Nas desonradas águas de uma atra mistura.

Opostos solo e nuvens, ó suprema dor!
Se a nossa ideia com não cria de escultor
De que a tumba de Poe se orne resplandecente,

Calmo tombado bloco de um desastre escuro,
Que este granito ao menos mostre o seu batente
Ao negro vôo blasfemo esparso no futuro.  

 

=> Nasceu em Paris em 1842, e após trinta anos de carreira como professor liceal de inglês, morreu em Valvins, perto de Fontainebleau, em 1898, para onde fora viver em 1894, ao reformar-se, e onde desde 1874 tinha uma pequena residência de férias. Desde cerca de 1880 que na sua modesta morada de Paris se reuniam muitos dos escritores e poetas que constituíam a vanguarda literária do movimento simbolista. Pode considerar-se que a primeira grande ruptura entre parnasianos e simbolistas se dera em 1875, quando os directores do Pamasse Contemporain lhe recusaram para publicação o poema L' Après-Midi d'un Faune (naquela antologia eventual, de que sairam três números, em 1866, 1871, 1876, se haviam reunido as diversas tendências post-românticas que se vinham manifestando desde os anos 50 do século). O simbolismo, que se reclamava de Baudelaire, pode dizer-se que foi proclamado em 1886, e nele Mallarmé, como Verlaine e a repercussão "póstuma" de Rimbaud (este abandonara a poesia nos meados de 70, e deixara definitivamente a Europa em 1880), representou um dos papéis principais. Quer na sua poesia, quer na sua obra em prosa, Mallarmé é um dos primeiros a pôr radicalmente em causa as estruturas tradicionais da linguagem escrita, para criar uma expressão capaz de simbolicamente sugerir diversos níveis de sentido. A sua busca de uma analogia com a música é porém inteiramente diversa, quer do emocionalismo de Verlaine, quer do visionarismo de Rimbaud, pois que Mallarmé visa concretamente não apenas a sugestão, mas a combinação lúcida de várias linhas de sentido na mesma frase. Poucos poetas parecem, tanto como ele, "ininteligíveis" aos que temem compreender a complexidade e a ambiguidade reais do pensamento e das suas relações com a linguagem. Os dois sonetos que dele traduzimos são dos mais célebres, um por conter algumas das ideias mais importantes de Mallarmé sobre a poesia, e o outro por ser um dos mais extremados exemplos da insólita combinação de diversos planos de sentido.

 

10 poemas de Emily Dickinson traduzidos por Jorge de Sena

Celebrando data nacional americana, aqui trazemos uma das vozes poéticas mais originais dos USA: Emily Dickinson (1830-1886), a "solitária de Amherst". Especialmente apreciada por Jorge de Sena, mereceu-lhe a tradução de 80 poemas, reunidos em livro recentemente reeditado, em cuja introdução se pode ler: Nenhuma poesia do tempo se parecia com a sua, tão insólita, tão abrupta, tão tensa e tão concisa. […] a "liberdade" de Emily Dickinson é extremamente complexa, só entendível em pessoalíssimos termos. Mas, na história da poesia norte-americana, em que as figuras dolorosas ou tragicamente isoladas são tantas, ela avulta esplêndida, igualmente distante dos "profissionais" da poesia ou dos fabricantes dela para consumo doméstico ou público.

 

 

A Letter is a joy of Earth –
It is denied the Gods –

 

Uma carta é uma alegria da Terra
– Denegada aos Deuses.

 

* * *

 

A sepal, petal, and a thorn
Upon a common summer's morn –
A flash of Dew – A Bee or two –
A Breeze – a caper in the trees –
And I'm a Rose!

 

Sépala, pétala, espinho.
Na vulgar manhã de Verão –
Brilho de orvalho – uma abelha ou duas –
Brisa saltando nas árvores –
– E sou uma Rosa!

 

* * *

 

Afraid? Of whom am I afraid?
Not Death – for who is He?
The Porter of my Father's Lodge
As much abasheth me.

Of Life? 'Twere odd I fear [a] thing
That comprehendeth me
In one or more existences –
At Deity decree –

Of Resurrection? Is the East
Afraid to trust the Morn
With her fastidious forehead?
As soon impeach my Crown!

 

Ter Medo? De quem terei?
Não da Morte – quem é ela?
O Porteiro de meu Pai
Igualmente me atropela.

Da Vida? Seria cómico
Temer coisa que me inclui
Em uma ou mais existências –
Conforme Deus estatui.

De ressuscitar? O Oriente
Tem medo do Madrugar
Com sua fronte subtil?
Mais me valera abdicar!

 

* * *

 

By a departing light
We see acuter, quite,
Than by a wick that stays.
There's something in the flight
That clarifies the sight
And decks the rays.

 

A uma luz evanescente
Vemos mais agudamente
Que à da candeia que fica.
Algo há na fuga silente
Que aclara a vista da gente
E aos raios afia.

 

* * *

 

I died for beauty – but was scarce
Adjusted in the Tomb,
When One who died for Truth was lain
In an adjoining Room –

He questioned softly why I failed?
"For Beauty," I replied –
"And I – for Truth – Themself are One –
We Brethren are," He said –

And so, as Kinsmen met a-Night –
We talked between the Rooms –
Until the Moss had reached our lips –
And covered up – our names –

 

Morri pela Beleza – mas mal eu
Na tumba me acomodara,
Um que pela Verdade então morrera
A meu lado se deitava.

De manso perguntou por quem tombara…
– Pela Beleza – disse eu.
– A mim foi a Verdade. É a mesma Coisa.
Somos Irmãos – respondeu.

E quais na Noite os que se encontram falam –
De Quarto a Quarto a gente conversou –
Até que o Musgo veio aos nossos lábios –
E os nossos nomes – tapou.

 

* * *

 

I hide myself within my flower,
That fading from your Vase,
You, unsuspecting, feel for me –
Almost a loneliness.


Escondo-me na minha flor,
Para que, murchando em teu Vaso,
tu, insciente, me procures –
Quase uma solidão.

 


* * *

 

I'm Nobody! Who are you?
Are you – Nobody – Too?
Then there's a pair of us!
Don't tell! they'd advertise – you know!

How dreary – to be – Somebody!
How public – like a Frog –
To tell one's name – the livelong June –
To an admiring Bog!

 

Não sou Ninguém! Quem és tu?
Também – tu não és – Ninguém?
Somos um par – nada digas!
Banir-nos-iam – não sabes?

Mas que horrível – ser-se – Alguém!
Uma Rã que o dia todo –
Coaxa em público o nome
Para quem a admira – o Lodo.

 

* * *

 

Silence is all we dread.
There's Ransom in a Voice –
But Silence is Infinity.
Himself have not a face.

 

O Silêncio é o que tememos.
Há um Resgate na Voz –
Mas Silêncio é Infinidade.
Não tem sequer uma Face.

 

* * *


Soft as the massacre of Suns
By Evening's Sabres slain

 

Suave como o massacre dos Sóis
Mortos pelos sabres do Anoitecer.


* * *

Volcanoes be in Sicily
And South America
I judge from my Geography –
Volcanoes nearer here
A Lava step at any time
Am I inclined to climb –
A Crater I may contemplate
Vesuvius at Home.

 

Os vulcões são na Sicília
E na América do Sul.
Diz-mo a minha geografia –
Vulcões mais perto daqui,
Encostas de Lava que eu
Queira inclinar-me a subir –
Cratera que eu possa ver –
Há um Vesúvio cá em casa.

 

* * *

García Lorca, por Jorge de Sena

Na tradução de Jorge de Sena, publicada em seu Poesia do Século XX, apresentamos um dos mais conhecidos poemas de García Lorca – sua elegia em homenagem ao toureiro Ignacio Sánchez Mejías -, acompanhado pelo verbete criado por Sena para o poeta espanhol.  


PRANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS

I

A COLHIDA E A MORTE

Às cinco da tarde.
Eram as cinco em ponto dessa tarde
Um menino trouxe o lençol branco
às cinco da tarde.
Uma alcofa de cal já prevenida
às cinco da tarde.
O mais era só morte e apenas morte
às cinco da tarde.

O vento arrebatou os algodões
às cinco da tarde.
E o óxido semeou cristal e níquel
às cinco da tarde.
Já luta com a pomba o leopardo
às cinco da tarde.
E uma coxa com uma haste desolada
às cinco da tarde.
Começaram os dobres do bordão
às cinco da tarde.
Sinos e sinos de arsénico e o fumo
às cinco da tarde.
Há nas esquinas grupos de silêncio
às cinco da tarde.
E só o touro coração acima!
às cinco da tarde.
Quando o suor de neve foi chegando
às cinco da tarde.
Quando a praça de iodo se cobriu
às cinco da tarde.
A morte pôs seus ovos na ferida
às cinco da tarde.
Às cinco da tarde.
Às cinco em ponto dessa tarde.

Ataúde com rodas é a cama
às cinco da tarde.
Ossos e flautas soam-lhe no ouvido
às cinco da tarde.
O touro já mugia por sua fronte
às cinco da tarde.
O quarto se irisava de agonia
às cinco da tarde.
Ao longe uma gangrena já vem vindo
às cinco da tarde.
Trompa de lírio pelas verdes virilhas
às cinco da tarde.
As feridas ardiam como sóis
às cinco da tarde.
E as gentes rebentavam as janelas
às cinco da tarde.
Às cinco da tarde.
Ai que terríveis cinco eram da tarde!
Eram as cinco em todos os relógios!
Eram as cinco em sombra dessa tarde!

 

II

O SANGUE DERRAMADO

Que eu não quero vê-lo!

Digam à lua que venha
que não quero ver o sangue
de Inácio marcando a areia.

Que eu não quero vê-lo!

A lua de par em par.
Cavalo de nuvens quietas
e a praça parda do sonho
com salgueiros nas barreiras.
Que eu não quero vê-lo!
Que o recordar se me queima.

Avisai todo o jasmim
com sua brancura pequena!

Que eu não quero vê-lo!

A vaca do velho mundo
passava sua triste língua
sobre um focinho de sangues
derramados pela arena,
e os touros de Guisando,
quase morte e quase pedra,
mugiram como dois séculos
fartos de pisar a terra.
Não.

Que eu não quero vê-lo!

Pelos degraus sobe Inácio
com sua morte toda às costas.
Ele buscava o amanhecer,
e o amanhecer não era.
Busca seu perfil seguro,
e o sonho o desorienta.
Busca seu formoso corpo
e encontra seu sangue aberto.
Ai não me digam que o veja!
Não quero sentir o jorro
cada vez, com menos força;
esse jorrar que ilumina
o palanque e se desaba
no veludilho e no couro
da multidão tão sedenta.
Quem me grita que me assome?!
Ai não me digam que o veja!

Não se cerraram seus olhos
quando viu os cornos cerca,
porém as mães mais terríveis
levantaram a cabeça.
E pelas ganadarias,
houve um ar de voz secreta
gritando a touros celestes,
maiorais de névoa pálida.

Não houve em Sevilha príncipe
que lhe possa comparar-se,
nem espada como era a sua,
nem coração de verdade.
Como um rio de leões
sua força maravilhosa,
e como um torso de mármore
a desenhada prudência.
Um ar de Roma andaluza
a cabeça lhe dourava
onde o seu riso era um nardo
de sal e de inteligência.
Que grão toureiro na praça!
Que bom serrano na serra!
Que brando era com as espigas!
Que duro com as esporas!
Que terno com o orvalho!
Que deslumbrante na feira!
Que tremendo com as últimas
bandarilhas todas treva!

Porém já dorme sem fim.
Já os musgos maila erva
abrem com dedos seguros
a flor da sua caveira.
E já seu sangue por aí vem cantando:
cantando por marinhas e por prados,
e resvalando pelos cornos hirtos,
vacilando sem alma pela névoa
tropeçando com milhares de patas
como uma longa, obscura e triste língua,
para formar um charco de agonia
junto ao Guadalquivir de altas estrelas.
Ó branco muro de Espanha!
Ó negro touro de pena!
Ó sangue duro de Inácio!
Ó rouxinol de suas veias!
Não.
Que não quero vê-lo!
Que não há cálix que o contenha,
que não há andorinhas que o bebam,
não há de orvalho luz que o esfrie,
nem canto nem dilúvio de açucenas,
não há cristal que o cubra de prata.
Não.
Eu não quero vê-lo!

III

CORPO PRESENTE

A pedra é uma fronte adonde os sonhos gemem
sem ter as águas curvas nem ciprestes gelados.
A pedra são uns ombros para levar o tempo
com árvores de lágrimas e faixas e planetas.

Já vi chuvas cinzentas correndo para as ondas,
levantando os seus ternos braços tão esburacados,
para não ser caçadas pela pedra estendida
que seus membros desata sem se empapar de sangue
Porque a pedra recolhe sementes e nublados,
esqueletos de pássaros e lobos de penumbra;
porém não dá nem sons, nem cristais, nem fogo,
mas praças e mais praças e outras praças sem muros.

E já está sobre a pedra Inácio o bem-nascido.
Já se acabou. E agora? Contemplai sua imagem:
a morte o recobriu de pálidos enxofres
e pôs-lhe uma cabeça de obscuro minotauro.

Já se acabou. A chuva penetra por sua boca.
O ar como um louco deixa o peito que se afunda,
e o Amor, empapado em lágrimas de neve,
aquece-se nos cumes das ganadarias.

Que dizem? Um silêncio com fedores repousa.
Estamos com um corpo presente que se esfuma,
com uma forma clara que teve rouxinóis
e vemo-la afastar-se em abismos sem fundo.

Quem o sudário enruga? É falso quanto diz!
Ninguém por aqui canta, nem pelos cantos chora,
nem co'as esporas pica, nem a serpente espanta,
aqui não quero mais do que os redondos olhos
para ver esse corpo sem possível descanso.

Eu quero ver aqui os homens de voz dura.
Os que cavalos domam e dominam os rios:
os homens a quem tine o esqueleto e cantam
com uma boca cheia de sol e pedregais.

Aqui os quero eu ver. Diante desta pedra.
Diante deste corpo com as rédeas quebradas.
Eu quero que me ensinem onde está a saída
para este capitão atado pela morte.

Eu quero que me ensinem um pranto como um rio
que tenha doces névoas e profundas margens,
para levar o corpo de Inácio e que se perca
sem escutar o duplo resfolegar dos touros.

Que se perca na praça redonda dessa lua
que finge criança triste ser uma rês imóvel;
que se perca na noite sem cânticos dos peixes
e na maldade branca do fumo congelado.

Não quero que lhe tapem o seu rosto com lenços
para que se acostume à morte que o arrasta.
Vai-te, Inácio! Não sintas o ardente bramido.
Dorme, voa, repousa: também se morre o mar.

IV

Não te conhecem touro nem figueira,
nem cavalo ou formiga da tua casa.
Nem o menino te conhece, ou a tarde,
porque tu estás morto para sempre.

Não te conhecem os lombos da pedra,
nem o plaino negro aonde te destroças.
Não te conhece uma saudade muda
porque tu estás morto para sempre.

Há-de vir o Outono com seus búzios,
uva de névoa e montes agrupados,
mas ninguém quer fitar-te nos teus olhos
porque tu estás morto para sempre.

Porque tu estás morto para sempre,
como todos os mortos pela Terra,
como todos os mortos que se olvidam
em um montão de cães que se apagaram.

Ninguém já te conhece. Não. Mas eu te canto.
Eu canto antes de mais o teu perfil e graça.
A madureza insigne do teu conhecimento.
Teu apetite de morte e o gosto de sua boca.
A tristeza que teve a tua valente alegria.

Tardará muito tempo em nascer, se é que nasce,
um andaluz tão claro, tão rico de aventura.
Eu canto-lhe a elegância com palavras que gemem
e recordo uma brisa triste nos olivais.

 

GARCÍA LORCA, FEDERICO — Um dos maiores poetas e dramaturgos da Espanha e do século XX, nasceu em Fuente Vaqueros, nos arredores de Granada, em 1898. Em Granada estudou, e aí apareceu o seu primeiro livro (em prosa), Impresiones y paisajes (1918). Formando-se em Direito em Madrid (1923), dedicou-se às letras (em 1920, uma juvenil peça, El malefício de la mariposa, foi um desastre madrileno). Libro de poemas (1921) era já uma afirmação de um poeta notável, se bem que muito marcado de preciosismo parnasiano-simbolista (que nunca inteiramente abandonou, mas transfigurou numa expressão sua). A ironia transcendente e um metaforismo surrealista são, todavia, patentes nas Canciones (1927). O êxito teatral de Mariana Pineda, neste mesmo ano, revela-o um grande poeta do teatro. Mas é com o Romancero Gitano (1928) que o grande lírico aparece, senhor de uma linguagem própria em que o romanceiro se funde com uma riqueza modernista e um muito contemporâneo sentido trágico da vida. Uma viagem a New York deu-lhe o versilibrismo e a intensidade de Poeta en Nueva York (1930). Em 1931, funda o seu teatro popular-experimental "La Barraca", em que percorre a Espanha. Bodas de sangre (1933) e Yerma (1934) são outras duas grandes peças do teatro. Nesses anos de 33-34 viaja pela Argentina. De 1935 é o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, uma das mais extraordinárias elegias modernamente escritas. Muito ligado aos meios republicanos, mas sem actividade política, Lorca, ao estalar a guerra civil, deixou Madrid, onde estava e a república resistiria, pela sua Granada aonde a revolução não rebentara ainda. Na Granada que tanto amava (e a quem, todavia, verberara havia pouco tempo o reaccionarismo), foi preso e fuzilado nos primeiros dias da rebelião (Agosto de 1936) pela repressão militar-fascista (uma obra recentemente publicada em Paris é uma investigação minuciosa e devastadora das responsabilidades que rodearam o seu assassinato). Deixava entre muitos outros inéditos a sua maior peça, La Casa de Bernarda Alba. A execução do poeta pesou e pesa tremendamente na consciência da Espanha, e foi por muito tempo usada pelo anti-fascismo com absoluta ou relativa sinceridade. Mas não pela sua morte trágica e criminosa é Lorca um grande poeta. É-o pela força da imaginação, pela arte com que renovou o romanceiro tradicional e transformou em profunda poesia todo o convencionalismo regionalista da Andaluzia. Mais: tanto na sua poesia como no seu teatro (outros escritos dele são muito frágeis, e só possuem quase interesse para o estudioso ou para o admirador incondicional), há uma insistência obsessiva no tema da morte violenta, a que o seu fim deu um selo atroz de veracidade, e é essa mesma insistência que é essencial à sua visão do mundo, em que beleza e escuridão coexistem, a liberdade é um permanente desafio, e a própria expressão poética uma inocência reconquistada.

 

Shakespeare

Celebrado a 21 de março, o "Dia Mundial da Poesia" foi instituído pela XXX Conferência Geral da UNESCO em 16 de novembro de 1999.
Celebrado a 27 de março, o "Dia Mundial do Teatro" resulta de proposta apresentada em 1961 pelo International Theatre Institute (ITI), organização não governamental fundada em Praga no ano de 1948, com o apoio da UNESCO e da comunidade internacional ligada ao teatro.
Fazendo convergir as duas efemérides, nosso site recorda hoje algumas páginas que Jorge de Sena dedicou ao "bardo inglês" — objeto inconteste de sua enorme admiração –, a começar pelas que se encontram na Poesia de 26 Séculos e que tanto reúnem sonetos, como fragmentos dramáticos, traduzidos pelo próprio Sena. Ao fim, a "apresentação" que este dedica ao escritor elisabetano.

 

SHAKESPEARE
Inglaterra 1564-1616

 

SONETO XV

Se considero quanto cresce vivo,
e atinge a perfeição só por instantes;
e que este imenso palco está cativo
de ocultos astros fortes e inconstantes;

se atento que Homem como planta aumenta,
do mesmo céu domado e guarnecido,
e que da seiva juvenil que o tenta
quando é mais forte é que será esvaído;

então o conceito deste incerto estado
mais rico em juventude em mim te cria,
ao ver que o Tempo a te mudar se há dado
era noite escura esse tão claro dia.

Com o Tempo em guerra por amor de ti,
o que el' te rouba, eu te reponho aqui.

 

SONETO XXIX

Quando em desgraça aos olhos dos humanos,
sozinho choro o meu maldito estado,
e ao surdo céu gritando vou meus danos,
e a mim me vejo e amaldiçoo o Fado,

sonhando-me outro, rico de esperanças,
co'a imagem dei', como el' tão respeitado,
invejo as artes de um, d'outro as usanças,
do que mais gozo menos contentado.

Mas se ao pensar assim, quase me odiando,
acaso penso em ti, logo meu estado,
como ave, às portas celestiais cantando,
se ergue na terra, quando o sol é nado.

Pois que lembrar-te, amor, tem tal valia,
que nem com grandes reis me trocaria.

 

SONETO LXXVI

Porque de orgulho são tão nus meus versos,
tão limpos de contrastes e mudanças?
Porque, com o tempo, não vão sendo imersos
em novo estilo e estranhas esquivanças?

Porque escrevo eu sempre tão igual ao que era,
mantendo-me fiel ao que inventei,
que cada termo é como se dissera
quanto de mim procede, que o gerei?

Que é só de ti, meu doce amor, que escrevo,
contigo e Amor aos devaneios basto;
e o meu saber de poeta é este enlevo
de ainda outra vez gastar o que está gasto.

Tal como o Sol é novo cada dia,
assim do Amor eu digo o que dizia.

 

SONETO CXXI

Antes ser vil que como vil ser tido,
quando o não ser de ser é suspeitado,
pois que o prazer se perde, imaginado
nos olhos doutrem, não por nós sentido.

Porque há-de dar dos outros o olhar falso
leis a meu sangue, se el' se goza assim?
Porque mais frágeis me andarão no encalço,
a condenar o que me praz a mim?

Ah não, eu sou quem sou. Quem me condena
por meus pecados, pelos seus me acusa:
posso mais recto ser que quanto ordena:
que os feitos meus não valham mente escusa.

Que a menos que se mude tanto mal,
homem não há livre de império tal.

 

RICARDO II — Acto III, Cena 2

RICARDO — Falemos de sepulcros, vermes, epitáfios,
Sejamos pó, e com pluviosos olhos
Inscrevamos tristeza no seio da terra.
Do nosso testamento aqui tratemos.
E para quê? que temos que testar,
Salvo o deposto corpo, entregue ao túmulo?
Tudo que é nosso e a vida a Bolingbroke advém,
E que diremos nosso senão morte nossa
E esta pequena crosta de singela terra,
Que serve só para cobrir os ossos?
Ah, por amor de Deus, sentemo-nos no chão,
Contando histórias tristes da morte dos Reis:
Como têm sido alguns depostos; outros
Caíram em combate; alguns possessos
Pelos fantasmas que deposto haviam;
Outros, envenenados por esposas,
Enquanto outros, dormindo, foram mortos:
Assassinados todos. Pois dentro da Coroa
Que as têmperas mortais de um Rei circunda
Tem sua Corte a Morte, e lá está o Bobo
Zombando de seu Estado, e rindo-lhe da pompa,
Permitindo um suspiro, ou uma cena breve,
Que monarquize, o temam, mate com olhares,
Embebendo-o de estultas presunções,
Como se a carne que muralha a vida
Nos fosse inexpugnável bronze: oh, ilusão!
Quando ela vem por fim, e com um alfinete
Perfura os muros do Castelo… e adeus Rei.
Cobri-vos. Não troceis da carne e osso,
Com reverências solenes. Deitai fora
Respeito, as tradições, as etiquetas,
Porque rne haveis julgado o que não sou:
Vivo de pão, qual um de vós. E sinto faltas,
Procuro amigos, sofro dores. Assim sujeito,
Como podeis dizer-me que sou Rei?

 

MACBETH — Acto V, Cena 5

No interior do Castelo de Dunsinane. Macbeth, Soyton, soldados com atabales e bandeiras

MACBETH —Suspendam as bandeiras nas muralhas;
a ordem é "que venham": o castelo
rir-se-á de um cerco: pois que acampem todos
até que a fome e a peste aí os comam:
sem o reforço dos que deveriam
ser nossos, poderíamos batê-los
E expulsá-los. Mas que grita é essa?
SEYTON — É choro de mulheres, meu senhor. (sai)
MACBETH —Eu quase já esqueci o gosto às lágrimas.
Um tempo foi em que me regelara
Ouvir gemer de noite; o meu cabelo
De susto se eriçava e estremecia.
Mas saciei meu coração de horrores.
E tais extremos são tão familiares
A meus sinistros pensamentos que
Não mais me assustam. (volta Seyton) Que era a
gritaria?
SEYTON — É que a rainha, meu senhor, é morta.
MACBETH —Há muito que devera ter morrido:
Seria tempo então de tal palavra.
Amanhã, amanhã, mais amanhã,
Pé ante pé vem vindo dia a dia,
Até à sílaba final dos tempos,
E os nossos ontens iam guiando tolos
No caminho da morte. Vai-te! Vai-te!
Ó tão breve candeia, vai-te! Apaga-te!
A vida é sombra andante, um pobre actor
Que no palco gagueja a sua deixa,
E se não torna a ouvir: é uma história
Que um doido conta, toda estrondo e fúria,
E sem sentido algum.

 

A TEMPESTADE —Acto V, Cena 1

PRÓSPERO — Ó vós, elfos dos rios, montes, lagos, bosques,
E vós que nas areias sem deixar pegadas
Afugentais Neptuno que se afasta, mas
Dele fugis quando el' retorna: semi-títeres
Que ao luar torceis anéis azedos, verdes, que a
Ovelha nunca morde; e vós, que passatempo
É criar nocturnas estranhezas, que gozais
De ouvir solene o recolher, por cujo auxílio
— Por frágeis que sejais — tenho ofuscado às vezes
O Sol meridiano, convocado os ventos
Amotinados, e entre o verde mar e a cúpula
Azul lançado a guerra: ao trovejar terrível
Já dei o fogo, e ao forte carvalhal de Júpiter
Rachei com o próprio raio: o duro promontório
Eu fiz tremer: e p'las esporas arranquei
Os pinheiros e os cedros. À minha ordem tumbas
Acordaram quem dorme, abriram-se, e expeliram-nos,
Por minha Arte potente. Mas as rudes mágicas
Aqui abjuro: e quando tiver ordenado
Celeste Música — qual inda agora o faço —
Para incitar meu fito em seus sentidos todos,
Ao que este encanto vem, a vara hei-de quebrar,
Hei-de enterrá-la após no coração da terra,
E mais profundamente que já sonda foi
Meu livro hei-de afogar.
 

 

SHAKESPEARE, WILLIAM — Um dos maiores, se não o maior génio poético que a humanidade produziu, nasceu em Stratford-on-Avon em 1564 (tradicionalmente, a 23 de Abril), filho de um comerciante enriquecido e depois nobilitado. Não se sabe que tenha feito quaisquer estudos, além dos elementares na sua cidade natal. Em 1582, foi forçado a casar com uma mulher bastante mais velha do que ele, que lhe deu três filhos, dos quais só duas filhas sobreviveram. Por 1585 ou 87 terá iniciado uma carreira londrina de actor, e em 1593 aparece o seu belo poema Venus and Adonis que imitava o não menos sensual Hero and Leander de Marlowe. De 1594 é a sua primeira peça teatral. A tragédia de Ricardo II terá sido representada na "season" de 1595-96, e foi publicada em 1597. Os Sonetos, que lhe garantiriam um dos mais altos lugares na lírica europeia, se o seu teatro lhe não desse a categoria que dá, foram publicados em 1609, e as conjecturas têm-se acumulado para identificar-se o jovem que é objecto das suas paixões (e é possível que "ele" seja uma sucessão dos que faziam, no teatro do tempo, em Inglaterra, onde as mulheres não representavam os papéis femininos). Entre 1604 e 1608, Shakespeare apresentara as suas tragédias mais célebres: Othelo, Macbeth (1605-06), King Lear, Antony and Cleopatra, e Coriolanus, que Julius Caesar, em 1599-1601, e Hamlet, em 1601-02, haviam precedido. Crê-se que, por 1608, rico e cansado de Londres, Shakespeare se fixa na sua cidade natal: The Tempest (1611-12) tem sido interpretada como a sua despedida de dramaturgo. Em 25 de Março de 1616, sentindo a morte aproximar-se da sua bela casa (de que hoje só as ruínas restam), faz testamento; e exactamente um mês depois é enterrado na Igreja da Santíssima Trindade, onde jaz. O seu "teatro completo", levantando enormes problemas de autoria e de texto (muitas peças haviam tido publicação dispersa, com lições muito diferentes), foi publicado em 1623. Para bem entender-se o trecho de Ricardo II, aqui traduzido, há que saber que este rei foi combatido e deposto por Henry Bolingbroke, depois Henrique IV, o irmão de Filipa de Lancaster, a esposa de D. João I de Portugal. A cena célebre de Macbeth refere-se ao momento em que, já ameaçado pelos adversários que vão destruí-lo, Macbeth sabe da morte de sua mulher, cujo remorso pelos crimes a que incitara o marido a fizera enlouquecer. Na fantasia sublime que é The Tempest, a traduzida fala do mago Próspero, o protagonista, é a do último encantamento que ele executa.
 

JS poetry translated by Richard Zenith

Perhaps best known as a great scholar of Fernando Pessoa, Richard Zenith also focused on the work of JS, translating five representative poems. Not wanting to lose the unity of his style as a translator, here we repeat poems that are already in our site in other versions – which will allow the curious readers to compare them if they wish. To the friend Richard Zenith, we give our thanks for their work and the evocative words that precede it.
 

Jorge de Sena was an intellectual jack-of-all-trades. He wrote extensively on Portuguese literature from Camões to Pessoa. He translated poetry. He wrote novels, short stories, plays and poetry. The amazing thing is that he did all of these things well, and sometimes brilliantly. I am most familiar with his essays on Fernando Pessoa, which are full of remarkable insights made when some of the celebrated writer's major works — such as The Book of Disquiet — had still not been published. In his poetry, Jorge de Sena reminds me of Pessoa in a certain way — not because he used heteronyms, but because of the many, very different styles he tried out. The five poems translated and published here do not reflect that diversity. "Gloss on the Coming of Autumn" is a more tightly knit poem, while the others show Sena in his more expansive mode, which I think is especially suited for what he has to convey. Jorge de Sena was a tireless, forever expanding, forever dissatisfied creator of literature and lover of life. (Richard Zenith)

 

 

Gloss on the Coming of Autumn

The body does not wait. Neither for us
nor for love. This groping of hands,
researching with such reticence
the warm, silky aridness
that twitches from embarrassment
in movements quick and random;
this groping attended not by us
but by a thirst, a memory, whatever
we know about touching the bared
body that does not wait; this groping
that doesn't know, doesn't see, doesn't
dare to be afraid of feeling scared…

The body's so hasty! All is over and done
when one of us, or when love, has come.

=> "Glosa à chegada do Outono", Fidelidade, Poesia II

Camões Addresses His Contemporaries

You can steal all that's mine:
my ideas, words, images,
my metaphors, themes, motifs,
my symbols and preeminence
in suffering the pains of a new language,
in understanding others, in daring
to fight, to judge, to penetrate
recesses of love where you are impotent.
And then you can refuse to quote me,
you can suppress me, ignore me, and even
acclaim other thieves, luckier than you.
It doesn't matter: your punishment
will be grim. For when your grandchildren
no longer know who you are,
they'll know me much better
than you pretend not to,
and all that you have painstakingly pillaged
will revert to my name. Even what little
you did not steal but achieved on your own
will be mine, counted as mine, credited to me.
You'll have nothing at all, not even your bones,
for they'll dig up one of your skeletons
and say it's mine. So that other thieves, just
like you, can kneel and place flowers on my tomb.

=> "Camões dirige-se aos seus contemporâneos", Metamorfoses, Poesia II

Letter to My Children on Goya's Executions of the Third of May

I don't know, children, what world will be yours.
It's possible (everything's possible) that it will be
the world I wish for you. A simple world,
in which the only difficulty will come
from there being nothing that's not simple and natural.
A world in which everything will be allowed,
according to your fancy, your yearning, your pleasure,
your respect for others and their respect for you.
It's also possible that it won't be this, and that this
won't even be what you want in life. Everything's possible,
even though we fight, as we must fight,
on behalf of our idea of freedom and justice
and – still more important – in steadfast
allegiance to the honour of being alive.
One day you will realize what a vast multitude,
as countless as humanity, felt this way,
loving others for whatever they had that was unique,
unusual, free, different,
and they were sacrificed, tortured, beaten
and hypocritically handed over to secular justice,
to be liquidated "with sovereign pity and without bloodshed".
For being loyal to a god, to a conviction,
to a country, to a hope, or merely
to the irrefutable hunger that gnawed them from within,
they were gutted, flayed, burned, gassed,
and their bodies heaped up as anonymously as they had lived,
or their ashes scattered so that no memory of them remained.
Sometimes, for belonging to a certain race
or class, they atoned for all the wrongs
they had not committed or had no awareness
of having committed. But it also happened
and happens that they were not killed.
There have always been infinite methods for dominating,
annihilating quietly, gently,
through ways inscrutable, as they say of God's ways.
These executions, this heroism, this horror,
was one episode, among thousands, that happened in Spain
over a century ago and whose violence and injustice
shocked the heart of a painter named Goya,
who had a very large heart, full of rage
and love. But this is nothing, children,
just one event, a brief event,
in this chain of which you are (or aren't) a link
of iron and sweat and blood and a bit of semen
on the way to the world I dream for you.
Believe me that no world, that nothing and nobody
is worth more than a life or the joy of having life.
It is this joy that matters most.
Believe me that the dignity you'll hear so much about
is nothing but this joy that comes
from being alive and knowing that no one has ever
been less alive or suffered or died
so that just one of you could stave off a little longer
the death that belongs to all of us and will come.
That you will know all of this with peace of mind,
with rancour toward no one, without fear, without ambition,
and above all without apathy or indifference
is my ardent hope. So much blood,
so much pain, so much anguish, must one day prove
– even if the tedium of a happy world torments you –
not to have been in vain. I confess that
very often, thinking about the horror of so many centuries
of oppression and cruelty, I have a moment of hesitation
in which an overwhelming bitterness makes me despair.
Are they or aren't they in vain? And even if they aren't,
who will resurrect those millions, who will restore
not only their lives but all that was taken from them?
No Final Judgement, children, can give them
that moment they did not live, that object
they did not freely enjoy, that gesture
of love they were going to make "tomorrow".
And so the same world we create urges us
to treat it with care, as something that isn't
just ours but has been entrusted to us
that we might respectfully watch over it
in memory of the blood that flows in our veins,
and of the flesh we've inherited, and of the love that
others did not love because it was taken from them.

=> "Carta a meus filhos sobre os fuzilamentos de Goya", Metamorfoses, Poesia II

 


Funeral March for Siegfried, from The Twilight of the Gods

On an afternoon obscured by mists,
I hear the march – sombre and sweet,
harsh and fluid – that carries the hero
to the pyre where he'll burn, a corpse
reduced to ashes. The brasses shine
in the air's clearings, the earth shrinks
where the drums boom, and the strings
and woodwinds accompany the procession
down to the river that flows forever
equal to itself with other waters,
like the heroes who die, so human.
And that's what this showing by music says:
the semi-gods die like us,
they suffer the bitterness of defeat like us,
and like us they yearn, love and take delight,
or else seethe with regret over what they lack.
But we don't have all that they do,
in this zeal to imagine them. We don't have who
sings for us the end of whatever was great,
whatever was pure, whatever as far as permitted
was a disinterested act dedicated
to simply existing beyond us
in this land that wraps us in darkness
on a misty night, nothing but distance
in the lowered eyelids of this corpse,
the assassinated hero they carry for me
in this majestic and tearful procession.
We do not have this except in mere music,
but neither do the gods, who never outlive
dead heros.

=> "Marcha Fúnebre de Siegfried, do 'Crepúsculo dos Deuses'", Arte de Música, Poesia II

The Living and the Dead, or Homage to Rilke

Angels pass by, the poet says, without knowing
if they pass among the dead or the living.

How these poets of the invisible lie
about what they've felt most intensely.
It's we who are ignorant in the middle of the way,
in that time of life when a dark wood
was what another poet saw all around him,
and the ghosts surrounding us are ever more
opaque, while the living become tenuous
and transparent as ghosts. We hear
voices, but none of them say or bring
anything new. Nor even old. Nothing
that's memory or serene faith
in the life we still have. Just a void
with futile, uninteresting shapes
we once called human beings.
How much nostalgia, how much feeling in us
is evoked by those who've passed
– surprised or content, or terrified –
beyond the silent portals. Not a feeling
we have with them, or even for them, just
our make-believe light in the dark wood.

This secret is beautifully hidden
under the beautiful images of the invisible:
as if virtuality were the opposite
of being, of existing or of having
life – among the living who become ghosts
and the dead who fade away
leaving a black and empty
but not invisible
space.

=> "Os vivos e os mortos ou Homenagem a Rilke", Peregrinatio ad loca infecta, Poesia III

Jorge de Sena, translated

Some of Sena’s translated poems

 

Jorge de Sena has been translated into many different languages through the years. As an example for Portuguese-readers and an attempt to conquer some English-readers as well, we have transcripted here a few of the most representative poems of his most famous poetry book, Metamorphoses, translated from the Portuguese by Francisco Cota Fagundes and James Houlihan (Providence: Copper Beech Press, 1991).

 

 

 

 

 

Iberian Gazelle

Suspended on three legs (as one is lost),
she remains balanced in bronze
on the discreet museum pedestal.
The ears lifted, as if hearing,
the feet making a reluctant start
while a vacant look strays, distracted,
into liquid rustlings of a forest.
The trees fell long ago. And times
lost without remembrance when
mountainyard villages died
– their traces erased, stone by stone.
And long ago, the people, too
– but which people? – raped, invaded, in blood,
fire, slavery, or simply ravished
by love for men in tall ships
with long oars and billowing sails, the people
vanished, without commotion, trading
their forests for cliffs above heave
of sea by smooth coves or beaches,
their clear fountains for deep rivers
sinuously cutting the green.
This was long ago; the gazelle remains,
with her small fine nose, lithe frame,
and almost human breast. Maybe
she was fit offering for some god? Or was she
the goddess graced with gifts?
Or was she merely gazelle, pure
idea of Iberian gazelle?
On three legs she remains suspended.

Assis, 8 April 1961
 

 

The Nave of Alcobaça

Vacuous, vertical, of stone white and cool,
long in light and line, the sequential
arcade of silence, mortal
dawn out of eternity, sheer void
of space fulfilled, needle-pointed
as if diaphanous crystal
of harmonic heavens, a thick, concave
fusion of straight lines, the air sequestered
at the last shudder in the living skin,
stone not-stone that is fastened in pillars
in sheaves of whiteness, geometry
of proveable spirit, proportion
of tripartite essence, ideogram
of mute immensity that shrinks
into a human perspective. Ambulatory
of hushed anticipation.
                                         Nave and scepter,
residue of graves, suspended and shifted
storm. Rose and time.
Horizontal ladder. Curving cylinder.
Norm and manifesto. Peace and form
of the abstract and the particular.
                                                     Hierarchy
of another life on earth. Motion
of stone white and cool, boundary-less
within boundaries. Hope,
vacuous and vertical. Humanity.

Araraquara, 27 November 1962

                    

 

Camoens Addresses His Contemporaries

You can steal everything from me:
my phrases, images, ideas,
my metaphors, motifs, my themes,
my symbols, and even my superiority
in suffering pains of a new language
in understanding another, in the courage
to fight, judge, penetrate the inner sanctum
of love where all you eunuchs cannot go.
And later, you can refuse to cite me,
suppress or ignore me, envying
other thieves luckier than yourselves.
It doesn’t matter. Your sentence
will be horrible: for when your grandchildren
have already forgotten who you are,
they will have to know me even better
than you feign not to know,
and everything, everything you studiously pilfer,
will be reclaimed by my name. Even
the miserable particle of invention
that you squeezed out on your own, without theft,
even that will be mine, considered mine, counted mine.
You will have nothing upon nothing:
even your skeletons will be looted for bones
to pass for mine. So that other thieves,
like you, on their knees, can put flowers on my tomb.

Assis, 11 June 1961
 

 

Fragonard's Swing

How she swings into air in the space
between the flutter of her indiscreet skirts
and the quivering grove! What flashes
of half-seen legs, what more unseen
by the man relaxing into his indiscreet
pleasure of revealing himself hidden!
What glances! Her air-borne shoe
in light suffused like a burning cloud
of visceral throbbing in the leaves!
How this garden is seeded with voluptuousness
entwined around the trees and the poses
and the pointing fingers and shadows!
How many skirts remain and constrain
the sex and breasts, swelling prisoners
divined by his sharp cattiness!
How statues and walls swing in the vertigo
of ropes so horny they might
grace a lucky husband!
O how she swings and flutters! How fashionable
the lover and his pose – and his obscene
delight in only looking!
How his eyes undress her, and how she resists
with a cutting and wry glance,
knowing how much lace there is to tear!
How nothing else in the world matters!

Assis, 8 April 1961
 

 

Letter to My Children on Goya's Shootings

I don’t know, my children, what world you’ll have.
It’s possible, for everything is possible, that you’ll have
the world I want for you. A simple world
with only one difficulty being that nothing
is not simple and natural.
A world where everything is permitted,
after your taste, yearning, and pleasure,
and respect for others and theirs for you.
And it’s possible that it’s not this, not even this
that interests you in living. Everything is possible,
even when we struggle, as we must,
for what seems to be freedom and justice
and, even more, a faithful devotion
to the honor of being alive.
One day, you’ll know that more than humanity
they are numberless who thought thus,
who loved their fellows for what in them was unique,
uncustomary, free, different,
and who were sacrificed, tortured, beaten,
hypocritically delivered to secular justice for liquidation
“with utmost piety, without bloodshed.”
And for being faithful to a god, a thought,
a country, a hope, or only
an insatiable hunger devouring them from within,
they were disemboweled, flayed, burned, gassed,
their bodies heaped up as anonymously as they’d lived,
or their ashes scattered so that no memory of them would remain.
And sometimes, for being of a race
or, at other times, a class, they paid in full
for crimes they never committed or were never aware
of having committed. And yet it happened,
and still happens, that they were not killed.
There have always been infinite modes of prevailing,
of annihilating gently and delicately through trackless
paths as those of God are said to be trackless.
These shootings, this heroism, this horror
were one thing among a thousand in Spain
more than a century ago, and the violence and injustice
offended the heart of a painter named Goya,
who had a huge heart of rage
and love. But, my children, this is nothing.
Only an episode, a brief episode
in the chain where you form one link (or not)
of iron, sweat, blood, and a drop of semen
on the path of the world I dream for you.
Believe me that no world, nothing, nobody
has more value than a life or the joy of having it –
and this joy is what matters.
Believe that the dignity you will hear so much about
is finally nothing but this joy arising
from being alive and knowing that no one ever
suffers or dies or is less alive so that
any one of you can resist, a little longer, the death
that belongs to all and comes for all.
My fervent hope is that you will know all this calmly,
blaming no one, with no fear or greed
or, worse, indifference or detachment.
So much blood, pain, and anguish someday
(even if the tedium of a happy world troubles you)
will not have been in vain. Yet I confess that often,
recalling so many years of cruelty and subjugation,
I hesitate for a moment, crushed in bitterness,
and I am inconsolable. Are they really
not in vain? And even if they aren’t,
who will bring back those millions, restore
not simply their lives but all that was stolen from them?
No Final Judgment, my children, can give back
that moment they never lived, that object
never enjoyed, that motion of love
always reserved for “tomorrow”.
And so let us hold with care
the very world we may create, hold it as something
not ours but granted to us to guard with respect,
in memory of the blood within our flesh,
of the flesh that was once another’s, and of the love
with which others never loved because it was stolen.

Lisbon, 25 June 1959
 

Poesia Russa

A pátria poética de Jorge de Sena é muito maior que a língua portuguesa. Prova disso é seu monumental Poesia de 26 Séculos, em que boa parte da poesia universal é convocada e reinterpretada através da seleção, tradução e das notas senianas. Apresentamos aqui os poetas russos eleitos por Sena para participar desse grande encontro de testemunhas – dois poetas românticos, inauguradores da literatura russa moderna e, ainda hoje, os maiores expoentes daquela poesia: Pushkin e Lermontov.

 

Pushkin:

Lermontov:

 

Pushkin
(1799-1837)
 

Uma Nereida

A luz de um céu de aurora, e onde a verdura toca
ao Táuris cariciosa o flanco, uma Nereida vi.
Imóvel de alegria, oculto no olival, deitei-me
a espiar a semi-deusa abrindo as róseas águas
que os seios lhe lambiam, alvos de cisne e tesos,
e penteando os seus cabelos de grinaldas de espuma.


As Uvas

Que me não fujam as rosas
murchando co'a Primavera:
gosto das uvas em cachos
maduros ao sol da encosta —
glória deste meu val',
pendendo em brilho de pérolas,
prazer do Outono dourado:
oblongas e transparentes
como dedos de donzela.


Mensagem para a Sibéria

Lá nas minas da Sibéria,
que o forte orgulho resista:
de trabalhos e miséria
se alimente a rebeldia.

A Esp'rança, irmã da desgraça,
na treva silente, dá
coragem ao coração.
O grande dia virá.

Amor de amigo vos mando
além da porta sombria;
acorrentados aos catres,
ouvireis a melodia:

Grilhetas hão-de tombar,
muralhas desabarão.
E, na luz da liberdade,
vossa espada em vossa mão.

"O Homem que outrora fui…"

                             Tel j'étais autrefois et tel je suis encor
                                                                 André Chenier

O homem que outrora fui, o mesmo ainda serei:
leviano, ardente. Em vão, amigos meus, eu sei,
de mim se espere que eu possa contemplar o belo
sem um tremor secreto, um ansioso anelo.
O amor não me traiu ou torturou bastante?
Nas citereias redes qual falcão aflante
não me debati já, tantas vezes cativo?
Relapso, porém, a tudo eu sobrevivo,
e à nova estátua trago a mesma antiga of'renda…

 

"Ó belo jovem…"

(num acampamento militar no Eufrates)

O belo jovem, não escutes
rufar da guerra os tambores!
Não te lances na batalha
co'as hordas dos contendores!

Sei que a morte há-de poupar-te,
e que, onde a sorte se traça,
o anjo Azrael, ao fitar-te,
ver-te-á tão belo, que passa.

Mas a guerra é pior que a morte,
e temo que te desfaça
o encanto fino do porte
e a tua lânguida graça.

"Não penses meu amor…"

Não penses, meu amor, que no meu seio guardo
O tumultuar do sangue, o frenesi de que ardo,
os uivos dela, os gritos de bacante em cio,
quando, como uma cobra, sob mim se torce,
e em beijos que remordem e na carícia urgente
vem o estertor final da consumada posse.

Mais doce és tu, amor, tão sossegada e calma —
pelo prazer dorido com que eu sou todo alma
quando, após longamente suplicar-te ansioso,
com pudica modéstia cedes ao meu gozo
e a mim te dás enfim, mas desviando o olhar,
aos meus ardor's tão fria e sem me ouvir's falar,
mas despertando… ah quão tu devagar despertas…
até que, a contragosto, o meu prazer é o teu.

 

"É tempo, meu amigo…"

É tempo, meu amigo, o coração cansou-se…
Cada hora voa, e é como se com ela fosse
um farrapo daquilo que pensamos vivo.
Tardará muito a morte? Ah, tudo é fugitivo.

Felicidade não, mas paz e liberdade
é quanto espera quem só ainda sonha que há-de
fugir — cansado escravo —, antes da noite escura,
a repousar nos longes da mais clara altura.

 

"Para mim mesmo ergui…"

Para mim mesmo ergui, não com as mãos, moimento:
a estrada livre que o meu povo há-de trilhar.
Alexandre não tem coluna erguida ao vento
que erga a cabeça mais que o meu pilar.

Não morrerei de todo — pois que no meu canto,
sem corpo corruptível, soarei altivo.
E o meu renome imenso durará enquanto
houver na terra um poeta sobrevivo.

Da minha fama o ruído a Rússia há-de varrer,
que aos povos todos dela irá iluminando,
o eslavo, o balta, o tungu me hão-de conhecer,
como o kalmuk a estepe cavalgando.

Serei amado, e as gentes lembrarão mil anos
na glória do meu verso o fogo que acendi:
como cantei ser livre em tempo de tiranos
e para os humilhados honra só pedi.

O Musa, nunca escutes mais que a um deus, tua arte,
impávida aos insultos, ao louvor mais fria.
Sem recompensas, canta, mas saibas calar-te
sempre que um asno cruze pela tua via.


 

PUSHKIN, ALEXANDER SERGUEIEVITCH — Nascido no mesmo ano que Garrett em Portugal, Pushkin não é apenas, na sua curta vida atribulada e na sua criatividade assombrosa, a entrada triunfal do Romantismo na Rússia, após anos em que "antigos" e "modernos" lutavam pela supremacia: é não só, ainda hoje, o maior poeta da Rússia, como também a personalidade de quem decorre toda a literatura russa moderna, à qual abriu todos os caminhos que ela veio a trilhar, e de quem as artes vieram a inspirar-se profusamente na Rússia, para a magnificente floração estética da segunda metade do século XIX, que colocou o país na vanguarda da cultura ocidental. Foi em Moscovo, a 6 de Junho de 1799, que nasceu. Por seu pai, descendia de velhas famílias russas, por sua mãe, era bisneto do célebre Negro do imperador Pedro-o-Grande que este casou com uma aristocrata balta e um de cujos filhos foi o avô materno do poeta. Este orgulhava-se muito das suas duas linhagens, e compôs sobre o lendário bisavô africano uma belíssima novela que, inacabada, teve só publicação póstuma. Como era costume das altas classes do tempo, recebeu Pushkin uma educação estritamente francesa que a aristocracia russa compensava, na sua formação, com o contacto patriarcal e escravocrata com os camponeses e no culto tradicional da Santa Rússia. Durante seis anos, frequentou Pushkin o liceu de Tsarskoie-Selo, instituição imperial para os rapazes de boa família, destinado a formá-los para a imensa burocracia do império. Aí aprofundou o seu conhecimento da literatura francesa e se familiarizou com as letras clássicas: esta dualidade classicizante deu-lhe o gosto da forma clara e precisa, da elegância do ritmo e da expressão, do domínio de uma linguagem que ele ductilizou com lúcida segurança, mesmo nas mais audaciosas expansões românticas. Isto, aliado à liberdade de costumes do homem russo da época, faz dele um romântico que é um clássico e que se recusa realisticamente às idealizações eróticas com que muito romantismo mais ocidental foi castrado pelo puritanismo burguês. A sua obra é vastíssima: poemas narrativos (Eugénio Oneguine, etc), poemas líricos dos mais vários tons e da mais diversa inspiração, romances e novelas (A Dama de Espadas, A Filha do Capitão, etc), contos fantásticos, populistas, realistas, teatro (o portentoso Boris Godunov, o brevíssimo e admirável Mozart e Salieri, etc), etc, produzidos em menos de um quarto de século, desde os versos juvenis que primeiro publica em 1814 ainda estudante de liceu, e Russlan e Ludmila que, em 1820, foi como que o manifesto do Romantismo russo, até à morte desastrosa em 1837 que culminou uma carreira frenética e inquieta de aventuras amorosas, orgias alcoólicas, duelos, exílios que o seu indómito liberalismo lhe valia e que o fizeram peregrinar pela imensa Rússia a que contraditoriamente, amando-a tanto, muitas vezes sonhou escapar e de que nunca teve oportunidade de sair, e em que sempre viveu vigiado pela polícia dos imperadores de quem, às vezes, e amargamente, se deixou ser protegido. Tudo isto — e os textos intocados ou não restringidos pela censura só apareceram muito depois da sua morte — transparece nos oito poemas que dele traduzimos e que vão ordenados em aproximada cronologia desde 1820 (quando as sugestões clássicas são ainda tão evidentes) a 1836, que é a data de uma das mais orgulhosas e arrogantes proclamações de genialidade, que um grande poeta escreveu. Em 1831, pensando em "tomar estado'", casou Pushkin com uma jovem que três anos antes o fascinara: leviana, provavelmente infiel, gastadora, Natália Gontcharova tornou a vida do poeta num inferno e expô-lo cruelmente a um desrespeito social a que ele era agudamente sensível. A 8 de Fevereiro de 1837, Pushkin bateu-se em duelo com um presumível amante da esposa, e dois dias depois morre dos ferimentos recebidos. A sua morte inesperada foi sentida e chorada como um luto nacional — e quiçá o poeta procurara o pretexto para ''fugir — cansado escravo —, antes da noite escura, a repousar nos longes da mais clara altura", qual confidenciara no que veio a ser, como a proclamação arrogante, um dos seus últimos e mais belos poemas.

 

Lermontov
(1814-1841)
 

A uma bela que lhe não correspondia

O amor pediu-me um dia
que de seu vinho provasse.
E eu foi só por cortesia
que a taça inteira emborcasse.

Agora tudo eu daria
p'ra refrescar minha boca.
E a taça está tão vazia
como a cabeça tens oca.

 

Adeus, Ó Rússia Mal Lavada!

Adeus p'ra sempre, ó Rússia mal lavada!
Terra de escravos e cruéis senhores!
E vós, azuis gendarmes opressores,
e vós, dócil nação de carneirada!

Além do Cáucaso e seus altos montes
livre estarei dos vossos grão-pachás,
dos olhos com que espiam tão bifrontes,
e de quantos ouvidos deixo atrás.

 

Nuvens

Ó nuvens pelos céus que eternamente andais!
Longo colar de pérolas na estepe azul,
exiladas como eu, correndo rumo ao sul,
longe do caro norte que, como eu, deixais!

Que vos impele assim? Uma ordem do Destino?
Oculto mal secreto? Ou mal que se conhece?
Acaso carregais o crime que envilece?
Ou só de amigos vis o torpe desatino?

Ah não: fugis cansadas da maninha terra,
e estranhas a paixões e ao sofrimento estranhas
eternas pervagais as frígidas entranhas.
E não sabeis, sem pátria, a dor que o exílio encerra.


O Rochedo

A nuvem de ouro dorme a noite inteira
no seio do gigântico rochedo.
Pela manhã, levanta-se bem cedo,
e descuidada vai-se pelos céus, ligeira.

Mas lá restou de orvalho um breve traço
nas rugas do penedo solitário.
E é como se ele ficara multivário
chorando suavemente ante o vazio espaço.

 

LERMONTOV, MIKHAIL YUREVITCH — Nasceu em Moscovo em 15 de Outubro de 1814, descendente de um aventureiro escocês, Learmont, que, no século XVII, se estabelecera na Rússia. Órfão muito cedo, foi criado por uma riquíssima avó que lhe proporcionou viagens e uma excelente educação inicial — datam desse tempo as suas impressões do Cáucaso, que representarão tão importante papel na sua obra. Começou juvenilmente a escrever versos sob a influência de Byron (que também íascinou Pushkin), e em 1830 matriculou-se na universidade de Moscovo, de que dois anos depois se transferiu para a de S. Petersburgo, onde logo abandonou os estudos, entrando para a escola de cadetes. Formando-se em 1834. foi colocado nos Hussares, e entregou-se à dissipada vida da sua classe e da juventude naquele tempo. Um primeiro poema foi publicado sem o seu consentimento em 1835, mas em 1837 a celebridade veio de súbito com o poema A Morte de um Poeta, em que atacava a sociedade russa como culpada da morte de Pushkin e que circulou clandestinamente. Foi exilado para o Cáucaso das suas viagens de infância, de onde perdoado pelo imperador voltou no ano seguinte, para tomar na literatura russa o lugar vago pela morte de Pushkin. Em 1840, quando uma colectânea de poemas seus foi publicada, um duelo remeteu-o ao exílio no Cáucaso. E, aí, em Piatigorsk, vítima de um outro duelo morreu a 27 de Julho de 1841. tendo vivido uma ardente vida ainda mais breve que a de Pushkin. Como poeta, quer nas suas baladas, quer nas suas líricas, quer nos poemas narrativos de fantástica substância, Lermontov é considerado o romântico por excelência na língua russa, já que os traços de classicismo não dominam tanto nele como em Pushkin, e um dos maiores poetas russos depois deste. Pode dizer-se que, com Pushkin, Lermontov partilha a glória de ser iniciador da literatura moderna no seu país. Mas não só como poeta: o seu romance Um Herói do Nosso Tempo de 1840, em grande parte auto-retrato através do protagonista, Pechorin, homem ocioso e "blasé" que se entrega ironicamente às mais diversas experiências, é uma das obras-primas da história do romance ocidental e teve uma importância decisiva no desenvolvimento do romance russo, na direcção do realismo crítico e de atenção aos ambientes e às nuanças psicológicas, em que a Rússia foi incomparável. Note o leitor que, no célebre poema da "Rússia mal lavada", pachás era a alcunha dada aos funcionários superiores da repressão policial, cujo braço eram os "gendarmes" (assim, por importação da palavra francesa) que se fardavam de azul.

 

 

Rimbaud, por Jorge de Sena

Referência em matéria de exílios poéticos, simbólicos e biográficos, Rimbaud foi uma influência forte, assumida e recorrente na obra de Jorge de Sena, fosse como eco em seus versos ou como objeto de seus estudos críticos. Talvez, contudo, o exercício de tradução de sua poesia seja a maior forma de homenagem, e o momento de maior aproximação entre os poetas. Vejamos, então, os poemas de Rimbaud traduzidos por Sena e publicados em seu Poesia de 26 Séculos.

 

 

ORAÇÃO DA TARDE

Vivo abancado como um Anjo no barbeiro,
Da cerveja empunhando as grossas caneluras,
Hipogastro e pescoço arqueando, sobranceiro,
Sob o pesado céu de ténues velaturas.

Tal o excremento quente aquece o galinheiro,
Mil sonhos em mim fazem doces queimaduras.
Meu terno coração escorre como um balseiro
Ensanguentado no ouro das emborcaduras.

E quando os Sonhos meus engoli com cuidado,
Depois que já bebi trinta ou quarenta chopes,
Recolho-me a aliviar seu acre resultado:

Doce como o Senhor do cedro e dos hissopes.
Aponto ao pardo céu meu mijo de alto arqueado
— E acenam-me que sim os grãos heliotrópios.

 

OS LÁBIOS CERRADOS (Visto em Roma)

Há em Roma, na Sistina,
E com emblemas brilhando,
Um relicário em esmaltina
Cheio de ventas secando.

Ventas de antigos ascetas,
Cónegos do Santo Gral,
Quando as noites eram pretas
E o cantochão sepulcral.

Nessa mística secura,
Pelas manhãs introduzem
Dos Cismas a trampa escura
Que a poeira fina reduzem.

 

VÉNUS ANADIÓMENA

Como dum verde esquife, em lata, eis que uma testa
De fêmea, com os cabelos negros e ensebados,
De uma banheira velha emerge, lenta e besta,
Exibindo na face estragos remendados.

O colo gordo e pardo; as longas omoplatas
Salientes; e o costado que se encurva e curva;
E renais redondezas — brotam da água turva.
A banha sob a pel' se espalha em folhas chatas.

O lombo é um pouco roxo. E tudo larga um cheiro
Estranhamente horrível. Coisas singulares
Requerem que uma lente ajude ao olho nu…

CLARA VÉNUS é o nome inscrito no traseiro.
E quando o corpo alastra, e as ancas se dão ares.
Uma hedionda úlcera lhe enflora o eu.

 

GUERRA

Criança, céus houve que a óptica me afinaram, e caracteres que me nuançaram a fisionomia. Os fenómenos emparedam-se.

Agora, a inflexão eterna dos matemáticos momentos do infinito persegue-me pelo mundo onde sofro todos os sucessos civis, respeitado pela infância estranha e as afeições enormes. Sonho com uma guerra, por direito, ou por força, de imprevista lógica.

É tão simples como uma frase musical.

 


CANÇÃO DA MAIS ALTA TORRE


Ociosa juventude
A tudo submetida,
Só por solicitude
E que perdi a vida.
Ah, que outro tempo chegue
E o coração se entregue.


A mim me digo: cessa,
E não te vejam mais:
E sem qualquer promessa
De prazer's ideais.
Custa quanto custa
A retirada augusta.

Tanta paciência tive
Que me esqueço agora.
Nenhuma dor revive
Pelo céu afora.
Só a sede maldita
Minhas veias visita.

Assim a Pradaria
Ao esquecimento vinha,
Mais ampla se floria
De incenso e erva daninha.
Ao zubinar das cujas
cem moscas as mais sujas.

Ah quão viúva agora
Uma pobre alma em viagem
Que não tem mais que a imagem
Desta Nossa Senhora.
Ainda há quem sorria
Para a Virgem Maria?

Ociosa juventude
A tudo submetida,
Só por solicitude
E que perdi a vida.
Ah, que outro tempo chegue
E o coração se entregue.

 

 

"Ô SAISONS, Ô CHATEAUX"

Ó temporadas, castelos,
Mas qual alma é sem farelos?

Ó temporadas, castelos,

Já fiz o mágico estudo
Do prazer que não iludo.

Viva ele, de cada vez
Que canta o galo gaulês.

E não desejo mais nada.
Que a vida me foi levada.

Corpo e alma, oh que encanto,
Dele são por meu quebranto.

Entenderem o que eu digo?
Mas se sopra o meu amigo!

Ó temporadas, castelos!
 

Poesia da América Hispânica

Em uma antologia composta pelos dez poemas dos quatro poetas hispano-americanos presentes no volume Poesia do Século XX, podemos ver, através da seleção, tradução e notas de Jorge de Sena, qual era a América Hispânica que lhe interessava particularmente e que melhor dialogava com a sua postura intelectual e artística.

 

César Vallejo:

Vicente Huidobro:

Octávio Paz:

Nicanor Parra:

 

 

CÉSAR VALLEJO
Peru
1892-1938


VII DE "TRILCE"

Rumei sem novidade pela listrada rua
que eu cá sei. Tudo sem novidade,
deveras. Eu fundeei por coisas assim
e fui passado.

Dobrei a rua pela que raras
vezes se passa a bem, saída
heróica para a chaga daquela
esquina viva, nada por metade.

São os grandores,
o grito aquele, a claridade de acarear,
a barreta submersa em seu papel de
                                                           …já!

Quando a rua está olheirenta de portas
e apregoa de descalços atris
adiar para amanhã as salvas pelos dobres.

Agora formigas ponteiros de minutos
adentram-se adoçadas, adormidas, pouco
dispostas, e se encolhem,
queimados os fogos, nos altos andares de em
                                                                           1921.
       

 

X DE "TRILCE"

Pristina e última pedra de infundada
ventura, acaba de morrer
com alma e tudo, Outubro, quarto, e grávida.

De três meses de ausente e dez de doce.
Como o destino,
mitrado monodáctilo, ri.

Como por trás se despejam juntas
de contrários. Como sempre assoma o algarismo
abaixo da linha de todo o avatar.

Como chanfram as baleias a pombas.
Como por sua vez estas deixam o bico
na terceira asa cubicado.
Como cavalgamos, de cara para monótonas ancas.

Reboca-se dez meses para a dezena,
para outro mais além.
Dois quedam pelo menos nas fraldas todavia.

E os três meses de ausência.
E os nove de gestação.

Não há sequer violência.
O paciente encorpora-se,
e sentado empavoa tranquilas misturas.
                                                               

 

PEQUENO RESPONSO POR UM HERÓI DA REPÚBLICA

Um livro quedou à beira da sua cintura morta,
um livro rebentava do seu cadáver morto.
Levaram o herói,
e corpórea e aziaga entrou sua boca em nosso alento; suámos todos, com o umbigo às costas;
caminhantes as luas nos seguiam;
lambem suava de tristeza o morto.

E um livro, na batalha de Toledo,
um livro, atrás um livro, em cima um livro, rebentava do cadáver.
Poesia do pómulo cor de amora, entre o dizê-lo
e o calá-lo,
poesia na carta moral que acompanhara
seu coração.
Quedou-se o livro e nada mais, que não há
insectos na tumba,
e quedou à beira cia sua manga, o ar remolhando-se
e íazendo-se gasoso, infinito.

Todos suámos, com o umbigo às costas,
também suava de tristeza o morto
e um livro, eu vi sentidamente,
um livro, atrás um livro, e em cima um livro,
rebentou do cadáver ex-abrupto.

 

VALLEJO, CÉSAR — Nasceu em Santiago de Chuço, no Peru, em 1892, o mais jovem de uma família de onze filhos. Os seus estudos foram interrompidos por pobreza (trabalhou então num engenho de açúcar), e só os reatou em 1913, quando frequentou o curso de letras em Trujillo, trabalhando ao mesmo tempo num colégio. Daí passa a Lima, e publica um primeiro livro de versos (1919), ainda muito na linha "modernista" (parnasiano-simbolista) de Ruben Darío. E então preso, acusado de "incêndio, assalto, homicídio frustrado, e subversão" (a última palavra era a chave desta lista clássica…), sendo solto ao fim de três meses. Em 1922, publica a colectânea Trilce, que era uma revolução de vanguarda em língua espanhola e antecipava o surrealismo — o livro passou inteiramente despercebido. No ano seguinte, receoso de que uma "revisão" do seu processo o levasse de novo à cadeia, escapou-se para a Europa, para não mais voltar ao Peru. Centrado em Paris, trabalhando como jornalista, viaja largamente até à Rússia, onde esteve três vezes. Expulso pela polícia francesa, por comunista estrangeiro, passou à Espanha da República e, mais tarde, à da guerra civil que lhe deu poemas admiráveis (Espana, aparta de mi este cáliz, 1937). Em 1938, gravemente enfermo, voltou a Paris para morrer. Em Paris, em 1939. saiu a colectânea da sua poesia de 1923-38: Poemas Humanos. Um dos fundadores da Vanguarda hispânica, poeta que prenuncia o surrealismo pela quebra audaciosa dos nexos lógicos da linguagem, poeta político, romancista social da opressão no seu país, Vallejo é, com Pablo Neruda (1904-1973). uma das grandes vozes hispânicas que a crítica "oficial" hispano-americana em vão se esforça por amestrar.
 

 

VICENTE HUIDOBRO
Chile
1893-1948

ARTE POÉTICA

Que o verso seja como chave
que abra mil portas.
Uma folha cai, algo passa voando;
quanto os olhos fitam criado seja,
e a alma do ouvinte fique palpitando.

Inventa novos mundos, cuida da palavra:
o adjectivo quando não dá vida, mata.

Estamos no céu dos nervos.
0 músculo pende,
como recordação, nos museus;
mas nem por isso temos menos força:
o vigor verdadeiro
reside na cabeça.

Porque cantais a rosa, poetas?
fazei-a florir no poema.

Só para nós
vivem sob o sol as coisas todas.

O poeta é um pequeno Deus.
 

MARINHEIRO

Aquele pássaro que voa pela primeira vez
afasta-se do ninho olhando para trás
Com o dedo nos lábios
                                      vos chamei

Inventei jogos de água
no cimo das árvores

Fiz de ti a mais bela das mulheres
tão bela que te avermelhavas na tarde
                     A lua afasta-se de nós
                     e lança uma coroa sobre o pólo

Fiz correr rios
                             que nunca haviam existido

Com um grito ergui uma montanha
e em torno dançámos uma nova dança
                     Cortei todas as rosas
                     das nuvens do Leste

E ensinei a cantar um pássaro de neve
Marchemos sobre os meses desatados
Sou o velho marinheiro
                     que cose os horizontes cortados.

 

HUIDOBRO, VICENTE — Poeta chileno, nascido em 1893, de família aristocrática e abastada. Os seus primeiros livros seguiam a moda do "modernismo" hispano-americano, mas, curioso da Vanguarda, transferiu-se para Paris, em 1916. E, em 1917, é, com Soupault, um dos principais colaboradores da revista "cubista" Nord-Sud dirigida por Réverdy. El espejo de água (1918), aonde figura o seu poema-manifesto Arte Poética, e Tour Eiffel (1918). obra ilustrada por Robert Delaunay, são livros em que o poeta de vanguarda se afirma, e lançador do "Criacionismo" que trazia audácias novas à poesia hispânica. Manifestes (1925) é uma tomada polémica de posição, em favor de Réverdy, contra os surrealistas que. após o terem proclamado, o excomungavam. Em 1927-28, Huidobro está em New York e também no Chile, mas logo regressa a Paris (1928-32). Desde 1932 até à morte, em 1948, será no Chile o homem que se quer o fundador de um vanguardismo que não interessa à maioria dos intelectuais hispano-americanos a não ser como atitude literária, ao mesmo tempo que vai tomando posição cada vez mais revolucionária em política (manifestada em vários romances). Poeta em francês e em espanhol, a sua importância e valor estão muito longe de ser incontestados e reconhecidos.
 

 

OCTÁVIO PAZ
México
1914-1998


HINO ENTRE RUÍNAS

donde espumoso o mar siciliano… (Góngora)


Coroado de sim o dia estende as suas plumas.
Alto grito amarelo,
ardente provedor no centro de um céu
imparcial e benéfico!
As aparências são formosas nesta sua verdade momentânea.
O mar trepa pela costa,
segura-se entre as penhas, deslumbrante aranha;
a ferida cárdena do monte resplandece;
um punhado de cabras é um rebanho de pedras;
o sol põe o ovo de ouro e derrama-se no mar.
Tudo é um deus.
Estátua quebrada,
colunas comidas pela luz,
ruínas vivas num mundo de mortos sem vida!


Cai a noite sobre Teotihuacán.
No alto da pirâmide os rapazes fumam marijuana,
tocam violas ásperas.
Que erva, que água de vida há-de dar-nos vida,
de onde desenterrar a palavra,
a proporção que rege o hino e o discurso,
o baile, a cidade e a balança?
O canto mexicano estala num carago,
estrela de cores que se apaga,
pedra que nos cerra as portas do contacto.
Sabe a terra a terra envelhecida.

Os olhos vêem, as mãos tocam.
Bastam aqui umas quantas coisas:
tuna, espinhoso planeta coral,
figos encapuçados,
uvas com gosto a ressurreição,
amêijoas, virgindades ariscas,
sal, queijo, vinho, pão solar.
Do alto de ser morena uma mulher da ilha fita-me,
esbelta catedral vestida de luz.
Torres de sal, contra os pinheiros verdes da margem
surgem as velas brancas das barcas.
A luz cria templos no mar.


Nova York, Londres, Moscovo.
A sombra cobre o plaino com a sua hera fantasma,
com sua vacilante vegetação de calafrio,
seu ralo véu, seu tropel de ratas.
Por intervalos tirita um sol anémico.
De cotovelos postos nos montes que foram cidades, Polifemo cabeceia
Mais abaixo, entre os fojos, arrasta-se um rebanho de homens
(Bípedes domésticos, a carne deles
apesar de recentes proibições religiosas —
é muito estimada pelas classes ricas.
Até há pouco o vulgo considerava-os animais impuros.)


Ver, tocar formas formosas, diárias.
Zumbe a luz dardos e asas.
Cheira a sangue a nódoa de vinho na toalha.
Como o coral seus ramos dentro de água
estendo os sentidos pela hora viva:
o instante cumpre-se em concordância amarela,
ó meio-dia, espiga cheia de minutos,
taça de eternidade!


Os meus pensamentos bifurcam-se, serpenteiam, enredam-se,
e por fim ficam imóveis, rios que não desaguam,
delta de sangue sob um sol sem crepúsculo.
E tudo há-de acabar neste chapinhar de águas mortas?

Dia, redondo dia,
luminosa laranja de vinte e quatro gomos,
todos atravessados pela mesma doçura amarela!
A inteligência encarna por fim,
reconciliam-se as duas metades inimigas
e a consciência-espelho liquefaz-se,
volve a ser fonte, manancial de fábulas:
Homem, árvore de imagens,
palavras que são flores que são frutos que são actos.

 

PAZ, OCTÁVIO — Nasceu na Cidade do México, em 1914, e é hoje considerado o maior poeta mexicano, tendo sido objecto de uma celebridade internacional que reflecte os seus contactos literários com Paris e a Europa, e as posições de destaque que tem ocupado ao serviço do seu pais (embaixador por vários anos na índia, por exemplo). Recentemente, tem assumido papel de relevo na agitação política mexicana contra a transformação da revolução mexicana em estado burguês autoritário, subordinado aos grandes interesses financeiros. [Nobel em 1990 — Morreu em 1998.]

 

NICANOR PARRA
Chile 1914-1998

RITOS

De cada vez que regresso
ao meu país
depois de uma longa viagem
o que faço primeiro
é perguntar pelos que morreram:
todos os homens são heróis
pelo simples facto de morrerem,
e os heróis são os nossos mestres.

Em segundo lugar,
pelos feridos.
Só depois,
não antes de cumprir
este pequeno rito funerário,
me considero com direito à vida:
cerro os olhos para ver melhor
e canto com rancor
uma canção dos princípios do século.

 

JOVENS

Escrevam o que queiram.
No estilo que lhes pareça melhor.
Passou demasiado sangue sob as pontes
para continuar-se a crer
que possa seguir-se um só caminho.

Em poesia tudo é permitido.

Com a condição expressa
              é evidente
de superar-se o papel em branco.

 

MANCHAS NA PAREDE

Antes que caia a noite total
havemos de estudar as manchas na parede:
umas parecem plantas
outras assemelham-se a animais mitológicos.

Hipogrifos,
                   dragões,
                                  salamandras.

Mas as mais misteriosas de todas
são as que parecem explosões atómicas.

No cinema da parede
a alma vê o que o corpo não vê:
homens ajoelhados
mães com criaturas nos braços
monumentos equestres
sacerdotes erguendo a hóstia:

órgãos genitais que se ajuntam.

Mas as mais extraordinárias de todas
são

             sem dúvida alguma
as que parecem explosões atómicas.
 

"ME RETRACTO DE TODO LO DICHO"

Antes de despedir-me
tenho direito a um último desejo:
Generoso leitor
queima este livro
não representa o que eu quis dizer
apesar de ter sido escrito com sangue
não representa o que eu quis dizer.

A minha situação não pode ser mais triste
fui derrotado pela própria sombra:
as palavras vingaram-se de mim.

Perdoa-me leitor
leitor amigo
que não possa despedir-me de ti
com um abraço fiel:
despeço-me de ti
com um triste sorriso forçado.

Pode ser que eu nao seja mais do que isso
mas escuta a minha última palavra:
retracto-me de tudo o que disse.
Com a maior amargura do mundo
retracto-me de tudo o que disse.

PARRA, NICANOR — Nasceu em 1914, em Chillán. pequena cidade no Sul do Chile, onde seu pai era professor primário. Em 1938, formou-se em Matemáticas e Física em Santiago do Chile, tendo publicado no ano anterior um primeiro livro de poemas. Foi professor do ensino secundário até 1943, quando foi fazer estudos especializados nos Estados Unidos, onde se doutorou em física (1946). Desde 1952, foi catedrático de Física Teórica da Universidade de Santiago. Poemas y antipoemas (1954), seu segundo livro, foi o que o projectou como um dos grandes poetas modernos de Hispano-América. Em 1960, Discursos foi um livro de ensaios de Parra e de Pablo Neruda, que marcou época. Na revolução chilena, Parra, renegando muito dos seu passado, tomou atitudes — segundo parece — discutíveis. Mas, ao fim e ao cabo, não se sentiu bem no seu país, e exilou-se nos Estados Unidos. [Morreu em 1998.]

Walt Whitman

Sob o mote do "Independence Day", aqui trazemos "o maior poeta da América, e um dos mais originais e corajosos poetas líricos da poesia universal", na avaliação de Jorge de Sena — tradutor dos poemas abaixo, seguidos da "notícia biográfico-crítica", que figuram na monumental Poesia de 26 Séculos.
 


CINCO POEMAS


MOMENTOS ESPONTÂNEOS


Momentos espontâneos — se me assaltais — e lá vindes vós,
Dai-me agora só prazeres libidinosos,
Dai-me que me encharque das paixões que tenho, dai-me a vida grosseira e baixa,
Hoje, hei-de ir com aqueles que a Natureza ama,
Sou para os que acreditam no gozar sem freios, partilho as orgias nocturnas da rapaziada,
Danço com os que dançam, bebo com quem bebe,
Os ecos estrilam com os nossos berros obscenos, e agarro no primeiro para amigo meu,
Que seja um marginal, rude, analfabeto, marcado já por coisas que tem feito.
Vou deixar-me de representar, porque hei-de exilar-me de meus pares?
O vós, ó perseguidos, eu não vos persigo.
Eis que venho para o meio de vós a ser o vosso poeta,
Mais serei vosso do que de todos os outros.

 

A UM ESTRANHO

Estranho que por mim passas! não sabes com que anseio meus olhos te fitam.
Porque és aquele que eu procuro, aquela que eu procuro (como se fora um sonho),
Tenho a certeza que, nalguma parte, alegremente vivi contigo,
Recordo, ao nos cruzarmos, tudo, fluido, afectuoso, casto, calmo,
Cresceste comigo, foste comigo um rapaz, comigo foste rapariga,
Comi contigo, dormi contigo, o teu corpo não ficou só teu, nem o meu corpo só meu,
Deste-me o prazer dos teus olhos, do rosto, da carne ao nos cruzarmos levas da minha barba, peito, mãos, em troca.
Não me cumpre falar-te, eu sou quem existe para pensar em ti, quando fico sozinho ou de noite acordo,
Eu sou quem deve esperar, seguro de voltar a encontrar-te,
Eu sou quem deve cuidar de te não perder para sempre.

 

QUANDO OUVIA O SÁBIO ASTRÓNOMO


Quando ouvia o sábio astrónomo,
Quando as provas, e as fórmulas, se alinhavam em colunas perante mim,
Quando me eram mostrados os mapas e os diagramas, e como somá-los, dividi-los, medi-los,
Quando eu, sentado, ouvia o astrónomo tão aplaudidamente preleccionar na sala de conferências,
Ai quão inenarràvelmente me senti cansado,
Até me levantar e me escapar para fora, vagueando solitário,
No místico ar húmido e nocturno, só de tempos a tempos,
Erguendo os olhos em silêncio absoluto para os astros.

A UM REVOLUCIONÁRIO EUROPEU VENCIDO


Ainda mais coragem, meu irmão ou irmã.
Não vaciles — a Liberdade tem de ser servida, haja o que houver;
Que importa que ela falhe uma vez, ou duas vezes, ou muitas vezes,
Ou seja ferida pela indiferença ou ingratidão do povo ou pela infidelidade,
Ou pelo aparato das mordaças do poder, soldados, canhões, códigos penais.
Aquilo em que nós cremos aguarda latente em todos os continentes,
A ninguém convida, não promete nada, repousa em calma e claridade, é teimoso e tranquilo, não conhece o desânimo,


Esperando com paciência, esperando a sua hora.
(Não é isto um canto de lealdade apenas,
Mas também cântico de insurreição,
Porque eu sou o poeta jurado do rebelde intrépido de toda a parte,
E quem vem comigo deixa para trás a paz e a rotina,
E arrisca-se a perder a vida a cada instante.)
A luta ruge em sobressalto e estrondo, avanço e retirada,
O inimigo triunfa ou julga que triunfa,
A prisão, o garrote, o cadafalso, as balas e as cadeias cumprem o seu dever,
Os heróis célebres ou obscuros passam a outras esferas,
Os grandes oradores e escritores são exilados, morrem de saudade em distantes terras.


A Causa dorme, as mais fortes vozes afogam-se no seu próprio sangue,
Os jovens baixam os olhos para o chão, quando se encontram,
Mas, apesar disto, a Liberdade não se foi embora, nem o inimigo tomou inteira posse.
A Liberdade, ao ir-se embora, não é o primeiro, nem o segundo, nem o terceiro a partir,
Espera por todos os outros, é a última.


Quando já não houver memória dos heróis e dos mártires,
Quando as vidas e as almas de todos os homens e mulheres tiverem sido expulsas dessa parte da terra.
Só então a Liberdade ou a ideia de Liberdade será expulsa dessa parte da terra,
E o inimigo toma inteira posse.

Coragem, pois, revolucionário europeu!
Mesmo que tudo cesse, não cesses tu.

Não sei a que tu vens (não sei a que venho ou qualquer coisa vem).
Mas é o que procurarei cuidadosamente até em ser vencido,
Até na derrota e pobreza e fraude e prisão — porque também são grandes.

Julgávamos grande a vitória?
E é — mas agora parece-me, quando não há remédio, que a derrota é grande,
E que a morte e a amargura também são grandes.
 


A ÚLTIMA INVOCAÇÃO


Enfim, suavemente,
Das paredes da casa poderosamente defendida,
Da prisão de fortes fechaduras, da segurança de portas bem fechadas,
Que eu seja levado.

Que eu me esgueire sem ruído;
Com a chave da doçura abrindo os fechos — num leve sussurro
Escancarando as portas, Ó Alma.

Suavemente — sem impaciência
(Tão forte é a tua garra, ó carne mortal.
Tão forte a tua garra, Amor).
 

Poesia de 26 Séculos 3.ed., Porto, Asa, 2001, p. 252-5

 

WHITMAN, WALT — Nasceu em Long Island, em 31 de Maio de 1819, quem seria o maior poeta da América, e um dos mais originais e corajosos poetas líricos da poesia universal. Os seus costumes, a sua franqueza, o seu erotismo, o seu radicalismo político, a sua expressão anafòricamente tumultuaria e repetitiva, o seu gosto das apóstrofes e das enumerações, o seu verso esplendidamente livre, é muito escândalo junto para ele ser o poeta nacional que ninguém foi como ele, ainda que muito mais por crença na democracia que por nacionalismo. A sua colectânea, de poemas, Leaves of Grass, primeiro aparecida em 1855, é na terceira edição (1860) que, revista e ampliada, se torna o foco, sucessivamente reeditado com adições, da sua revolução política. Vivendo de empregos ocasionais, jornalista frustrado (mas as suas reportagens da Guerra Civil da Secessão são obras-primas), Whitman foi um Verlaine sem senso do pecado, e com um sentido da grandeza e da majestade do mundo e da vida, que Verlaine não teve. Mas que a desbordante retórica dele (no entanto, ao que se sabe, extremamente rebuscada em correcções sucessivas) não nos iluda quanto à sua capacidade de delicada contemplação ou de fulgurantes e concisas meditações. A numerosos títulos é Whitman um dos criadores da sensibilidade e da expressão modernas — e o seu pan-erotismo libertário é o que melhor corresponde às ideias da juventude de hoje. Morreu em Camden, New Jersey, em 1892, paralítico desde 1873, mas sempre compondo a mesma poesia entusiástica e apaixonada.
 

Poesia de 26 Séculos. 3.ed., Porto, Asa, 2001, p. 357

First Letter From London

The 17 th. of October, 1952

This is the first of the six letters Jorge de Sena wrote over his first visit to London. They were broadcast weekly, by the BBC during the Portuguese Language Program, from October 17 to November 28, 1952, and despite the unfortunate loss of the original recordings, the text was preserved and published in the book England Revisited (Calouste Gulbenkian, 1986). In this letter, the poet describes the joy of arriving at London as the realization of "one of the greatest dreams" of his life. It's a softer, lighter Jorge de Sena, a happy traveller, years before the travels of his exile. 


Even if it be for just a few days, and during those days for just a few scant hours that I am free, entirely free, to walk here at my leisure, I have now realized one of the greatest dreams of my life: to step on English soil and see London with my own eyes. For years on end, while others have dreamed of the “spiritual capital” or the “city of lights”, I have dreamed about this somber and brilliant, severe and pompous, black and red, dirty and foggy city where so many people I admire have lived and so many figures of novels whom I love (the latter living more intensely in me than the former). My first contact with England did not occur in Dover nor in Southampton nor in London’s airport where, in fact, the plane was destined to land. I contacted England for the first time in a BOAC plane, then in Lisbon, and touched down on English soil in Hurn – I believe it to be a tiny city on the southern coast of Great Britain in whose airport the plane was forced to land at about four in the morning in the fog and cold because… but how could it be? – fog in London!… Bournemouth seemed like a summer residence to me, pleasant, large and tree-lined, with a big hotel that reminded me of a modernized 1900 that nowadays springs up serenely all over the globe. Here I had may breakfast together with several companions of this aeronautical adventure.

From Bournemouth to London I had the chance to catch a glimpse (as much as is possible from the train window), of English country-side and its provincial cities. The fog was thick, but charmingly lit from within by a morning sun that looked like a rose-colored balloon. We passed too by calmly ondulating fields where trees rise and grow like loved-ones looking more secure in life than they would in a public garden in Portugal. We passed by urban centers, all alike, with the same chimneys – a sameness of indifference in which the houses turned from the outside inwardly to where the people lived their lives. In the middle of fields next to delicately plowed plots, small, smokey industrial sites rose in number and in size from time to time only to dissolve afterwards into fields of pasturing cows that looked more like pets. And, at last, came Waterloo Station – vast and stretching into the distance – where the train entered as if on muffled feet, exactly how it had so speedily crossed on noiseless lines that seemed cushioned and subreptitious. The train brought me from Bournemouth to Waterloo station and I entered London as if I had come by boat heading from Southampton. And then I crossed – with a ridiculous feeling perhaps – the Westminster Bridge and there, just like in photography, rose before me Big Ben and the Houses of Parliament. As a matter of fact, something rather strange happened to me. Anything that resembles architectonic “pastiche” affects me badly and the more gothic it is, the more sick I get. In London, however, the atmosphere, the dirtiness, the light give everything from the most absurd and imitative monument to the most delicate master-piece, such as Henry the Seventh’s Chapel in Westminster Abbey, the same look of solemn and discrete charm. All in such a way that if, on the one hand, a certain taste of the old is lost, which, nevertheless, London provides at any given moment (to the point of there being small plaques that announce on any given wall that there once stood on that site an inn that disappeared in 1666!…), on the other hand a curious mix of unity and dignity is gained in which gothic, neo-classical, modern-pure-1900-bad taste and Downing Street styles blend in the most unusual harmony so that we move about these streets exactly as if at home: preoccupied, absorbed, almost distracted. And yet this here is so different! From the appearance of the houses to the measured, affable assurance of the most humble passer-by, one senses the reserved and insular humanity of this people that placed on the Royal Exchange the following ironic epigraph: “The earth is the Lord’s an the fullness thereof”. I traipsed through some streets of the city between bank-like colonnades and narrow, ancient buildings with steep stairways and solicitor’s offices – leftovers from some of Dickens’ scenes. In the evening I went to Waterloo Bridge. I saw Cleopatra’s Needle as well as the memorials of numerous people almost all from Queen Victoria’s era. I saw the solitary and grandiose St. Paul’s Cathedral in the middle of an area devastated by the last war. An aesthete could almost say that so much destruction was meant to unearth the perspective of a giant cupola for the purpose of rivalling St. Peter’s in Rome. There are still many signs in London of the tragic years of the war: isolated main walls, nebulous places in the middle of densely built-up zones, since the construction of residential neighborhoods was chosen over the reconstruction of buildings for commercial enterprises. Yet so many signs of the war are not so markedly visible as they are discrete with the same modest reserve of the man on the bus who lowered his eyes while informing that “Yes”, those were indeed bombarded areas. I passed Buckingham Palace with its guilded railings freshly painted in preparation for the coronation ceremonies and I saw the eternal, small crowd waiting to catch a glimpse of the Changing of the Guard; I saw Oxford Street, Picadilly, the Strand, and Regent Street: all so promenadishly wide and winding; streets upon streets, passages upon passages leading out from everywhere and all with the same look of being the most natural thing in the world; the victorian bric-a-brac look that has taken over the façades of this land of poets and bankers: and façades ten times the size of the Parthenon. I also walked through Lincoln’s Inn where the lawn is reserved for members but charges nothing to enter, and of course, I had the indispensable pleasure of going through the red and black brick of winding Portugal Street that ends in Kingsway and begins at Dickens’ Old Curiosity Shop. Furthermore, all these streets and all these squares share an urbanistic freedom that characterizes so well the coordinated individualism that made and continues to make England’s noble spirit. The squares are not regular and the circuses are elliptical; in Trafalgar Square can be seen Nelson’s magnificent perch in the middle of a number of bronze gentlemen either sitting or standing and doing the most unexpected things amidst the lakes and balustrades. Although the roads wind about and the squares don’t center there is nevertheless a coordination like that of a delicate puzzle for which the London fire certainly contributed by designing a few of its pieces. It is a centuries-old puzzle dating from the time of Queen Elizabeth, Sir Walter Raleigh and Shakespeare or the days of Charles the Second and his wife: the Portuguese queen who must have been overwhelmingly respectable here during the era of St. James’ Court. Because there is in this land a very natural, civilized simplicity that observes nothing that other people do since no one does anything thinking that others are watching. Yet it is a mistake to believe that people, in fact, don’t notice. Sometimes they are doing nothing but watching. London, however, is so large, one can be so quickly so far away in a rhythmic procession of vehicles going at and not exceeding 40 kilometers per hour (and with lanes for pedestrians armed with the right to sovereignly halt traffic with a gesture!) that nothing really matters. Or rather, for the distracted and self-conscious continental, there are things that matter very much: the traffic, for example, which goes absolutely the opposite way, on the left, with extremely comfortable taxis that are so old-fashioned that no self-respecting pedant in Lisbon would be caught dead coming out of one of them by the Chiado. Also, for example, the delicate way the English have of thanking one another for any and everything: the one who pays for something and the one who receives the money thank each other; the one who offers something and the one who accepts it thank each other; the one who steps on someone and the one who is stepped on thank each other. I saw all this immediately at the airport when the customs officer thanked me for the information I gave him that he had requested of me. And all the passengers, fatigued after a comfortable trip, though interrupted by stops, waited at four in the morning for an hour for this cerimony of simple exchange of graciousness to begin. And because this was a case of an emergency, of course the passengers accepted it as such. Naturally, the installations – and these gave me my first introduction to England – had from the very beginning been meant to be temporary. They were no doubt an aerodrome dating from the last war. The hut however, was so well arranged, so simply comfortable, so unaffectedly natural and decorated with paintings that revealed a provincial taste, that nothing would stand in the way of someone remaining there and waiting no matter how long he would inevitably have to wait anyway. I felt there both alive and in force an unfailing dignity which are the hall-mark of England. And what happened to me next was an extraordinary and consoling experience for me. We were all headed on our way for Bournemouth on the roads with the night and the fog before us. A rabb
i and his wife were asleep with ages of expectation, he with his black, curly beard, she with her travel-worn shawl. Suddenly, at a curve in the road, some red lights and a sign appeared. A very large sign read: “PLEASE SLOW. MEN WORKING”. What this implies is that the driver is not warned of the danger of falling into a ditch. He is rather politely requested to watch for what is more precious and worthy of respect: men working. Could there be a nobler example of the greatness of a country and its people, an extreme, intransmissable greatness which nonetheless pervades, overwhelms and makes us irresistibly their own?
 

A poesia de Cavafy, por Jorge de Sena

No Suplemento Literário de O Comércio do Porto, de 9 de junho de 1953, Sena publica o primeiro texto português sobre Constantino Cavafy (1863-1933), acompanhado de 5 poemas que traduziu do poeta grego (abaixo reproduzidos). Voltará a ele nos números dos dias 8 de setembro e 22 de dezembro do mesmo jornal, com mais poemas. O texto encontra-se hoje reproduzido em O dogma da trindade poética (Rimbaud) e outros ensaios e os poemas integram o volume Constantino Cavafy, 90 e mais quatro poemas, incumbindo-se da tradução, prefácio, comentários e notas.

 

 

À Espera dos Bárbaros

O que esperamos nós em multidão no Forum?

       Os Bárbaros, que chegam hoje.

Dentro do Senado, porque tanta inacção?
Se não estão legislando, que fazem lá dentro os senadores?

        É que os Bárbaros chegam hoje.
        Que leis haveriam de fazer agora os senadores?
        Os Bárbaros, quando vierem, ditarão as leis.

Porque é que o Imperador se levantou de manhã cedo?
E às portas da cidade está sentado,
no seu trono, com toda a pompa, de coroa na cabeça?

        Porque os Bárbaros chegam hoje.
        E o Imperador está à espera do seu Chefe
        para recebê-lo. E até já preparou
        um discurso de boas-vindas, em que pôs,
        dirigidos a ele, toda a casta de títulos.

E porque saíram os dois Cônsules, e os Pretores,
hoje, de toga vermelha, as suas togas bordadas?
E porque levavam braceletes, e tantas ametistas,
e os dedos cheios de anéis de esmeraldas magníficas?
E porque levavam hoje os preciosos bastões,
com pegas de prata e as pontas de ouro em filigrana?

        Porque os Bárbaros chegam hoje,
        e coisas dessas maravilham os Bárbaros.

E porque não vieram hoje aqui, como é costume, os oradores
para discursar, para dizer o que eles sabem dizer?

        Porque os Bárbaros é hoje que aparecem,
        e aborrecem-se com eloquências e retóricas.

Porque, sùbitamente, começa um mal-estar,
e esta confusão? Como os rostos se tornaram sérios!
E porque se esvaziam tão depressa as ruas e as praças,
e todos voltam para casa tão apreensivos?

        Porque a noite caiu e os Bárbaros não vieram.
        E umas pessoas que chegaram da fronteira
        dizem que não há lá sinal de Bárbaros.

E agora, que vai ser de nós sem os Bárbaros?
Essa gente era uma espécie de solução.

                                                                  [Antes de 1911]

 

 

Canção da Jónia

Porque lhes quebrámos as estátuas,
porque os expulsámos dos seus templos,
não morreram, não, os deuses.
A ti, terra da Jónia, ainda eles amam,
e em suas almas sempre te recordam.
Quando a manhã de Agosto é alvorada em ti,
passa em teu ar um ardor dos deuses vivos;
e às vezes uma etérea forma juvenil,
indefinida, em trânsito subtil,
teus montes sobrevoa.

                                       [1911]

 

 

A Bordo

Claro que é parecido este pequeno
retrato dele, a lápis.

Feito num momento, no convés do barco,
numa tarde encantadora.
O mar da Jónia a rodear-nos.

Parece-se com ele. Não era ele mais belo?
Sensível era a ponto de sofrer –
o que seu rosto iluminava.
Mais belo me aparece, agora que,
fora do Tempo, eu o recordo n'alma.

Fora do Tempo. Tudo isto é muito antigo –
o desenho, e o navio, e o entardecer.

                                                   [1919]


 

A Origem

Consumara-se o prazer ilícito.
Ergueram-se ambos do catre humilde.
À pressa se vestiram, sem falar.
Saíram separados, furtivamente;
e, ao caminhar inquietos pela rua,
como que receavam que algo neles traísse
em que espécie de amor há pouco se deitavam.

Mas quanto assim ganhou a vida do poeta!
Amanhã, depois, anos depois, serão
escritos os versos de que é esta a origem.

                                                          [1921]


 

Nos Arrabaldes de Antióquia

Ficámos siderados em Antióquia
com as últimas façanhas de Juliano.

Apolo "pessoalmente" em Dafne lhe dissera
que mais não proferia (forte pena!)
oráculo nenhum, enquanto o templo
não fosse, em Dafne, purificado.
Os mortos em redor incomodavam-no.

Em Dafne havia numerosos túmulos.
E um dos que lá estavam sepultados
era o magnífico – de nossa fé a glória –
Babilas, santo e triunfante mártir.

O falso deus a ele se referia, a ele é que temia,
enquanto ao pé o sentisse, não proferiria
oráculos: ficava mudo e quedo.
(Que os falsos deuses temem nossos mártires!)

O Apóstata Juliano arregaçou as mangas…
Todo irritado, vocifera: "Levem-no,
tirem daqui, quanto antes, o Babilas.
Não me ouvem? O grande Apolo está inquieto.
Levem-no sem demora, tirem-no daqui.
Desenterrem-no e levem-no para onde queiram.
Que é brincadeira julgam? Façam o que eu mando.
Apolo quer purificado o templo."

E assim exumámos as santas relíquias,
com honras devotas nós as transladámos.
O que afinal aproveitou ao templo!…
Não tardou um instante, e um fogo começou,
um grande incêndio que alastrou terrível:
e o templo ardeu e Apolo ardeu também.

A imagem? – cinza p'ra varrer no lixo.

Juliano esteve a ponto de estourar, e fez correr –
– que havia ele de fazer? – que o fogo fora posto
por nós, Cristãos, é claro. Deixem-no falar.
De resto, nada se provou. Que fale…
O caso é que por pouco não estourou de raiva.

                                                                   [1933]