Entrevista, 1976

A partir de uma busca nos arquivos da RTP, Mário Viegas apresenta excertos de uma entrevista de Jorge de Sena ao jornalista Joaquim Furtado, em 1976. Temos aqui uma versão mais completa do que aquela utilizada no documentário sobre Jorge de Sena “uma fiel dedicação à honra de estar vivo”, realizado por Diana Andringa em 1997. Ver: Jorge de Sena – um documentário.

 

Homenaje al loro verde

Mario Rodriguez* aqui nos oferece o famoso conto de Jorge de Sena, “Homenagem ao papagaio verde”, que primorosamente verteu para o castelhano**

"Menino e papagaio" (2007), de Julio César Brigatto
“Menino e papagaio” (2007), de Julio César Brigatto

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“Lisboa, 1928”

Loro amarillo
de pico dorado
………………………
toma una cerveza
dame una gaseosa.

Canción popular

 

Era verde y viejo. Por lo menos, antiguo. Y ocupa en mi memoria −junto con una galería indistinta y confusa de gatos atigrados y “preparados” por el afilador en bicicleta (más tarde, ese primer misterio de mi infancia pasó a ser celebrado en la Escuela de Medicina Veterinaria, ahora con el refinamiento de la asepsia), y todos llamados “Mimosos” tan onomásticamente como los papas son Píos− el más arcaico lugar reservado a una personalidad animal. Digo personalidad, y lo digo bien, porque él la tenía, y porque fue verdaderamente −más allá de las sorpresas contradictorias de las “personas grandes”, tan caprichosas y volubles, tan imprevisibles, tan ilógicas, tan hipócritamente crueles− la revelación de un carácter. No tenía nombre: era el Loro, y me parecía, porque hablaba, un ser maravilloso. Después, y la llegada de ese otro la recuerdo, mi padre trajo de las áfricas un loro gris. El loro por excelencia pasó a llamarse el Loro Verde, y vivía en una jaula colgada en uno de los balcones en que, por una cerca de madera, estaba dividido el balcón de la parte trasera de mi casa, por lo que una parte daba a la cocina y otra, al comedor. Una de las reivindicaciones políticas de mi infancia fue el cambio de una situación injusta que confinaba al Loro Verde al “balcón de la cocina”. En el del comedor, el que estaba más cerca de la calle, vivía el Loro Gris. Este, menos esplendoroso y menos corpulento, menos vanidoso también de sus colores sin brillo, murió después del Verde, ave grande, vistosa, desbordante de presunción y dignidad: y, a pesar de haber tenido mucho más que el Verde el don de la palabra (que usaba, no obstante, con menos humor involuntario), no lo recuerdo tan claramente como a la imagen del otro, a la cual la suya había venido a sobreponerse a manera de un negativo, una sombra, un doble empalidecido, en la imprecisión focal de la memoria que se desenfoca por él. Además, el Gris era un sujeto retraído y friolento, que se quedaba encogido refunfuñando su repertorio variado, sin manifestar ningún tipo de preferencia afectiva por nadie; apenas tenía de simpático el mirar nostálgico, melancólico, y la mansedumbre muy dócil del esclavo encadenado y resignado. El Verde, por el contrario, era exuberante, de amistades apasionadas y de odios retorcidos, sin continuidad ni obstinación. Miento: esas amistades y odios, no continuados ni firmes, hacían parte de su carácter expansivo y espectacular. Pero, con el pasar del tiempo, comenzaron a refinarse en una aversión colectiva, amarga y ruidosa, o concretizada en un picotazo de respeto, que traicioneramente, delante de un agitado revuelo verde, y de raíz, se apoderaba de un dedo, una canilla, una madeja de cabello. La contrapartida de este creciente pesimismo en relación al género humano (en el cual él incluía, con un desprecio que rayaba en lo absurdo, al Gris) fue una dedicada y vehemente amistad hacia mí. En el mundo hostil de los adultos que me cercaban con cuidados y confinamiento, el Loro Verde, al final, no solo me reveló lo que era el carácter: me enseñó también lo que es la amistad.

Que el Loro Verde era brasileño, como angoleño el Gris, fue de los primeros axiomas de biología que aprendí. Siempre era repetido, categórica y sacramentalmente, por mi padre o por mi madre, cuando, en cenas familiares, se discutían las gracias respectivas de los dos animales, y siempre había un tío mío para condenar, en nombre de los peligros de la psitacosis, la posesión de seres tan exóticos, portadores probables y espontáneos de una enfermedad extraña, mortalísima, que yo, niño a la espera del turno de la carne asada, imaginaba como la instalación crónica, en el organismo de los adultos, de aquella tendencia manifiesta a hablar sin sentido y sin propósito, cosa que los loros casi no hacían. Pero el caso es que, verdes y loros, solo en Brasil; loros y grises, solo en África, y aún hoy no sé si esto es verdad o mentira. Otro axioma era que los loros comían maíz, de lo que yo concluía (y creo que mi subconsciente aún guarda esa conclusión) que la ingesta de maíz era una señal infalible para distinguir a las personas de los loros.

En mis primeros recuerdos de infancia, el Loro Verde era un animal fabuloso que me recibía a gritos, mientras daba vueltas en la percha, alternando los pies, y me miraba desde lo alto con un ojo superciliar, y con el pico entreabierto. Cuando comencé a verlo, lo hacía muy poco, ya que él vivía en el “balcón de la cocina”, que me estaba prohibido debido a las llaves del agua, como la cocina me estaba prohibida debido a la lumbre. Cuando yo conseguía burlar la vigilancia, o sobornar el cordón sanitario, ambos permanecíamos en una contemplación embebida: yo, con las manos en los bolsillos del delantal de cuadritos azules y blancos (que era el uniforme de mi prisión), y él, en la jaula colgada en lo alto, entreabriendo las alas para un vuelo un tanto amenazador, con la cabeza de lado, y soltando una especie de gruñido que culminaba en un estremecimiento que lo erizaba todo. Que era brasileño y había sido traído de Brasil, yo lo sabía. Pero, antes de ser puesto en aquel balcón, donde parecía, en una casa triste y sombría, una mancha insólita, obscenamente gallardo, había viajado mucho. Había vivido a bordo de navíos, había olido largamente el mar, no la marea de la costa, sino los vientos en alta mar, llenos de fina espuma y de un ardor de aventuras. Algo de eso permanecería en él, y era una forma de balancearse en la percha sin levantar ninguna de las patas, sin alternarlas como el Gris hacía. Y también una bonhomíaastuta, egoísta, irónica, subyacente al ímpetu altivo de su cuello amarillo y de su penacho azul. Le había quedado, además de eso, un repertorio feroz, truculento, metafóricamente expresivo, que era el principal motivo del confinamiento discreto al balcón de la cocina. Él, poco a poco, iba olvidando aquellos horrores que mi madre no quería que yo oyera, y solo los recordaba a chorros, en sus horas de tedio más soñador, en que los decía entrepico, o en los momentos de furiosa irritación, en que, pareciendo un águila (pensaba yo) imponentísima, vomitaba improperios que escandalizaban a la vecindad y partían de risa a las criadas, lo que lo irritaba más. No fue, por tanto, en la escuela o en la calle que aprendí las nobles groserías esenciales para la vida, aunque me quedara, para aprender después, algún sentido de ellas. Por lo demás, este sentido yo lo iba aprendiendo intuitivamente en las discusiones domésticas a puerta cerrada, entre mi madre y mi padre, cuando él, del otro lado de la puerta, las bramaba y explicaba bien en frases aclaratorias.

Mi padre era un personaje mítico que yo casi solo veía a la hora de la cena, durante unos quince días, de tres en tres meses. Su llegada estaba precedida por un olor a encerados y a polvo sacudido, que se esparcía por toda la casa, en la cual los postigos se entornaban como para conservar, en estado de gracia y de panteón familiar, aquel ambiente de silencio y tinieblas premonitorias. Nunca se sabía con precisión el momento de su llegada. Él no escribía sino ocasionalmente, y mi madre, para calcular la demora del viaje, iba de vez en cuando, conmigo de la mano, a las puertas de la Compañía de Navegación para ver, en el tablero donde registraban el movimiento de los barcos, en cuál puerto de las áfricas el navío de mi padre había salido o había entrado. Cuando yo ya sabía leer, me mandaba a mí allá dentro y se quedaba medio oculta en la esquina de la calle, creo que para no mostrar a los empleados que la conocían que en realidad no sabía dónde andaba el marido. Telefonear, y no teníamos teléfono, no se le ocurría; presentarse con la cabeza erguida fuera donde fuera era contra sus principios. Y, muy probablemente, los empleados ni se acordarían de haber encontrado extraño que ella, aunque recibiera muchas cartas en aquel tiempo sin aviones, fuera a ver la ruta del navío. Yo, a quien tantos compartimentos de la casa estaban prohibidos, me quedaba durante y después de la limpieza, y hasta el día de la llegada, completamente acorralado, y sin nada que ensuciar o que me ensuciara. Y odiaba aquella expectativa, al mismo tiempo que esperaba con curiosidad lo que mi padre traería: cajas de vino de Madeira, racimos de bananos, variedad de frutas en cestas, a veces ídolos de los negros, que me eran dados para que jugara. Un día, comenzaba el movimiento en la escalera de la casa cuando el criado de mi padre, que tenía casaca blanca y era exclusivo del comandante, lideraba a varios hombres que subían sobrecargados, atascándose en la puerta, jadeantes y tambaleantes, los maletones enormes, las cajas, y las cestas, que quedaban en el corredor estorbando a todos. Al olor de los encerados y del solarine, se sobreponía entonces el de las frutas exóticas, el de la paja de los cajones, el del moho de los maletones; a pesar de ser siempre igual, yo quería abrir, tocar y ver todo. Nunca me dejaron abrir, tocar o ver nada; y me quedaba en la puerta, mirando el aumento de las pajas de las que emergían frutos y saltaban cucarachas, que corrían luego por el corredor, perseguidas por los gritos de mi madre y de las criadas, todas esgrimiendo atolondradamente escobas y dando con ellas golpes desatinados. En general, para mi placer, las cucarachas se escapaban. Después, había una expectativa medio nerviosa, con muchos “el papá está por llegar” y muchas miradas furtivas hacia la calle, para ver si él asomaba al voltear la esquina. Hasta que, con su andar balanceado, la estatura corpulenta aparecía atravesando la calle, sombrero de fieltro de ala doblada y ribeteada con seda, bastón con incrustaciones de plata, tabaco habano levantado en la boca.

Mi madre, sin dar desde la ventana un saludito previo, iba sin demora a abrir desde el rellano la puerta de la calle, jalando –y yo quería siempre jalar– la transmisión metálica y primitiva que levantaba el cerrojo. Y se quedaba firme, sujetándome la curiosidad indiferente con que yo quería subirme al pasamanos, y soltándome solo cuando mi padre ya venía en el último tramo de la escalera. Entonces, súbitamente intimidado, yo descendía dos o tres escalones: mi padre –“Entonces, ¿cómo está nuestro hombre?”– me rozaba en la frente con unos labios fríos y el bigote verdoso, abundante y retorcido en las puntas que él encrespaba, y se detenía al pie de mi madre, sin modo de abrazarla. Se quedaban así, uno delante del otro, mirándose, y yo levantaba los ojos por entre ellos, hasta que mi padre la agarraba por la cintura, el espacio entre ambos desaparecía, y mi madre dejaba reclinar su cabeza en el hombro de él. Se daban entonces un beso huidizo –“Mira al pequeño”, decía mi madre– y entraban al corredor, ambos muy abochornados, sin mirarse ni mirarme. Las criadas aparecían en la puerta de la cocina, en un sofoco de pechos excitados y de miradas risueñas, a los que mi padre lanzaba un altivo “hola”, y entrábamos a la sala, con el sofá y las poltronas bajas de bolitas que los “Mimosos” arrancaban una a una; yo me quedaba en medio de la casa, a veces en un pie, a veces en otro, con una voluntad inmensa de hacer “chichí”, y mi padre se sentaba en el borde del sofá, mientras mi madre se sentaba en el borde de una de las poltronas. Intercambiaban entonces algunas informaciones: quién en esta ocasión había aparecido en Luanda o en Lobito, recomendaciones acerca de los uniformes blancos, que tenían que ser todos lavados y planchados, enumeración de quién había ofrecido los cajones, las frutas, los racimos de bananos. Mi madre contaba, secuencialmente, sin explicaciones ni comentarios, los acontecimientos de la familia, las enfermedades que yo había tenido, se quejaba de cómo había estado, esta vez, tan mal del corazón. Él oía distraídamente, como en una visita formal, pero aún con el sombrero en la cabeza y con las manos en la curva del bastón. A veces, una de las manos se levantaba para alisar y retorcer una de las puntas del bigote. Mi madre, entonces, se levantaba, como si fuera a despedirlo, y le quitaba el sombrero de la cabeza, y el bastón de las manos. La calva de él, puntuda y lustrosa, brillaba. Él se levantaba también, venían hasta el corredor, y observaban ambos las cestas y los maletones. Nuevamente mi padre enumeraba los obsequios que había recibido, y aprovechaba para informar sobre cualquier pedido que le hubiera sido hecho por la parentela africana de mi madre, un pasaje gratuito de un puerto a otro, o de cómo habían ido a bordo para quitarle el almuerzo. Demoras en las conversaciones y en los gestos de ambos prolongaban un malestar que se transmitía. Mi padre, agarrando a mi madre, comenzaba a arrastrarla hacia el cuarto de ellos. Mi madre lo esquivaba, él le quitaba de las manos el sombrero y el bastón, que colgaba en el perchero, e iba para el cuarto a ponerse cómodo. Ella iba a la cocina extremadamente avergonzada, y cada vez lo estaba más porque él la llamaba desde adentro, con insistencia. Él llamaba, ella repetía por centésima vez en aquel día las instrucciones para la cena. Vendrían mis tíos, como siempre; y los cristales y los cubiertos, sacados ya del guarda vajilla y del aparador, se apiñaban en el mármol de esos dos muebles, en el comedor; esa era otra de las decisiones rituales que se tomaban de tres en tres meses. La voz de mi padre venía insistente, cada vez con más berridos. Cabizbaja, mi madre interrumpía las observaciones, e iba por el corredor en dirección al cuarto. En la puerta, mi padre, en calzas elásticas y en camisa, esperaba y tenía que empujarla para adentro. La llave rechinaba y hacía un chasquido en la cerradura. Las criadas intercambiaban miradas, me llevaban para el balcón, donde el Loro Verde, en su jaula, subía y bajaba afanosamente de la percha, agarrándose con el pico y alzando la pierna. Era impensable que él le diera el pie a alguien, a no ser a una punta de palo de escoba, que yo le ofrecía. Mirándome de lado, consentía en posar suavemente un pie trémulo en la punta del palo, mientras yo repetía: “Loro Real, ¿quién pasa?”, para que él se dignara a decir: “Es el Rey… Es el Rey…”, como si no supiera el resto. Y, de repente, se carcajeaba estruendosamente, se sacudía, y cantaba desaforadamente una de las canciones en boga. No bien las criadas venían, riendo, a acompañarlo, se callaba de inmediato, quieto y serio, y las miraba fijo con el pico entreabierto.

Fue a esa altura que nuestra amistad se estableció. Las lunas de miel de mis padres duraban pocos días, por lo menos con aquella atmósfera de puerta y ventana cerradas a pleno sol y de pasos leves de las criadas; durante la vigencia de aquellas, yo –olvidado, o tratado con mayor distancia, porque mi madre, cuando salía de allá dentro, andaba llorando por los rincones y no me llamaba mucho– era más libre, entretenidas las criadas en una escucha maliciosa o en el “far niente” de las tareas inacabadas. Pero duraban, en efecto, poco, y luego, casi sin transición, pasaban a la violencia del temporal deshecho, para lo que también la puerta se cerraba, a veces, de una sacudida y con disputas por la posesión de la llave, y allá dentro del cuarto había gritos de ambos, frases murmuradas rabiosamente, sollozos y ayes de mi madre, hasta que, de repente, la puerta se abría para que las criadas, que ya estaban dispuestas, socorrieran, con el agua de flor de naranja, a mi madre que, extendida en la cama, muy pálida, soltaba leves ayes con la mano en el corazón. Yo me escabullía de entre el tumulto, sin que nadie reparara en mí, y era en general mi madre, abriendo los ojos, quien me percibía, suspiraba sollozando más, y extendía hacia mí unas manos trémulas y dramáticas que solicitaban mi complicidad, mi alianza, y de las cuales yo retrocedía aturdido, con repugnancia.

Y era mi padre quien me empujaba hacia ellas, como una especie de plenipotenciario encargado de negociar la paz de una guerra cuyas causas yo no entendía, pero de la que me sentía, sin saberlo, el campesino que ve a los ejércitos enemigos devastarle el cultivo, una pequeña huerta, un pobre jardín. Además, por eso, la situación de plenipotenciario tenía, por la impotencia en juego y la pasividad en disputa, mucho más de rehén que de embajador. Nadie me preguntaba o me enseñaba a preguntar lo que quería o lo que pensaba; y ambos, como a los aliados, a los pacificadores y a las terceras fuerzas de la “Cruz Roja” y de las partes neutrales, a veces invocadas (cuando no arrastradas por los acontecimientos), me ignoraban al final. Y, tan rápido como era empujado hacia los brazos trémulos, era apartado de ellos y puesto de lado, afuera de la puerta, como la bandera blanca que, después de blandida y de surtir efecto, queda en el piso, entre los cadáveres, los casquillos, los desperdicios de las guerras modestas y limitadas.

Yo iba para el balcón a conversar con el Loro Verde, no para contarle desdichas que claramente no sospechaba, sino para comulgar con una idéntica soledad subyugada. Yo salía muy poco, la calle me estaba prohibida, mis primos venían a veces a jugar conmigo. Los juegos, sin embargo, constantemente interrumpidos por mi madre, a quien teníamos que pedir permiso para ir a buscar al “cuarto oscuro” la caja de los juguetes (el “cuarto oscuro” era, también, el misterioso reducto-alcoba de las criadas, cuya intimidad constituía otro misterio extraño), no tenían gracia ni entusiasmo, y degeneraban siempre en peleas sin  motivo, en que se oponían mis ansias de jugar todo al mismo tiempo y la absorción con que mis primos se dedicaban exclusivamente a algún instrumento para jugar, que ellos no tuvieran y los sedujera más. Cuando esas peleas estallaban, mi madre los expulsaba, y yo me quedaba días y días rumiando una autoritaria cólera insatisfecha, y esperando (con la idea fija y con una insistencia cuidadosa, para que mi madre después no se opusiera) que ellos regresaran. Fui, por añadidura, poco a poco, sin cálculo ni método, conquistando al Loro Verde, y, al mismo tiempo, el respeto ya legendario que él había impuesto a su alrededor. Sin soltar la percha, y mirando irónicamente para mi dedo, él me daba el pie; cantaba conmigo, aceptaba de mi mano algunas cosas, como un tallo de col, que él apreciaba. Fui descubriendo que, en realidad, él no apreciaba mucho esos tallos que, solícito, yo le metía en el pie. Más por delicadeza que por gusto, más para aprovechar la oportunidad de despedazar metódicamente un objeto (lo que la jaula con percha de hierro y la distancia a la que era puesto de cuanto pudiera ser roído no le permitían) es que él aceptaba esas dádivas. No se las comía; con picotazos certeros y tranquilos, que intercalaba con vistazos laterales hacia mí, partía todo en pedacitos que caían en la jaula o en el suelo. Terminada la ceremonia, bajaba de la percha, y continuaba, en el borde de la jaula, una segunda fase que consistía en escoger de los pedazos caídos aquellos que aún podían ser, sin mucho esfuerzo, reducidos a un tamaño menor. Contemplaba, entonces, con mirada seria y atenta, la extensión de la devastación que había hecho. Entonces, abriendo las alas y estirando el cuello, se sacudía con las plumas erizadas, buscaba en lo alto del penacho azul un piojito (para lo que levantaba, con la cabeza baja, un dedo cuya uña rascaba suavemente por entre las plumas), se sacudía de nuevo, subía a la percha, se acomodaba en ella, apoyaba la cabeza en los hombros y cerraba los ojos. Era la señal de que yo debía retirarme, de que mi visita había acabado. Con la punta de la escoba, luego de esperar que la respiración de él fuera pausada y profunda en el pecho verde, yo lo tocaba. Él aparentaba no darse cuenta; era necesario tocarle varias veces, pasarle el cabo de la escoba por debajo de las alas. Todo esto se repetía como una escena previamente ensayada entre nosotros. Mientras él fingía estar distraído e indiferente, retraído y distante, yo insistía con el cabo de la escoba; y él, súbitamente, salía disparado en un vuelo circular hasta el extremo de la cadena, se posaba de soslayo en el palo empinado, con las alas semiabiertas en una imitación de quien hace equilibrio, y cantaba, carcajeándose y dando chasquidos con la lengua.

Las criadas tenían rabia de aquel entendimiento que él no les había concedido nunca, tratándolas con una altivez señorial que hacía difícil lavarle la jaula puesta para eso en el suelo del balcón, o dejarle agua y comida en los recipientes colgados de cada lado de la percha. Y, rabiosas, le faltaban al respeto, tocándole la cola con la escoba, con el pretexto de barrer mejor un rincón, o lanzando, con una puntería falsamente errada, agua sobre él. Furioso, subía a lo alto del espaldar de la jaula, desde donde, sin dar muestras de perder la cabeza, les lanzaba ataques temibles; pero, a veces, realmente la perdía, y entonces, veloz, con el pie estirado en una cadena que arrastraba la jaula, agarraba una punta de sandalia que, a gritos, muy tembloroso, no soltaba de las patas y del pico. Una vez, la furia fue tal que solo a baldes de agua la soltó, y quedó semidesmayado, temblando de cansancio nervioso y de frío, gimiendo una retahíla triste y ronca, en que había, dispersas, algunas groserías oportunas. En esa ocasión, dejó que yo lo auxiliara, lo secara con un paño, le peinara las plumas tan indignamente encrespadas, tan ennegrecidas por el baño forzado. De ahí en adelante fue que nuestra leal camaradería se firmó, sin dudas ni reservas.

Cierta mañana, cuando me levanté, había en la cocina un movimiento inusual, gritos, una atmósfera de pánico. Probablemente, esa atmósfera me había despertado. Fui a ver. ¡El Loro Verde estaba suelto! Paseando de aquí para allá en el suelo, arrastrando una punta de la cadena, el Loro impedía que la puerta del balcón se abriera y volaba amenazador contra la grieta que intentaran abrir las criadas en los postigos. Yo quería salir, mi madre, que había acudido al tumulto, me sujetaba, el Loro daba berridos. Las criadas repetían que él había huido, ¡había huido! Yo pensaba que de haber huido, habría volado hacia los árboles del patio de abajo. Y las desmentí. Y, luchando con uñas y dientes contra todas, abrí los vidrios del balcón. Ahuyenté hacia el corredor a mi madre y a las criadas, que por la puerta entreabierta de la cocina iban a observar el terrible incidente de que yo saldría mortalmente herido (“sin un ojo”, gritaba mi madre en agonía); el Loro entró, moviendo en vaivén el cuerpopara avanzar, apenas abriendo los dedos en el suelo, a pasos largos, directamente hacia mí, que, contagiado un poco por el pánico de aquellas gallinas, había retrocedido. Y vino hasta mis pies e hizo contra mi zapato, con dulzura y ternura, aquel gesto de afilar el pico de lado, que algunas veces hacía al borde de la jaula. Me agaché para cogerlo. Él dejó que lo agarrara, se instaló en un dedo mío, y pesaba.

¡Qué día triunfal! Mi padre ya se había marchado, esta vez, en el torbellino de los maletones y de los engomados;el criado de casaca blanca, muy tímido, desdela puerta, dirigía la salida del equipaje. Se hicieron las despedidas de costumbre, en que mi padre terminaba por sacar del bolsillo un sobre blanco que colocaba encima del “toilette” y que era el dinero para tres meses de ausencia. Se hizo el recuento del dinero, por parte de mi madre, y el regateo mutuo sobre si alcanzaban o no aquellos billetes. Después, los besos y los abrazos, la ida a la ventana de la sala para darse el adiós final. Y yo retomaba, al final de la tarde, las idas a la casa de Doña Antonieta, para la lección de piano, que toda la familia, mi padre en primer lugar, consideraba una indignidad mujeril, y que era la única manifestación de obstinada independencia por parte de mi madre. Para mí, Doña Antonieta era una persona de la que me espantaba que, al fin y al cabo, no hubiera sido decapitada, regiamente, en la Revolución francesa; y el piano era un triple y delicioso pretexto para hacer lo contrario de lo que quería la gran mayoría de mis tutores honorarios, para penetrar en la sala oscura y prohibida donde nuestro piano se estaba aguitarrando en la soledad húmeda, y para quedarme componiendo soñadoramente, inclinado sobre las teclas amarillentas, las sinfonías que me harían libre, célebre, distante de todo y de todos.

Con el Loro en el dedo, avancé por el corredor en dirección a la sala, seguido por el cortejo receloso que no osaba detenerme, porque el animal les abría a ellas un pico desmedido. Abrí la puerta, entré, abrí de par en par los postigos (y, para luchar con las cerraduras, tuve que poner en el suelo al Loro, que de inmediato voló hacia la puerta a contener el avance de las tropas perseguidoras), fui a cerrar la puerta, me senté en el banco del piano, que abrí después de levantar la colcha india que lo cubría y cuyos flecos siempre se enredaban en la tapa. Concentrándome, lancé acordes tumultuosos y disonantes, con trémolos rotundos en las octavas bajas y glissandos en las agudas. El Loro, con precipitado alboroto, subió en el respaldo de la silla más cercana y sacudió las plumas; y acompañaba, bailando y gritando una melopea desafinada, mi música sin coherencia. Y, de vez en cuando, para mayor alegría mía, lanzaba cagarrutadamente sobre el tapizado de la silla, que así se degradaba, sus excrementos grisáceos.

Ya no se le pudo contener. Yo mismo lo encerraba y lo soltaba de la jaula, y él esperaba con paciencia las horas en que iría a buscarlo para traerlo a la sala. Mi madre y las criadas no se atrevían a intervenir, y yo ya había escuchado conspiraciones para asesinar al Loro, para exiliarlo en casas lejanas. Pero, cuando yo lo soltaba, y él andaba para todos lados detrás de mí, todo corría por nuestra cuenta: mi madre se encerraba en el cuarto, las criadas se encerraban en la cocina. Una de nuestras diversiones era un pequeño trapecio que yo había creado para él, suspendido del montante, sin vidrio, de la puerta del “cuarto oscuro”. El Loro, enseñado por mí, saltaba desde el trapecio que se balanceaba hasta la escoba que yo atravesaba en frente; y cada vez que el aterrizaje se realizaba con precisa elegancia, su alegría no tenía límites. Algunas veces, ambos íbamos al balcón del comedor a visitar al Loro Gris. Este, desde su jaula, nos miraba con chocado pasmo, y ensayaba un baile torpe de criatura a la que encienden, de repente, una luz fuerte. El Loro Verde, posado en mi hombro, lo molestaba con griticos y mordidas cariñosas en mi oreja; y el otro, escandalizado y humillado, se vengaba picoteando con ostentación, pero sin apetito, los refinamientos de la gastronomía lorística de que, por mano de mi madre y de las criadas, su jaula siempre estaba llena. Una tarde, no necesité más que un leve movimiento de hombro. El Verde saltó encima del Gris y, en tres tiempos, le dio una tunda que lo dejó en un rincón de la jaula, la cual después saqueó concienzudamente, volteando, para vaciarlos, el bebedero y el comedero, y barriendo hacia el suelo del balcón, a fuerza de alas, patas y pico, todo lo que se había derramado o estaba puesto en el fondo de la jaula. El otro, mirando de lado, no se atrevía a hacer un gesto; y el Loro Verde volvió a mí hombro, sin querer tocar, para comer, un grano del maíz fino con que el otro se deleitaba.

Cuando yo iba a la escuela, acompañando sumisamente, hasta la última esquina desde donde se veía a mi madre de centinela en la ventana, a la criada que era mandada a escoltarme para impedir que yo me perdiera en las calles o entre los chicos de mi barrio, y de la que huía corriendo apenas volteábamos la esquina, para escapar del peligro incalculable de que mis compañeros notaran que la criada me traía (y esta convención de huir de las respectivas criadas para negarles la tutela era tácita entre muchos de los niños; y las criadas, a la hora de salida, se quedaban conversando en las esquinas lejanas, a cubierto de las pedradas con que serían recibidas si se aproximaban más acá de los límites convencionales de su no existencia), el Loro venía hasta la puerta del rellano a despedirse de mí; y hacía lo mismo por la tarde, cuando, después de la merienda, yo salía para la lección de aquel cuello en que no veía señales de guillotina. Estas despedidas eran una perfidia mía, en las ocasiones que no iba, como me pedían que fuera, a dejarlo preso. Me divertía saber que se encerraban a esperar que él, que caminaba solemne por el corredor y arrastraba chirriando la cadena en el encerado, volviera honestamente a la jaula, donde permanecía, sin estar preso, esperando mi regreso.

Después, mi padre regresaba nuevamente. Las lunas de miel ahora eran cortas, rápidas, tumultuosas, con mi madre protestando allá dentro, con gritos que llamaban puerco e infame a mi padre. En ocasiones, la frágil paz ya se rompía en la cena familiar, ese mismo día, con mi padre que se levantaba de la mesa y tiraba la silla, o con mi madre llorando enfrente de la bandeja encallada en la mesa, entre un plato lleno y otro vacío. Palabras viperinas circulaban, mis tíos también se levantaban, con la autoridad moral con que compensaban la sujeción de los muchos auxilios y comidas que mi padre les daba. Además, eran parientes por parte de él, aunque personas cuya interferencia en los negocios domésticos iba aumentando con la violencia de las disputas. Muchas veces, en aquellos escasos quince días, una de las criadas, por la noche, se levantaba para ir a llamar a mi tío, que no vivía lejos y venía somnoliento, con unos pantalones puestos por encima de la pijama y un sobretodo con el cuello levantado, a conversar pacientemente, ya fuera con mi madre que, en “robe de chambre”, suspiraba sentada en el comedor, o con mi padre que, paseando pesadamente por el corredor hasta que los vecinos de abajo venían a protestar por el ruido, proclamaba que no nos necesitaba para nada, que él tenía a bordo todas las comodidades, que nos llevara el diablo.

Yo, desde la cama, escuchaba todo eso, cuando no era expresamente convocado a participar por mi madre, que venía a despertarme “para que huyéramos los dos”; o por mi padre que me sacudía para decirme “que mi madre estaba loca, que lo odiaba, que me enseñaba a tenerle odio”. Con sueño, cansado de escenas que no tenían ninguna novedad, cuyas acotaciones y pies yo sabía de memoria, los odiaba a ambos, detrás del miedo inmenso que ambos me producían, al jalarme cada uno por un brazo, exigiendo que desmintiera al otro. Una vez, mi madre me vistió apresuradamente y se vistió deprisa también; mientras mi padre estaba en el corredor, con un cuchillo de la cocina empuñado, y las criadas desde las sombras de la puerta del “cuarto oscuro” espiaban. Se me informó que saldríamos para arrojarnos al río y ahogarnos. En la puerta, en medio de las carcajadas de mi padre, me rehusé terminantemente a salir, declarando que hacía mucho frío. Y mi padre, blandiendo el cuchillo –que era para suicidarse, o para matar a mi madre, o para liquidarme, conforme a las circunstancias de aquella “commedia dell’arte”– avanzó hacia mi madre. Yo le di un puntapié en el bajo vientre que le hizo, con un bramido, soltar el cuchillo, que agarré. Y las criadas y mi madre tuvieron que interponerse entre él y yo, hasta que una de las criadas abrió la puerta de la calle y se escabulló conmigo de la mano, desarmándome y llevándome hacia la avenida, donde el día clareaba y los grandes carros de bueyes, cubiertos con hortalizas muy arregladitas, bajaban rechinando camino del mercado. La criada hablaba dulcemente conmigo, me decía que lo que yo había hecho no se hacía, que era una gran maldad, una gran falta de respeto. Yo, bajando la boca, le mordí la mano. Y nos quedamos paseando para arriba y para abajo, ella sorprendida y adolorida detrás de mí, porque me quería mucho, y yo, al frente, dando puntapiés a los residuos que había en el camino, volteando cajas de basura, que estaban en las puertas, y orinando en los árboles como hacían los perros.

De ahí en adelante, en los asuntos nocturnos, cuando mi tío venía, en su sobretodo oscuro, a negociar que mi madre no se obstinara en dormir en mi cama, de la cual yorecogía las cobijas, o que mi padre no blandiera cuchillos, los tres siempre acababan discutiendo acaloradamente conmigo, dos contra uno, según los argumentos, como si yo, “que había levantado la mano contra mi padre”, fuera un criminal, el culpable de todo aquello. A veces, yo saltaba de la cama, iba a recostarme en el marco de la puerta del comedor y por el resquicio los veía sentados alrededor de la mesa, cada uno argumentando motivos que yo ni en sueños había tenido, males que no me acordaba de haber hecho, o acordando planes educativos para contener mis instintos. Quedaba atemorizado y tembloroso al oír hablar de internados, de prohibiciones de juegos, de suspensión de las lecciones de piano y cosas peores.

Al día siguiente, por la mañana, tambaleando de sueño y zozobra, iba para la escuela, donde ya no era feliz. Alejados con aspereza de mi casa, que no frecuentaban, como yo no frecuentaba la de ellos, mis compañeros detestaban mi incapacidad de comunicarme, mi aislamiento estudioso y desocupado que no buscaba aliados ni confidentes. Yo era menos rico que la mayoría de ellos, y me vestía con un esmero descuidado, que no mantenía la distancia que la pulcritud suscita, ni la camaradería a que el descuido invita. Y, con mucha más frecuencia que a otros más petimetres, me atacaban para ensuciarme, a lo que yo respondía con una rabia que no estaba dentro de las reglas del juego, porque intentaba ansiosamente agredir con ímpetus asesinos.

Por la tarde, volvía a la casa, me encerraba en la sala, con el piano y el Loro Verde, hasta el momento en que mi padre, cuando estaba, golpeaba en la puerta. Interpretaba las composiciones de mi preferencia o me quedaba componiendo repetidamente melodías que se parecían a todo lo que había oído de triste; y el Loro ya no se posaba en el respaldo de la silla, sino en el borde extremo del teclado, desde donde seguía los movimientos de mis manos, y a veces bajaba a las teclas, y ensayaba unos pasos que yo hacía sonoros al pulsar las teclas pisadas. Esto lo divertía, y él simulaba un gran espanto, miraba para uno y otro lado, soltaba unos “oh, oh” y se quedaba con un pie en el aire, un pie vacilante que fingía temer el sonido de la tecla siguiente. Entonces, yo lo retiraba hacia el borde del teclado, y tocaba estudios y escalas. El Loro dormitaba sin prestar atención. De repente, yo hacía sonar dos o tres acordes de algunas de sus melodías predilectas. De inmediato, se erizaba expectante, con los ojos muy abiertos, y cantaba y bailaba hasta el final, abriendo las alas. Cuando yo concluía en un torrente de acordes extras, sus gritos eran de aplauso que exigía bis. Yo repetía una o dos veces, hasta que una angustia de expresarmeme entumecía los dedos, posaba la cabeza en las teclas y esperaba a que él viniera, con pasos quedos, a buscarme piojitos en la cabeza.

No había llegado todavía a la adolescencia cuando el Loro Verde se enfermó; al principio muy levemente, de una pequeña boquera en la punta del pico, que claramente lo incomodaba. Solo mi presencia, mi voz, mis caricias, lo arrancaban de la somnolencia gimiente en la que se confinaba en un rincón de la percha. Poco a poco, la boquera se extendió en surcos hacia los lados del pico, avanzó en dirección al penacho azul y al fino párpado que se mantenía semicerrado. Apenas podía abrir el pico para comer, apenas podía afirmarlo para bajar o subir. Tenía mareos, vértigos que lo aterrorizaban y sorprendían, y que acabaron por hacerle temer la percha de donde casi se caía. Fue necesario dejar la jaula siempre en el piso. Él, que en ocasiones saltaba audazmente hacia el enrejado del balcón y miraba desde lo alto hacia el patio de abajo, no se atrevía ahora, sino de vez en cuando, a aproximarse, en un relance nostálgico, a la orilla del balcón. Y arrastrando los pies volvía para el rincón de la jaula. Mi madre, a pedido mío, y yo lo cuidábamos, lavándole con un algodón empapado en ácido bórico aquella llaga que no era exactamente una llaga, y parecía más bien una extensión de lava rugosa y reseca. El Loro Verde no dejaba que mi madre le hiciera la curación si yo no estaba al lado. Con paciencia, hablándole cariñosamente, partiendo todo en pedacitos, yo le insistía en que comiera. Casi que solo por complacerme, él accedía, con un esfuerzo infinito, a comer alguna cosa. Le daba de beber, y el agua le escurría por los lados del pico. Fue entonces cuando, en mi regazo, le dio tercamente por recordar, para escándalo de mi madre que dejó de tratarlo, el repertorio antiguo. Murmurando, sin parar, decía cosas que nunca le había oído, frases, órdenes de navegación y maniobra, palabrotas, palabras en lenguas que yo no reconocía. Como en sueños, recostado en mis brazos, erizándose a veces, repetía sin descanso todo lo que había memorizado en su larga vida, y lo que no había memorizado, y lo que había oído en cubiertas de navíos, en puertos de todo el mundo, entre marineros de todo tipo. Su verdor, ahora tan desvanecido y pelado, tan áspero, se desplegaba en ondulaciones de olas, en silbidos de maniobra, en pregones marinos, en dialectos que tenían en su sonido crepitante la furia y el tumulto de los trópicos multicolores y la amplitud azul de los mares espumosos. Era un ardor mecánico que yo escuchaba inclinado sobre él, y que se ilustraba, en mi imaginación, con viejos gravados de indios con plumas en la cabeza y grandes barcos anclados en bahías de aguas lisas y limpias en las que se espejeaban. Pero era también la confianza con la que, en sacudidas abruptas, uno de sus piecitos se apretaba contra mi dedo, como quien se agarra a la vida y transmite a un amigo el último mensaje. Esto duró semanas, en las que a veces tuve que faltar a las clases, no oír a nadie, no prestar atención a nadie, ocupado en escuchar y recibir aquella vida que se extinguía. Yo salía corriendo de la escuela, que ni me daba cuenta que frecuentaba, temiendo no encontrarlo vivo todavía. Pero allá estaba, ahora medio acostado en el rincón de la jaula, para apretar en la pata mi dedo. Su sufrimiento debía ser horrible, tan grande que, a pesar de la docilidad con que dejaba que yo le hiciera la curación inútil, suspendí aquellos lavados que lo torturaban más. No era, sin embargo, solo la herida, si era herida, lo que le dolía. Le era igualmente dolorosa la pérdida de su garbo, de su altivez, de la elegancia majestuosa de sus plumas brillantes. Cuántas veces, arrastrándose, no intentaba levantarse en sus piernas y músculos débiles, para, con la cabeza en alto, con el ojo ahogado ya en el mal que lo carcomía, agitar todavía las plumas, mirarme con amistosa soberbia, ensayar un comienzo de canción. Luego recaía en la somnolencia habladora en que leves estremecimientos lo recorrían hasta terminar en un apretar de la pata contra mi dedo. Yo lo llevaba al pie del piano, lo acomodaba entre cojines en la silla, le tocaba sus melodías. Él se agitaba con una alegría distante, la de quien ya no escucha bien y se desprende del mundo, y recostaba en el cojín la cabecita, con el estertor ronco que era su conversación solitaria, donde apenas se distinguían las palabras.

Un día, cuando, de la calle y las escaleras, llegué jadeando al balcón, el Loro Verde estaba inerte en un rincón de la jaula, con el pico en el piso. Lo recogí, le rocíe agua, lo sacudí, lo ausculté largamente con la mano. Todavía no había muerto. Lo llevé a la sala, lo acosté en los cojines, arrastré la silla junto al piano, y, mientras con los dedos de la mano izquierda le apretaba la pata, toqué, solo con la derecha, la melodía que más le gustaba. Las lágrimas me empañaban las teclas, no me dejaban ver con claridad. Sentí que sus dedos apretaban los míos. Me arrodillé junto a la silla, inclinado sobre él, y sus uñas se clavaron en mi dedo. Movió la cabeza, me abrió un ojo espantado, masculló sibilantes algunas sílabas sueltas. Después se quedó inmóvil, solo su pecho se elevaba en una respiración irregular y profunda. Entonces, abrió débilmente las alas e intentó voltearse. Lo ayudé, y extendió el pico hacia mí. Lo amparé recostándolo en el brazo de la silla, en que sus patas no tenían fuerza para agarrarse. Quiso enderezarse; no pudo, ni siquiera apoyándose en mis manos. Lo volví a acostar en los cojines, me apretó con fuerza el dedo en su pata y dijo con una voz clara y nítida, la de sus buenos tiempos en que llamaba a los vendedores que pasaban por la calle: –¡Hijos de puta! Yo lo acaricié suavemente, llorando, y sentí que la pata se aflojaba en mi dedo. Fue la primera persona que vi morir.

Conseguí que los vecinos de abajo me dejaran enterrarlo en el extremo del patio. Lo envolví en un paño, busqué desesperadamente una caja que le sirviera, atravesé con cautela la casa de mis ceremoniosos vecinos, bajé al patio con la caja debajo del brazo, cavé una fosa muy honda, deposité la caja, la tapé, repisé la tierra y junté encima un montoncito de piedras, entre las que incrusté flores, disimuladamente robadas del jardín. Y, desde el balcón, en los días siguientes, contemplaba esa sepultura pequeñita, adyacente a la inmensa pared del predio contiguo y que la ceremonia requerida con los vecinos no me permitía cuidar. Llegaron las lluvias, vino el jardinero, la sepultura desapareció. Pero yo sabía, por las manchas de la soberbia pared, donde estaba, y adivinaba, bajo el jardín florido, a mi Loro Verde.

Mi soledad se volvió total. Mi padre iba y venía sin que ni siquiera la llegada del equipaje me incitara a reconocer su presencia mítica. Y en la hosquedad que yo cultivaba contra todo y todos, así como en la soberbia con la que me mostraba ostensiblemente contrariado con un régimen doméstico que, de viaje en viaje, se volvía más amargo, había una especie de herencia espiritual de picotazos abruptos. Llegué incluso a torturar al Loro Gris.

Una tarde, en la mesa, estalló la discusión entre mi padre y mi madre, precisamente en una cena de llegada a la que, como de costumbre, mis tíos asistían. Yo declaré categóricamente que los detestaba a todos y, tirando la silla por imitación de violencia, me levanté hacia el balcón, perseguido por una bofetada de mi tío. Luché contra él, que me agarraba, y contra mi padre, que lo agarraba a él, y contra mi madre, que agarraba a mi padre, y contra mi tía, que los agarraba a todos. Y al ver, en un relance nublado, aquel racimo humano que se disputaba la primacía de castigarme, mi voz se entrecortó en gritos de llanto desatado: –Nadie es mi amigo, nadie es mi amigo… Solo el Loro Verde es mi amigo.

La lucha se suspendió en una carcajada estúpida, que escurría babas en sus servilletas. Yo me quedé de espaldas, buscando con los ojos, allá abajo, en el patio, el rincón en que yacía el Loro. Y oí inconfundiblemente su voz aguda y clara, dominadora y viril, sarcástica y displicente, rabiosa y llena de carácter, que declaraba, en un gran vuelo de alas verdes, el juicio final que había murmurado al morir. No era. En realidad, no era ni siquiera eso, cuyo sentido yo no sabía en aquel momento con claridad. La vida, desde entonces, no me aclaró mucho; pero creo firmemente que si hay ángeles de la guarda, el mío tiene alas verdes y sabe, para consolarme en las horas más amargas, las palabrotas más groseras de los siete mares.

 

[*] Mario Rodriguez é Professor da Universidade Federal da Integração Latino-Americana (UNILA), em Foz do Iguaçu, PR.
[**] In: Jorge de Sena. Los trabajos y los días. Una antología. Bogotá: Ediciones Uniandes, 2014. 

 

Leia mais:

Poemas

Uma seleção de poemas senianos que Mario Rodriguez* primorosamente verteu para o castelhano**.

 

LOS PARAÍSOS ARTIFICIALES
“EL COLUMPIO”, DE FRAGONARD
MEZQUITA DE CÓRDOBA
EN CRETA, CON EL MINOTAURO
EN LA IGLESIA DE LOS JESUITAS EN LUANDA

 

LOS PARAÍSOS ARTIFICIALES

 

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En mi tierra, no hay tierra, hay calles;
incluso las colinas son de edificios altos
de renta mucho más alta.

En mi tierra, no hay árboles ni flores.
Las flores, tan escasas, de los jardines cambian cada mes,
y la alcaldía tiene máquinas especialísimas para arrancar los árboles.

El canto de las aves… no hay cantos,
tan solo canarios de 3º piso y loros de 5º.
Y la música del viento es el frío en las casuchas.

En mi tierra, sin embargo, no hay casuchas,
porque todas están en Persia o en China,
o en países inefables.

Mi tierra no es inefable.
La vida de mi tierra es la que es inefable.
Inefable es lo que no puede ser dicho.

3/5/1947

 

“EL COLUMPIO”, DE FRAGONARD

 

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¡Cómo se balancea por los aires en el espacio
entre la arboleda que tiembla y faldas
que lánguidas revolotean indiscretas!
¡Qué piernas se entrevén, y qué más
no ve el que indiscreto se reclina
en el gozo de mostrarse escondido!
¡Qué mirada y qué zapato por los aires,
en la luz difusa como niebla ardiente
del palpitar de entrañas en el follaje!
¡Cómo un jardín se preña de voluptuosidad,
torciéndose en las ramas y en los gestos,
en los dedos que se afilan, y en las sombras!
¡Qué ropas se demoran y constriñen
el sexo y los senos que se agrandan presos,
y adivinados en la malicia tensa!
¡Qué estatuas y qué muros se balancean
en ese vértigo en que las cuerdas son
tan cornuda gracia de un feliz marido!
¡Cómo se balancea, cómo aletea, cómo
es galanteo el gesto con que, obsceno,
el amante se deleita mirando apenas!
¡Cómo él la desviste y cómo ella se resiste
en la mirada que posa oblicua y astuta
sabiendo cuántos encajes hay que rasgar!
¡Cómo en el mundo nada importa más!

Assis, 8/4/1961

 

MEZQUITA DE CÓRDOBA

 

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Habían sido los fustes de pequeños bosques
que se recortaban en el azul del cielo,
en la cima de las colinas, o a la orilla del agua
reflejándose en ellas como la cristalina
de ninfas ondulación. El embate del tiempo
y de la cristiandad los fulminó. Yacían
tumbados entre la hierba, como sexos
durmiendo en la intrincada greña; o, aún puntudos,
inútiles penetrando sin deseo
la suavidad húmeda de las nubes.

 

………………………………….Rosáceos,
blancos, irisados, fueron convocados
para la gloria de Alá. De todas partes vinieron,
a rastras, dorso, en carros, convergiendo
hacia la ciudad blanca, atravesando los ríos,
las serranías áridas, las planicies pálidas;
y las lluvias nos lavaban el polvo del tiempo
y de los caminos.
…………………………………..Uno a uno erguidos,
ya de uno a otro los arcos se doblaban,
tan curvamente en herradura, de a dos,
en la intensidad tensa de reunirlos
en floresta inmensa, erguidos y coronados.
Y desde pequeños bosques para, con alados follajes,
ser de los dioses el reposo, o desde
nítidas cercas en triclinios serenos,
vinieron a concentrarse en la penumbra
en que el mihrab a un lado es una estridencia de oro.
De nuevo un techo es lo que sustentan en la viril
seguridad para la que son fustes. Pero un techo tan solo:
de todas partes vinieron, ruinas fulminadas,
soportes dispersos de los dioses y de los hombres,
para alinearse múltiples en la escritura
marmórea y en columnas de la inefable gloria
del nombre que es un techo horizontal
sobre el desierto humano, frío como las lajas,
suave como la brisa que se enrosca en ellos,
cruel como el rayo que los derrumbaría,
y ardiente como el sol que madura
los naranjos del patio.
…………………………………..Vinieron y se quedaron
floresta exacta.
…………………………..Alá partió, dejando la blanca
ciudad a las moscas, al polvo, a las torres donde
duras campanas se tornó la voz
del muezzin cantando en la tarde.
…………………………………..¿Pero
alguien puede partir de tan rígida
viril floresta: dioses traducidos
y congregados para Su gloria?

Araraquara, 7-8/1/1963

 

EN CRETA, CON EL MINOTAURO

 

“Dédalo e o Minotauro” (1636), P.P.Rubens

 

I

Nacido en Portugal, de padres portugueses,
y padre de brasileños en Brasil,
seré tal vez norteamericano cuando allá esté.
Coleccionaré nacionalidades como camisas que se quitan,
se usan y se botan, con todo el respeto
debido a la ropa que se viste y que prestó servicio.
Yo soy yo mismo mi patria. La patria
de la que escribo es la lengua en que por casualidad de generaciones
nací. Y la de lo que hago y de que vivo es esta
rabia que tengo de poca humanidad en este mundo
cuando no creo en otro, y solo otro querría que
este mismo fuera. Pero, si un día me olvido de todo,
espero envejecer
tomando café en Creta
con el Minotauro,
bajo la mirada de dioses sin vergüenza.

 

II

El Minotauro me comprenderá.
Tiene cuernos, como los sabios y los enemigos de la vida.
Es mitad buey y mitad hombre, como todos los hombres.
Violaba y devoraba vírgenes, como todas las bestias.
Hijo de Pasífae, fue hermano de un verso de Racine,
que Valéry, el cretino, consideraba uno de los más bellos de la “langue”.
Hermano también de Ariadna, lo enredaron en un ovillo que lo jodió.
Teseo, el héroe, y, como todos los griegos heroicos, un hijo de puta,
se le rio en el hocico respetable.
El Minotauro me comprenderá, tomará café conmigo, mientras
el sol serenamente desciende sobre el mar, y las sombras,
llenas de ninfas y de efebos desempleados,
se extenderán dulcísimas en las tazas,
como el azúcar que revolveremos con el dedo sucio
de investigar los orígenes de la vida.

 

III

Es allí donde quiero reencontrarme de haber dejado
la vida por el mundo en pedazos repartida, como decía
aquel pobre diablo que el Minotauro no leyó, porque,
como todo el mundo, no sabe portugués.
Tampoco yo sé griego, según las informaciones más confiables.
Conversaremos en volapük, ya
que ninguno de nosotros lo sabe. El Minotauro
no hablaba griego, no era griego, vivió antes de Grecia,
de toda esta mierda docta que nos cubre hace siglos,
cagada por nuestros esclavos, o por nosotros cuando somos
los esclavos de otros. Durante el café,
nos diremos el uno al otro nuestras desdichas.

 

IV

Con patrias nos compran y nos venden, a falta
de patrias que se vendan suficientemente caras para que se tenga vergüenza
de no pertenecer a ellas. Ni yo, ni el Minotauro,
tendremos ninguna patria. Apenas el café,
aromático y bien fuerte, no de Arabia ni de Brasil,
de la Fedecam [1], ni de Angola, ni de otra parte. Pero café
a pesar de todo y que yo, con filial ternura,
veré escurrirle de la quijada de buey
hasta las rodillas de hombre que no sabe
de quién heredó, si del padre, si de la madre,
los cuernos retorcidos que le ornan la
noble frente anterior a Atenas, y, quién sabe,
a Palestina, y otros lugares turísticos,
inmensamente patrióticos.

 

V

En Creta, con el Minotauro,
sin versos y sin vida,
sin patrias y sin espíritu,
sin nada ni nadie,
excepto el dedo sucio,
he de tomar en paz mi café.

5/7/1965

 

EN LA IGLESIA DE LOS JESUITAS EN LUANDA

 

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Conversa la negra en el rincón en sombra
de la iglesia tan limpia restaurada.
En el suelo sentada y vieja, se abren los brazos
en frases de silencio para el Cristo
que cuelga muerto encima de ella, inmóvil
y silencioso. ¿Qué dirán los dos?
¿Cuál la confusa indecisión que pasa
angustia intimidad de sin [2] lenguas
en esa cabeza antigua de otra raza
y sobre todo de otros dioses que
hablaban por señales aunque claras frases
como las sibilas hechiceros saben?
En la soledad vacía de su espacio
en que de blancos Roma oscureció la luz
emblanquecida de niebla y ardor
de largos ríos, playas sinuosas,
y del altiplano los barrancos duros,
¿qué dios puede inventarse que no sea
dolor de miseria de no ser, de no tener
de padres a hijos el lenguaje libre?
¿Qué libertad pide? ¿Qué muerte desea?
¿Será que enfrente del altar mayor no tiemblan
dentro de la simple losa los huesos de
un Paulo Dias de Novais? ¿De qué imbondeiros [3]
los frutos como ratones colgados
aún le roen un tuétano seco
en el fuego de quemas y de incendios
en que de pueblos solo las cenizas quedan?

Oporto, 24/8/1972

 

 

 NOTAS:

[1] Federación de Cámaras de Comercio. En portugués “fede” quiere decir “hede”, “apesta”.  (N. del T.)

[2] En portugués la palabra “sem” [sin] y la palabra “cem” [cien] son homófonas. El verso original, por tanto, sugiere esos dos sentidos. (N. del T.)

[3] Imbondeiro es el nombre que recibe el árbol baobab (Adansonia digitata) en Angola, donde es considerado un símbolo nacional. A diferencia de baobab –que pasó al francés a partir del árabe–, Imbondeiro viene de la palabra “mbondo”, del Kimbundu, una de las lenguas africanas habladas en Angola. En la novela Predadores del escritor angolano Pepetela, un personaje describe el imbondeiro como “quase árvore sagrada, morada boa para espíritos” [casi un árbol sagrado, buena morada para espíritus]. La forma de los frutos del imbondeiro es comúnmente asociada con la de ratones.  (N. del T.)

 

[*] Mario Rodriguez é Professor da Universidade Federal da Integração Latino-Americana, em Foz do Iguaçu (UNILA), PR.
[**] In: Jorge de Sena. Los trabajos y los días. Una antología. Bogotá: Ediciones Uniandes, 2014. 

 

Leia mais:

Os Três Amaros

Embora muito mencionado em seus artigos e ensaios, Jorge de Sena apenas por duas vezes deteve-se mais longamente em Eça de Queirós — neste texto dedicado às três edições de O crime do Padre Amaro e noutro voltado para Os Maias

 

O embaixador de Jesus" (1977), de Paula Rêgo
O embaixador de Jesus” (1977), de Paula Rêgo

 

Não é apenas por ser um dos raros, senão o único dos escritores da língua portuguesa, que pode ser colocado a par de Camões, que Eça de Queiroz tem, para nós, tamanha importância. Nem por ser, ao lado de Giovanni Verga e de Thomas Mann, o autor de obras que constituem o máximo refinamento estético que o naturalismo atingiu: Os Maias alinha com Os Buddenbrook e Os Malavoglia, como expressão de uma altitude que o grande Zola não tinha, com toda a sua generosidade humana, sensibilidade para criar. Mas também porque ele foi um dos primeiros espíritos modernos da língua, e um revolucionário estético, sem o qual, em que pese aos complexos coloniais dos historiadores literários, não pode ser escrita a história da literatura em Portugal ou no Brasil, nem a história da reformulação ideológica, no último quartel do século XIX, em que ele representou, como ninguém, no mundo de língua portuguesa, um papel decisivo. Quando se reescrever, não à luz de pedantarias preconceituosas, a história literária da língua portuguesa, e os brasileiros se decidirem a escolher entre terem sido discípulos de portugueses que foram modelos de independência de espírito, ou terem-no sido de franceses por imitação servil, será prestada a Eça de Queiroz a homenagem que ele merece, como um dos mestres, que de todos foi, de arte e de pensamento estético.

Foram as conferências célebres do Casino Lisbonense, em que o jovem Eça dissertou sobre «O realismo na Arte» em 1871, e a publicação do seu Crime do Padre Amaro, em 1875, o que desencadeou, na língua portuguesa, o Naturalismo. Acerca desta terminologia, a confusão é muita, e está servindo a todos os lamentáveis desígnios do aventureirismo crítico. Os naturalistas começaram por reclamar-se de um realismo integral e anti-romântico, e exigem da literatura uma definida posição sócio-política. Na sua conferência (e a história das Conferências do Casino foi admiravelmente reconstituída e escrita por António Salgado Júnior, em 1930), Eça de Queiroz colocou a questão exactamente nesses termos: o pintor Courbet, o romancista Flaubert, e o filósofo Proudhon eram os grandes exemplos. Assim sendo, é evidente que ele pretendia que o realismo deixasse de ser o que até aí tinha sido e estava sendo, para transformar-se em algo de muito diverso. Na verdade, desde os fins do século XVIII, o realismo fizera parte integrante e ostensiva das ideologias românticas. Os românticos exigiam que a arte e a literatura não se guiassem por modelos ideais, a que a realidade devesse esteticamente conformar-se, mas procurasse a «verdade» da vida e dos sentimentos. Este realismo romântico, por sua vez já diferente do realismo setecentista (que era manifestação do hedonismo vital e do moralismo racionalista, que lutavam pela supremacia político-social, contra as estruturas do «Ancien Régime»), tinha em si muito de utópico e de idealizante. Era, sobretudo, uma afirmação do direito do indivíduo a ver e a viver os costumes, não como eles eram, mas como eles deveriam ser para plena liberdade da pessoa humana. Libertário ou reaccionário, o Romantismo ungiu de sentimentalidade e de idealidade a realidade que tanto prezava. Mas, quando, nos desastres políticos do meio-século, o democratismo idealista e o socialismo romântico-utópico sucumbiram ante as investidas das direitas clássicas que se bonapartizaram o necessário para autoritariamente se defenderem, os ímpetos românticos estavam mortos, e apenas restavam ao Romantismo o conformismo disfarçado de progressivismo pedagógico (a educação resolveria tudo, progressivamente…), a ironia com que ele se voltava contra si mesmo, e o realismo que procurava retratar, com doçura, conformada, ou com rebelde sarcasmo, a realidade tal qual a final ela era. Esses românticos desencantados foram, em Portugal, Camilo, e, no Brasil, Machado de Assis, enquanto fugazmente o progressivismo conformista foi, em Portugal, representado por Júlio Diniz. Entre o conformismo e o sarcasmo, a arte literária tomou, sobretudo na ficção, consciência do papel que poderia assumir, se garantida pela categoria estética neutral. Isto é, ante a sua impotência política, o artista optava por sê-lo, e por devastar a sociedade com a neutralidade do seu realismo de alta qualidade estrutural. Foi esta a evolução de Balzac, e a plena realização de Flaubert. Que Eça aproximasse Courbet, o pintor realista que fora e era um revolucionário político, e Flaubert, que era o realismo literário levado às últimas consequências de uma isenção perversa (e a sociedade do tempo, ao perseguir Flaubert judicialmente, como a Baudelaire, não era tão tola como se supõe), não significava só que ele estivesse refazendo, para ouvintes portugueses, as ideias estéticas de Proudhon que os mencionara expressamente, em muito semelhantes termos. Aderindo a Proudhon, Eça estava dando, e fazendo dar à cultura portuguesa, um decisivo passo que Zola não dava. Zola, muito mais do que ele e do que Proudhon, derivava do positivismo, das ideias estéticas de Taine como seu determinismo, e do experimentalismo científico como o definira Claude Bernard. Zola era um Flaubert que se tornava «científico» para analisar uma sociedade condenada como quem lhe faz a autópsia, crente no carácter inescapável de uma hereditariedade estrita. Eça, inversamente, politizara socialisticamente a arte, em termos de Proudhon, que eram os do socialismo acessível à burguesia esclarecida de que ele se preparava para ser um digno e brilhante ornamento. Não tem qualquer sentido a discussão, já tentada por alguns críticos pseudo-marxistas, de quais as razões de Eça não ter sido marxista. No tempo dele, ninguém o foi; e, sem blague, poderia dizer-se que nem Marx nem Engels ainda o eram… O naturalismo não foi sempre, nem até ao fim, socializante, e muitas vezes se confinou ao humanitarismo que herdara do realismo romântico e post-romântico; mas é sempre distinguível dele por uma consciência político-social, ainda quando esta se limite a ter olhos para distinguir a decadência irremediável das classes, no mundo capitalista que as devora. A oposição muito cedo estabelecida, dentro da chamada Geração Coimbrã, entre socialistas e positivistas (e que dela separou os republicanos e Teófilo Braga, propugnador primeiro do positivismo em nossa cultura), permite-nos verificar a que ponto um Eça, e os seus amigos mais próximos como Antero e Oliveira Martins, parecendo mais conformistas, tinham da sociedade do seu tempo uma visão mais profunda e menos utópica que a do republicanismo que esperava salvar as pátrias (em Portugal e no Brasil) com uma reformulação jurídica do regime. Viu-se.

Todavia, o Naturalismo desencadeado em 1871-75 tinha antecedentes no próprio Eça de Queiroz e em Portugal. Desde os meados do século que as «modernas ideias» vinham sendo citadas e discutidas; e não sem razão o crítico Luciano Cordeiro, ao referir-se às Conferências, reclamava prioridade na matéria. Em grande parte por via francesa, o «germanismo» assumia um papel preponderante. São de 1865, com a Questão Coimbrã, contra António Feliciano de Castilho, os primeiros grandes clamores contra o conformismo, e nesse ano haviam sido publicadas as Odes Modernas de Antero, cujos sonetos vinham sendo publicados em volume desde 1861. Tal como sucedeu por quase toda a parte, o Naturalismo apenas vinha inserir-se num ambicioso contexto de reformulação cultural e ideológica que, na década de 60, novamente varria a Europa. Mas, em 1871, Eça não era um desconhecido. Tinha sido o ridicularizado autor dos folhetins da Gazeta de Portugal, em 1866-67; o escandaloso autor de «A Morte de Jesus», publicada na Revolução de Setembro, em 1870; e o co-autor de duas mistificações da maior importância: em 1869, com Antero, os poemas de Carlos Fradique Mendes, publicados na Revolução de Setembro, em 1870, com Ramalho Ortigão, O Mistério da Estrada de Sintra, publicado no Diário de Notícias de Lisboa, ao qual pouco antes Eça dera impressões da sua viagem ao Egipto e à Palestina (Outubro de 1870-Janeiro de 1871). E o lançamento das Farpas, em colaboração com Ramalho, coincidia com a primeira das Conferências. Estas, portanto, vinham precedidas de toda uma agitação literária e cultural, precisamente conduzida, contra o statu quo, por Eça de Queiroz e os seus amigos.

A preocupação fundamental de Eça, do ponto de vista estético, é a «modernidade», então, tanto ou mais que a actualização cultural. Os folhetins da Gazeta de Portugal, parcialmente reunidos em volume, postumamente, em 1905, com um notável prefácio de Jaime Batalha Reis, que havia sido testemunha daqueles anos heróicos e juvenis, têm sido equivocadamente classificados de «fase romântica» de Eça, da qual ele teria saltado para a «fase realista». Nos anos 60, os autores que ele imita ou que menciona não eram, de modo algum, paradigmas de Romantismo. Num dos artigos excluídos das Prosas Bárbaras, «Poetas do Mal», e que veio a ser recolhido no caótico volume póstumo Cartas Inéditas de Fradique Mendes e Outras Páginas Esquecidas, Eça colocava-se sob a égide de uma trindade: Poe, Flaubert, Baudelaire, que não eram românticos para ninguém, e representavam variavelmente um misto de esteticismo consciente e de realismo revulsivo . As «prosas bárbaras», com todo o seu mobiliário romântico, eram a sátira do romantismo, contra si próprio, em termos do fantasismo visionário e crítico, com que os pequenos românticos (ainda hoje pequenos, na teimosia das histórias literárias) haviam feito o processo do Romantismo: não sem razão Antero ou Eça muito deveram a Gérard de Nerval, e o simbolismo de língua portuguesa, no que teve, como todo o simbolismo, de regressão a um romantismo autêntico e anglo-germanizante, não se esqueceu de refazer, par conta própria, a prosa que Eça fabricara mistificantemente vinte e tantos anos antes. Se há uma ideia não-romântica que devemos a Baudelaire, e que Eça bebeu nele em devido tempo, como ele a bebera nos românticos «menores» é essa de «modernidade», que faz que só primariamente alguma fase da sua actividade possa ser classificada de romântica, do mesmo modo que é um disparate chamar realismo ao que, deste realismo, o naturalismo tomou. A menos que, periodologicamente, chamemos Romantismo a tudo o que, desde os fins do século XVIII, veio morrer, na primeira década do século XX, aos golpes do Modernismo que tanta gente se empenha, et pour cause, em considerar defunto. Ou que aceitemos que, desde essas épocas que viram a Revolução Francesa e outras muitas, ainda continuamos em pleno Romantismo. Um dia se verá que o Romantismo não existiu, foi uma invenção ideológica com que a burguesia se traiu a si mesma, e que as literaturas modernas começaram em meados do século XIX, depois de liquidadas as últimas intrujices com que a burguesia fez revoluções setecentistas no papel. Mas isso é uma outra questão.

O carácter mistificador e agressivo das primeiras obras de Eça de Queiroz (e a agressão, com o mais doce dos sorrisos, foi até ao fim uma das características da sua arte) é da maior importância, para a compreensão dele e da sua modernidade, tanto mais que, digamo-lo por uma vez, o Carlos Fradique Mendes aparecido em 1869, e que é personagem de O Mistério da Estrada de Sintra, veio a ser muito menos uma hipótese do que Eça desejaria ser, segundo e costume supô-lo, do que um seu heterónimo, vista ser um alter-ego que é uma personagem independente de qualquer contexto romanesco. Personagem que, também ao contrário do que se diz, representa em si mesmo e par si mesmo, os ideais críticos do Naturalismo, levados as últimas consequências: Fradique não é Eça, mas o que, na sociedade o tempo e no próprio Eça lúcido como era, havia de frustrado e estéril, no mais alto nível da fortuna, da cultura, e da civilização. Fradique, o poeta «satânico», o viajante, o homem mundano, o diletante da ciência e da cultura, resume a devastadora «auto-crítica» do dandismo baudelairiano: não foi nada senão ele mesmo, não fez nada senão ser criado como era, e morreu estupidamente, tão estupidamente como, com toda a sua inteligência e a sua energia, havia vivido. Pela mistificação, Eça fez a crítica da mistificação social e da mistificação estética. E fê-la com um alter-ego que o acompanhou a vida inteira, e era, em verso, o equivalente da prosa dos folhetins com que ele se lançara nas letras.

Em 1874, o magnífico conto «Singularidades de uma Rapariga Loira» era a passagem do individualismo fantasista dos folhetins ao realismo crítico, em forma de ficção. No esquema da novela de amor camiliana, o que nos parece que não tem sido notado (distância no tempo, sem que a distância chegue para a ficção ser «histórica», o que e tecnicamente efectivado pela evocação «vivida» por uma personagem de um dos mais célebres textos «históricos» do Romantismo, A Última Corrida de Touros em Salvaterra, de Rebelo da Silva; amor fiel e traído; viagem e regresso do herói), mas como desenlace apoiado num fait-divers anti-romântico (a heroína é uma ladra, sem desculpa humanitária), é já o naturalismo, que esplenderá logo na primeira versão de O Crime do Padre Amaro, publicado na Revista Ocidental, em 1875, mas talvez escrita em 1872. Eça nunca ficou satisfeito com o seu primeiro romance: transformou-o para a publicação em volume, em Julho de 1876, e corrigiu-o para a versão definitiva de 1880, quando já havia escrito, entretanto, O Primo Basílio (publicado em Fevereiro de 1878), o vasto e sangrento afresco que é A Capital (que apenas conhecemos no póstumo cozinhado de várias versões incompatíveis) e a pequena obra-prima de feroz ironia que é O Conde de Abranhos (que igualmente ficou inédito, só publicado em 1925), e terá escrito, quiça mais completo do que é dado sabermos, A Batalha do Caia, de que foi publicado um magnífico fragmento. Mas, no ano de 1880 em que saía o Amaro definitivo, Eça publicou O Mandarim também, e o Diário de Notícias anunciava a próxima publicação, em folhetins, de Os Maias que só veio a ser publicado em 1888 no mesmo ano em que O Repórter iniciava a publicação do estudo sobre Fradique, cuja correspondência se continuou a publicar, no ano seguinte, na Revista de Portugal que Eça fundara. O Crime do Padre Amaro não é, pois, só o primeiro romance de Eça e o primeiro romance naturalista da literatura de língua portuguesa: é uma obra cujas exigências estão subjacentes aos anos de 1874-80, durante os quais ele concebeu, escreveu ou publicou a maior parte da sua excepcional criação romanesca (tanto mais que é possível supor-se que, em 1880, já ele trabalhava em A Relíquia, essa tão injustiçada obra-prima).

Desde sempre os estudiosos de Eça se preocuparam com a questão fundamental que seria a comparação dos três Amaros, o de 1875, ode 1876, e o de 1880. Ninguém que se interessasse pela obra do autor de Os Maias os ignorava, e já José Pereira Tavares, em 1943, fora pioneiro nesse sentido. As dificuldades que têm rodeado editorialmente a obra de Eça de Queiroz desanimaram muita gente; e o autor destas linhas, quando se preparavam as comemorações do centenário, foi protagonista de uma anedota que levou mais de vinte anos a resolver-se, e que é conhecida de várias pessoas. Os editores de Eça projectavam a monumental edição do Centenário; e, vivendo então no Porto, o presente autor tentou convencê-los da necessidade e do interesse, já que não ia ser feita edição crítica de nada, de que ao menos se publicassem os três Amaros. O editor de então arregalou os olhos. Os três Amaros? Sim, os três Amaros. Ele meditou, e disse: -Não, não é possível. -Como não era possível? E a resposta veio, ponderada e tranquila, sublinhada por um sorriso que durou vinte anos: -Não é possível, porque um cliente entra na livraria, pede o Amaro, e depois não se sabe qual é…

Este inconveniente foi obviado na edição crítica organizada por Helena Cidade Moura, e publicada meritoriamente, em 1964, pelos editores de Eça em dois volumes compactos: os três textos são impressos simultaneamente… No prefácio, é anunciado que «a análise minuciosa das três versões está sendo objecto do estudo demorado no Centro de Estudos Filológicos de Lisboa». Toda a gente pode, agora, enquanto aguarda esse demorado estudo, comparar os três textos; e não haverá qualquer perigo de um empregado de livraria não saber qual dos Amaros lhe pedem – ei-los tão inseparáveis todos, quanta obsessivamente se agitaram, durante alguns anos, no espírito de Eça de Queiroz. A dúvida estará só em saber-se, hamleticamente… – enfim, ser ou não ser edição crítica, eis a questão.

Do ponto de vista da crítica textual, a edição é «crítica»: os três textos estão fixados e devidamente cotejados, trabalho esse que apresentava enormes dificuldades que, todavia, não nos parece que tenham sido resolvidas por forma a que a leitura e comparação se façam sem confusão. Com efeito, o texto básico foi o último, o de 1880. Nele, aparecem entre parênteses, com chamada para a linha numerada em pé de página, os trechos alterados da segunda para aquela terceira versão; entre aspas simples, o que foi acrescentado; entre aspas duplas, o que foi suprimido. Em pé do pé de página, abaixo pois das variantes, está impresso o texto da primeira versão. Significa isto que o critério seguido foi o inverso do que deveria ter sido. Eça de Queiroz não escreveu da terceira para a segunda versão, mas ao contrário, pelo que deveria ser dado em pleno texto a segunda versão, na qual se marcaria entre parênteses o suprimido, se chamaria, por um asterisco, para o pé da página, o acrescentado, e se indicaria em itálico, ou por sublinhado, chamado número da linha, no pé da página, as variantes de substituição ou autênticas «variantes». Parece-nos que a filologia do Centro de Estudos aplicou ao Crime do Padre Amaro os critérios com que se reconstituem textos medievais deturpados por cópias imperfeitas e ulteriores (casos em que importa caminhar do texto mais moderno para o mais antigo), em lugar de aplicar o critério justo para o estudo da refundição sobretudo estilística de um texto, feita pelo seu próprio autor. Quanto à primeira versão, é ela tão divergente das outras, que é adequado que, em correspondência relativa, acompanhe, em pé de página, o texto básico.

Alberto Machado da Rosa, na edição que acaba de fazer de Prosas Esquecidas de Eça de Queirós – I – Ficção 1866-72, Editorial Presença, Lisboa, 1965, igualmente reage à disposição gráfica que criticamos na tripla edição referida, e para a qual teríamos adoptado critério oposto que indicamos. E, para obviar os inconvenientes de leitura dela, oferece-nos, não, como seria de esperar, o texto da segunda versão (que esse é de quase impossível leitura corrente na edição de Helena Cidade Moura)… mas «apenas as partes rejeitadas por Eça em 1880 e aquelas que mais se afastam, no espírito e na forma, da única versão conhecida do público e da maioria dos críticos, a terceira»,… da primeira versão! Esta era precisamente a que era possível ler-se comodamente, nos pés de página da tripla edição crítica. Mas o volume de Machado da Rosa tem um enorme interesse, não apenas por ser organizado por quem é hoje um dos mais sérios conhecedores e estudiosos da obra de Eça de Queiroz. É que reúne as «prosas bárbaras» que foram desprezadas nas póstumas publicações em volume (embora não aproveite a oportunidade para publicar, também, as partes cortadas às que o não tinham sido naquela publicação) e talvez seja o título «ficção», o que tenha induzido Machado da Rosa a esquecer o artigo Da Pintura em Portugal, que, não cabendo nesse título geral, continua só nas velhas páginas, hoje centenárias, da Gazeta de Portugal. Além dessas prosas preciosas (que são mais poemas em prosa, a maneira de Le Spleen de Paris, de Baudelaire), Machado da Rosa republica O Réu Tadeu, novela que ficara incompleta, em 1867, em O Distrito de Évora, e havia sido reimpressa na Seara Nova, em 1944, e apresenta trechos de O Mistério da Estrada de Sintra, segundo o texto revisto por Eça de Queiroz, para a edição em volume, de 1884 (catorze a nos posterior aos folhetins), dando em parênteses, as passagens de 1870 eliminadas e, em itálico, as substituições e adições. O critério seguido foi,  portanto, o mesmo que Helena Cidade Moura seguira, na sua edição do Amaro, com apenas a diferença de estarem incluídas no próprio texto, e não em pé de página, as variantes. A leitura torna-se imediatamente correntia, mas, do mesmo modo, somos levados a ver a evolução do escritor, de trás para diante. E não é sempre fácil perceber-se o que seja adição e o que seja substituição.

Quer-nos parecer que o razoável teria sido, em resumo, quer para O Mistério, quer para o Amaro, uma de duas outras soluções: ou se imprimia o primeiro texto, se se pretendia indicar nele as variantes; ou se imprimia o último, com sinais gráficos que chamassem as variantes em pé de página. O trabalho de paciência e de cuidado, que foi, nas suas respectivas edições, o de Helena Cidade Moura e o de Alberto Machado da Rosa, poderia, com menos esforço do  estudante, produzir os seus frutos. Seja como for, as duas obras são altamente importantes, e não podemos senão desejar que marquem um renovo, que se torna clamorosamente necessário, dos estudos sobre Eça de Queiroz. Já demasiada gente disse o que pensava dele. Chegou enfim a hora de iniciarem-se as edições críticas, de identificarem-se cronologicamente as publicações dos numerosos artigos com que ele, tanto como com o romance, foi uma das grandes influências de seu tempo (e que apenas aparecem reunidos em volumes mais ou menos póstumos, que nada dizem sobre a história deles), e de, não só fazer pesquisas exaustivas de quanto ele escreveu, como de surgirem, para estudo crítico, os papéis e os inéditos que ainda dormem o sono, não dos justos (que esse é para as pessoas), mas da justiça e da liberdade que se devem ao maior romancista da língua portuguesa. Todo esse trabalho é indispensável, para sairmos das generalizações vagas dos medíocres, das observações subtis de tantos críticos ilustres da anedota ou das «influências», para os estudos de estilo tão auspiciosamente iniciados por Guerra da Cal, e para a análise estrutural das obras que, essas, ainda aguardam o exame rigoroso da sua esplêndida monumentalidade estética. Se assim não for, daqui a algumas décadas, todo o que de excelente se disse sobre Eça valerá tanto como o que disseram os primeiros biógrafos e críticos de Camões e não saberemos dele muito mais. E teremos mesmo esquecido que houve primeiras edições. De resto, nisto, Eça tem tido a sorte de toda a cultura portuguesa: também ela é uma primeira edição esquecida, até de si própria.

 

Originalmente publicado no Suplemento Literário de O Estado de São Paulo de 24-7 e 31-7-1966 e depois no Diário de Notícias de 13-8-65. In: Estudos de Literatura Portuguesa I, Lisboa, Ed. 70,  2 ed.,  2001, p. 151-159

 

A tradução inglesa de ‘Os Maias’

Sob o pretexto da tradução inglesa do grande romance queirosiano, Jorge de Sena debruça-se neste ensaio sobre Os Maias, revelando leitura arguta de questões que viriam a inquietar os especialistas no autor.

 

O Hotel Lawrence em Sintra, um dos cenários de Os Maias

 

 

 

(.)

A recente publicação, na Inglaterra e nos Estados Unidos, da tradução inglesa de Os Maias (mais ou menos coincidente com a de uma selecção de narrativas, encabeçada por O Mandarim), começa a abrir a Eça de Queiroz um mundo que sempre o ignorou. Traduções anteriores de obras suas não haviam atingido o grande público, porque não haviam chamado a atenção da crítica que, nos grandes jornais e nas revistas de maior difusão (e também nível), serve de ponte entre esse público interessado na literatura em geral e obras que, até agora, eram apenas saudadas com carinho pelos lusófilos (a quem as traduções obviamente se não destinavam), ou com a mais absurda das incompreensões por parte dos que não eram, no exercício da crítica, lusófilos profissionais e devotados.

A ignorância, nos países de língua inglesa, acerca de Portugal e do Brasil, e da língua portuguesa, é ainda qualquer coisa de monstruoso. Mesmo este «ainda» só acentua uma situação que, nas últimas décadas, e em contraste com o que se passou noutras eras, particularmente se agravou, para só muito recentemente começar a apresentar indícios de mudança favorável. Ao lerem-se algumas das notícias críticas que procuraram ser simpáticas para com a obra-prima de Eça de Queiroz, sente-se a que ponto é implícita, por parte dos reviewers a impressão de que Eça, coitado, tão talentoso e afinal tão merecedor da atenção deles, estava confinado à esquecida língua de um pequeno país decadente do Ocidente europeu… Ou sente-se que, quando esses reviewers conscientemente já não ignoram que o Brasil fala português, e que tal língua não é apenas um a curiosidade histórica e linguística, o subconsciente deles continua a ignorar que a língua portuguesa não só é a de uma das mais antigas e mais ilustres literaturas da Europa, mas também a da única literatura da América Latina que, em termos de continuidade histórico-literária e de nível estético (e às vezes de sincrónica modernidade) merece o nome de «literatura», com uma categoria que não é, ou não deve ser, simplesmente proporcional a impressão de grandeza e de exotismo, que o Brasil causa aos estrangeiros. E mais: esses homens  continuam a ignorar que essa língua falada par milhões, e com a expansão demográfica do Brasil, é já uma das principais línguas do mundo, e esta muito próxima de ser uma das quatro ou cinco mais importantes (como chinês, o russo, o inglês), pelo número das suas populações e pela importância político-econômica dos territórios que a falam.

Claro que, no caso específico de Eça de Queiroz, precisamente um dos escritores mais vivos e populares no mundo de língua portuguesa (e o Brasil, bem mais que Portugal, continua a ser um guloso consumidor dele), seria excessivo exigir de reviewers que ignoram as fronteiras da língua portuguesa que soubessem também da importância que ele teve no mundo de língua espanhola, desde que os homens da célebre Geração de 1898, como Unamuno e Valle Inclán, o consideravam um mestre de estilo e de pensamento. Mas que esses homens que fazem colunas críticas escrevam dele, sem por um momento hesitarem ante a própria ignorância com que o fazem, eis o que é uma prova de que o mundo ainda fechado sobre si mesmo das grandes culturas não é apenas feito de orgulhosa suficiência, mas de muito displicente desonestidade intelectual.

De resto, se escritores como Eça começam a despertar a atenção fora dos pequenos círculos dos que não precisavam de traduções para admirá-los, isso não significa que só puros motivos culturais estéticos enfim predominem sobre a ignorância irresponsável e descarada. Os reviewers, e mais do que eles os directores das revistas e dos jornais que lhes solicitam ou aceitam as críticas, não costumam ser sensíveis a esses motivos, senão quando os outros principais motivos já passaram a segundo plano. É que o mundo de fala portuguesa assumiu subitamente um crucial significado. Por certo que sempre o teve: o Brasil sempre foi, após as primeiras décadas de ter sido descoberto, um dos cobiçados Eldorados da civilização ocidental que tudo tem feito para explorá-lo segundo os seus tradicionais padrões cristãos que remontam, pelo menos, e como é sabido, às Cruzadas. Por isso havia, no modo como a questão era tratada, algo de propaganda comercial, que é uma das almas do negócio, e muitíssimo do segredo empresarial que é não uma mas por excelência a alma do negócio.

Por outras palavras: quando o grande público de língua inglesa ignorava completo que a capital do Brasil não era Buenos Aires (porque evidentemente não podia ser Cidade do México), nem a de Portugal era Madrid, os grandes interesses da Inglaterra ou dos Estados Unidos não ignoravam esses factos e mesmo muitos outros que somos nós a ignorar. É costume dizer-se que os povos felizes não têm História. Mas os povos infelizes são na verdade quem não tem História, a partir da ocasião em que as grandes potências cuidadosamente os isolam fora do curso internacional e universal de acontecimentos com que a História é feita for elas e para elas. No caso português, resta a consolação, se o é, de que os portugueses, em tempos idos, fizeram a mesma coisa a muita gente: foram talvez mesmo a primeira nação moderna fazê-lo. Já o caso brasileiro é diferente, e assemelha-se hoje, no interesse internacional, um pouco ao de que Portugal desfrutou no tempo em que os manos Pedro e Miguel simbolizaram, mais que duas concepções do poder político, duas oligarquias que, por si mesmas e pelos interesses de grupos internacionais se defrontam numa série alternada de golpes de Estado, que culminaram numa guerra civil.

Se hoje se traduz para inglês relativamente tanto mais da língua portuguesa, e tanto se escreve sobre o Brasil, sobre a África portuguesa, e mesmo – como se tem visto em revistas de grande circulação, que só se ocupam de «grandes coisas» – de territórios tão ínfimos e tão invisíveis no mapa dos negócios silenciosos como Macau ou Timor, não é evidentemente pelo prestígio enfim indiscutido dos Gamas e dos Albuquerques, nem do génio enfim desconhecido dos Camões, dos Eças e dos Machados de Assis, mas porque aquele prestígio e aquele génio são emanações de mundos que, saídos do silêncio e da sombra, possuem vozes às vezes incomodas que por um lado, há que compreender, enquanto, por outro, há que transferir às regiões pacíficas da pura criação literária ou da pura história antiga. Eça de Queiroz perdeu, morto há mais de meio século, o tom incómodo que, sob o sorriso irónico, foi sempre o seu (ou perdeu, para quem não lê não traduz as duras e proféticas verdades que ele escrevia nos seus artigos e crónicas…). Chegou o tempo de por conta de, por conta de problemas que aliás o ocuparam, atentar nas obras romanescas cuja imortalidade parece ser unicamente a de saborosa sátira a uma sociedade revoluta (que, por sua vez, torna mais revoluta por comparação, a sociedade actual que decorreu dela).

E aqui entra uma das questões primaciais das traduções de Eça. É muito interessante observar que, desde sempre, a crítica de língua inglesa (e ignorante de português) tem dito que ele é um Dickens menor. Isto envolve um preconceito, uma leviandade, e um sintoma. O preconceito é muito claro. Para esses críticos, qualquer escritor de língua não-inglesa é sempre «menor» em relação ao termo nacional de comparação, a menos que, como acontece muitas vezes, seja alemão, francês, italiano ou russo, e dele escrevam homens que são especialistas das respectivas literaturas, mas o não são da de sua própria língua inglesa. A leviandade é menos clara: a ignorância das literaturas estrangeiras, na grande massa dos críticos e professores de inglês, é astronómica, e, ao falarem de alguém, escolhem como ponto de referência um padrão de época, que lhes pareça mais equivalente. Nesta «equivalência» está, porém, o sintoma de que falamos. Nada há, no estilo em sentido estrito, ou no sentido lato de estrutura dos romances e contos, ou na criação de personagens, de comum entre Eça e Dickens. Ambos por certo são irmãos na imaginação satírica. Mas não o são mais do que qualquer outro satírico de qualquer outra época e lugar o será de qualquer deles. Os críticos de língua portuguesa que comparam Eça a Dickens nunca evidentemente leram Dickens a sério (ao contrário do próprio Eça que o leu). Os de língua inglesa que fazem a mesma comparação nunca leram senão o Eça traduzido, mas têm, por isso mesmo, razões concretas para compará-los, porque são enganados pelas traduções que lêem dele.

De um modo geral, quem se ocupa de traduzir é tradutor profissional (o que pode ser uma forma de amadorismo como qualquer outra, ao sabor das oportunidades e das circunstâncias), ou é uma alma bem intencionada que deseja impor aos seus compatriotas um autor que às vezes não admira, mas sempre ouviu dizer que é admirável. Para tal, a alma bem intencionada procura não apenas traduzir a obra, mas – o que é muito característico da mentalidade exclusivista que ainda domina (em contraste como cada vez maior universalismo que domina as relações mundiais) as grandes culturas ocidentais – «traduzir» o autor. Na sua amorável ingenuidade, o tradutor bem intencionado não traduz, adapta, mesmo quando a tradução é honestamente literal. Como assim? Esse tradutor, com efeito, vai ao arsenal de estilos que aprendeu a conhecer na escola ou na cultura literária, e escolhe aquele que lhe parece equivalente, de maneira a que, por uma porta já conhecida, o seu traduzido penetre nos grandes umbrais da glória da língua para que o traduzem. E o resultado é que um Eça, em lugar de entrar vestido de ele mesmo, entra «fardado de clarinete» como ele uma vez disse do Fialho de Almeida e de um colete com botões metálicos. É óbvio que o crítico anglo-saxónico ao ver o Eça entrar, e como o não conhece pessoalmente, reconhece logo a farda que lhe vestiram (e que ele também a aprendeu na escola), e exclama: – Ah, ora aqui temos nós mais um simpático Dickens menor!

Isto que a alma tradutória bem intencionada provoca, na melhor das intenções de tornar «acessível» um estrangeiro, o tradutor profissional faz por desonestidade e por facilidade. Para que há-de ele ter o trabalho de procurar autênticos equivalentes de um estilo diverso e, às vezes, sem paralelo na literatura de sua língua (como é o caso de Eça que, na língua inglesa, só tem equivalentes, mas muito mais inferiores, de semelhante transparência irônica em Aldous Huxley ou Lytton Strackey), se ele pode arrancar no arsenal dos estilos já prontos e acabados uma casaca de aluguer? O que é particularmente grave para um Eça de Queiroz.

Nada há neste mundo que seja intraduzível: o que é muito difícil é ter-se, dá própria língua para que a tradução é feita, um agudo sentido estético e renovador, como Eça de Queiroz teve da sua em nível de alta cultura. O tradutor tende a usar de clichés linguísticos e estilísticos, e não a introduzir na sua própria língua as correntes de ar novo ou as peculiaridades de um grande estilo literário. No inglês, nem todos os tradutores se chamam Arthur Waley, por exemplo, cujas traduções japonesas são clássicos contemporâneos da língua inglesa. Ora, se os romances de Eça, e mais que todos Os Maias, são estruturas extremamente cuidadas, em que nenhuma palavra, nenhuma expressão, nenhuma cadência de frase, nenhuma mutação de ritmo narrativo existe por acaso ou para um efeito momentâneo, mas como peça de uma minuciosamente articulada estrutura estética, que acontecerá então a esta estrutura se tais refinamentos são reduzidos a clichés? Acontece que, na aparência, a estrutura se desfaz, não porque não seja sólida, mas porque sobre a sua nudez forte de verdadeiro estilo tomba um muito pouco diáfano véu de dickensiana fantasia; e ela parece, aos desatentos, apenas uma graciosa e talentosa incongruência de um Dickens menor, quando tomara o próprio Dickens, com toda a sua genialidade (e como que hoje a crítica lhe reconhece, como não reconhecia, de estruturalidade), ter tido o sentido estrutural do que o estilo seja que Eça de Queiroz teve como raros romancistas deste mundo.

Uma obra como Os Maias, a mais ambiciosa e realizada que Eça escreveu, é uma pedra de toque. É uma construção estética que só deixa ao Destino o que é dele como elemento perturbador da vida em sociedade (porque Eça não tinha uma concepção romântica da vida, nem uma concepção determinista ou fisiológica dela, como a de Zola, mas uma visão social que Proudhon e Taine lhe haviam transmitido, aliás sem exclusividade). As suas figuras não são uma oposição simplista entre personagens «ideais» e «grotescas», à maneira de Dickens, nem «tipos» abstractos (à maneira da tradição medieval, ou da concepcção renascentista e maneirista dos «caracteres» e dos «humores», que, esta última, tão longamente persistiu no romance do século XVIII). São, sim, para lá da sua realidade, figuras simbólicas de classes, de grupos, de ambientes sociais, vistas de um ângulo que as não satiriza por humanitarismo apolítico (como sucedeu no realismo que, depois dos meados do século XIX, sobrou dos extintos e vencidos libertarismos românticos), que e a orientação de Dickens, e, sim, por consciência política (ainda que o pensamento reformista de Eça, em Os Maias, tenda para uma magoada e desiludida resignação que, no entanto, não trai as suas origens revolucionárias), faz por destacar nelas o mecanicismo automático a que uma decadência social as reduziu como gente (do mesmo passo que as torna, assim, simbólicas disso mesmo). Na subtileza com que as motivações psicológicas das personagens são induzidas do comportamento e da falsa ideia que elas têm de si próprias, como na sólida visão de um mundo peculiar como parte de toda uma sociedade europeia em decomposição (porque traiu o seu liberalismo e o seu democratismo, que haviam sido as suas razoes de ser), Os Maias são uma obra exemplar daquela «redução» mecanicista – e precisamente esta sua excelsa qualidade tem feito que muita crítica, não entendendo a intencionalidade da criação, acuse Eça de ser esquemático e simplificador com as suas personagens, quando esquemáticas e simplificadas são elas mesmas como mundo social da época, e não o criador delas. No sentimento de que a tragédia, no mais alto sentido técnico do termo, não é, todavia, apanágio de figuras históricas e lendárias, nem necessita de que as personagens sejam monstros românticos, mas sim de criaturas que uma sociedade tenha tornado míticas (e a mitificação dos Maias, como família simbólica, e uma actividade de todas as personagens do romance), está a contrapartida significativa e profunda daquele mecanicismo que devora a psicologia e a complexidade aparente de pessoas que, porém, conservam impulsos espontâneos e sentimentos profundos. Por tudo isto, e mais, Os Maias são, por certo, uma das maiores obras-primas do romance universal em certa fase da sua história. E pode dizer-se que, em riqueza de pormenorização, em amplidão social, em vigor imaginativo, e nessa visão de que a maior tragédia pode coexistir com ou esconder-se atrás da banalidade e do ridículo, é mesmo superior às duas únicas obras que podem, no mesmo ciclo do naturalismo superando-se a si próprio, comparar-se-lhe: I Malavoglia, de Giovanni Verga (que a maior parte das pessoas não sabe que conhece pelo canto Cavalleria Rusticana que Mascagni musicou), e Die Buddenbrook, de Thomas Mann.

Um dia virá em que o mundo reconhecerá como assim é e como não houve outro escritor da segunda metade do século XIX (e aquele primeiro dos grandes romances de Thomas Mann foi publicado exactamente quando Eça morria, com apenas cinquenta e cinco anos), senão Eça de Queiroz, que tivesse levado as últimas consequências (porque tinha uma compreensão político-social que ao seu mestre, e de todos, faltou) o realismo esteticista de Flaubert. E precisamente com Os Maias que não são Les Rougon-Macquart comprimidos numa obra só, mas algo que Zola, apesar de tão maior do que muita crítica lhe concede, não foi capaz de criar em nenhum dos seus grandes romances: uma obra que fosse simultaneamente uma tragédia grega, uma epopeia, uma novela picaresca, um poema satírico, um romance realista, o documento de uma época e, acima de tudo, uma obra de arte em si mesma, em que cada cadência de frase acorda harmónicos em toda a obra e ressoa do sentido global dela.

Para aqueles que ainda falam do carácter folhetinesco da trama que constitui o núcleo estrutural do romance todo, qual seja o incesto dos dois irmãos, lembre-se que esse carácter nunca foi óbice à grandeza de um romance. Sem dúvida que Wuthering Heights, de Emily Brontë, ou Os Irmãos Karamazov, dois dos maiores romances que já se escreveram, seriam por esse critério – como todo o Dickens – geniais folhetins. Mas o crítico da Saturday Review (número de 18-2-65), um dos mais incompreensivos e ignorantes (ao contrário do de The New York Times), percebeu (e sem ter lido bem o romance, pois que fala de adultério…) a que ponto esse incesto, considerado folhetinesco e inverossímil, de Carlos e de Maria Eduarda, é «a brutal metáfora da carne confundida consigo mesma», que viria a ser – ele não o diz – um dos leitmotiv de Thomas Mann. E poderia ter dito que é também a chave de toda a post-naturalista ocidental, na medida em que retrata um mundo que não sabe sair de si mesmo. Esse crítico, porém, não sabia – como ninguém sabe – que esse acidente inverossímil para que toda a construção de Os Maias converge, Eça não o inventou. Ele apenas elevou a símbolo um facto inerente à história íntima dos seus protótipos, e cuja memoria é o que provavelmente pesa como uma maldição sobre a demasiado familiar Tragédia da Rua das Flores.

Até nisto a vida deu a Eça de Queiroz – como só dá aos grandes – com que compreendê-la nos seus arcanos mais terríficos e arquetípicos. E que isto é a verdade está em que um crítico desatento, mas desprevenido, lendo, e mal, uma dickensiana tradução de Os Maias, pode sentir que estava perante uma das obras magnas do século XIX.

Os Maias são-no, de facto. Mas, na literatura de língua portuguesa, são a única obra de arte que, pela grandeza da concepção e pelo primor da criação, pode aspirar ao status de Os Lusíadas. Que isto não assarapante ninguém, até porque na epopeia de Camões também há incestos, ou quase (e muito piores). Já um crítico uma vez disse que, se Homero tivesse vivido no século XIX, teria escrito a Madame Bovary. Nesta ordem de ideias, no Portugal da segunda metade desse século, teria sem dúvida escrito Os Maias. Da obra- prima de George Eliot, Middlemarch, afirmou David Cecil que havia sido o que, na Inglaterra do tempo se pudera arranjar de Guerra e Paz. Reflictamos que o romance de Eça é muito superior a um livro tão excepcional como aquela obra da autora de O Moinho à Beira do Rio e registemos a circunstância de que o Portugal de Eça não foi, no mundo, tão importante como a Inglaterra da rainha Vitória, embora nenhum dos vitorianos tenha tido do mundo uma visão tão vasta e tão pouco provinciana como o Eça teve.

 

Madison, Wisconsin, USA, 13 de Janeiro de 1966. 168

 

 

 Este texto “foi primeiro publicado no Diário de Notícias, de 13-1-66 e depois no suplemento literário de O Estado de São Paulo, de 19-3-66. Foi objecto de controvérsia que pode ser encontrada no Diário de Notícias de 17-3-66 e 28-7-66″. In: Estudos de Literatura Portuguesa I, Lisboa, Ed. 70,  2 ed.,  2001, p. 161-168

Um video-graffiti inspirado em JS (Letter to my children / Graffiti by Banksy)

Publicado no Youtube em 7 de março de 2014, o video Letter to my children, produzido pelo Cine Povero, traz-nos excertos do poema “Carta a Meus filhos sobre os fuzilamentos de Goya” (na tradução de Richard Zenith) entrelaçados com os graffiti de Banksy sobre um fundo de música eletrônica. Trabalho inovador excepcional, que bem comprova a atualidade de Sena e a potencialidade de sua obra em aceitar releituras criativas que se valem dos mais recentes recursos audiovisuais.

 

Posted on Youtube on March 7, 2014, the video “Letter to My Children”, produced by Cine Povero, brings us excerpts from the poem “Carta a meus filhos sobre os fuzilamentos de Goya” (on the translation of Richard Zenith) intertwined with Banksy graffiti over a background electronic music. Outstanding innovative work that well proves the actuality of Sena and the potentiality of his work in accepting creative reinterpretations that make use of the latest audiovisual resources. 

 

Jorge de Sena (1919-1978) was a Portuguese poet, novelist and professor at the University of California, Santa Barbara.
Banksy (born in 1974) is a pseudonymous England-based graffiti artist, political activist, and painter. He is often considered as the most famous graffiti practitioner in the world.
Music by Diagram of Suburban Chaos (pseudonym of William Collin Snavely, a composer of electronic music). Around seventy percent of the audio was made of his OST for “Black day to freedom” by Rob Chiu.

 

 

El gran secreto*

Vária vezes focalizado em perspectiva crítica, o conto “O Grande Segredo”, de Antigas e novas andanças do demônio, continua a intrigar e desafiar seus leitores. Aqui o trazemos novamente, agora traduzido para o castelhano por Mario Rodriguez**, como estímulo a novas leituras e reflexões. Ao tradutor, nossos agradecimentos pela gentil autorização.  

 

santa_teresa_de_avila

 

Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía…

“Cántico Espiritual” Juan de la Cruz

 

Cerró la puerta de la celda tras de sí y permaneció parada, recostada en la puerta, sintiendo la madera dura en la nuca, a través del velo. La luz de la lamparilla, en el oratorio, temblaba lenta, a veces crepitante, e irradiaba una claridad en la que ella reconocía, más que veía, la mesa junto a la ventana, en que estaban los libros, y el reclinatorio, y el catre de tablas, y las losas carcomidas. Sabía perfectamente lo que le esperaba. Había sentido con nitidez, al levantarse de la cena, y después, en la iglesia, durante las oraciones, que una vez más iba a sufrir la visita… Como el cuerpo se rehusaba a despegarse de la puerta, para quedar desamparado en la celda, así también, mentalmente, las palabras se rehusaban a nombrar el horror que le esperaba. Temblaba: la piel, como la memoria, se retraía en un palpitar ansioso del que las manos se levantaban en un gesto de repudio. Era superior a sus fuerzas todo aquello; no soportaba más. Quería gritar pidiendo socorro, revolcarse en el suelo, huir por los corredores y por el campo. Todo sería preferible. Mil veces ser asaltada por mendigos y leprosos, mil veces ser violada brutalmente por soldados y bandidos, mil veces ser vendida como esclava. Mil veces la repetición de todo eso que, en su anterior vida, había conocido. Mil veces vivir la desgracia que esa vida había sido, antes de que, como un refugio al fin conseguido a costa de tanta miseria, se abrieran ante ella, y se cerraran sobre ella, las puertas del monasterio. Cuando, al fin, había entrado en él, también como ahora, se había recostado en la puerta, no despidiéndose del mundo, sino sintiendo que todo había quedado allá afuera y que ella renacería, tendría finalmente la resurrección de su vida, a la que el peso de una piedra inmensa, que era su destino, no le permitía surgir ni caminar. Pero, allí dentro y dentro de la resurrección, le esperaba el horror innombrable de ser elegida, de ser visitada, de ser amada más de lo que es posible. Movió de un lado para el otro la cabeza. No. No. Por piedad, no. Los dolores espantosos que había sufrido al ser poseída con violencia por un monstruo de dimensiones increíbles no eran nada comparables con lo que, en estos momentos, sucedía en su espíritu. Y, sin embargo, la semejanza era mucha, era tanta, era demasiada. Cuando el resplandor comenzó a surgir entre la ventana y el oratorio, cerró los ojos, se deslizó por la puerta, agarró el rosario y pasó las cuentas, que le huyeron. No era una tentación lo que repelía de ese modo; sino era, como bien sabía, un esfuerzo para que el cielo se contentara con las relaciones espirituales de una oración. No obstante, todo en su cuerpo afligido le afirmaba que sería inútil. El resplandor aumentó, como siempre, y, como siempre, aun con los ojos cerrados, ella veía el perfume de la inmensidad luminosa que suprimía las paredes de la celda y la envolvía en una ternura tibia que le dolía en la médula de los huesos. También la música, muy suave, le dolía así; y, sin embargo, esa música que, sin oír, sentía, no se mezclaba con la claridad, era más bien un acompañamiento, un fondo sobre el que la luz se hacía más abierta e inmensa. No tardarían las voces que le apretarían todos los rincones del cuerpo, como tenazas ardientes, o como labios, ventosas, lenguas. En un esfuerzo doloroso, abrió los ojos. La claridad colmaba toda la celda, y el catre, el oratorio, los libros, el reclinatorio, la mesa, las losas, las puertas de la ventana, la propia lamparilla, todo fluctuaba en una ondulación cadenciosa, en un torbellino sin peso, y navegaba como con velas infladas, y estelas resplandecientes susurraban desde todas las cosas como a lo largo del casco de un navío. Ahora eran el hábito y el velo, el cilicio que traía en la cintura, y el rosario que despacito levantaban vuelo y entraban en la suave zarabanda. La brutalidad sofocante y dilacerante la penetraba ahora, mientras que el desfallecimiento le trituraba las vísceras y los huesos. Todo en ella se abría y despedazaba, eran millares de agujas que la picaban, cuchillos que la rasgaban, columnas que la colmaban, cataratas que la ahogaban, llamas que ardían sobre aguas luminosas, cantantes, y se posaban como fuegos fatuos por su cuerpo. Crispándose en una última negativa, pero, al mismo tiempo, cediendo para que aquello acabara, se inundó de un ardor cristalino, que se desvanecía en sus entrañas, allá donde la Presencia, colmándola, martillaba los límites disueltos de la carne. La luz alcanzó un brillo insoportable, la música retumbaba todo, se sintió viscosamente bañada de clamores y llamadas que la mordían… Y, en las tinieblas y en el silencio súbitos, sintió, en la espalda, en la nuca y en las piernas, la dureza violenta y fría de las losas en que, del aire, había caído. Abrió los ojos en la oscuridad. El cuerpo adolorido y descompuesto, el frío y la lamparilla que ardía temblorosa, le recordaron que había entrado en la celda; pero, con vehemencia, horror, rebelde humildad, no recordó nada más. Permaneció tendida, saboreando una incomodidad que era exhausto reposo. Y comenzó a oír el murmullo de los rezos, la voz de la madre abadesa, susurros que se destacaban y reconocía. Leves golpes sonaron en la puerta, el cerrojo saltó, y la madre y otras dos entraron recortadas en el resplandor difuso que venía del corredor, donde los rezos continuaban. Les vio los hábitos junto al rostro y los dobleces subían desapareciendo en lo oscuro. Habían venido, como siempre, a escuchar, celosas de los favores que en ella se acumulaban, apiadadas del sufrimiento que le caía en suerte, atraídas y atemorizadas, rezando para ayudarla y también para participar de aquel resplandor sonoro que se desbordaba por las hendiduras de la puerta. Cuando así se inclinaban hacia ella y la levantaban, y cariñosamente la acostaban en el catre, y permanecían de rodillas, llenando la celda y el corredor, rezando con ella, no imaginarían la vergüenza inmensa que la torturaba, por momentos diferente, por momentos igual a la que había sentido cuando el emir, en medio de la tienda, había mandado que la desvistieran y que los soldados, uno tras otro, la poseyeran en público. Ella se había rehusado a hacer parte, como primera esposa, del harén, y él, que la estimaba y prefería, y la había comprado a los piratas y la había traído con extrema delicadeza, había mandado que los eunucos la extendieran en el diván y la sujetaran. Acostada en el catre, con los ojos cerrados, borró de su memoria todos los recuerdos. Sentía que descendía lentamente en un pozo sombrío y húmedo, sin fondo. La presencia de ellas y sus voces nada podían contra la soledad y el silencio. Era este el momento que, al final, más temía. Era en estos momentos que, bien lo sabía, ella consentía la próxima visita, cedía anticipadamente al llamado y a la luz, cuando vinieran. Al día siguiente, en la madrugada, después de un sueño pétreo, todo habría pasado. Las otras hermanas se cruzarían con ella, saludándola con deferencia, intercambiando o intentando intercambiar una mirada conmovida, una sonrisa amable. La abadesa la llamaría para conversar de cosas corrientes, de noticias de los ejércitos y de los parientes, de los combates en Jerusalén y del Santo Sepulcro. Y súbitamente, en la celda, en el claustro, en el jardín, en la bodega, cuando estuviera sola, mañana mismo, dentro de un mes, de día o de noche, todo se repetiría y recomenzaría. Es verdad que, por más que hiciera, había ocasiones en que se alejaban de ella las demás, la dejaban sola, como para propiciarle la repetición de acontecimientos que eran la honra del convento. Y grandes señores o pobres mendigos venían para intentar verla, a través de las rejas del coro, o pedían que ella los tocara. La abadesa la arrastraría, con los ojos cerrados, tomaría su mano, que deslizaría por las rejas, y ella sentiría que lloraban sobre esta y que se la babeaban de besos. La propia abadesa, al traerla en silencio de vuelta al claustro, le limpiaría la mano. Recogió sobre su seno la mano que colgaba hacia afuera del catre y que ahora le besaban. Suspiró. Dentro de los ojos cerrados, vio el crucifijo que había en la iglesia de su tierra natal, allá lejos, hace tanto tiempo, en los confines de Europa. Fue una sorpresa singular que la recorrió trémula de la cabeza a los pies. Nunca más lo había vuelto a ver, ni lo había recordado sin verlo de nuevo, ni siquiera en su espíritu había pasado el recuerdo, no reconocido, de acordarse de él. La imagen le sonreía, y entonces ella, niña que miraba alrededor para verificar que estaba sola, había alzado la mano hacia el cendal que lo ceñía y había intentado levantarlo para espiar. Porque él no podía dejar de ser como los otros hombres. Pero el cendal, que parecía de una seda muy fina y leve, estaba esculpido en la madera, y ella había bajado con tristeza la mano, sintiendo que la curiosidad le había sido castigada. Abrió los ojos y vio que estaba sola. Una paz, una tranquilidad, una saciedad que no estaba en ella, sino en el aire que la rodeaba, le desanudaba las últimas crispaciones del cuerpo magullado. Todavía, aunque muy distantes, sentía dolores dispersos o localizados donde la violencia había sido mayor. Pero el bienestar era enorme y le contrajo los labios en una sonrisa. El gran secreto, ahora sabía el gran secreto. Y se quedó dormida. El resplandor comenzó de nuevo a llenar la celda, pero no aumentó más, ni resonaba. Antes bien, permaneció en torno de ella como un dosel, como una atenta y vigilante ternura que, inclinada sobre ella, la contemplara, tan adolorida y estrujada, respirar tranquila.

 Araraquara, 2 de septiembre de 1961.

 

[*] In: De la otra orilla del Atlántico – Portugal en la FILBO 2013 – Antología, p. 94-99

[**] Mario René Rodríguez Torres possui graduação em “Estudios Literarios” pela Universidad Nacional de Colombia (2004) e mestrado em Letras (Teoria Literária e Literatura Comparada) pela Universidade de São Paulo (2009). Atualmente é aluno de doutorado no programa de Ciência da Literatura na Universidade Federal do Rio de Janeiro. Em 2011 ganhou o prêmio de “Traducción al español de obras de lingüística, estudios literarios y estudios de patrimonio” do Ministerio de Cultura de Colombia – Instituto Caro y Cuervo, graças ao qual publicou a tradução do livro Las formas de lo falso de Walnice Nogueira Galvão. Também colaborou como tradutor na antologia de literatura portuguesa De la Otra Orilla del Atlantico. Recentemente trabalhou na tradução de uma antologia de poesia e prosa de Jorge de Sena, que se encontra no prelo.

 

 

Poemas de Natal – III

Dos 15 poemas de Natal assinados por Jorge de Sena, ainda nos faltava a transcrição de quatro — que agora aqui oferecemos aos leitores. Dentre estes, está o primeiro de todos, escrito em 1938 pelo jovem Sena, meses depois de excluído da Armada. O de 1943, descortina um cenário de guerra. Em 1965, há duas versões de um texto, com a mesma data, e uma delas explicitamente endereçada ao poeta Sidónio Muralha,  companheiro de exílios. O de 1971, reiteradamente interrogativo, explicita contradições e impasses entre o que seria a essencial mensagem natalina  e o “mundo todo bombas” em que se vive, particularmente em tempos de guerra colonial portuguesa. Sem dúvida, a melancolia e as inquietações expressas nestes versos continuam a fazer todo sentido hoje.  

 

António Santos-Natal_73
Cartão de boas-festas da guerra colonial portuguesa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Natal de 1971

Natal de quê? De quem?
Daqueles que o não têm?
Dos que não são cristãos?
Ou de quem traz às costas
as cinzas de milhões?
Natal de paz agora
nesta terra de sangue?
Natal de liberdade
num mundo de oprimidos?
Natal de uma Justiça
roubada sempre a todos?
Natal de ser-se igual
em ser-se concebido.
em de um ventre nascer-se,
em por de amor sofrer-se.
em de morte morrer-se,
e de ser-se esquecido?
Natal de caridade,
quando a fome ainda mata?
Natal de qual esperança
num mundo todo bombas?
Natal de honesta fé.
com gente que é traição,
vil ódio, mesquinhez,
e até Natal de amor?
Natal de quê? De quem?
Daqueles que o não têm.
ou dos que olhando ao longe
sonham de humana vida
um mundo que não há?
Ou dos que se torturam
e torturados são
na crença de que os homens
devem estender-se a mão?

Novembro 71

 

Natal  1965 (a)

(Cartão de Boas-Festas a Sidónio Muralha)

«Quando São Paulo só tinha
quatro milhões de habitantes»
este mundo em que vivemos
não era melhor do que antes.
E muito menos São Paulo:
nenhum de nós lá vivera.
nenhum de nós lá escrevera,
nem nossos filhos havia
com que São Paulo aumentasse.

 

E nestas neves que tombam
exactamente na véspera
do Natal, por propaganda,
fico à espera dum livro
que de São Paulo me manda
a tua camaradagem.

 

Dos trópicos ao Wisconsin
não é uma longa viagem
se poetas portugueses
dos que andam pelo mundo
conservam preso no fundo
um Portugal que não há
nem nunca ainda haverá
neste mundo em que vivemos,
e de que sempre podemos
cantar São Paulo ou a lua.
Venha pois poesia tua,
apaixonada ou serena,
que gratamente a recebo
«ex corde»

 Jorge de Sena.

24/12/1965

 

(b) (Versão original )

Quando São Paulo só tinha
4 milhões de habitantes
este mundo em que vivíamos
não era melhor do que antes.
E muito menos São Paulo:
Nenhum de nós lá vivia,
nenhum de nós lá escrevia,
nem filhos nossos havia
com que São Paulo aumentasse.
E nestes neves que tombam
exactamente na véspera
de Natal, por propaganda,
fico à espera dum livro
que de São Paulo me manda
a tua camaradagem.
Dos trópicos ao Wisconsin
não é uma longa viagem,
se dois poetas portugas
dos que andam pelo mundo
conservam preso no fundo
um Portugal vivo que pode
mesmo cantar de São Paulo
que tinha por habitantes
não quatro milhões, mas quatro
brasucas de Portugal.

24/12/1965

 

Natal – 43

Nos aviões que o mar imenso cruzam,
para que as ondas desçam das alturas
à terra em que se espraiam, ninguém vai.
Quais pássaros, se os move o coração,
ficou na primavera a esperança do regresso.
Descem com a noite, pousam no arvoredo,
e, afinal, mais longe é que pousaram…

 

Não há já folhas secas, este ano;
o vento frio leva papéis velhos
sobre a terra húmida… E as ervas
encurvam-se, e levantam-se manchadas
de alguma tinta: como a humanidade.
Em toda a parte, os mortos se demoram,
os feridos se recordam… Será sangue, então.

 

“Há dois mil anos…” – dizem várias vozes,
e várias letras, várias forças de hábito.
No entanto, quem nasceu foi um segredo,
um querer encher de nomes uma ausência
e de confiança as mães que nos embalam.
…  …  …  …  …  …  …  …  …  …  …  …  …

Crianças se sumiram no incêndio…
Que rósea aurora as ressuscitará?

27/12/43

 

NATAL

Fim… Não se sabe donde sopra o vento…
As terras e o mar olham com espanto
a extensão afogada em desencanto,
em falsa verdade, em legal tormento.

 

Houve, dizem, em tempos um momento…,
Deves saber, de sacrifício santo…
se houve… nós fizemos do teu manto
o inverno deste nosso pensamento.

 

Sim… Procura ter dentro da bondade
um sentimento de oportunidade
e vê na lama… a cor azul que é linda…

 

E vê que nunca a noite foi tamanha…,
nem houve tantos, em torno da montanha,
olhando o céu, esperando a tua vinda…

24/12/38

 

Há 50 anos: poemas de 1963

Os poemas que transcrevemos a seguir pertencem ao mesmo livro – Arte de Música – e têm ainda em comum a inspiração musical germânica de que traçam uma espécie de histórico, embora tenham sido escritos fora de uma ordem, digamos, cronológica: do romântico alemão (que inspira o poema escrito a 8 de abril de 1963) passamos ao barroco compositor do Sacro Império Romano-Germânico (poema de 04/05), seguido do moderno maestro austro-húngaro da virada do século XIX para o XX (08/05, e portanto na mesma semana do poema anterior), e, por fim, do clássico vienense do século XVIII (12/11).   
Acompanhados pela música de Brahms, Bach, Mahler e Haydn, vale reler estes poemas cinquentenários de Sena.

 

 

http://youtu.be/o3a4v1TWUNo

Oitava, ouvindo a primeira sinfonia de Brahms

 

Da música ao sentido, que palavra
preenche o vácuo de silêncio entre este
fluir contínuo de timbrados ritmos
e o que desperta em nós de não sonhada vida?
E que palavra traz consigo o som
do que ela mesma evoca em nós: imagem
de uma ideia, cor de uma lembrança.
perfume de um desejo, forma de um conceito?

 

Esta que ouço orquestralmente ansiosa.
o que me diz? De que soluços seus
eu posso, com palavras ou sem elas,
humedecê-la do que sinto ou sofro?
E que soluços são palavras que
flutuem ténues neste rio fluido
dentro de mim, sonhando que sonhei
da vida que não tenho ou que já tive?

 

Dulcíssima harmonia, sopro e gesto,
ouvida sem ser vista, e pressentida
no imprevisto da sequência firme
de um cálculo de pausas e de alturas:
o mundo sem palavras, movimento imóvel,
frase destituída de sentido.
É isto a Vida: algo que se ouviu
num timbre momentâneo e sobreposto

 

ao vácuo entre as palavras, para além
do som ou do sentido. Ó triunfal
dormência da verdade! Ó suspensão
de todas as certezas! Ó fervor
tranquilo, infrene, ardentemente frio!
Ó trégua, ó paz, vitória sem vencidos!
Eu te saúdo como noite eterna
onde por sons se escreve que existimos.

 8/4/1963

 

Concerto “Brandenburguês” n.º 1, em Fá maior*, de J. S. Bach

(*) Por lapso Sena indicou “Fá menor” no ms. e nas primeiras edições.

 

I

Como se modulando neste espaço-tempo
que se desenha espaço em mero som contínuo
de um tempo trespassado,
a fina imarcescível
dor
é timbre e andamento,
e proporção de altura
a desdobrar-se na serena angústia
de um nada preenchido.

 

Intensamente.
Quietação.
Vácuo.
Tudo.

 

II

Canta o impossível.
Que voz humana
sustentaria
esta pressa alegre
ou a tensão suspensa
do lento sonho?

 

III

Madeiras, cordas, gestos, sopros. tudo
avança imóvel, sem parar, quieto,
a passo irresistível.

Não há que os contenha
senão o inaudível.

 

IV

Neste silêncio, que ficou, flutua?
O quê?
Nós?
Como tão pouco restaria?

4/5/1963

 

 

 

«Das Lied Von Der Erde», De Mahler

 

São versos de poeta* chinês. Depois de sabermos
Isto, é fácil percebermos o exotismo
da orquestração estranha e convencional da
China coada em salas de concerto da Germânia
em que os Siegfrieds, as Brunhildas, as Isoldas.
os Parsifais, e tutti quanti, espreitam dos veludos
vermelhos e coçados de Bayreuth. Mas
por entre os timbres ricamente escritos
uma voz humana, em que o sexo alterna,
ergue de agudos a clara esperança
de que: a dor e a morte sejam alegria,
E tudo isso um pouco uivante e repetido,
mesmo alongado em gesto de só rttmo e orquestra,
é tão mais que Chinas e Germânias de concerto,
é tanto mais que a própria voz de compromisso
entre ópera e lied, galantemente soluçando
mágoas, piririri, tararara,
que a voz, os versos (traduzidos), a orquestra
se fundem neste dia de tão claro céu
em que os não ouço já.
Das Lied von der Erde – será da terra que isto canta, ou canta
do que não somos terra? Eu creio que
…para que crer ouvindo este sonhar da vida?

8/5/1963

 

 «Andante Con Variazioni, em Fá menor, de Haydn
Firmemente suave e docemente atenta vai seguindo em variações serenas
até que ao fim exclama resumidamente a mesma doçura
tenuemente harpejada que ao princípio dissera
como esta vida é urna simples coisa tão subtilmente amarga
que só variando em torno de perdê-la a toleramos toda.
Neste suspenso e continuado recordar sempre diverso
que nunca na memória se repete, mas recorre
mais vago ou mais nítido conforme
o vento passa, a luz se apaga, as vozes se entrecruzam.
e um gesto se desdobra em mil volutas que não foram
sequer as mesmas que o tão vulgar nunca chegou a ser,
trila, remia, reexpõe, repete,
e vai seguindo pensativa, sem pensar em nada
porque pensar, em música, seria mentir tranquilamente
à sucessão de que é possível transitar de uma ideia
ao ponto concordado na memória imaginada da frase que
só de si tira tudo o que será tirado dela.
Como é terrível ser-se tão sereno assim,
perante todos os passíveis que nos não dá a vida,
mas a música dá. Como dói esta imensamente delicada e tão viril
tranquilidade mais do que inumana. Como ultrapassa tudo
este meditar de sons e sentimento, que finíssimo
penetra onde lá nada tem sentido mas uma existência
que num silêncio termina após o acabar-se.

12/11/1963

 

[*] No ms, como na ed. original, onde está cortado pelo Autor, estava um poeta.

 

 

Hispanismos – arquipélago de glórias e vaidades no mar-oceano da ignorância universal

Ao ser lido em Toronto, agosto de 1977, este texto “provocou algum escândalo, sobretudo entre os hispanistas não espanhóis, alguns dos quais saíram mesmo da sala. A reacção dos espanhóis, foi, contudo imensamente positiva e apoiante mesmo em certos casos.” Escrito originalmente em castelhano (assim figura nas Actas do Congresso, editadas em 1980), aqui o transcrevemos em português, supondo ser Mécia de Sena a tradutora.

 

 

Quando recebi da Comissão Directiva e dos organizadores deste Congresso, o convite para falar numa das sessões plenárias desta reunião internacional dos mais importantes Hispanistas, senti-me ao mesmo tempo comovido e eufórico, assustado e desconfiado. O caso é que não sou um dos patriarcas internacionais na política do hispanismo e outros campos afins a triunfos académicos; e também não sou um daqueles escritores a quem os hispanistas – no sentido mais restrito e usual da palavra – se supõe que leiam ainda que seja geralmente parte do seu Credo de Niceia não olhar sequer para uma página escrita em português. E a minha obra crítica, ainda que subentenda um estudo mais ou menos sério de escritores em espanhol, raras vezes foi lida em público ou impressa nesta língua castelhana que tão querida me é; e deste modo muito naturalmente escapou à atenção de gente tão ensimesmada como os espanhóis e os hispano-americanos, para não falar dos hispanistas dos outros países que, como todos os conversos entusiastas, têm de ser mais papistas do que o papa. Por tudo isto, ao aceitar tal honra me pus a meditar: dado que nestes tempos as honras se costumam outorgar a pessoas sem muito mérito, os independentes solitários como eu não podem recusar uma honra, a não ser que recusar seja ainda maior honra. E este não era por certo o caso. Que milagre então se tinha produzido? Tinham-me descoberto como o escritor português que recentemente recebeu o mesmo prémio internacional de Etna-Taormina que receberam também Guillén e Alberti, sem mencionar Anna Akhmatova ou Ungaretti? Não, porque o convite me chegara antes de o prémio me ser concedido. Tinham descoberto, após a revolução portuguesa, que Portugal existe realmente, ao pé da Espanha, tal como ainda se não descobriu que o Brasil existe junto da América Espanhola, e que em superfície e população é metade de toda a América do Sul? Talvez fosse. E tem havido uma transformação recente nas filas do hispanismo, lusitanismo, brasilianismo, depois da revolução portuguesa e da transição espanhola para a democracia, com a sua inacreditável ausência de derramamento de sangue (quando o sangue e o vertê-lo em borbotões faz parte dos mitos hispânicos), e com a sua não menor percentagem de votantes (quando nós, os povos de fala espanhola ou portuguesa se supõe que não merecemos a democracia que diga-se de passagem não é muito melhor noutras partes, e sobretudo em países ilustres onde pelo menos metade dos votantes se não incomodam a fazer ouvir a sua voz no concerto e desconcerto político da sua pátria); esta transformação foi a descoberta do nosso tradicional espírito de liberdade, e o rechaço do passado imediato, ante cujos governos tantos se inclinaram de tão bom grado e por tanto tempo.

Não me esqueço, é claro, que muitos, em muitos países, intervieram para ajudar os peninsulares e os hispano-americanos que se negavam a aceitar as ditaduras que constituem uma parte tão grande do chamado Mundo Livre, e foi isto nos últimos quarenta anos, ainda antes que o sintagma fosse usado para fins de Guerra Fria. E também me não esqueço que alguns de vós e muitos outros que não sabem uma palavra da língua hispânica nem das suas literaturas, trabalharam com afinco para promover gente que, mesmo quando os consideramos grandes escritores, sejam-no ou não, traem o princípio fundamental de qualquer humanismo desde os começos da nossa civilização; resistir, em nome da liberdade humana, ante qualquer intento dos ditadores, de ganhar prestígio explorando as sensibilidades humanas de homens velhos e cegos.

Espero que todos vós me perdoem a crueza com que expresso os meus sentimentos. Mas quando me convidaram a falar aqui, por certo se sabia que sempre falo muito claramente sobre o que considero essencial para a nossa dignidade de escritores e/ou investigadores.

Voltando ao meu discorrer quanto a aceitar que falaria aqui: talvez o milagre estivesse em que a A. I. H. desejava que todos os povos da velha Hispania Romana se reunissem e falassem as nossas próprias línguas para alegria de todos. Era por certo o caso; mas logo me lembrei, no entanto, que há uns anos, em um dos nossos congressos premeditadamente tinha eu lido uma comunicação em português, e houve protestos dos meus ouvintes amáveis e atentos que me pediram a explicação em espanhol do que tinha dito, pedido que satisfiz de bom grado. Sem dúvida que é já tempo de os hispanistas começarem a aprender as outras línguas nacionais que correspondem ao seu próprio campo de estudo, ou pelo menos que lutem contra o bloqueio psicológico de inveterado orgulho de outros tempos, que os ensurdece sempre que essas línguas se falam diante deles. Além do mais, o português, o catalão, ou o galego, não são tão difíceis para gente que costuma conhecer já o francês ou o italiano, e até o romeno. E, com o devido respeito para o País Basco, não estou pedindo aos hispanistas, confinados às suas línguas latinas, que estudem o basco. Permitam-me apontar alguns exemplos para o que estou dizendo. Todos leram e estudaram e explicaram as obras espanholas de Gil Vicente aos estudantes, e muitos hispanistas escreveram coisas excelentes sobre ele: mas geralmente não se diz nem se preocupam por assinalar que a maior parte das suas obras-primas foram escritas em português, e que deveriam ser também lidas se se quer realmente entendê-lo. Outros exemplos da própria Espanha: em todo o mundo se estuda Rosalía de Castro, e a maioria de vós estará de acordo que com ela e Bécquer a poesia espanhola sai da mediocridade romântica e entra nos refinamentos da poesia moderna. Contudo, os mais belos poemas de Rosalía, os mais íntimos e encantadores são os que se não dão para os estudantes lerem uma vez que foram escritos em galego; quando muito oferece-se uma tradução castelhana. Muito recentemente, em Madrid, me comovi até às lágrimas com uma magnífica execução de La Atlántida de Falia, obra que é em si uma lição de hispanismo autêntico por um compositor que, sendo de Cadiz, foi o mais prístino tipo de castelhano, com uma figura que EI Greco teria incluído na galeria de apóstolos, ou que poderia estar presente ao enterro do conde de Orgaz, ou – se vamos a uma criação artística mais literária – servir de modelo para o Maître de Santiago, de Montherlant. Sim, ouvia eu em Madrid essa gloriosa música (cuja absoluta autenticidade é tão duvidosa como a do Requiem de Mozart, uma vez que Falia teve no seu devotado Süssemayer em Ernest Hallfter), ouvia eu os nobres versos de grande épica de Verdaguer, no catalão original. O teatro estava cheio, profundamente comovido, e houve no fim os mais entusiastas aplausos. E contudo, quantos fora da Catalunha leram Verdaguer ou qualquer outro escritor dos muitos que a Catalunha produziu durante séculos? Se requer apenas um pequeno esforço que se não pode exigir do público em geral das outras línguas irmãs, os hispanistas com um mínimo conhecimentos de latim e de alguma outra língua românica poderiam ser perfeitamente capazes de o fazer, se apenas o quisessem. Afinal, supõe-se que qualquer um tenha essa mínima preparação, não é verdade? Pensando em todas estas coisas, cheguei à conclusão que, para já, e enquanto os mais diligentes de entre vós se disponham a comprar as gramáticas dessas línguas esquecidas, a minha melhor decisão seria falar em espanhol. E é o que estou fazendo.

Permitam-me recordar-lhes que, ao fazê-lo, ao mesmo tempo que mergulho nas delícias da língua e da cultura espanhola, nem por isso renuncio ao meu orgulho português. Dão-lhe força razões históricas muito fortes e antigas. Desde meados do séc. XV, começando com aquele príncipe português, tão fascinante e romanesco, D. Pedro, condestável de Portugal, que mal chegou a reinar em Barcelona onde, todavia, deixou tantos sinais da sua personalidade como governante e protector das artes, e até metade do séc. XVII, muitos escritores portugueses eram bilingues: durante os sessenta anos (entre 1580 e 1640) do Reino Unido conseguido por Felipe II, muitos deles foram parte integral da literatura e da cultura de Espanha, para não falar dos políticos e cortesãos que, antes disso, sendo portugueses, governavam a Espanha por detrás do rei, como é o caso de Rui Gomes da Silva, duque da Pastrana e príncipe de Eboli, ou de Cristóvão de Moura, marquês de Castelo Rodrigo, para não falar das Isabeis Freires de Andrade que governaram os corações dos Garcilasos. Há no entanto algo que desde meados do séc. XV até ao fim do séc. XVI vai de par com o bilinguismo: o uso simultâneo da língua nacional e da língua dos vizinhos não significava de maneira alguma uma falta de consciência nem um enfraquecimento da identidade portuguesa. Pelo contrário: coincidia exactamente, na história e na literatura de Portugal, com o mais agudo sentido de uma missão imperial portuguesa, e com um ingente orgulho pelos descobrimentos e conquistas iniciadas majestosamente com a conquista de Ceuta, em 1415. Por este tempo os reis portugueses tinham recomeçado pouco a pouco a tradicional política dos seus predecessores: reunir Flandres, Borgonha, os Habsburgos e os reinos da Península Ibérica numa ambiciosa maquinação para transformar a Europa numa propriedade familiar de que a Inglaterra e a França ficariam excluídas, se não acediam a ser governadas também por essa vasta família. E recordem, por favor: o retrato de Felipe II está devidamente dependurado nas Houses of Parliament, em Londres, alinhado entre os outros reis de Inglaterra, e a sua filha Isabel Clara Eugénia, aquela a quem mais queria, foi eleita rainha de França em Paris. Mais de uma vez a família esteve quase a conseguir os seus fins. E os portugueses têm que o reconhecer: quando esse mesmo Felipe foi para Portugal para dali reinar durante uns anos e logo voltar a Espanha, deixando estabelecido uma espécie de governo autónomo, não tinha entre os príncipes da época ninguém que fosse tão português como ele, e dos quatro costados (convergiam nele pelo menos oito ramos que vinham directamente daquele conquistador de Ceuta, João I: a política dos reis portugueses ao tentar conquistar para si mesmos as coroas peninsulares e outras tinha criado este epígono de puro sangue, em Espanha). Porque, na realidade, os reis portugueses, os seus cortesãos e os seus conselheiros, se era verdade que cuidavam de manter a sua distância com Leão e depois com Castela, se não opunham, contudo, à «unidad», sempre que as coroas coroassem as suas próprias testas. E pensemos por um momento o que se teria passado com o mundo se Felipe II não tivesse cedido às pressões da facção espanhola e tivesse sucumbido às da chamada facção portuguesa tanto em Espanha como em Portugal, e tivesse ficado em Lisboa, fazendo-a capital do Império Hispano-Português. Talvez a maior parte de todo o mundo falasse hoje espanhol e o Império Britânico nunca tivesse chegado a existir. Mais ainda: a «lenda negra» que persegue sem tréguas a Espanha e Portugal nunca teria chegado a desenvolver-se e a propagar a maior parte das suas mentiras. Ou, pelo menos, nunca teria conseguido a última hipocrisia de alguns países que acusam os ibéricos de ter feito que os outros, então e depois e depois fizeram em medida igualou maior. Que me desculpem, mas, na parte norte das Américas não falemos mais, como era costume, dos horrores que os portugueses e os espanhóis fizeram aos índios, uma vez que ainda há por aqui alguns sobreviventes desses povos e há historiadores honestos que contam o que se passou e o como se passou.

Durante séculos, para nos desacreditarem, se nos atirou à cara com a «lenda negra» e no que se refere a Portugal neste mesmo instante ela pesa sobre as terríveis tragédias de Angola e Moçambique. Se me permitem dizê-lo, desde a independência das colónias espanholas e portuguesas da América, cujas culturas estimo e admiro (devo dizer que me tornei cidadão brasileiro quando vivia no Brasil), as classes governantes desses novos países aliaram-se com os interesses estrangeiros na manutenção dessa lenda, para dissimular que eles, aparentando libertar o seu próprio povo, o entregaram a esses interesses a fim de preservar as estruturas coloniais.

É lamentável ouvir ainda hoje gente culta e até universitários supostamente liberais e bastante de esquerda aderirem ingenuamente (para dizer o menos) a essas histórias. Lembremos o que ocorreu uma vez no México: o povo levantou-se em armas, um dia, em busca da liberdade e independência, as classes dirigentes locais chamaram as tropas espanholas para sufocar em sangue a rebelião e mais tarde fizeram elas mesmas a revolução, e deram independência ao povo, mas guardaram a liberdade para si mesmas. No Brasil, há trinta e sete anos o governador de um dos Estados da federação, e uma raposa velha em política, às vésperas da revolução que levou Getúlio Vargas ao poder (todos sabemos agora que Getúlio Vargas era o que podemos chamar, em muitos aspectos, um déspota esclarecido que fez o Brasil entrar nos tempos modernos), chamou ao palácio os poderosos locais, fechou cuidadosamente a porta do seu escritório e propôs-lhes muito simplesmente: Meus senhores, a revolução é um facto, vai vir infalivelmente. Façamos a revolução antes que o povo a faça. Estes dois factos – um do mundo de fala espanhola, quando tantas nações novas apareciam neste continente (se isto é um continente e não dois ou três, como alguns prefeririam, com um grande oceano em lugar do «Rio Grande River» e o canal de Panamá como fosse um Mar Mediterrâneo) e o outro do mundo de fala portuguesa no mesmo continente – ilustram a realidade de outra versão da lenda negra, muito menos lendária. Não vou insistir na lenda. Mas tive de mencioná-la como uma das causas principais do que acontece com as culturas que a partir de Espanha e de Portugal se difundiram por todo o mundo, não apenas em novos países como também em milhões de grupos de imigrantes, ou em colónias que mudaram de domínio, ou também descendentes dos judeus expulsos da Península Ibérica num infeliz momento de cegueira nacional cujo preço estamos ainda a pagar, uma vez que se converteu numa parte da lenda negra. Com efeito, os outros países puseram Portugal e Espanha de quarentena como se fossem um perigo de epidemia. Claro está que muitas obras de autores ibéricos saíram da península para serem saqueadas, imitadas, adaptadas e transformadas, embora nem sempre em obras-primas de outros países, mantendo um agradável sabor espanhol. Entretanto, Espanha e Portugal cerraram as suas portas para evitar as epidemias que assolavam toda a Europa (e por toda a parte ardiam fogueiras semelhantes às ibéricas). Mais tarde, sob a influência dos seus esclarecidos, dos seus «estrangeirados» e dos patriotas liberais cheios de boas intenções embora igualmente feridos pelo que o resto do mundo dizia sobre os seus países, começaram a sentir uma espécie de orgulho defensivo, um complexo de inferioridade que em lugar de os levar a revelar ou indicar as raízes dos nossos males para dar combate ao inimigo no seu próprio campo, chegaria à conclusão lógica na famosa e ridícula frase do ditador português Salazar, quando, confrontado com a opinião mundial sobre a sua obstinação em não conceder a tempo a independência às colónias africanas, declarou que Portugal resistiria «orgulhosamente só». Claro que ele sabia que isto era em parte um enfeite retórico, uma vez que, se o estivesse, jamais teria conseguido manter-se no poder durante tanto tempo. Sejamos imparciais e honestos em reconhecer que, pelo menos em parte, a sua solidão era real, uma vez que o que estava em jogo não era a dominação portuguesa que de qualquer maneira devia ser eliminada a qualquer preço (tal como o domínio ibérico foi eliminado na América Latina com o apoio inglês dando uma ajuda generosa em troca de uma libra de carne) uma vez que o que estava em jogo era o futuro de África, ou da sua metade meridional, cujo domínio era essencial ou considerado tal pelas grandes potências mundiais. Seja quais forem as nossas simpatias políticas, isto não deixa de ser a verdade. Muitos daqueles liberais dos séc. XVIII e XIX, e começos de XX são na realidade figuras comovedoramente trágicas: ainda que tenham chamado a atenção para muitos males e mais de uma vez tivessem tentado suprimi-los, na verdade não deixavam de resignar-se ante as marcas que as outras culturas se compraziam em fazer nas nossas caras. Se as obras continuavam a sair da península, a Cortina de Ferro continuava, no entanto, a cercar a península e as nações irmãs das Américas. Uma consequência que não vamos aqui analisar e que continua a ser uma obsessão ibérica e latino-americana, é a chamada meditação sobre o ser espanhol, ou brasileiro, ou mexicano ou qualquer outro, quando o problema concreto não é a meditação sobre o ser, mas o nascer para ser. No entretanto, enquanto contemplamos o umbigo e os labirintos da saudade, aqueles que sabem que dentro da Cortina há uma mina de ouro e não a registaram publicamente, não andam por toda a parte anunciando que a têm. E isto foi e é o nosso caso. Em segundo lugar, todos estes países são Latinos, e, como todo o mundo sabe, Latinos, Mediterrâneos, meridionais, se supõe que são povos inferiores, pior ainda que mesclados com índios e negros – excepção, é claro, para gregos e, romanos clássicos, sobretudo se foram estudados por algum famoso sábio alemão. A Itália pode ser uma excepção, uma vez que o Renascimento lá aconteceu e assim se considera. Ortega y Gasset, que não era mau pensador, pensou uma vez, e escreveu-o, que o Renascimento não existira nunca em lugar algum, Mas isto é, é claro, como se diz, um exagero espanhol, embora a maioria dos especialistas contemporâneos, se não dão razão a Ortega, já não sabem muito bem onde colocar o Renascimento. De qualquer modo, a Itália não está mal, tem uma parte bastante nórdica. E a França também não está mal. Se esquecermos a parte meridional, que não temos necessidade de recordar, a não ser que sejamos medievalistas dos que ainda lêem os pensamentos, a França não é um país mediterrâneo. E, apesar de ter lançado um tal desatino como a chamada Revolução Francesa – ocorrência de modo algum dignamente nórdica – a França é a França, como Paris é Paris, A França, ou pelo menos a parte norte, é na verdade um país germânico disfarçado como fica testemunhado por Carlos Magno e família, todos eles cem por cento frankish. E sabe- se que mais de uma vez a Alemanha e a Áustria sucumbiram ao encanto espanhol. E diz-se que os Habsburgos austríacos conservaram até à sua queda, em 1918, o antigo protocolo espanhol, coisa que os primos, Bourbons de Espanha, não faziam com tanta rigidez. Mas, como os factos comprovam, estes pecados pagam-se tarde ou cedo com a deposição.

Pode parecer abrupto tudo o que digo a tão distinta reunião de hispanistas de todo o mundo, muitos deles necessariamente cidadãos dos países que directa ou indirectamente mortifiquei com algumas ironias. Mas penso que todos me compreenderam. Se sois, no sentido amplo ou estrito, fervorosos hispanistas – e é meu dever de colega supor que todos somos – todos vós sabeis, tanto ou melhor que nós, os iberos e ibero-americanos, quão verdade é o que eu disse.

Além disso, a Cortina de que falei também existe para quem se dedique a estudar-nos e essa parte da história vos toca. Todos, ensinando e publicando, sabem muito bem que, com excepção de alguns de nós, hispanistas que saltaram a Cortina de Ferro para nossa maior glória e prestígio, ou dos que associações internacionais colocam em posições importantes, muitas vezes para dissimular que, na verdade, o hispanismo lhes não interessa, o facto é que, fora do nosso mundo, não temos audiência quase nenhuma. Consideremos os exemplos complementares de um dos patriarcas da bibliografia crítica internacional, o eminente René Wellek, ou sejam os seus ensaios sobre The Main Trends of Twentieth Century Criticism (incluído na sua colectânea de Concepts, do mesmo) e A Map of Contemporary Criticism in Europe (que pertence à sua colectânea posterior, Discriminatians): os dois trabalhos juntos dão-nos, de passagem, um par de nomes hispânicos. Tenhamos esperança que no último tomo da sua História da Crítica Moderna, e não apenas em tradução espanhola, Wellek seja mais generoso com estes pobres ocidentais que somos.

Além disso, por todo o lado onde as nossas línguas são estrangeiras, corre a voz de que se uma pessoa é medíocre vai estudar espanhol e que, se não passa em espanhol, se vai para o português. Todos sabemos que os factos não correspondem a estes rumores que talvez deveriam aplicar-se um pouco mais às outras áreas de estudo porque, ao acusarem-nos não reconhecem a sua mesma ignorância e estreiteza de pensamento. Ainda há pouco, ao informar uma universidade sobre um candidato que estavam a considerar, me pediram que explicasse quem eram esses criaturos chamados Dámaso Alonso, Anderson Imbert, Raimundo Lida que o recomendavam, e que autoridade tinham para o fazer. Limitei-me na minha indignação a remeter os perguntadores às enciclopédias e dicionários onde esses nomes poderiam ser encontrados com a honra e dignidade que lhes era devida. Também não há muito tempo, numa outra ocasião, estava eu como membro de um comité para a revisão de um programa de Estudos Renascentistas. O grupo de sábios ali reunidos gozavam na sua maioria de verdadeiro prestígio e representavam várias áreas relacionadas de uma ou de outra maneira com tais estudos. Se discutia quais deveriam ser os requisitos básicos exigidos aos estudantes do programa. Assinalei os pontos fundamentais: primeiro, um curso que estudasse a aparição da ideia de Renascimento e as alterações que esta ideia sofreu; segundo, outro curso sobre o impacto dos descobrimentos, a colonização do Novo Mundo e a evolução das ciências e da filosofia, assim como das condições sociais, durante os séc. XIV e XV – cursos que considero essenciais para compreender qualquer Renascimento no caso de que tenha existido, e além disso num ambiente onde quase ninguém conhece a história da Europa. Encontrei-me confrontado com uma oposição inflexível: não, absolutamente não; o único requisito tinha de ser o estudo de Florença no séc. XV. Não tenho nada contra Florença, uma das cidades que mais amo no mundo; e menos ainda tenho contra os seus renascentistas, uma vez que considero como os meus mais queridos amigos pessoais Lourenço de Medieis, II Poliziano, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola et alia, para não mencionar os artistas. Foi lamentável ver precisamente na América pessoas ignorantes do que não é na Europa mas na América descoberta e colonizada onde vivem e deveriam viver intelectualmente; e, o que ainda é pior, ver que tão distintos investigadores não tinham ainda superado a concepção, há muito caduca, de Burckhardt. Quanto aos descobrimentos e conquistas, era evidente que a oposição se dirigia contra a venenosa tradição ibérica que em mim viam. Mesmo estando provado que é falso, o Vinland Man continua a evitar a Norte-América à vergonha de ter sido descoberta por um italiano ao serviço de Espanha. Repare-se que um recente historiador muito respeitado e informado se preocupou em ressalvar que Colombo não descobriu a América do Norte, mas só a América Central, o que, é claro, é muito diferente. E este historiador, nos seus escritos, não é anti-espanhol ou anti-português de profissão, como muitos outros são para bem ganharem a vida.

Tudo isto passa por duas razões: uma larga ignorância em muitos casos voluntária e premeditada, sobre tudo o que seja hispânico (com excepção de modas passageiras como os êxitos de circulação limitada dos novos romancistas hispano-americanos, embora alguns avançados na idade, que dificilmente chegam ao público em geral) e a outra causa é que a maioria dos hispanistas, talvez por orgulho hispânico, ou por uma espécie de humildade provinciana, fazem por passar desapercebidos no mundo de verdade que os rodeia. E esta última causa vai um pouco mais fundo: muitos dos hispanistas, ensimesmados no seu próprio campo, ignoram os escândalos e mentiras que circulam nesse mundo que nos é alheio. Alguns exemplos de pecado de omissão, cometidos por eruditos e especialistas aos quais deveríamos zurzir pela sua negligente ou voluntária ignorância. Note-se: a ignorância ou a falta de curiosidade intelectual são sempre voluntárias, e o maior pecado da vida de um investigador – é quase como pecar contra o Espírito Santo, pecado que nos leva sem remissão ao inferno.

Comecemos com o mais público e publicitado dos escândalos. Todos sabemos que existe na Grã-Bretanha um monumento nacional chamado Kenneth Clark, que deve dizer-se é realmente um ilustre crítico de arte. Este velhinho simpático apareceu na televisão de todo o mundo, e depois em forma de livro, explicando aos leigos o desenvolvimento universal da civilização. Se bem me recordo não faltava nada, nem sequer os esquimós. No entanto, os ibéricos e os ibero-americanos não apareciam, como se jamais tivessem contribuído nem sequer com um livrito, já que não com as suas armadas, para o progresso da civilização. E, que diabo, EI Greco nem sequer era espanhol, como o seu apelido o indica. É verdade que, já passadas as nossas glórias mundanais, fomos – os hispanos – bastante ineptos em começar e desenvolver a Revolução Industrial. Mas ninguém se pergunta se as potências desse tempo nos permitiram que o fizéssemos, uma vez que nos queriam como consumidores e nada mais. Pelo menos poderíamos responder que, ao permanecer, digamos, feudais, não estávamos a sujar as nossas mãos com o sangue e as vidas de milhares de trabalhadores, ultraje para todas as almas sensíveis na Inglaterra, França e Alemanha. E assim perdemos a nossa oportunidade de ter um Marx e um Dickens. Não se pode ter tudo. E além disso Marx e Dickens converteram-se em propriedade pública tal como se passa com todos os clássicos (se não são tão idiotas que se deixem nascer de fala espanhola ou portuguesa – como disse um grande escritor, Spinosa salvou-se a tempo, quando os pais foram expulsos de Portugal antes de o conceberem).

Passemos a outro nome respeitável: seguramente que descobriram os excelentes e importantes livros de uma grande erudita inglesa: refiro-me a Frances A. Yates. Alguns dos seus livros são indispensáveis para o estudo de certos aspectos-chave da cultura ocidental. Viram por acaso o seu Astrae: The Imperial Theme in the Sixteenth Century, que saiu há alguns anos? É incrível: depois de umas vinte páginas dedicadas a «Carlos V e a ideia do Império», as outras densas duzentas páginas são dedicadas ao estudo, minucioso, da Tudor Imperia l Reform e da French Monarchy no século XVI.

Parece piada, mas é tremendamente sério: nem uma menção, apesar do subtítulo mesmo quando o título já seria suspeitoso, nem uma menção a Espanha ou Portugal os países que nessa época tinham repartido o mundo entre si e que estavam aca loradamente ocupados em discutir como ter ou não ter um império. Nem sequer, e nem mesmo em pé de página, se menciona Camões, quando ele escreveu para a Península o poema épico imperial (incluindo nele as suas mais sérias dúvidas sobre tal ideia).

De um famoso crítico de arte e uma justamente respeitada historiadora da cultura passemos a outro exemplo apanhado ao acaso, um historiador que é ao mesmo tempo filólogo no bom e velho sentido da palavra. O Dr. Bernard S. Bachrach publicou há uns quatro anos A History of the Alans in the West, from Their First Appearance in the Sources of Classical Antiquity through the Early Middle Ages: livro muito erudito, com copiosa informação, embora não muito grande, pois que os dados existentes não são muitos. É apesar disso um livro muito enganador para o estudioso de história: ficará sem saber totalmente que os Alanos andaram pela velha Hispânia. E quando no livro se chega aos nomes de lugares de possível origem alana em Espanha e Portugal só temos três casos tirados de uma vulgar enciclopédia espanhola. Esses lugares cheios de sorte que nos representam nas aventuras dos Alanos ao longo de tão longo título são um cerca de Badajoz, outro cerca de Sevilha e o outro por Huesca. Mas podia ser pior se o historiador mencionado, que não se preocupou em procurar bibliografia ibérica sobre o tema não tivesse deitado uma vista de olhos a esse dicionário na secção de obras de referência na biblioteca da universidade. Bem podia ter feito umas perguntas, ao voltar da esquina, no Departamento de Espanhol e Português. Mas, claro está que tal ideia jamais lhe passaria pela cabeça, e deverá ter sido assim que as coisas se passaram, pois não posso acreditar que algum hispanista vizinho não soubesse nada de Alanos na velha Hispânia.

Não é necessário continuar com esta patética lista que seria interminável, acrescentando montanhas de livros sobre qualquer período ou aspecto da actividade humana, para confirmar que todos ignoram completamente, seja qual for o ponto de vista, as nossas línguas e culturas, como se todas elas juntas não fossem uma das maiores partes do mundo actual, mesmo quando queiram ignorar o papel histórico no grande teatro do mundo. Aqueles que se interessam pela literatura comparada como eu, não podem deixar de mencionar os ditos desdenhosos de outros que vivem metidos, como todos sabemos, no que seja capela menor mas mais internacional do que a nostra, e muito rendoso para alguns que em geral nos excluem e nos confinam ao nártex dos catecúmenos. Na América, a Literatura Comparada é uma coisa em que se comparam obras inglesas, francesas e alemãs, com grande profusão, se possível, de bibliografia russa e checa, que ninguém pode ler. Agora como costuma dizer um crítico brasileiro meu amigo, convém acrescentar uns pós do que se chama bulgarités todorovianas. Também se pode pôr um pouco de holandês ou finlandês na pintura. Mas Espanhol e Português, para quê e por quê? E isto, há que dizê-lo, é uma vez mais culpa nossa. Porque os hispanistas se fecham nas suas conchas, ou, se a sua língua materna é uma das nossas, declaram que não podem ensinar em outra. E se o não fazeis, quem o fará? Por certo que, alguns que são especialistas em ensinar cursos em tradução, usando livros cujas origens culturais e literárias lhes são totalmente alheias, embora tal lhes não importe nada. E mesmo assim, quantos dos nossos autores recebem a distinção de ser presa de tais corvos universitários? Sabemos bem que apenas um punhado de nomes mereceram alguma vez tão suspeitosa honraria. E o mais curioso é que, no fim de contas, devemos ficar muito agradecidos. Se o pobre Cervantes e o rico Borges passaram a porta estreita já é melhor que nada.

Pois bem, enfrentemos o facto que, afinal, nenhum de nós ignora: como povo e como investigadores de um complexo peculiar de culturas ou de um dos seus aspectos linguísticos e literários, rodeia-nos um oceano de malevolência ou de cândida ignorância. Muito simplesmente estamos excluídos. Esta é uma situação contra a qual devemos lutar, a menos que – como demasiado frequentemente acontece – considereis, da maneira o mais a-hispânica, que ser hispanista significa apenas ensinar espanhol e escrever sobre obras escritas em espanhol (ou em sentido mais amplo, em português, catalão, etc.) e depois regressar a casa e regar o jardim.

Ninguém é realmente da nossa comunidade se pelo menos uma vez na vida não é D. Quixote, saindo a dar batalhas perdidas para desfazer os erros deste mundo, entre os mais irritantes dos quais se conta a arrogância de eruditos míopes que fingem ignorar-nos ou realmente nos ignoram, porque séculos de preconceitos malévolos os impediram de nos ver ou de entender que a história do mundo, para bem ou para mal, não se pode escrever sem a nossa presença nela, gostem ou não ou mesmo a nós nos goste ou não. E não pensem que podem buscar refúgio na ideia de ser Sancho Pança. Este pobre campónio, cheio de sabedoria de séculos, é ainda mais perigoso do que o amo. Porque, à maneira dialéctica tão peculiar da segunda metade do séc. XVI e das duas primeiras décadas do séc. XVII (e estou a evitar mencionar o Maneirismo, para não cair numa discussão ociosa), Sancho existe juntamente com D. Quixote, e mais de uma vez, sem estar louco mostra uma doentia (ou saudável) atracção pelas ideias e pela conduta do seu amo. Exactamente como Cervantes, com o pé no estribo, já escritas todas as suas obras, podia enviar a sua despedida do mundo a um patrono, despedida que era um romance tão estranho como é Persiles, perfeita contradição de como, na aparência, ele tinha lutado por uma compreensão realista do mundo. E de facto tinha lutado: mas Cervantes se transfigurava em D. Quixote para morrer, recusando o Alonso Quijano que D. Quixote, ao morrer, volta a ser. Nós, os hispânicos, sempre temos querido possuir este mundo e o outro; e esta é uma das mais simples explicações para a descoberta do Novo Mundo, em busca do Paraíso terrestre. Quem não entende estas contradições com as quais somos o mais acabado exemplo de surrealismo na natureza humana, não entende nadinha das nossas culturas.

Por esta altura tereis já notado o plural que quase constantemente tenho usado; e assim tinha que ser: sou um escritor português e um cidadão brasileiro e sempre muito contra a corrente dos meus tempos e lugares me interessei por Espanha e pela Hispano-América. Sei, como muitos de vós, que não se pode entender a Hispano-América ignorando a presença do Brasil, e que, do mesmo modo, é absolutamente impossível compreender a história de Espanha e de Portugal com a ignorância mútua com que têm sido escritas. É igualmente óbvio que não se pode entender o Brasil sem Portugal, nem a Hispano-América sem a Espanha que a modelou; e há que acrescentar que o contrário é igualmente verdade. Um dos exemplos mais dramáticos dos espelhismos a que se renderam muitos espíritos superiores é a ideia de que por baixo da pele da Latino-América, se encontra o bon sauvage de recordação esclarecida, e não nu como o viram Colombo e Cabral, mas vestido com o ouro magnífico dos Incas e dos Astecas, que o tinham como escravo. Não. O que se encontra é algum «conquistador» voraz ou algum frade com cheiro de santidade, que, à maneira ibérica, se tinha esquecido dos votos de castidade. Por outro lado, em Espanha e Portugal, até muito recentemente, era costume rirem-se daqueles povos do ultramar, mesmo quando ocorria e ocorre hoje que alguns escritores brasileiros são mais lidos em Portugal do que os portugueses, assim como muitos escritores hispano-americanos se lêem em Espanha mais do que os próprios espanhóis.

Temos que aprender a respeitarmo-nos uns aos outros, e a permanecer unidos. E os hispanistas estrangeiros têm que compreender que, se seguem o chamamento da sua vocação, devem manter-se afastados das nossas brigas de família. Um americano ou um italiano quando intentam menosprezar a Espanha ou Portugal, só porque os hispano-americanos ou os brasileiros os menosprezam (com grande fúria amorosa), são um tanto irrisórios. E são-no também os estrangeiros que subscrevem a reticência das antigas metrópoles para reconhecer as grandezas que se podem encontrar, desde há muito, no ultramar. E que dizer dos hispanistas que, imitando o complexo de inferioridade da Castela imperialista (a Castela «comunera» não o tem) […] causado pela recusa de Portugal em fazer parte de Espanha? (de facto, nos 850 anos de existência de Portugal, estivemos juntos apenas 60 anos, ou 7% e não mais). Esqueçamos as palavras cruéis de D. Marcelino Menéndez Pelayo ao dizer que os portugueses tinham escolhido a sua mediocridade em lugar de participar das glórias de Espanha. Porque os portugueses sempre participaram dessas glórias de uma maneira ou de outra, como os espanhóis participaram das nossas. Permitam-me que diga que, depois da separação de 1640, dos dois lados da fronteira é difícil discernir que glórias históricas, aparte as que já pertenciam ao ultramar, os espanhóis e os portugueses podiam gozar. Na Guerra Peninsular lutámos juntos, se foi uma glória expulsar Napoleão e os seus exércitos para proveito de países ou gentes tão esclarecidas como Fernando VII, a Inglaterra de Wellington, o rei da Prússia, e os imperadores da Áustria e Rússia, todos eles tão amantes da liberdade dos povos.

Assim como na América do Norte se diz south of the Rio Grande River; para indicar os confins do mundo, também na Europa se disse mais de uma vez que a Europa termina nos Pirenéus. Afinal de contas que importa se estamos ao sul do Rio Grande ou em África? Entrar nesse jogo é aceitar uma vez mais o racismo inventado pelas maluquices românticas sobre raças e povos, ideologias que culminaram tão graciosamente na demência de Hitler.

Devemos insistir e lutar pelo nosso mútuo entendimento, nós, as gentes que falamos as línguas desenvolvidas na velha Hispânia Mater. De facto somos nós uma gente especial, que atraiu com as suas obras e as suas excentricidades a vós,  eruditos de outras nacionalidades, a quem, em muitos casos, e através dos anos, devemos mais que a nós mesmos na compreensão e estima das nossas culturas.

Possivelmente vamos todos mudar muito no torvelinho industrial contemporâneo; mas como D. Quixote – e como devem saber – nós somos ao mesmo tempo aristocratas e plebeus de cepa camponesa. Ou como os velhos Alarcones disseram uma vez, há séculos, quando um juiz lhes pediu para apresentarem os seus títulos de nobreza: não tinham nada que apresentar; se os reis enobreciam os seus protegidos para os promover, outros como os Alarcones eram nobres pela graça de Deus. Curiosamente esta era a mesma doutrina defendida pelo Dr. Huarte de San Juan no seu Examen de Ingenias, ele que foi um desses ibéricos que publicavam um livro com dedicatória ao Rei Nosso Senhor num ano de  575, para ver o livro proibido num Index de 1581: com Felipe II e a Inquisição ainda mais omnipotente do que ele, ninguém sabia nunca a que agarrar-se. Não era por sinal Felipe o grande defensor da mais que romana […], ao mesmo tempo que o coleccionador de arte que salvou para nós obras de Hyeronimus Bosch que os bispos flamengos estavam tão ocupados em queimar?

Durante muito tempo todos nós na nossa grande família de tantas raças temos feito o impossível para nos ignorarmos uns aos outros, quando não nos tentámos suprimir, se pensávamos ter força para o fazer.

Portugal e Espanha, ao que parece, percorrem novos e difíceis caminhos para a democracia e a justiça social de que estiveram privados por tanto tempo, caminhos tornados intransitáveis para uma aterradora maioria dos nossos irmãos das Américas. Parece-me apropriado, ao chegar à peroração final deste comprido e nem sempre agradável discurso, dedicar uma profunda e comovida homenagem às suas desventuras. Uma vez que eles, nossos irmãos, são também nobres pela graça de Deus, mesmo que não haja graça nem Deus. Estas contradições nunca foram problemas para os nossos místicos e os nossos ateus, porque descobrimos em nós, mesmo nas nossas vidas, há muito, o que tanto trabalho deu a Hegel para descobrir, ou, para melhor dizer, o que à filosofia europeia levou tantos séculos. To be ar not to be is not the questionon. Não é sequer questão: é muito simplesmente uma compreensão da vida humana,  incompreensível para outros. O príncipe Hamlet – que não era um «príncipe constante» – teve um vislumbre dessa verdade que foi sempre nossa, e esta verdade é a nossa graça salvadora, no meio da nossa própria malícia, ou retorci mentos, ou erros, enquanto à nossa volta se agita o imenso oceano do resto da humanidade ou de académicos demasiado humanos, que nos ignoram como o universo nos ignora a todos.

Somos e não somos ao mesmo tempo, e tendes que aceitar, a menos que, para cúmulo dos nossos males, desencantados, nos decidam mandar para o diabo mais às nossas línguas. Não o façam. Continuem perseverando, e ajudando-nos a estar neste mundo em que «la vida es sueño», mesmo que nunca estejamos a dormir, mesmo quando longas ditaduras façam o possível para comprar o nosso silêncio, o nosso adormecimento, ou a nossa morte. Porque há que saber que, como D. Quixote que está sempre a morrer, cada vez que lemos o final do livro, nós nunca morremos. De maneira alguma. Que o mundo goste ou não, todos nós e os nossos amigos estamos nele para ficar, e com as nossas contas no bolso para exigir o pagamento justo e com juros, quando chegar o Juízo Final. Se permanecermos juntos somos uma força imponente. Sei, porque conheço demasiado bem a natureza humana, sobretudo a nossa, que isto de uma ou de outra maneira nunca ocorrerá, para maior alegria e proveito de quem nos divide para melhor reinar. Mas podemos, pelo menos tentar; e sonhar com o Quinto Império que nos fugiu da mão; mas que não será de ninguém senão nosso. Não para nada nos dispersámos por todo o mundo como nenhum outro povo o fez por sua vontade; e por vezes temos sido tão furiosos revolucionários, quanto fiéis às nossas imortais tradições. Como disse um grande poeta português demos novos mundos ao mundo; e, no dizer de um sábio seu compatriota e contemporâneo, «lo que és más: nuevas estrellas»: as nossas línguas e países deram ao mundo alguns  os seus maiores escritores. E o mundo segue cego e surdo a tudo isto. Somos de certo modo, como o roseau pensant de Pascal: o universo, ao destruí-lo, não sabe o que faz. A nossa vitória é que sabemos, e um dia a vitória final chegará.

 

Santa Barbara, Agosto de 1977

 

In: Sobre teoria e crítica literáriaPorto, Caixotim, 2008 p. 181-200. 

Seis Poetas Surrealistas nas Líricas Portuguesas

 Embora não se constituindo como uma estética que Jorge de Sena particularmente tenha privilegiado,  o Surrealismo português está bem exemplificado na seleção de poetas tidos como “surrealistas” presentes na 3a. série das Líricas Portuguesas, antologia que organizou e que teve sua primeira edição em 1958. Transcrevem-se a seguir as breves apresentações que deles faz. Atente-se particularmente na de António Maria Lisboa — poeta homenageado pelo Congresso Internacional “Surrealismo(s) em Portugal”, na evocação dos 60 anos de sua prematura morte, que neste 2013 se completam. O que aí diz motivará seu comentário de tempos depois: ”Creio não pecar por vaidade se disser que, fora dos círculos afectos ao surrealismo que prosseguia mais ou menos em volta de Cesariny, eu terei sido a primeira criatura não-surrealista a proclamar a grandeza de António Maria Lisboa, há vinte anos” (ver)

 

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1- JOSÉ DE ALMADA NEGREIROS
2- ANTÓNIO PEDRO
3- MARIO CESARINY DE VASCONCELOS
4- ALEXANDRE O’NEILL
5- FERNANDO LEMOS
6- ANTÓNIO MARIA LISBOA

 

1. JOSÉ DE ALMADA NEGREIROS

José Sobral de Almada Negreiros nasceu na Roça Saudade, Ilha de São Tomé, e não em Lisboa, como tem sido dito, a 7 de Abril de 1893. Fez os seus estudos primários e secundários sucessivamente no Colégio de Campolide, Liceu de Coimbra e Escola Nacional de Lisboa. De 1919 a 1920 seguiu estudos de pintura em Paris, e de 1927 a 1932 viveu em Espanha, onde trabalhou bastante em decorações de casas de espectáculos e outros edifícios. Realizou diversas exposições individuais desde 1912, e participou em várias exposições colectivas de arte moderna, quer em Portugal, quer no estrangeiro. Pela sua obra plástica, que o classifica entre os primeiros valores da pintura moderna; pela sua obra literária, que vibra de uma igual e poderosa originalidade; pela sua acção pessoal através de artigos e conferências – Almada Negreiros, pintor, desenhador, vitralista, poeta, romancista, ensaísta, crítico de arte, conferencista, dramaturgo, foi, pode dizer-se que desde 1910, uma das mais notáveis figuras da cultura portuguesa, e uma das que mais decisivamente contribuiu para a criação, prestígio e triunfo de uma mentalidade moderna entre nós. Autor do Manifesto Anti-Dantas, componente do Grupo de Orpheu, colaborador de Portugal Futurista, de Contemporânea, de Athena, com larga colaboração em jornais e revistas, director de Sudoeste, descobridor da perspectiva dos ladrilhos no políptico de Nuno Gonçalves, Almada Negreiros é hoje uma figura de primeira plana. Mas, no conjunto da sua vasta e multímoda obra, a produção poética não ocupa, no conhecimento do público, o lugar a que tem jus. Poder de veemência apostrófica, força irónica, graciosidade formal, profundeza de visão, simplicidade total de uma expressão que reconquistou uma ingenuidade originária, são aspectos da sua criação poética sempre vigorosa e elegante, de uma extrema capacidade de visionarismo plástico, aliada a uma nitidez linear do estilo, um estile que equilibra o mais saboroso coloquialismo popular, e até lisboeta, com um poder de abstraccionismo geometrizante muito concorde com as orientações predominantes do seu entendimento plástico do mundo. Faleceu em Lisboa, a 15 de Junho de 1970.

 

2. ANTÓNIO PEDRO

António Pedro da Costa nasceu a 9 de Dezembro de 1909 em Nossa Senhora das Graças, Praia, Cabo Verde. Estudou Direito e Letras em Lisboa e frequentou a Sorbonne. Viveu em Paris, em Londres (onde durante a Segunda Guerra Mundial a sua atividade na BBC foi uma das raras vozes livres portuguesas), em África, no Brasil, etc., e os últimos anos da sua vida em Moledo do Minho (onde morreu a 17 de Agosto de 1966), tendo sido no Porto director, encenador e professor de teatro no T. Experimental do Círculo de Cultura Teatral. A sua acção encontra-se ligada a todos os movimentos artísticos de vanguarda e foi um dos principais animadores, a partir da fundação do agrupamento «Pátio das Comédias», da re-novação do nosso teatro. Pintor e escritor, expôs diversas vezes em Portugal e no estrangeiro, pertenceu ao Movimento Surrealista de Londres e foi à sua volta que se formou o primeiro grupo português. Foi fundador da revista Variante, um dos principais colaboradores de Mundo Literário e de Unicórnio e números seguintes desta publicação, e tem larga colaboração ensaística e crítica em jornais e revistas, além de volumes de crítica de arte. A sua versati· lidade – também como ceramista iniciou uma renovação formal – e o seu multímodo talento têm, aos olhos de muitos, desvirtuado a unidade essencial de uma notabilíssima personalidade, entusiástica e original, com um extraordinário sentido do sabor das palavras, e que escreveu uma obra-prima do «romance surrealista»: Apenas Uma Narrativa (1942), em que a imaginação, tantas vezes abstraccionante, do surrealismo adquire, como na sua pintura, um peso de regionalismo, de truculência campestre, de visão poética de uma realidade que transborda de símbolos verbais ou plásticos que são constantes da sua expressão. O mesmo sucede com a sua poesia, que foi evoluindo de uma lírica simplicidade à Guilherme de Faria, seu companheiro de juventude lisboeta, através dos aspectos fantasiosos e graciosos de certo modernismo, até um barroquismo cheio de gosto pelo concreto, que as experiências «dimensionistas» do poeta (o «dimensionismo», fundado por A. Pedro, era como que um ultraísmo poético-plástico) preparavam para a libertação surrealista. Lírico delicado e ao mesmo tempo rude, a sua poesia, em que o Minho raiano e marítimo e o surrealismo se foram cruzando cada vez mais, é uma das mais interessantes da sua época, e não tem sido estimada, nem o foi pelo próprio autor, devidamente.

 

3. MARIO CESARINY DE VASCONCELOS

Nasceu em Lisboa a 9 de Agosto de 1923. Fez estudos de Belas-Artes na Escola António Arroio, que prosseguiu depois em Paris. Igualmente se dedicou ao estudo da música. Vive habitualmente em Lisboa, e tem colaborado com artigos ou poesia em vários jornais e revistas. Fez parte, em 1947, do primeiro grupo surrealista de Lisboa, em cuja constituição teve importante papel, e do qual cerca de um ano depois se separou por discordar da orientação seguida. A sua volta e de António Maria Lisboa se formou então um grupo dissidente, que mais ou menos se desfez como o anterior entretanto se desfizera. Quer como artista plástico, quer como escritor, Cesariny de Vasconcelos prosseguiu a sua actividade, e pode considerar-se, sob certos aspectos, que foi o corifeu ortodoxo do movimento surrealista., se não a única, de todas as personalidades que o surrealismo interessou ou por ele passaram, a persistir numa maneira que tornou muito pessoal, graças a um excepcional talento de poeta. A sua poesia, que guardou, como a de Alexandre O’Neill, um ressaibo do neo-realismo que primeiramente o interessara, não é porém ‘irónica, mas intensamente sarcástica contra tudo e contra si própria, numa ânsia de autodestruição que por vezes culmina em admiráveis explosões de lirismo desesperadamente erótico, contraditório e angustiado. Usando uma linguagem muito lucidamente insólita, que contrasta com a veemência da expressão sempre hesitante entre uma singela ternura pelo quotidiano (em que às vezes aflora um lirismo muito tradicional) e a mera ferocidade de empregar trocadilhos, esta poesia vigorosa e sugestiva, constantemente à beira de extinguir-se ou de tornar-se uma imitação de si mesma, tem tido uma influência notável, nem sempre benéfica, dado que raro o poeta se preocupa com atingir uma clarificação da sua espontaneidade, o que aliás o surrealismo teórico não postula.

 

4. ALEXANDRE O’NEILL

Alexandre Manuel Vahia de Castro O’Neill de Bulhóes nasceu em Lisboa, a 19 de Dezembro de 1924. Depois de ter tirado o curso dos liceus e frequentado a Escola Náutica, empregou-se no comércio, e passou depois a exercer o jornalismo. Tendo-se interessado pelo neo-realismo, foi membro do 1.º Grupo Surrealista, formado em 1947, e colaborou em revistas e suplementos literários, como os do Diário de Lisboa e de A Capital. Em 1951, Cadernos de Poesia ‘dedicaram um número a poemas seus, nos quais predomina uma atitude surrealista, no entanto estruturada por uma ciência muito lúcida da expressão, e que atinge uma violência irónica rara na poesia portuguesa, cujo decantado sarcasmo se fica habitualmente pela indignação verbal. Os últimos livros revelam no mais unitàriamente como um lírico notável, que encontra, na solidez pro-saística da metrificação arcádica, num subtil junqueirianismo (sobretudo de A Morte de D. João), e na fluidez divertida dos «inventários» surrealistas, o suporte de uma expressão ao mesmo tempo sarcástica e sentimental, na qual são elevadas a quase preciosístico requinte, que não recua perante a citação ou a deformação de lugares comuns, as experiências irónicas da poesia antiga e moderna. Mas a sua maior originalidade será talvez a capa· cidade para, numa metáfora ou numa palavra, concentrar um complexo de significados moralísticos, cuja intensidade o poema, disfarçado em «exercício de estilo», utiliza e desenvolve, com um pessoalíssimo sentido do humor, seguramente equi·librado à beira da anedota e da gazetilha.

 

5. FERNANDO LEMOS

Nasceu em Lisboa a 3 de Maio de 1926. Cursou a Escola António Arroio e os estudos livres da Sociedade Nacional de Belas-Artes, tendo-se dedicado às artes gráficas, à decoração e à publicidade. Interessado pela actividade surrealista, participou, em 1952, na exposição realizada na Casa Jalco, que fez escândalo, e onde a sua pintura e as suas .fotografias se impuseram por uma profundidade original da visão. Partido para o Brasil logo depois de uma outra exposição que, em 1953, o confirmou como um dos mais vigorosos artistas plásticos contemporâneos, tem participado nas Bienais de São Paulo, sendo distinguido com diversos prémios de alta categoria, e tem exposto nos Museus de Arte Moderna do Rio de Janeiro e de S. Paulo. Pintor, desenhador e fotógrafo, a sua obra não-figurativa patenteia uma forte personalidade, dotada de um rico sentido poético que da realidade abstracciona subtilmente os elementos de uma penetrante e rude visão ‘ da vida, que surgia também nos poemas com que colaborou em Cadernos de Poesia e na publicação Unicórnio e números subsequentes. Esses poemas trouxeram ao surrealismo um tom de decidida e vigorosa aceitação da vida, sem o desespero ou o sarcasmo negro que tem caracterizado algumas expressões desse movimento.

 

6. ANTÓNIO MARIA LISBOA

Nasceu em Lisboa a 1 de Agosto de 1928 e morreu na mesma cidade a 11 de Novembro de 1953. Após breves estudos numa Escola Industrial, dedica-se inteiramente à arte e à filosofia. Em princípios de 1949, parte para Paris, onde trava contacto com vários artistas portugueses lá residentes e se inicia nas práticas ocultistas. No, regresso, faz parte do grupo surrealista «dissidente», que então daria ao movimento um novo surto, e do qual, com Mário Cesariny de Vasconcelos, foi um dos principais animadores. Volta a Paris em fins de 1950, regressando em Março de 1951. As maiores privações, a falta de ambiente, um destino hostil e uma personalidade excepcional levam-no à doença e à morte. A sua poesia, que é, sem dúvida, das maiores afirmações de potencial lírico das décadas mais recentes, caracteriza-se por uma profunda e visionária seriedade, que contrasta com li ironia ou sarcasmo ou o sentido plástico de outros cultores e continuadores do movimento surrealista entre nós. Uma intensidade destituída de veemência fácil, uma imaginação transfiguradora que possui ou busca uma concepção unitária do mundo, uma fluência que nunca sacrifica a expressão à rebuscada ou insólita originalidade – eis o que, se a morte as não destruísse em pleno voo, faria deste poeta malogrado uma grande figura, despojada das tonitruâncias e das piruetas ocasionais do surrealismo de escola, que aliás se sente quão apenas programàticamente o afloraram. A sua obra aguarda ainda a publicação completa e crítica que merece.

 

In: Líricas Portuguesas, 3 ed. Lisboa, Ed. 70, 1984 2 v.  p I-28, I-132, II-130, II-231, II-279, II-375  

 

Notas acerca do Surrealismo em Portugal

Ainda a propósito do Congresso Internacional “Surrealismo(s) em Portugal”, que transcorre em Lisboa de 18 a 21 de novembro/2013, aqui transcrevemos o “testemunho” que Jorge de Sena redigiu a pedido de Luciana Stegagno-Picchio, que o editou nos Quaderni Portoghesi nº 3. Datado de abril de 1978, é um dos seus últimos escritos, o que lhe confere interesse suplementar. 

 

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Foto de Fernando Lemos: “Hospital de bonecas” (1949)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS ACERCA DO SURREALISMO EM PORTUGAL, ESCRITAS POR QUEM NUNCA SE DESEJOU NEM PRETENDEU PRECURSOR DE COISA ALGUMA, AINDA QUE, CRONOLOGICAMENTE, O TENHA SIDO, POR MUITO QUE ISTO TENHA PESADO A MUITOS SURREALISTAS, EX-SURREALISTAS, ETC., DO QUE SE NÃO EXCLUEM MESMO EMINENTES PESSOAS QUE CONTAM ENTRE OS MELHORES E MAIS DEDICADOS AMIGOS DO AUTOR

 

Ao compor este longo título, para corresponder à amiga insisistência da admirável Luciana Stegagno-Picchio que me deseja depoente neste conjunto de textos dedicados ao Surrealismo em Portugal, não sei em verdade o que vai acontecer daqui em diante, ao rápido sabor da máquina, e se as «notas» corresponderão ao título, ou ao que se espera que eu diga ou não diga. A ver vamos.

Como mostrei em artigo que saiu em duas partes no Diário de Notícias de Lisboa, em 10 e 17 de Janeiro de 1974, «A Primeira Referência ao surrealismo feita em Portugal», eu creio ter encontrado (havia muito) e digo então que essa referência, escrita em fins de 1924, apareceu em 1925, na antologia Afonso Lopes Vieira – Prosa e Verso, organizada, com largos comentários, pelo Prof. Agostinho de Campos, notório filólogo e crítico, inimigo de quanto cheirasse a Modernismo (que ele, como muita gente de Direita, equacionava e longamente equacionou com «comunismo » e mesmo, mais cruamente, o temível e horrendo «bolchevismo» que sugeria logo, às almas timoratas, uns sujeitos que comiam crianças assadas, todos ignorantes essa gente, ainda que por certo ele muito menos do que outros, de como, na verdade, a grande parte dos maiores fundadores e propagadores do Modernismo euro-americano não timbrou pelo esquerdismo, e mesmo caíu noutros extremos de simpatia ou adesão ao fascismo, o que tudo em 1924-25, sejamos justos, não era fácil de distinguir), que algures no livro, qual citei naquele estudo, ele atacava, aproveitando o recentíssimo Surrealismo cuja aparição lhe não escapara, e que ele chegava a apresentar por exemplos que terão sido as primeiras traduções portuguesas, ainda que curtas amostras, de textos surrealistas, precisamente quando Breton acabara de proclamar o movimento. Agostinho de Campos, companheiro e amigo coimbrão, que fora, de António Nobre (que o Modernismo português roubaria ao Nacionalismo literário, para considerá-lo um precursor que tanto Pessoa como Sá-Carneiro celebraram notavelmente), no mesmo largo passo, mostra-se todavia altamente informado do que ia por algumas partes: fala em Dadaísmo, em Ultraísmo, etc., e eu perguntava-me e pergunto quantos dos mais modernos dos modernistas, naquele interim do movimento nos anos 20, após o ORPHEU e o Portugal Futurista de 1915-17, estaria mais infor(nado do que ele, a respeito de tudo isso, como ele mostrava estar. E não creio que se tenham preocupado com informar-se, como é tão claro que Pessoa não buscou, e que Almada muito menos, sempre fechado dentro daqueles olhos imensos e profundos, com que ele sabia sempre tudo, sem na verdade saber nada. Naqueles anos 20, a continuidade do Modernismo é mantida, mais ou menos numa relativa clandestinidade literária, em que o movimento se desejava fazer respeitável (ainda que Pessoa & Ca. heteronímica tratassem de equilibrar um pouco a situação com uma que outra escapada escandalosa, para honra da firma), por importantes revistas que raríssimos em verdade liam, ou terão lido hoje: a Contemporânea (1922-26), e a Athena (1924-25) dirigida pelo próprio Fernando Pessoa, nas quais em vão, se me não engano, se encontrará qualquer eco de «ismos» passados ou presentes, e ambas coincidem com o lançamento do Surrealismo. Por essa época, ainda a presença estava nos idos e calendas do futuro, fundada que foi em 1927 para durar intermitentemente até 1940, e tendo imposto criticamente, pelos seus membros mais influentes e activos, o Modernismo. Todavia, ao longo das páginas tão ricas e cheias de surpresas ainda por estudar no sucessivo conjunto que a presença foi, em meio de tanta referência que desejava repor a cultura modernista’ num contexto crítico-literário internacional (ainda que a internacionalidade continuasse, com raros momentos, a chegar toda da França), não há qualquer indicação de que o Surrealismo tocara ou penetrara o reconhecimento dos «presencistas» mesmo maiores. Quem nos anos 30 mantivera, com vários «ismos» inventados e experimentados por ele, algum do fogo sagrado da Vanguarda pela Vanguarda, havia sido António Pedro (1909-66), que veio a ser mais tarde o catalisador essencial do movimento surrealista português, quando ele se conglomerou em 1947, na corrente do efémero renascimento do surrealismo internacional que ao, final da Segunda Grande Guerra sucedeu. Mas ainda me lembro bem da mal disfarçada hostilidade dos «presencistas» contra A. Pedro (à excepção , de, mais tarde, Casais Monteiro que veio a ser seu excelente amigo), por o considerarem algo fumiste e «amador», o que esse A. P. que recordo com infinito carinho e saudade na verdade foi em tudo, e é dos mais comoventes e valiosos timbres de quem foi um dos mais distintos poetas do período (em todas as transformações estilísticas que variamente experimentou, sempre com o mesmo pessoal domínio da língua portuguesa que era o seu) e um dos abridores de portas a uma nova pintura portuguesa. Em 1935, publicara Vitorino Nemésio (1901-78) o notável livro de poemas La Voyelle Promise, tudo em francês, o que pareceu muito mal a muita gente, entrando em regular ritmo de publicação do que viria a ser uma das principais obras poéticas portuguesas do século. Em 1937-40, a sua Revista de Portugal, aparecendo quando na verdade a presença estava já praticamente morta como publicação, foi uma imensa abertura em que não houve quase movimento ou personalidade notável (do tempo ou futura) que não colaborasse ou aparecesse. E, no entanto, surrealismos mencionados ou declarados, que a gente veja ou recorde, suponho que não há lá. De resto, a maior parte dos «presencistas» nunca na verdade engoliram muito Nemésio, por razões que deduzo ao mesmo tempo semelhantes e opostas às da relativa aversão a António Pedro. Este, fumiste e «amador», tinha fumos de aristocrata que lhe eram perfeitamente naturais, era bastante rico por filho de uma família estabelecida de roça em Cabo Verde, aonde ele nascera, não precisava de trabalhar para viver – e tudo isso repelia homens que eram membros da mediana burguesia da província portuguesa, com alguma que outra excepção. Citadinos (a não ser mais tarde Casais e Gaspar Simões, estabelecidos em Lisboa, mas Casais sempre com um pé no seu Porto natal e no Entre Douro e Minho das suas quintas), como Pedro o era, nunca em verdade os «presencistas» – sejam os sempre fiéis, os dissidentes, etc. – o foram, apesar de quanto culturalmente estavam ou faziam por estar acima do resto das gens literária. Além de que os «presencistas» estavam apostados em tomar a sério e fazer tomar a sério o Modernismo, e tropelias pelo continuado modelo de 1915-17 pareciam-lhes impróprias, e nada que ajudasse um intenso trabalho de defesa e imposição do que encontrava pela frente uma continuada hostilidade, por parte dos mais diversos sectores da tradicionalidade ou da rotina. É de supor que, para lá de antagonismos meramente pessoais desenvolvidos no meio coimbrão da juventude deles todos, quando estudavam à sombra de um dos estercos universitários da Europa, algo de semelhante se passasse com Nemésio que, além do mais, açoriano decidido a trruntar no «Continente» (como nas Ilhas se diz), se talhava com paciência e persistência uma carreira universitária que, para «presencistas», era, com alguma razão, anátema. Questões de classe, como com António Pedro, não creio que tenha havido. Mas terá havido, em comum com Pedro, um outro aspecto fundamental do Modernismo que Nemésio na poesia praticou desde aquele livro de 1935 até à hora da morte: uma aparente gratuitidade fulgurante na invenção das metáforas, um jogo – entre dramático e risonho – com os níveis de sentido e a articulação ou desarticulação do discurso poético, uma certa versatilidade que se situava na aparência para lá do «humano» que era o que os «presencistas» queriam acima de tudo (com muitas razões dentro de uma literatura que, menos raras obras, era naqueles tempos, um acervo de mediocridades, superficialidades e literatices muito aclamadas pela imprensa). Aqueles funambulismos de Nemésio não eram «sérios» – e o pobre Nemésio por outro lado viu-se doido para ser catedrático de universidade, já que esta considerava inimaginável que aquele «modernista» fizesse parte dos «claustros» insignes de ilustres quadrúpedes que hoje, em grande parte, estão substituídos pelos filhos espirituais, mais sólidos do que eles, por que têm seis pernas em vez de quatro. A contradição é saborosa. Mas o que nos importa é acentuar como não é fácil estabelecer a que ponto Nemésio (que conhecia tudo, mas se dava ares de não conhecer nada) foi sabedor e consciente de «ismos» em geral e de surrealismos em particular. Muito possivelmente foi, como se pode deduzir de alguns aspectos da sua obra (que igualmente se podem deduzir dos numerosos movimentos, grupos, revistas e personalidades poéticas cuja acção imediatamente precedeu a proclamação do Surrealismo por Breton, e a este forneceram o material e o ambiente em que «manifestar-se» de chefe que foi e ficou). Que um Nemésio como um Casais Monteiro conheciam bastante bem esses Réverdys e outros, é verificação minha. Mas o essencial subsiste: Nemésio, como depois Casais em muita poesia ulterior, não absorveram nem estavam interessados em absorver surrealismo algum (o que não é pecado nenhum, e não os faz menos grandes), para lá talvez de uma certa libertação do discurso poético que, todavia, por mais desarticulado ou barroco (no caso de Nemésio este último aspecto) que fosse, não perdia contacto com a lógica tradicional expositiva da expressão. Mais duvidoso ainda é o caso de Edmundo de Bettencourt (1899-1973), um dos fundadores da presença e logo dissidente dela, e por muito tempo apenas o prometedor poeta de um livro de 1930, muito na linha «presencista», até que, após anos e anos de obscuridade que ele mesmo desejava e de rara publicação de um que outro poema, se deixou publicar os Poemas de 1963, em que há coisas excelentes, e que foi logo aclamado como um grande precursor de quantas novas Vanguardas havia, e de surrealismos que terão existido nele, se existiram, ao nível literário, de artifício a usar, tal como em Nemésio ou Casais. Cabe aqui um curioso parentese psico-social, que diz respeito praticamente a quase todos os poetas nascidos naqueles anos 20 em que, simbolicamente, o Modernismo português dormia na indiferença do público, e a que escapámos, perdoem-me a presunção, os poetas, quase todos, nascidos entre 1914 e 1919 (ano em que nascemos eu e Sophia de Mello Breyner): a busca de um pai transcendente na geração da presença. Daí para diante, os pais transcendentes e renegados passámos a ser nós, que não tínhamos tido uma presença, não eramos professores de universidade oferecendo aos alunos um entendimento da literatura que ninguém mais lhes dava, nem vivíamos em solene e altivo isolamento como Torga, apesar da tabuleta da sua especialidade médica, ali logo à entrada de Coimbra. Porque esses pais que os grupos continuamente promoviam, para atirá-los uns contra os outros (o meu é o «maior»), o que se pode ver nas revistas literárias dos anos 50 e depois, foram Régio, Torga (outro dissidente da presença mas não menos identificável com muito dela), Bettencourt, Nemésio … (aqui entra o Surrealismo) e António Pedro que foi sol de pouca dura nas divisões e hostilidades em que o incipiente movimento logo se cindiu.

Em 1934, Georges Hugnet, um dos melhores poetas surrealistas franceses injustamente esquecido, havia publicado um livro que teve repercussão decisiva: a Petite Anthologie poétique du Surréalisme, admirável antologia pela informação e pela qualidade e quantidade das selecções. Era como que pôr ao alcance de um mais largo público numerosos textos que jamais haviam sido acessíveis fosse a quem fosse, uma vez que os surrealistas se publicavam em edições restritas, em revistas luxuosas e caríssimas, etc. (tudo sem dúvida muito harmónico com o negócio editorial e plástico que era parte da subsistência de Breton e do seu movimento, mas bem pouco com o carácter de comprometimento político que não tardaria a dividir ainda mais fundamente o que já era, desde o parisiense começo, uma continuada sucessão de excomunhões e denúncias mútuas). Note-se que aquele carácter de inacessibilidade (e as limitações tremendamente «francesas» de tantos deles, e de um homem tão universal como Breton se queria) terá sido o que largamente contribuiu para a escassa difusão (e nunca declarada implantação até muito mais tarde, em qualquer parte) de um movimento cuja influência é inescapável para entender-se a literatura mundial dos últimos cinquenta anos. Em 1935, um dos raros poetas fora da França desse tempo, e um dos raríssimos ingleses a saberem o que o Surrealismo era, David Gascoyne (n. 1916), poeta muito embebido de verdadeiro surrealismo, publicou o que ainda hoje é uma das melhores introduções ao movimento: A short survey of Surrealism, que, é claro, não havia quem lesse em Portugal, ao tempo de a descoberta do grande romance inglês «clássico» e «romântico» e «vitoriano» se processar sob o signo da descoberta francesa. A propósito, cumpre lembrar que o grande Dylan Thomas (1914-53) tem sido referido como muito marcado pelo surrealismo, desde que se estreara em livro em 1934. É possível, mas o caso é muito semelhante ao dos portugueses mais velhos, acima referidos. Já na Espanha, por exemplo, a Geração dita de 27, com Lorca à frente, teve conhecimento do Surrealismo, como não a geração presencista que em Portugal lhes correspondia, e em maior ou menor grau o encorporou à sua criação poética, sem que todavia jamais tenha havido propriamente movimento que, de resto, aqueles anos que se iam dramatizando não propiciavam. Por 1939-40, Tomaz Kim (1915-67), meu companheiro dos Cadernos de Poesia, porta por onde entrei mais abertamente na arena pública dos meus – neste ano se cumprem – quarenta anos de actividade literária, emprestou-me aquela antologia que ele obtivera e o entusiasmava ainda que moderadamente, e o livrinho de Gascoyne, que ele trouxera da Inglaterra de onde o eclodir da guerra o devolvera à pátria (note-se que, pelo nascimento, este meu distante primo pelos Grilos judaicos da Covilhã, que ambos tínhamos no nome completo e no sangue, tinha, como «pátria», Angola onde nascera).

Ambos os livros, com variáveis efeitos, haviam andado nas mãos de José Blanc de Portugal (n. 1914, em Lisboa como eu) e do Ruy Cinatti (n. 1915, e em Londres). Eu, que já andava a catar surrealismos sem bem saber aonde encontrá-los sem bússola, sofri o que não pode descrever-se como um tremor de terra. Aqui e ali, em alfarrabistas, não sei por quais milagres, encontrei preciosos volumes que ainda conservo de Eluard, de René Crevel, Aragon, etc., que por certo os compradores haviam comprado por engano e vendido logo, lavando as mãos com desinfectante. Esse período da minha juventude, como anos e anos ulteriores, foi, lado a lado com o muito juízo de tratar de arranjar o pão que não tinha, de uma dissipação incrível em submundos inimagináveis, o que nunca escondi de ninguém, mas jamais partilhei ou fiz assunto de. conversa com mesmo os meus mais íntimos amigos. Aliás, é – e perdoem-me este traço de retrato – típico da minha atitude em relação a tudo isso, a minha total incapacidade ou repugnância por qualquer aventura que não envolvesse uma pessoa desconhecida que eu passava a «conhecer» só para isso mesmo, e quando se acabava acabou-se. Assim sendo o como eu vivia, o desregramento surrealista estava nas minhas mãos. E as experiências também – apenas sucedia que eu as prosseguia a sós, o que foi uma escola tremenda, e uma lição terrível. Automatismos, transes, etc., tudo tentei praticar e por vezes consegui, da mesma forma que o sistemático deambular delirante pelos desertos urbanos e nocturnos de Lisboa e Porto (o que não é difícil encontrar em muita da minha poesia). Mas comecei, juntamente com o «aprender» lúcido de algo diverso desde dentro, a sentir um terror negro descendo sobre mim (que também está em vária poesia minha). Era, não havia dúvida, um risco de pura e inescapável loucura, por trás da máscara mais ou menos serenamente irónica que era a minha e irritava tanta gente (para mais, não indo eu às capelas literárias do Modernismo, como ia, para beijar devotamente a mão de algum «mestre»…). Por esse tempo lia eu (em tradução, que o alemão ainda me não chegara) Goethe que admiro profundamente e não é mais que obrigação de pessoa decentemente culta, e as distâncias dele em relação ao Romantismo que ele mesmo tanto ajudara a inventar, foram um dos meus caminhos de salvação. Tomei as minhas distâncias, mas fiquei a saber que o surrealismo ou o que este incluíra nos seus programas, por muito que pudesse ser, na velha tradição da mistificação esteticista- modernista, uma divertida brincadeira de arreliar o burguês, não era brincadeira nenhuma.

Em 1942, após várias publicações dispersas de poemas desde 1938, o Portugal, o Cinatti e o Kim cotizaram-se, tendo eu contribuído com simbólica parcela, para editar-se o meu primeiro livro de poemas, Perseguição. Este livro não era apenas posto sob a égide (em 1942!… quem era ele?) de uma epígrafe de René Char, sendo dividido em três partes que tinham epígrafes de Breton, Gide, António Machado. Esta escolha obviamente era muito calculada: eu colocava-me na linha do surrealismo caminhando ao longo dela, e, do mesmo passo, acentuava que a «disponibilidade» do Gide seria sempre uma das minhas linhas de conduta, tal como o grande Machado, com a sua densidade de pensamento e a sua sensibilidade aberta ao dentro e ao «fora», era um dos meus mestres de poesia e de humanidade (têm-me dado outros mestres, e nunca se lembraram deste que ali estava como que declarado). Depois das epígrafes, o que estava era uma selecção de poemas meus, desde os fins de 1938 aos princípios de 1942, a esmagadora maioria dos quais era, e de outra maneira não podia ser entendida, surrealista de forma e fundo e profundo. O que largamente contribuiu para o silêncio confuso e gélido que rodeou tão estranha coisa, e para que um par de criaturas críticas do tempo dissessem dos dislates mais memoráveis sobre uma coisa que eles não entendiam que fosse. Estes dislates deveriam os surrealistas sobreviventes buscá-los e coleccioná-los para a grande antologia da asneira a respeito deles, se não vivessem quase todos na absurda angústia de que eu exista ou tenha existido sem incomodá-los, e criticando-os muitas vezes com uma simpatia que eles têm encontrado falsa em pessoas que tanto mais gostam deles quanto menos surrealistas lhes parecem, ou dando ao gáudio público o triste espectáculo das suas brigas e quezílias com insultos e semelhantes coisas que fazem as delícias de quem não merece a décima parte do respeito que a maioria dos surrealistas, ou ex-idem, merecem. Mas, quando o surrealismo chegou a Portugal em forma de grupos logo multiplicados, em 1947, a máxima preocupação foi suprimir- me, atacar-me, distorcer o que eu acaso dissera, e sobretudo ignorar por completo, ou fazer ignorar, que aquele livro de 1942 tinha alguma vez existido. Sequer o meu velho e grande amigo José-Augusto França, nas tábuas cronológicas dos eventos, em apêndice à sua monumental A Arte em Portugal no Século XX (1974) resistiu, ou o subconsciente o traiu, a não referir, entre os eventos literários daquele ano esse livro, da mesma forma que, em 1946, se esqueceu de registar o meu livro seguinte, Coroa da Terra, o qual, cruzamento de um surrealismo ainda mais ultrapassado, com um neo-realismo sem ranço de aldeia e de semi-analfabetismo, era formado por poemas que tinham sido escritos desde os fins de 1941 aos fins de 1944. Não admira que, noutros lugares, quando eu entro em listinhas de surrealismos,pareça – como convinha – que o meu primeiro livro era Pedra Filosofal, de 1950 …

Voltemos ao 1942 do princípio do parágrafo anterior. Nesse ano, e foi quando primeiro o conheci, António Pedro que estava na Inglaterra ao serviço da BBC (e como tal era pessoa mal vista das entidades oficiais que todavia o não perseguiram nunca pelas muitas ligações e amizades que ele tinha dos seus tempos juvenis de nacionalismo literário, e íntimo amigo do admirável e malogrado Guilherme de Faria, 1907-28, com cuja poesia a primeira de Pedro se identifica muito) fundou em Lisboa uma revista luxuosamente «moderna», Variante, em que colaborei, e de que saíram apenas dois números. Manda a justiça que se diga que a revista não reflecte, de modo algum, ou faz qualquer propaganda do surrealismo. E, no entanto, António Pedro nesse mesmo ano publicava uma das grandes obras-primas da prosa e da ficção portuguesas, e sem dúvida uma das mais admiravelmente conseguidas tentativas de novela surrealista em qualquer língua, Apenas uma Narrativa. Mas era realmente «surrealismo», pelo menos na completa consciência literária dele? Há que sinceramente pôr reservas, aliás altamente reveladoras da sua complexa personalidade. Porque este livro estilisticamente e estruturalmente revolucionário transbordava de um prazer tradicional que Pedro praticava com as delícias de quem saboreia um manjar que tem tradições lusitanas desde as pompas de prosa de um João de Barros quinhentista: o gosto de explorar os efeitos da língua pelo gosto de usá-la com sumptuosa riqueza e inventiva capacidade, para ficar-se uma pessoa aí mesmo. Não sem funda razão era a obra dedicada a Aquilino Ribeiro, grande escritor que precisamente simbolizava isso, e sempre foi para modernos, para lá das suas ocasiões superiores, a perfeita imagem do que boa prosa e boa ficção não deveriam ser. Todavia, e recuando um pouco, registemos que, em 1940, António Pedro com António DaCosta (que recebia aclamação como promissor pintor de uma renovada Vanguarda) havia realizado uma exposição de pintura, num modesto andar sem os espaços das exposições que davam brado. Mas a gente «moderna» foi toda ver, e alguma dela podia perfeitamente entender que, se eles não eram declaradamente «surrealistas», eram pintores que tinham visto reproduções ou obras dos homens ligados ao movimento surrealista.

E assim chegamos, saltando um pouco, a 1947, quando se dá a formação do grupo surrealista português, sem que eu deseje demorar-me na história incerta dos anos 1942-47, que muitos têm contado cada qual à sua maneira (o que com desculpa da franqueza, considero altamente indigno da categoria deles que não precisariam de recuar-se tanto no tempo, e, além do mais sendo feiamente provinciano, é o oposto do Surrealismo, mesmo que este seja misturado com o chamado e praticado Abjeccionismo que conviria reservar para zurzir apenas a abjecção que de Portugal se apoderou, e é muito mais importante que as abjecções privadas ou públicas de cada um, por mais talento que desbaratem do que realmente têm). Quando o grupo se formou, com António Pedro de galinha dos ovos de ouro para os pintainhos que não eram na verdade da ninhada dele, ninguém me contactou para ser parte de tal coisa, nem eu busquei que o fizessem. Aquilo era realmente uma coisa de gente mais jovem que eu, a que eu não pertencia. Além de que não tinham de facto (embora já tenha sido dito que eu fui membro do Grupo Surrealista …) a mínima intenção de que eu o fosse, com aquelas inconveniências de 1942 e 1946, e o próprio António Pedro, e que a sua memória e sua amizade me perdoem, ressentia muitíssimo a minha atrevida coincidência no tempo, o que nunca impediu as nossas boas relações, e a nossa estreita colaboração em mais de uma iniciativa (como aquelas, de que me orgulho, que contribuíram para renovar o moribundo teatro português e dar aos palcos portugueses de hoje alguns dos seus maiores actores). Em Janeiro deste 1947 foi a exposição modesta mas sensacional (apesar de quanto havia de tremendamente incipiente) do «grupo» mais ou menos em força, porque já as dissidências se realizavam. E em Junho a magna 1ª. Exposição dos Surrealistas. Nesse tempo, eu colaborava na Seara Nova, aonde fazia sobretudo crítica de teatro, e os «seareiros» achavam que eu era um horrendo «comunista» que vigiavam com racionalista dedicação. Eu decidi escrever uma série de artigos sobre a exposição, e foi um bico de obra conseguir convencer aquela gente a deixá-los sair, como depois foi obter da Censura que saíssem tão integralmente quanto possível, uma vez que as Direitas rabiosas faziam griteiro reclamando polícia e o diabo. Mas saíram. E sem vaidade penso que foram do mais sereno, mais atento e mais cúidadosamente observado e escrito por alguém que sabia do que falava, que os «surrealistas» jamais receberam por muitos anos. É claro que estes artigos têm sido suprimidos e ignorados de bibliografias. E na ocasião e depois eu fui alvo de sessões públicas de insulto, com ataques de toda a ordem, etc. E que não se podia, ou o grupo então existente não podia aceitar de mim um generoso e inteligente «reconhecimento» que corresponderia a reconhecerem-me a existência. Um dos cavalos de batalha, se não me engano, era um poema com que os artigos terminavam, Ode ao Surrealismo por Conta Alheia, que considero dos melhores e mais sérios poemas que já escrevi e foi considerado um perverso ataque satírico (vindo depois das páginas que eu publicara … ). Esse poema foi depois incluído em Pedra Filosofal (1950). Todavia, o caso dos artigos era mais complicado. Com toda a seriedade da maioria dos surrealistas (seriedade que um António Maria Lisboa levou às últimas consequências terríveis), o caso é que, para alguns deles, o Surrealismo era na verdade (como de certo modo para António Pedro) uma magnificente piada que permitia uma nova originalidade, sem que a vida se jogasse nisso. E eu dissera (refiro de memória) que o surrealismo não era brincadeira nenhuma, e que as pessoas só tinham nele os seguintes caminhos: acabar em papas como o Breton, em fiéis sacristães do papa como Péret, em chefões políticos como Aragon, em loucos como Artaud, ou em suicidas como Crevel. Ou em poetas sem mais, como aconteceu com Eluard ou René Char, com comunismo ou sem ele. Ora estas não direi previsões, mas realidades perfeitamente visíveis em 1947, sobretudo a quem estivera à beira do suicídio ou da loucura (o que, é claro, não era público nem publicado), não eram exatamente o que aqueles jovens queriam ouvir. E sempre o compreendi. Menos, devo dizer, o feroz antagonismo de um Cesariny de Vasconcelos, que sempre – jamais provocado – me pareceu a coisa mais inconcebível do mundo. Porque, por pequeno, reles e mesquinho que Portugal seja, creio que cabemos perfeitamente  lá todos, e tanto mais quanto eu, há tantos anos, nem sequer vivo lá regularmente, e não faço competência a ninguém nos cafés que já nos anos 50 não tinha tempo para frequentar. Isso de ter aflições com sombras não é próprio de quem não é dos que não projectam sombra, como a personagem do conto famoso do Chamisso, romântico alemão (e bastante «surrealista», por aquele critério do Breton que consistia em proclamar surrealista, desde a fundação do universo, o último sujeito que ele por acaso lera, naquela tão irremediavelmente tão francesa maneira de descobrir a pólvora a toda a hora, com as pólvoras dos outros), personagem que vendera a sombra ao demónio, e depois se viu em chatices medonhas.

A terminar estas notas, registemos ainda algumas significativas efemérides editoriais, críticas ou semelhantes, do presente autor, relacionadas com o Surrealismo e os seus aderentes directos ou distanciados. Em 1944, naquele intervalo de 1942-47, em que haviam aparecido Perseguição e Coroa da Terra, publiquei eu, no jornal O Globo que o Casais Monteiro fazia com ajuda minha, como órgão muito perseguido por polícia e censura, e que estava ao serviço dos chamados Aliados e sobretudo da Resistência Francesa, uma página que há muito eu desejava fazer algures, e não havia naqueles anos sinistros algures aonde o fizesse, e era uma apresentação do Surrealismo, com traduções de diversas figuras do movimento originário. A página fez-se, e as traduções publicadas eram de textos de Breton, Eluard, Péret, Georges Rugnet (as quais muito em breve espero que possam ser lidas na ‘minha colectânea de traduções de poetas deste século, Poesia do Século XX, no prelo há anos). Algures creio ter contado como Casais brigou amigavelmente comigo acerca do título da página e da tradução da palavra, por achar que surrealismo era uma coisa bárbara que ele só deixou que saísse sobrerealismo; e, se havia nele simpatia ou condescendente aceitação da minha mania, posso afoitamente dizer que não havia pelo «surrealismo», nele, mais interesse e curiosidade do que ele tinha por tudo, para estar ao par, como esteve da crítica e criação deste mundo e do outro até à morte. Assim, naqueles anos, e sem que necessário seja sequer recordar os livros que publiquei, há que reconhecer que o Surrealismo foi publicado em Lisboa. Mas, valha a ‘verdade, quem poderia tê-lo lido? O jornal, em sua difusão, era perseguido pelos poderes públicos do Salazarismo, empenhados em não desagradar à Alemanha Nazi que, essa sim, publicava com luxo, e cópia de ilustre colaboração católica e das vizinhanças do velho nacionalismo literário rançoso de banha de cobra (foi, creio, por esse tempo, que um verrinoso criaturo que era um dos grandes eruditos autênticos do tempo, sem cujos estudos ainda hoje se não pode passar, Alfredo Pimenta, que começara anarquista e um dos mais curiosos e audaciosos poetas «decadentes» na viragem do século, inventou aquela famosa palavra que pela sequência sucessiva até parecia alemão, e que simboliza acertadamente as confusões mentais que fizeram nacionalistas respeitáveis, católicos fanáticos, etc., aceitar as ideologias nazis, não só em Portugal, mas por toda a parte e na própria Alemanha: tudo era efeito e resultado de uma magna conspiração muito complicada que metia tudo no mesmo saco, na mais incrível das misturadas – o «anarco-sindicalismo, social-comunista, demo-liberal, judeo-maçónico» …); o jornal era pobre de fundos que nunca chegavam ou não chegavam mais que escassamente, e não tinha força para segurar-se e distribuir-se decentemente; e não gozava das protecções e difusões de certa extrema- esquerda que, se convidada a colaborar e participar, o boicotava bastante, porque queria em verdade fazé-lo, e isto não ajudava também à difusão de um periódico, aonde, para mais, a literatura ocupava um lugar necessariamente de favor. Os literatos ou anti-literatos, ou não leram, ou não fizeram caso de tais maluqueiras metafóricas, ou sendo os futuros surrealistas, estavam quase todos ainda a mudar adolescentemente de pele, largando o neo-realismo em que alguns haviam andado envolvidos, e em busca de outra pele que ainda lhes não aparecera, além de, como fica dito, não terem ainda idade ou ambiente para notarem aquela perdida página. Claro que mais tarde, ao historiarem-se, não podiam de modo algum, nem os seus fiéis cronistas, referir tão insignificante coisa.

Quando, em 1951, e em 1952-53, o surrealismo era obras individuais e algumas brigas públicas entre os vários autores, e outros «grupos» com diversos fitos se haviam entretanto formado,  foi que, por iniciativa minha, reapareceram os Cadernos de Poesia de 1940-42. Aos fundadores que me haviam acolhido e publicado naquele tempo, e a mim mesmo, veio juntar-se um grande amigo que havia sido um dos surrealistas da primeira hora, José-Augusto França. Nessa reaparição, o critério antológico da 1.ª série dera lugar ao que já havia sido o plano de uma 2.ª que nos anos 40.não chegara a fazer-se, e a nossa preocupação era apresentar livros (ainda que «cadernos» apenas) de novos autores que nos pareciam destacar-se seriamente, ou substanciais selecções de outros em «cadernos» colectivos. Assim foi que Alexandre O’Neill publicou o seu primeiro livro de poemas, Tempo de Fantasmas (1951), aonde estavam alguns dos seus melhores versos de sempre, e que Fernando Lemos deu à estampa o seu admirável Teclado Universal, cujo valor e significado ainda não foi devidamente reconhecido a quem é um dos grandes artistas plásticos portugueses. E, com perdão de relembrar uma história esquecida, ou ignorada, Mário Cesariny de Vasconcelos não teve publicação substancial nos Cadernos, porque, e nunca soube nem quis saber porquê, estando ela já composta na tipografia, ele mesmo lá foi, se não estou em erro, destruir a composição.

Nos fins dos anos 50, ganhei uma pequena mas demorada batalha com a Portugália Editora, e que era a proposta de que, para actualizar as séries das antológicas Líricas Portuguesas que tão inestimáveis serviços prestaram (a Primeira, devida a José Régio, e a Segunda, a João Cabral do Nascimento que havia sido um dos iniciadores da ideia dos Cadernos de Poesia, dos quais, por mais velho, recusou sempre directorialmente fazer parte como nós insistíamos – e ambas criticadas ao tempo pelo autor destas linhas, c.f. o recentíssimo volume de ensaios, Régio, Casais, a «presença» e outros afins, Porto, 1977), se organizasse uma Terceira Série, na qual se incluíssem alguns poetas que não haviam entrado na Segunda e suas reedições, e que trouxesse a poesia portuguesa desde o Casais com que terminava essa Segunda até vinte anos depois (o que era altamente razoável como limite, já que, saído o livro, teriam cerca de trinta anos os mais jovens dos incluídos). Não cabe aqui a história tragi-cómica do que foi a preparação dessa antologia, com meio-mundo a recomendar-me poetas, dezenas de poetas invadindo-me de livros que jamais me haviam remetido em reconhecimento da minha existência, e numerosas pressões directas ou indirectas, para que eu não incluisse, fulano ou cicrano, sob pena de o Snr. Beltrano se recusar ofendido. Cheguei a receber uma solene embaixada política que protestava contra o facto de constar que eu não ia incluir certo poeta e escritor que· sempre me mereceu respeito e estima (e cujo papel reconheci depois, incluindo-o com muitos mais, na reedição revista e ampliada que é outro dos dramas editoriais da minha vida, com o 1.º o volume aparecido com atraso incrível, e o 2.º ainda por sair anos passados), que eu devia incluir, porque ele já tinha sido preso três vezes! Também não cabe aqui a pequena história dos equívocos ou malignidades de que a antologia foi vítima por parte de críticos que não tinham a mínima intenção de leras minuciosas e completas explicações dadas no prefácio. O caso é que, desde os fins de 1958, quando o livro saiu, ele, como nunca imaginei, tem servido para colar rótulos a toda a gente, estritamente copiados das minhas notas bio-críticas aos poetas incluídos. Claro que, entre os poetas seleccionados, os surrealistas ocupavam, como deveria ser, lugar de relevo (embora, como sucedeu com outros «grupos», a antologia não fosse «deles», e não tivesse portanto de inserir todos os amigos e simpatizantes dos principais). Assim foi que António Pedro teve largo espaço na Primeira Parte complementar da dita Segunda Série em que não entrara antes, e que, na antologia propriamente dita, figuram com relevo representativo e crítico Mário Cesariny de Vasconcelos, Alexandre O’Neill, Fernando Lemos, e António Maria Lisboa. Creio não pecar por vaidade se disser que, fora dos círculos afectos ao surrealismo que prosseguia mais ou menos em volta de Cesariny, eu terei sido a primeira criatura não-surrealista a proclamar a grandeza de António Maria Lisboa, há vinte anos. E, após tantos anos, não será indiscreto recordar que, ao tempo de procurar obter eu dos autores os dados biográficos e outras informações que alguns negaciavam ou negociavam, Mário Cesariny me deu a honra de, acompanhado de Goulart Nogueira, penetrar no antro do, como se dizia em ataques, o «Velho do Reste1o» (ou piores palavras em vez de «velho», . quando eu não cumprira os quarenta anos), creio que para comunicar-me os dados, e reiterar-me a sua aceitação de entrar na antologia aonde era mais do que óbvio que ele tinha de estar. Noite educadamente cordial.

Em 1969, em traduções de Pedro Tamen, a Morais Editores preparava-se para publicar uma muito completa colectânea dos escritos doutrinais de André Breton, Manifestos do Surrealismo, e da obra poética de Lautréamont. E escreveram-me a solicitar prefácios para ambas as edições que nesse mesmo ano apareceram. Procurei, o mais objectiva e imparcialmente possível, segundo as mais actualizadas informações e obras correlatas, situar Breton e os seus manifestos, bem como a personalidade e a obra do genial criador de ·Maldoror. Foi uma tempestade num copo de água: lá estava eu, incorrigivelmente, uma vez mais ao longo de vinte e sete anos, a imiscuir-me na propriedade privada dos surrealistas. Parecia que as reservas que eu fazia e hoje geralmente se fazem a Breton (para lá do papel decisivo que ninguém lhe nega) eram assim como que ataques ao próprio surrealismo, e à sacrossanta inviolabilidade física e intelectual dos seus sacerdotes titulares: do que não se encontra um traço naquele prefácio meu aos «manifestos», aliás, permitam-me que diga, das coisas seriamente sucintas que têm sido ditas sobre o assunto, não só em francês, mas noutras línguas que não esta eterna servidão do intelectual português, por muito que a gente ame (e eu amo) a cultura francesa, porque a conhece, e não porque leu as últimas macacadas importadas de Paris que nem sequer representam de verdade a França, mas hoje uma data de gurus universitários, todos a darem-se ares de iluminados para os centenares de alunos que vão dormir a sua marijuana ouvindo-lhes os sermões psicanalíticos, estruturalistas, etc.

Naqueles anos 60, andei eu às voltas com preparar a reedição já referida das Líricas Portuguesas – 3.ª série, e à distância, por interpostos amigos, contactei necessariamente surrealistas para as actualizações necessárias. Não é minha culpa que, pela idade, tenham todos ficado no 2.º volume que nunca mais sai.

Só voltei a reincidir em assunto surrealista, creio eu, naquele estudo que referi no início destas Notas, publicado em 1974. Não recordo se suscitou ecos. Mas, apesar de eu acentuar as qualidades de penetração e informação actualizada do Agostinho de Campos, o surrealismo lusitano (falo genericamente) assaltou-me de um sector inesperado, os respeitáveis descendentes do ilustre professor. Julgo que estavam mesmo dispostos a levar-me a tribunal por difamação e outras coisas medonhas, e eu, não por isso, mas por me dar pena uma reacção tão despropositada, parece-me que cheguei a escrever uma «resposta» emoliente. Pouco importa. Mas que tal acção não tenha ido por diante, julgo que é, por mero acaso, o único favor que devo às chamadas Revoluções de Abril.

Quando principiei, ao correr da máquina, e mal parando para verificar alguma coisa neste ou naquele volume, não era intenção minha escrever tanto, e muito menos dar-me a recordar incidentes que não contam, porque o que conta são as obras que ficam. Mas a «petite histoire» tem o seu interesse, tratando-se de uma pessoa tão suprimida ou difamada como eu tenho sido. E creio ter referido tudo, sem que alguém possa ou deva sentir-se picado ou ofendido, e serenamente, desapegadamente, sem azedume algum. Há um par de anos que me habituei a viver em estado de «licença graciosa», como se dizia no serviço público português, o que me trouxe um grande desapego que não é menos desejo de estar presente e activo, como sempre estive. E, agora, tendo escapado a um ataque de coração, segundo a intensidade e violência do qual eu tecnicamente e respeitosamente deveria ter morrido como toda a gente que sofre tal tremor de terra e de carne, sucede que estou empenhado em lutar – e espero que vencer ou protelar – com um mal mais terrível e insidioso que os médicos deixaram que impunemente se instalasse em mim. Jamais, no orgulho e dignidade (alguns amigos chamam-lhes «estóicos», e não me soa mal) que sempre foram os meus, e em caso algum, solicitei a piedade de alguém, sim o respeito a que sempre tive direito e que, por isso mesmo, me foi e é negado tantas vezes. O caso é que estou infinitamente ocupado em terminar o que anos de administração universitária e numerosas actividades pelo mundo adiante me impediram de desenvolver, e tenho mais que fazer. E, se as pessoas não puderam na sua falta de humanidade deixar-me puramente em paz (quem jamais foi deixado em paz em Portugal, a menos que notório, admirado e respeitado filho da puta?), que ao menos tenham a esperança e a paciência de contarem que eu possa ser vencido e não durar muito. De qualquer modo, e isto vai dirigido expressamente aos surrealistas e aos seus amigos directos e dilectos, lembremo-nos de que, estando uns aí e eu por exemplo aqui, estamos todos no mesmo barco, Portugal, que jamais nenhum de nós desejou imaginar que fosse mais surrealista (com a mais brutal e analfabeta violência política) que o Surrealismo que transformou as letras e as artes. Pelo que os que sabemos alguma coisa de surrealismo (concedam-me isso …), estamos na verdade mais unidos que nunca, na luta contra esse surrealismo de borra, que surgiu, misturado às esperanças de um povo, das cIoacas de Portugal. Seja surrealista o país, se é esse o seu espantoso destino secular – mas não o sejam os políticos e os seus escribas, insultando (se não se reformam e não actuam) não só uma nação cujos destinos têm nas mãos, mas o surrealismo intrínseco dessa nação, e o surrealismo particular de Breton, de Mário Cesariny, ou de quem quer que seja. E que a todos nós, um dia, a terra nos seja leve.

 

Santa Barbara, 16 de Abril de 1978

 

In: Estudos de Literatura Portuguesa -III, Lisboa, Ed. 70, 1988  p. 245-260

 

O Surrealismo em Portugal

Por ocasião do 60º aniversário da morte do poeta António Maria Lisboa realiza-se em Lisboa, de 18 a 21 de novembro corrente, o Congresso Internacional “Surrealismo(s) em Portugal”, focalizando “como nunca até então se fez em Portugal, um dos movimentos literários, filosóficos e estéticos mais importantes do século XX português”. Sob esse mote, aqui trazemos um texto ensaístico de Jorge de Sena, originalmente escrito em inglês e datado de 1974, provavelmente destinado a uma conferência, no qual sinteticamente nos apresenta suas observações sobre o movimento e sobre alguns dos artistas que a ele aderiram.   

 

Grupo Surrealista de Lisboa, Portugal 1949. Na foto, da esquerda para a direita : Henrique Risques Pereira, Mário Henrique Leiria, António Maria Lisboa, Pedro Oom, Mário Cesariny, Cruzeiro Seixas, Carlos Eurico da Costa e Fernando Alves dos Santos. I Exposição dos Surrealistas, Junho/Julho, 1949.

 

O surrealismo como movimento organizado começou em Portugal em 1947, no despertar do renovado interesse sobre ele, por todo o mundo, logo depois do fim da Segunda Guerra Mundial. O movimento como tal não durou muito, mas deixou uma profunda marca quer na literatura (sobretudo na poesia) quer na pintura.

Portugal foi talvez o primeiro país fora da França onde o surrealismo foi mencionado, poucos meses depois da primeira proclamação do novo ismo de Breton. Aconteceu isto, na mais insólita maneira, por um crítico imensamente conservador,[*] num prefácio a uma antologia de poemas de um bem firmado poeta simbolista, publicado em 1925. O crítico estava bem informado acerca dos fins e estilos do movimento na literatura, e mencionava-os para condenar tal anarquia que ele via como resultado último de toda a Vanguarda. No fim dos anos vinte e trinta, todavia, as actividades surrealistas como tal não tiveram repercussão, em Portugal, nos círculos de Vanguarda. Há que esperar até 1942, quando o meu primeiro livro de poemas apareceu, incluindo exemplos de escrita automática e escudado com epígrafes de alguns escritores surrealistas. Ao contrário do que foi erradamente escrito posteriormente, eu não fui nunca membro de nenhum dos grupos surrealistas surgidos em Portugal, e a minha aspiração como poeta (o que me levou a publicar em 1944 algumas traduções de textos surrealistas) não era ser um surrealista, mas alguém que escrevia depois do que as experiências surrealistas tinham vindo fazendo e dizendo. O meu primeiro contacto com o surrealismo data do fim dos anos 30, quando tomei conhecimento da agora famosa e infelizmente esgotada antologia editada por Georges Hugnet. Aquele meu primeiro livro, tal como o segundo em 1946, foi mal entendido pelos críticos que não podiam ver nem pés nem cabeça num não declarado surrealismo que eles não conseguiam reconhecer sem um claro e polémico rótulo.

Podemos, contudo, dizer que o surrealismo era completamente ignorado em Portugal desde os anos 20 até 1942-44? Porque não atingiu formas claras, antes de 1947, como movimento? Para entender isto e responder a estas perguntas, é importante saber alguma coisa acerca do desenvolvimento da literatura e arte modernas em Portugal.

A literatura moderna, na maneira agressiva do Vanguardismo, começou em Portugal com a publicação, em 1915, da revista ORPHEU, dois números, seguidos por um único número de Portugal Futurista em 1917. O «establishment» do tempo, rotulou como loucos os poetas da primeira revista, mas apreendeu a segunda pela polícia. Destas duas revistas três grandes nomes surgiram: o poeta Fernando Pessoa e Sá-Carneiro, o primeiro agora a caminho de reconhecimento internacional como um dos grandes poetas do século, e o pintor José de Almada Negreiros. As primeiras tentativas escritas em prosa poética de Almada eram já exemplos de corrente do inconsciente antes que Joyce o tivesse desenvolvido. Outras obras destes escritores foram esparsamente publicadas em pequenas revistas depois da grande aventura de 1915-17, mas a principal corrente das letras portuguesas seguia nessa altura as linhas pré-modernistas, como se eles não existissem.

Havia algumas razões políticas para tal. De 1910 a 1926 Portugal foi uma república combatida pelos conservadores e pelos monárquicos pretendendo o retorno do trono que caíra em 1910. A arte dos modernistas era demasiado revolucionária para os conservadores, e eles eram pessoalmente demasiado conservadores (ou apenas queriam pretender que a República era demasiado ordinária para eles) para que os republicanos não se sentissem suspeitosos. Só nos fins dos anos 20 e nos 30 a sua influência se começou a fazer sentir, sobretudo porque um grupo – centrado na revista literária presença – iniciou uma campanha em apoio deles. A gente da presença, com uma ou duas excepções, contudo, se eram a favor da arte e literatura modernas, e de um renovo da cultura literária portuguesa, eram também por uma espécie de «establishment» que não viam o experimentalismo e a Vanguarda como movimentos mas apenas como uma influência literária que apoiava o que eles chamavam a expressão do humano. Era uma espécie de humanismo literário muito na linha da Nouvelle Revue Françaíse. Mas, entretanto, em 1926, um golpe militar derrubou a República e a democracia, e iniciou o regime ditatorial que só terminou em Abril último, como toda a gente sabe. A luta da literatura moderna, tal como a da arte, foi terrível durante estes anos. A independência do espírito tinha que ser defendida a todo o custo e a todo o momento, enquanto, por um lado, o regime tentava integrar os escritores e artistas no sistema, e por outro lado, a censura e a polícia coarctavam todas as tentativas de inconveniente liberdade. Para complicar ainda mais, as doutrinas do realismo socialista começaram a ser pregadas em sentido muito rigoroso e eram forte e criticamente impostas, nos anos 30, por parte da extrema esquerda, e com ela uma espécie de suspeição de toda a Vanguarda como conservadora ou burguesa decadência. Não se podia, de facto, num pais tão oprimido e onde a pobreza era um escândalo público, proclamar doutrinas de arte ou puras literatura com consciência limpa, sem de um modo ou de outro jogar o jogo oficial. Mas não subscrever o realismo socialista, ou pelo menos não aplaudir os escritores e artistas supostamente a tal comprometidos, era correr o risco de ser marcado (secretamente ou efectivamente) quase como fascista. Muitos de nós nesses anos caminhámos em corda bamba. Só no fim dos anos 30 e nos começos dos 40, ajudados pelo facto de que a guerra clarificara naquele momento os alinhamentos políticos (nem um importante ou significativo nome das letras ou da arte alinhou com o fáscio), puderam alguns jovens poetas desafiar por sua conta e risco, e ao mesmo tempo, o «establishment» presença, e a frente do neo-realismo. Durante a guerra Portugal foi neutral, mas o governo nunca escondeu as suas simpatias para com o fascismo. Estar do lado dos Aliados era uma maneira de estar ao lado da liberdade, incluindo nela a arte e a literatura. Curiosamente, o papel que poetas como Aragon e Eluard, ex-surrealistas, desempenharam na resistência francesa, e o facto de que eles eram comunistas, abriu o neo-realismo português para alguns aspectos surrealistas, ainda que se não interessassem pelo surrealismo como tal, e tornou alguns destes aspectosem moda nesses círculos. Nos anos 30 e 40, sem directa referência ao surrealismo, alguns bem informados poetas como Vitorino Nemésio, Edmundo de Bettencourt, e Adolfo Casais Monteiro, tinham já incluído nos seus poemas certas formas menos rígidas e certos meios associativos de criar expressão. Mas foi só no fim dos anos 30 e começos dos 40 que alguns jovens poetas como eu tentaram a renovação do Vanguardismo de 1915-17, tendo em vista todos os desenvolvimentos da Poesia Ocidental desde então. A diferença entre estes então jovens poetas (José Blanc de Portugal, Ruy Cinatti, Tomaz Kim, e eu, a quem normalmente são acrescentados pelos críticos Sophia de Mello Breyner e Eugénio de Andrade) e os jovens poetas que irão promover o surrealismo era que nós estávamos mais preocupados do que ninguém o conhecimento da linguagem e das literaturas além do francês e da influência francesa, que era esmagadora em Portugal, como ainda é desde o fim do séc. XVIII. Dadas as condições que descrevi, é compreensível que, desde os anos 20 até aos fins dos anos 40, nenhum movimento definido tenha começado em Portugal, e que os poetas estivessem mais interessados em experiências suas, se as faziam, do que em lançar formalmente fosse o que fosse.

O que aconteceu com alguns jovens poetas e artistas em 1947, sob a liderança de um poeta mais velho e pintor, António Pedro (1909-1967), tornou-se possível por várias e curiosas circunstâncias.  António Pedro tinha, durante os anos 30 e começos de 40, tentado, em vão, ser reconhecido como poeta e artista de Vanguarda, no despertar da geração 1915. A sua poesia desenvolvera-se de um elegante tradicionalismo em exercícios de Vanguarda que, no entanto, conservou o delicado sentido da terra e das coisas vivas que caracterizam a sua obra. Em 1940, uma exposição da sua pintura conjuntamente com pintura de António DaCosta (n. 1917) foi a afirmação de dois artistas igualmente distantes quer do neo-realismo quer da mitigada Vanguarda, ou do convencionalismo do séc. XIX que estavam ainda em voga nos círculos conservadores. De facto, as obras de ambos eram surrealistas sem o rótulo ou pretensão de serem um movimento. Em 1942, António Pedro publicou Apenas uma narrativa uma bela e poética novela que permanece uma das melhores obras surrealistas em qualquer língua. Entretanto, e até ao fim da guerra, António Pedro trabalhou para a BBC em Londres. As suas emissões, em português, foram como que a voz da liberdade – uma voz que podia levar-nos à prisão, se apanhados a ouvi-la. Voltou a Portugal como uma figura conhecida de todos e o homem que, com Mesens, tinha organizado em Londres a famosa exibição surrealista de 1945. Quando voltou encontrou um pequeno grupo de jovens poetas e artistas cansados do neo-realismo pelo qual tinham passado e queriam seguir um movimento rebelde, diferente dos caminhos que outros tinham seguido nos últimos cinco a sete anos. Ao mesmo tempo, os anos de 1945-47, quando a ditadura de Salazar estava abalada pela vitória dos aliados, permitiam uma espécie de entusiasmo e esperança de mudança, que culminou, em 1949, quando Salazar anunciou eleições presidenciais às quais um vasto espectro da «oposição» apresentou um candidato (que teve de desistir antes da eleição por causa das perseguições governamentais).

Em Outubro de 1947 tinha havido uma reunião atendida por vários poetas e artistas jovens, e por António Pedro, que foi na verdade o começo do grupo Surrealista Português, e que coincidiu com a exibição organizada em Paris por Breton como renovação do surrealismo. Mas quando o grupo, aproveitando a oportunidade da acima mencionada eleição presidencial (durante a qual o governo levantaria a censura para permitir alguma crítica da oposição), abriu uma exibição de pintura e colagens no atelier que António Pedro e DaCosta tinham na «baixa» de Lisboa, o grupo estava já separado em dois: um em torno de A. Pedro, e o outro em torno do poeta Mário Cesariny de Vasconcelos (n. 1923). O catálogo da exposição (apesar do levantamento da censura …) tinha tido a capa censurada, porque era uma declaração apoiando o candidato da oposição para a eleição presidencial. Outras publicações foram lançadas ao mesmo tempo: Prato-poema da Serra de Arga, de António Pedro, um longo poema, A Ampola Miraculosa, de Alexandre O’Neill (n. 1924), uma narrativa feita de gravuras velhas, e um Balanço das Actividades Surrealistas, de José-Augusto França (n. 1922), que se tornou mais tarde um conhecido crítico de arte. Na exposição dois importantes pintores se revelaram: Fernando Azevedo (n. 1923) e Vespeira (n. 1925). A exposição foi um grande sucesso e um retumbante escândalo, mas o grupo que a organizou não teve mais actividade colectiva como um definido grupo surrealista. No entanto, a presença do surrealismo nas artes e letras portuguesas, desde então, data daí. O grupo saído da divisão e tendo à frente Cesariny fez duas exposições, uma em 1949 e outra em 1950, e viriam a ser, anos mais tarde, a única atividade organizada, e a voz do surrealismo estrito. Em 1962, Vespeira e Azevedo, juntos com um jovem artista que se tornou mais tarde no Brasil, para onde emigrou, famoso artista, Fernando Lemos (n. 1926), fizeram uma exposição que ainda foi um sucesso de escândalo. Não cabe aqui escrever com grande pormenor uma história de todas as actividades surrealistas portuguesas, participação individual em exposições, publicações, etc. Mas de tudo isto o que resta ainda? Sem dúvida que uma definitiva presença do surrealismo na arte portuguesa, que prevalece e reforça a linha de Vanguarda. Nas letras, sobretudo na poesia, alguns poetas importantes além de António Pedro que então se converteu num reformador do teatro português com as suas ambiciosas produções. Estes poetas são o já mencionado O’Neill, Cesariny, e F. Lemos, e António Maria Lisboa (1928-53) que hoje se conta entre os melhore-s da língua. De todos eles, O’Neill é aquele que melhor funde a tradição do classicismo irónico e o realismo com a fantasia surrealista em poemas que descrevem com um agudo sentido a luta de ser-se um português em Portugal durante estes anos. Cesariny, que tinha um forte comando do lirismo ao grande estilo, sempre sacrificou – como o próprio Breton – muitas vezes os seus grandes dotes à intenção de ser um surrealista a qualquer preço. António Maria Lisboa, possesso de angustiadas e dramáticas visões teve uma trágica e curta vida, e é talvez aquele que abraçou o surrealismo completamente. Fernando Lemos, como Almada Negreiros no início da Vanguarda em Portugal, e António Pedro depois, trouxe à poesia a visão de um pintor imaginativo, para quem a intensidade de expressão iguala a pura compreensão das formas. Como movimento, o surrealismo, em Portugal, chegou tarde e viveu pouco. Mas a sua insidiosa presença tinha sido sentida nos anos 30 e nos 40; e os resultados da sua tardia aparição ainda pairam por sobre as artes e as letras portuguesas.

 

Outubro, 1974.

 

NOTAS:
[*] Referência a Agostinho de Campos, mencionado em dois artigos publicados em janeiro de 1974 no Diário de Notícias, sob o título “A primeira referência ao surrealismo feita em Portugal” e reproduzidos como texto único emEstudos de Literatura Portuguesa III, antecedendo no livro este aqui transcrito. A referência se repete no texto seguinte, o depoimento “Notas acerca do Surrealismo…”, que pode ser lido neste site (ver)

 

 

In: Estudos de Literatura Portuguesa -III, Lisboa, Ed. 70, 1988  p. 239-244

 

De Engenheiro a Engenheiro: Nótula sobre a correspondência entre Eugénio Lisboa e Jorge de Sena

Depois de breve introdução, transcreve-se abaixo a primeira carta que Jorge de Sena endereçou a Eugénio Lisboa.  Por acaso, apreendida pela PIDE…

 

Capa do livro em homenagem a Eugénio Lisboa
Capa do livro em homenagem a Eugénio Lisboa

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Do relevante contributo de Eugénio Lisboa à leitura crítica e divulgação da obra seniana, melhor do que as palavras elogiosas que eu aqui possa arrolar, há o testemunho material dos títulos que publicou: a incontornável coletânea Estudos sobre Jorge de Sena [1], duas antologias [2] e vários ensaios – a maioria hoje reunidos em As Vinte e Cinco Notas do Texto [3] . Com aquela assumida independência que o caracteriza, lança luzes originais, por vezes polêmicas – ou “ácidas”, como diria o próprio Sena –, mas sempre argutas, sobre a obra e o autor em foco. E, sobretudo, envoltas num savoir lire invejável, num amplíssimo background erudito, numa costura argumentativa clara e cerrada, algo escassa nos tempos que correm. Ou seja, também quando trata de Jorge de Sena, Eugénio Lisboa não foge à “agilidade hermenêutica incólume” e ao “perfil imune a lobbies” com que Eduardo Pitta [4] bem o definiu.

Dentre seus artigos, respigo a recensão [5] publicada na Colóquio-Letras, pouco depois de editado o primeiro volume da correspondência de Jorge de Sena – aquela trocada com Guilherme de Castilho. E se tendenciosamente o faço, é porque muito do que aí nos diz Eugénio Lisboa poderia aplicar-se igualmente à posterior correspondência publicada e a muita da inédita, inclusive àquela que faz de Eugénio Lisboa e de Jorge de Sena especiais interlocutores. Interlocução que, segundo penso, rapidamente deveria abandonar o ineditismo e vir a público, revelando não só um diálogo vivaz entre dois mestres da heterodoxia, como ainda muito de uma contextualização cultural portuguesa (e não só) dos efervescentes anos 70 do século findo, comentada com o à vontade da mútua confiança entre amigos.

Compreendendo apenas 35 missivas [6] – 11 de Jorge de Sena e 24 de Eugénio Lisboa – e concentrando-se entre 1972 e 1978, não resultaria em alentado volume. Mas seria substantiva o suficiente para caracterizar um excepcional diálogo entre duas personalidades fortes, dois engenheiros que, por conta própria, pavimentaram suas rotas pelas letras e nelas edificaram obras inquestionavelmente respeitáveis.

São de Santa Barbara, e apenas daí, as cartas de Jorge de Sena, que sumarizam sua vida de scholar numa universidade americana, sua produção literária, suas andanças um pouco partout sob vários propósitos, com destaque para os acadêmicos. Da parte de Eugénio Lisboa, as cartas datadas de Lourenço Marques, Pretória, Joanesburgo, Paris, Londres, Santo Amaro de Oeiras e S. Pedro do Estoril atestam, já por tais registros, a vasta e variada experiência internacional que o signatário então acumulava, conciliando a docência e as letras com a carreira ligada ao ramo petrolífero, que só no fim de 1976 por completo abandonará.

À guisa de exemplo e ratificando o que afirmo, transcrevo abaixo [7] a primeira carta endereçada a Eugénio Lisboa por Jorge de Sena, de 7 de Junho de 1972, e que, por artes escusas dos tempos então vigentes, foi logo apreendida pela PIDE. Que sua leitura sirva de estímulo a quem tenha poder decisório sobre a edição que ora advogo – a qual viria a prolongar por páginas impressas as comemorações dos bem vindos 80 anos do meu, do nosso, muito estimado amigo Eugénio Lisboa.

 

Meu caro Eugénio Lisboa

Só umas rápidas linhas para muito lhe agradecer a carta que teve a boa lembrança de escrever-me em 26 de Maio, há dias recebida, e também a remessa da revista com a sua palestra sobre a Literatura Moçambicana (se assim pode dizer-se – eu, nos meus cursos de literatura Brasileira [um “caso” de cissiparidade em relação à mãe portuguesa, que julgo que Vocês deveriam estudar, culturalmente, com a maior atenção, sobretudo na época colonial e no século XIX] sempre chamo os alunos a considerarem três ou quatro critérios que longamente, e ainda, os brasileiros confundiram: literatura sobre o Brasil; literatura no Brasil [repartida entre “estrangeiros” que incluem os fieis a Portugal, os “naturalizados” como politicamente o Gonzaga foi, os “brasileiros” radicados em Portugal, em que se contam alguns dos que tentaram, no século XVIII, a mais “brasileira” literatura, e os “naturais”] e literatura brasileira propriamente dita – e assim comecei por tratar a questão em lugar de grande responsabilidade, que é o artigo geral, muito vasto, sobre a Lit. Bras., para a futura nova edição da Enciclopédia Britânica [8], que escrevi, além de paralelo trabalho para a Lit. Port. aonde incluí necessariamente referência às lit. “africanas”) [9], que achei excelente e só o não parecerá a quem se deixe apenas irritar pelo tom “ácido” que, vamos e venhamos, V. desembaraçadamente usa. Acabo de receber um ensaio do Moser (“How African is Afro-Portuguese Literature?”), publicado agora em Review of National Literatures, II, 2, e em que ele trata o caso de maneira que a si sobremaneira importa – e está a responder aos delírios de base estritamente política e de “negritude”, com que muita gente se dá a fazer carreira por estas partes, excluindo (dessa gente) quase todos Vocês por insuficientemente ou nada pretos. Tais coisas já chegaram ao ponto de organizações negras, para protestarem contra Portugal, terem tentado (não levaram por diante) “disrupt” o simpósio de Connecticut, e as celebrações camonianas da Universidade da Califórnia, em Los Angeles, só porque o Camões era português… Como a eles disse, uma vez, no Wisconsin, em situação paralela, têm os portugueses da metrópole maior representatividade ou mais liberdade política, a grande massa da população portuguesa chega à educação em melhores condições e mais protegidamente?… São Cabo Verde, ou mesmo Angola e Moçambique, assimiláveis ao Congo ex-belga, ou à Nigéria, Quénia, Senegal, etc., que nunca foram, nem em pequena escala, colónias de fixação? Em que língua escrevem os internacionalmente antologiados Senghor, Césaire (que vem deste lado), Camara Laye, Diop? Com o que ficaram grandemente embatucados. O que nada altera à minha velha posição, bem conhecida – mas demagogias baratas são outra coisa.

Tenho a minha próxima visita a Moçambique [10] como altamente importante para mim, com um conhecimento tão ocasional do que se publica e publicou (o que sempre me fez recuar de celebrar coisas que admiro, para não cair nas atitudes falsamente confundíveis dos Césares Amândios [11], o qual até a mim incluiu na incrível antologia por dois ou três “sketches” mais ou menos africanos, e, saiba Você, para poder dizer – o que, naquele tempo, não significava nada – que dois dos ditos haviam aparecido na revista da então Agencia Geral das Colónias, por obra e graça do José Osório de Oliveira que a dirigia…, ou nos humanismos do José Régio, para quem tanto fazia que um sujeito fosse da Cochinchina como da Patagónia, não apenas por respeito aos valores estéticos, mas porque não tinha a mínima noção de circunstancialidade histórica ou cultural, para além do nacionalismo literário lusitano, de fraca cepa, a que se entregara nos seus últimos anos), e para os estudos de Português aqui nos Estados Unidos (de que algum vislumbre V. cita muito a propósito). Com efeito, quanta informação directa e quanto material (livros, artigos, depoimentos, etc.) eu possa colher permitir-me-á, melhor que americanos bem intencionados, entender e apreciar o que se passa, para oferecer algo de mais equilibrado do que a palhaçada por aqui dominante. Embora, é claro, o ser eu português-nato, e branco, me corte muito da autoridade que me reconhecem para outros efeitos gerais. Partirei daqui, com minha Mulher, pelo dia 20, se o bilhete vier a tempo, a Roma, Atenas, se possível Cairo, Lourenço Marques. Depois, Luanda e Lisboa. A seguir, aproveitarei a oportunidade para algumas pesquisas na Europa, e voltarei nos meados de Setembro. Assim, mais ou menos Julho será dedicado a Moçambique.

Quanto a que a universidade aí seja dirigida por um Barbais Morosa ou vice-versa é-me totalmente indiferente. Se ele me convidar a falar lá, aceitarei. Mas não convida, e não apenas por ser o que será – mas porque a “universidade portuguesa” faz absoluta questão de me ignorar ou atacar, com algumas honrosas excepções (e muitas dedicatórias em obras recebidas – qualquer dia, eu publico um volume de dedicatórias dessa tropa e mais outras da praça literária lusitana e vai haver grandes surpresas). Que quer, meu caro, eu sou duas vezes “estrangeiro”: não estudei letras com eles ou com ninguém, vim da tarimba ao doutoramento em Letras, adquiri a nacionalidade brasileira (passaporte que possuo), e ensino nas universidades norte-americanas. Reconhecerem-me enquanto catedrático seria reconhecer que, no mundo, a tal se chega sem passar pelas partes baixas deles. Eu quáse já faço questão, por vingança biográfica, de que me não convidem – para que conste que tenho falado ou falarei em tudo quanto é universidade ilustre deste mundo (está a organizar-se em Inglaterra um convite coletivo de 12 universidades [12], para eu ir ensinar lá, a uma semana em cada uma, no 2º trimestre lectivo de 1972-3, e dois convites formais, o de Londres e o de Cardiff, já chegaram, e serei o “guest-speaker” para a conferência de escritores e críticos, em Março de 1973, no País de Gales), sem jamais ter falado em tais lugares mais ou menos impróprios. Como acabo de ser nomeado chefe do departamento de Literatura Comparada da Un. da Califórnia, poderia mesmo até, com alguma autoridade, explicar-lhes o que isso seja (a Lit. Comparada) – mas de que adiantaria em cabeças tão impérvias ao que não seja a supremacia universal (infelizmente não reconhecida urbi et orbi) da lusitanidade?

Não tem nada que desculpar-se de me citar – os textos publicados são propriedade pública, a menos que cobertos por específico “copyright” mesmo para citações (e não o fiz), ou que sejam desvirtuados fora do contexto (caso de polícia), o que não é seu caso na conferência e não o será no livro sobre o Régio. Cumpre-me a mim agradecer o relevo que me é dado. Apenas gostaria de observar que se tem insistido muito no meu lado ácido, sem se insistir igualmente no meu lado brando: nunca ataquei ou insultei ninguém especificamente (e tenho sido das pessoas mais relesmente insultadas, como me informa regularmente, há muitos anos, a agencia de recortes), mas sim situações e estados de espírito condenáveis que algumas pessoas poderiam representar (o que é apontado por um dos fragmentos que V. cita), tenho escrito altamente bem de muita gente a quem não devo amizade, e poucos têm, tanto como eu, posto a crítica acima de antagonismos pessoais ou ideológicos. A lenda da minha violencia (não no seu caso) tem sido uma das armas forjadas contra uma imparcialidade que fere vários interesses estabelecidos ou a estabelecerem-se. O que eu uso é de uma coisa rara em Portugal – a ironia, coisa escandalosa na pátria do varapau e do arroto.

Quanto a que não tenham dado aí pelo Guerra da Cal, aliás meu amigo, não deixa de ser irónico resultado da justiça imanente – porque pouca gente destas bandas têm fruído tanto, e em tão alto nível, dos favores super-oficiais e universitários do Jardim da Europa, com safaris e tudo. O que não é o meu caso, nem nunca aceitei que fosse (e ainda no Verão passado recusei delicadamente um convite mais ou menos oficial para ir a Angola, que me foi feito em Lisboa). Aceitei, sim, recentemente, o convite oficial para tomar parte no Colóquio de Camonistas em Lisboa, porque sei o que foi a luta – e o triunfo que isso representa – de gente limpa e leal dentro da “universidade”, para que fosse convidado. E, provavelmente, não irei a Lisboa em Novembro, porque a reunião quase coincide com a do juri internacional do Grande Prémio Internacional de Literatura de Books Abroad, a que pertenço, que desejo arrancar para a língua portuguesa [13], e que é, por certo, evento mais importante (acerca do outro, falam os meus livros sobre Camões, e o mais que conto fazer por ele).

Como vê, meu caro, escrever-me pode às vezes ser pior do que tocar a campainha para matar o mandarim. E, sobretudo escrever-me informalmente – ninguém é menos palaciano do que eu, ou mais detesta os engravatamentos e brilhantinas que até os “hippies” religiosamente conservam em Portugal (ou não fossem filhos das boas famílias deles) – verá no meu próximo livro de poemas, a sair, um terrível contra tudo isso e mais alguma coisa – o que não quer dizer que, por sistema, aprecie a má criação que hoje impera naquele mesmo lugar do orbe (ó tu, Sena, eh pá, etc.), e com que a falsa juventude julga que acerta o passo pelo resto do mundo.

Até breve, pois. E creia na melhor estima e simpatia do sempre seu

(ass.) Jorge de Sena

 


NOTAS:

[1] LISBOA, Eugénio (Compilação, organização e introdução). Estudos sobre Jorge de Sena. Lisboa, IN-CM, 1984

[2] LISBOA, Eugénio. (Prefácio e seleção). Versos e alguma prosa de Jorge de Sena. Lisboa, Arcádia/Moraes, 1979 e LISBOA, Eugénio. Jorge de Sena. Lisboa, Presença, 1984.

[3] LISBOA, Eugénio. As Vinte e Cinco Notas do Texto. Lisboa, IN-CM, 1987

[4] PITTA, Eduardo. “Perfil de um amigo”. Blogue “Da Literatura”, 8 de maio de 2010, ver (http://daliteratura.blogspot.com/2010/05/perfil-de-um-amigo.html)

[5] LISBOA, Eugénio. “Sena: o primeiro volume da Correspondência”. In: —. As Vinte e Cinco Notas do Texto. Lisboa, IN-CM, 1987, p. 51-57.(rep. de Colóquio/Letras nº 71, janeiro de 1983)

[6] A listagem é de Mécia de Sena.

[7] Com autorização de Mécia de Sena, e a partir de fotocópia do original datilografado que gentilmente me forneceu, acompanhada da seguinte observação: “A carta que aqui lhe envio é precisamente a que estava na PIDE”

[8] Os dois textos mencionados encontram-se em SENA, Jorge. Amor e outros verbetes. Lisboa, Ed. 70, 1992, p. 233 -272

[9] Neste longo trecho parentético, são de minha responsabilidade os colchetes aqui inseridos. GS

[10] Visita efetivada entre 7 de julho e 01 de agosto.

[11] Amândio César, autor ligado ao regime, publicou em 1972 uma Antologia do Conto Ultramarino, depois de publicar Parágrafos de Literatura Ultramarina (1960), Algumas Vozes Líricas da África (1962), Elementos para uma Bibliografia da Literatura e Cultura Portuguesa Ultramarina e Contemporânea (1968) e Novos Parágrafos de Literatura Ultramarina (1972)

[12] Este “tour” de conferências efetivamente assim ocorreu.

[13] Sena tinha em mente o nome de Carlos Drummond de Andrade. A propósito deste prêmio e dos esforços que Sena empreendeu junto a Drummond, ver o elucidativo artigo de Frederick Williams “Carlos Drummond de Andrade, Jorge de Sena and International Prizes: a Personal Correspondence”, In: PICCHIO, Luciana S., org. Quaderni portoghesi 13-14 (Jorge de Sena), Pisa, Giardini, 1985, p. 331-358

 

In: Martins, Otília & Almeida, Onésimo, orgs. Eugénio Lisboa: vário, intrépido e fecundo – uma homenagem. Guimarães: Opera Omnia, 2011 p. 143-149

 

Cartas inéditas de Jorge de Sena e Fernando Lemos

Fernando Lemos, "Desenho", 1954 (Acervo do MAC/USP)
Fernando Lemos, “Desenho”, 1954 (Acervo do MAC/USP)

 

Porto, 20/4/954

 

Meu caro Lemos

Você tem mil razões para estar zangado comigo – ou tem só uma, que é a de eu não lhe ter escrito. Mas pense nisto: eu não ando a “cavar” a vida, com todo o entusiasmo ou amargura que isso pode saudavelmente dar; ando, sim, a “aturar” a vida, a trabalhar como um cão: no serviço, na Ponte sobre o Tejo (sem chavos a mais), nas traduções que me dão o mais que ninguém me dá, nos artigos que, para não me calar de todo, aceito ir fazendo – e calcule que, de há um mês e meio a esta parte, rebentou-me um filão poético que já produziu, por cima de tudo e não sei em que tempo, vinte sonetos – “As evidências” – cuja série, logo que o filão acabar e estiver tudo passado à máquina, lhe enviarei por cópia, já que não sei quando nem como poderei publicar coisas que, pela violência, é impossível publicar. Mas são, suponho do mais importante e do mais belo que tenho escrito. Verá.

Fui no sábado à abertura da sua exposição [1] e ontem a colectividade fotografou-se devidamente diante dos desenhos. E que desenhos, Lemos! – que admirável, que esplêndida, que grandiosa coisa! Se lhos não aceitaram e entenderem, pode V. estar certo de que são de facto tão puros que não deve esperar compreensão. E desde já gratamente lhe agradeço aquele que, por sua ordem, comunicada pelo França,[2] eu escolhi. Convinha pelo menos fotografar ordenadamente as séries, antes de dispersas aqui e no Brasil, depois de efectuadas as disposições. Porque as acho essenciais para se ver como se inventa o desenho em si mesmo.

Mande-me, quando puder, novas “cartas” como a magistral sobre a Bienal [3], que achei excelente, e que foi um grande êxito apreciado por toda a gente, menos pelos incapazes de apreciarem seja o que for. Tenho em meu poder 97 ou 98.00 escudos, que são o que eles pagam no Comércio  [4]. Diga-me que destino lhes devo dar. Não recebi nem vi “Jornais de Letras” [5], e nada sei dos meus artigos. E a quem devo dirigir-me para receber a “massa”, já que não é V. a recebê-la aí? E devo ou não mandar mais colaboração aos Condés? [6]  A página em que o seu artigo saiu já V. a deve ter recebido, pois que o Costa Barreto, o diretor das páginas, me garantiu que lha mandava.

Espero que esse trabalho em S. Paulo seja bom sobre todos os aspectos. E contactos, que tal? Já viu Drummonds, etc? E a sua ideia de uma revista limpa e poética, como vai?

Estou a escrever-lhe do Porto, aonde acabo de chegar vindo de automóvel de Lisboa, em serviço. Andarei cá pelo norte uns dias, e voltarei a Lisboa, onde me espera tudo o que descrevi na 1ª página. Só os sonetos andam comigo – já é alguma coisa. Calcule V. que o Zé Portugal [7] ia hoje jantar a minha casa… e eu vim repentinamente para aqui. Assisti ao jantar doméstico pelo telefone, poucos minutos antes de começar a escrever-lhe.

Não deixe de me escrever, porque eu não lhe escrevo com regularidade – lembre-se que eu mal tempo tenho de ver os amigos comuns e de saber de si; e não se esqueça nunca de como sou seu amigo e o estimo como artista que é. Isto não é mais do que a verdade.

Fiquei contentíssimo com a ida do Casais ao Brasil – que ao menos vá lá mais um de nós.

A Mécia manda-lhe muitas e afectuosas lembranças. Não está cá, mas V. já sabe que lhas manda.

O França parte amanhã para as Europas – pouco a pouco lá acabarei veraneando em Lisboa, e sem um mês de licença, que ainda este ano o muito trabalho me não permitirá ter. Viva a energia atómica… de que – sabe? – se criou oficialmente cá um organismo.[8] Agora é que vai ser… o raio que os parta. Um grande abraço amigo do

                                                                       Jorge de Sena

 

NOTAS:

[1] Mostra individual de desenhos de FL na Galeria de Março, em Lisboa, criada por FL e José-Augusto França em 1952.

[2] José-Augusto França, amigo de JS e FL.

[3] Na 2ª Bienal de São Paulo, em 1953, FL ganhou o “Prêmio Aquisição”

[4] Jornal O Comércio do Porto, no qual JS muito colaborou e conseguiu a publicação de alguns textos de FL.

[5] Jornal de Letras, publicado no Rio de Janeiro de 1949 a 1993. Em 1954, JS teve dois artigos aí editados.

[6] Os irmãos José, João e Elysio Condé dirigiam o Jornal de Letras.

[7] José Blanc de Portugal, amigo de JS e FL.

[8] Um Decreto-Lei, de 29 de Março de 1954, criou a Junta de Energia Nuclear.

 

 

São Paulo 2. 3. 55

 

Caro Seníssimo:

Não estou hoje com muito tempo para alinhavar uma longa carta, mas não quero deixar de lhe mandar alguns abraços. Para a Mécia também e as razões vão já bem explicadas na carta do Casais [1].

Um grande abraço pelos seus sonetos [2]. Até onde eu sei ler essa elegantíssima maneira de poetisar, li, reli e regostei tremendamente. Você diz cada coisa, homem! Mas que evidências! É uma evidência que por vezes até parece explicada demais. Quem não sentirá os seus piolhosos pentes? E quem não sabe trazer as amarguras diárias no gráfico dos testículos? Não sei se assim é que É; mas assim é mesmo que muitas coisas nos pesam. Grandioso parto o seu, homem! V. é o único engenheiro da terra que se salva, já que os do céu estão salvos por natureza.

Qualquer dia voará uma grande carta. Por aqui nem o meu pai morre, nem a gente almoça… “mais ça va”. E é verdade que amo duas de cada vez. Uma amo, mas a outra é só para trair a primeira. Credo!…

Logo que tiver prontos os mamarrachos para a Bienal [3], mando-lhe fotografias deles. Quanto a Portugal neste certame, acho que… não acho!

Desculpe-me a pressa desta epístola, mas a carta está quási a fechar-se nas mãos do Casais para entrar no correio. Até qualquer dia, muitos abraços para amiga Mécia e para si um dos grandes deste seu amigo

certo

sg

 

NOTAS:

[1] Adolfo Casais Monteiro

[2] As Evidências, livro publicado em 1955, foi apreendido pela PIDE sob a acusação de “subversivo e pornográfico”, mas depois liberado.

[3] Em 1955, FL expôs trabalhos seus na 3ª Bienal de São Paulo

 

 [*] Claudia Atanazio Valentim, “O mundo visto do exílio: uma leitura da correspondência de Fernando Lemos e Jorge de Sena”. Convergência Lusíada, 19 (Relações Luso-Brasileiras), Rio de Janeiro, Real Gabinete Português de Leitura, 2002  p. 99-107

Prefácio a ‘Teclado Universal’, de Fernando Lemos

Texto ensaístico destinado ao livro Teclado Universal e outros poemas (editado pela Moraes em 1963, na sua famosa coleção “Círculo de Poesia”), trata-se de um dos raros prefácios que Jorge de Sena escreveu para poetas seus contemporâneos. Sublinhando o polifacetado caráter artístico do autor  — reconhecido artista plástico em Portugal e no Brasil –, Sena aponta no mundo  poético do amigo e do companheiro de empreitadas anti-salazaristas (como no jornal Portugal Democrático) um traço que nitidamente os irmana: “Palpita ele de uma raiva ansiosa de humanidade, de um desesperado amor do próximo, de um amargo querer que os outros mereçam a dignidade das formas e das palavras”.

 

TECLADO UNIVERSAL 

Foi em 1953 que Cadernos de Poesia, em Lisboa, publicaram Teclado Universal, de Fernando Lemos; e com esse caderno suspenderam a sua publicação que, em 1951, havia reatado a iniciativa de 1940-42, quando, nesses anos sombrios da Segunda Guerra Mundial, os Cadernos tinham sido o único centro luminoso de uma comunidade de poesia resistindo à subversão trágica em que a Europa mergulhava, arrastando consigo o jardim da dita à beira-mar plantado. Não houve, entre os organizadores dos Cadernos de Poesia e aqueles cujos poemas ou ensaios publicaram, quaisquer compromissos de grupo, além da consideração e do respeito que, nesse tempo das publicações, mutuamente se tributavam. E, no caso particular de Fernando Lemos, uma das personalidades que se revelou no âmbito da agitação causada pela aparição portuguesa e «oficial» do surrealismo, em 1947, acrescentava-se a isso, além da pessoal estima e amizade que se mantiveram até hoje, o interesse e a simpatia dos organizadores dos Cadernos pelas manifestações surrealistas. Efémeras que estas foram, mas sistemáticas, quando em Portugal, apenas houvera iniciativas individuais ou esporádicas, marcaram todavia profundamente a evolução sobretudo da poesia e da pintura portuguesas. Foi desse movimento, logo repartido em sub-grupos e em pessoas, que surgiram alguns dos poetas e dos pintores que mais validamente se afirmaram na década de 50, e entre eles, simultaneamente poeta e pintor, conta-se Fernando Lemos.

O modernismo português, iniciado em 1915, tem como uma das características iniciais a estreita aproximação de escritores e de artistas plásticos, unidos para revolucionar a expressão estética portuguesa. E, se não pode dizer-se que, ao longo da sua vida, Fernando Pessoa tenha dedicado às artes plásticas especial atenção (ou a qualquer outra coisa que não a poesia e a política), a verdade é que, a seu lado, na fundação do modernismo, estavam grandes artistas plásticos como Amadeu de Souza-Cardoso e José de Almada Negreiros, duas das maiores figuras da pintura europeia da primeira metade do século XX. E, igualmente escritor excepcional e pintor da primeira plana, Almada é quem, para o modernismo, consubstancia a mútua dependência de um grafismo plástico e de uma poesia que, rebelada contra a «literatura», se empenha na plasticidade expressiva da linguagem. Foi António Pedro, personalidade que continua, nos anos 30, o mesmo espírito, ainda que transformado por uma exuberância muito original, quem serviu de elo de ligação entre aquele aspecto do modernismo de 1915 e o surrealismo de que, em 1947, foi um dos fundadores. E é neste contexto que se insere a obra escrita de Fernando Lemos.

Sendo Almada, Pedro ou Lemos escritores por direito próprio, e artistas plásticos, e constituindo, como constituem, uma linhagem na história da estética portuguesa, não há entre os escritos deles, mais afinidades que esta. E tão errado seria supor-lhes esses escritos como o violino de Ingres de outras actividades, como imaginar que tais escritos serão continuidade lógica uns dos outros. Poetas em verso e em prosa, Almada, com Nome de Guerra, e António Pedro, com Apenas uma Narrativa, escreveram dois dos mais importantes livros da literatura portuguesa, senão dos mais importantes da Europa da época, já que só talvez Cocteau conseguiu, ao nível atingido por Almada, captar assim o espírito dos anos 20, e que António Pedro, naquele seu livro, realizou o sonho novelesco do surrealismo, sempre tão fracassadamente repartido entre a memorização individualista e a retórica desenfreada. Mas de Almada a António Pedro, interpôs-se a transformação do modernismo português: enquanto Almada podia ser livremente modernista, como os seus pares Pessoa ou Sá-Carneiro, porque em face deles, não havia nada senão o provincianismo português, António Pedro tinha e teve sempre, pela sua frente, a conversão sub-reptícia do movimento modernista ao «aportuguesamento», isto é, a uma forma muito tipicamente extremo-atlântica de ser-se, ao mesmo tempo, burguês, provinciano, e mais devoto da Europa traduzida em calão, que de Portugal traduzido em Europa. E que se interpõe entre António Pedro e Fernando Lemos? Uma transição decisiva, de que poucos artistas se aperceberam em Portugal, na sua arte, conquanto julgassem realizá-la na sua vida: a profissionalização, ou melhor, a extinção dos ideais românticos do artista como ser excepcional, e cuja excepcionalidade lhe conferia, a par de uma missão superior, alvará de irresponsável. Não é que a geração de 1915, a geração de 1925, ou mesmo o surrealismo nas suas manifestações «escolares», tenham sido irresponsáveis: pelo contrário, pugnavam por uma específica responsabilidade, um comprometimento do artista com a qualidade humana da sua obra. E todos, mesmo quando supunham e ainda supõem o contrário, militavam contra uma arte que, como em grande parte o foi a romântica, dava muito maior importância ao artista do que às obras pelas quais ele se classificava como tal. O fenómeno que tentamos descrever é de outra ordem, e corresponde a mutações concretas da sociedade portuguesa.

Nesta, na primeira metade do século XX, não há ainda artistas «profissionais», o que não quer dizer que muitos não tenham vivido da arte, e que, como artesãos, não tenham adquirido uma consciência experimental e prática da sua própria expressão. Mas não é o mesmo ser-se um aristocrático diletante que consegue encomendas, ou pode pintar mesmo que as não tenha, e ser-se um profissional que é obrigado, pela profissão que escolheu, a trabalhar nela e por ela. O que terminou, na segunda metade do século XX, é a expressão artística como apanágio do «filho-família», com a chegada, à cultura ou à criação dela, de elementos oriundos de outras camadas populacionais. Se, anteriormente, alguns desses elementos chegavam a um tal nível, imediatamente se integravam, pela pressão social, numa visão da arte como serventuária da sociedade, ou, o que é o mesmo, como oposta a ela, ao «burguês», ao «filisteu». Mas, nem num nem noutro dos casos, esses elementos mantinham, na relação com o grupo, uma visão desmistificada da sua própria condição de artistas, que apenas a profissionalização estética podia definir como tais.

O modernismo europeu da primeira metade do século foi, apesar das biografias trágicas de muitos dos seus «mártires», que preferiram morrer de fome a vender-se, uma recusa desesperada àquele profissionalismo. Muito provavelmente, não poderia ter sido outra coisa, para ganhar a batalha das novas formas e do novo método de criá-las. Todavia, não menos foi, na sua luta pela liberdade do artista, uma opção entre esta liberdade posta no indivíduo criador, e a liberdade que ele teria, se não antepusesse a sua pessoa tragicamente privilegiada à técnica de que essa pessoa era capaz. O modernismo foi, como movimento, uma explosão aristocratizante que, na derrocada das aristocracias tradicionais (já misturadas das burguesias nacionalmente aristocratizadas), e na substituição delas pelas aristocracias do grande capitalismo internacional, tentou libertar a expressão artística de todas as cauções sociais, aceitando como facto social consumado a cisão que, entre arte e público se vinha processando desde os fins do século XIX. Se dessa explosão resultou a decisiva afirmação da autonomia da expressão artística, a uma escala que o próprio romantismo não conhecera (já que o individualismo romântico pressupõe muito menos a criação de formas, que a liberdade de transformá-las ao arbítrio de uma pessoa que pretende exibir-se nelas), resultou também que a arte ficava desobrigada de, diretamente e concretamente, exprimir alguma coisa. A politização que, nos anos 30, invade a arte europeia, e sobretudo a literatura, e a que não escapou o surrealismo, foi, assim, o enchimento de um vazio que a arte criara em si mesma. E é escusado invocar, a esse respeito, o mito da «terra estéril», que havia dominado as décadas anteriores. Mas, precisamente na medida em que ocupava um vácuo estético, que lhe era pré-existente, não podia a politização recriar nada. E o que sucedeu foi ela contribuir, mais do que a esterilidade temática do modernismo, para a academização formal deste, ao nível de uma banalidade atroz, em que todas as receitas serviam para salvar as pátrias e a humanidade, ao mesmo tempo em que as dissolviam num formalismo sem horizontes e sem salvação alguma. A reacção que se desenha nos anos 40 e 50 e que em Portugal, é muito visível, dirigiu-se contra este estado de coisas; e, porque combatia ou desprezava o academicismo conformista e o progressivismo académico (cujas fronteiras eram, e cada vez mais são, indefinidas), não podia deixar de profissionalizar a expressão artística, repudiando ao mesmo tempo o artesanato diletante e os últimos resquícios, aliás teimosos, da complacência romântica.

A arte e a poesia de Fernando Lemos surgem exactamente sob este signo. À pesquisa aventurosa de formas plásticas, ou à exploração infinita daquelas que para um artista podem tornar-se-lhe pessoais, Lemos preferiu o desenvolvimento, o aperfeiçoamento, o despojamento de análogas células formais, seguindo um caminho paralelo ao da produção industrial, mas humanizando-o pela gratuitidade funcional: é o profissionalismo levado àquele ponto em que se desaliena da escravatura produtora de objectos serial mente semelhantes e «úteis». E, ao gosto pela expressão ingénua, retomada à própria espontaneidade sintática, que fora o de Almada; ou ao gosto da palavra saborosa, ressumante a um prazer da vida, que não vai sem certa complacência, que fora o de António Pedro; ou ao exibicionismo malabarista em que muito surrealismo se perdeu – a isso opôs ou trouxe de novo uma severidade sarcástica, uma ferocidade anti-sentimental, em que as palavras se geram umas às outras, não como associações disponíveis na memória literária (ou como o calculado contrário disso), mas como concreções violentas, retiradas ao fluxo do pensamento pela indignação ante o espectáculo da vida, do mesmo modo que, à figuração desta, havia o pintor retirado as famílias autónomas das formas.

O mundo de Fernando Lemos é um mundo ferozmente despojado de qualquer lógica externa. Demasiado as palavras, na escrita, e as figuras, nas artes plásticas, serviram para trair, em favor da sentimentalidade, o esforço de existir-se mais plenamente e mais profundamente do que nos rostos ou nos significados. A palavra gesto, ou ideias e alusões afins, eis o que perpassa muito nos poemas aqui reunidos neste livro. Seria um simplismo ver, nessa recorrência, a denúncia de quanto são escritos por um homem que, pintor e desenhista, não pode deixar de ter o «gesto» como essencial função. Pintar ou desenhar não pressupõe mais gestos do que escrever. Mas que aquela recorrência corresponde a uma denúncia, disso não haja dúvida. Denúncia, porém, do fictício que é implicado por qualquer representação estética que prefira, à lógica interna da sua criação, a lógica externa de figurar ou significar, quando esta lógica externa não passa de uma cumplicidade entre o criador e o espectador, e de uma lisonja a este último, pela qual quem não cria tem licença de pendurar, no cabide da obra de arte, as suas inibições, as suas frustrações, as suas ilusões de que é gente à custa alheia. A insistência no gesto denuncia, ao mesmo tempo, o servilismo das formas académicas que estaticamente se oferecem como equivalentes das paisagens ordinárias de cada um, e o falso dinamismo das ideologias românticas que emprestam, à bisonhice do espectador, uma gesticulação tão imóvel como a do academismo, porque é a das atitudes grandiloquentes.

Despojado, o mundo de Fernando Lemos é desabitado também. E não porque não haja onde se habite, ou porque não haja pessoas. Os vultos, as sombras, os espectros que perpassam nele, as presenças que justificam o diálogo que muitos poemas são, eis que até, pelo contrário, não conseguem habitar o vasto espaço que é o destes poemas. Se não são pessoas, é porque, sendo este espaço o despojado reflexo de uma vida, como a de hoje, a que se opõe a dignidade profissional, não merecem a referência de quem, profissionalizando-se, se despiu de todas as complacências amáveis – e a menor de todas as amabilidades não será a de reconhecermos a existência de quem finge que existe.

E, por isso, tal como a sua pintura é sem figuras, a poesia de Fernando Lemos é destituída de música. Não de ritmo: de música. É um silêncio ritmado por percussões repetitivas que se desenvolvem, ampliam, retornam, associam e dissociam, sem nunca se permitirem construções melódicas. Como as figuras e os significados, a melodia perdeu, no nosso mundo, o respeito que lhe seria devido. E dela subsiste apenas o esquema rítmico, marcado pelas percussões cujos timbres não cantam.

Despojado, desabitado, sem melodia, o mundo destes poemas não é, todavia, desumano. Pelo contrário. Palpita ele de uma raiva ansiosa de humanidade, de um desesperado amor do próximo, de um amargo querer que os outros mereçam a dignidade das formas e das palavras. Simplesmente o poeta (e o artista plástico que ele é) não abdica da exigência prévia em que a sua consciência profissional assenta: a de não ceder aos outros, para que continuem fingindo, nenhuma parcela dessa humanidade que lhes destina. Porque, ao contrário do que habitualmente se pensa, a dignidade da arte não está em emprestar aos outros a humanidade que lhes falta, mas em exigir deles a humanidade que lhes cabe serem e viverem. É assim que Fernando Lemos, transcendendo as fronteiras pela sua arte plástica, se liberta do pequeno círculo verbal em que a maioria dos poetas portugueses, em Portugal, se empresta mutuamente, e a quem os acotovela na rua, uma ilusão de humanidade. E é assim que, em Teclado Universal e outros poemas, continua a ser tão português, da única maneira autêntica que tem havido de sê-lo: a raiva de pertencer-se a uma língua que tem servido para tudo, menos para libertar quem se serve dela.

 

Araraquara, São Paulo, Brasil, Agosto de 1962.

 

In: Estudos de Literatura Portuguesa I, Lisboa, Ed. 70, 2001 p. 269-274

 

Prefácio a ‘As mãos e os frutos’, de Eugénio de Andrade

Dentre os poucos prefácios que Jorge de Sena escreveu para obras de poetas de seu tempo, encontra-se o que destinou  à 5a. edição de As mãos e os frutos, de seu amigo Eugénio de Andrade, vinda à luz, pela Inova do Porto, em 1973 (em volume que incluiu Os amantes sem dinheiro). Nesta concisa apresentação do emblemático livro andradino, Sena ratifica avaliação sobre o autor que veiculara muitos anos antes, nas suas Líricas Portuguesas: “É, incontestavelmente, pela força lírica, pela ciência e a originalidade da forma, por uma sensualidade muito pura e franca, um dos mais notáveis poetas contemporâneos”.

 

AS MÃOS E OS FRUTOS

Foi o terceiro livro de Eugénio de Andrade, sob nome que ficou o seu. Era o quarto livro de poemas que publicava. Hoje, é há muito o primeiro na lista das suas obras poéticas, por supressão de todos os anteriores. E isto aconteceu simplesmente porque ele não quis reter a sua produção juvenil, mas só desde a que primeiro se coligia neste livro.

Diríamos que foi um poeta lento em descobrir-se e à sua pessoal expressão? Não, pois que muitos dos seus temas e imagens predilectas figuravam já nos primeiros livros, e porque um livro publicado aos vinte e cinco anos, como este foi em 1948, não é ainda obra de poeta amadurecido pelo tempo, se bem que o seja de poeta que amadureceu em si mesmo.

E qual a razão, portanto, do êxito perene deste volume consagrado pelos admiradores do poeta e por ele próprio sem dúvida? Por certo que o encantamento de uma colectânea em que, já sem juvenilidade, a juventude é tranquilamente e naturalmente juventude.

As Mãos e os Frutos foi um livro composto graças a um conjunto de circunstâncias que o fizeram feliz. Escrito por um homem na força da juventude, mas no momento raro em que a adolescência ainda não murchou de amarga, nem a maturidade á se fez de triste. Escrito, assim, com lucidez sem angústia, ardor sem ingenuidade, segurança sem complacência, inquietação sem azedume, tranquilidade sem ignorância, e com franqueza discreta, elegância viril, naturalidade para além do desano.

As emoções tensas e contidas do entusiasmo erótico, a melancolia estóica ante o que se perde e esvai, uma vivência vegetal e de ar livre, um frescor de manhãs, um ardor de estio, um fluir das noites silenciosas entre o céu e a terra em que os corpos se alongam ou se aprumam numa nudez sem vergonha ou o contrário dela – tudo isso que será depois muito da poesia de Eugénio de Andrade, surge neste livro, em estado de milagre momentâneo. E, por isso, ficou para sempre na sua obra, como um padrão da sua originalidade e da sua dignidade de poeta.

Uma poesia nem alegre nem triste, nem apaixonada nem fria, nem próxima .nem distante, nem confessional nem reticente, nem intelectual nem sentimental, nem pura nem impura – em versos musicais, fluidos e firmes, a que a rima dá por vezes, menos que a pontuação do canto, a marcação da dança, uma poesia do ser e do amar, entre a carne e o espirito, lá onde as almas não existam para torturar-se e os corpos não saibam o que seja trairem-se.

Dança, sim. Dança pagã sem deuses olímpicos nem telúricos, anterior e alheia ao hieratismo dos mistérios ou ao alegorismo das mitologias. Deuses que são a vibração das águas e dos campos, das sombras e da luz, a intensidade muscular do gesto distendido. Dança anterior, sobretudo, ao pecado como crime de existir. Dança que evoca e concretiza uma Arcádia, uma Idade de Ouro, suspensas sobre o bem e o mal, e no entanto rodeadas – como uma ameaça sinistramente presente que a esta poesia dá a dimensão trágica – pelas fúrias da maldade humana, que só a firmeza do poeta detém no limiar deste paraíso de sensualidade, como aos anjos e aos demónios de que elas se mascaram.

As mãos e os frutos… As mãos que se estendem, que tocam, que acariciam … Os frutos que, maduros, tombam e se entregam… Não as mãos que suplicam ou que receiam ou desistem. Não «os frutos de sombra sem sabor», como o poeta diz. Mas as mãos e os frutos do poeta que, aos vinte e cinco anos, podia serenamente dizer:

 

Se vens à minha procura
eu’ aqui estou. Toma-me, noite,
sem sombra de amargura,
consciente do que dou.

 

– na plena epifania de celebrar aquele momento em que

 

… gravemente, comedidas,
param as fontes a beber-te a face.

 

Madison, Wis., USA, Janeiro de 1970

 

In: Estudos de Literatura Portuguesa II, Lisboa, Ed. 70, 1988 p. 259-260

 

Prefácios à ‘Poesia’ de Helder Macedo

Dos escassos prefácios que Jorge de Sena assinou em livros de poetas seus contemporâneos, somente seu amigo Helder Macedo lhe mereceu mais de um. Primeiramente, Sena prefaciou-lhe a coletânea Poesia 1957-1968, vinda à luz em 1969, pela Moraes. Depois, quando a mesma editora preparava a edição ampliada da obra — Poesia 1957-1978 — a solicitação de “um Post-Scriptum que actualizasse e completasse aquele prefácio” seguiu para a California. Porém, a morte colheu Sena antes de ele poder concluir o texto iniciado. Abaixo transcrevem-se os dois, o completa e o inconcluso, precedidos da esclarecedora “Nota do Editor”. Ressalte-se nestas apresentações críticas de Sena a ratificação de juízos já emitidos em carta de 1964 (ver): “Você é dos poucos que consegue que uma frase passe de um verso para outro, e com sujeito e predicado, como nos velhos tempos da gramática, e sem desencadear um arraial de comparações absurdas ou de abstrações sem sentido. Depois, encontro ainda, nos seus poemas, uma segurança rítmica que também é importante, quando parece que, em Portugal e no Brasil, toda a gente tem vergonha de acertar pelo menos ritmicamente um verso, a menos que logo empunhe, para a quadrinha a viola. E uma certa displicência no uso dos temas e das ideias poéticas, certo humor interno, igualmente me agradaram muito.”

 

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NOTA DO EDITOR

Para a edição, em 1969, da colectânea de poemas de Helder Macedo, Poesia (1957-1968), preparou Jorge de Sena um prefácio. Para a nova edição do livro que agora se apresenta ao público, ampliada com uma nova secção importante, O Lago Bloqueado, prometera Jorge de Sena escrever um Post-Scriptum que, actualizasse e completasse aquele prefácio. Quem conheceu Jorge de Sena, sabia que, nele, uma promessa era uma garantia: para isso contribuíam a sua grande integridade, um conceito de fraterna lealdade que não há muito exemplos entre nós e uma energia física e intelectual que não cessava: de deslumbrar os seus amigos, admiradores e até detractores. No caso vertente, Jorge de Sena fez, porém, mais do que prometer: chegou a começar a redação da prometida adenda ao prefácio.

De uma carta de sua viúva e excelente colaboradora, Mécia de Sena, dirigida a Helder Macedo, retiramos com sua permissão, a seguinte passagem: ‘De todos os trabalhos que considerava urgentes, acréscimo ao seu prefácio, estava na primeira linha. Constantemente dizia que era o que faria em primeiro lugar, mas, afora as explosões da cruzada de fúria santa que, o acometeu mais do que nunca, e que, quanto mais repenso estes dois meses, mails pasmo como teve forças de escrever, quando, a própria letra se lhe já desfazia se escrita à mão, não lhe deu a vida tempo para nada senão para ler devoradamente até que quase já nem o livro aguentava segurar (…). Mais, em todo o caso, ainda fez o esforço de tentar escrever a sua prosa que não passou do princípio e que lhe mando porque lhe pertence, como prova duma palavra impossível de cumprir. Na primeira página de «O Lago Bloqueado» há um memo: «notar os espelhos de antes e o Narciso de agora» e marcados os finais «não temos mais…», «Não rejeito o amor/…», «Cada vida é um corpo a fecundar/…», «Assim de novo quase, nos cumprimos». É pouco mas diz muito do gosto que de punha: em ter acabado’.

Jugámos importante publicar o pequeno fragmento do Post-Scriptum que Jorge de Sena planeava completar, não só pelo aspecto simbólico que essa publicação reveste, como alinda – e é o mais importante – pela pista reveladora que nele se contém para uma eventual leitura, porventura ainda não feita, da poesia de Helder Macedo.

Lisboa, Dezembro de 1978

 

PREFÁCIO*

Em 1957, Helder Macedo estreou-se em volume com Vesperal, um livro muito belo, de um equilíbrio refinado e de notável domínio da expressão e do ritmo Era então muito jovem, tinha cerca de vinte e dois anos, e nesse ano lançara, com António Salvado, as Folhas de Poesia. Os anos 1950-56 tinha sido, após a 1ª série de Cadernos de Poesia, a revista Mundo Literário, e a agitação Surrealista, os de Távola Redonda (1950-54), Árvore (1951-53), as duas séries seguintes de Cadernos de Poesia (1951-53), A Serpente (1951), Eros (1951-58), Graal (1956-57), etc. Também de 1957 foi o início das fascículos de Notícias do Bloqueio, e do ano seguinte as de Cadernos do Meio-dia. Em 1961 aparecem a nova série de Bandarra e «Poesia-61», quando, em fins de 1958, a antologia Líricas Portuguesas, –  Série, da Portugália Editora, preparada pelo autor deste prefácio, trouxera um «status» editorial público aos poetas nascidos entre 1909 e 1929 (com uma excepção para Antónia Gedeão, de 1906, mas revelado primeiro em 1956), ou sejam a gente que fizera o «neo-realismo», Os Cadernos de Poesia, o surrealismo e a Távola Redonda, com alguns poetas mais ou menos distantes destes grupos (que, na maioria dos casos, o não foram), ou marginais a eles, mas igualmente representativos da variada gama de tendências que havia assumido, com maior ou menor audácia, a vanguarda poética, depois da morte da presença, ou havia sida continuada com maior ou menor conformidade no que ela também representou de fusão academizante com tendências e formas de expressão e de tratamento rítmico anteriores à revolução modernista de 1915. Com muitas recorrências e entrecruzamentos, os poetas nascidos depois de 1930 (e esta data é, como todas as datas, algo arbitrária), ou seja de Herberto Helder para diante cuidado com a confusão de Helders! –, foram e são personalidades que tentaram, e por vezes notavelmente têm realizado, o que habitualmente se designa por novos caminhos. Isto não dizer que as anteriores, muitos deles, a não tenham feita ou continuem fazendo: sob este aspecto, a actualidade da poesia portuguesa não é menos valiosa ou menos interessante que muitas outras mais internacionalmente prestigiosas. Mas é caracterizar que, enfim, agente começa a poder abrir um novo livro de poemas, sem o temor agoniado de achar nele os que Miguel Torga desdenhou de escrever, ou os ecos do Fernando Pessoa ele mesmo e de Álvaro de Campos (conforme as criaturas escreventes pendem mais para a redondilha ou para as fáceis anáforas versilibristas).

Os poetas que se desenvolveram nos anos quarenta e cinquenta deste século haviam, de um modo ou de outro, repelido os credos «presencistas» (se alguma vez tal coisa existiu coerentemente para lá da que foi a expressão de certas figuras, ou persistência delas no exercício impenitente da crítica): aderindo mais ou menos a noção de uma missão protestativa da poesia, preferindo o refinamento estético do famigerado «humano», ou experimentando com o surrealismo. Alas a tendência dominante dos- anos 50, para lá da diversificada gama de personalidades, foi a de um apuramento formal da sensibilidade poética, e de uma muito lúcida elegância da expressão. Neste contexto, pode dizer-se que Vesperal de Helder Macedo foi, em 1957, um dos livros mais perfeitos que por esse tempo se publicaram.

Não era, como outros o não foram, uma abra epigonal, o que só sucede quando os poetas repetem e mastigam, reduzida a cliché e a receita, quanto a época lhes oferece no arsenal das experiências defuntas. Era, porém, um livro difícil para a jovem que a publicava, porque nada há mais constrangedor para um poeta do que estrear-se com o domínio de uma linguagem que sua fez do melhor e mais vivo que a tradição próxima lhe aponta como passibilidades expressivas; e também porque um livro assim corre grandemente o risco de a crítica precipitadamente ver nele a carácter epigonal que ele indica mas não é. De certo modo, um poeta que juvenilmente se estreia com tão singular perfeição terá de lutar consigo mesma muito mais que outro que se estreie como quem procura e não como quem encontra. E este livro de agora, em que o de estreia aparece seleccionado, e seguido por uma dúzia de anos de actividade poética em fases sucessivas, precisamente prova a que acabámos de dizei- e algo mais: tanto o primeiro livro não era epigonal, que o poeta soube libertar-se dele e ultrapassar a elegante beleza desses poemas, para criar uma diversa expressão, mais ressoanante e profunda, se bem que felizmente menos imediatamente bela. Porque a poesia não tem que ser bela, mas sim verdadeira. O que esta verdade seja depende inteiramente do poeta enquanto tal e de cada poema que escreve. Procuremos caracterizar qual é a deste.

 Em 1957, o poema titular de Vesperal era formado por quartetos de decassílabos (medida então muito do poeta), rimados abab, e cada um deles uma fechada unidade estrófico-semântica. O enjambement semântico se dava entre o último par de quartetos, para a asserção final. O sistema de rimas usava de todos os sons vocálicos simples (com excepção do a fechado), e em dois pares de rimas um ditongo (ia e ôi) – mas a predominância ia para o i e o u que, em partes iguais, tinham à sua conta metade das rimas. Tão habilmente isto era feito, que as primeiras quatro rimas eram todas em i, alternando o u com o io no quarteto seguinte. No 3.º quarteto, a alternância era á é, precedendo, no 4.º quarteto, o retorno do i, mas alternando com o u. O 5.° quarteto era em ôi-ê” precedendo um retorno do i, no 6.º, mas alternando com ó. Mas, para o par de quartetos finais, as rimas eram a alternância do u-ô, seguida da de á-u. E toda esta subtil graduação de sons vocálicas em rima consoante era acompanhada por assonâncias e aliterações, e como ela em estrita associação com o desenvolvimento do discurso poético, como o leitor poderá verificar, lendo silabadamente e com, atenção ao sentido. A dicção era de uma grandiloquência contida e abstraccionante nua de imagens mas densa de metáforas. Nos trinta e dois versos, todos os substantivos são adjectivados ou acompanhados de determinativo com excepção (pela ardem por que aparecem) de: rosto, vida, sangue, voz, noite, nada, mundo, liberdade. No último verso mais três substantivos isolados definem aquela «liberdade» (de quem nada tem, e para quem ela é por esta ordem – sarcasmo, passatempo, culto). A essencialidade substantiva da sequência acima apontada é precisamente o eixo semântico do poema desde a aparência da imagem à vida que a anima, ao sangue que é a mesma natureza da vida à voz que do próprio sangue brota, à noite do nada, de que esta voz se faz ouvir no mundo, em busca da liberdade. E esta, se frustrada – e os oxímoros evidentes ou subentendidos do poema apontam para uma denúncia desta frustração -, só se dignifica pela passagem, todavia irónica, de sarcasmo a passatempo, e de passatempo a culto. Como se vê, e não precisamos de pseudofilosofar literatamente sobre o «sentido» do poema citado, estava-se em face de uma peça lírica carregada de tonalidades contraditórias, que prosseguia com o vigor de uma demonstração’ para a culminância final. Mas tratava-se de um lirismo que se recusava à facilidade sentimental, ao emocionalismo superficial, à retórica convencional, como à fluência imediata de um discurso tradicional. As adjectivações insólitas (muitas vezes locuções adjectivas), as inversões sintácticas, os apostos intercalados, criavam uma atmosfera de solenidade expressiva, finamente associada à cadência rítmica dos versos, em que o melhor de quarenta anos de modernismo, de 1915 a 1955, se decantava numa expressão notável.

Tomemos agora, da última sequência deste livro de agora, o últimos dos poemas: VI de Orfeu, que o poeta declara de 1968:
 

Não há luz antes das sombras
Nem vida antes da morte
Há um óvulo vazio
fecundado
pelo corpo que o meu canto construir.

 

Este pequeno poema mostra que a abstração metafórica persiste e é uma característica profunda e permanente do poeta. Mas o discurso poético simplificou-se, tornou0se mais directo, e, ao mesmo tempo, menos regularmente musical. A este último respeito é mesmo interessante apontar como o poeta fez de um decassílabo heroico, quebrado pela cesura, os dois penúltimos versos, ou como «errou» outro no último, introduzindo-lhe um «por» inicial. Todavia, a expressão ganhou em real complexidade profunda, Note-se como quem fecunda não é o «canto», como qualquer poeta superficial diria, mas, realisticamente, o corpo que esse canto construir. Mas fecunda o quê? Um «óvulo vazio», O que pode significar que, antes de fecundado, ele é como que vazio; ou significar que, mesmo fecundado, ele continuará vazio, Todavia, ele é o que há, por oposição a não haver luz antes das sobras, nem vida antes da morte. Ou seja, a morte e as sombras não existem senão depois de, respectivamente, haver vida, e haver, ou ter havido, luz. Antes da morte e das sombras, só pode haver, no contexto, um óvulo vazio a ser (ou que seja) fecundado pelo corpo vivo que o canto de Orfeu constrói, isto é, o canto do poeta como expressão criadora de um sentido de vida, ainda que esse sentido possa criar-se do nada ou ser nada ele mesmo.

Central a este livro é a sequência de seis poemas Os Trabalhos de Maria e o Lamento de José, em que a vida de Cristo («Anunciação», «Natividade», «O Deserto», «Crucificação», «Ressurreição») é simbolicamente contada do ponto de vista de Maria, em quem ele foi gerado, e se conclui por um epílogo em que é José a resumir o drama, do seu próprio ponto de vista. De uma grande intensidade dramática e desinibida violência de expressão na análise da situação mitológica em que Maria e José se vêem colocados por força do papel que lhes é destinado, estes poemas distinguem-se por uma elevada concentração de metáforas referentes à geração, gestação e parto, em que raras vezes a sugestividade poética terá criado uma tão opressiva atmosfera digamos «visceral», em contraste de um destino espiritual e divino. Os versos quebram-se, paralelizam-se arritmicamente, definindo um ritma sacudido e arquejante, e que rimas consoantes finais não interrompem. Quer-nos parecer que esta sequência, para lá de admirável qualidade em que se situa, marca o eixo crucial entre o momento inicial e a final, representados nesta evolução de um poeta, que a presente colectânea selectiva é, e que acima representámos por dois analisados poemas.

 Com efeito, não a expressão progride em desarticulação rítmica até eles, como certo humor sarcástico que, na poesia interior, se escondia sob o aparente rigor de uma linguagem contida mas eloquente, surge no primeiro plano, o que vemos suceder no primeiro poema de «O Sete». É muito interessante notar que, entre os ingredientes desse humor, são eminentes as alusões sexuais que constituíam o suporte da violência expressiva de Os Trabalhos de Maria e o Lamento de José, e que vinham aliás sendo uma subterrânea corrente manifesta em muitas das construções metafóricas dos poemas anteriores.

 A presente colectânea mostra-nos pois um poeta que, partindo de uma acabada expressão, cria e desenvolve a sua libertação de quanto convencionalismo expressivo elaborara como seu, em busca de reformuladas formas de comunicar a sua experiência. Não se trata, de modo algum, de um poeta que procura, como é costume dizer-se, «novos caminhos». Mas de um poeta que prossegue logicamente o seu desenvolvimento, a partir de um domínio formal que corria o risco de tornar-se uma sua «maneira» o maior perigo de quem começa senhor da sua expressão. Por outro lado, a experiência que o poeta comunica não é aquilo que habitualmente se imagina ou aceita como tal, na crítica literária ainda presa a esquemas ultrapassados de pretenso humanismo subjectivo. É coisa muito diversa: a experiência do poeta enquanto tal, e não a do poeta como tal, que era aquilo que iludia e com que se iludia e ilude essa crítica. Ou seja: a experiência que resulta de o poeta conhecer-se enquanto poeta, sem pré-estabelecer romanticamente que, nele, o ser poeta é um privilégio especial que o desculpe de não elaborar profunda e interiormente os seus poemas. Num dos melhores conjuntos de poemas deste notável livro, é isto mesmo o que Helder Macedo afirma, ao terminar um deles:

 

……………………………………
e defini-me.
Conheço-me as fronteiras.
Quero o resto.
 

O que, assim, poderia ser dito por um poeta que considera como domínio da expressão mais válida o que estiver além e para fora da «subjectividade» com que a si mesmo se haja encontrado e definido. E não é pois evidentemente par acaso que um outra grupo deste volume se chama exactamente «Das Fronteiras» (é o segundo livro de Helder Macedo, publicado em 1962). Dessa viagem para fora das «fronteiras» de uma expressão adquirida, ou de uma visão que possa tornar-se habitual, ou da própria e limitada experiência humana de cada um na sua subjectividade, é este livro como que o regista e o poético arquivo. Mas não é como viagem descrita que o livro vale e sim pela qualidade intrínseca, Qlbjectiva, de cada pO’ema por si mesmo. Não é um «diário» poético, mas a colectânea selecta do que um poeta autêntico pode encontrar, se cruza as suas «fronteiras». E não são muitos, na poesia portuguesa de hoje, os que tenham conseguido, com igual êxito, libertar-se de si mesmos e dos constrangimentos de uma expressão que, na maioria das vezes, não chegaram sequer a adquirir.

 

Madison, Wisconsin, USA, Julho de 1969

 

 

PS-1978

Em 1969, vai para nove anos agora, pediu-me Helder Macedo que prefaciasse a sua colecção de poemas, Poesia (1957-68), que agora reaparece, ampliada no conteúdo e na data, com uma nova secção O Lago Bloqueado que é uma sequência per se, tal como a vejo, e não uma selecção de poemas que o poeta haja entretanto recolhido do que escreveu nestes anos. Nestes decorridos anos de silêncio poético em volume, tornou-se ele crítico de Cesário Verde, com um estudo que causou alguma controvérsia, e um estudioso de Bernardim Ribeiro, com uma, importante e perturbante análise que, como seria de esperar, e a menos que, eu esteja mal informado do que se tenha passado em algum adro das lusitanas, aldeias literárias ou doutas ou ambas as coisas, não causou controvérsia nenhuma. Não menciono estes escritos para insinuar que os anos passados os gastou Helder Macedo a fazer-se, douto e crítico, com prejuízo da poesia – ele e os mais honestos dois meus leitores deste prefácio sabem que tanto ele como eu somos demasiadamente «estrangeirados», ele vivendo na Inglaterra (o que sempre é Europa), eu desgraçadamente no outro lado Atlântico (o que não é portuguesmente, coisa nenhuma), para que eu insinuasse coisas tão lucidamente como ver contradição entre ser-se douto e poeta. O que eu pretendo apontar é que ele, tão lucidamente criador desde a juventude como apontei no prefácio que actualizo agora, Helder Macedo, além de «estrangeirado», ingressou naquela categoria de poetas que são suspeitíssimo em Portugal, a não ser que lá vivam, lá ensinem, ou lá se tenham formado à sombra daquelas poéticas almas catedráticas que, como sabemos, por séculos e décadas, povoaram as cátedras portuguesas, com excepção de algum Nemésio que a gente nem entende como o deixaram sentar-se lá dentro. Além de que pôr no mesmo saco da nossa bagagem de livros críticos o «sentido oculto» de um Bernardim (tema absolutamente risível para os espíritos fortes, alimentados no, materialismo que nunca soube nem sabe que seja dialéctica, ou no, positivismo tradicional das supracitadas instituições supostamente de ensino) ou uma leitura «realista» de Cesário é contribuir excessivamente para a confusão das almas que, em Portugal, felizmente, vivem em permanente estado de bem-aventurada ou agónica confusão, preocupadas com a maneira de salvarem-se a si mesmas e aos seus corpos, para fora do lago bloqueado em que se meteram, e aos outros. Isto, no que aos citados livros respeita, independentemente do que tenha, sido dito, e bem, deles por quem saiba ou não saiba dos assuntos tratados (o que, em Portugal, não teve nunca, e cada vez menos tem qualquer significado, se aplicarmos o grau zero da escrita a que se chegou).

E ai alusões acima feitas nos trazem a um dos aspectos mais curiosos do conjunto de poemas, que justifica a existência deste P. S. Não é segredo para ninguém que Helder Macedo é como ditemos, um «espírito comprometido». Mas terá escapado a muitos que, a sua poesia, em 1957-68, não era uma poesia «desinteressada», uma poesia sem sensibilidade para um comprometimento – bastará, dito isto, relê-la, para encontrar poemas e versos que reflectem a, atomosfera suspensa e fechada de uma cultura portuguesa que, muitas vezes, ainda que isso seja inadmissível que se diga, os «estrangeirados» ou os que· vivem fora quase sempre (sem viver,em como aqueles exilados de França ou Brasil, que não se davam conta de que não estavam no Chiado, e por isso não aprenderam, nunca aquela noção de perspectiva que a Portugal sempre faltou, centro do mundo que se julgam todos, mesmo quando não contribuíram para construir ou para abandonar impérios, o que sempre é mais que não fazer nada) são quem melhor pode ver, sentir e dizer. Outros, de dentro, poderão elevar-se e acima das trevas da opressão ou dos nevoeiros artificiais da liberdade – e também dirão. Todavia, a frequência com que, em Portugal, todos se tratam uns aos outros de «o grande», sem jamais terem arriscado a sua, pele de doentinhos, ou a saudável queimada em praias caras, faz pairar certa desconfiança sobre o que vêem, o que sentem, e o que dizem, para lá daquele umbigo que, se a memória me não falha, foi precisamente o actual Secretário-Geral do Partido do Comunista Português quem descobriu e de público denunciou, vai para quarenta anos, como vicio secreto de José Régio e da poesia não comprometida, S1egundo os cânones então recém-criados do realismo, socialista, que proíbe essas actividades aos seus associados, do mesmo modo que tem de aceitar que as canções andem na praça que já não é da Figueira nem tem folha de parra, porque não é preciso, trocadas que foram as vogais, como naqueles tempos sucedeu com um romance do mesmo nome em forma de tapa-vergonhas. O que faz a gente pensar que uma grande limpeza se necessita na confusão de que tanta gente se tem aproveitado de quanto rendam realismos e socialismo, ou vice-versa.

Por extraordinário que pareça, é exactamente de tudo isto, desde dentro e feito metáfora, que tratam os poemas de O Lago Bloqueado. Comecemos pelo título que é uma aparente absurdidade lógica e objectiva, já que, por definição, um lago é «bloqueado» de terra por todos os lados, tal como reciprocamente as ilhas o são de água.

 

In: Helder Macedo, Poesia 1957-1977, Lisboa, Moraes/Círculo de Poesia, 1979 p. 7-22

[*] Com o título de “Sobre Helder Macedo, ‘Poesia (1957-68)”, este texto foi reproduzido em SENA, Jorge. Dialécticas aplicadas da Literatura. Lisboa, Ed. 70, 1978 p. 333-343

 

Três “Carmina Burana”

Em dezembro de 1971, Jorge de Sena vê publicado este artigo em Contravento nº 4 e o vol. I da sua Poesia de 26 Séculos, que inclui poemas dos Carmina Burana seguidos de nota com texto muito semelhante ao da revista. No periódico lisboeta, encontram-se traduzidos do latim os poemas “In taberna…”, “Post blanda veneris…” e “Stetit puella”.  No livro,  há ainda “Tempus est iucundum” (em áudio)  e “Olim latus colueram…” (Ver).

Desde 1936, as frequentes e incontáveis execuções mundo afora da vigorosa obra de Carl Orff, coreografada ou não, nos aproximam desse universo medieval marcado pela irreverência que ressuma desses versos sedutores dos goliardos, que dormiram por séculos num códice iluminado. 

 

Codex Buranus: Miniatura da folha 89
Codex Buranus: Miniatura da folha 89

 

A importante colectânea de poesia latina medieval (e também em alemão antigo), Carmina Burana, deve a sua popularidade moderna sobretudo à obra coral-sinfónica do compositor alemão Carl Orff, de 1936, em que ele usou alguns dos poemas dela (o primeiro e o terceiro destas traduções pertencem à selecção que o músico fez) para criar uma obra brilhante, algo estilisticamente ecléctica, mas que capta e transmite maravilhosamente a graça, a ironia, a violência satírica, ou a extrema delicadeza também, da colectânea, e principalmente o quanto nela estua de vida e de amor por ela. Post blanda Veneris é uma das esplêndidas estrofes (e destacadamente célebre) de um mais longo poema do mesmo cancioneiro, Dum Diana vitrea, que, com outros poemas anónimos aí recolhidos, alguns estudiosos identificam como dos perdidos poemas de amor do grande filósofo medieval Pedro Abelardo (1079-1142), cuja paixão por Heloísa, e o subsequente crime da sua castração pela família dela, como a carta que, quando ele morreu, Pedro-o-Venerável, abade de Cluny, dirigiu a Heloísa então freira, consolando-a e garantindo-lhe a união com ele na eternidade, são fonte das lendas de união na morte e de adeus “até ao fim do mundo” (ver a este respeito o capítulo sobre Abelardo e Heloísa, no 2.° volume dos nossos Estudos de História de Cultura, em publicação na revista Ocidente *.

 

Codex Buranus: Miniatura de jogadores da folha 92
Codex Buranus: Miniatura de jogadores da folha 92

 

Os Carmina Burana foram descobertos na biblioteca do mosteiro alemão de Benedictbeuern, nos princípios do século XIX, e primeiro publicados em 1847. São uma magnificente colectânea de poesia de amor ou de poesia satírica, ou da pura alegria de viver, em que uma linguagem de alto refinamento estético se alia à máxima desenvoltura e a um total, por vezes, desbocamento da expressão. O cancioneiro reflecte o espírito dos que teriam sido os autores de grande parte dos poemas: os clérigos vagabundos, “vragrantes”, foragidos de convento ou das escolas conventuais (quando não estudiosos ilustres) – o espírito goliardo. Tem sido discutido quais serão os limites de composição dos poemas coligidos; e a crítica erudita, hoje, inclina-se para que o manuscrito seja do século XIII e recolha poesia composta neste século e no anterior, embora não seja de excluir que alguns poemas sejam do século XI ou mais antigos. Isto significará que, se vários poemas serão contemporâneos dos que foram recolhidos nos nossos cancioneiros galaico-portugueses (Vaticana, Ajuda, Biblioteca Nacional) que recolhem poesia do século XIII e primeira metade do século XIV, muitos outros dos Carmina Burana lhes serão anteriores. Note-se, por exemplo, a identidade de estrutura entre Stetit puella e as nossas cantigas paralelísticas dos cancioneiros. Uma irreverência que excede em muito a violência por vezes grosseira das nossas cantigas de escárnio e maldizer (tão admiráveis muitas delas, mesmo com grosseria e tudo) é timbre dos Carmina Burana: por exemplo, o poema da Taberna, aqui traduzido, parodia a certa altura um hino de S. Tomás de Aquino. Por outro lado, a subtileza da sensibilidade e das imagens nada fica a dever aos mais lúcidos requintes da poesia moderna, como é o caso da estrofe atribuída a Pedro Abelardo. Ao contrário da poesia latina clássica, os poemas latinos de Carmina Burana usam a rima consoante final (que reproduzimos onde e como aparece), e que terá começado a surgir no Ocidente em hinos religiosos no século IV (de que o Stabat Mater e o Dies Irae são exemplo), e se terá propagado à poesia em língua vulgar depois, na Europa. Um dos grandes monumentos da poesia medieval, este cancioneiro desenterrado da biblioteca de um mosteiro é um extraordinário correctivo às ilusões de uma Idade Média só bárbara ou só de cavalaria romântica, que tanto ainda subsistem, pois que responde àquela com a arte superior dos seus poemas, e a esta com a desinibição completa que virilmente exibe.

 

Codex Buranus: Miniatura da folha 72
Codex Buranus: Miniatura da folha 72

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* 1.º vol., Lisboa, 1967; 2.º vol. em fascículos de Ocidente.

In: Poesia e Cultura, Porto, Caixotim, 2005  p. 161-3

“CARMINA BURANA”

Na sua portentosa antologia Poesia de 26 séculos, Jorge de Sena incluiu as cinco traduções que fez dos Carmina Burana, seguidos da habitual nota esclarecedora — tudo abaixo transcrito. Esta nota pouco difere de um artigo publicado, também em 1971, num periódicos de Lisboa (Ver)
Ao leitor atento, certamente não escaparão os paralelismos e o forte tom de contestação que nos permitem aproximar as últimas estrofes de “In taberna” (em áudio) com o rimance final da novela seniana O Físico Prodigioso…

A roda da Fortuna no Codex Buranus
A roda da Fortuna no Codex Buranus

 

Alemanha–Latim Medieval
séc. XII e XIII

 

“STETIT PUELLA”

Era a senhor de vermelho.
Se se lhe tocava,
A túnica estalava.
Ai!

Era a senhor… Qual roseira
Sa face resplandecia,
Sa boca florecia.
Ai!

“TEMPUS EST IUCUNDUM”

O tempo é jocundo,
Ó virgens!
Com elas gozai,
Ó jovens!

Ó em mim floreço!
De amor virginal
Eu todo me aqueço!
Novo, novo amor
Vem, de que pereço.

Canta a filomela
Muito docemente
E no longe apela.
Dentro de mim ardo.

Ó flor das donzelas,
A quem eu desejo,
Rosa entre as mais belas,
A quem sempre vejo.

Só tu me confortas
Com tuas promessas,
Só tu me deportas
Pelo que recusas.

Quanto a ti me prende
Tua virgindade!
Como te defende
A simplicidade!

Cala, filomela,
Por um instante só.
Surge, ó cantilena,
Do meu peito em dó.

O tempo brumal
Esfria o que é vivo.
Mas seiva estival
Faz o homem lascivo.

Vem, minha donzela,
Ao gozo sem preço!
Vem, vem, minha bela,
Por quem eu pereço!

“POST BLANDA VENERIS…”

Depois do suave ardor
Do sexo,
Dos nervos se distende
O nexo.
Como que flutuando
Da treva a um mundo novo
Os olhos vêm vogando
Num remar das pálpebras!
Ah, como é doce o trânsito
Da posse ao entressonho!
Mas mais doce é o regresso
Do entressonhar à posse.

“OLIM LATUS COLUERAM…”

Outrora, em lago eu vogava,
Meu belo corpo encantava,
Era um cisne, e vivo estava.

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

O espeto gira e regira,
E já um criado me mira,
Enquanto eu torro na pira!

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

Quem me dera a deslisar
No frescor da água e do ar,
Sem um recheio a estourar!

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

Nunca a neve mais brilhou,
Ou mais branca ave voou…
Mais negro que um corvo estou!

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

Aqui vou eu na travessa.
Não posso voar… Já depressa
Dos dentes vejo a promessa.

Ai de mim, coitado,
Eis-me agora assado,
Muito bem tostado!

“IN TABERNA…”

Na taberna quando estamos,
De mais nada nós curamos,
Que do jogo que jogamos,
Mais do vinho que bebemos.
Quando juntos na taberna,
Numa confusão superna,
Que fazemos nós por lá?
Não sabeis? Pois ouvi cá.

Nós jogamos, nós bebemos,
A tudo nos atrevemos.
O que ao jogo mais se esbalda
Perde as bragas, perde a fralda,
E num saco esconde o couro,
Pois que um outro conta o ouro.
E a morte não val’ um caco
Pra quem só joga por Baco.

Nossa primeira jogada
É por quem paga a rodada.
Depois se bebe aos cativos,
E a seguir aos que estão vivos.
Quarta roda, aos cristãos juntos.
Quinta roda, aos fiéis defuntos.
Sexta, às putas nossas manas,
E sete às bruxas silvanas.

Oito, aos manos invertidos.
Nove, aos frades foragidos,
Dez, se bebe aos navegantes,
Onze, é para os litigantes,
E doze , dos suplicantes,
E treze, pelos viandantes.
Pelo Papa e pelo Rei
Bebemos então sem lei.

Bebem patroa e patrão,
Bebem padre e capitão,
Bebe o amado e bebe a amada,
Bebem criado e criada,
Bebe o quente e o piça fria,
Bebe o da noite e o do dia,
Bebe o firme, bebe o vago,
Bebe o burro e bebe o mago.

Bebe o pobre e bebe o rico,
Bebe o pico-serenico,
Bebe o infante, bebe o cão,
Bebem cónego e deão,
Bebe a freira e bebe o frade,
Bebe a besta, bebe a madre,
Bebem todos do barril,
Bebem cento, bebem mil.

Nenhuma pipa se aguenta
Com esta gente sedenta,
Quando bebe sem medida
Quem de beber faz a vida.
E quem de nós se fiou,
Sem cheta s’arrebentou.
E quem de nós prejulgava,
Se quiser, que vá à fava.

 

“CARMINA BURANA” – Esta importante colectânea de poesia latina medieval (e também em Alemão antigo) deve a sua popularidade moderna, sobretudo à obra coral sinfónica do compositor alemão Carl Orff, de 1936, em que alguns poemas desta colectânea são postos em música. Quatro desses poemas Stetit puella, Tempus est iocundum, Olim latus colueram, e ln taberna são aqui traduzidos integralmente (Orff não usa os textos completos do segundo e do terceiro). Post bland Veneris é uma maravilhosa estrofe de um mais longo poema do mesmo cancioneiro, Dum Diana vitrea que, com outros poemas anónimos aí recolhidos, alguns estudiosos identificam como dos perdidos poemas de amor do grande filósofo e escritor medieval Pedro Abelardo (1079-1142), cuja paixão por Heloisa, e o subsequente crime da sua castração pela família dela, como a carta que, quando ele morreu, Pedro-o-Venerável dirigiu a Heloisa então freira, consolando-a e garantindo-lhe a união com ele na eternidade, são fonte das lendas de união na morte, e de adeus “até ao fim do mundo”. O cancioneiro que ficou conhecido por Carmina Burana foi descoberto na biblioteca do mosteiro alemão de Benedictbeuern, nos princípios do século XIX, e primeiro publicado em 1847, mas só em 1930 começou a aparecer numa monumental edição crítica ainda inconclusa. É uma magnificente colectânea de poesia de amor, ou de poesia satírica, ou de pura alegria de viver livremente, em que uma muito artística e admirável linguagem se une à maior desenvoltura e ao desbocamento malicioso da expressão. Reflecte o espírito dos que teriam sido seus autores: os clérigos vagabundos, “vragrantes”, foragidos de conventos, de escolas conventuais, ou cábulas de universidade (quando não refinados estudiosos) – o espírito “goliardo”. Tem sido discutido quais os limites de composição dos poemas coligidos, e a crítica, hoje, inclina-se para que o manuscrito seja do século XIII e recolha poesia composta neste século e no anterior, embora não seja de excluir que alguns poemas sejam do século XI ou mais antigos. Uma total in’everência é timbre dos Carmina Burana – por exemplo, o da Taberna, aqui traduzido, parodia a certa altura um hino de S. Tomás de Aquino. Ao contrário da poesia latina clássica, os poemas latinos de Carmina Bumna usam a rima consoante final (que reproduzimos onde e como aparece), que começara a ser usada em hinos religiosos latinos no século IV (de que o Stabat Mater e o Dies Irae são exemplo), e se propagou depois (?) à poesia em língua vulgar na Europa.

 

 

In: Poesia de 26 séculos. 3a.ed. Porto: ASA, 2001. pp.80-84 (poemas), pp.296-7 (nota).

 

 

Das cartas de Jorge de Sena para Helder Macedo

De passagem pelo Rio de Janeiro, onde lançou seu último romance — Tão longo amor, tão curta a vida –, Helder Macedo ofereceu ao nosso site uma seleção das muitas cartas que trocou com seu amigo Jorge de Sena, sob a recomendação de editarmos somente trechos com interesse literário. Aprovado o recorte que delas fizemos — excertos de 8 cartas e 1 transcrita na íntegra —  pareceu-nos importante acrescentar algumas notas contextualizantes, para melhor situar o leitor. No que abaixo se lê, encontram-se várias referências a obras dos dois interlocutores — ambos professores, ensaístas, romancistas e poetas, aos quais, também por isso mesmo, não faltavam interesses comuns, o que não raro levou a uma colaboração mútua. Emitidas de Araraquara, Madison, Santa Barbara e Lisboa, entre 1964 e 1972, registram período de grande produtividade seniana, apesar das muitas mudanças geográficas. Transcrevemos por completo a única manuscrita, que é aquela enviada de Lisboa, onde “pousara” o casal Sena depois de um périplo africano e europeu, que aí está sumariado. E nesta sua “Lisbon revisited“, o poeta parecia já detectar indícios do que o Abril de 1974 traria a Portugal.  A leitura desta correspondência ainda mais se enriquece com o “testemunho” em video de Helder Macedo (ver)

 

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Araraquara, São Paulo, Brasil, 27 de Março de 1964

 ... enfim notícias suas. Depois disso, indirectas, tive-as quando me lembrei de si para conseguirem-se as gravuras que faltavam para o meu último livro de poemas[1], e soube que Você foi utilíssimo na resolução do problema. […]

O meu livro de poemas, que espero terá recfebido entretanto, aguardou dois anos e meio na COR, que me dissessem que afinal não iam fazer a edição pomposa que deveria ter sido a primeira, e esperei meses e meses que a Morais, que quis fazê-lo mais modestamente, o publicasse.[…]

Ainda há pouco, uma tremenda conspiração pretendeu cortar-me os subsídios que recebo do govêrno estadual para a edição que preparo da lírica de Camões, a pretexto de que Camões já está estudado e editado muito bem (como… é o que, para terror dos catedráticos portugueses, donos da indústria, eu ando demonstrando), e que ele e eu somos portugueses… Desta vez, porque também tenho as minhas influências, não levaram a melhor. Mas vai ser o bom e o bonito, quando sairem os volumes de estudos camonianos que tenho no prelo, um em Lisboa, outro em São Paulo… Será um escândalo de enormes proporções, porque se demonstra que ninguém foi às fontes originais disponíveis verificar sequer os textos… Todos os camonistas deste mundo, alguns já defuntos, todos em cuecas, é uma coisa que jamais me perdoarão, aqui, aí, e por esse mundo de Cristo.

Vamos agora ao seu livro[2]. Li-o, quando o recebi, e reli-o agora, para escrever-lhe. Gostei muito dele, porque cada vez menos suporto a retórica balôfa que em Portugal, em caudais de imagens sem nexo, ou em haikais informes, passa por ser poesia, com grande aplauso dos entendidos. Você é dos poucos que consegue que uma frase passe de um verso para outro, e com sujeito e predicado, como nos velhos tempos da gramática, e sem desencadear um arraial de comparações absurdas ou de abstrações sem sentido. Depois, encontro ainda, nos seus poemas, uma segurança rítmica que também é importante, quando parece que, em Portugal e no Brasil, toda a gente tem vergonha de acertar pelo menos ritmicamente um verso, a menos que logo empunhe, para a quadrinha a viola. E uma certa displicência no uso dos temas e das ideias poéticas, certo humor interno, igualmente me agradaram muito. Acho especialmente de meu gosto o poema que é a primeira parte, o quinto e o sétimo da segunda parte, e os dois últimos da última. A parte que apreciei menos foi a terceira, o que não quer dizer que não encontre nela belos versos. Mas tudo isto melhor direi, se os deuses me forem propícios, num artigo sobre poetas portugueses mais recentes[3]. Aqui, meu caro, depois do José Régio que poucos conhecem e acharam, com razão, muito antigo (pelo que lhe sobra de simbolismo de escola, cuja memória se perdeu em Portugal e aqui ainda não) não sabem quem é quem. Nem o Sá-Carneiro é conhecido devidamente. E, no entanto, graças a mim, como assessor que fui do Ministério da Educação, para a reestrutruação dos cursos superiores de letras, a nossa literatura é matéria obrigatória, que não era, de todos os cursos, e num mínimo de dois anos. Em Portugal, ninguém tomou conhecimento disto; e não serão os brasileiros que irão proclamá-lo…

 

Araraquara, São Paulo, Brasil, 8 de Junho de 1964

E agora peço-lhe um favor ainda: quer obter-me, se lhe é possível, uma lista das universidade inglêsas ou escocêsas com estudos de português (e, se possível, de literatura portuguesa e ou brasileira)? Não se trata de pesquisa académica. Mas, pura e simplesmente, de tentar a possibilidade de saír daqui para fora, porque não aguento mais isto. E a América espanhola, que está tentando muita gente, não me tenta a mim: é igualmente incerta, igualmente “peninular”, e igualmente americana. Eu, como a Natália Correia (tarrenego), descobri que era europeu… O que não quer dizer que não vá parar, se puder, ao México (que sempre teve os astecas), ou aos Estados Unidos (e então é que a comunistada lusa se queima de vez, pois que só deu alvará ao Rodrigues Miguéis para ser americano…)

 

Araraquara, São Paulo, Brasil, 10 de Julho de 1965

 Há quase dois mêses que estou para agradecer-lhe a sua carta de 10 de Maio, e o quanto ela representa de estima pelo meu livro[4], e de esfôrço para que ele passasse as barreiras da insularidade anglo-saxônica. Mas estes mêses carregados de trabalho têm sido, também, o de tratar eu de passar as barreiras individuais no mesmo sentido. Não sei se anteriormente lhe dissera que estava em perspectiva, por ter-se tornado muito parecida com um perigoso impossível a vida aqui, a minha tranferência para os Estados Unidos. E agora é certo. Irei, como “visiting Professor”, para a Universidade de Wisconsin, e partirei, com a minha tribu e a minha biblioteca, no dia 27 de Agosto próximo[5].

 

5 de Janeiro de 1968  [Madison, Wis., USA]

É evidente que, tendo saído do Brasil onde a vida se me tornara economicamente impossível com a inflação e com a atmosfera política (a gente não sai de uma para cair noutra…), me instalei no país que me convidou e me deu o “status” que tenho. Mas é evidente também que, com todo o hábito que fui adquirindo, cada vez mais me sinto em muitas coisas irremediavelmente europeu – do que espero tirar a prova na viagem que farei a partir, queira a Providência, já que a minha saúde é algo precária, de meados de Setembro do ano que ora começa. “Regressar à Europa”, isso não depende de mim, meu caro, mas da Europa…

 

30 de Junho de 1970  [Madison, Wis., USA]

PS – […] Não sei se nunca lhe disse que, naquele dia, em que, chegado a Londres, jantei na sua casa (e o dito cujo[6] se ausentara por razões óbvias) a conversa estava agradável e ficamos a falar e a falar – mas, de certa altura em diante, eu não podia deixar de pensar que o estafermo andaria talvez a fazer horas até que eu saísse, ou estava à espera de ver-me sair. E por isso mesmo e pelo gosto de estar convosco, deixei-me ficar até que o sujeito se fartou de esperar ou achou que eu já saira. E diverti-me bastante com a boa educação que ele, sabe Deus com que vontade, aceitou exibir, respeitando a sua casa de ser malcriado comigo. O curioso é que nós nunca tivemos, de perto ou de longe qualquer contacto – e nos teremos falado talvez, até hoje, umas quatro vezes: lembro-me de o ver na Sera Nova uma vez, quando o Lopes Graça mo apresentou como seu aluno de piano (seria?…); outra vez quando ele entregou poemas para os Cadernos de Poesia, com sorrisos, no Chave de Ouro[7] (e mais tarde foi à tipografia, brigou lá, e forçou a desmanchar-se toda a composição – mas nenhum de nós, dos Cadernos, assistiu à cena, nem ele deu qualquer explicação que lhe não pedimos); outra, na estreia de Jornada para a Noite, em tradução minha, dirigida pelo António Pedro, quando me veio dar informações que eu pedira para as Líricas[8] – terceira série, em preparação – e creio que, com o encontro em sua casa, é tudo. Quanto aos meus artigos sobre a famosa exposição, de que ele e “eles” da sua corte de Sampaios e Pachecos fazem cavalo de batalha, creio que ninguém os leu senão naqueles tempos de Seara – mas sairão em volume, qualquer dia, com a minha execução capital  deles todos. O mal não é essa gente ser má – o mal é ser rasca e ordinária: ser a grosseria de Alcantara aliada à putaria do antigo Bairro Alto, sem a inocencia natural de Alcantara ou as virturdes profissionais das putas. A maldade nunca me incomodou muito: o lixo, sim. E é isso que tanto odeiam em mim, meu caro. Mas, nisso tudo, perdoe-me que lhe diga, todos Vocês da sua geração e algumas ulteriores têm muita culpa, porque aceitaram como génio surrealista o espírito da defunta Praça da Figueira. E a poesia é outra coisa – e não é Villon ou Rimbaud quem quer.

 

20 de Maio de 1971 [Santa Barbara, Ca, USA]

Fiquei contente por saber que o seu livro[9] vai entrar em segunda edição – é bem feito, para os medos editoriais que havia. Mas não creio que isso se deva ao meu prefácio… – ou quem sabe? A coisa funciona, apesar da guerra de silencio que me fazem, e que, segundo depreendo […] assumiu extremos de raivoso ódio (o que é tanto mais cómico, quanto eu há anos que não faço crítica frequente a nada ou a ninguém da contemporaneidade e me consigno em deixá-los a todos no silencio da fava…)

[…]

O seu projecto de traduções de poesia portuguesa[10] parece-me coisa séria, e de boas perspectivas – sobretudo se viesse a significar o volume de poesia portuguesa que não há nas séries Penguin. Mas então, para esta séries, não está há séculos em gestação um volume de autoria do famigerado Alberto[11] (que há tempos publicou numa revista no Texas umas pavorosas traduções de Camões, em que até o largo rio do soneto das lágrimas é traduzido por Amazon river…)? A propósito, e para meu govêrno, essa flor está por ocasião da minha estadia a ornamentar as margens do Tamisa, ou não?

A sua seleção de poemas meus parece-me muito bem, e francamente gostaria que um dos sonetos ilustres aparecesse também (mas teria que ser, ainda que com correcções ou arranjos de poeta-linguista, traduzido por mim mesmo, para evitar que o interpretassem à maneira de Finnegans Wake, que de todo em todo não é o sistema). As traduções literais poderei fazê-las eu mesmo. Tinha, aqui na América, um excelente tradutor de poesia minha, um jóvem poeta americano que foi meu aluno, e que publicou numa revista de vanguarda vários poemas meus – mas não sei aonde ele pára. E outra pessoa que tem traduzido, e bem, com a minha colaboração, muita poesia minha é Jean Longland, bibliotecária da Hispanic Society of America, e que publicou há tempos um volume de poesia moderna portuguesa[12]. Acho que ela poderia ser – e não só para mim – excelente colaborador seu. Mas, em qualquer caso, eu preferiria fazer as traduções não apenas literais, sujeitas a sugestão revisora, porque sempre temo, em línguas muito fixas em tradições expressivas quando de tradução se trata, como o francês ou o inglês, a imposição de “estilos” já consagrados que fazem a gente parecer discípulo pobre de Eliots mais pobres que nós. Não me diz V. qual é a urgencia deste seu projecto – é coisa que posso tratar depois de voltar da Europa no fim de Setembro? Porque, agora, não encontro as publicações, nem os envelopes com as inúmeras traduções, muito boas, da Jean. E, no contra-relógio de acabar várias coisas antes de partir, não posso em verdade dedicar-me a uma coisa que tanto me interessa. Mas não deixarei de fazer cópias, caso encontre a papelada, das traduções que mais ou menos coincidam com a sua lista.

 

Santa Barbara, Cal., USA, 27 de Novembro de 1971

Recebi há dias da Jean Longland um punhado de excelentes traduções que ela entretanto lhe terá enviado, e às quais só tenho que sugerir uma que outra pequena mudança que ela, aceitando-as, lhe comunicará depois. Grande ideia de tentar o Griffin[13] para a minha Afrodite – dê-lhe as minhas mais afectuosas lembranças, diga-lhe que em breve lhe vou escrever.

 

18 de Maio de 1972  [Santa Barbara, Ca, USA]

A Jean Longland é pessoa de infinita paciência e gosto de acertar, e não ficará escandalizada que V. volte a insistir em certos pontos. Creio que o problema maior, precisamente nos pontos que V. torna a levantar para melhor acerto, resulta de que é americana, V. do inglês da Inglaterra, e que eu mesmo já sou menos sensível ou consciente de alguns sentidos duvidosos que expressões correntes aqui podem ter aí.

[…]

Os outros dois casos de First Variation[14] são, creio, diversos. Spasmic howls soa-me, e soou à Jean, menos expressivo, por o adjectivo ser “raro”, do que o uso do substantivo. Havíamos discutido isso.  Orgasmic howls talvez fosse melhor, embora eu não goste da palavra “orgasmo” em qualquer língua (o que significa, é outra questão… de que o poema aliás trata muito claramente) – quase preferiria uma crua obscenidade que evitei no português. Mas deixo o caso ao seu critério. Quanto a glances, que foi um dos pontos que mais longamente discutimos na pressa de entre-simpósio, o problema é a repetição variada: no 4º verso eu uso “olhos humanos”, mas no penúltimo terceto do poema digo olhares em vez de olhos, num contexto análogo, intencionalmente. Daí glances. O que a Jean quis dar foi esta variação – e, conversando, não conseguimos encontrar solução para tal. Concordo que, se olhares não podem espiar em inglês tão bem como em português, e como os olhos podem espiar em ambas as línguas – como havemos de dar a diferença entre “olhos” que espiam e provocam a impudicicia dos deuses, e “olhares” sequiosos e turvos, e que por isso fazem promíscuo o amor dos mesmos deuses (como o poema se desenvolve em acontecimento disso mesmo)? Ponho-lhe a questão. Que fazer realmente? Abandonar esta variação que me encanta? Ou ir para uma outra solução que a mim e à Jean não ocorreu, e pode, depois destas explicações, ocorrer a V.?

 

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Lisboa, 17 agosto de 1972

Meu caro Helder Macedo

 

A sua carta de 27 de Julho, remetida de Santa Barbara, chegou-me aqui há um par de dias. Das Áfricas pousámos em Lisboa há onze dias que têm sido uma correria tremenda; e dentro de dois ou três vou para o Porto, e depois Salamanca, Madrid, Paris, de onde volto a casa a 13 ou 14 de Setembro. Mas a Mécia volta daqui, no dia 24. Havíamos partido de casa a 24 de julho, para Nova York (2 dias), Atenas (3 dias), Roma (4 dias) e Moçambique, aonde estivemos sobretudo em Lourenço Marques, com pousos na Beira, Quelimam, Nampula, e uma visita magnificente à Ilha de Moçambique. Trago disso tudo um reportório fotográfico esplendido, tirado pelo Knopfli”[15], que sempre nos acompanhou. No regresso, estivemos dois dias em Johannesburg (recebidos pela D. Lidchi de sua fraternal e minha telefónica lembrança, e que é encantadora) e três em Luanda. Em artigos (quatro) do Popular rezei dos meus encantamentos e emoções, e, nas entrelinhas, das minhas indignações. Mas Moçambique é um país extraordinário que me comoveu profundamente. A gente foi admirável toda, em toda a parte – e acabei na última conferencia e no aeroporto, em lágrimas. Fiz quatro conferencias em L.M., duas na Universidade; e uma outra na Beira. Foram a modos que triunfais, e uma delas, que o secretário de governo proibira por ser para os estudantes, ganhei-a pondo prazo de ultimato… ou telefonava para Lisboa (o que teve o apoio do Min. da Educação, com quem já me avistei, por dever de pô-lo ao corrente do que se passa, e para obter, o que creio ter conseguido, um leitor para Santa Barbara). A imprensa – extrema direita e maoistas de mãos dadas, òbviamente – teve-me por incógnito, sem uma reportagem sobre as multidões que se juntaram; a rádio entrevistou-me várias vezes e furou quanto pôde o corte de notícias, em receios das mesmas  alfurjas da 1ª linha desta página[16]. Conheci o seu irmão que achei um admirável sujeito, mais a mulher dele, e ambos foram gentilíssimos comigo.

Muito obrigado pelas suas palavras sobre os Exorcismos, acerca de que houve só umas notícias e uma crítica de morde-não-morde. Mal distribuído o livro, não o vejo em parte alguma – e creio que todos têm medo de escrever sobre ele, apesar dos louvores (aterrados e chocados) que me chegam aos ouvidos.

Fico aguardando o volume das traduções, que bom será que me mande para Santa Barbara, aonde chegarei mais ou menos quando ele sairá.

O trimestre de Inglaterra está em grande marcha – antes de partir dos States pedi a licença que me foi concedida na base dos convites então recebidos. São agora cerca de 14, e penso que em Setembro virão mais. Como é que vou encaixar tudo isso, mais as viagens, em dois meses e meio, é o que resta vêr. Tenciono chegar aí em princípios de Janeiro para regressar à América em meados de Março, se não estou em erro, cansado e exausto como ando. Logo que os programas das andanças estejam estabelecidos, contactaremos, para arranjar-se o hotelzinho de Cartwright Gardens, aonde ficar nos “intervais”.

Não sei se em Novembro virei à Europa ou não, já que o Colóquio Camoniano de Lisboa e a reunião do júri do Grande Prémio Internacional de Literatura, em Oklahoma, mais ou menos coincidem – e é possível, a menos que as cartas estejam já muito marcadas para o jogo, que valha mais ir à 2ª reunião do que vir à 1ª.

A minha saúde continua muito precária, e não sei aonde vou buscar energia para tantas andanças e trabalhos: sinto-me literalmente “à bas [?] de la flamme”, sem vontade para nada, a não ser quando me picam – o que sucedeu com o entusiasmo a que me empurraram em Moçambique. E tremo do regresso a Santa Barbara, aonde me esperam a chefia da Literatura Comparada e mais chatices concomitantes (e até, no 1º trimestre, como no 3º, os cursos que eu deveria dar no 2º, em cima dos já estabelecidos para esses trimestres …)

Quanto a Portugal, de que agora só vi Lisboa, esta parece-me (para além das demolições delirantes que abrem espaço às caixas de fósforos em pé, odiosas, que inundam o mundo todo que vou conhecendo ou revendo), à luz de um verão algo desnaturado, a maravilhosa cidade que é minha terra e tanto amo – mas não vou deixar-me cair destes amores e das saudades abaixo, pois que, como sublinhei, indirectamente num dos “exorcismos”, não sou dos tolos que voltam para o anonimato quotidiano por parte destes ladrões de estrada, que compõem, com honrosas excepções, esta pátria de alguns herois e muitos malandros. No entanto, sente-se finalmente uma efervescencia e uma consciencialização indignada, a todos os níveis populares, de que é preciso sair do beco e “andar para a frente” – e, sobretudo, uma revoltada exigencia de que a ladroeira e a negociata sejam postas na ordem (o que pode, também, abrir caminho a todos os perigos – mesmo de D. Sebastiões chamados Spínolas). É aliás a atmosfera em Moçambique que creio à beira de todas as soluções que não sejam continuar à ordem dos “reinóis” (e o mesmo senti em Luanda). Creio que se está à beira de transformações que podem ser tão catastróficas como o período que se iniciou em 1820-22. Ou, então, como sonham uns idiotas Agostinhos das Silvas, às vésperas do glorioso 5º Império. Já que os Brasis marcham em grande força para as Áfricas portuguesas (com quem já projectavam uniões no fim do século XVIII, com combinações moçambicanas e tudo). O pior é isso poder ser feito por “coroneis” (cujo peso senti na maravilhosa Grécia) ou por “salvadores” da civilização ocidental, quais tive horrorizadamente ocasião de apreciar em Johannesburg.

Até breve, pois. Muitas e amigas saudades nossas para vós, e o grande abraço muito amigo para V. do

Jorge de Sena

 

PS.- Tenho ouvido mto. boas referências ao seu coloquial artigo[17]. Em Los Angeles foi aprovada uma tese que dá o Mendes Pinto como cristão novo… E eu já lancei as bombas do Camões filo-judeu! Ai Fé Católica!

 

 

NOTAS: 

[1] Metamorfoses (1963). H.M. obteve as devidas autorizações junto aos museus londrinos.

[2] Das Fronteiras (poemas), Covilhã: Pedras Brancas (1962)

[3] Salvo erro, o texto veio a ser escrito em 1967 sob o título de “Poesia Portuguesa de vanguarda: 1915 e hoje” (in: Estudos de Literatura Portuguesa III), onde H.M. é mencionado.

[4Trata-se do livro A Literatura Inglesa – ensaio de interpretação e história, que J.S. editara no Brasil em 1963 e tentava editar também em língua inglesa, pedindo a colaboração de H.M. nesse sentido.

[5] Afinal, a partida de São Paulo só ocorreu a 6 de outubro de 1965.

[6Mário Cesariny de Vasconcelos (1923-2006), evidente desafeto de J.S. – o que não o impediu de declarar, em mais de uma oportunidade, que M.C.V. era “poeta de alta categoria”.

[7Café da Praça D. Pedro IV (Rossio), em Lisboa, já desaparecido.

[8] Líricas Portuguesas, 3a. Série – antologia organizada por J.S., editada em 1958, que inclui Mário Cesariny, em quem J.S. reconhece “excepcional talento de poeta”.

[9Poesia 1957-68, Lisboa: Moraes, 1969, com 2ª ed. em 1971. Como se deduz, é de J.S. o “Prefácio” do livro.

[10] Na bibliografia de H.M. constam 2 títulos relativos ao projeto: Portugal: Modern Poetry in Translation, 13-14, Londres, 1973; selection of poems, supervision of translations and notes  e  Contemporary Portuguese Poetry, Manchester: Carcanet, 1978; Introduction, notes, supervision of translations and collaboration (with E M de Melo e Castro) in selection of poems.

[11] Alberto de Lacerda (1928-2007)

[12] Selections from Contemporary Portugese Poetry, Hispanic Society of America, 1966

[13] Jonathan Griffin (1906-1990)

[14] “Variação Primeira” é poema do livro Metamorfoses

[15] Rui Knopfli (1932-1997)

[16] “que o secretário de governo proibira…”

[17] “A Menina e Moça e o Problema do seu Significado”, Colóquio/Letras, 8, Lisboa, 1972

 

A morte vista pelo jovem JS

A 4 de junho de 1978 falece Jorge de Sena. Bem antes, o tema da morte já inquietava o autor e percorria insistentemente a sua obra (vide Como se morre? e Eu e a morte). Ainda jovem, no fértil período dos anos de 1938 e 1939, quando escreve mais de 400 poemas, são vários os que evocam a “indesejada das gentes”. Dessa fase, que também registra a comédia em um ato com o título de “Luto”, selecionamos os três poemas abaixo, procurando vislumbrar nos versos imaturos o gérmen do poeta algo elegíaco que se agigantaria no decorrer dos anos. Versos iniciantes a assinalar o fim “que é de todos e virá”. Porém, como sabemos, 35 anos depois de nos deixar, Sena continua vivo e hoje avulta entre os maiores da Língua.

 

  • “Morte” (40 anos de Servidão)
  • “Imortalidade” (Post-Scriptum II)
  • “Necrológio”  (Post-Scriptum II)

 

MORTE…

 

Quando morrer

não verei o mundo apagar-se,

enegrecer,

à minha volta.

Morrerei de olhos fechados.

 

Mesmo quando morrer

jã estarão mais do que fechados

porque os fechei há muito

ao espaço que rodeia

a minha presença material

de cada instante…

 

Morrer para mim

não será deixar de ver,

nem de ouvir, nem de sentir qualquer coisa,

porque os meus outros sentidos

também descansam do cansaço

de não terem encontrado

o cansaço procurado…

 

Enfastiaram-se de monotonia…

Queriam outros perfumes…

outra gente…

outros horizontes…

e não tiveram nada,

tiveram mal,

ou tiveram para depois ficarem

com menos do que tinham…

 

Na minha morte

não há-de haver

despedidas dos sentidos.

As despedidas já estão feitas.

 

A minha morte

há-de ser só morte.

uma simples morte de morrer…

 

14/9/1938

 

 

IMORTALIDADE

O meu tempo começou quando nasci

mas não há-de acabar quando eu morrer.

Eu não sei terminar nada,

gosto de não saber

e tudo fica assim, no ar, indefinido…

 

A minha morte talvez seja incompleta.

 

Morrer é ocupar no espaço

uma posição que não depende da vontade.

Mas quem a ocupa é o corpo.

 

O Corpo deixa então

de existir no tempo.

 

Só o espaço ficará conosco?

Que direitos tem o espaço a mais do tempo?

Do nós que na verdade somos

não haverá um resto acorrentado ao tempo?

 

Se o espaço sem tempo não é vida,

talvez o tempo sem espaço o possa ser.

 

E eu fique assim

vivendo sem matéria…

 

E o meu tempo,

sendo então eu mesmo,

não há-de acabar quando eu morrer.

 

25/9/38

 

 

NECROLÓGIO

 

Terei terminado um rumo e então morri.

Não se fazem convites,

ninguém conhece o morto.

Só eu, já póstumo,

aqui estou na rua enlameada e escura

a ver passar o Fim.

 

Lá passam os carros com as flores

que eu próprio me ofereci por mim

e pelos outros durante a vida.

 

Agora é o carro em que me vejo a mim.

 

Agora um carro vazio.

 

Começa a chover.

Molham-se as luzes e apagam-se… uma… outra …

 

E eu guardo o cortejo na gaveta

para não se molhar mais.

 

25/ 12/39

Jorge de Sena e os haikais

Admirador de Bashô, Jorge de Sena também se aventurou pelos haikais

Aqui trazemos seus poemas, precedidos pelo comentário de Paulo Franchetti, um especialista brasileiro nessa forma poética, gentilmente escrito para “Ler Jorge de Sena”. 

E trazemos também as traduções que Sena assinou de haikais do mestre japonês, seguidos da pequena apresentação do autor.

 

Os haikais de JS

Jorge de Sena sem dúvida conheceu bem o haikai clássico. Introduziu 20 deles, de Bashô, no seu Poesia de 26 séculos. Por isso, a questão que se coloca ao ler os poemas de sua autoria por ele denominados hai-kais não é essa, e sim o que o poeta desejou fazer ou conseguiu fazer ao convocar o nome e o espírito da forma.

A questão não tem resposta simples. Tecnicamente, poucos desses poemas, se lidos isoladamente do conjunto e da denominação, seriam considerados haikais. Talvez um, talvez nenhum. Não só por não guardarem a estrutura do terceto, com a qual se popularizou o haikai no Ocidente, mas principalmente porque a quase todos falta a objetividade despojada que identificamos como essencial para a definição do gênero.

Ao vincular tais textos ao gênero haikai, então, o poeta buscava outra coisa. De imediato, é evidente que a denominação promove uma disposição de leitura. O leitor se prepara para um tipo de poesia, propõe-se uma atitude interpretativa.  Essa disposição e atitude é que serão contrariadas ou confirmadas ao longo da leitura. Mais contrariadas do que confirmadas, nesse caso.

O efeito de sentido é complexo. Trata-se de um poeta reconhecido, de um estudioso muito conceituado e de um evidente conhecedor da forma e da tradição do haikai. Mas os textos que produz e insere, por um gesto soberano, nesse gênero, não parecem pertencer a ele.

A forte personalidade do autor determina o afastamento, marcando presença não apenas nas referências ao “eu”, mas também na escolha da forma do dístico e do tom aforismático.

Para um leitor pouco familiarizado com o haikai japonês, a forma do dístico surpreende mais. Entretanto, quem já o leu no original sabe que a estrutura básica do haikai é a justaposição de dois segmentos frasais. A medida nada tem a ver com a utilizada por Sena, cujo dístico se compõe de dois versos de aproximadamente a mesma extensão. Mas em alguns do poeta português, a justaposição faz com que o texto mimetize a estrutura profunda do haikai.

Dos poemas do autor, o que mais pareceria, pela estrutura, um haikai é “para encontrar-se o acaso / ai quanto caminhar!”. Mas esse é justamente o que menos se sustentaria como haicai, por ser abstrato, não trazer nenhuma indicação de lugar ou de tempo, nenhum kigo.

Já o que me parece ter mais espírito de haikai é este “O mar se alonga ao longe tão sereno. No temporal, há pouco, era mais curto”. Porque aqui se tem uma observação muito precisa, muito objetiva. O horizonte se encolhe no temporal. Qualquer outro sentido simbólico pode construir-se, mas a base objetiva é firme e indiscutível.

Jorge de Sena poderia ter escrito pelo menos dois desses poemas na forma tradicional do haikai. Mas por alguma razão o quis fazer.

Como exercício, para mostrar as diferenças e as aproximações, faço-o eu aqui, sem pretender evidentemente corrigir, mas dialogar divertidamente com o poeta.

No primeiro, bastaria suprimir a notação subjetiva e teríamos um haikai, facilmente reconhecível como tal:

 

Tem chovido tanto…
Na noite do quintal,
O sapo canta.

 

No terceiro, seria o caso de eliminar a torção da frase, em nome da naturalidade da expressão:

 

O temporal passou.
O mar sereno
Parece mais longo.

 

Assim teríamos haikais. Mas esses textos, eu creio (embora conheça pouco a obra poética de Sena), dificilmente poderiam ser assinados por ele.

 

HAI-KAIS

Tem chovido bastante: insuportável tempo.
Na noite do quintal, o sapo canta.
*
Conversam como ao longe
não comigo.
Se comigo falavam
Cansar-me-iam.
*
Por nuvens as montanhas não têm picos.
Mas, negras e escalvadas, cabeleira branca.
*
O mar se alonga ao longe tão sereno.
no temporal, há pouco, era mais curto
*
O ano inteiro esta árvore
larga folhas mortas.
*
Roupa que se abre e cai:
surpresa; ou muito ou pouco.
*
No escuro cresce o amor
que só nocturno se ama.
*
Para encontrar-se o acaso
ai quanto caminhar!

Sentado, escreve e lembra
imagens que não viu.

 

HAI-KAI

Um pássaro canta: não tem voz
que só cantar dos outros ele imita.

11-12/1/1974

 

In: 40 Anos de Servidão. Lisboa, Ed. 70, 1989, p.140-1 eVisão Perpétua, Lisboa, Ed. 70, 1989, p. 192

Paulo Franchetti é Professor/pesquisador da UNICAMP, ensaísta e poeta.

 

 

Os haikais de Bashô traduzidos por Sena

BASHÔ

Japão

1644-1694

VINTE HAIKAIS E UM TRECHO EM PROSA

Quebrando o silêncio
do charco antigo a rã salta
n’água–ressoar fundo.
*
Não ver tinha graça
o Fuji- Yama escondido
na névoa da chuva.
*
Qual velha sem dentes
a cerejeira sem folhas
juvenil floresce.
*
Amigos, adeus:
tal como os gansos selvagens
perdidos nas nuvens.
*
Um gato maltês
pela racha na lareira
foi ter com a amada.
*
Na primeira chuva
do inverno mesmo o macaco
sonhará ter capa.
*
Mal pensas na morte
que cedo espreita: as cigarras
cantam no arvoredo.
*
Um branco narciso
E um branco biombo se reflectem
na sala quieta.
*
Para ver o que dá
de cavar gosto o pó do mundo
nas gotas de orvalho.
*
No mar que escurece
grita voando o pato:
é o que se vê: suave branco.
*
Primavera: até
montes sem nome se enfeitam
de véus matinais.
*
Sem nada, ainda piolhos
da minha viagem passeiam
no estival quimono.
*
Fiquei aterrado
ouvindo um grilo cantar
dentro do elmo antigo.
*
Bendito este vale
onde o vento suave cheira
vagamente a neve.
*
Tinha dó o poeta antigo
dos macacos que gritavam.
E a criança no vento?
*
Na manhã de neve
aqui estou só ruminando
salmão seco e duro.
*
Recordação de Edo:
este vento frio e fresco
que guardo no leque.
*
Alta brilha a lua
enquanto o verme escondido
a castanha roi.
*
Quando se calou
o gato desesperado,
no quarto entra o luar.
*
Todo o imenso dia
A cotovia cantou.
Inda insatisfeita?
*
Tal é a beleza deste livro, que pode comparar-se às pérolas que se diz sereias as choram no alto mar. Que viagem se conta neste livro, e que homem não é que a experimentou! Sé é de lamentar que o autor, tão grande homem como é, tenha sùbitamente envelhecido – e doente de branca geada sobre a fronte.

(Final do Post-Scriptum de O Caminho Estreito para o Longínquo Norte, datado do ano em que morreu.)

In: Poesia de 26 Séculos. 3a.ed. Porto, ASA, 2001, p.165-8. 

 

BASHÔ – Os mais antigos monumentos conhecidos da poesia japonesa datarão do século V da nossa era, quando a influência cultural da China e da Coreia arrancou a um estádio primitivo e que ignorava a escrita os habitantes do que é hoje o Japão. Mas durante a Idade Média já a literatura japonesa atinge, com altas realizações, completa autonomia. A unificação política do país estabelece-se definitivamente nos fins do século XVI, e propiciou uma brilhante expansão da literatura. O haikai torna-se um dos mais estimados “gêneros”, e dele o maior mestre, e um dos maiores poetas do Japão, é Matsuo Bashô, nascido em 1644 e que morreu com cinqüenta anos. Filho de um modesto samurai que servia a família feudal dos Tódos, foi dado como companheiro de estudos ao menino herdeiro, e assim teve início a sua educação literária. Através das suas obras (relatos memorialísticos das suas andanças pelo Japão, em que os poemas se intercalam) e de referências de amigos, a sua vida é conhecida com grande minúcia. Não é uma vida desordenada como a do chinês Li Po, mas a de um piedoso e estudioso cidadão da centralizada sociedade feudal do seu tempo. A poesia de Bachô é capaz de uma concentração extraordinária: capaz de, nos estreitos limites do haikai, incluir toda a gama da sensibilidade humana, num estilo que se não abandona nunca à sentimentalidade, e é de uma capacidade descritiva admirável, com por vezes uma aguda e muito realística ironia. O haikai é, na sua forma clássica, um poema de três versos, respectivamente de 5-7-5 sílabas. Outras variações, de ordem daqueles números de sílabas, ou de transformação de um dos valores no outro, eram permitidas. Nas traduções , respeitamos rigorosamente o número de sílabas que Bashô usa em casa verso (não contando, como se deve na metrificação portuguesa, as sílabas depois da última tónica) dos seus haikais. Anote-se que bashô significa banana, e é o nome adoptado pelo poeta, em homenagem irônica à bananeira que havia em frente à porta da sua casa.

Sobre a poesia de Jose Craveirinha

 Em 1972, ano das celebrações de mais um centenário da publicação de Os Lusíadas, não faltaram viagens a Jorge de Sena. Da viagem a Moçambique resultaram, além da enorme e confessada emoção de pisar um solo que Camões comprovadamente palmilhou, o extraordinário poema “Camões na Ilha de Moçambique“, uma entrevista memorável , algumas crônicas e algumas páginas críticas sobre autores que lá conheceu pessoalmente, como o poeta José Craveirinha e o multifacetado António Quadros. A este último consagrou o notável prefácio d’As Quibíricas  e ao futuro “Prêmio Camões/1991” as reflexões que a seguir reproduzimos, originalmente publicadas em Poesia de Moçambique-I, Ed. Minerva Central, Lourenço Marques.. Vale sublinhar que os dois textos datam de outubro de 1972.

 

Tem a poesia deste homem uma ambiguidade como de existir-se lá onde e como, mais do que e trabalho comum de ser-se humano, difícil é dizer-se ou afirmar-se o que ao próprio poeta e mais difícil. Não é, qual se diria em tempos de mau gosto, a poesia de um preto aflito por sentir-se de alma quase branca; nem a de um branco fascinado pelo ondeado rebolar das ancas e dos seios negros (que, nas Áfricas, até aos seios e ancas brancas ensinam algo de um rebolar diverso); nem é sequer uma incerteza de dois sangues se cruzarem, mais ou menos, na alma de um poeta. Isso do mau gosto, como das almas e dos sangues, já deu o que tinha a dar, no desvairado comércio de almas que as gastou, e no terrível derramar san­grento que o não gastou ao sangue mas o não deixa já ser de metáfora. É algo de diverso, mais profundo, e por tal, com tudo isso, mais trágico.

O crítico literário sabido em tradições formais tenderá a notar que o poeta hesita entre fáceis fórmulas recebidas e duras expressões insólitas com que lutaria contra aquelas. O político – de qualquer lado – verá, nestas últimas, afir­mações de “africanidade”, que lhe bastam para não cuidar das outras. E uns e outros não sabem, ou não quererão saber, que de outra situação é que se trata, de que esta poesia recebe o seu sentido, o seu equilíbrio, e o valor que tem.

As Áfricas – diz-se e é a verdade – encantam de um visgo de sedução quem as visita e vive. Muito tempo foi mais simples julgar que era o exotismo, o sonho de espaços vastos, o cheiro de animais e de ervas, como de queimadas ardendo, que tudo flutuava num ar vermelho e fundo. Tudo isso existe — e mes­mo o exótico mais — noutros mundos, e têm servido para explicar o fascínio deles. Mas o como as Áfricas fascinam quem nasceu nelas, e participa, pela afinidade étnica da consciência, na tradição que é mais do que paisagem, é questão diferente. E sobretudo o será onde, por razões ou permanências histó­ricas, que não importam aqui, a cultura europeia se sobrepôs como cultura ao que eram culturas autóctones assim rele­gadas ao folclore ou a uma vida marginal não chamada a contribuir, pela integração harmoniosa, na amplificação da cultura europeia sob novos céus. Isto, por sua vez, é também diferente do que sucedeu noutras áreas da África negra, aonde a cultura europeia não entrou enquanto tal, mas como mera administração económico-financeira que ignorou as outras culturas ou, delas, atraiu à sua língua, pela educação superior, e em bases europeias, alguns raros que nela dessem expressão àquelas. Assim, é mais fácil ser-se africano, lá onde a cultura europeia, retirando-se com os que a personificavam, não deixou de si senão um veneno de nacionalismo burguês e ocidental que se instala no poder, em promoção social que se faz, na verdade, e segundo um esquema tradicional não modificado, de umas tribos ou aglomerações tribais em detri­mento de outras. E também é fácil — ou mais — parecer-se africaníssimo, lá onde uns quantos cultos pelo modelo euro­peu escrevem, em francês ou inglês, da sua africanidade para as Europas do universo. Mas lá onde se instalou um pater­nalismo (dotado daquela maliciosa licença patriarcal com que, na variedade promíscua dos amplexos, às vezes se fazem filhos, alguns dos quais se adoptam pela tradição romana e ibérica) que, ao mesmo tempo, levou consigo uma cultura estritamente, menos do que europeia, “metropolitana”, quando será possível ser-se “africano” autenticamente (e que será essa “autenticidade”), sem reverter-se a esquemas de sonhado e ultrapassado primitivismo em que o romantismo populista da Europa como que se vinga de si mesmo, nem usar-se habilmente das conquistas expressivas das Vanguardas quase centenárias da Europa para ser-se um nacionalistanegro pelo modelo branco? E é isto, cremos, o que torna tão importante e significativa a poesia de José Craveirinha, e tanto pode, por outro lado, contribuir para não ser correcta­mente entendida e apreciada por qualquer foco demasiado focalizado por atenções de hoje ou por hábitos de ontem. Ainda que constrangimentos de vária ordem não houvesse a restringir uma expressão mais franca, é de justo supor-se o quanto, num abrir-se mais, a poesia de José Craveirinha apenas polarizaria mais intensamente, ou mais visivelmente, a divisão antagónica que nela se processa, e de cujo mesmo processo ela é o resultado.

Nenhuma poesia dita autêntica se criou jamais senão nestas divisões dolorosas entre o que herdamos e o que somos, o que foi de sempre como o nascer-se e o morrer-se (sem dúvida os antagonismos inicial e final, por excelência). Mas o que, nessa autenticidade, varia são as formas psico­culturais com que os pólos se, digamos, materializam, pouco a pouco, não tanto apenas por uma consciência de um poeta enquanto homem que se vê na vida que o rodeia, mas mais ainda pela arte do homem que, enquanto poeta, se força a dizer do que vê e sente. Arte, é claro, no sentido do fazer-se e ser feito, e não no das “artes” que se adquirem do trans­mitido património de habilidades da linguagem.

Deste modo, uma luso-africanidade, ou uma africanidade de expressão em português, é uma polaridade tanto mais ambígua quanto mais profunda, pelo que o próprio estilo social de vida super-imposta deixou que ficasse de estruturas arcaicas que, na verdade, tinham muito de afins do próprio paternalismo que se lhes sobrepunha. Por isso, também, é que o problema de poetas africanos de expressão portuguesa mas não africanos de pele, se coloca diversamente do que será o caso noutras regiões africanas: é que também eles são, de certo modo, Craveirinhas ali nascidos, ou ali criados, com os pés no mesmo barro em que se misturou o pó de aldeias da Europa com o pó das senzalas de África. Que ventos pos­sam separar poeiras, ou confundi-las mais, é outra questão.

Eis porque a poesia de um José Craveirinha é exemplar, e serve para todos (em Moçambique, ou alhures, sempre que uma cultura especificamente “crioula” se não formou de abandonada às ondas do Atlântico) se medirem a si mesmos, no que são ou no que pretendem ser. Mas — há que subli­nhar — não vejamos neste “exemplar” nada de apenas con­tingente (ou muito pouco só poderemos ver), apenas sinal importante de um estádio evolutivo que nos cumpriria olhar com paternal condescendência, porque receberia o seu valor de circunstâncias extrínsecas, e ficará, mais tarde, na histó­ria literária, como curiosa transição a registar de passagem, indicação de épocas pretéritas de um peculiar desenvol­vimento literário-cultural. Nós não sabemos nunca, hoje, o que serão as histórias literárias de amanhã, embora saiba­mos por quanto tempo tais escritos guardam e repetem prin­cipalmente a estupidez que as precedeu. Além de que todas as personalidades — ou não existem senão corno fantasmas do que o seu próprio tempo se imagina — são de transição entre o que havia antes delas e o que se lhes segue, se vistas forem na falsa perspectiva de tempos que se projectem em retrospecto. O “exemplar” estaria no que sejam fórmulas superficiais e imediatas e saltam primeiro aos olhos de críticos e não-críticos: mas, na verdade, está em algo mais secreto e que é menos uma herança recebida do passado que de uma aguda consciência do presente. Isto — longe de nós tal ideia — não é insinuar que certa revolta radique mais no “político” que no “mitológico”, quando só do choque dos dois senti­dos é que a revolta brota. Mas é recordar que Goethe dizia que tudo era poesia de circunstância, e só as circunstâncias dariam sempre os melhores poemas que as ultrapassariam. Assim, se entenderá mais exactamente o que aquele “exem­plar” significa.

Mas há mais. Quem falou com José Craveirinha, ou conse­guiu que ele dissesse, falando, mais do que o sorriso em que menos esconde timidez do que a desiludida amargura de que o entendam como ele se vê; e quem o tenha lido, sentindo nas entrelinhas dos versos, no ritmo quebrado em que às vezes se prolongam para lá de um seguro limite, no choque entre o literário e o não-literário, no ranger de expressões que se endurecem como um desafio a uma língua que não se adap­tou aos gestos circulares de outros estilos de pensar, e no crispar-se da linguagem em contrastes como de arranha-céus ao lado de aldeias do caniço, sentindo nisso tudo aquela terrível consciência do que Fontenelle, ao morrer dizia que sentia (“uma dificuldade de ser”) — esse saberá que a poesia não se faz só de elegâncias mas de entrechoques, nem só de calculados ritmos mas quebra deles, e, sobretudo, terá de reflectir, no nosso tempo, a consciência dividida daquela pre­cária unidade a que, se nos doemos de sermos confinados, seria a que, em qualquer caso, teríamos, por não desejarmos honestamente outra.

Poesia “negra”? Poesia “africana”? Por certo que sim a dele é. Mas tocada — ao revés do que pareça — de uma iró­nica e discreta melancolia, de uma sensualidade calma e distendida, de um contemplar de límpidos horizontes, de uma dorida tristeza de ser-se por destino voz, quando a vida pode­ria viver-se num amável e carinhoso silêncio de gestos e de olhares. Talvez que, profundamente, e como contrapartida de uma primigénia e espontânea alegria de viver, isto seja a África, mais do que o imediato do aparente exótico ou da memória ou a experiência de séculos de terrores vividos. Mas, sem dúvida, é — acima de tudo — aquela nobreza da poesia ante que a crítica se envergonha dos seus juízos, como a humanidade deveria envergonhar-se de apenas sê-lo às horas em que não trafica consigo mesma.

 

Santa Barbara, Califórnia, 25 de Outubro de 1972

In: Poesia e cultura. Porto, Caixotim, 2005 p. 165-169

 

Jorge de Sena x Fernando Luso Soares

É frequente encontrar-se a expressão “espírito polêmico” associada à personalidade de Jorge de Sena. No entanto, não se conhece polêmica que ele efetivamente tenha alimentado. O que poderíamos chamar de uma “quase-polêmica” surge nos textos abaixo transcritos, estampados no Jornal do Fundão em 14 de novembro, 12 e 19 de dezembro de 1971, gentilmente enviados por nosso amigo e colaborador João Tiago Pedroso de Lima.

 

Mercouri, Autobiography

Tudo começa com o longo artigo do escritor e advogado Fernando Luso Soares (1924-2004) a deslouvar com veemência o poema “Paráfrase de Melina Mercouri”, pouco antes publicado noutro jornal, e datado de 24/9/1971, cujos 6 versos transcreve na íntegra. Ressalte-se que Sena apenas responde brevemente ao signatário, sobejamente conhecido pela “reflexão sobre o materialismo dialético aplicado à estética”, pela “vinculação ideológica como categoria inerente a toda a renovação e opção
artística” e pela defesa, na esfera jurídica, de réus perseguidos pela PIDE.

 

No dia 19/12/1971, sob o título de “Jorge de Sena ao ataque”, o Diário de Lisboa reproduz o substancial da resposta de Jorge de Sena (de “É uma total mentira…”  até  “…já dissera certeiramente o resto”), precedida da seguinte apresentação: “Transcrevemos, com a devida vénia, parte da carta enviada ao Jornal do Fundão (de 12 do corrente), por Jorge de Sena, em resposta a uma crítica de Fernando Luso Soares publicada naquele jornal e que versava um poema basto rebarbativo feito publicar no Diário de Notícias pelo conhecido poeta, ensaísta e professor.”  Ao final, apenas este comentário, sem qualquer assinatura: “Assobiamos pelo facto de Jorge de Sena ter como seu documento de identidade um passaporte brasileiro”.

 

Hoje integrando a coletânea Quarenta Anos de Servidão, o poema vem acompanhado de uma nota cujo teor não seria do conhecimento do articulista: “Explosão provocada por o governo grego ter retirado a nacionalidade a essa atriz que ele muito estimava e alusão à frase-reacção dela. Em carta de 30/9/71 a Luís Amaro o Autor dizia: Não será um elegante epigrama, mas é muito verdadeiro, qualidade de louvar em epigramas, segundo as melhores poéticas“. Nessa mesma carta dizia pertencer o poema a Dedicácias — livro editado postumamente, que reúne poesia seniana “de escárnio e maldizer”.

 

Não se sabe se logo chegou ao conhecimento de Luso Soares o poema escrito um mês depois de “encerrado o assunto” nas páginas do jornal beirão… Trata-se do sirventês “Nota a uma paráfrase”, datada de 20/1/1972, que, decerto, faz com que seja de Jorge de Sena a última palavra sobre o caso.

 

Esclareça-se: uma coisa é literatura

comprometida ou não, e uma outra coisa

é literocambada, ou seja uma pandilha

ou várias assaltando à naifa e gritos

de a bolsa ou a vida. Inútil é fingirem

que são das letras ou qualquer política:

vieram para elas, baba da afluência, 

por não haver já viela onde as facadas rendam. 

 

UM  POEMA  DE  JORGE  DE  SENA [1]

(para esquecer)

A página literária do «Diário de Notícias» da última quinta-feira (dia 4 p.p.) publicou três «Poemas de Viagem», de Jorge de Sena, entre eles um que se intitula “Paráfrase de Melina Mercouri”, e que diz assim:

 

Nasci português e morrerei português
ainda que mude de nacionalidade vinte vezes.

A líterocambada lusitana
nasceu portuguêsmente pulha
e portuguêsmente pulha há-de morrer
seja qual fôr o ismo a que pertença.

Trata-se evidentemente de um «poema circunstâncial», no sentido que a esta expressão empresta Jorge de Sena em «Isto não é um prefácio» (de Peregrinatio ad loca infecta) integrado — como aliás resulta da aludida página literária — na futura continuação do seu diário poético. Tais poemas assim o afirmou expressamente Jorge de Sena naquele prefácio-não-prefácio, nascem «suscitados por e contra aconte­cimentos notórios, ou no terem tomado alguns escritores como pretexto de existirem». Ora resulta por demais evidente que aquela «paráfrase» foi provocada por qualquer facto, por um evento capaz, em termos impróprios do timbre comum e habitual da poesia do autor de Coroa de Terra, de ter sublevado tão agressivamente aquele seu ânimo olímpico a que nos habituou. Não se encontra, neste poema agora posto em causa, a fria finura cerebral que uma vez lhe detectou Hernâni Cidade. E ocorre perguntar se a verdadeira poesia deve descer à representação ofensiva de um pensamento, seja ele qual for. Porque é na verdade pena vermos o autor desse magnífico exemplo de patética ironia, como é o caso de O Indesejado, poética aventura de D. António, prior do Crato, descer a um tipo de prosaísmo o mais dogmático (até pela sua generalização) e o menos poético (até pela sua agressividade), não menos dogmático aliás do que todos os dogmatismos que sempre, tanto e tão acertadamente Jorge de Sena viera a impugnar. Para um poeta, dramaturgo e ficcionista de uma ironia com tão alta craveira, como é da sua constante experiência, esta “Paráfrase de Melina Mercouri” é na verdade um acidente (ou incidente). Para esquecer, já que até traduz, por excepção em Jorge de Sena, aquela incapacidade de ironia que, na esfera mental superior, carac­terizava o sindroma provinciano de que nos falou Fernando Pessoa. Contra o seu hábito de um alto nível de linguagem, de inquietação filosófica, de reflexão íntima, tudo numa sim­biose tensa para o seu constante «combate pela consciência livre» — esse combate a que António Ramos Rosa tão lucidamente aludiu um dia [2] —ao ler esta «paráfrase» (lamen­tável) não podemos deixar de lhe sentir um terrível con­traste, por exemplo, com aquele seu belíssimo poema, inti­tulado «Crisma»[3], onde o poeta ainda se não deixara arrastar pelo ódio: «…venham árvores e árvores sem que o ódio cante…»

Não creio que o «eu» prepo­tente, irritante pela sobranceria, pelo orgulho e pela causticidade, sejam só a mera aparência que pretendeu Eduardo Lourenço em “Jorge de Sena e o Demoníaco”[4]. O facto de viver à distância geográfica de nós despontou-lhe em grande esses defeitos, cer­tamente de raiz. É ver como no seu ensaio sobre “Sistemas e Correntes Críticas” — escrito em Madison, 1966, e publicado nos nos 38-39 de «O Tempo e o Modo» (de outro tempo e de outro modo)[5] — ele dizia que «se não entende, e muitas vezes com razão, por que são estimados e considerados tão grandes alguns escritores cuja celebridade é intraduzível para fora de uma linha que vai de Melgaço a Vila Real de Santo António, passando pelo Chiado e o Bairro Alto».

Viver lá fora, especialmente sendo catedrático (mesmo em Madison, Wisconsin, U. S. A.) causa às vezes destas enfermagens, desvios de um cosmopoli­tismo autêntico. Lá que a sua Peregrinatio faça parte da ma­nia portuguesa de viajar e de relatar as demandas feitas nos espaços e nos costumes, isso não está mal! O que não está certo é o seu sorrir (que é pior do que rir) daqueles que segundo ele não são suficiente­mente universalizados e viaja­dos.

Não há dúvida que nos remon­ta, ao tempo (triunfante) da contra-reforma, a irresistível tendência dos nossos ancestros se haverem ensimesmados, re­cusando na base as solicitações de fora. O estrangeiro passou a parecer-nos então o Diabo, e a cultura para lá da Península desenhou-se-nos à vista como o caminho do Inferno. E, certa­mente a partir disto mesmo, nós teríamos passado a venerar, com o mais desvelado respeito, aque­les que se fazem às partidas do Mundo e andam por lá a beber do fino-cultural. À admiração provincianoide dos grandes cen­tros lá de fora, e das grandes personalidades estrangeiras (co­rolário de um desdenho risadinho do que nos mexe portas a dentro do ventre lusitano) o por­tuguês até o mais do que médio na consciência de ser — venera o que está longe ou o que lhe vem à distância. É melhor o treina­dor que vem futebolizar da In­glaterra, da Hungria ou do Bra­sil; está melhor apetrechado o técnico que, evidentemente, es­tagiou na Suiça; é muito mais génio, enfim, o escritor que vive em Paris, em Londres, ou em Madison, e que já um dia teve a dita de ver (como Jorge de Sena viu) as lágrimas de uma Edith Sitwell [6] quando um crítico lhe comemorou as décadas com um artigo sobre Graves [7] (efemérides que os escritores que por cá ficam no Chiado e nas redacções do Bairro Alto não podem, òbviamente, partilhar para a sua grandeza). É, como se vê, uma coisa quase teoló­gica: os deuses também não se­riam tão adorados se o poeta os não tivesse colocado no Olimpo!

Mas a que propósito vêm es­tas minhas últimas palavras?… Naturalmente, do seguinte: que, indo nós falar de «ismos» e «partidarismos» — como tema mesmo assim aproveitável em função da “Paráfrase de Melina Mercouri”— e tendo eu a mais sincera admiração pela obra literária de Jorge de Sena, não quero incorrer naquela que con­sidero a pior forma do sectarismo, ou seja, a circun-navegação em torno de um patrono, de um ser intocável, de um tabu. Eis-nos com um espírito brilhante, decerto, mas de uma arrogância perfeitamente intole­rável, aquele singular misto de inteligência (cativante, sem dú­vida) e de sobranceria (irritan­te, sem menor dúvida) que uma noite, quando ele perorava nas Belas Artes me fez ganhar a rua em poucos minutos. Nunca tinha ouvido Jorge de Sena, e por isso lá fui. Porém, fugi ao sentir-me incomodado: tive a im­pressão de que, esperando ir ou­vir simplesmente um pregador de cultura, me tinha saído na rifa o próprio deus da mesma. Falemos, entretanto e antes, da ideia que está no centro deste poema o qual, paradoxalmente, considerando-o para esquecer, me está no entanto a provocar este texto.

No pseudo-irónico, despoèticamente agressivo e, por tudo isso, bem lamentável poema, referem-se dois tipos de «nascimento», o primeiro dos quais é certamen­te um privilégio quase divino, e o segundo um demérito irreme­diável. Explicando melhor, direi: enquanto Jorge de Sena diz que nasceu com o dom de ficar, mes­mo mudando juridicamente de nacionalidade umas vinte vezes, tão português como João das Re­gras ou Luís Vaz de Camões, a por ele deselegantemente dita «lítero-cambada lusitana» nasce portuguêsmente pulha e portuguêsmente pulha há-de morrer seja qual for o «ismo» a que pertença.

Além do mais, neste caso até mesmo pela sua perigosa am­biguidade, a “Paráfrase de Me­lina Mercouri” é um Poema pouco corajoso. Já agora teria sido melhor atirar a um alvo mais concreto, não se enfie a cara­puça nalguma cabeça enganada. Quais os «ismos» que não reme­deiam? Todos?!… Então quais os da cambada irremediável?… Ou Jorge de Sena haverá sen­tido em si o receio de particu­larizar ou concretizar demais? E eu (que nada tenho a ver com o problema, excepto a re­volta que senti ao ler tal «pa­ráfrase», experimentando uma veemente necessidade de apos­trofar este triste desvio, mar­cado pelo ódio, e arrepiado de uma obra com alta dignidade) — eu, repito, só venho a capí­tulo para aproveitar, de cartas na mesa, a oportunidade de uma reflexão que me parece útil.

Normalmente, os escritores não constituem uma cambada. Nem é bonito que um escritor chame isso a outros. Poderá ser que os considere medíocres ou talentosos, e então até é justo que o diga (tanto mais sendo crítico). Cambada, e em forma de poema, isso não!… Porque, nesta emergência, fica patente­mente claro que há um ódiozinho, um despeitozinho, ou um ciumezinho subjacente — e Jor­ge de Sena tem categoria lite­rária de sobra para suportar quaisquer subjacências, mesmo na sua cave moral.

Na hipótese da “Paráfrase de Melina Mercouri” constituir, em última análise, um poema con­tra os «ismos», então — além de mau — ele falha redondamente. Todavia, antes de irmos adiante, e interrogando-me sobre quais os «ismos» em que Jorge de Se­na pensava como não-redentores da lítero-cambada, no momen­to de fazer o seu poema, parece que não acomete nem contra o «ismo» supra-realismo, ao qual ficou umbilicalmente ligado des­de os «Cadernos de Poesia», nem contra todos os outros «is­mos» decorrentes do persona­lismo, nos quais se cascatam as torrentes poéticas que pro­vêm do romantismo, em nega­ção cada vez maior de todas as pressões exercidas por va­lores que não sejam os resul­tantes de um «eu» libérrimo. O título completo da «paráfrase» posta em causa indica, muito presumivelmente, o «ismo» que Jorge de Sena sorrateiramente pretende atingir. Com isso ele serve, afinal, a teoria burguesa da literatura, que considera ten­denciosa toda a atitude literária cujo fundamento e fim de classe se mostra hostil à direcção so­cial dominante. Sem dúvida, aceito que o crítico nunca deve impôr a sua formação ideoló­gica, nem deve ser directamente um tribuno de juízos políticos. É exacto o que diz Jorge de Sena no seu ensaio “Sobre o Realismo de Shakespeare”[8]: «…quan­do determinados críticos (que fazem da sua crítica literária tribuna de juízos políticos) acu­sam alguém de estar «desvin­culado da realidade», o que ape­nas importa é saber se a pes­soa em questão não estará só desvinculada de uma obediência partidária que não é a sua».

Esta passagem, vinda de ser transcrita, faz até lembrar o poema de Herwegh [9], dedicado a Freiligrath [10], que reza assim:

 

Uma espada em vossa mão seja a poesia.
Escolhe um partido, e estarei satisfeito,
ainda que seja outro diferente do meu.

 

O curioso é que Jorge de Sena tem o partidarismo extremo de ser uma pessoa apartidária. Esse é, aliás, um fenómeno fa­tal para todos os que têm pre­tendido o mesmo «anti-ismo» em geral. A própria teoria da «im­passibilidade», de Flaubert, que provém da teoria kantiana do desinteresse, o romancista fran­cês a contraditou na sua obra. Veja-se, em exemplo, a forma de ironia com que se lhe represen­ta nos textos o mundo burguês. Porque a desvinculação abso­luta é uma pose-falsa que só serve para enganar os beócios. O próprio Sena reconhece, no referido ensaio “Sobre o Realis­mo de Shakespeare”, que «a rea­lidade depende, sem dúvida, da visão filosófica que tenhamos dela». Com efeito, os mais altos expoentes da arte, desde Dante a Camões, de Shakespeare a Brecht, de Miguel Angelo a Pi­casso, não teriam sido possíveis se se excluísse do trabalho ar­tístico a conceitualidade. Na ar­te, é imprescindível não esque­cer isto, as concepções do mun­do (universais, gerais por estru­tura) aparecerão sempre supe­radas pela categoria da parti­cularidade; porém, tal não sig­nifica que esta não constitua, precisamente, uma tomada de posição. Se o conceito e a ideo­logia não são directamente o objecto do trabalho artístico, constituem no entanto o factor direccional de uma vida cons­ciente, em situações concretas de homens concretos. Pois po­deria um poeta, vivendo no res­pectivo tempo, ser apartidário na polémica geocentrismo-hélio- centrismo, perante as então no­vas concepções de Copérnico? Ou de Darwin, sobre a querela criação-evolução? E poderá sê-lo diante da ruptura que representa Marx e a sua filosofia de transformação (isto é, não meramente interpretativa)? Pois coisa curiosa: falando preci­samente da atitude artística que conduz à composição poética dos idílios, demonstrou Schiller que o simples fato de se escolher esta matéria já implica uma to­mada de posição crítica em face do real, e assim o idílio (como forma) contém em si mesmo um partidarismo.

Um «ismo» é sempre, portan­to, uma tomada de posição, que não pode deixar de existir mes­mo na arte. A arte não repre­senta nenhum facto ou relação fora do seu partidarismo, e este manifesta-se na representação de cada detalhe, pois de outro modo não existirá o próprio fac­to artístico. Conceber a realidade (que a arte reproduz) como sen­do um mero fragmento desvin­culado, mais ou menos casual, espontâneo no sentido de gra­tuito, vale o rebaixar a zero o carácter dialéctico do reflexo respectivo, valendo esse zero o nível de uma simiesca imitação. «É inevitável a tomada de po­sição na obra de arte», escreveu Lukács na sua Introdução a uma Estética Marxista: a frase de Lucano, «victrix causa diis placuit, sed victa Catoni»[11] traduz a atmosfera, a posição de mui­tas importantes obras no inte­rior das contradições antagóni­cas das sociedades de classe, mas isto não exclue, até antes confirma, a teoria de que o par­tidarismo das obras de arte é sempre inevitável.

Terei descarrilado, sem pro­pósito, de tema-objecto do poe­ma de Jorge de Sena que me moveu a estas linhas? Concordo com a ideia do ensaísta de “Sis­tema e Correntes Críticas”, de que «só escrevem segundo uma ‘ortodoxia’ estreita, aqueles que são incapazes de pensar e de vi­ver por si mesmos aquilo mes­mo a que aderiram». Mas será que a «cambada literária» se constitui só por um complexo de escritores de determinado «ismo» ortodoxamente sustentado — ou será antes que esta coisa do «seja qual for o ismo a que per­tença» não passa de um disfarce (que portanto estivemos aqui a falar para o vento), e que a cambada é alguém que desa­gradou, ou alguns que desagra­daram, ao tom de Magnífico Rei­tor de letras que o catedrático lá de Madison não gosta que lhe venham conspurcar?

FERNANDO LUSO SOARES

 

  

JORGE  DE  SENA

(catedrático da Universidade da Califórnia e não da de Wisconsin)

responde a uma Crítica de F. Luso Soares [12]

Do poeta, ensaísta e professor Jorge de Sena recebemos a carta que segue:

 

Ex.mo Senhor

Acaba de chegar-me às mãos um recorte do artigo a meu respeito, impresso no jornal de V. Excia em 14 do corrente mês, e assinado pelo Snr. Fernando Luso Soares. Ao abrigo da legislação em vigor, solicito de V. Excia a publicação das seguintes linhas:

Desde 1 de Julho de 1969 que não sou catedrático da Universidade de Wisconsin, em Madison, Wisconsin, mas,  ao contrário do que os seus leitores são erradamente informados, da Universidade da Califórnia em Santa Bárbara, Califórnia.

Quanto ao facto de saber-se se o autor do artigo «descarrilou» ou não, conforme ele mesmo se pergunta, a resposta cabe aos leitores que não se alimentem de jogos de porta de falsa esquerda. É uma total mentira que eu não tenha tido sempre uma posição política definida, pela qual durante mais de vinte anos joguei a minha segurança e a dos meus — apenas ela (republicana e socialista) nunca se pautou pela obe­diência aos ditames de quaisquer partidos ou agrupamentos, a que nunca pertenci nem pertenço, mas com os quais nunca recuei de colaborar por vezes em circunstâncias bem graves. Há mais de trinta anos, todavia, que é parte do jogo de des­crédito contra intelectuais independentes o apresentá-los como «a-politicos», como «anti-ismos» (em literatura de favores literários, sim, que o sou), enquanto outros que notòriamente jamais arriscaram coisa alguma passam por sacrificados heróis. Tudo isto e mais, porém, faz parte da. História a ser escrita um dia, e em que me não consta, pelo conhecimento directo que tive dela, que a maior parte desses senhores tenha sido dramaturgo, encenador, actor ou figurante de peças que não chegaram a subir à cena. Se desde 1965 não tenho tido qualquer participação na política portuguesa, é porque a tal me não dá direito o passaporte brasileiro que é meu documento de identidade — mas o português que sempre fui hei-de continuar a sê-lo, quer queiram, quer não queiram. E mais não é neces­sário esclarecer, porque o meu poema em causa — como se viu — já dissera certeiramente o resto.

Passe V. Excia. muito bem, mais as vestais que se abri­garam nas suas páginas, e queira aceitar os melhores cum­primentos do

JORGE DE SENA

N. da R. – Se nos conhecesse melhor, Jorge de Sena dispensaria a invocação da lei. Como habitualmente fazemos, a sua carta sai no mesmo lugar e no mesmo tipo de crítica em causa. Quanto à resposta, Luso Soares, se quiser, que lha dê.

 

EM  FIM  DE  CENA…[13]

Do nosso colaborador Fernando Luso Soares recebemos um cartão cujo conteúdo a seguir se publica: 

Soube do meu lapso, o da transferência (em 69) do Senhor Professor Doutor Engenheiro Catedrático (americano) Jorge de Sena, de Wisconsin para Santa Bárbara, Califórnia. Peço a V. Ex.a que por este meio — ainda que tardio — felicite aquele Mestre pelo facto notável. E já agora, mercê da quadra festiva do momento, mais agradeço que também lhe transmita os meus desejos de boas festas.

Quanto àquilo que eu dizia no meu artigo, o Senhor Professor Doutor Engenheiro Catedrático (americano) Jorge de Sena evidentemente não desceu (do 3.o piso do Olimpo — o dos pavões — que o 1.o é o de Zeus e o 2.° o dos deuses de segunda) a comentar, e eu próprio acho bem. Sua Excelência não desce, e eu (pobre de mim) não subo, que me falta o fôlego. Sena é hidrogràficamente um rio de ciência e de letras. Luso não passa de uma fontícula de termas portuguesas.

 

Referencias

1Jornal do Fundão, 14.nov.1971, p. 1, 3, 13

2. “A poesia de Jorge de Sena ou o combate pela consciência livre”. In: A.R. Rosa, Poesia, Liberdade Livre, Lisboa, Moraes, 1962. p. 97-109

3. Do livro Coroa da Terra

4. Originalmente publicado na revista O Tempo e o Modo (Lisboa, abr. 1968, nº59, p. 324-31), encontra-se reproduzido em E. Lisboa, org. Estudos sobre Jorge de Sena (Lisboa, IN-CM, 1984, p. 49-590 e E.Lourenço, O Canto do Signo: Existência e Literatura (Lisboa, Presença, 1994, p. 172-79).

5. Reproduzido em J. Sena, Dialécticas Teóricas da Literatura. Lisboa, Ed. 70, 1977, p. 109-67

6. Escritora britânica (1887-1964) que Jorge de Sena visitou em Londres, com a qual se correspondeu e sobre cuja obra escreveu.

7. Robert Graves, escritor britânico (1895-1985)

8. Datado de “Araraquara, julho de 1964”, foi originalmente publicado na revista O Tempo e o Modo nº 19 (set. 1964, p. 6-26) e encontra-se reproduzido no livro J. Sena, Maquiavel, Marx e Outros Estudos (Lisboa, Cotovia, 1991, p. 71-100)

9. Georg Friedrich Rudolph Theodor Herwegh, poeta alemão (1817-1875)

10. Ferdinand Freiligrath, poeta alemão fortemente engajado em lutas políticas (1810-1876).

11. A causa vencedora agradou aos deuses, mas a vencida a Catão. (Lucano, em Farsália, I, 128). Alusão à fidelidade de Catão a Pompeu, quando este foi derrotado por César. Emprega-se para expressar apoio a uma causa, embora vencida.

12. Jornal do Fundão, 12.dez.1971, p. 13

13. Jornal do Fundão, 19.dez.1971, p. 1

 

 

A Morte do Papa

Peça em um ato

 

fotoA renúncia do Papa Bento XVI, e as muitas questões que suscitou, trouxe-nos à memória A Morte do Papa, “peça em um ato” escrita por Jorge de Sena no Brasil, em 1964, em Araraquara — tal como a peça O Império do Oriente. A propósito de ambas, comenta o autor: “Por alquimias estranhas, as peças de 1964, no Brasil escritas, foram reacção aos acontecimentos que se precipitaram em 1º de Abril desse ano”. Do mesmo contexto, é ainda a novela O Físico Prodigioso, na qual o protagonista é vítima de longo processo inquisitorial e onde se lê um “rimance […] que era uma espécie de hino da revolta geral dos povos”, cujos versos iniciais são “Morra o bispo e morra o papa,/ maila sua clerezia” e cujos finais dizem “Morra tudo, minha gente,/vivam povo e rebeldia”. Deixamos ao leitor qualquer possível ilação entre os recentes acontecimentos no Vaticano e aqueles à volta do Golpe Militar no Brasil, lá se vão quase 50 anos.

Na língua original, não conseguimos rastrear outra representação da peça A Morte do Papa senão aquela que integrou o programa do Congresso Internacional “Sinais de Jorge de Sena”, transcorrido na UNESP/Araraquara de 30 de agosto a 2 de setembro de 1998, excelentemente encenada pelo grupo amador “Memorial de Atenas”, da cidade de Matão, dirigido por Júlio César Ribeiro da Silva. Em língua inglesa, com tradução do Prof. George Monteiro, subiu ao palco na University of California/ Santa Barbara de 31 de julho a 2 de agosto de 1980, por iniciativa do então estudante Pedro de Sena, filho do dramaturgo. Gentilmente cedida pelo tradutor, aqui transcrevemos essa versão, mais tarde também publicada em Latin American Review, vol. 14 (Jan./June 1986), pages 117-25.

 

PERSONAGENS:

O MÉDICO-OFICIAL
O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO
O SOTAINA
UMA VOZ
OUTRA VOZ
VOZES

 

Numa cena totalmente obscura entra um homem, lendo um imenso jornal. Ao ritmo dos seus passos, vai-se firmando uma claridade difusa que, quando ele pára a meio do pros­cénio, o mostra. É um homem de idade indefinida, como todos os reaccionários conspícuos e acacianos, aprimorada­mente vestido de um modo que lembra 1900. Com forte emoção mergulha a cabeça no jornal que um facho de luz ilumina violentamente. Emite grunhidos de aprovação e cólera imbuída de profundas convicções. Ao fundo, à esquerda, as luzes começam a destacar um pequeno grupo. São três figuras dispostas como uma Pietá. Uma figura feminina velada tem atravessado no colo o cadáver semi-nu de um jovem cuja cabeça retém e sobre o qual se debruça, enquanto, ao lado, uma figura hierática, vestida de um modo que lembra as far­das de SS, usa lunetas e tem na mão um objecto que, ao debruçar-se para o cadáver, se vê ser um estetoscópio que aplica no peito descarnado. Ausculta com atenção profissio­nal, impassível. Endireita-se, empertiga-se e avança, agora bem iluminado, para o proscénio; dirige-se ao público, enquanto o outro homem continua même jeu.

 

O MÉDICO-OFICIAL

Minhas senhoras e meus senhores. Na qualidade de cirur­gião diplomado pelas principais universidades do Ocidente, e doutor honoris-causa por todas as outras, com excepção de algumas muito recentes fundadas em regiões tropicais para o serviço de populações inferiores pela raça e a cultura; e no cumprimento das minhas funções oficiais de necrólogo-chefe de todos os necrotérios do mesmo Ocidente que acabei de referir, cumpre-me declarar que este homem está morto, indiscutivelmente morto, apresentando o quadro completo de todos os sintomas da morte clínica e não clínica. O facto de uma mulher que passa por ser sua mãe o reter teimosamente no colo em nada altera o mesmo quadro. Está morto, quei­ram V. Excias acreditar. De resto, que um homem esteja morto, quando eu o proclamo, declaro e ratifico com a minha autorizada assinatura, não depende de coisa alguma senão da minha declaração. Se não está, estará. Se está, é claro que está. Se estaria, é um caso que só dependeria de exumação após o sepultamento, o que não pode ser feito sem a minha autorização, a qual só posso dar se a certidão de óbito ofere­cer dúvidas que não pode oferecer quando fui eu próprio quem a passou. Fiquem V. Excias bem cientes de tudo isto, para a hipótese de se encontrarem na mesma situação, (pausa) A causa mortis… é perfeitamente clara. Colapso cardíaco subsequente à aplicação de uma sentença que foi aplicada por ser justa e foi justa por ser aplicada. O corpo apresenta equimoses suspeitas, sem dúvida. Mas é meu dever que fique claro o seguinte: os homens nunca morrem das equimoses ou dos derrames internos que uma sentença provoque, ou que a pesquisa da verdade e da culpa obrigue a empregar. Morrem sempre de colapso cardíaco, uma vez que, em dadas e reco­nhecidas circunstâncias, o coração pára. Foi o que aconteceu com este e acontecerá com todos vocês. Perdão, acontecerá com Vossas Senhorias.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

(emergindo do jornal) E exactamente o que diz aqui. Exactissimamente. A morte de um homem culpado de agitar a paz social e a ordem pública é sempre, clinicamente falando e anatomopatologicamente falando, um colapso cardíaco.

 

O MÉDICO-OFICIAL

(que pasmou da interrupção, abre-se num sorriso, aproxima-se do outro, e mergulha com ele a cabeça no jornal) Ah, esse jornal é muito bom, não há melhor jornal, eu mesmo sou o conselheiro de assuntos médico-policiais… (a luz apaga-se sobre a Pietá)

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

(emergindo por sua vez — e daqui em diante alternada­mente emergem do jornal) Mas como?! Tenho então o subido prazer, a esplêndida satisfação de falar com…

 

O MÉDICO-OFICIAL

Eu mesmo! Eu mesmo! Eu mesmo!

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

E eu que sempre aguardava uma oportunidade de conhe­cer o senhor! Porque, permita-me que me apresente, eu sou… oh… perdoe a imodéstia… eu sou o director do…

 

O MÉDICO-OFICIAL

Mas, preclaríssimo doutor, eminentíssimo defensor das mais sagradas causas comuns e não comuns às pátrias dignas desse nome, o senhor é…

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

(com ares de virgem pudica) Sou o director desta singela folha independente, e guardiã indefectível das liberdades democráticas e outras, e defensora de todas as grandes causas de libertação nacional, e impoluto e resoluto baluarte de todas as tradições e de todos os direitos legitimamente con­signados na Constituição escrita e naquela que, não sendo escrita, está todavia inscrita nos nossos corações de velhos patriotas. Porque, meu ilustre clínico…

 

O MÉDICO-OFICIAL

Necrólogo, necrólogo-mor.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Porque, meu ilustre clínico…

 

O MÉDICO-OFICIAL

Necrólogo, necrólogo-mor.

 

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Mor. Porque…

 

 

O MÉDICO-OFICIAL

(interrompendo) Porque não é patriota quem quer, mas quem pode.

 

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Porque o patriotismo é um direito, não é um dever.

 

 

O MÉDICO-OFICIAL

Um dever herdado, um dever legado, um dever comprado, um dever adquirido…

 

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Por séculos e séculos de sangue transmitido…

 

 

O MÉDICO-OFICIAL

Derramado…

 

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Sugado…

 

 

O MÉDICO-OFICIAL

Ou recebido em transfusão de origem rigorosamente garantida.

 

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Como o doutor saberá melhor do que eu, os doutores ca… cariotas…

 

 

O MÉDICO-OFICIAL

Ca… quê?

 

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Perdão, cairotas.

 

O MÉDICO-OFICIAL

Cai… quê?

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Os doutores cairotas…

 

O MÉDICO-OFICIAL

Não é possível! Não existe essa especialidade em medicina!

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Em medicina?! Cairotas, do Cairo.

 

O MÉDICO-OFICIAL

De onde?

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Do Cairo, a capital do Egipto.

 

O MÉDICO-OFICIAL

Ah, do Egipto. No Egipto há médicos. Uma vez, num congresso da minha especialidade, até encontrei um, excelente sujeito, muito entendido em colapsos cardíacos. Não sei se ele seria…

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Cairota.

 

O MÉDICO-OFICIAL

Isso, cariota.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Ou isso. Pois lá os doutores da lei, os sábios do Corão, decretaram que, nas transfusões de sangue, não é possível a um crente receber sangue de um ateu, materialista, comunista. Não acha uma medida genial? Que garantia temos nós de que ideologias perniciosas não dependem da constituição do san­gue? Os meus cavalos de corrida são de sangue puro, por isso correm bem. Um sangue impuro é indubitavelmente uma fonte de distúrbios sociais.

 

O MÉDICO-OFICIAL

Muito provavelmente. O senhor director é um homem de ideias sanguíneas corajosas.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Digo mais ao senhor: é uma vergonha, um sinal da depravação dos tempos, e de como as ideologias perniciosas separam os fundamentos de toda a ordem constituída que defendemos, é uma vergonha, repito, que o Papa não tenha decretado uma coisa semelhante. E muito antes, muito antes. Porque, repare, a Santa Igreja é mais velha seiscentos anos que Maomé. Logo…

 

O MÉDICO-OFICIAL

Logo…

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Logo.

 

O MÉDICO-OFICIAL

Logo. (ao fundo, à direita, começa a divisar-se um trono papal em que um papa quase desaparece atrás de uma flo­resta de microfones, lâmpadas de televisão, etc. — da floresta emerge uma figura de sotaina negra que avança para o pros­cénio iluminado e se dirige ao público)

 

O SOTAINA

Meus amados irmãos. Reunidos que estamos, nesta sala, enquanto o Santo Padre fala ao mundo levando a palavra divina a todos os recantos da Terra, lembrando a todos os homens que são irmãos e que a justiça é a mesma para todos na Terra e no Céu, convenhamos em que o Santo Padre, na sua infinita bondade, na doçura do seu coração amantíssimo, exagera. Sim, meus queridos irmãos, exagera. Melhor dizendo: não exagera… O Santo Padre não nota que falar numa sala a duas dúzias de peregrinos ou no gabinete a meia dúzia de bispos não é o mesmo que deixar-se cercar por aqueles objectos que não discriminam quem os ouve, quando repe­tem, por toda a parte, coisas que o bom povo, o povo humilde, o povo simples, não pode, na sua pura simplicidade, entender. Falar assim é agitar as almas, e não salvá-las.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

(emergindo do jornal) É exactamente o que diz aqui. Exactissimamente. Não podem os pastores assustar os reba­nhos com ideias impróprias de rebanhos. Um Papa que fala a todos naquilo que todos não podem nem devem ter… é…

 

O SOTAINA

(mesmo jogo do médico em idêntica situação) Ah! esse jornal é muito bom, não há melhor jornal, eu mesmo sou conselheiro de assuntos religiosos… (a luz apaga-se sobre a cena do trono e dos microfones)

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Mas como? Tenho o subido prazer, a esplêndida satisfação de falar com…

 

O SOTAINA

(humilde, esfregando as mãos) Eu mesmo… eu mesmo… eu mesmo.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

E eu que sempre aguardava uma oportunidade de conhe­cer Vossa Reverência. Porque, permita que me apresente, eu sou… Oh… perdoe a imodéstia… eu sou o director do…

 

O SOTAINA

Do jornal que tem nas mãos. Que reconheço como defen­sor das mais sagradas causas da moralidade pública e privada, em todos os planos da ordem. E não digo ordem social por­que, a partir do momento em que, da palavra «social» deri­varam o socialismo, ela perdeu todo o conteúdo autêntico. De resto a ordem é só uma, una e indivisível.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Tem Vossa Reverência a máxima, a verdadeira, a única razão. Felizmente que ainda há, dentro das sotainas, quem defenda os bons princípios que, desgraçadamente, já não são defendidos do alto da sédia gestatória.

 

O SOTAINA

Oh, meu caríssimo e venerando irmão!… a sédia gestatória é só uma cadeira, e, para mais, uma cadeira usada só em cer­tas ocasiões solenes, e carregada às costas de uns quantos sujeitos.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Porque os princípios da nossa civilização são anteriores a ela, anteriores a nós, anteriores a tudo! E uma cadeira… Ah! meu Reverendo, que tremendo erro o Papa ser eleito! As eleições são a expressão da nossa representatividade de representativos da ordem representada pelos representantes que somos. Quem as ferir com um sopro ofende os mais sagrados dos nossos princípios. Mas, aqui entre nós, a cadeira papal devia ser hereditária.

 

O SOTAINA

Como?!

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Hereditária.

 

O SOTAINA

Mas como?!

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

É… na verdade, é uma problema. Mas será um problema? Sim, ante a necessidade de se impedir que a infiltração comunista atinja a própria eleição do Papa, será que esse problema importa? (ouve-se um tiro, o palco é subitamente invadido por um tumulto de repórteres, fotógrafos, ouve-se um clamor confuso, a iluminação é total para uma confusão que envolve as três figuras do proscénio)

 

UMA VOZ

Mataram o Papa!

 

OUTRA VOZ

O quê?

 

VOZES

Mataram o Papa!

 

UMA VOZ

Com três tiros, quando, após discursar urbi et orbi, pas­sava na sédia gestatória. (as luzes apagam-se de repente, para logo se acenderem para o proscénio com as três figuras de antes)

 

O SOTAINA

(ajoelhado e de mãos postas, olhos em alvo, um doce sorriso) Deus escreve direito por linhas tortas…

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

(lendo) É exactamente o que diz aqui. Exactissimamente (pausa) Mas… de que morreu o Papa?

 

O MÉDICO-OFICIAL

(procurando no jornal) Eu disse, eu disse. De colapso cardíaco.

 

O REACCIONÁRIO CONSPÍCUO

Colapso? (sorriso malicioso para os outros dois) Foram os comunistas.

 

(AS LUZES APAGAM-SE)

Araraquara, 1964
* JS, Mater Imperialis (Teatro), Lisboa, Ed. 70, 1990 p. 45-56

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THE POPE’S DEATH

JORGE DE SENA

Translated by George Monteiro

 

The resignation of Pope Benedict XVI, and the many questions it raises, brings to memory The Pope’s Death, “one-act play” written by Jorge de Sena in Brazil in 1964, in Araraquara – such as the piece The Empire of the East. Regarding both, the author says: “For strange alchemy, the plays from 1964, written in Brazil, were reacting to the events that precipitated on April 1 this year.” In the same context, there is also the novel The Wondrous Physician, in which the protagonist is a victim of a long inquisitorial process and where it reads a “rimance […] that was a sort of anthem of the revolt of the people,” whose opening lines are “die the bishop and die the pope, / goddamned his clergy”, and ends “die everything, my folk / live the people and rebelliousness.” We reserve to the reader any possible inference from the recent events at the Vatican and those around the military coup in Brazil, almost 50 years ago.

In the original language, we can only track a sole staging of The Death of the Pope: one that was part of the program of the International Congress “Signs of Jorge de Sena,” passed at UNESP / Araraquara from August 30 to September 2, 1998, excellently performed by amateur group “Memorial of Athens” from the city of Matão, directed by Júlio César Ribeiro da Silva. In English, with translation of Prof. George Monteiro, the play took the stage at the University of California / Santa Barbara from July 31 to August 2, 1980, by initiative of the then student Pedro Sena, son of the playwright. Kindly provided by the translator, here we transcribe this version, later also published in Latin American Review, vol. 14 (Jan. / June 1986), pages 117-25.
 

Characters

The Medical Examiner

The Die-hard Reactionary

The Man of the Cloth

A Voice

Another Voice

Voices

 

Onto a totally darkened set enters a man, reading an immense newspaper. To the rhythm of his steps a diffusing clarity increasingly focuses, which, when he stops at the center of the proscenium, spotlights him. He is of indefinite age as are all conspicuous and sententious reactionaries, perfectly dressed in a style harking back to 1900. With great emotion he plunges into the newspaper, which a splash of light illumines harshly. He emits grunts of approval and anger imbued with the profoundest convictions. At the back, and to the left, the lights begin to focus on a small group: three figures deployed as in a Pietà. A veiled female figure has across her lap the semi-nude body of a young man whose head she holds and over which she bends while, to one side, a hieratic figure, dressed in a fashion that recalls an SS uniform, wears pince-nez and has in hand an object that, at his bending toward the cadaver, is seen to be a stethoscope, which he applies to its bony chest, listening with professional, im­passive attention. The figure straightens up, stiffens and advances, now well in the light, toward the proscenium; it directs itself to the audience, while the other man continues même jeu.

 

THE MEDICAL EXAMINER

Ladies and gentlemen. In my capacity as a surgeon whose degrees have been conferred by the principal universities in the West, and who has been made doctor honoris-causa by all the others, except for some recently founded in the tropics to serve populations that are racially and culturally inferior; and in the fulfillment of my official duties as chief coroner for all the morgues of that same West I have just referred to, it behooves me to declare that this man is dead, unarguably dead, offering a complete picture of all the symptoms of clinical and nonclinical death. The fact that a woman who passes for his mother stubbornly holds him in her lap in no way alters this picture. He is dead; your Excellencies may well believe it. Besides, that a man is dead, when I so proclaim it—declare and ratify over my authorized signature—depends on nothing other than my declaration. If he is not, he will be. If he is, it’s clear that he is. If he was, it is a case that would depend only on exhumation after burial, an action that cannot be taken without my authorization, which authorization I can give only if the death certificate indicates doubts that it cannot indicate when it was I personally who issued it. Your Excellencies must become well aware of all this, since hypothetically you may find yourself in the same situation. (pause) The causa mortis… is perfectly clear. Cardiac failure subsequent to the passing of a sentence which was passed because it was just and which was just because it was passed. That the body shows, suspiciously, some bruises, cannot be denied. But it is my duty to establish clearly the following: men never die from the bruises or from the internal bleeding that may result from a sentencing, or that the search for truth and guilt may necessitate. Men always die of cardiac failure, seeing that in certain and well-known circumstances, the heart stops. That’s what happened with this fellow and that is what will happen to all of you. Forgive me, that is what will happen to your Excellencies.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

(emerging from the newspaper) That is exactly what it says here. Exactly right. The death of a man guilty of disturbing the peace and disrupting civic order is always, speaking in clinical, anatomical, and pathological terms, a cardiac failure.

 

THE MEDICAL EXAMINER

(astonished at the interruption, breaks out into a smile, moves closer to the other man, and joins him, head down in the newspaper, saying) Ah, that newspaper is very good; there is no better paper. I myself am its consultant on matters of criminal medicine… (the light on the Pietà goes out)

(emerging in turn —from now on they will alternate in emerging from the newspaper) What’s this! Do I have the sublime pleasure, the splendid satisfaction of speaking with…

 

THE MEDICAL EXAMINER

The very person! The very person! The very person!

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

And I who have always hoped to have the opportunity, Sir, to know you! Because, permit me to introduce myself, I am—oh—forgive my immodesty—I am the editor of…

 

THE MEDICAL EXAMINER

But, my most noble doctor, very most eminent defender of the most sacred causes, common and not so common, to countries worthy of the name, you, Sir, are…

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

(with the air of a modest virgin) I am the editor of this plain independent page, and the infallible guardian of democratic freedom and other liberties, and the defender of all the great causes of national liberation, and the stainless and resolute bulwark of all the traditions and of all the rights legitimately granted by the written constitution as well as by the one that, although unwrit­ten, is ever inscribed in our old and patriotic hearts. Because, my illustrious clinician…

 

THE MEDICAL EXAMINER

Necrologist, grand necrologist.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Because, my illustrious clinician…

 

THE MEDICAL EXAMINER

Necrologist, grand necrologist.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Grand. Because…

 

THE MEDICAL EXAMINER

(interrupting) Because a patriot is not the one who wants to be but the one who can.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Because patriotism is a right, not a duty.

 

THE MEDICAL EXAMINER

A duty that is inherited, a duty that is a legacy, a duty that is purchased, a duty that is acquired…

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

By blood, transmitted over centuries and centuries…

 

THE MEDICAL EXAMINER

Spilled…

 

THE MEDICAL EXAMINER

Or received through transfusions of strictly certified pedigree…

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Since the good doctor must know better than I, the doctors, the ca… cariotists

 

THE MEDICAL EXAMINER

Ca… what?

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Forgive me, Cairene.

 

THE MEDICAL EXAMINER

Cai… what?

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

The Cairene doctors…

 

THE MEDICAL EXAMINER

It is not possible! There is no such specialty in medicine!

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

In medicine? Cairene, from Cairo.

 

THE MEDICAL EXAMINER

From where?

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

From Cairo, the capital of Egypt.

 

THE MEDICAL EXAMINER

Ah, from Egypt. In Egypt there are doctors. Once, at a congress devoted to my specialty, I even found one, an excellent fellow, well-versed in cardiac failures. I do not know if he would be…

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Cairene.

 

THE MEDICAL EXAMINER

Yes, a cariotist.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Yes, that. Well there the doctors of law, scholars of the Koran, have decreed that in blood transfusions it is not possible for a believer to receive the blood of an atheist, a materialist, a communist. Do you not find this to be an ingenious measure? What guarantee do we have that pernicious ideologies are not dependent on the makeup of the blood? My racehorses are thoroughbreds, that’s why they run well. Impure blood is incontestably a source of social disturbance.

 

THE MEDICAL EXAMINER

Most likely. Your editorship is a man of courageous ideas about sanguinity.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

I’ll tell you more, sir. It’s a shame, a sign of the depravity of the times, and of how pernicious ideologies sap the very foundations of the constituted order that we defend; it’s a shame, I repeat, that the Pope has not decreed something along the same lines. And much earlier, much earlier. Because, notice, the Holy Church is older by six hundred years than Mohammed.  So…

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

So.

 

THE MEDICAL EXAMINER

So.

(at the back, and to the right, there begins to be discernible a papal throne in which a pope has nearly disappeared behind a forest of microphones, televi­sion lights, etc. — from this forest emerges a figure in a black soutane who moves toward the illuminated proscenium and addresses the audience)

 

THE MAN OF THE CLOTH

My beloved brothers. We are gathered here, in this room, while the Holy Father talks to the world, carrying the divine word to the corners of the Earth, reminding all mankind that we are brothers and that justice is equal for all those on Earth and in Heaven; we agree that the Holy Father, in his infinite goodness, in the sweetness of his most loving heart, exaggerates… Yes, my dear brethren, he exaggerates. Or rather it is not that he exaggerates. It is that the Holy Father does not notice that talking in a room to two dozen pilgrims or in cabinet to a half dozen bishops is not the same thing as allowing himself to be surrounded by those objects that do not discriminate among those who listen to them, when they repeat, to all corners things that the good people, the humble people, the simple people, cannot, in their pure simplicity, under­stand. Such talk only agitates them; it does not save their souls.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

(emerging from the newspaper) That’s exactly what it says here. Exactly right. Shepherds must not frighten their flocks by promulgating notions inap­propriate for flocks. A Pope who talks to everyone about those things that they cannot have nor should have… is…

 

THE MAN OF THE CLOTH

(playing the doctor’s very game in the same situation) Ah! That news­paper is very good; there is no better paper; I myself am its consultant on religious matters… (the light goes out on the scene of the throne and micro­phone)

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

You mean? Do I have the sublime pleasure, the splendid satisfaction of speaking with…

 

THE MAN OF THE CLOTH

(humbly, wringing his hands)

The very person… the very person… the very person.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

And I who have always hoped to have the opportunity to know your Reverence. Because, permit me to introduce myself, I am—oh—forgive my immodesty—I am the editor of…

 

THE MAN OF THE CLOTH

Of the newspaper you hold in your hands. Which newspaper I recognize as the defender of the most sacred causes of public and private morality, in all the spheres of order. And I do not say social order because, from the moment in which socialism was derived from the word “social” the notion of social order lost all its authentic meaning. Besides order is only of one kind: it is whole and it is indivisible.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Your Reverence is right. Yours is the fullest, the truest, the only reason­ing. Fortunately, there are still those among men of the cloth who will stand up for the highest principles, those principles that, disastrously, are no longer defended from the height afforded by the Pope’s gestatorian litter.

 

THE MAN OF THE CLOTH

Oh, my dearest and venerated brother!… the gestatorian litter is only a chair, and a chair, moreover, used only on certain solemn occasions, and car­ried on the backs of so many subjects.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Because the principles of our civilization antedate civilization itself, antedate us, antedate everything! And a chair… Ah! my Reverend, what a grievous mistake it is to choose the Pope by election! Elections are an expres­sion of our representativeness of the representative elements of the order represented by those representatives that we are. Those who would even breathe on them offend our most sacred principles. But, just between us, the papal chair should be hereditary.

 

THE MAN OF THE CLOTH

What?

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Hereditary.

 

THE MAN OF THE CLOTH

But how?

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

It’s true… that is a problem. But is it a problem? Yes, but in the face of the need to stop communist infiltration before it reaches the very election of the Pope, can it be that this problem has that much import? (A shot is heard, the stage is suddenly overrun by a riot of reporters, photographers; a confused clamor is heard; lighting is total for a confusion which involves the three figures at the proscenium)

 

A VOICE

They’ve killed the Pope!

 

ANOTHER VOICE

What?

 

VOICES

They’ve killed the Pope!

 

A VOICE

Shot three times, when, after having spoken urbi et orbi, he was passing by in thegestatorian litter.

(the lights go out suddenly, so that they can go on at the proscenium with the three figures as before)

 

THE MAN OF THE CLOTH

(kneeling, hands folded, eyes limpid, a sweet smile) God writes straight through crooked lines.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

(reading) That’s exactly what it says here. Exactly right. (pause) But… what did the Pope die of?

 

THE MEDICAL EXAMINER

(looking for it in the newspaper) I said, I said. Cardiac failure.

 

THE DIE-HARD REACTIONARY

Failure? (smiles maliciously at the other two) It was the Communists.

(The lights go out).

Sobre a Nudez / On Nudity

“Sobre a Nudez”, poema de Peregrinatio ad Loca Infecta (Poesia III), é um belo exemplo da poética seniana para além das fronteiras das tão comentadas metamorfoses. Em franco combate a qualquer forma de hipocrisia ou censura, a poesia se despe em busca de liberdade. Abraça a nudez como única condição possível nos momentos mais extremos: o nascimento, a morte, a humilhação, o prazer. Sob o olhar atento de médicos e professores de ginástica, ou sob o toque atencioso do amor, a nudez do poema é o desvelar de uma concepção de mundo sem artifícios ou barreiras a nos proteger do horror ou do deslumbramento, do “feio de muitos”, da “beleza de alguns” ou do “fascínio de uns raros”. Despem-se a poesia e a vida, para que se possam penetrar mutuamente.

Agradecendo a sempre generosa colaboração do Professor George Monteiro (Brown University), que agora nos oferece sua inédita tradução para o poema, apresentamos duplamente este exercício de “desnudamento poético”, em português e inglês.

 

SOBRE A NUDEZ

Quoi! Tout nu! dira-t-on, n’avait-il pas de honte?

………………………………………………………….

Tout est nu sur la terre, hormis l’hypocrisie.

Musset, Namouna

Nus nascemos, nus
nos inspecciona o médico,
a tropa, o professor de ginástica.

Nus, na mesa de operações,
na cama de hospital,
no dia da morte.

Nus no amor para nos vermos,
sentirmos a pele dos outros corpos e
para mais que penetrarmos

termos o choque e o roçar
que nos dizem do quanto penetramos.
Nus sempre, menos no que não importa.

Porque há então quem tema tanto
a nudez dos outros? Será
que teme, menos que o feio

de muitos, a beleza de
alguns, ou o fascínio das
esplêndidas partes

de uns raros? E que, paralisados
(de inveja), deixemos que o mundo e a vida
se soltem à deriva

para a nua liberdade?

1968-69

 

ON NUDITY

Born in the nude, we
are examined in the nude
by doctors, gym teachers, the military.

Nude, on the operating table,
the hospital bed,
the death-bed.

Nude in love-making so we can see each other,
feel the skin of the other body,
feel the shock and friction

of penetration that tells us
of what we have penetrated.
Always nude, except in what is unimportant.

Why, then, do we so fear
the nudity of others?
Is it that we fear less the ugliness

of the many than the beauty of some,
the fascination of
the splendid parts

of those, the rare ones? That,
by envy paralyzed, we permit
the world and life to free selves
by deflection for

naked freedom?

Mais um 25 de Abril

Assinalando o 39º aniversário da “Revolução dos Cravos”, aqui trazemos o depoimento de Mécia de Sena sobre as reações de seu marido face ao acontecimento histórico e ainda uma carta-testemunho assinada por Jorge de Sena, datada de menos de dois meses antes de seu falecimento.

 

 

Nova Iorque, 20 mar (Lusa) – O 25 de abril entusiasmou o escritor Jorge de Sena tão rapidamente quanto o desiludiu. “A revolução acabou, naquele país só há ódio”, disse à mulher assim que regressou aos Estados Unidos de viagem a Portugal em 1974.

“Foi essa a frase que ele me disse na entrada da porta quando chegou. Ficou doente, emocionalmente doente – teve que ir ao médico e tudo – com o ambiente que no espaço de dois meses tinha encontrado em Portugal”, disse à Lusa Mécia de Sena, viúva do escritor, residente na Califórnia, Estados Unidos.

“A euforia que tinha encontrado ao chegar e a total desordem e briga no regresso. Nesse espaço de dois meses caiu das nuvens e ficou doente”.

A primeira reação após a notícia da revolução, recebida já na Califórnia, foi de euforia pela possibilidade de um regresso definitivo à terra natal.

“Se fosse possível economicamente e profissionalmente embarcar no dia seguinte ele teria ido. Disse-me que íamos no dia seguinte. Eu é que pus água na fervura, disse `Jorge, por favor, pensa duas vezes, não podes abandonar a universidade de hoje para amanhã, há que pensar o futuro com calma´. Se não ele teria ido a correr”, recorda.

Depois do regresso, de ver que os ideais tinham “dado lugar a uma luta medonha entre toda a gente, suicida”, Jorge de Sena entrou numa fase de prostração.

“Dormia, dormia, dormia… horas e horas… ele que era uma pessoa que normalmente dormia seis horas e se levantava sozinho durante a noite, acordava muitas vezes… começou a passar a vida a dormir, e era uma maneira de não pensar nisso”, afirma a viúva, hoje com 90 anos de idade, completados na semana passada.

Essa fase só foi ultrapassada com o regresso das aulas e uma nova oportunidade de trabalho na Universidade da Califórnia.

“Depois deixou de ter tempo de pensar nisso (…) passou a estar em duas universidades ao mesmo tempo, a tempo inteiro. Foi uma brutalidade, mas foi necessária, foi isso que o acordou, que o tirou da letargia desconsolada em que ele tinha caído”.

Jorge de Sena continuou a acompanhar à distância os acontecimentos em Portugal, com algum “desgosto”, e foi Ramalho Eanes quem lhe devolveu a confiança.

“O Ramalho Eanes deu-lhe uma certa esperança. Ele gostou muito de falar com ele, achou que ele tinha a calma suficiente e não iria fazer tolices (…), que era uma pessoa que poderia conseguir o equilíbrio de que o país precisava, isso tinha-o animado muito, mas infelizmente já pouco viu”.

“Se ele tem vivido um pouco mais, tenho quase a certeza que tinha ido naquele ano para Portugal para trabalhar de mãos dadas com o general Eanes, neste sentido de fazer justiça, não num caminho político mas social”, afirma Mécia de Sena.

 

Referência:
“A revolução acabou, naquele país só há ódio”, disse Jorge de Sena depois do 25 de abril. MSN Notícias, 20 Março 2013. Disponível em: <http://noticias.pt.msn.com/cultura/article.aspx?cp-documentid=152669312>. Acesso em: 24 Abril 2013.

 

DEPOIMENTO SOBRE O 25 DE ABRIL, EM FORMA DE BREVE CARTA A ARTUR PORTELA FILHO*

Santa Barbara, Califórnia, 12 de Abril de 1978

Meu caro Amigo e Camarada

 

 A sua carta de 5 do corrente, com a tão amável solicitação do depoimento em epígrafe acaba de chegar-me (e até que não foi muito, nestes estranhos tempos em que a liberdade democrática faz que o correio leve umas duas semanas a chegar daqui aí e vice-versa). É uma honra e uma distinção a pergunta, a que não quero deixar de corresponder. E não só por isso. O caso é que, há umas duas semanas, remeti para um jornal de Lisboa uma Carta Aberta a um membro do Governo, que creio ser das coisas mais duras que já vi escrevi. É possível que, entretanto, tenha saído. De qualquer modo, o pedido seu, vindo após que aliviei a acumulada náusea, cai como sopa no mel, para colocar em serena perspectiva, e sem desânimos que sinto alastrarem por esse país adiante, o 25 de Abril. Mas sucede que, de repente, na minha vida a ocasião é má, e buscarei limitar-me o mais que puder a verborreia notoriamente sábia, e sem dúvida independente. Porque me encontro a braços com uma luta terrível contra uma doença das que não perdoam, se a gente se descuida, e submetido a intensivos tratamentos. Não deixar de ser irónico que isto suceda a quem há dois anos resistiu a monumental ataque de coração que,  segundo todas as regras e leis, o deveria ter reduzido a cisco. Mas, meu caro Amigo, ainda que eu seja duro de roer, é algo difícil a gente resistir a tanto mau olhado conjugado de uns três continentes. As minhas aventuras clínicas – que espero muito brevemente transformar em precioso conto de puro humor negro – não são para aqui. Mas, antes de entrarmos em comento do 25 de Abril, que este lugar sirva para um gesto de refinado mau gosto, daqueles com que me agrada beliscar os delicados. E é anunciar, para tristeza dos meus autênticos amigos e de quantos me têm ajudado a levar a cruz de ser português (ainda que com um passaporte brasileiro que incomoda e, ao mesmo tempo, tem sido útil a tanta gente, e ainda que emigrante que não é daqueles que pede pé de meia para o único patriotismo que a essa classe se solicita, o bago mandado para a santa terrinha), que agora é altamente incerto quanto eu dure. Notícia que, por outro lado, trará delíquios de ansiedade em expectativa de notícias a quanto canalha e hipócrita em sucessivas gerações me faz a vida negra há quarenta anos de literatura que se cumprem exatamente este ano. No entanto, será bom que essa gente se lembre de que eu posso bem vir a ser como aquele cadáver de uma bastante mpa peça do Ionesco que nunca admirei muito, o qual não fazia senão tornar-se maior e mais inamovível. Longe de mim a ideia de isto significar vaidade póstuma, mas é o que às vezes sucede que os defuntos fazem aos vivos mais defuntos que eles. Em todo o caso, juro não ter a mínima intenção de competir com outro cadáver, cuja realização ocupa afanosamente tantos patriotas, e que, segundo a geografia, tem cerca de 90 000 quilómetros quadrados, e ainda dá pelo nome de Portugal (a não ser que, como sucedeu a Lourenço Marques, e para melhor se apagar um passado a todos os títulos vergonhoso, como o de todos os povos antigos e modernos, decidam mudar-lhe o nome que eu adequadamente, e para fazer pendant com o Maputo das Áfricas, propriamente que, só familiarmente, passasse a ser, Bonaputa, em homenagem a tantos dos seus mais vorazes filhos).

Posto isto, não é segredo para ninguém que o 25 de Abril não foi de facto uma revolução, mas uma ampla mistura de muitas, na maior parte todas escondidas uma das outras, tal como claramente se tem verificado na contradança de sucessivos golpes e contra-golpes, nunca inteiramente bem sucedidos, nem inteiramente mal sucedidos, em que, desde então, os inquéritos nunca se concluem, as amnistias de toda a espécie alternam com as demissões, etc., etc., tudo se passando, segundo a melhor tradição salazarista de que todos, por mais que não queiram, são filhos, nas câmaras e antecâmaras civis e militares, nunca chegando o povo a saber o que é que realmente se passou ou não passou, já que até parece que, nos ataques mútuos, todos se combinam para deixar na sombra os rabos-de-palha, que todos sabem que os outros têm, quando não são os outros que seguram pela sua ponta o dito rabo (de palha). Não há como o poder ou a ebriedade do poder para revelar, quando longa experiência de liberdade é ainda breve e inquieta, a que ponto os políticos de farda ou à paisana, mesmo nas melhores das intenções, usam continuamente dos métodos autoritários ou de combine secreta da tradição fascista, no mais absoluto desrespeito pelo povo que tem o direito de saber, mais do que ninguém. Porque os políticos ou quem se julgue tal não são o povo, a menos que o representem; e , nesse caso, o dever deles não é pregar a cartilha mal lida e digerida, mas auscultar o povo, e distinguir as realidades da prosa de que encheram as cabeças, nos anos da resistência em que toda a gente estava fora da realidade que só Salazar controlava e conhecia, e até os ministros dele, como mais de uma vez tive oportunidade de verificar, nos meus avatares de funcionário público. Tem sido dito que a política é a ciência do possível – e isto aplica-se igualmente ao funcionamento normal das instituições, como aos planos de golpes e revoluções redentoras que todas, como é sabido, até as traições começarem, são.

O facto essencial, porém, e tanto faz que as pessoas tenham sensibilidades – como agora se diz – «pluralistas» ou «monolíticas» (recusando-me eu a mencionar uma espécie de gente, incertamente humana, que se diz, quer ou sonha fascista, a qual, por sua vez, nas paixões boçalmente partidárias de muita esquerda que não devia ser boçal, já que «esquerda» é por necessidade uma forma superior de inteligência, é constantemente confundida com «direitas» ou com gente conservadora que não será obrigatoriamente reacionária e que, gostemos ou não, tem o seu lugar e o seu papel, no leque político «pluralista», tal como, ainda que não seja bonito dizer-se, o desempenham adentro dos sistemas unitários dos Estados ditos socialistas), o facto, repito, é que a Revolução plural DE Abril de 1974 trouxe o que não havia há décadas: a liberdade, e uma liberdade como pode dizer-se que hoje não existe tanta (e também com tão desvergonhada e irresponsável licença a que os governos, para sacanearem o partido do lado ou passarem a mão pelo pêlo do partido do outro lado, nada fazem para controlar naquela naquele mínimo necessário a que um país saia do atoleiro e sobreviva), em nenhuma parte do mundo. Todos sabemos que, em várias ocasiões, nestes agitados anos, os atropelados aos direitos civis e às liberdades de numerosos cidadãos foram muito grandes, envolveram desvergonhas que não estão corrigidas e nada têm que ver com a justiça social, etc., etc. – e é triste que essas coisas sejam ditas em jornais e periódicos menos afectos à democracia ou à situação vigente, que as não denunciam (excepto em honrosos casos de criaturas que, nas hora de ser incerto se alguns sujeitos tidos por homens os tinham no sítio, mostraram que as mulheres os podem ter, e potentes, em forma de metáfora e de voragem)  para que se corrijam os males, mas como parte de orquestrada companha de sinistras direitas para desacreditar na opinião pública um regime que tem problemas de sobra que o desacreditem ante um povo e que nunca disseram que a liberdade é cara, e o socialismo ainda mais, E, se não é orquestrada (porque a gente deve evitar propagar tais paranoias de que os fascistóides se sustentam), é como se o fosse. O mal está em que, as chamadas «esquerdas» desde sempre não têm feito por falar a verdade, que mais que ninguém lhes competia dizer e denunciar, mas, ao contrário, «por vender o seu peixe», sem escrúpulos e sem rebuço. E a falta de escrúpulos nada tem que ver com as pessoas respeitarem ou não a chamada moral burguesa (quando tão fervorosamente a respeitam em tudo o que diga respeito à moralidade burguesíssima), mais sim com não  terem nem categoria, nem direção responsável e inteligente, para lá do fanatismo que faz as vezes das frustações que essas pessoas a si mesmas se criaram, ou por serem realistas por demais, ou por de menos, cujo resultado final é a mesma lástima. Choram todos pela Revolução que não fizeram ou, às últimas horas, se sabe muito bem que recuaram de fazer: e passam a vida a acusar o vizinho, em vez de fazerem aquela auto-análise (a sério, e não meramente ritual, como o bater no peito das avozinhas deles quando iam à confessa), sem a qual as posições políticas se não adequam às realidades. A insistência na agitação pela agitação, sempre, nestes casos, menos defende o ganho e o perdido, do que faz o jogo das direitas. E faz sobretudo o jogo de uma coisa infinitamente mais trágica, e que é a irresistível atracção de certo tipo de comunistas pelo catastrofismo (positivo, se é a revolução deles o que triunfa, e negativo, se não é), em que se incluem o fascínio porquanto seja as Diretas que sonham de os esmagar e pôr fora da lei, e a consequente atracção fundamente freudiana por regressarem ao líquido fetal da barriga da mãe, ou seja a clandestinidade em que tudo se manobra e nada se sabe ao certo, sobretudo a quem cabe a responsabilidade de seja o que for. Não podem eles acusar-me de antipatia que não tive nunca: e ninguém melhor do que os menos decentes deles sabe como, apesar de décadas de pertinazes esforços, nunca conseguiram fazer de mim, por mais que me esfaqueassem de golpes baixos e falsos, o anti que não sou e nunca serei, por várias razões: a minha crença e filosofia marxistas sem pitada de socialismo de ida e volta, e a minha inabalável consciência democrática em que todos têm um decisivo papel a desempenhar, o qual em nada, nada, trai ou é «revisionismo» (porque pode ao menos  ser aquele maquiavelismo realista que é timbre, ou  deveria sê-lo, de todo o partido revolucionário, não no sentido das manobras de pura manipulação, mas no sentido de adaptar à realidade uma política que não tem de ser alterada para integrar-se naquela). A clandestinidade é ima tentação terrível que não dever ser cortejada, sobretudo por aqueles que tão longamente se habituarem a subsistir na autocracia dela.

O país atravessa horas difíceis, medonhamente difíceis, em que parece que os partidos desesperadamente apenas desejam sobreviver-se uns aos outros, à custa uns dos outros, e necessariamente, ainda que o não diga nem confessem, à custa do povo português, cujos anseios tosos proclamam representar. Por certo que presentarão, mas não dessa entidade algo abstracta e vaga em boca de políticos em situação semelhante, mas apenas, cada qual, daquele sector da população, que é partidário, ou simpatizante (ou como se tornou instituição nacional da eterna esperteza saloia em Santa Comba, «submarino»). O povo descrê – p que é uma tragédia que esperamos ainda reparável, com energia, coragem, e decência – daquele triunfal e magnificente liberdade que recebeu e goza há quatro anos. Tem numerosas razões para tanto, na complexa e contraditória situação económica-política – em que uns se fazer paladinos de uma revolução que houve em certos sectores (com muita desordem e pouca-vergonha em outros), enquanto outros anseiam pelo regresso aos bons tempos da Ordem, que tudo reponha como dantes com a palha em Abrantes. E isto porque ninguém insiste em esclarecer o povo, efectivamente, acerca do que a democracia seja. Todos o que no fundo querem é desacreditar o vizinho, mesmo que isso seja feito à custa da ignorância de um povo inteiro, ou grande parte dele, se em que o povo português tenha, parece-me. Aprendido muito mais que os seus rotantes português. Nestes quatro anos. Mas é um aprender desaprendido, aberto a não se perceber que querelas partidárias, coligações estranhas, compromissos insólitos, etc., não são de modo algum um escândalo público (parecem-no, por haver liberdade de informação, que não deve ser dominada por governo algum em seu proveito, sob pena de desacreditar-se irremediavelmente), mas o inevitável funcionamento da democracia mesma em toda a patê com os seus defeitos e limitações, preferíveis a qualquer ditatura em que sabemos muito bem que as mesmas combines, as mesmas querelas, etc., etc., se passam, apenas na sombra daqueles encontros a que os actuais políticos são excessivamente dados. Escândalo público é o erro que se não critica, o desmando que se não liquida, a tripa-forra que faz a gente pensar que a maior parte de algumas pessoas o que queriam era almoçar e jantar no Grémio Literário e nos restaurantes do faduncho de luxo, e dormir  – perdão da palavras – com as putas do Estado Novo. Isso sim, que é escândalo e desvergonha públicas, e é o que o povo mais claramente vê, na hora em que lhe pedem que aperte o patrioticamente o cinto.

Pois ponham-se todos a dieta, como manda a igualdade democrática! E escândalo maior, inadmissível, inaceitável, quase se diria revelando nem escreverei de quê, por puro horror, serão ataques ao Presidente da República, símbolo vivo da democracia e das instituições, por precárias e defeituosas que sejam. Ainda que se possa crer que haja razões para atacar alguém que puseram a defender uma constituição que não lhe dá poder quase nenhum, há algo que sagradamente é intocável: a dignidade da função mesma. Foi com estas e com outras que a Primeira República cavou a sua sepultura. Não é o que sonhámos por décadas, aqueles que sonharam e lutaram. Não é sequer o que convém a quantos oportunistas descobriram que, por enquanto, a democracia lhes redia que era um gosto. Nem se quer é também o que no fundo interessa e importa à extrema-esquerda que sabe muito bem o amor que certo Ocidente lhe tem, sem que seja certo que o Oriente acorra. No fim das contas, queiram ou não, e com o devido respeito por um continente magnífico, nós não somos África (ainda que uma certa cegueira masoquista às vezes faça as pessoas duvidar se muita gene em Portugal é na verdade cidadã do país, ou de algum dos novos países, mas que não necessitam, por uma questão de estômago que possuem, de tão rebaixada devoção, como se se tivessem tornado em substituto da Nossa Senhora de Fátima). E, a propósito do final do parêntese, creio oportuno – ou talvez tremendamente inoportuno e por isso mesmo conveniente – lembrar aos devotos mais devotamente saudosos dos bons tempos daqueles bispos que abençoavam o Salazar & C.ª com muita água benta, que jamais, em parte alguma, a Igreja deve imiscuir-se em política enquanto tal, e muito menos jogar na carta suja de misturar a «desordem democrática» com os perigos que as devoções podem ocorrer, mais, é claro, a permanência da cristandade. Eu tenho maior respeito pelo catolicismo. Mas posso resumir politicamente o resto do meu respeito, numa proposta que não é a primeira vez que apresento. Toda a gente sabe que, por século, a presença do papa na Cidade Eterna tem sido um bico-de-obra para a Itália: E toda a gente sabe que as Nações Unidas em Nova York são um bico-de-obra para as ditas cujas bastante desunidas mas é o melhor que se pode arranjar. Ora o Vaticano é um colossal repositório de tesouros pertencentes ao património da humanidade. Enquanto grande parte dos investimentos da Igreja estão nos Estados Unidos, aonde está também uma das maiorias concentrações de católicos do mundo. Pois o que se deveria fazer para boa harmonia, e maior esclarecimento de toda a gente, é bem simples: instalar o Vaticano nas Nações Unidas, em Nova York, com o papa, os cardeais assistentes, os bispos sub-assistentes, os cónegos auxiliares dessa gente toda, e mesmo as condessas e baronezas romanas que, há séculos, têm papel preponderante em todas as questões, desde anular-se um casamento a fazer-se um novo santo. E pôr as Nações Unidas em Roma, guardando «unescamente» aquele palácio imenso e aqueles tesouros esplêndidos (menos, é claro, aquelas catedrais feitas de caixas de fósforos que a gente é obrigado a admirar a caminho da Capela Sistina e dos biquínis que continuam a cobrir a nobreza criadora de Miguel Ângelo). Posto isto, retome Portugal o fio da sua História, de que não tem que envergonhar-se: esse sentimento de vergonha foi sempre uma das manobras dos imperialismos que desejam desarmar o espírito de um povo. Reze, se quer, pragueje, se lhe apetece, politicalhe o que necessite. Mas tendo sempre presente que há uma democracia a defender de tudo e todos, um povo que mobilizar para a tarefa de reconstruir uma pátria mesmo que seja a ranger os dentes de raiva por não ter tido as revoluções que queria, e um país em que acreditar e fazer acreditar, para lá de tudo o que possa assacarse a qualquer governo. Tudo o que não seja isto, só tem um nome que, noutro contexto mais acima, eu não quis escrever: traição. Depois, o futuro dirá, porque o mundo dá muita volta. Estes quatro anos foram um acervo de contradições, de sonhos, de delírios, de absurdidades, de realização, etc. Que queriam que eles fossem, no jogo de forças que divide o mundo e comanda tudo em toda parte? Pois cocem-se consolados, que ainda estão com muita sorte que cumpre a todo o custo não perder. E viva a República!

Grato pela oportunidade, subscreve-se o

 

Jorge de Sena

[*] Publicado com o título de “Longa experiência de liberdade que é ainda breve e inquieta. Depoimento de Jorge de Sena em forma de carta a Artur Portela” no dossier “25 de Abril” da revista Opção, Lisboa, 27 de abril de 1978.

Atualmente integra o livro Rever Portugal – Textos Políticos e afins. Lisboa, Guimarães, 2011. p. 357-365.

 

Discurso da Guarda

Em áudio: Trechos do Discurso na voz de Jorge de Sena

entrevistasDiscurso proferido na cidade da Guarda, durante as comemorações do “Dia de Camões e das Comunidades Portuguesas”, no dia 10 de junho de 1977 — o primeiro depois da “Revolução dos Cravos”. Além de Jorge de Sena, foi orador Vergílio Ferreira, na presença do Presidente Ramalho Eanes, de altas autoridades e de enorme platéia. (Destacamos em negrito no texto, o trecho em áudio)

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É para mim uma honra insigne o ter sido oficialmente convidado pela comissão organizadora das comemorações de Camões em 1975, e do dedicar-se do Dia de Camões à recordação das comunidades portuguesas ou de origem portuguesa dispersas pelo mundo, para aqui falar na minha dupla qualidade de estudioso de Camões, e de residente no estrangeiro, que eu sou. Com efeito, em 1978, cumprem-se trinta anos sobre a primeira vez que, de público me ocupei de Camões, iniciando o que, sem vaidade me permito dizê-lo, tem sido uma contínua campanha para dar a Portugal um Camões autêntico e inteiramente diferente do que tinham feito dele: um Camões profundo, um Camões dramático e dividido, um Camões subversivo e revolucionário, em tudo um homem do nosso tempo, que poderia juntar-se ao espírito da Revolução de Abril de 1974, e ao mesmo tempo sofrer em si mesmo as angústias e as dúvidas do homem moderno que não obedece a nada nem a ninguém senão à sua própria consciência. Esse meu Camões foi longamente o riso dos eruditos e dos doutos, de qualquer cor ou feitio; foi a indignação do nacionalismo fascista, dentro e fora das universidades, dentro e fora de Portugal; foi a aflição inquieta do catolicismo estreito e tradicional, dentro e fora de Portugal; e foi a desconfiança suspeitosa de muita gente de esquerda, a quem eu oferecia um Camões que deveria ser o deles, quando eles preferiam atacar ou desculpar o Camões dos outros. Foi e ainda é, e será. Porque, sendo Camões o maior escritor da nossa língua que é uma das seis grandes línguas do mundo e um dos maiores poetas que esse mundo alguma vez produziu (ainda que esse mundo, na sua maioria, mesmo no Ocidente, o não saiba), ele é uma pedra de toque para portugueses, e porque tentar vê-lo como ele foi e não como as pessoas quiserem ou querem que ele seja, é um escândalo. São essa pedra de toque e esse escândalo o que, neste momento solene, a três anos de distância do 4o. centenário da morte do maior português de todos os tempos, vos trago aqui, certo e seguro de que ele mesmo assim o desejaria. E, antes de mais, peço que, nas minhas palavras anteriores ou nas minhas palavras seguintes, ninguém veja ataques ou referências pessoais que não há; tenhamos todos, tenham todos a humildade de reconhecer que, quando se fala de Camões e de Portugal, não podemos pensar em mais ninguém.
Quanto a ser um residente no estrangeiro, vai para dezoito anos que o sou, o que, curiosamente, é mais ou menos o tempo que o próprio Camões viveu fora de Portugal, desde que dele partiu para as Índias [em 1553, até que regressou,]* em 1570, tão pobre como partira, mas com Os Lusíadas no bolso ou na bagagem, para publicá-los. Eu nem estou a regressar, nem tenho Lusíadas nenhuns. Mas não sou exactamente um emigrante no estrangeiro, ainda que neste viva, e com os emigrantes me possa identificar – aqueles emigrantes que vi e tenho visto de perto, primeiro no Brasil e depois nos Estados Unidos, e também pelo mais largo mundo que tenho percorrido, e que, com a sua laboriosidade, a sua dignidade, a sua humanidade convivente, são em toda a parte, míseros e mesquinhos, ou ascendidos e triunfantes, muitas vezes, os embaixadores que Portugal não envia, ou os representantes da cultura que Portugal não exporta. Por dezassete anos, recordemos, Camões foi apenas um deles, quando ninguém sabia ou podia ainda saber o génio que ele era. Reatando: eu não sou exactamente um emigrante no estrangeiro, porque, quando saí de Portugal, tinha vinte anos de escritor publicado, e desde então a maior parte da minha obra, ou grande parte dela, foi escrita para Portugal ou em Portugal publicada. Seja o que seja, continuo a ser o que era, quando me exilei muito a tempo naqueles idos negros e tristes de 1959: um escritor português que vive no estrangeiro e que mantém um permanente contacto com Portugal, até por obrigação profissional: catedrático de Literatura Portuguesa, que é um dos meus títulos e deveres, não tenho outro remédio senão estar a par do que se publica. Por outro lado, a minha fidelidade a Portugal – e fidelidade é uma das palavras-chave da minha pessoa e da minha obra, como liberdade é outra – nunca me permitiu livrar-me de partilhar (acrescentadas da dor da distância) as dores e as alegrias, os desalentos e as esperanças de Portugal. Permitam-me ainda um esclarecimento. Na melhor das intenções, vária imprensa anunciou ou referiu que eu falaria aqui como representante dos luso-americanos. Se alguém pensou que eu tal faria, mais que num plano meramente simbólico de partilhar com eles o viver nos Estados Unidos, enganou-se redondamente. Primeiro que tudo, eu não sou um luso-americano: esta palavra significa não o português que vive na América, mas ou o que adquiriu a cidadania americana, ou o que descende de portugueses e já nasceu americano: luso-americanas são duas filhas minhas, por naturalização, e um neto meu que o é nato, como brasileiro por naturalização eu sou, e dois filhos meus o são natos, enquanto minha mulher e outros cinco filhos mantiveram a nacionalidade portuguesa. E, em segundo lugar, que é o primeiro de todos, eu não recebi dos luso-americanos nenhum mandato eleitoral para falar em nome deles, embora esteja certo de que mo teriam dado, se a eles o tivesse pedido, por saberem que os respeito e estimo, sem distinção de credo ou cor (porque há luso-americanos de cor, idos de Cabo Verde para lá, por exemplo). Democrata como sou, eu não falo em nome de ninguém, sem ter recebido um expresso mandato para tal. Eu fui convidado por Lisboa e de Lisboa, o que é uma honra, mas Lisboa não tem o direito de nomear representantes de nada ou de ninguém. Esse vício centralista da nossa tradição administrativa – um dos vícios que Camões denunciou e castigou nos seus Lusíadas – deve ser eliminado e banido dos costumes portugueses, sem perda da autoridade central que deve manter unido um dos povos mais anárquicos do mundo e menos realistas quando de política se trata. Porque os portugueses são de um individualismo mórbido e infantil de meninos que nunca se libertaram do peso da mãezinha; e por isso disfarçam a sua insegurança adulta com a máscara da paixão cega, da obediência partidária não menos cega, ou do cinismo mais oportunista, quando se vêem confrontados, como é o caso desde Abril de 1974, com a experiência da liberdade. Isto não sucedeu só agora, e não é senão repetição de outros momentos da nossa história sempre repartida entre o anseio de uma liberdade que ultrapassa os limites da liberdade possível (ou sejam as liberdades dos outros, tão respeitáveis como a de cada um) e o desejo de ter-se um pai transcendente que nos livre de tomar decisões ou de assumir responsabilidades, seja ele um homem, um partido, ou D. Sebastião. Também dos limites da ordem social e dos deveres do homem para consigo mesmo e a sociedade de que faz parte foi Camões um mestre. Assim, aqui, no âmbito de celebrações que são camoneanas e do Portugal disperso pelo mundo desde que o país existe e desde que, no estrangeiro, comunidades portuguesas ou de lusa origem se formaram ou mantiveram, eu não represento luso-americanos, e não falo em nome deles ou de ninguém no largo mundo. Aceito falar, como eu mesmo, da importância e do significado de Camões hoje, e da necessidade de ter presente ao espírito esta ideia tão simples: um país não é só a terra com que se identifica e a gente que vive nela e nasce nela, porque um país é isso mais a irradiação secular da humanidade que exportou. E poucos países do mundo, ao longo dos tempos, terão exportado, proporcionalmente, tanta gente como este.
Sejamos francos e brutais. Há neste momento, milhões de portugueses dispersos pelo mundo em mais de um continente, e não só na Europa de que são mão-de-obra. O país pensa neles, e deseja recordar-se deles. Mas o país, pura e simplesmente, na situação económica que herdou e em que se encontra e toda a gente sabe desastrosa, não pode prescindir do dinheiro deles, ou do dinheiro que eles costumam enviar para a santa terrinha, ao contrário do que faziam e fazem portugueses do território nacional, que mandavam o seu dinheiro para o anonimato dos bancos da Suíça. Deste modo, celebrar as Comunidades Portuguesas no dia do santo nacional que celebrou a expansão imperial do país é, ao mesmo tempo, um belo ideal e um cálculo muito prático. Há quem diga e quem pense que celebrações como esta – de Camões ou das comunidades – são uma compensação para a perda ou derrocada do Império oferecida ao sentimento popular, e que isso das comunidades é mesmo ainda pior: uma ideia do fascismo. Antes de mais, neste país há que pôr um basta não só ao fascismo ele mesmo, mas à mania de atribuir tudo ao fascismo, até as ideias. Porque, por esse caminho, ficamos todos sem ideias de que precisamos muito, e os fascistas ou os saudosistas deles acabam convencidos de que tinham ideias, quando ter ideias e ser fascista é uma absoluta impossibilidade intelectual e moral. O celebrar-se no presente e no passado em sua gente, o homenagear essa gente e recordá-la aonde quer que viva ou tenha vivido é um imperativo imarcescível da dignidade humana, num dos aspectos que a representa: o pertencer-se directa ou indirectamente a um povo, uma história, uma cultura, que como no caso de Portugal, foi, é e será capaz de diversificar-se em outras. Nenhum internacionalismo que se preze de ter os pés na realidade e na matéria de que somos feitos, pode negar ou ignorar essas realidades tremendas que são uma língua ou muitas, uma raça ou várias, uma cultura por mais adaptável ou capaz de absorção que ela seja, que se identificam com um nome secular – Portugal no nosso caso, aqui e agora.
Pensarão alguns, acreditando no que se fez do pobre Camões durante séculos, que celebrá-lo, ou meditá-lo e lê-lo, é prestar homenagem a um reaccionário horrível, um cantor de imperialismos nefandos, a um espírito preso à estreiteza mais tradicionalista da religião católica. Camões não tem culpa de ter vivido quando a Inquisição e a censura se instituíam todas poderosas: se o condenamos por isso, condenamo-nos nós todos a que, escrevendo ou não-escrevendo, e ainda vivos ou já mortos, resistimos durante décadas a uma censura opressiva, e a uma repressão implacável e insidiosa, escrevendo nas entrelinhas como ele escreveu. Isto é, condenamos a vera ideia de “Resistência” que, modernamente, fomos dos primeiros povos da Europa a tristemente conhecer e corajosamente praticar. E sejam quais forem as nossas ideias e as nossas situações políticas, nenhum de vós que me escutais ou não, pode viver sem uma ideia que, genericamente, é inerente à própria condição humana: o resistir a tudo o que pretende diminuir-nos ou confinar-nos. Camões não tem também culpa de ter sido transformado em símbolo dos orgulhos nacionais, em diversos momentos da nossa história em que esse orgulho se viu deprimido e abatido. Claro que esse aproveitamento não teria sido possível se ele não tivesse escrito Os Lusíadas. Mas o restituir a quem o podia ler e o podia sentir mais fundamente um pouco de confiança em horas difíceis, é um acto de caridade, essa virtude que não é só cristã porque é, desde antes do cristianismo, a própria essência da civilização: a solidariedade humana quando a dor nos fere. E o ter sido usado, manipulado e treslido como Camões o foi, ou denegrido como também foi desde a publicação do seu poema, é um dos preços que a grandeza paga neste mundo. Camões e a sua obra têm pago esse preço como todos os outros. Deixem-me todavia recordar-vos que o grande aproveitacionismo de Camões para oportunismos de politicagem moderna não foi iniciado pela reacção. Esta, na verdade, e desde sempre, mesmo quando brandindo Camões, sentia que as mãos lhe ardiam. Aqueles oportunismos foram iniciados com o liberalismo romântico e com o positivismo republicano. E se o Estado Novo tentou apoderar-se de Camões, devemos reconhecer que ele era o herdeiro do nacionalismo político e burguês, inventado e desenvolvido por aquele liberalismo e aquele positivismo naquelas confusões ideológicas que os caracterizavam e de que Camões não tem culpa: tê-la-iam por exemplo dois homens que merecem o nosso respeito: Almeida Garrett e Teófilo Braga. E quanto à reacção mais recente em face de Camões, eu lembro apenas dois pequenos exemplos em que a censura o proibiu, se não estou em erro: o caso do jornal de Vila do Conde, em que um tio de José Régio usava publicar os clássicos, citando-os convenientemente, e o da revista Vértice, de Coimbra, que fazia o mesmo. E isto para não falarmos de crimes literários e socio-morais de mais largo alcance, de que Camões era vítima nas escolas, parecendo até que nós éramos as vítimas dele. Porque, para além de encher-se a boca com a Fé e o Império, que nem uma nem outro eram para Camões o que eram para o Dr. Salazar, o poeta não servia para mais nada senão para exercícios de gramática estúpida: o que, tudo junto, chega para gerações lhe terem ganho alguma raiva e perdido o gosto de o ler. E há mais e pior: quando, no liceu, líamos Os Lusíadas, éramos proibidos de ler (e não estudávamos) as passagens consideradas mais chocantes pela pudicícia hipócrita desta nossa sociedade de sujeitos felizmente desavergonhados que fingem lamentavelmente possuir a virtude que não têm, e vivem a perseguir ou reprimir os pecados alheios. Claro que nós todos íamos logo ler as passagens “proibidas” e lendo-as assim, com olhos libidinosos, perdíamos a grandeza delas: a majestade do sexo e do amor, a magnitude da liberdade e da tolerância, a inocência magnífica do prazer físico e da paixão erótica, que, acima de tudo, Camões cantava e celebrava nessas passagens com uma abertura de espírito e uma audácia espantosas. Será possível que os frades o tenham feito alterar algumas coisas antes de publicar Os Lusíadas. Mas, em face de algumas daquelas que lá ficaram, temos de reconhecer que, mais do que aquilo, só um poema francamente pornográfico, incompatível com a dignidade e o decoro da grande epopeia que Camões desejou escrever e escreveu.
Tem-se dito que o grande protagonista da epopeia é o povo português, e na verdade o povo aparece, segundo as tradições clássicas, representado apenas pelos seus heróis, aqueles que Camões seleccionou para o efeito, à excepção dos marinheiros anónimos que acompanhavam Vasco da Gama ou os seus guerreiros anónimos sem os quais não haveria a magnificente descrição da batalha de Aljubarrota ou análogos momentos. Aqueles marinheiros, como o próprio Vasco, são deificados, ou transfigurados epicamente na Ilha dos Amores, em condições sem dúvida moralmente impróprias de quem deixara família em Portugal, mas altamente consentâneas, se me permitem a rudeza, com a promiscuidade sexual notória do povo português, ao mesmo tempo que de acordo com as convenções épicas e mitológicas pelas quais os heróis se dignificavam no conhecimento (que aqui uso no sentido intelectualmente neo-platónico e no sentido obscenamente público) das entidades divinas. Já se disse que as personagens mais vivas e activas de Os Lusíadas são os deuses pagãos, e não as criaturas históricas, mais pálidas e incaracterísticas do que elas. Até certo ponto, isto é verdade. E é-o por algumas razões camonianamente importantes. Antes de mais, na filosofia que Camões assume e torna extremamente pessoal, os deuses pagãos possuem, como atributos do Deus supremo, invisível e silencioso, e como seus intermediários agentes, uma realidade autêntica que a criação artística faria necessariamente mais palpável e concreta. E é assim que nós vemos tão nitidamente Vénus, a Afrodite originária e primeva, um dos deuses anteriores a tudo, e também a deusa do amor que este sim, é todo poderoso – como a não veríamos? Ela é a amante, a esposa, a mãe, tudo o que o princípio feminino significa dentro e fora da nossa humanidade, naquelas complexidades psico-sexuais a que Camões se compraz em aludir, servindo-se de alusões mitológicas que parecem meros ornamentos ao longo da epopeia inteira. E como não veríamos Baco ou Diónisos, receoso de ser castrado da sua lendária glória de conquistador da Índia? Se, como descendentes de Luso, descendemos dele, e ele é o nosso pai receoso do triunfo e da liberdade dos filhos? Como não veríamos Júpiter, se ele é de certa maneira a providência divina, sempre disposta a sucumbir, mesmo incestuosamente, às atracções do amor? Estes deuses, na dialéctica camoniana, sem a qual Camões se não entende, são ao mesmo tempo as emanações do princípio divino que desce à terra, e são a nossa humanidade ascendida e divinizada. E é neste mesmo sentido que as referências a Cristo devem ser entendidas nos contextos camoneanos: ele é, supremamente, para Camões, o princípio divino que, como um fogo de vida, desce a encarnar-se humanamente, mas é também o homem, o herói humano que, pelo seu sacrifício, ascende ou regressa ao divino. E é este heroísmo do apostolado e do sacrifício o que, em toda a sua epopeia, Camões propõe continuamente pela referência ou pela narrativa. Até Inês de Castro, a grande matriarca do poema, ascende à glória épica pelo seu sacrifício de amor. Porque para o amor, para todas as formas de amor, Camões arranja sempre uma desculpa, um louvor, ou a suprema divindade, porque esse amor é, para ele, a todos os níveis, a realidade última, e a realidade sempre presente. Sem amor, não há heróis, nem há homens dignos desse nome. E amor, mesmo numa epopeia que transborda de feitos bélicos e de acções guerreiras, não existe sem uma infinita e total tolerância, um respeito pelos outros povos, as outras raças, as outras culturas, as outras religiões, ao ponto de, como já tenho chamado a atenção, o conceito de santidade ou a palavra santo se aplicar a todos, sem distinção alguma, cristãos, muçulmanos, brâmanes, etc., e até – não o esqueçamos – a uma ninfa que se deixa possuir, por bem requestada, na Ilha dos Amores. Este Camões de amor e tolerância permeia Os Lusíadas. Mas já se disse que, além e acima de tudo e todos, a principal personagem da epopeia é Camões ele-mesmo, não só como o autor, não só como o narrador, não só como o crítico severo e implacável de toda a corrupção e de toda a maldade, como o denunciador angustiado de uma decadência moral e cívica que ele via e sentia à sua volta, e o qual constantemente interrompe a narrativa para invectivar com o maior desassombro (lembremo-nos de que as ordens daquele D. Sebastião a quem o poema é dedicado, dirigidas aos seus imperiais governadores, chamando-os à virtude e à dignidade, não tinham de tom diverso senão a diferença que vai de uma carta oficial a uma poesia de génio). E há nisso de Camões ser central uma enorme e profunda verdade que é o Camões-homem e o Camões-poeta. Não só ele se colocou, nos seus cálculos arquitectónicos do poema, nessa posição, e assim se colocando, se apresenta como a culminação da aventura portuguesa que ele conta, como o herói que o é por ser quem transforma Portugal numa obra de arte, acima das contingências históricas e da mesquinhês humanas. O Camões que na epopeia espreita ou se mostra a cada momento, roubando mesmo alguma realidade estética a tudo e todos, nós conhecêmo-lo e entendêmo-lo de outro volante do políptico que é a sua obra: o grande poeta lírico que é também um grande pensador, e que, na obra lírica como na épica, se apresenta como resumo e epítome da humanidade mesma, e não só do povo português. Ele é o homem em si, aquele ser que se busca continuamente e ao amor que o projecta para dentro e para fora de si mesmo, e é, como Luís de Camões, o predestinado para ser, ao mesmo tempo, o poeta-herói supremo que realiza, isto é, torna real para a eternidade da poesia, a história de Portugal, e a embarca nos navios de Vasco da Gama para unir o Ocidente ao Oriente. Ao mesmo tempo, este poeta-herói-épico, e o poeta-homem, exemplo de ser-se português, em exílios e trabalhos, em sofrer incompreensões e injustiças , e – ao contrário do que sucede ou sucedeu a alguns – regressar com as mãos vazias, apenas rico de desilusões, de amarguras e do génio que havia posto numa das mais prodigiosas construções jamais criadas, desde que o mundo é mundo. E essa construção ele trazia, reunindo o Portugal disperso, para o que ele deixara a vida, como disse, pelo mundo em pedaços repartida. Ninguém como Camões nos representa a todos, repito, e em particular os emigrantes, um dos quais ele foi por muitos anos, ou os exilados, outro dos quais ele foi a vida inteira, mesmo na própria pátria, sonhando sempre com um mundo melhor, menos para si mesmo que para todos os outros. Ele, o homem universal por excelência, o português estrangeirado e esquecido na distância, o emigrante e o exilado, é em Os Lusíadas e na sua obra inteira, tão imensa e tão grande, a medida do mais universal dos portugueses e do mais português dos homens do universo. Ninguém, como ele desejou representar em si mesmo a humanidade, representar tão exactamente o próprio Portugal, no que Portugal possui de mais fulgurante, de mais nobre, de mais humano, de mais de tudo e todos, em todos os tempos e lugares. Ele é, como ninguém, o homem que viajou, viu e aprendeu. O homem que se sente moralmente no direito de verberar com tremenda intensidade, as desgraças de viver-se e os erros ou vícios da sociedade portuguesa. É o exilado físico de muitos anos mas é, como todos nós, e nisso tanto ou mais o somos que outros povos, o exilado moral, clamando por justiça, por tolerância, por dedicação à pátria, por espírito de sacrifício, por unidade nacional e universal, lá onde via que o homem é, como ele disse mais que uma vez, o “bicho da terra tão pequeno” contra o qual se encarniçam os poderes do mal.
Haverá ainda quem diga que esse homem cantou a expansão imperial, apesar de tudo, as conquistas imperiais do Oriente, e está portanto fora do nosso tempo e do nosso espaço históricos, e a sua epopeia ofende a consciência das Ásias e das Áfricas. Mas ele cantou a expansão portuguesa, na medida em que considerava que esta expansão era ou deveria ser a civilização ocidental levada a toda a parte, no que tinha de moralmente digno e de socialmente responsável. Ao escolher para assunto central da sua epopeia a viagem de Vasco da Gama, ele sabia perfeitamente que escolhia um momento decisivo da história universal; o encontro, para todo o sempre, para bem e para mal, da Europa com a Ásia, passando-se pela África. Momento decisivo dessa história do mundo, como eminentes historiadores insuspeitos de simpatias portuguesas ou imperialistas o têm proclamado e reconhecido. E, na verdade, esse encontro (e esse Império que, no tempo de Camões, com todos os erros e crimes, não era os impérios coloniais inventados pela Europa do século XIX, nem socio-moralmente inferior à desordem política existente então, como hoje, em toda a parte) simboliza aquilo mesmo que, mais tarde, nos nossos dias, veio a verificar-se. Porque as ideias de independência política e de justiça social pelas quais lutaram e ainda lutam os povos da Ásia e da África, e às quais se renderam os povos das Américas ao separar-se da velha Europa, não são as tradições tribais originárias por respeitáveis que sejam: são aquelas mesmas ideias que, geradas na Europa, da Europa se difundiram, tal como as naus do Gama partiram de Lisboa para uma das mais gloriosas viagens de todos os tempos. Isso Camões cantou: e vendo-o no seu tempo, e na visão do mundo que ele teve, sabemos que devemos relê-lo atentamente para saber, que ele, tão orgulhosamente português, entenderia todas as independências, se fosse em vida nosso contemporâneo como ele o é na obra que nos legou, para glória máxima de uma língua falada e escrita ou recordada em todos os continentes. O orgulho de ser-se alguma coisa, o inabalável sentimento de independência e de liberdade, disso ele falou, e sentiu como ninguém. É disso um mestre. Tudo existe na sua obra: o orgulho e a indignação, a tristeza e a alegria prodigiosa, a amargura e o gosto de brincar, e desejo de ser-se um puro espírito de tudo isento e a sensualidade mais desbragada, uma fé inteiramente pessoal, pensada e meditada como ele a queria e não como uma instituição, e a dúvida do predestinado que se sente todavia só e abandonado a si mesmo. Leiam-no e amem-no: na sua epopeia, nas suas líricas, no seu teatro tão importante, nas suas cartas tão descaradamente divertidas. E lendo-o e amando-o (poucos homens neste mundo tanto reclamaram amor em todos os níveis, e compreensão em todas as profundidades) – todos vós aprendereis a conhecer quem sois aqui e no largo mundo, agora e sempre, e com os olhos postos na claridade deslumbrante da liberdade e da justiça. Ignorar ou renegar Camões não é só renegar o Portugal a que pertencemos, tal como ele foi, gostemos ou não da história dele. É renegarmos a nossa mesma humanidade na mais alta e pura expressão que ela alguma vez assumiu. E esquecermos que Portugal como Camões, é a vida pelo mundo em pedaços repartida.

 

Paris, 3 de Junho de 1977.

* Corrigimos aqui um evidente lapso que aparece em todas as edições do texto impresso.

 

A Noite que fôra de Natal

De Antigas e Novas Andanças do Demónio

“Foi publicado pela Editora Estúdios Cor, como “brinde de natal” distribuído à crítica, aos seus clientes e amigos, em Dezembro de 1961, numa plaquete ilustrada com desenhos que seriam bons, se estivessem de acordo com o conto. […] Publicado o conto, e porque nesse tempo eu ainda não agredira as “viúvas de Aquilino Ribeiro”, teve ele boa recepção da crítica. Nem toda gente, é claro, sabia que Saulo de Tarso é São Paulo; e nem terá saboreado a alusão à morte de Pã, que provém, salvo erro, do De defectu oraculorum, de Plutarco; nem entendeu, que, influenciado eu há muito por um ensaio de Norman Douglas, em “Siren Land”, o imperador Tibério, me era simpático. Mas isso são questões de somenos importância… O que importa é que o conto agradou, principalmente a muitos que não perceberam, ou fingiram não perceber o que ia nele:  por exemplo, o escândalo de ser S. Paulo a aventar a hipótese, na conversa com o pagão, do adopcionismo (pela qual primitivos cristãos consideram Cristo elevado a Messias no momento em que Deus o teria escolhido, ou lhe dera uma consciência de sua missão), contra a qual foi precisamente o paulinismo quem fundou o dogma cristão”. JS. 

 

Se Deus desce em pessoa à humanidade é que abandona a morada que é a sua. Do mesmo passo, abala o universo. Alteremos do universo a mínima parcela, e todo o conjunto desaba.

Celso, cit. por Orígenes, in Contra Celsum

I

Era como se a noite, de negra, fosse apenas o estron-dear das vagas invisíveis no sopé da escarpa e a aragem fria que salina sentia na boca e nas narinas e, cortante, nas orelhas e na inserção dos caracóis da testa. Envolto no manto de lã, nada mais sentia; e os olhos, absortamente fitos na distância alta, além do parapeito, opaca e sem horizonte, não perscrutavam, apenas alongavam por ela dentro imagens que lhe enchiam a memória vaga.

— Marco Semprónio…

Voltou-se e só então ouviu, por sob o estrondo das vagas invisíveis, os passos arquejantes que haviam precedido o chamamento. No clarão indistinto que difuso vinha de entre as colunas do palácio, reconheceu a barba de Quintílio Vero; imagens da memória, refluindo também para os seus membros, deram-lhe a lembrança da barca, dos exercícios de natação pelas grutas, dos remos batendo na água transparente, e de um cadáver de escravo emanando de si, no azul do fundo, uma nuvem vermelha que se dissipava.

— Que é?

Quintílio Vero tentou ler-lhe no rosto a disposição de ouvi-lo. Mas havia, na inquietação que todo o agitava, uma decisão de falar.

— Os pescadores de Áqua Lívia, tu sabes. Marco Sem-prónio, os de Áqua Lívia — (e no tédio de Marco Semprónio desenhou-se a pequena praia com garotos saltando por entre o peixe que saltava também) —, quando dobravam o cabo, esta noite, ouviram…

— Ouviram o quê? — e a voz soou distante, distraída, timbrada da claridade dardejante da areia da pequena praia.

— Ouviram uma voz que gritava, não gritava, não, mas soluçava, uivava, era um rugido triste, dentro da noite, em cima do cabo, ou dentro dele…

Marco Semprónio, como que para precipitar as delongas narrativas, principiou a atravessar o terraço lajeado. Junto da estátua de Eros, que se erguia no sopé dos degraus da colunata, voltou-se, uma das sandálias no primeiro degrau.

Quintílio Vero, com o seu andar balanceante, aproxi-mou-se devagar. Marco Semprónio, olhando por sobre ele o negrume da noite além do parapeito, sorriu, torcendo os lábios.

— Marco Semprónio… eles ouviram uma voz que dizia… — e Quintílio Vero, esquecido das conveniências que se manifestaram num fugidio franzir do sobrolho de Marco Semprónio, sentou-se cabisbaixo no primeiro degrau, junto da sandália de cordões de ouro.

— Ouviram então uma voz. E que dizia a voz? — perguntou Marco Semprónio, fitando a nuca revolta do pescador.

Quintílio Vero torcia as mãos. Marco Semprónio começou a sentir uma leve agonia, como que um enjoo, e teve subitamente um frio que lhe lambia as pernas depiladas. Aconchegou-se no manto, e subiu as escadas.

A voz do outro chamou-o, quando roçava a coluna de mármore e o manto se pegava nos espinhos da roseira que a envolvia.

— Marco Semprónio… Avisa o Imperador… Eles ouviram dizer… era o cabo quem falava… que tinha morrido…

Marco Semprónio parou sem se voltar.

— Marco Semprónio, não me deixes com esta notícia. Nem digas ao Imperador que eu vim trazê-la. Eles ouviram dizer que morreu o Grande Deus Pã.

Marco Semprónio voltou-se, desceu os degraus até à estátua, encostou a cabeça às ancas de íEros e perguntou:

— O Grande Deus Pã?

Quintílio Vero não respondeu.

— Mas os deuses não morrem, Quintílio Vero, os deuses são imortais.

— Eu sei, Marco Semprónio; eu sei, que sou piedoso. Mas foi o que eles ouviram. E a voz uivava tanto, que deve ser verdade.

Marco Semprónio veio até junto do vulto agachado. Sob o manto, sem desagasalhar-se, tirou da bolsa moedas que tilintaram no lajedo.

— Vai, Quintílio Vero, e não repitas a ninguém essa história. E os pescadores de Áqua Lívia que a não repitam também, ou o Imperador os mandará matar por blasfemos.

E Marco Semprónio subiu os degraus e penetrou no palácio.

II

Na grande sala, iluminada por archotes fumarentos, Marco Semprónio passou devagar por entre os coxins dispersos, alçou cuidadosamente as pernas por sobre um escravo estendido e nu, que já devia estar morto, e reclinou-se, alargando o manto, ao lado do imperador. O olhar vagueou-lhe do rosto envelhecido do César para outro escravo também nu que, em frente deles, pendia, pelos pés, de um varão de ferro, com as pontas dos dedos a roçarem de leve o mármore do pavimento. Mais uma vez Marco Semprónio verificou que um corpo de homem, assim suspenso e exangue, tinha uma beleza estranha, que não teria noutras circunstâncias, por belo que fosse. E aquele era-o. As imagens que haviam flutuado na noite, além do parapeito, configuravam-se agora na recordação daquele corpo vivo, vigoroso, jovem, tão submisso e hábil, e que ele próprio cedera ao imperador. Apurando a vista, examinou-o minuciosamente, e deteve os olhos no pequeno golpe no pescoço, de onde, escorrendo em fio pela cabeça acima — sorriu da inversão dos termos que a suspensão impunha —, o sangue pingava escuro para uma bacia de prata entre as mãos pendidas. Um instante apenas, meditou em porque esquecera a bacia, a não vira quando se sentara, mas às mãos, mais nada. Por certo as mãos pareciam vivas, e é que estavam ainda vivas. Sentiu um saboroso arrepio, uma saudade antecipada e agradável daquelas mãos que morriam. Suspirou.

O imperador dormia, respirando tranquilo, ridiculamente descomposto, e no chão estava o punhal sujo de sangue. Marco Semprónio curvou-se, apanhou o punhal, limpou-o na túnica de Tibério, pousou-o novamente no chão, e levantou-se. Olhando de esguelha o imperador, bateu palmas. Dois escravos surgiram com uma pedra e uma corda, que amarraram aos pés do cadáver por cima do qual passara Marco Semprónio.

E, carregando-o, saíram para o terraço. Marco Semprónio aguardou, de pé, sem olhar o imperador, que eles voltassem, e fê-los desaparecer com um gesto.

Tornou a sentar-se, meio recostado. E divertiu-se a examinar o imperador, que, pelos fugidios brilhos que entrevia nos seus olhos semicerrados, agora fingia dormir. Como estava velho, cheio de refegos no pescoço e no corpo! Como parecia um sileno emagrecido e exausto! Como as rugas e as peles pendidas das faces pareciam com o seu peso esticar mais a pele do crânio, que brilhava suada sob o cabelo ralo! Como o nariz parecia uma tromba ou um sexo, e como o sexo parecia um nariz! Fingindo solicitude e carinho, desenvencilhou-se da sua capa, e com ela cobriu o imperador. Tibério abriu os olhos, sorriu-lhe, acomodou-se melhor sob a capa. Os lábios finos e descaídos, que pareciam esvaziados do que haviam sido de carnudos, entreabriram-se.

— Obrigado, Marco Semprónio. Que seria de mim sem os teus cuidados?

Marco Semprónio baixou modestamente os olhos, e disse: — Bem sabes, César, que a vida para mim não vale senão ao teu serviço.

— E não é fácil servir-me, não é fácil — e a voz tornou–se-lhe amarga para acrescentar: — Se até eu estou farto de servir-me! — e depois, com humor, continuou: — Mas também há quase setenta anos que me aturo e tu, Marco Semprónio, há dez apenas.

— É como se tivesse sido ontem.

— E é verdade, porque te estimo. Mas igualmente é verdade, porque, nesta ilha e neste palácio, tu e eu suprimimos o tempo. Graças a nós, o tempo não passa. Ou passa como as ondas sempre iguais e que são sempre outras com o mesmo mar. Não temos, nesta ilha, rios, Marco Semprónio. E os rios é que são o tempo que passa. Quando agora mandaste deitar ao mar o escravo cuja morte algum prazer me deu, tão pouco, eu claramente senti como aqui nem com a morte o tempo passa. Ou não passa precisamente porque é morte. Repara, Marco Semprónio, naquele sangue que pinga. É como se a vida se esgotasse na água que pinga na clepsidra, e a morte se esgotasse, e com ela o tempo, naquele sangue que escorre, gota a gota, de uma clepsidra humana que voltámos. Quando o sangue pulsa em nossas veias, ele é o tempo que passa. Quando escorre assim, é o tempo que fica.

— Mas, César, porque não abres as tuas veias, para que, com o teu sangue, o tempo acabe?

Os olhos de Tibério olharam ironicamente Marco Semprónio.

— Porque, se as abrisse ou mandasse abrir, eu seria igual àquele escravo que me deste. Seria alguém, um ser, um animal, a quem, como imperador, eu dava a morte. E a última coisa que eu desejo, Marco Semprónio, e por isso deixo que o Império se governe, é ser imperador de mim mesmo.

— Nunca deixaste de governar o Império, César.

— Não, na verdade nunca deixei. Mas não consigo governá-lo senão longe dele. Eu cansei-me de traições, de perfídias, de ambições, de lutas, das pompas imperiais, dos sacerdotes, da família, de tudo. No meio disso, eu não podia governar nem ser quem sou. Assim, nesta ilha, que é como se fosse no fim do mundo, eu sou para eles o Imperador, o imperador ideal, o imperador invisível, que os deixa fazer todo o mal que querem e todo o bem que desejam, em meu nome, e cujos decretos sagrados às vezes descem sobre eles como uma voz divina. Os meus decretos são como a chuva de ouro que fecundou Dánae. E a lenda das minhas crueldades e das minhas devassidões, aqui, ampliada pela ignorância e pela fantasia de cada um, que tem os limites da nossa, mas não tem a minha liberdade para executá-las, só me torna, cada vez mais, um deus temeroso e longínquo que vive na imaginação deles. Por minha parte, nunca me senti tão humano.

Novamente fitou, com fascinação entediada agora, a bacia onde o sangue coalhava espesso.

— Dizem os poetas, Marco Semprónio, que morrem jovens os que os deuses amam. Acreditas que eu amei esse escravo? Ele era belo, jovem, inteligente, sabias que ele era inteligente?, e está ali suspenso, esvaindo-se tão submissamente como um cordeiro que não entende porque é sacrificado pelo arúspice. Pois é verdade, eu amava-o muito; e quero crer que ele foi das poucas pessoas, admitindo-se que um escravo o é, que às vezes se esqueceu que eu era o Imperador. Provavelmente, os deuses amavam-no, porque os homens, qual sou, nunca acreditei que possam ser deuses.

— Foste então o instrumento do amor dos deuses, César Augusto.

— Fui, Marco Semprónio, e não em vão.

Marco Semprónio deitou-se para trás, de olhos fechados. Tibério sentou-se, e olhou-o. Sem abrir os olhos, Marco Semprónio perguntou: — Que foi que ele revelou antes de desfalecer?

— Que morria feliz, porque hoje nascera um deus. Não falou muito claramente, era um murmúrio indistinto, foi preciso que eu me ajoelhasse e encostasse o ouvido à boca dele. Já vou ficando surdo para escutar os oráculos.

Tibério levantou-se, acomodou pelos ombros o manto de Marco Semprónio, e aproximou-se do escravo suspenso. De leve, percorreu-lhe com uma das unhas o flanco, que estremeceu num arrepio.

— Marco Semprónio, ajuda-me a despendurá-lo.

O tribuno sentou-se, olhando surpresamente o imperador. Era tão raro aquilo.

—Ajuda-me a despendurá-lo, Marco Semprónio. Eu quero que ele viva.

Mais surpreso ainda, o outro levantou-se, e disse: — Mas, Tibério, se queres que um deus tenha nascido, é preciso que o deixes morrer.

O imperador não lhe respondeu. Então, ambos, erguendo o corpo inteiriçado e também, como por partes, flácido, tiraram do varão o gancho que havia na corda que lhe amarrava os pés, e conseguiram deitá-lo, cambaleantes, no leito próximo. Tibério, rasgando uma tira da túnica, fez-lhe uma ligadura no pescoço. Marco Semprónio seguia os movimentos do imperador: pegar numa ânfora, deitar numa taça um pouco de vinho, vertê-lo na boca entreaberta, debruçar-se para os olhos esbugalhados e vítreos.

— Marco Semprónio…

Este inclinou-se para o escravo, afastou Tibério com um gesto e, curvando-se, auscultou o peito imóvel e rígido. Depois, foi a uma mesa próxima e trouxe um espelho de metal polido, que chegou à boca entreaberta e que examinou.

— César Augusto, ele está morto.

III

Marco Semprónio recordou os imperadores que a todos tinha conhecido de perto: o grande Tibério, que lembrava com saudade; Calígula, que se imaginara poder ser Tibério; Cláudio, que tremia de ser imperador, e este petulante de agora, cuja vida (era evidente, pois que até ele, Marco Semprónio, conspirava) devia estar por um fio. Na sua «vila», contemplando os netos que brincavam à sombra das parreiras, vigiados por um escravo idoso (como sabia histórias, como era músico, que lições de retórica não dava ele às crianças!), Marco Semprónio não se queixava (ah, não) da vida. Queixava-se, sim, das dores que o não largavam, nem naquela secura tranquila das encostas floridas. A esposa morrera (o túmulo, que mandara fazer-lhe, era umas das curiosidades mais admiradas na Via Apia), as filhas haviam casado (eram de uma delas os pequenos), os dois filhos viviam longe, na Bitínia um, na Tarraconense o outro, ambos magistrados, ambos casados e felizes. As suas comunicações científicas sobre a rigidez dos corpos, e a distribuição dos humores sanguíneos, haviam-lhe granjeado o respeito dos sábios do Império, que todos conheciam as possibilidades que tivera de fazer experiências. Igualmente estimada era a sua «Apologia de Tibério», de que Nero mandara fazer uma edição especial para ser distribuída aos funcionários (coitado, convencido de que, por comparação, se justificaria).

Sentado no banco de pedra ao pé do lago, Marco Semprónio olhava o poente que avermelhava as folhas das parreiras, e punha nos cachos, quase maduros, laivos purpuríneos. Olhando o poente, os risos das crianças eram-lhe uma música suave sublinhando o fim da tarde, com os gritos longínquos dos pastores, os balidos das ovelhas, os chocalhos, as conversas dos escravos no pátio da cozinha.

Pela álea areada, um escravo vinha correndo em direcção a ele. Era o ibero que o filho lhe mandara. Marco Sem-prónio sentiu um baque, um mal-estar, uma angústia, uma curiosidade receosa. Nero teria caído? Tê-lo-ia envolvido numa das conspirações que descobria todos os dias? Ou chamava-o, mais uma vez, para aconselhá-lo na perseguição àquela seita absurda que fazia todas as provocações necessárias para ser perseguida e clandestina?

Marco Semprónio olhou o seu jovem secretário, em quem tinha (não é verdade que tinha?) a maior confiança, a ponto de perdoar-lhe inúmeras faltas, caprichos, grosserias. Átis (era o nome que lhe pusera) parou junto dele, e disse:

— Marco Semprónio, está ali um homem à tua procura, que diz ser um velho amigo teu, mas nunca o vi. Pede para falar-te.

Marco Semprónio achou que, como sempre, Átis dramatizava para dar-se importância.

— Os meus amigos velhos já morreram todos — e sorria.

— De onde é que ele me conhece? Ele disse?

— Da Judeia e da Síria. Diz que tu e ele eram amigos, quando foste o pretor de Antioquia.

— Antioquia? — e Marco Semprónio levantou-se, aprumando com esforço a elegância que era ainda a sua. — Átis, como é ele? Um homem alto, moreno, de barba negra, olhos de fogo, que não é capaz de estar quieto?

— É alto e moreno, e tem olhos de fogo. Mas a barba é grisalha, e nunca vi ninguém tão sereno a não ser meu amo Marco Semprónio.

Este, dando uma palmada no ombro de Átis, declarou:

— Só pode ser o Saulo. Manda entrar.

— Para onde? Para aqui?

— Para a biblioteca. E serve-lhe, enquanto me preparo, daquele Salerno especial. Como ele gostava de Salerno!

E, seguindo Átis que corria, Marco Semprónio, apoiado ao seu bastão, caminhou para casa. Momentos depois, lavado e perfumado, com roupas impecáveis de brancura, assomava à porta da biblioteca e, alçando cuidadosamente as pernas, para não tropeçar numa série de livros que, espalhados no chão, eram o sinal da sua vida estudiosa, aproximou-se do vulto que, de costas, examinava um rolo retirado da prateleira dos poetas.

Marco Semprónio parou e disse: — Tens o mesmo faro de sempre — e já o vulto se voltava, súbito, de papiro na mão, e avançavam, de braços estendidos, um para o outro, quando concluiu: — É um manuscrito grego. — E abraçavam–se, com certa efusão convencional, quando explicou: — São poemas atribuídos a Platão, mas creio que são falsos.

Ficaram depois frente a frente, observando-se mutuamente. E o outro, com voz suave e firme, disse:

— Toda a filosofia é falsa, Marco Semprónio.

Sentaram-se ambos, a um gesto de Marco Semprónio,

e o outro pousou na mesa, onde um jarro e taças brilhavam, o rolo de papiro.

—: Há quantos anos! Que fazes tu em Roma? — perguntou Marco Semprónio. —Nunca mais soube de ti… Que tens feito?

— Nada do que devia. Mas estou em Roma para servir a causa da justiça e da liberdade.

— (Nero é um monstro, com efeito. Não imaginei, porém, que fosse preciso vir da Síria conspirar em Roma, Saulo… Aqui, o mal é precisamente haver conspiradores de mais.

¦— Bem sei, mas para nós a situação é muito grave. E foi por isso que te procurei, em risco de comprometer-te e com-prometer-me.

— Porquê?

— Porque eu sou, Marco Semprónio, pela vontade do Senhor, um dos chefes desses cristãos que tu persegues.

Marco Semprónio olhou-o, estupefacto: — Tu, Saulo?

— Eu.

— Como é possível? Mas há cristãos da tua categoria? E, quando alguém da tua categoria se torna cristão, consegue ser cristão de categoria?

— A minha categoria não era, e não é, nenhuma, Marco Semprónio.

— Mas tu rias deles, Saulo, que eu recordo.

— Ria. Acontece, porém, que eu não sabia o que fazia, e crucificava todos os dias o Senhor em mim mesmo.

Marco Semprónio calou-se, e um silêncio se demorou na biblioteca, durante o qual se ouviram, abafados, no crepúsculo que punha sombras pelos cantos, os ruídos domésticos da «vila». Foi Saulo quem o quebrou.

— Marco Semprónio, é preciso que a perseguição acabe.

— Qual perseguição? Sabes bem que os teus amigos tentaram incendiar Roma. Foste tu quem ordenou?

— Não fui. Cheguei por isso mesmo. Foi um erro monstruoso que é preciso corrigir. Há sempre quem suponha, na sua paixão, que destruir Roma, a devassa Roma, a pecadora Roma, é dar testemunho dos desígnios de Deus. Mas só uma Roma devassa e pecadora deve ser destruída pela oração e a humildade: a que corrói os nossos corações. Eu nunca falei de outra. E quando vós, romanos de Roma, os perseguis, apenas suscitais um amor do martírio, que, um dia, será amor da perseguição. O meu mestre disse: «Amai-vos uns aos outros.» É no amor que o Senhor nos conhece e o conhecemos. Venho pedir-te que uses da tua influência, que é grande, para sustar, no começo, esta cadeia de erros. Para que Roma não seja os Neros que a governam, nem os cristãos venham a ser os Neros que hão-de governá-la.

Marco Semprónio ficou pensativo, e depois fitou o rosto moreno, de nariz fino e longo, as barbas grisalhas e, por fim, os olhos com aquela ardência de sempre: — Mas, Saulo, eu não tenho, esta é a verdade, influência alguma. Neste momento, ninguém a tem. E não creio, desculpa que te diga, que alguma vez os cristãos governem Roma.

— Hão-de governar o mundo, Marco Semprónio. E hão–de até fazê-lo maior, além das Hespérides, para maior glória de Deus.

— Estou a lembrar-me das nossas conversas de Antioquia. Do entusiasmo com que discutias, pela noite dentro. Saulo, tu transferiste para a religião o teu entusiasmo apaixonado. Naquele tempo, todas as filosofias te eram verdadeiras, quando eu achava que nenhuma o era. E hoje, quando eu acho que só a filosofia pode ser verdade, ah, uma filosofia que eu nem mesmo sei o que seja, tu achas que nenhuma o pode ser e que os cristãos hão-de governar o mundo… Quem sabe o que os fados nos reservam? Mas Roma é tão dura, Saulo, que nem nós veremos, nem os nossos netos, uma tal coisa.

— Mas, se tens netos, Marco Semprónio, pensa neles.

— Se eu pensar muito neles, Saulo, são eles quem não pensará em mim. Mas que queres tu que eu faça? Que posso fazer por ti, apenas por ti, já que os teus cristãos, segundo entendo, se não contentam com ser teus?

— Nem têm que contentar. É sozinhos que os homens se salvam ou se perdem. Deus não lhes dá mais do que uma alma, e o seu infinito amor, e os preceitos que devem entender com o coração. Sempre insisti nisso em tudo quanto escrevo.

—São teus esses escritos que por aí circulam, anunciando a chegada próxima do reino de Deus? E contando histórias de milagres?

— Nem todos. E só porque o Espírito sopra onde Ele quer é que eu não sei dizer-te, nem quereria, quais serão os meus.

Marco Semprónio sorriu: —Alguma coisa te ficou, bem que eu dizia, de quando eras filósofo. Mas que pensaste que eu poderia fazer? E, repito, que eu, se puder fazer, o que não creio, só farei por ti, em nome da nossa velha amizade.

Tornou a fitar nos olhos luminosos e profundos o interlocutor, e uma perturbação o percorreu.

— Que eu não sei se podes ser o mesmo amigo. Deves ter ouvido, a meu respeito, horrores. Em Antioquia a minha fama precedera-me. Se mudei muito, se ninguém lembra já o que mais de quarenta anos de Império tornou vulgar, não menos devo ser, para ti, uma dessas Romãs corruptas, um desses corações que não há incêndio que purifique.

— Como te enganas, Marco Semprónio! Tu não conheces a infinita caridade do Senhor, o poder que ele tem sobre a ^Natureza. Nenhum homem pode gabar-se de não ser inestimável aos olhos de Deus. E tu próprio, só porque falaste, acabaste de confessar isso mesmo.

Marco Semprónio franziu o sobrolho, e soltou uma leve gargalhada, pousando com firmeza divertida as mãos nos pontiagudos joelhos.

— Saulo, a melhor maneira de que eu possa ser-te útil não é começar por converter-me.

O outro levantou-se, e deu uns passos pela sala, remexeu nas estantes e, cruzando os braços, encostado a uma, olhou Marco Semprónio e disse: — Nem tenciono. De resto, não te esqueças, nós só procuramos aquilo que, no fundo dos nossos corações, já havíamos encontrado.

Marco Semprónio tossiu secamente.

— Saulo, vou dizer-te uma coisa. Tu falaste do poder do teu Deus sobre a Natureza. Quero crer que o teu Deus se parece com a essência divina dos alexandrinos que estimavas tanto. Mas não importa. Além de que os teus cristãos, na maior parte escravos de todos os cantos do Império, não devem, como tu eras, ser entendidos em alexandrinismos. Sabes que, vai para quarenta anos ou mais, eu era, em seu exílio voluntário, o companheiro fiel do imperador Tibério, que os deuses tenham na sua santa glória. Certa noite, e eu nunca contei isto a ninguém, nem mesmo, nessa ocasião, a Tibério, um pescador veio dizer-me que outros pescadores haviam ouvido, dentro da noite, uma voz que anunciava a morte do deus Pã. Ao imperador, um escravo muito amado, que se esvaía em sangue, anunciara, antes de morrer, oh, eram experiências que nós fazíamos, que morria feliz porque nascera um deus. Ambos os factos sucederam na mesma noite, uma noite cerrada em que nada se via. Eu não acredito em portentos. Achas que as duas coisas se relacionam? Quando foi que nasceu esse homem que os cristãos consideram Deus, um deus mortal?

— Dizes que isso foi há quarenta anos. Nessa altura deve .Ele ter começado a pregar a Palavra de seu Pai. Não me parece que tal noite coincida, pois, com o nascimento dele, mais de vinte anos antes, nem com a sua morte na cruz, alguns anos mais tarde.

— Tibério, depois, mandou fazer inquirições secretas por todo o Império. A história da morte de Pã foi recolhida nos pontos mais distantes. A do nascimento de um deus não foi. Ou não o foi, por maior excesso ainda, já que, para toda a gente, se lhes perguntarmos, há sempre um deus que está nascendo. Será que aquele escravo era cristão? Era tão moço, viera para Roma quase criança, tu dizes que o teu Mestre começou a pregar nessa época, não é possível.

Saulo desencostou-se da estante, veio até Marco Semprónio, parou diante dele, que levantou os olhos papudos e vazios.

— Marco Semprónio, tu sempre meditaste nisso ou foi agora, ao falares comigo, que te lembraste?

— Na verdade, não sei.

— Porque é possível.

— Possível?

— Sim. Imagina que foi nessa hora que Ele reconheceu em si a sua missão, e sentiu em si mesmo que era filho de Deus e o próprio Deus. Não foi, portanto, nessa hora que o meu divino Mestre nasceu de novo, pela segunda vez, na plena integridade do seu Ser? E no momento em que Deus, Ele e a Palavra se tornaram um só, uno e indivisível, na sua consciência, não foi que o deus Pã morreu?

Quase se não viam um ao outro. E ficaram ambos silenciosos e imóveis, até que um escravo entrou com uma candeia que pousou na mesa. O jarro brilhou. O escravo, tão suavemente como entrara, saiu.

Marco Semprónio levantou-se e perguntou: — Voltas para Roma esta noite? Ficas para cear comigo?

Saulo respondeu: — Volto.

— Ao menos bebeste desse vinho de Salerno, que mandei servir-te? Tu gostavas muito de Salerno.

— Não bebi.

— Então bebamos juntos uma taça.

Foi à mesa, encheu duas taças, uma das quais estendeu a Saulo. Este pegou-lhe, e ambos, de taças em punho, eram iluminados amareladamente pela candeia.

Saulo disse: —Sabes, Marco Semprónio, que o vinho santificado é o sangue do meu Mestre?

Marco Semprónio pensou: «Tibério bebia o sangue dos escravos», mas respondeu apenas: — Não, não sabia. — E levantou a taça: —Para que os deuses, todos os deuses, nos sejam propícios.

— Para que o Senhor te proteja.

Beberam e pousaram as taças.

— Saulo, eu na verdade não tenho influência alguma. Mas farei o que puder.

Foram caminhando para a porta, tropeçaram nos rolos que estavam no chão.

— Saulo, se fores preso, não deixarei que te torturem, que te crucifiquem. Tu, afinal, és um cidadão romano. Só podem decapitar-te.

— Eu nunca invocaria, para tanto, a minha condição de cidadão romano, que meu Mestre não foi, porque não sou mais do que Ele, na minha pequenez humana. Mas agradeço-te, porque, último dos seus discípulos, não sou digno da cruz em que Ele morreu.

— Não terei influência para mais.

— É muito já. É tudo. Deus te abençoe.

Marco Semprónio não o viu sair.

 

Araraquara, Dezembro de 1961.

In: Antigas e Novas Andanças do Demónio, 4a.ed., Lisboa: Ed. 70, 1984. pp. 135-148.

(As informações aqui fragmentariamente reproduzidas como introdução encontram-se nas “Notas” finais ao livro.)

 

Leia mais:

Outras Metamorfoses

A Metamorfose, seja como termo, como conceito de transformação em processo, ou como exercício ecfrástico de diálogo com outras artes, não se restringe na poesia de Jorge de Sena apenas aos volumes de Metamorfoses e Arte de Música. Como já deixamos anteriormente registrado, nos Verbetes para um modo de ler as Metamorfoses de Jorge de Sena, “é o próprio Jorge de Sena quem relembra a seus leitores sua primeira incursão pelo diálogo da poesia com as artes plásticas. Diz ele: “De longa data me interessou uma repercussão poética das outras artes. […] Na minha coletânea, Pedra Filosofal, publicada em 1950, mas reunindo poemas de anos anteriores, há uma sequência de três pequenas líricas – Primitivos – que, comentando “Uma Anunciação”, “O Patinir das Janelas Verdes” e “Bonnard”, antecipa, a uma escala miniatural, os poemas longos sobre objetos pictóricos, escultóricos, ou afins, que constituem estas Metamorfoses” (Sena:151). Em direção oposta, recorde-se que depois das Metamorfoses, Sena publicou vários poemas que poderiam integrar a coletânea, como, por exemplo, “Chartres ou as pazes com a Europa” (Peregrinatio ad loca infecta), “Piazza Navona e Bernini” (Exorcismos), “O Hermafrodito do Museu do Prado” (Conheço o Sal…).” 

Apresentamos então, uma breve antologia com algumas dessas “outras metamorfoses”(ou talvez “off-metamorfoses”).

 

Metamorfose – (Coroa da Terra, Poesia I)
Primitivos (I, II, II) — (Pedra Filosofal, Poesia I)
Vila Adriana — (Peregrinatio ad Loca Infecta, Poesia III)
Piazza Navona e Bernini — (Exorcismos, Poesia III)
O Hermafrodito do Museu do Prado — (Conheço o Sal…, Poesia III)
Narciso – (Conheço o Sal…, Poesia III)

 

 

Metamorfose

Para a minha alma eu queria uma torre como esta,
assim alta,
assim de névoa acompanhando o rio.

Estou tão longe da margem que as pessoas passam
e as luzes se reflectem na água.

E, contudo, a margem não pertence ao rio
nem o rio está em mim como a torre estaria
se eu a soubesse ter…
uma luz desce o rio
gente passa e não sabe
que eu quero uma torre tão alta que as aves não passem
as nuvens não passem
tão alta tão alta
que a solidão possa tornar-se humana.

25/10/42

 

Primitivos

I – (Uma Anunciação)

Que música sabeis de mensageiros,
de alados, silenciosos tocadores,
curvados sobre a expectativa
ansiosa, fervorosa – ao fundo,
nuvens esbranquiçadamente azuis,
um pórtico, palmeiras, prados,
animais que passam, gente que trabalha.

E quem junto de nós, no limiar,
pôs numa jarra flores?
Vós, a quem pergunto
que música sabeis?

31/10/49

 

II – (O Patinir das Janelas Verdes)

Imenso o bosque verde, e o céu azul
imenso.
Corre sereno um rio. O ar dourado
estaca.
Sobre o pequeno prado resplandece
um manto.
Vermelho, roxo, alaranjado – um manto.

31/10/49

 

III – (Bonnard)

(a Miguel Barrias)

Montanhas de arvoredo na distância,
e casas de paredes velhas, frustes,
telhados curvos do voar dos anos,
uma fita de estrada entrecortada,
nem luz nem sombra, nem volume ou forma:
de vós o olhar, qual o tempo e a chuva,
só cores destila.
Do imo sobem a experiência e a amargura.
Condensa-se do ar a expectativa pura.
A vós só cores convergem os sentidos
– só cores, não uma, não esta sobre aquela,
mas esta, aquela, todas,
presença fervorosa em gradações conjuntas:
a vossa idade calma de existir,
de estar pousado sobre a terra humana
como coisa alada que repousa.

19/2/50

 

 

Vila Adriana

De súbito, entre as casas rústicas, e a estrada,
e o monte agreste e Tivoli, o invisível
oásis gigantesco.
Ao sol que passa
um arvoredo esparso, os campos verdes e
paredes, termas, anfiteatros, lagos,
e a paz serena e longa do Canopo
onde como antes cisnes vogam.

Palácio, o império em miniatura,
e sobretudo a solidão povoada
de guardas, secretários, servidores,
e gladiadores, e de uma sombra hercúlea,
ao mesmo tempo ténue e flexível,
e em cuja fronte os caracóis se enredam.

Neste silêncio em ruína, as sombras descem frias.
Mas para sempre o Imperador está vivo,
e o sonho imenso de um poder tranquilo
em que até mesmo escravos fossem livres
e as almas fossem corpos só tementes
de não salvar na vida o ser-se belo e jovem.

 7/5/1969

 

 

Piazza Navona e Bernini

Palácios com aquele ar que em Roma
descasca de velhice o mais moderno prédio.
E a fonte de Bernini. Essa água toda
de que ele tinha em Roma o monopólio.
Mas noutra parte a colunata ascende.
E Santa Teresa, ante a seta do anjo,
vem-se de penetrada em vôo de pintelhos
que o hábito lhe roçam esvoaçante
num pélvico bater que a estoura de infinito.

Chambéry, 27/7/1971

 

 

O Hermafrodito do Museu do Prado

Do deus que as almas aos infernos leva
e a toda a parte o que se compra e vende,
e da que, deusa, por amor da morte
aos altos céus o espírito conduz
ou corpos incendeia contorcidos
pelo desejo de só carne serem,
o filho és tu e mais que o filho a forma
do jovem deus teu pai porém quebrada
em gestos ondulados como se
tiveras seios e ancas invisíveis
qual é da carne a tua mãe a imagem.
Quanto ele viril penetra, tu penetras
com igual membro tenso ardente e duro
de que te pendem fluidas iguais bolas.
Ou quanto ela é uma fêmea em sua boca
e no outro extremo desta é o estrangulado
e obscuro porto às fezes penetrado
serás quando te entregas dorso e ventre
ao que te imita a frente varonil.
Hermafrodito – com teu leite geras
almas e corpos de mulheres e de homens,
mas em teu seio intestinal não tens
cavernas que se selem recebendo-o
para que almas e corpos lá germinem.
E se a teu dorso for fiel teu membro
o leite que ele projecta nada gera
senão nas almas corpos como o teu:
amor comércio inferno e a doce imagem
do jovem deus que dorme reclinado
sonhos de morte humana e de possuir-se
o deus que nos possui além dos astros
lá onde o Nada se revela Ele mesmo.

Madrid, 18/1/1973

 

 

Narciso

De n’água contemplar-se onde se vê Narciso
se inclina sobre si para beijar-se e a imagem
avança em lábios trémulos que o respirar
ansioso escrespa o espelho prestes a partir-se.

Não foi de contemplar-se ou de a si mesmo amar-se
que em limos se fundiu com sua imagem vácua
mas de não ter sabido quando não de olhar
nem só de húmidos beijos se perfaz o amor.

9/7/1970  

 

Leia mais:

Dedicatórias a seus contemporâneos

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Não são poucos os poemas que Jorge de Sena dedicou aos amigos, ao longo de seus vários livros. Já aqui transcrevemos alguns, como os magníficos “A morte, o espaço, a eternidade“, “À memória de Adolfo Casais Monteiro” e “Eleonora de Toledo“. Ampliando o leque dessas ofertas aos seus contemporâneos, selecionamos mais outros, em vários tons, dedicados àquelas fiéis amizades de toda a vida: Casais, Sophia, Eugénio, Cinatti, José Blanc, França, Quadros… 

 

 

 

Posse

(a Adolfo Casais Monteiro)

Passaram pelos meus ombros longínquos as gaivotas negras
da esperança do poente erguido na extremidade do molhe
que as ondas adoram,
ou mansas ou duras com o amor ansioso
de atingir e penetrar o deus que sentem mesmo
sobre aquela fronteira da morte conquistada,
rolando a própria carne em volta dos pedaços,
quebraram-no, quebraram-no,
e aqui chegam os cadáveres
alheios ao mar
e erguem os olhos para a profundidade perdida
e entrevista ao voltear da queda
ao sufocar da espuma
e volteiam agora e lá está a outra profundidade
no poente erguido.
Rochas talhadas, nuvens vermelhas,
nunca mais
ferrugem sobre a areia
sobre a água
sobre o rombo que, aberto, não conheceu vazio.
Mas vêm gritos da alegria nova
de pairar ao rumo das camadas,
de obedecer apenas cautelosamente
e ver de cima
os mastros cheios de saudade do ar.
E a terra em fuga
e maiores gritos dentro da alegria suprema de descer…
Que a dor do corpo à morte é alegria suprema,
dor da nossa virgindade perante a morte em peso,
não dói a terra em fuga
areia de crepúsculo
areia de esperança
areia luminosa do abraço puro
de aquém
de além
rechina o Sol nas águas,
pousa na ponte erguida,
voam contra ele as últimas gaivotas,
são já verdes por baixo!…
A dor!… A dor… Ouçam-na inteiros!
E uma única onda há-de quebrar tranquila.

16/11/40

 

Caverna

(ao José Blanc de Portugal)

Tanta coragem, meu Deus, em perguntar por dúvida,
não vão os meus actos, amanhã pensados,
ser resposta,
vertigem à beira de um poço mais estreito que largo,
de Te querer tão puro e longe
isento do meu mundo.

Este pavor, meu Deus, de Te purificar em excesso,
de me afastar demais
para que não me compreendas ao dizer-Te o Nome…
Eu tiro-Te tudo, tudo, se principio a odiar-me!

Este pavor, meu Deus,
de Te reduzir ao som, à música das quatro letras;
e anda no tremer do ar,
quando o Teu Nome circula
e o ar não treme para as coisas,
fica afastamento
que não a força da Entrada em nós.

Chega o silêncio
passa uma aragem,
as árvores enchem-se de intervalos de nuvens,
– e eu assistindo completo ao ar em movimento!…
Este pavor, meu Deus, de Te confundir com o vento!

De Ti,
só o meu reflexo é irreparável.

19/6/41

 

“Era tão doce uma verdade…”

(a José Augusto França)

Era tão doce uma verdade entressonhada!

Mas quando, em torno dela, já verdade,
as outras vinham como pétalas
e pouco a pouco eram, também pétalas
de outras flores que também eram verdade
mas não entressonhada,
e uma rede florida se estendia
sobre o jardim ansioso da memória,
como era amargo entressonhar verdades!

Na teia tão florida os olhos se perdiam…
Da terra, um vago cheiro a coisa oculta…
E,
mergulhar no oculto,
ou desfolhar a teia?

16/8/48

 

A Sophia de Mello Breyner Andresen enviando-lhe um exemplar de Pedra Filosofal

Filhos e versos, como os dás ao mundo?
Como na praia te conversam sombras de corais?
Como de angústia anoitecer profundo?
Como quem se reparte?
Como quem pode matar-te?
Ou como quem a ti não volta mais?

15/12/1950

 

Para o aniversário do Poeta

(ao Ruy Cinatti)

Não passam, Poeta, os anos sobre ti,
embora sejas mais mortal que os mais:
no tempo, viverás longe daqui,
no espaço, apenas deixarás sinais.

E quando, pelos campos silenciosos,
lá te encontrarás nas ondas dos trigais,
repara como fogem receosos,
para o poente, os ventos luminosos
— antes que os homens nasçam teus iguais.

7/3/44

 

Dupla Glosa

(Para o  Ruy Cinatti, em Timor, pelo seu aniversário, em 1952)

“Não passam, Poeta, os anos sobre ti”
– eis o que em tempos uma vez te disse.

Não é bem verdade; passam sobre ti
como por sobre os seres que perecem.
Apenas sempre tu soubeste como
se vive no intervalo entre os instantes.

Os anos passam: mas, desta passagem,
a permanente essência em nós se cumpre,
que para testemunho só nascemos.

Mas de que falas tu? De ti? Do mundo?
Ou do intervalo em que te aceitas outro,
precisamente quando mais te julgam tu?

A pouco e pouco, nascerás de tudo.
Tu próprio, todavia, não disseste que
“anoitecendo a vida recomeça”?

3/3/1952

 

A Eugénio de Andrade, por «Véspera da Água»

Esta água vesperal que sobe em ti
e escorre em regos por areias campos
de verde negro crespas cabeleiras
levando flores vai e estrias brancas
do que tão chamas cal no ardor de tê-las.

Rumor de secos ramos e de olhares,
visões que os dedos têm tocando os troncos
e os caules duros por momentos longos.
correndo vai essa água transportando-os
a um mar que ondas recurva silenciosas.

Descendo pelo tempo que o desejo
anseia seja uma demora tensa
ante um passado a dissolver-se agudo –
essa água véspera de ser-se é tarde
pousando na paisagem das palavras.

Silêncio de só gestos que elas dizem
menos que dizem lembram ou contentam
na solidão sem rosto da nudez –
esta água corre escorre pedra em pedras
e sobe em ti como ervas sobre a terra
em que ninguém nos fita ou já nos vê.

28/1/1974

 

Epístola a Grabato e Quadros

António Quadros,senhor meu, chegou-
-me, nesta desconversa de correios
distantes tanto pelo globo e os fados
que acaso nos retardam as missivas,
a vossa mui prezada e laurentina,
sem data como cumpre a eternas prosas,
mas carimbada a treze deste mês.
Trocou-se ela coás décimas solenes
de minha fraca inspiração mandadas
em como que resposta áquela carta
grabática qual esta mas em verso
de suplicante pelas sacanagens
quibiricófilas e prefaciais
entanto enviadas por vosso amigo
enlanguescendo em praias do Pacífico,
roído de saudades africanas,
enquanto o sol se esfria o só bastante
a que de corpos elas se esvaziem,
qual não mais acontece em Califórnias,
se o Inverno se aproxima,como agora.
Grabato ou Quadros ou Grabatus Frei,
e não de quadras mas de oitava e quadro,
nenhuma gratidão vós me deveis.
Naquela minha prosa, tudo fiz
para provar-se o que não é de prova:
quem foi que algo escreveu, mesmo assinado,
quando possesso de altas Musas ou,
como é segredo, elas se alongam diante
o que se chama de fraqueza humana
e se não fora duro as não honrara.
Qual haveis visto em vossa tripla vista
de poeta de hoje e de ontem que é pintor
por símbolos e monstros minuciosos,
ninguém citei ou nada( quase nada)
que realmente exista. Assim se fritam,
em seu azeite mesmo, as sábias bestas.
No centenário da epopeia que
cavalos da instrução pensam ter sido
feita “a Bem da Nação” como de ofício
a prosa de Excelências se termina,
igual paixão usei nesse delírio
de pura fantasia vingadora,
qual a que punha no prefácio sábio
para a edição dos comentários que,
tão louco como nós, Faria e Sousa,
há trezentos e trinta e três anos,
publicou ao poema dos “lusíadas”.
Pensava a gente oficial comprar-me
com ser fingidamente proclamado
crítico-mor do nosso amigo Luís?
Para sacana só sacana e meio,
ao que dizia Sócrates bebendo
esta cicuta amarga que nos servem
só gota a gota de tarracha para
não de veneno mas de nós morrermos.
E assim, António, se lhes dou nas fuças
a ciência toda de que arrotam vácuos,
nos cuses rebolados lhes assesto
o pontapé que as fuças reclamavam.
A vós, Senhor de Quadros, vos sou grato
e temo apenas que as gorgonas pátrias
se quedem no prefácio furibundas,
e não penetrem pela poesia adentro
que não é de piada mas daquela
trágica farsa que em poesia agora
é quanto em grave troça nos compete
imaginar poesia neste mundo
tão torpe e tão vil, que as rosas e os encantos
são de deixar-se às putas rimadoras,
e às que, menos que putas, se deslaçam
em verso livre, ou se contraem tanto,
que menos que biputas são concretas.
Concreta é só a porra que nos roubam.
Lembrai-me, senhor meu, ao Quenofílico
de tanta minha estima, e ao Mafalalo
sobrequem vou escrever galante prosa.(1)
E ao que Lisboa tem no nome e não
na força com que urze asnos benditos,
de Nixon e de Mao dilectos filhos.
E a todos por aí, como é devido.
Deste palácio vosso em Santa Bárbara
(aposentada santa dos trovões)
de Califórnia, Outubro o dezanove,
JORGE DE SENA vos saúda e firma.

19/10/1972

(1) Quenofílico = Rui Knopfli; Mafalala = José Craveirinha, que vivia nesse subúrbio de Lourenço Marques; Lisboa = Eugénio Lisboa.

 

Arte romana e florentina em Metamorfoses

A arte da Península Itálica “inspira” três dos poemas de Metamorfoses: a delicada escultura da antiguidade romana, do séc. II, encontrada nas escavações arqueológicas de Milreu, Portugal, e duas peças magistrais do Renascimento florentino, de Piero de Cosimo (1461(?)-1521) e de Bronzino (1503-1572), ambas atualmente em Londres. Esta última — o paradigmático retrato de Eleonora di Toledo, Granduchessa di Toscana — motiva o poema dedicado ao amigo Murilo Mendes, fino cultor de muitas artes, que, depois de longamente lecionar Cultura Brasileira na Universidade de Roma, veio a falecer em Portugal. Datado de 1959, somente na carta que aqui transcrevemos, de 1963, Jorge de Sena o envia ao amigo, com estas palavras: “Porque pode ter interesse italiano […], junto lhe mando o poema da Eleonora de Toledo, em que procuro retratar o ‘maneirismo’ como época histórica, sem me afastar da figura da mulher de Cosme de Médicis, como a viu o Bronzino”.

 

 

 

Cabecinha Romana de Milreu

Esta cabeça evanescente e aguda,
tão doce no seu ar decapitado,
do Império portentoso nada tem:
nos seus olhos vazios não se cruzam línguas,
na sua boca as legiões não marcham,
na curva do nariz não há os povos
que foram massacrados e traídos.
É uma doçura que contempla a vida,
sabendo como, se possível, deve
ao pensamento dar certa loucura,
perdendo um pouco, e por instantes só,
a firme frieza da razão tranquila.
É uma virtude sonhadora: o escravo
que a possuía às horas da tristeza
de haver um corpo, a penetrou jamais
além de onde atingia; e quanto ao esposo,
se acaso a fecundou, não pensou nunca
em desviar sobre el’ tão longo olhar.
Viveu, morreu, entre colunas, homens,
prados e rios, sombras e colheitas,
e teatros e vindimas, como deusa.
Apenas o não era: o vasto império
que os deuses todos tornou seus, não tinha
um rosto para os deuses. E os humanos,
para que os deuses fossem, emprestavam
o próprio rosto que perdiam. Esta
cabeça evanescente resistiu:
nem deusa, nem mulher, apenas ciência
de que nada nos livra de nós mesmos.

12/1/1963

 

Céfalo e Prócris

Do deus da lira e dos ladrões, do psicopompos,
senhor do caduceu; e da do orvalho deusa,
és, Céfalo, o filho. E neto de
Zeus e de Cécrops; e Cronos é com Rea,
a mãe dos Deuses, teu avô também.
De Erecteus de Atenas, Prócris, és
uma das filhas, neta pois de Gea
que mãe de Cronos fez Urano, o céu,
o sobranceiro Céu ao Caos originário,
de que emergiu o Amor, esse Eros que talvez
fosse do psicopompos e da deusa
(das águas ascendida fecundadas
pelo castrado sexo que a seu pai
Cronos cortou) um filho, e meio-irmão
do Céfalo que amaste e que te desposou
e que, por teu ciúme, te matou.

Ciúme apenas? Não. Se transformado
pela alvorada que o raptara ele volta,
e Prócris lhe é infiel consigo mesmo;
se, ao revelar-se o esposo, ela lhe foge
para ganhar de Artémis a infalível lança
e o cão veloz qual vento, que dará
ambos a Céfalo que a não conhece,
quando de novo se encontrarem e
for ela a que não é reconhecida;
se ela se esconde suspeitosa da
brisa que o envolve e à flor da pele o beija;
se um breve ruído a denuncia e faz
que a lança em mão de Céfalo a trespasse,
enquanto o cão contempla os semi-deuses
que, como os deuses, morrem uns dos outros;
se a praia imensa é de animais pisada
que estranhos sob o céu vivem seguros;
se o esposo é quase um sátiro que chora
a ninfa morta que não fora Prócris;
se a nitidez dos traços se prolonga
na sombra luminosa em que persiste infausta
a geração dos deuses: se de enganos,
de mutações, de incestos, e de crimes,
é feita a liberdade de nascer-se humano,
«nem do céu, nem da terra, nem mortal
nem imortal, mas livre e altivo artista
que o próprio ser esculpe e que o modela
na forma preferida» — o canto e a morte,
o roubo e a dádiva, e o doce orvalho
nas folhas matutinas, como a espuma
que às praias vem qual sémen de Cronos,
cinzel e a pedra são, gesto e modelo,
esse modelo ignoto, entre o devir e as coisas
e que se perde, livre, quando Prócris morre,
e se demora, altivo, quando a mata Céfalo.

9/3/1961

 

Eleonora di Toledo, Granduchessa di Toscana

(ao Murilo Mendes)

Pomposa e digna, oficialmente séria,
ê geometria ideal de príncipes banqueiros,
sobrinhos, primos, tios de toda a Europa,
de reis, senhores de terras e armadores,
severamente equilibrados entre
o sexo, a devoção e as hipotecas.
O mundo é um imenso cais de intolerância austera,
a que aportam escravos, pimenta, a caridade
à sombra de colunas sem barbárie gótica.
Na boca firme, como no olhar duro,
ou no cabelo ferozmente preso,
ou nas imensas pérolas que se multiplicam,
ou nos bordados do vestido em que nem seios
se alteiam muito, há uma virtude fria,
uma ciência de não pecar na confissão e na alcova,
uma reserva de distante encanto
em que a Razão de Estado era um passeio altivo
por entre as árvores de um jardim areado,
com áleas racionais e relva em secção áurea.
Sem dúvida que os astros presidiram,
numa ciência de terra já redonda,
às próprias proporções que o quadro regem.
Palácios, festas, complicadas odes,
e procissões e cadafalsos e a
de um céu toscano limpidez que pousa no
pó e nas ruínas da imperial Toledo,
tudo isto se condensa em penetrante
tom de ocre vago, onde as cores se opõem
como teses tridentinas muito práticas
elaboradas com paciência para o descanso eterno
dos príncipes cristãos que se devoram sob
a paternal vigilância de uma Roma etérea,
guardada pelos suíços, por cardeais e frades.
A grã-duquesa — se o foi, não foi, de quem é filha,
de quem foi mãe, ante um retrato assim
tão pouco importa! — fez-se pintar.
Mas a pintura era outra coisa, um escudo,
um escudo de armas e um broquel tauxiado,
para morrer tranquilo, quando a angústia brota,
como um vómito de sangue, do singelo facto
de ter-se ou não ter alma, os mundos serem múltiplos,
e o Sol rodar ou não em torno à terra inteira,
iluminando as multidões, as raças, tudo,
e os príncipes e os súbditos, nessa harmonia do mundo,
cujo estridor silente ao madrugar se ouvia
ranger discretamente, às portas dos castelos.

6/6/1959

O Futuro, a Luz, a Eternidade

Em áudio: “Ode ao Futuro”, lido por Jorge de Sena

Quando encerramos o ano de 2010, ano da criação do site “Ler Jorge de Sena”, preparamos esta pequena antologia, com alguns dos poemas que tratam de uma questão recorrente na poesia seniana: a eternidade. Que sirvam de reflexão para todos os anos que terminam e, possam ser ainda uma “pequenina luz” de esperança para todos os que nascem.

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* “Eternidade” (PerseguiçãoPoesia I)
* “Os Soldados de Chumbo e a Eternidade” (Post-ScriptumPoesia I)
* “Ode para o Futuro” (Pedra Filosofal Poesia I)  – Em audio
* “Uma Pequenina Luz” (FidelidadePoesia II)

 

Eternidade

Vens a mim
pequeno como um deus,
frágil como a terra,
morto como o amor,
falso como a luz,
e eu recebo-te
para a invenção da minha grandeza,
para rodeio da minha esperança
e pálpebras de astros nus.

Nasceste agora mesmo. Vem comigo.

22/9/1941

 

Os Soldados de Chumbo e a Eternidade
Nunca entendi tão perfeitamente as coisas
como desde que os homens se deixaram sê-las.

Quando, na minha infância, eu enterrava,
com solenidade imensa, dos meus soldados de chumbo
aqueles que eram mortos por decreto meu,
e, quando para continuar o combate,
os ressuscitava e desenterrava sem nenhuma pompa,
alinhando-os apressadamente para morrerem de novo
e tantas vezes quantas as que havia
até à condenação à frigideira fatal
onde acabavam e pareciam o mercúrio dos termómetros partidos
apenas com ligeiras escamas da tinta azul da farda,
como eram sempre outros, gerações,
sempre diferentes, sempre de arma ao ombro,
e os pés em marcha soldados à base.

A verdadeira consolação que me restava
– e que eu não sabia – :
Aquele pedaço de chumbo arrefecido
fôra soldados, generais, cavalos,
irremediavelmente.

Maio – Junho? /1947

 

 

Ode para o Futuro

Falareis de nós como de um sonho.
Crepúsculo dourado. Frases calmas.
Gestos vagarosos. Música suave.
Pensamento arguto. Subtis sorrisos.
Paisagens deslizando na distância.
Éramos livres. Falávamos, sabíamos,
e amávamos serena e docemente.

Uma angústia delida, melancólica,
sobre ela sonhareis.

E as tempestades, as desordens, gritos,
violência, escárnio, confusão odienta,
primaveras morrendo ignoradas
nas encostas vizinhas, as prisões,
as mortes, o amor vendido,
as lágrimas e as lutas,
o desespero da vida que nos roubam
– apenas uma angústia melancólica,
sobre a qual sonhareis a idade de oiro.

E, em segredo, saudosos, enlevados,
falareis de nós – de nós! – como de um sonho.

7/10/49

 

 

Uma Pequenina Luz

Uma pequenina luz bruxuleante
não na distância brilhando no extremo da estrada
aqui no meio de nós e a multidão em volta
une toute petite lumière
just a little light
una piccola… em todas as línguas do mundo
uma pequena luz bruxuleante
brilhando incerta mas brilhando
aqui no meio de nós
entre o bafo quente da multidão
a ventania dos cerros e a brisa dos mares
e o sopro azedo dos que a não vêem
só a advinham e raivosamente assopram.
Uma pequena luz
que vacila exacta
que bruxuleia firme
que não ilumina apenas brilha.
Chamaram-lhe voz ouviram-na e é muda.
Muda como a exactidão como a firmeza
como a justiça
Brilhando indefectível.
Silenciosa não crepita
não consome não custa dinheiro.
Não é ela que custa dinheiro.
Não aquece também os que de frio se juntam.
Não ilumina também os rostos que se curvam.
Apenas brilha bruxuleia ondeia
indefectível próxima dourada.
Tudo é incerto ou falso ou violento: brilha.
Tudo é terror vaidade orgulho teimosia: brilha.
Tudo é pensamento realidade sensação saber: brilha.
Tudo é treva ou claridade contra a mesma treva: brilha.
Desde sempre ou desde nunca para sempre ou não:
brilha.
Uma pequenina luz bruxuleante e muda
Como a exactidão como a firmeza
como a justiça.
Apenas como elas.
Mas brilha.
Não na distância. Aqui
no meio de nós.
Brilha.

25/9/1949

Poema escrito num Sábado de Aleluia

No apagar da Quaresma — tempo propício à reflexão sobre o transcendente — este poema celebra "um fim que nunca acaba", porque, na visão humanista de Sena, é inconcebível acabar: para emergir nascemos…

 

A Morte, O Espaço, A Eternidade

(ao José Blanc de Portugal, em memória de um seu ente querido, que eu muito estimava.) 

De morte natural nunca ninguém morreu.
Não foi para morrer que nós nascemos,
não foi só para a morte que dos tempos
chega até nós esse murmúrio cavo,
inconsolado, uivante, estertorado,
desde que anfíbios viemos a uma praia
e quadrumanos nos erguemos. Não.
Não foi para morrermos que falámos,
que descobrimos a ternura e o fogo,
e a pintura, a escrita, a doce música.
Não foi para morrer que nós sonhámos
ser imortais, ter alma, reviver,
ou que sonhámos deuses que por nós
fossem mais imortais que sonharíamos.
Não foi. Quando aceitamos como natural,
dentro da ordem das coisas ou dos anjos,
o inominável fim da nossa carne; quando
ante ele nos curvamos como se ele fora
inescapável fome de infinito; quando
vontade o imaginamos de outros deuses
que são rostos de um só; quando que a dor
é um erro humano a que na dor nos damos
porque de nós se perde algo nos outros, vamos
traindo esta ascensão, esta vitória, isto
que é ser-se humano, passo a passo, mais.

A morte é natural na natureza. Mas
nós somos o que nega a natureza. Somos
esse negar da espécie, esse negar do que
nos liga ainda ao Sol, à terra, às águas.
Para emergir nascemos. Contra tudo e além
de quanto seja o ser-se sempre o mesmo
que nasce e morre, nasce e morre, acaba
como uma espécie extinta de outras eras.
Para emergirmos livres foi que a morte
nos deu um medo que é nosso destino.
Tudo se fez para escapar-lhe, tudo
se imaginou para iludi-la, tudo
até coragem, desapego, amor,
tudo para que a morte fosse natural.

Não é. Como, se o fôra, há tantos milhões de anos
a conhecemos, a sofremos, a vivemos,
e mesmo assassinando a não queremos?
Como nunca ninguém a recebeu
senão cansado de viver? Como a ninguém
sequer é concebível para quem lhe seja
um ente amado, um ser diverso, um corpo
que mais amamos que a nós próprios? Como
será que os animais, junto de nós,
a mostram na amargura de um olhar
que lânguido esmorece rebelado?

E desde sempre se morreu. Que prova?
Morrem os astros, porque acabam. Morre
tudo o que acaba, diz-se. Mas que prova?
Só prova que se morre de universo pouco,
do pouco de universo conquistado.

Não há limites para a Vida. Não
aquela que de um salto se formou
lá onde um dia alguns cristais comeram;
nem bem aquela que, animal ou planta,
foi sendo pelo mundo este morrer constante
de vidas que outras vidas alimentam
para que novas vidas surjam que
como primárias células se absorvam.
A Vida Humana, sim, a respirada,
suada, segregada, circulada,
a que é excremento e sangue, a que é semente
e é gozo e é dor e pele que palpita
ligeiramente fria sob ardentes dedos.
Não há limites para ela. É uma injustiça
que sempre se morresse, quando agora
de tanto que matava se não morre.
É o pouco de universo a que se agarram,
para morrer, os que possuem tudo.
O pouco que não basta e que nos mata,
quando como ele a Vida não se amplia,
e é como a pele do ónagro, que se encolhe,
retráctil e submissa, conformada.
É uma injustiça a morte. É cobardia
que alguém a aceite resignadamente.
O estado natural é complacência eterna,
é uma traição ao medo por que somos,
áquilo que nos cabe: ser o espírito
sempre mais vasto do Universo infindo.

O Sol, a Via Láctea, as nebulosas,
teremos e veremos até que
a Vida seja de imortais que somos
no instante em que da morte nos soltamos.
A Morte é deste mundo em que o pecado,
a queda, a falta originária, o mal
é aceitar seja o que for, rendidos.

E Deus não quer que nós, nenhum de nós,
nenhum aceite nada. Ele espera,
como um juiz na meta da corrida
torcendo as mãos de desespero e angústia,
porque nada pode fazer nada e vê
que os corredores desistem, se acomodam,
ou vão tombar exaustos no caminho.
De nós se acresce ele mesmo que será
o espírito que formos, o saber e a força.
Não é nos braços dele que repousamos,
mas ele se encontrará nos nossos braços
quando chegarmos mais além do que ele.
Não nos aguarda – a mim, a ti, a quem amaste,
a quem te amou, a quem te deu o ser –
não nos aguarda, não. Por cada morte
a que nos entregamos ele se vê roubado,
roído pelos ratos do demónio,
o homem natural que aceita a morte,
a natureza que de morte é feita.

Quando a hora chegar em que já tudo
na terra foi humano — carne e sangue —,
não haverá quem sopre nas trombetas
clamando o globo a um corpo só, informe,
um só desejo, um só amor, um sexo.
Fechados sobre a terra, ela nos sendo
e sendo ela nós todos, a ressurreição
é morte desse Deus que nos espera
para espírito seu e carne do Universo.
Para emergir nascemos. O pavor nos traça
este destino claramente visto:
podem os mundos acabar, que a Vida,
voando nos espaços, outros mundos,
há-de encontrar em que se continui.
E, quando o infinito não mais fosse,
e o encontro houvesse de um limite dele,
a Vida com seus punhos levá-lo-á na frente,
para que em Espaço caiba a Eternidade.

Assis, 1 de Abril de 1961, sábado de Aleluia

Aniversário

O dia dos anos de Jorge de Sena, 2 de novembro, não foi particularmente fértil para o poeta. Dois poemas juvenis, recolhidos postumamente em Post-Sciptum II, e dois editados pelo autor, em Coroa da Terra e Arte de Música — eis tudo. Mas, dentre eles, o magnífico “Missa solene, op. 123, de Beethoven”, aqui acompanhado pela interpretação de Otto Klemperer à frente da Orquestra Sinfônica de Viena, exatamente a que Sena registrou em nota como “interpretação-base deste poema”. 
Mas essa data natalícia também nos remete ao poema “Mensagem de Finados”, do livro Fidelidade, o qual, quebrando a expectativa de aludir à celebração cristã do “dia dos mortos”, recebe a seguinte nota: “Este poema foi escrito e publicado em protesto contra os protestos que não subscrevi (como, de cabeça perdida, o fizeram alguns comunistas como eu nunca fui) pela invasão da Hungria, uma vez que, partilhando a opinião de António Sérgio, eu não protestaria de coisa nenhuma semelhante, lá onde não podia protestar de viver num país ocupado pelo salazarismo”. Exemplo, portanto, do comprometimento em poesia, que Sena tantas vezes exercitou, em nome da “fiel dedicação à honra de estar vivo”. 

 

 

 

O POEMA FALANTE

Ser poema é ser alguma coisa
que habitualmente se é sem dar por isso.

Poema puro, de mais nada,
aqui estou eu a dizer que o sou –
– tanto bastará p’ra me negarem.

2/11/39 – “doente”

 

 

ESPERANÇA PARA O DIA ANTERIOR

Na altura mesmo em que chegaste à porta
cruzava eu por ela… E apressei
o andar, e alteei o corpo, e dei
aos lábios queda… aos olhos visão morta!…

A luz por trás que ainda te recorta
à margem dos meus olhos!… Sim… Entrei…
lá estávamos os dois… não perguntei
nada… Como o futuro nos conforta!…

Só não entrei. Passei. Não é diferente?
…Ficou-me a impressão de teres tamanho…
Dava-te menos… Não sei ver de perto!…

E outra vez me feri dentro de gente…
Mas veio a decisão que agora tenho! –
– quando ontem lá passar… então é certo!…

2/11/39 – “doente”

 

 

BULÍCIO

Quarenta dias suspensos para concentração dos vermes
como o destino que audácia alguma enviará partido
no manto azul escuro de outras noites
mártires de auréola torta
não sei endireitá-la
esperam de mim um gesto de favor enganam-se
apenas vou de lado olhando as mãos banidas
e grito docemente a protecção de todos.
É branda a indignação
creiam-me por alto eu minto sempre
enquanto espero.
Durmamos hoje. Abramos hoje as águas
do ódio transparente enganam-se comigo
passem!
Passem. Falem que eu escuto, eu ouço
devagar
as vozes raras
e a penetração da esperança atinge
as cavernas menos solitárias:
uma aranha que passe e eu ouço-a,
uma flor que desista e eu quebro-a…
Viril a natureza e nem por isso
parará de erguer
o monumento de ervas cristalinas.
Oh olhos verdes cantantes!
pode um homem morrer sem fechar os olhos
pousar as mãos nos braços da cadeira
acariciar os braços da cadeira
enganam-se comigo
falem que eu escuto a despedida
a fome o despero
a queda as mães fecundas
e o medo que se arrasta absorto no sentido oposto.

2/11/41

 

 

MISSA SOLENE,OP.123,DE BEETHOVEN

Não é solene esta musica,
ao contrário do nome e da intenção.
Clamores portentosos,violência obsessiva
(por sob aqueles doces,lacrimosos)
de um ritmo orquestral continuado,
tanta paixão gritada, tanto contraponto,
que teimosamente impede que na tessitura
das vozes e dos timbres se interponha hiato
não de silêncio mas de um fio só
de melodia,por onde a morte
penetre interrompendo a vida.

É medo, um medo-orgulho, feito
de solidão e de desconfiança. Não
piedosa tentativa para captar um Deus,
ou ardente anseio de união com Ele.
não é também, com tanta majestade,
a exigência de que Ele exista,
porque o mereça quem assim O inventa.

É um medo comovente de que O não haja
para remissão dos pecados, bálsamo
das feridas, consolo
das amarguras, dádiva
do que se não teve nunca
ou se perdeu para sempre. É
desejo ansioso de que um Agnus Dei
se interponha (ao contrário da morte) mediador e humano
entre um nada feito música
e outro possìvelmente Deus.
E a esperança desesperada de que seja
uma grandeza nossa quanto fique,
de pé, no intervalo entre ambos.

02/11/1964

 

Crianças

A propósito do 12 de outubro, o “Dia das Crianças” no Brasil, uma breve antologia de poemas que têm nos filhos e nas crianças o seu mote, na trilha do paradigmático “Carta a meus filhos sobre os fuzilamentos de Goya“, já aqui transcrito.

 

 

O último dia

Crianças riem na varanda, riem
e brincam de maneira que já não são crianças.

Hoje não há Sol,
unicamente um céu esbranquiçado e carros que chapinham
e uma luz contínua que não entra dentro
e dentro um cheiro a terra, a pano, a sono,
a calor no rosto e nas orelhas.

As crianças brincam de pensamento morno,
umas com as outras sem mais nada.
E a ingenuidade, que nunca ninguém tem e lhes falta,
caiu aqui.

Este poema está errado.
Se não está, é o mesmo – não termina.

Repetir tudo várias vezes até não perceber.

1/10/39

 

Esgoto

I

Crianças pálidas brincam no esterco da rua
como se o esterco fosse a perpetuação do Sol
qual Sol que supurasse das paredes altas
em vão rodeadas pela mão da morte.

Alegremente o esterco toma formas náuticas;
um murmúrio de água incita-o com ternura,
um murmúrio no cano coberto de lages gastas,
um ciciar de restos não comidos, restos digeridos, vidas não geradas.

A cidade, do alto, é silenciosa,
porque as vozes não passam entre os beirais tão próximos.

Gerarão as crianças quanta vida ouviram:
algumas serão homens.

II

Para a verdade caminham corpos que a não conhecem
ou a conhecem apenas com nome trocado.

Assim desliza o vento pelas estradas humanas
entre as vozes das searas ondulando nele.

III

Ergo-me aflito da miséria do mundo.
Não basta que me erga ao nível das grosseiras máscaras
ou dos cruzeiros ingénuos de onde houve um crime.

Um crime é esta vida, e a atraiçoada cruz que lhe oferecem:
cruzeiro para povos que se entreolham trémulos,
para homens distantes (não vão eles viver…),
para mães que não têm a memória da carne,
para sinais do sangue de sacrifícios mal virgens,
para os poetas que buscam um contacto periódico…

IV

A miséria do mundo não existe,
nem o mundo existe:
andamos nós em bando sobre a terra.
Que o mundo é só a ignorância dos homens,
e a maior miséria dos homens só as palavras que os vivem.

25/5/42

 

Acção de graças

Às vezes, com minha filha no chão junto de mim,
Fecho os olhos numa ação de graças…

Mas logo ela galreia,
Nem isso me consente.

E regresso um pouco triste a uma alegria imensa.

1/10/50

 

Os filhos levam muito tempo a crescer

Precária a vida e consentida a morte.
Quanto eu julguei saber como assim eram!
Mas não sabia.

Morreram-me pessoas queridas
e é como se ausentes permaneçam;
mesmo quando morreram perante mim,
não foi à morte delas que assisti:
outrem morreu, que é outro alguém que morre.

Mas também isto ainda o não sabia,
como o sei agora,
se aos meus filhos o olhar se turva,
se não sorriem logo, prontamente,
ao mais singelo aceno desta vida
que tão precária acena por meus lábios.

A morte é consentida: se a consentem?
Se se desdobram, numa imagem fixa,
que se perde,
e noutra que parte para sempre,
como se só ausente permaneça,
mas que nunca mais volta,
para viver precariamente
e morrer consentidamente
depois de a morte a mim me haver vivido?

Tudo isto meus versos o sabiam,
que não eu.
E agora que o sei tão ansiosamente,
leio estes versos e suspeito
amargamente que estes o não sabem.

9/5/51

 

As crianças cantavam

Era um silêncio como de inocência
em que as ouvidas vozes não surgiam
de algum sentido que nas coisas reste
de iguais palavras com que foram ditas.
Silêncio apenas, como que silêncio
de quando a aragem pelas folhas passa
e em ténue erguida poeira se adivinha.
De um tal silêncio escuso havia rasgos
alheios uns aos outros pelo espaço
e pelo tempo como brandos lagos
de límpida planura circunscrita.

Dando-se as mãos na roda
as crianças cantavam:

                                       D. Beltrão nunca sabia
de que lado tinha a espada.
Dona Ximena morria,
porque D. Pio a prendia
com fitas de madrugada.

Anónimos espelhos percutidos
pelos olhares do acaso, nenhum deles
era mais que a suspensão de estar-se ali,
sem onde ou quando, sem sentido ou forma,
e sobretudo sem memória alguma.
Silêncio eram como de inocência.
Silêncio apenas como que silêncio.

Dando-se as mãos na roda
as crianças cantavam:

                                      Na torre à beira do mar,
Dona Ximena fechada.
D. Beltrão nunca sabia
de que lado tinha a espada.

6/7/1953

 

Noções de Linguística

Ouço os meus filhos a falar inglês
entre eles. Não os mais pequenos só
mas os maiores também e conversando
com os mais pequenos. Não nasceram cá,
todos cresceram tendo nos ouvidos
português. Mas em inglês conversam,
não apenas serão americanos: dissolveram-se,
dissolvem-se num mar que não é deles.
Venham falar-me dos mistérios da poesia,
das tradições de uma linguagem, de uma raça,
daquilo que se não diz com menos que a experiência
de um povo e de uma língua. Bestas.
As línguas, que duram séculos e mesmo sobrevivem
esquecidas noutras, morrem todos os dias
na gaguês daqueles que as herdaram:
e são tão imortais que meia dúzia de anos
as suprime da boca dissolvida
ao peso de outra raça, outra cultura.
Tão metafísicas, tão intraduzíveis,
que se derretem assim, não nos altos céus,
mas na caca quotidiana de outras.

Outubro, 1970

Situação da Literatura Portuguesa no Brasil

No Brasil, o 15 de outubro é "Dia do Professor". Assinalando a data, considerações de Jorge de Sena sobre o ensino da Literatura Portuguesa no Brasil, escritas pouco depois de ter concluído sua experiência docente no Brasil, sempre à frente dessa disciplina. "Este artigo é constituído por alguns excertos da comunicação apresentada no VI Colóquio Internacional de Estudos Luso-Brasileiros, reunido em Harvard, em setembro de 1966" — avisa a nota do autor no número especial dedicado ao Brasil da revista O Tempo e o Modo, de setembro de 1967, onde foi primeiramente publicado. À distância de quase 50 anos, é o caso de se refletir sobre o que permanece pertinente no seu conteúdo, ou deixou de sê-lo nos dias de hoje — reflexão também muito apropriada no contexto das celebrações do "Ano de Portugal no Brasil" e do "Ano do Brasil em Portugal", já em curso.


Introdução — O problema de discutir-se a situação actual de uma literatura, dos estudos sobre ela, e das perspectivas futuras dela e desses estudos, complica-se especialmente quando, como é o caso da Literatura Portuguesa, ela importa não apenas a si mesma e a quem, por qualquer razão de preferência cultural, por ela se interesse, mas também a outros países que, separados, ontem ou no futuro, da área de expansão política da língua em que ela foi escrita e que ela foi formando e subtilizando, a possuem, em suas culturas, e queiram-no ou não, como passado escrito da língua que falam e escrevem. A língua inglesa, a espanhola, a francesa, entre as línguas do ocidente europeu, repartem com a portuguesa uma semelhante situação. Mas talvez para nenhuma a dificuldade dos problemas que dessa situação surgem seja tão complexa como para a Literatura Portuguesa.

As razões disto são diversas, e por certo muito poucas delas correspondem às ilusões oficiais da cultura portuguesa. Para tratarmos da questão, é-nos forçoso examinar estas últimas, serenamente, e na esperança de que uma lucidez serena substitua, no espírito dos portugueses que nos ouçam ou nos leiam, a cega obstinação com que, mesmo muitos dos melhores, encaram o que, longe de ser uma discussão académica, é e será cada vez mais uma problemática vital.

Ao contrário do que acontece com as línguas que referimos, a língua portuguesa não tem ainda, no mundo de hoje, um prestígio comparável ao delas. E não pode dizer-se, em boa consciência, que, se, como tudo indica, vier a tê-lo, a literatura portuguesa represente, nessa transformação, algum papel de relevo. É secundário, neste ponto, inquirir sobre se isso é ou não uma injustiça — porque é um facto. A importância que a língua portuguesa está adquirindo no mundo está em directa razão com a do Brasil, como potência e como cultura, e com a curiosidade desperta e difundida acerca dos territórios ultramarinos de Portugal. Se a explosão demográfica do Brasil, por um lado, e uma manutenção . da língua portuguesa como língua nacional daqueles territórios, se unirem no futuro para levar o português ao lugar de uma das quatro primeiras línguas do mundo, em sua expansão falada e escrita, a Literatura Portuguesa, caso venha a captar as atenções dos estudiosos, captá-las-á, sempre e mais, pelo seu passado que pelo seu presente. E, necessariamente, mais como um passado arqueológico da língua, do que como uma fonte para investigação das raízes históricas das diversificações da linguística portuguesa, enquanto não estiverem mortas e sepultas as amarguras políticas e as frustrações psicológicas (para não referirmos os oportunismos que com elas jogam) que presidiram, no passado e no presente, à expansão imperial de uma língua que nunca se fez acompanhar da radicação de instrumentos de cultura.

Portugal não teve nunca, por razões óbvias de limitação de poder e de escala europeia, a projecção cultural da França. Não constituiu nunca, e pelas mesmas razões, um dinâmico império, como a Inglaterra; nem o Brasil é, ou será por muitos anos ainda, uns outros Estados Unidos da América. Portugal, segregado, pelo seu destino de ser nação, do complexo hispânico, não participou, nem participa, da glória da cultura espanhola, ao lado da qual é o responsável pela América Latina. Não foi uma Itália, imagem mítica da unidade imperial romana. E não se germanizou o suficiente, no passado longínquo (como à própria Espanha aconteceu mais intensamente em vários momentos da sua História), para colher algum reflexo do prestígio romântico da Alemanha. E, não tendo sido nunca suficientemente invadido, pelo menos para as imaginações euro-americanas racistamente germânicas, por escandinavos e normandos, também por este lado ficou de fora do ciclo de formação comum das nações europeias nórdicas. No século XV e no século XVI, Portugal deu início à expansão ultramarina da Europa, e criou um vasto império, de cuja importância os restos ainda existentes serão testemunho bastante. Mas, ao que parece, fê-lo mais como intermediário que como detentor das bases económicas de uma tal expansão — e será por isso que é fácil, aos outros historiadores europeus, descendentes das civilizações que forneceram os créditos e recolheram os lucros, ignorar aqueles mesmos que criaram uma riqueza que em verdade não gozaram nunca (salvo uns quantos privilegiados), e não tiveram os meios de estabelecer-se em parte alguma com a mesma solidez cultural com que a Espanha ou Inglaterra puderam e souberam fazê-lo. Não os tiveram — ou as suas classes dirigentes foram sempre incapazes de raciocinar à escala universal em que pretendiam viver.

É ocioso repetr que, todavia, Portugal fez o Brasil. Sejam quais forem as medidas positivas que a administração portuguesa, em determinados momentos, pôs em execução, com maior ou menor sabedoria, e contribuíram para dar uma forma e um ser ao Brasil, seja qual for o peso que, em quatro séculos, a imigração portuguesa teve em fornecer a base principal da população brasileira, a triste e dura verdade é que o Brasil, aquém e além das saudações académicas e oficiais, não tem por Portugal o respeito e o amor que, ainda que muito contraditoriamente alimentados de queixas e recriminações, nutrem pela Inglaterra, os Estados Unidos da América do Norte, ou pela Espanha os países americanos de língua castelhana. Ainda quando o Brasil reconheça o interesse, para os seus estudos de língua e de cultura nacionais, de uma ampla presença de estudos de literatura portuguesa nos currículos superiores de Letras, como recentemente reconheceu, não obstante essa presença é muito mais sentida como uma indispensável necessidade curricular, que desejada como o convívio com uma outra área da mesma língua, que não só é a originária mas também de paralela e interpenetrada evolução. E a essa presença curricular não corresponde, na vida intelectual do Brasil, realidade quotidiana alguma. Se a presença da literatura inglesa nos Estados Unidos chega a parecer a um estrangeiro excessiva, nada de semelhante sucede no Brasil — e podemos mesmo afirmar que nada de semelhante ao que sucede em Portugal com a literatura brasileira. A cultura do Brasil em Portugal, todavia, está oficialmente na mesma posição que é a da cultura portuguesa entre os intelectuais e o público brasi leiros. Em Portugal, em que pese aos que proclamam de estudos universitários brasileiros, a literatura viva do Brasil existe fora dos círculos oficiais e universitários, exactamente ao contrário do que no Brasil acontece. E isto é extremamente significativo da situação real.

Este estado de coisas agrava-se por causas extrínsecas, onde e quando se desenvolve, como nos Estados Unidos agora, um grande interesse pelo Brasil. Não é de hoje, no Brasil ou fora dele, a existência de um, digamos, «americanismo» que, explorando os sentimentos anti-portugueses de muitos brasileiros, procura segregá-los, e à cultura brasileira, de quaisquer raízes europeias, a coberto de torná-los livres da herança colonial portuguesa. Nem sequer não é de hoje apenas no Brasil, por quanto o fenómeno se tem verificado, em diversas oportunidades, noutros países latino-americanos. Há evidentemente razoes politicas e sócio-económicas para isto: um país economicamen e subdesenvolvida que seja segregado do conhecimento das suas raízes e miticamente identificado com uma unidade das Américas, entrega-se mais prontamente a uma sujeição politico-economico a ciualquer grande potência continental. E isso acontece por um curioso processo psico-social: segregado facilmente daquela raiz europeia que professa detestar (por supo-la especifica o passado que renegou justamente), não possui a suficiente independência política-económica para opor, a qualquer penetraçao, uma cultura criticamente assente nas tradições, boas ou mas, que possui. Assim, do mesmo passo, o «statu-quo» politico–social subrepticamente adquire foros de inerente a segurança nacional, e o organismo nacional fica aberto a desnacionalização cultural e económica, precisamente quando parece esta-velmente conquistá-la. O interesse pelo Brasil, que se verifique hoie nos grandes países, não é necessariamente condicionado por esta visão política — seria uma grande injustiça, e de um grande e perigoso simplismo, o afirmá-lo. Mas a tendencia de um grande país predominantemente de mentalidade euro-americana, ao inte ressar-se por um país do Equador, em que a chamada raça anglo–saxénica não tenha imposto o seu exclusivismo (como> e o caso contrário de nações como a União Sul Africana ou a Austraba) se não é prepará-lo para os seus próprios fins, e para estima-lo paternalmente, admirando-lhe a paisagem e o pitoresco, e lutando filantropicamente por melhorar a vida de gente tao engraçada e tão simpática. As razões históricas de essa gente ser assim, o conhecimento de quais tradições essa gente herdou e transformou, eis o que é secundário, e, mais do que secundário, perturba inteiramente o facto folclórico e filantrópico, com considerações de exigência cultural, incompatíveis com o gosto pela especialização estrita e não-problemática. Isto e tanto a verdade que qualquer americano se escandalizaria com um estudo do sistema legal norte-americano, ou da religiosidade norte-ame cana, que ignorasse inteiramente as suas raízes anglo-saxomcas. Mas por certo serão muito poucos os que pensem necessário conhecer o sistema legal português ou a religiosidade portuguesa, para discutir-se disso mesmo no Brasil. E, nisto, a maioria do intelectuais brasileiros participa: que um estrangeiro estude isso sem recorrer a Portugal, eis o que os tranquiliza quanto a peculiaridade e originalidade do Brasil, enquanto o estrangeiro baseando-se nas bibliografias existentes, e levado a crer, por exemplo, que realmente no Brasil as tradições religiosas negras ou índias sobrelevam de longe a importância dos cultos cristãos (ainda quando, como é o caso dos protestantismos, eles não tenham sido instalados no Brasil pelos portugueses, mas por ociedades bíblicas de origem anglo-saxónicas ou germânica, já que e perfeitamente mítica, do ponto de vista da permanência cultural, a presença do protestantismo holandês no Nordeste ou a do protestantismo francês no Rio de Janeiro). Se isto é assim, ou tende a ser assim, com as questões antropológicas e sociais com maioria de razão o será com as literárias e culturais Ue modo que a manter-se esta situação que as circunstâncias de interesse pelo Brasil só podem agravar, não pode a literatura portuguesa esperar que sequer uma atenção para com ela seja tida, ainda por muito tempo, como indispensável a uma compreensão mais profunda e mais correcta do Brasil.

E evidente que atenção apareceu e existe, e não se pretende negar ou minimizar o que os Estados Unidos ou países da Europa tem feito pela cultura portuguesa, muitas vezes realizando aquilo mesmo que os intelectuais portugueses tinham o dever de fazer e nunca fizeram. Mas, com raríssimas excepções, os estudos da literatura portuguesa no estrangeiro (isto é, fora de Portugal e o rasi) têm partido ou dependido de estudiosos principal-mente interessados na cultura hispânica. Isto não é necessariamente um mal, porque precisamente serve a corrigir as extremas limitações que a ignorância portuguesa tem sofrido nesse campo como em outros em que raro abundam de um actualizado e bem informado comparativismo. Mas, contribuindo para colocar os estudos de cultura portuguesa como um capítulo da cultura hispanica que tem poderosas tradições internacionais, mais cinde a literatura portuguesa da sua conexão com um Brasil que não e hispânico em nada. E tanto o não é, e a tal ponto a sua individualidade e importancia se afirmam, que a literatura brasileira nao e considerada um capítulo mais na história das literaturas hispano-americanas que são apenas as de língua espanhola.

A realidade — ou melhor, a existência e o valor em si — da literatura portuguesa não depende evidentemente de tudo isto mas, muito mais do que os seus cultores e críticos portugueses imaginam, e, e cada vez mais será, extremamente condicionada por estes factores que fomos indicando. E sê-lo-á quanto à criação presente e quanto aos juízos sobre o passado. Quando a literatura de um pequeno país se fecha sobre si mesma ao mesmo tempo exagerando o seu valor universal (que, por potencial que seja, só existe quando reconhecido universalmente) e aceitando ser só eventualmente reconhecida, corre o risco de não apenas reduzir o passado à escala dos seus pequenos interesses provincianos, como o de desinteressar desse passado mesmo os estudiosos fiéis que tenderam a corrigir os erros de visão estreita, e que, assim fazendo, sabem não poder agradar àqueles mesmos que poderão dar-lhes apoio e estímulo. E, quanto ao presente dj^. criação literária, será muito difícil que obras apareçam, dignas da atenção universal, ainda quando encerram elementos de uma mais universal visão ou estejam seus autores bem informados acerca do que se passa no mundo da cultura. A razão é simples: de tal modo tudo isso estará integrado no pequeno círculo de uma cultura que, como sociedade, perdeu os contactos e a consciência das interrelações, que mesmo o mais universal dos escritores parecerá, e sera a muitos títulos, apenas um curioso caso de uma pequena literatura.


A literatura portuguesa no Brasil


A posição da literatura portuguesa no Brasil é ambígua, embora a sua ambiguidade não seja exactamente a que transicionalmente se supõe no Brasil ou descuidadamente se imagina em Portugal. Para os brasileiros, a literatura portuguesa situar-se-á em dois planos diversos: o de ser a expressão literária do passado da língua nacional (e, nesse plano, ela pertence realmente às duas culturas e é comum património de ambas), e o de ser expressão contemporânea da língua, em nível estético, mas numa diferente área cultural (e, neste outro plano, já ela não exerce a mesma função em ambas as culturas). Todavia, neste segundo dos dois planos, a literatura portuguesa confina, funcionalmente, com as demais literaturas estrangeiras, e é, paradoxalmente, mais estrangeira do que elas. Na verdade, ela [não]* pode competir em prestígio e difusão com literaturas como a francesa, a norte-americana, etc., porque não pode oferecer, àqueles que buscam nessas literaturas o complemento cultural necessário à construção de uma cultura tida por actual, a magnitude fascinante que elas apresentam. É perfeitamente secundário discutir, mesmo com elementos de mais objectiva crítica, se, na sua relativa pequenez, a literatura portuguesa dos últimos cem anos não possui, alguns escritores tão interessantes ou até superiores a muitos escritores franceses ou norte-americanos que ganharam a celebridade internacional. Tudo se passa, com raríssimas excepções como um Eça de Queiroz ou um Fernando Pessoa, que de resto, mesmo admirando-os, poucos se atrevem a dizer que são maiores que alguns dos seus contemporâneos mais influentes; tudo realmente se passa como se fossem efectivamente, aqueles escritores, secundaríssimos, mais ou menos na mesma medida em que o são para as grandes culturas euro-americanas que os ignoram. Claro que, e até por razões de profissão, um ou outro autor, e o movimento geral da história portuguesa interessam a quantos, no Brasil, se dedicam ao estudo ou ao ensino da literatura portuguesa. Mas esse interesse não ultrapassa o âmbito da área de influência desses estudiosos. Seria curiosíssimo, a este respeito, fazer um levantamento estatístico dos trabalhos publicados por esses estudiosos, pois que nitidamente nos elucidaria sobre a ambiguidade da literatura portuguesa contemporânea no Brasil. Quando não são personalidades especialmente dedicadas aos aspectos filológicos ou linguístico, campo em que o Brasil se destaca por trabalhos de alto valor, mas personalidades dirigidas para ou confinadas nos estudos literários, os estudiosos de literatura portuguesa, no Brasil, ocupam-se de estudar de literatura brasileira. E estes estudos, de um modo geral, não se caracterizam por um comparativismo das duas literaturas vernáculas, mas cuidadosamente as separam em domínios sem continuidade. Os estudiosos brasileiros de literaturas estrangeiras não sentem a mesma necessidade de ocuparem-se de literatura brasileira que muitas vezes não se pejam de ignorar; e os especialmente dedicados à literatura brasileira, quando se não dedicam ao estudo dela como isolada de todas as correntes, ou quase, da cultura euro-americana, sentem a preocupação (evidente nas maciças referências bibliográficas e na vasta cópia de nomes citados) de colocar a literatura brasileira em estreita correlação com essas mesmas correntes, sem que a literatura portuguesa (que, no passado colonial, foi o predominante intermediário, às vezes com demasiado exclusivismo) seja chamado a desempenhar nesse quadro um papel preponderante ou mesmo de modesta importância. Nada há de extraordinário, em princípio, no gosto e no interesse dos estudiosos brasileiros de literatura portuguesa pela literatura brasileira, que é sua nacional, e já que são literaturas da mesma área vernácula; e sem dúvida que é profundamente errado o interesse excessivo e exclusivo por outras literaturas estrangeiras. Mas o facto de verificar-se como que uma segregação dos estudos de literaturas vernáculas não deixa de ser um sintoma quanto ao que se diria a falta de naturalidade e a self-consciousness» de muitos brasileiros, ao tratarem da literatura portuguesa. E, no entanto, por isentos do «commitment» de serem portugueses, e por terem uma preparação filológica que em Portugal falta em escala igual, estão em condições de ser, e vários são, mais competentes nela que a maioria dos portugueses de equivalente educação e cultura.

Da parte de Portugal, tomar ao pé da letra este estado de coisas, actuar no Brasil como se a literatura portuguesa fosse efectivamente estrangeira, será por certo um erro de incalculáveis, ou demasiado previsíveis, consequências, visto que a situação da literatura portuguesa no Brasil, e os correlatos problemas que afloramos, não são os mesmos. Para o Brasil, a literatura portuguesa anterior à independência política (ou, mais exactamente, à Inconfidência Mineira), se é a literatura do país colonizador, não menos é a 'do passado da língua e da cultura, e não menos é parte do seu património nacional, ao mesmo tempo que o é para Portugal, por estranho que isso possa parecer à estreiteza de visão, a que Portugal é muitas vezes sujeito. Aliás, e paradoxalmente, uma das queixas da cultura brasileira contra a literatura portuguesa de 1500 aos fins do século XVIII reside precisamente na muito notória ausência do Brasil nela — queixa que corresponde a uma das características dessa mesma literatura e é a curiosa e generalizada ausência, nela, não apenas do Brasil, mas de todo o ultramar e das navegações, se vistos de um ponto de vista não-oficial e não-militar, com as possíveis excepções, de resto gloriosas, dos relatos que compõem a História Trágico-Marítima, e da Peregrinação. Que estas observações têm enorme fundamento é fácil de verificar pelo que sucede aos autores dos séculos XVI e XVII que se ocuparam do Brasil. Têm os brasileiros a tendência a considerá-los seus compatriotas, mesmo quando se trata de um autor tão conspicuamente dedicado a Portugal como António Vieira, enquanto outros não figuram nas histórias da literatura portuguesa, ou pelo menos não figuram, ainda hoje, em proporção da justa importância que possuem para o Brasil. Vieira, é claro, disfruta sempre um grande lugar na literatura portuguesa, mas por razões inteiramente diversas e às vezes incongruentes: o vácuo da prosa seiscentista seria sempre repartido entre ele e um Francisco Manuel de Melo ou um Bernardes, mesmo que eles valessem a décima parte do que valem; e o facto de ter sido um jesuíta perseguido pela Inquisição faz que as tradições jacobinas portuguesas se esqueçam de que ele foi não só um jesuíta, mas um dos articuladores do jesuitismo que tão ominoso é para os admiradores do Marquês de Pombal. Em contrapartida, o prestígio de Vieira no Brasil, que ele de modo algum teve entre os brasileiros seus contemporâneos, que chegaram a expulsá-lo de lá, é precisamente devido ao mito de que os jesuítas fizeram, à base de índios românticos, um país diferenciado dos «colonos» que os escravizavam. Nem eles fizeram esse país (ou o fizeram aceitando uma escravatura negra preconizada pelo próprio Vieira — cf. a sua «Resposta aos capítulos do Procurador do Maranhão), nem os «colonos» que se opunham a Vieira eram só emigrantes portugueses, mas, na terminologia do tempo, também os habitantes ou naturais da colónia. O caso de Vieira é assim uma pedra de toque, para a observação, em termos de sociologia da cultura, das relações literárias luso-brasileiras, sobretudo se nos lembrarmos de que os sermões dele, mais escolarmente célebres em Portugal, não são os mais conhecidos no Brasil, quando entre estes figuram dos melhores que ele terá proferido.

Quanto à literatura portuguesa posterior à independêncià política do Brasil (e a Inconfidência Mineira, desejada e preparada por homens que pertenciam ao Esclarecimento internacional dos fins do século XVIII, é necessariamente mais um fenómeno de independência política que do nacionalismo cultural que, em termos de liberalismo romântico, não tinha, para esses homens, sentido algum), com ser um prolongamento daquela anterior, não deixa de estar numa posição inteiramente diversa de qualquer das outras literaturas estrangeiras. Faltam, de resto, e quase totalmente, em Portugal e no Brasil, os estudos sobre o intercâmbio literário luso-brasileiro durante o século XIX e até ao advento do Modernismo vanguardista, durante a fase romântica e naturalista, a que correspondeu no Brasil a criação de uma literatura desejadamente nacional. No Brasil, dir-se-ia que esse intercâmbio apenas se cifrou em desagradáveis ataques portugueses aos supostos deslizes gramaticais dos brasileiros, quando esses ataques partiram, em geral, de figuras sem representação alguma na cultura portuguesa, e quando os melhores escritores e críticos portugueses, desde a primeira hora, aclamaram, como liberais que eram, o advento e a demonstração literária de um Brasil brasileiro, como foi o caso de Garrett ou de Herculano. Que tais estudos, baseados em sérios levantamentos históricos e documentais, faltem no Brasil, compreende-se, já que não são prioritária matéria de investigação cultural; que faltem em Portugal é por certo sintomático de quanto, nos últimos cem anos, a cultura média portuguesa (não os melhores elementos dela) foi aceitando, passo a passo, a sua menoridade e a sua restrita importância, entre um Brasil que crescia e lhe voltava as costas, e um mundo que precisamente para mais silenciosamente cooperar com as classes dirigentes portuguesas na exploração colonial, lhe impunha uma imagem de pequeno país inerme do ocidente europeu.

A literatura portuguesa de vanguarda, a literatura viva dos últimos cinquenta anos, muito pouco deve a esforços de agentes universitários ou oficiais portugueses no Brasil. O pouco que dela os brasileiros conhecem deve-se a eles mesmos ou à obra divulgadora de portugueses que precisamente nunca saborearam as delícias das protecções oficiais, nem as aceitariam. De resto, desenvolvendo-se a literatura brasileira moderna em duas linhas aparentemente opostas (porque estão convergindo nos autores mais recentes), o vanguardismo português, sobretudo voltado para a exigência estética e para a análise irónica e dramática das mitologias nacionais, tinha em comum com o vanguardismo brasileiro que, nas datas oficiais antecipou de meia dúzia de anos, apenas o que era comum a todo o vanguardismo ocidental: a quebra com os esquemas tradicionais e académicos. Mas, sobretudo na primeira fase do vanguardismo brasileiro, afastava-se dele e não podia ser-lhe profundamente interessante, visto que, em Portugal, era preciso demolir o equivalente caduco do que, no Brasil, era juvenilmente necessário, ou seja, o mito de uma aproximação cultural com a vivência quotidiana, com as tradições populares, com a consciência de uma nacionalidade peculiar, com a problemática social de uma grande nação à beira de profundas transformações sócio-económicas e políticas. A aproximação deu-se, logo depois, e da parte de Portugal, em duas fases sucessivas: primeiro, os continuadores do primeiro vanguardismo português sentiram a afinidade recíproca com o Segundo Modernismo brasileiro (aquele que precisamente criticava o excessivo folclorismo do primeiro), e, depois, quando nos anos trinta e quarenta se desenvolveu, em toda a parte, um florescimento do realismo em termos de politização esquerdizante, os ficcionistas portugueses encontraram no romance brasileiro nordestino, mais que em qualquer outro, o exemplo próximo de que precisavam e que as estruturas literárias portuguesas lhes não forneciam. O vanguardismo brasileiro, ao tornar-se mais interiorizado e mais esteticamente exigente (no sentido de os problemas estéticos sobrelevarem os de criação de uma nova fase de literatura nacional), ficava mais próximo da tradição do vanguardismo português. E este foi atacado em Portugal pelos discípulos portugueses do romance nordestino, exactamente pelas mesmas razões que fizeram os homens do Nordeste opor-se ao vanguardismo carioca e paulista.

Posto isto, insinuar, mesmo indirectamente e inocentemente, que os brasileiros precisam de ser iniciados pelos portugueses nos arcanos da literatura portuguesa é ofensivo e ridículo, ainda quando a dificuldade de obter, no Brasil, informações, edições, revistas, etc., seja um severo «handicap». O problema é apenas de meios de informação, de falta de difusão de edições, e, também, um pouco à escala das contrariedades diversas que temos mencionado, quanto à cultura portuguesa no Brasil. Mas, na verdade, aquele «handicap» não será inferior ao que os brasileiros encontrariam, e encontraram pela frente (como aliás todo o estrangeiro), ao utilizarem de boa fé as espécies bibliográficas da crítica portuguesa, quase todas elas viciadas por preconceitos políticos ou mesquinhamente pessoais, necessariamente ininteligíveis para quem tenha a felicidade de não viver no interior daquele caos de alusões ou omissões. E, nisto, a literatura portuguesa de hoje não é mais estrangeira no Brasil que em si mesma.

 

Certamente por lapso, JS omitiu esta negativa que dá sentido à frase.

Depois do “Discurso da Guarda”: carta aberta a Ministros

 

Com a acidez agressiva que muitos lhe reconhecem, JS dirige esta carta aberta aos Ministros de Estado responsáveis pela emigração portuguesa e pela representação de Portugal fora de seu território. Em vários passos avalia o “Discurso da Guarda” e as circunstâncias que o cercaram, sem deixar de lado a figura do grande homenageado e tudo que ele representa. Datada de 26 de março de 1978, só a 3 de maio veio à luz, num “destacável’ do Diário Popular de Lisboa. Note-se, particularmente, ao fim, a longa “assinatura”, pejada de ironia.

 

 
Carta Aberta ao Ex.mo Senhor Ministro dos Negócios Estrangeiros, e também aos Ex.mos Secretário e Sub-secretário da Emigração

Começo por pedir desculpa, ao dirigir-me primacialmente a V. Exa. Sr. Ministro, e também aos acima referidos membros do Governo, de náo mencionar nomes, não por qualquer calculada ou involuntária falta de respeito, mas porque os membros dos governos em Portugal têm mudado tanto, ou têm trocado entre si tantas vezes as mesmas cadeiras, ou estas cadeiras têm mudado de nome tantas vezes, que creio humanamente impossível ao povo português, quer o que vive e labuta em Portugal metropolitano (do qual até os chamados Distritos Autónomos já estão longe, pela distância que os separa do secular e sempre permanente eixo São Bento-Terreiro do Paço, que este último, ao menos no tempo das ladroeiras no Oriente e nos Brasis, não tinha São Bento com que reparti-las), quer, com maioria de razão, o que vive no estrangeiro, e para fins de retórica demagógica e de colecta de fundos para o desgoverno de Portugal, é sempre, e cada vez mais, com crescente desvergonha, cinismo e hipocrisia, chamado «português», com uns braços larguíssimos abertos em ansioso e lacrimoso apelo fraterno de cortar as almas incautas, se é que ainda subsistem portugueses desses em que possa pegar esta lambugem repelente, que cumpre denunciar em público de uma vez para sempre, com promessa dc repetição mais violenta de cada vez que qualquer dos Senhores tornar a repetir, seja onde for, afirmações de semelhante quilate. E poderão estar certos de que a mim nem a morte me cala, como acabará por calar e sumir nas sombras dela a maioria dos Senhores, de todas as cores e feitios, com suma caridade patriótica, apagando os vossos nomes e dos vossos comparsas, da lista dos ilustres da Lusitânia, na qual, como tem sucedido desde D. Tareja, a fundadora do Condado Portucalense, e senhora — já então — de notoriamente patrióticos maus costumes, numerosa gente tem feito por ser incluída, por mais que mudassem os reis, os sistemas de governo, etc., para não falarmos de revoluções gloriosas ou não, e de guerras civis de mais segura ou mais duvidosa glória.

Como é sabido de algum modo pelas pessoas de algumas letras em Portugal, e é sem dúvida sabido claramente pelo povo português mesmo sem letras mal gastas e desrespeitadas, desde que a ele e gara.ele falei, em 10 de Junho de 1977, nas comemorações nacionais na Guarda, eu tenho alguma autoridade — ainda que nada de oficial em sector algum — intelectual, moral e política para falar de Portugal e dos seus filhos, e da cultura que é chamada portuguesa, nos seus mais diversos aspectos. E como criatura que nasceu em Lisboa, filho de pais portugueses, aí viveu até aos quarenta anos, e de Portugal se exilou para o Brasil por motivos sabidamente políticos, aonde se tornou por necessidade e simpatia «cidadão brasileiro» (ponto de suma importância para o entendimento público desta carta aberta), e manteve sempre a sua casa de Lisboa, aonde, desde que em 1968 lhe foi possível regressar ao País (para ser imediatamente preso na fronteira e transportado para a Espanha pela PIDE, tendo depois sido autorizado a entrar, devido ao escândalo internacional logo desencadeado, altamente inconveniente para a fachada conciliatória que a ditadura de então desejava no momento assumir), sempre têm estado ele, sua Esposa, e alguns dos seus nove filhos, casa essa que o governo de Salazar tentou tirar-lhe uma vez, e a Revolução de Abril, pela qual o presente signatário sacrificou muito da sua vida e da dos seus ao longo de trinta anos de antifascismo (sem dúvida um respeitável recorde no Portugal de hoje, tão cheio de honrados e poderosos antifascistas que, não há muito, a gente podia ver em farda, palavras, obras e lucros de outra cor), tentou roubar-lhe duas vezes (precisamente ao pretexto daquela ausência minha que S. Exa. o Sr. Presidente da República galardoou com a Ordem do Infante D. Henrique, chamando-me «emigrante ilustre» que tem prestado no estrangeiro alguns serviços meritórios), criatura, o signatário que agora trabalha regularmente, desde 1965 nos Estados Unidos da América, onde, desde 1970, vivendo na Califórnia, está em estreito contacto com vastos sectores da colónia portuguesa e luso-americana, também mais alguma autoridade lhe não falta (com perdão do longo período que nunca afligiu os analfabetos quando falam a língua portuguesa viva, mas sim os semianalfabetos quando a escrevem ou lêem morta) para responder ao Sr. Ministro.

A razão desta resposta é a mensagem de não sei que data (e estas lamentáveis coisas, pelo carácter de repetidas e mastigadas, e o mais que já ficou dito, em verdade não têm data nem a merecem) que o Sr. Ministro lá pelos idos de Fevereiro ou Março distribuiu pelo Universo, e me chega agora no prestimoso boletim informativo publicado e distribuído pelo Consulado-Geral de Portugal de São Francisco (cidade muito próxima de mim, mas a 600 km). E antes de entrarmos na purulenta matéria, perdoe-me o Sr. Ministro uma outra falta: o não tratá-lo continuamente por V. Exa. Eu ingenuamente pensava que uma das conquistas da Revolução de Abril havia sido, não direi a abolição do Vossa Excelência (que deve reservar-se para os mais altos magistrados da Nação como o Presidente da República), mas a diminuição do seu uso. Ingénuo era: nunca se viu em Portugal tamanha multiplicação de Excelências como desde Abril de 1974, tal como nunca tanta gente que não é Doutor em coisa nenhuma senão em mudar de cadeira governativa, ou ser chefe de partido político, é Doutor, sendo muito simples e honestamente só Licenciados por terem ganho os respectivos canudos nas universidades salazaristas que é o que aconteceu com quem ainda não anda pelos setenta anos. Diga-se de passagem, e não fica mal a propósito, que com os títulos se deu o contrário do que sucedeu com aquele oficial A Bem da Nação que o Salazar mandara pôr no fim de todos os escritos emanados de entidades idem. Muito bem abolido foi. O que todavia cada vez mais parece, na politicagem de que não há grupo nenhum que possa procla-mar-se inteiramente limpo e inocente, é que a abolição daquela fórmula foi tomada demasiado ao pé da letra, com o desastroso mas evidente resultado de que, ao deixar de escrever «a bem da Nação», muita gente de responsabilidade, por si mesma jogando com a irresponsabilidade alheia, passou a confundir o bem do País com o seu próprio, e a esquecer que a Nação realmente existe, abaixo e acima das combines e traficâncias, e mais dia menos dia virá pedir as contas dos milhões desaparecidos.

Posto este intróito informativo e moralista, entremos em matéria, esquecendo de momento o adjectivo que ela merece. E, para começarmos por alguma parte, comecemos pela honra insigne que — é verdade — eu tive a oportunidade de conferir a mim mesmo: a de ter falado na Guarda, a 10 de Junho de 1977, ao autêntico povo português de Portugal e de toda a parte (na medida em que, como é sabido, uma manifestação puramente nacional e de projecção internacional, não foi prejudicada por uma falta de cobertura notória, que, no dia seguinte, motivou, no almoço de encerramento das festas mais oficiais, o veemente protesto de S. Exa. o Sr. Presidente da República). Como nota de pé de página, e para informação do verdadeiro povo português e dos emigrantes em nome dos quais protesto aqui, seja-me permitido apontar que de uma antologia de poesia de Camões, preparada não por um camonista, mas reeditada de outra já existente, organizada por um distintíssimo poeta contemporâneo, se mandaram imprimir para distribuição pelo Universo inteiro, centenas de milhares de exemplares, ao que consta, e por certo que alguns ganharam bastante com isso, e entre eles, por acidente, o próprio Camões. Todavia convém sublinhar que o folheto de uma reunião tão transcendente como foi a da Guarda em 1977, contendo os discursos de Vergílio Ferreira e o meu, além dos das personalidades, como o Exmo. Presidente da República e outros, que, por dever de ofício ou de responsabilidade na organização da mundial celebração do Emigrante, lá falaram também, esse folheto, impresso em Lisboa, em Setembro de 1977, foi-o numa modestíssima edição de escassos 20 000 exemplares, evidentemente não destinados a mais que uma simbólica e invisível distribuição,fctalfcomo aquela «cobertura» que fez o Sr. Presidente da República protestar, no fim do almoço, na cidade mais alta de Portugal (cujo distrito é o que tem exportado, para as Franças e Germânias, o maior contingente dos únicos emigrantes que, para lá e dentro de todas as hipocrisias, são os que realmente contam para as necessidades reais ou sôfregas do orçamento continental ou metropolitano). Como se vê, agora como no tempo do salazarismo, nem toda a gente possui ou recebe os mesmos direitos (os discursantes da Guarda, pelo menos os literários, foram apenas pagos com a viagem em transporte oficial e as esposas arrumadas na última fila das dezenas e dezenas de convidados) de ser égua de cobertura ou cavalo de cobrição. Isto para falarmos em metáfora de cavalaria, que é tradicionalmente, com o devido respeito, a mais acessível às classes dirigentes e governativas.

Temos de reconhecer que, para aquelas festividades à escala mundial, de 1977, e que agora se decidiu que serão, como Dia de Portugal e das Comunidades Portuguesas, repetidas, por certo que a escala menor, todos os anos (embora o escamotear do pobre Camões por dentro das «comunidades», o que está certo, dado que, de entre todos nós, ele foi, por cerca de vinte anos de vida, o mais ilustre emigrante, se pareça muito com a falta de cultura que tem feito propagandear-se certa vergonha de Camões ter existido, quando o pobre triste já sabia e disse, há quatrocentos anos, da sua amarga vergonha de ter nascido entre gente que não merecia o seu canto, e ainda ele não tinha visto nada…), houve o cuidado novo de convidar para discursantes e recitantes, urbi et orbi, escritores ou artistas na sua maioria de reconhecido mérito. Sem dúvida que isto é de registar-se e louvar-se, esperando-se que, no futuro, não se transforme em mais um pretexto para voos internacionais da compinchada para ir tratar dos seus (dela) direitos autorais e outras oportunidades nos países aonde, segundo a fórmula oficial — literalmente muito justa — a selecção dos autores a traduzir se faz só segundo a «qualidade», sem que se explique que essa qualidade não significa necessariamente superioridade estética, mas sim que os indivíduos são, pelas entidades competentes, garantidos como, senão praticantes estritos do Realismo Socialista, pelo menos pessoas que convém usar ou são quem os analfabetos competentes incluem na lista dos compinchas (às vezes só da cerveja ali para os lados da Trindade, em Lisboa). Reatemos, e que nos perdoem os numerosos parênteses elucidativos, requeridos pelas oportunidades de informar o público alguém, como o signatário, que tem sido sempre suspeito de cripto-comunista para as Direitas, enquanto as Esquerdas há quarenta anos que o usam, sempre desconfiadas de que ele é um perigoso «direitista» (quem me chamar ou disser-me fascista será perseguido em justiça, se houver ainda em Portugal um advogado com, para usar-se uma expressão de cunho popular, «eles no sítio» e não atados por um fio a qualquer manjedoura partidária).

Pois o caso é que eu, de Abril a Junho de 1977, estaria e estive de licença sabática da minha Universidade, sendo minha intenção visitar a Europa em Maio e Junho, no que se incluía passagem por Portugal. Subitamente e inesperadamente, fui chamado de Itália a ir receber o Prémio Internacional de Poesia Etna-Taormina de 1977, o mais cobiçado prémio internacional que um poeta pode receber, mas que, em Portugal, conta pouco ou nada, por duas importantes razões: primeiro, ter sido eu o distinguido (o que dá dores de fígado a numerosos vates e seus admiradores que há anos me perseguem com a sua inveja), e segundo, porque a geografia literária lusitana, nestas matérias, não vai além dos Alguidares de Baixo, aliás dignos, da Bélgica, ou daqueles prémios sempre suspeitos de sórdida politicagem e outras coisas mais feias ainda, que costumam ser dados por uma dessas chafaricas académicas do Mundo, estando esta, com os seus competentes analfabetos, sita ali para os lados de Estocolmo. Pois sucede que por ocasião da minha viagem, que me fez ficar pela Europa até fins de Junho, eu fui contactado pelo Sr. Major Vítor Alves, organizador supremo das comemorações e, oiais acontecimentos, e tive com ele uma primeira entrevista que se destinava a convidar-me a ser um dos falantes algures no grande Dia. E como aquele ilustre membro do Exército sem dúvida se recorda, a proposta que me foi feita consistia entre ir falar à Venezuela aos portugueses dos pitróis (que também contam nas remessas para a pátria), ou falar na Guarda, como representante dos emigrantes estabelecidos nas Américas. Que se tenham lembrado de mim, eis ao que sou grato. Mas o caso é que eu não ando a dormir, e, com precária saúde, estando na Europa, não ia voar-me para Caracas em 10 de Junho, por muito respeito e estima que eu tenha pelas culturas e pelos explorados e escravizados povos da América Latina, que o têm sido todos muito mais desde que, há mais de um século, a «pérfida Albion» (vulgo, Inglaterra) os ajudou a «libertarem-se» do jugo colonial da Espanha e de Portugal (lição que os povos africanos estão repetindo e aprendendo à própria custa, por mais que seja partidário da independência deles, como eu fui desde sempre, e ainda me lembro dos calafrios e silêncios que tal ideia causava aos revolucionários civis e militares que conspiravam comigo nos anos 50, quando eu insistia por esta declaração de princípios). Claro que, entre andar para trás e para diante e ir perorar a Caracas, ou aproveitar a ocasião de falar na principal das comemorações nacionais, eu escolhi falar na Guarda. Creio não errar se anotar que Vergílio Ferreira foi convidado a discursar não por ser o altíssimo escritor que é, mas por imposição local como glória regional das Beiras, e ele escreveu um esplêndido estudo sobre Camões, que ninguém ouviu, porque não era um texto para tal ocasião em que era necessário literalmente gritar à multidão — o que muita gente achou estranho que eu fizesse, quando me viram aos berros na TV, pela simples razão de que a TV nunca mostrou a gigantesca massa de povo que das mais variadas partes e reais aldeias confluíra para a Guarda e se amontoara avidamente à nossa volta, num dos mais comoventes momentos de espontaneidade popular a que me foi ou será dado assistir, e, sem fabricos partidários com muitas camionetas e muitos automóveis transportando o «povo» do costume (como é difícil não repetir o único modelo existente e de relativa eficiência, como eram as «manifestações espontâneas» da Outra Senhora… tanto mais quanto o povo cada vez mais quer obras que paleio e misteriosas combines nunca explicadas, como as que se sucedem desde antes de Abril de 1974, cala-te boca). E mais uma nota de pé de página, quando eu, o Vergílio, as nossas caras-metades, Conselheiros da Revolução, membros da Casa da Presidência, o Exmo. Presidente da República e Sua Esposa, pousamos no campo de jogos da Guarda, e saímos dos dois helicópteros oficiais, éramos aguardados pelos membros do Governo, outras altas autoridades, e uma imensa quantidade de povo que se estendia desde ali até à Câmara aonde o Sr. Presidente foi recebido pelas autoridades locais. A marcha desde o campo até à Câmara foi a pé, como depois daí para o Hotel Turismo, aonde se albergava já o Governo e se albergavam também os recém-che-gados. E foi quando me deu o destino de saborear o magnificente e realmente democrático espectáculo de ver toda aquela quantidade de simbólicos representantes do eterno e centralizador Terreiro do Paço não conseguirem maior distinção que serem levados de roldão pela massa popular, que lhes puxava pela manga, lhes berrava aos ouvidos o que pensava, etc., etc., e os largou intactos e a respeitosa distância ao começo dos degraus do hotel. Será que terão aprendido alguma coisa? O futuro, tão incerto, o dirá, mas o povo sem dúvida que, com tudo o que o engana e leva à bebida, aprendeu muito nestes últimos quatro anos.

Ora voltemos ao ponto de eu ser convidado a falar na Guarda, no que é, para os portugueses de Portugal, tão ciosos do espaço que lhes resta (e também do dinheiro alheio que deve continuar a chegar de fora), uma dupla e saborosa ironia — muito mais complicada do que alguns imaginam ou sabem — e que muito importa ao principal assunto desta Carta Aberta. Quando em 1959 me exilei no Brasil, e me fizeram lá catedrático de Literatura, as condições da minha vida e dos meus eram as mais precárias: eu era e seria sempre contratado por não ser «Doutor», e podia perder o emprego em resultado de qualquer intriga (o que, na melhor tradição das culturas de língua portuguesa, nunca lá me faltou nos meus seis anos de residência brasileira, e não vem ao caso). Mas precisamente por isso é que ninguém me deixava fazer doutoramento, para que o «portuga» não tivesse segurança (durante anos não foi diversa a situação do meu velho e saudoso amigo Casais Monteiro, meu colega de universidade). A única saída foi uma luta homérica que devo a amigos brasileiros que honram o Brasil, e de alguns dos quais já só tenho a nobre memória para venerar: conseguir-se — o que era legalíssimo mas sumamente raro e difícil compreensivelmente — o reconhecimento, por obras e actividades, do chamado notório saber por parte do Conselho Superior de Educação, e a consequente autorização para que eu me submetesse ao concurso de Livre-Docência, análogo em tudo a um concurso de cátedra, mas título superior ao de Doutor cuja concessão oficial desse mais alto concurso decorria. Naqueles idos negros dos anos 60, todos nós no Brasil (excepto, é claro, aqueles portugueses da Oposição que iam pagos para vigiar as nossas actividades oposicionistas, e tratar de suprimi-las o mais possível em suas repercussões, com a mais completa colaboração da quase inexistente «resistência interna», ou a «externa» de outros focos, que invejavam qualquer influência daqueles que primeiro haviam no Estrangeiro denunciado alto e bom som a opressão salazarista) imaginávamos que nunca mais voltaríamos a Portugal (já que não tínhamos emprego respeitável de mártires da clandestinidade), e que o melhor era sermos cidadãos brasileiros, pagando a hospitalidade que desfrutávamos, apesar do desgosto de muitos que disfarçavam às vezes de anti-salazarismo o que era aquele antiportuguesismo que muito português de Portugal não entende e julga ser uma justíssima reacção contra o colonialismo e o imperialismo, quando é na verdade a máscara com que as classes dirigentes do Brasil escondem, há bem duzentos anos, o seu conúbio íntimo com aqueles dois «ismos» que lhes garantem e perpetuam o Poder. No meu caso, porém, a naturalização não era só decisão de ficar e gratamente: era também uma absoluta imposição legal, já que no Brasil, pelo menos naquele tempo, [se] se podia ser estrangeiro e Doutor, não se podia concorrer a Livre-Docência ou Cátedra sem ser-se cidadão. A este respeito, ainda que os direitos adquiridos sejam quase os do cidadão-nato, há que notar que o Brasil trata, por carimbo, o naturalizado como cidadão de 2.a classe, pois que por esse meio o passaporte informa o Universo de que o sujeito é «brasileiro por naturalização» (o que para o Universo não tem importância alguma, mas para os brasileiros tem, e por isso mesmo o proclamador da Independência, ou seja o Pedro IV de cá, depois de ter sido o Pedro I de lá, foi corrido a pontapé na primeira oportunidade, sendo que uma das suas principais faltas era ser… português-nato, ainda que, pelo grito de Ipiranga que berrou, se houvesse realmente proclamado a si mesmo o «brasileiro n.° 1», visto que os mais tiveram de requerer-lhe a ele a nacionalidade). Isto de eu ser «brasileiro» tem causado inúmeros engulhos e grandes vantagens a Portugal e a portugueses, como adiante se verá. E é que então (exactamente quando com tão grandes manifestações de consideração por mim me era dado escolher entre Caracas e a Guarda) oficialmente, oficiosamente, e através de várias entidades e criaturas, orquestrava-se o bloqueio à apresentação da minha candidatura a um prémio literário internacional, sob o declarado pretexto de que eu era brasileiro e não podia ser proposto (o que era, no caso, uma refinada falsidade, sabido que é não serem tais candidaturas necessariamente apresentadas ou apoiadas pelos governos nacionais, e assim por exemplo, se nos ativermos ao Nobel, a candidatura de Juan Ramon Jiménez, grande poeta da Espanha, foi apoiada por recomendações da América Latina e dos Estados Unidos, e é sabido que os prémios dados a Pasternak e a Soljenitsine não tinham, nem podiam ter, o apoio da União Soviética). Não vou entrar na história inoportuna dos numerosos prémios portugueses que, a todos os pretextos, me têm sido roubados à última hora, ainda quando nem sequer sei que me tinham posto a concorrer a eles — seria uma longa e malcheirosa história que não importa aqui. Mas há um que sumamente importa: foi quando em princípios de 1969, no meu regresso a Portugal, de visita, após oito-nove anos de exílio, me foi atribuído o Prémio Nacional do Diário de Notícias, conforme declaração escrita, e verbal ante testemunhas, do falecido Dr. Augusto de Castro. Eu possuo as cartas dele, em que me é explicado como, à última hora, personalidades houve que sublinharam a impossibilidade de eu receber o prémio, por ser brasileiro. Se um sujeito que é tido como um dos mais respeitáveis escritores portugueses deste século, segundo a crítica e a Imprensa, é discriminado assim, que pode esperar da hipocrisia metropolitana qualquer emigrante anónimo sem conta no Banco (que eu nunca tive nos Estados Unidos, em Portugal ou no Brasil, e muito menos na Suíça, com perdão da referência que não sei ao certo a quem sirva)? Responda ou cale-se, e de preferência cale-se, que todos Vossas Excelências o que têm é falado por de mais e a desoras.

Pois é verdade — lá ia o «brasileiro» falar à Guarda em nome dos emigrantes sobretudo na América do Norte, onde as vicissitudes da América Latina me puseram, ao tempo em que eu não podia voltar a Portugal. Mas é claro que isto era esquecer os meus sentimentos democráticos e era ainda, e sempre, funcionar mentalmente nos esquemas centralistas e autoritários do Estado Novo, com a habitual inocência. Tinham-me os portugueses dos Estados Unidos e os luso-americanos plebiscitado para os representar? Não tinham, ninguém os ouvira (tanto mais que eu não fui parar a Caracas por esperteza minha), ainda que eu não duvide que o tivessem feito, se devidamente consultados. Eu era, como sempre, pura e simplesmente nomeado representante deles por um acto gratuito (em todo o sentido da palavra) da eterna Lisboa ou Lísbia onde nasci, ou do seu simbólico Terreiro do Paço. O que na Guarda aclarei devidamente, com os mesmos democráticos argumentos, e dizendo que só tinha autoridade para falar em meu próprio nome. Acerca da minha nacionalidade brasileira, que assim se tem provado tão vantajosa a alguns, há uma deliciosa nota complementar que os Serviços do Ministério dos Negócios (que palavra infeliz) Estrangeiros por certo não ignorarão. É que, para efeitos de imigração (com i, para quem entra), os Estados Unidos da América não reconhecem nem aceitam nacionalidades segundas, pelo que, oficialmente e legalmente, embora com um passaporte brasileiro, eu continuo português nos Estados Unidos, ainda que não em Portugal sempre que é conveniente. Aqui têm VV. Exas., com muito resumo, o que tem sido para mim ser «emigrante» vai para vinte anos, e em dois países, e que reflexos isso tem tido na minha existência lusitana. Passemos agora aos emigrantes a quem, com tanto trémulo de garganta, mensagens são enviadas. Não sem primeiro eu dizer que, se não tenho remetido para Portugal o dinheiro que não me sobra, nunca em cerca de vinte anos de ausência de lá retirei os parcos dinheiros ganhos com as edições dos meus livros que longamente têm estado na lista negra das entidades compradoras de exemplares (antes e depois de Abril, sem diferença), e nunca foram incluídas nas leituras obrigatórias de nenhum partido político, o que faz uma grande diferença, quanto a aquisições populares e outras.

Pois o caso é que, na verdade, o País tendo desbaratado o que tinha e o que não tinha em fazer e desfazer Abriladas, com uns quantos devotados ingénuos e uma catrefa de aventureiros à comparação dos quais os grandes malandros dos tempos salazaristas, além de serem em muito menor número, fazem figura de criaturas em dieta de Quaresma rigorosa (e eu não quero mencionar ninguém, mas permito-me recordar ao público leitor que este fazer e desfazer de revoluções que, na esmagadora maioria dos casos, ninguém jamais desejou para lá de agitações convenientes ou de vinganças e satisfação de ressentimentos e ambições pessoais, este desfazer e contrafazer, acompanhado sempre de muita gritaria, com muito pequena? diferenças, tem sido há quatro anos realizado praticamente pelas mesmas pessoas ainda que se disfarcem de outras e mudem de cadeiras e até de partidos — e que, apesar do desenfreado despautério, e além da inestimável liberdade que realmente se recuperou e defendeu, há um largo saldo positivo de verdadeiras conquistas sociais, no que não devemos esquecer a generosa amnistia tão prontamente dada, ou fuga, a numerosos «pidosos», antes de poder saber-se a quantos senhores tinham servido, ao tempo em que os Doutores e não Licenciados Salazar e Caetano eram quem oficialmente lhes pagava), pois é o caso que o País precisa imenso de que os emigrantes mandem as economias para a metrópole (terminologia dos tempos colonialistas) ou o Continente (terminologia das Ilhas ditas Adjacentes), mas, ao mesmo tempo, para continuarem a mandar esse dinheiro, fiquem lá onde estão, até porque, se pensassem em voltar trazendo consigo o tremendo capital, muitos deles, do seu trabalho especializado que o País perdeu, iam aumentar ainda mais o terrífico problema do desemprego lá onde muitos não querem trabalhar ou trabalham o menos que podem, outros acumulam empregos e luvas que é um nunca acabar de sangria, e muitos outros não têm trabalho porque os governos andaram a brincar aos socialismos, o que é uma brincadeira muito cara que só se sustenta com força de ditadura que mande apertar o cinto e dê porrada nos recalcitrantes, ou quando um país tem uma sólida economia de alta produção industrial capaz de pagar as benesses do socialismo que todos, ou quase todos, que mais não seja sob o simples nome de justiça social, temos portuguesmente desejado. Enfim, é tarde para choramingas, como quem regerá os destinos dos Estrangeiros Negócios saberá melhor do que ninguém, ao ter de dourar governamentalmente as amargas pílulas impostas pelos prestamistas que se conseguiram arranjar, e que não deram nunca nada de graça, a não ser ao Xá da Pérsia e aos coronéis da América Latina, como a outros conhecidos democratas, qual o governo da Indonésia a quem de Portugal se entregaram as vidas de Timor. O cómico e o ridículo disto tudo já eu o apontei na Guarda, em 1977, alto e bom som, falando ao povo e aos respeitáveis ouvidos governamentais, e não terei sido o primeiro e quem me dera ser o último. Antes da Revolução, que eu já chamei dos Cravos e dos Cravas, era um pavoroso crime do fascismo, denunciado com veemência e estatísticas em todas as oportunidades, a exportação de gado humano para a França e a Alemanha, empobrecendo-se tragicamente as reservas de trabalho do povo português. E era verdade: em vez de estabelecer-se verdadeiramente uma política de fomento, instalava-se uma desenfreada especulação financeira e imobiliária, sem qualquer base na realidade, que não fossem as remessas de numerário feitas por esses trabalhadores (que os emigrantes da América tenham por anos e anos sustentado os Açores nunca passou pela cabeça de ninguém, até à hora do susto de ser agitado, por interesses sumamente escusos, o fantasma de uma independência que acabaria com eles em algo semelhante a Havai ou a Porto Rico). Chegou a Revolução Libertadora que a gente desconfia terem sido muitas que nem todas sabiam umas das outras, entre elas sem dúvida, ainda que ele discretamente não tenha dito nada e provavelmente não o diga nunca, a do próprio Doutor Caetano que se sabia num beco sem saída por todos os lados, e deixava a herança aos que se propunham havia tanto (outros mais recentemente, como é sabido, e para que, segundo a frase histórica, «o poder não caísse na rua») salvar a Pátria e mais pertences. Tem sido, como é sabido, uma grande Salvação que, com perdão da desagradável comparação, mais parece o epílogo farsesco do Salve-se Quem Puder do Caetanismo, que, em 1972, tive oportunidade de examinar em Portugal, em Angola e em Moçambique. Mas, enfim, é o que se pode arranjar, e alegre-se a gente com a liberdade de falar e escrever.

Veio, pois, a múltipla Desrevolução (na verdade, segundo a retórica salazarista, a gente tinha já uma revolução que continuava desde 1926, e parar esta era o mais preciso); e, quando a gente esperava que Portugal, em ansiados gritos, conclamasse ao materno ou paterno seio (a gente nisto de mamas pátrias nunca sabe de que lado está) os filhos dispersos e abandonados da mãe-terra ingratíssima, qual nada: logo se começou a dizer que era melhor ficarem todos onde estavam, a mandarem para Portugal o dinheiro que voava, voava, que era uma dor de alma. Além do mais, eu peço infinitos perdões de lembrar acontecimentos tidos por clandestinos e impróprios de serem referidos. Portugal recebeu de repente as vagas sucessivas dos chamados retornados — e só este nome é uma das mais clamorosas faltas de competência, lucidez e até cinismo político das Esquerdas portuguesas. Com efeito, desses milhares e milhares de pessoas de todas as cores políticas e de pele, que a precipitação da chamada «descolonização» e das consequentes lutas civis logo desencadeadas em Angola atirou sem protecção alguma ou previsão alguma para Portugal, muitíssimos, nados e criados em Angola ou Moçambique, e por gerações de lá oriundos, não retornavam a parte nenhuma, mas escapavam-se (nem todos nascem heróis, como a maioria dos políticos profissionais bem sabe por experiência própria) da terra em que sempre haviam vivido, para uma outra que, se podia ser suposta uma lendária vaga mãe-pátria, lhes era totalmente alheia. Os realmente retornados eram só os «patos-bravos» que tinham, na década anterior a 1974, ido fazer a sua grossa maquia no Fim de Festa (e é melhor não inquirir quantos prédios de Luanda ou de Lourenço Marques — desculpem-me não dizer Maputo, que portuguesmente soa mal, e eu respeito e amo Moçambique — não foram ou ainda são pertença de muitos dos nossos heróicos libertadores de Abril e outros amigos deles, dos tempos em que, coitados, encalhados naquelas terras ou guerras bárbaras, que haviam eles honestamente de fazer senão investir o que elas lhes rendiam). As Esquerdas, na sua cegueira de cada qual se dar ares de ser mais à esquerda que o vizinho da esquerda, desejou apenas ver nessa gente, na sua maioria vítimas desorientadas, mas reaccionários pavorosos que era necessário isolar e exportar para não piorar ainda mais o desequilíbrio de forças notoriamente existente na população portuguesa, quer a gente goste, quer não goste. Como tudo era Esquerda, e havia muitas que todas se detestavam com o mesmo ardor com que hoje se detestam mais para a Direita, podiam, sem aquela cegueira, ter tirado um colossal lucro político do desastre. Em lugar de alienarem aquela gente toda que se viu logo rodeada dos cuidados e carinhos das Direitas encapotadas ou às abertas, podiam todos ter jogado em convencê-los que tinham sido os outros quem os havia traído, como a Direita dizia que sucedera. No fim de contas, essas acusações mútuas eram de regra, e nunca impediram a notória boa harmonia de sucessivas coligações ministeriais: mas teriam rendido tremendamente no caso, tanto mais que é sabido que toda a gente foi realmente traída numa ocasião ou noutra por alguém (na mais lídima tradição dos gloriosos fastos das imperiais traições lusitanas que eram o pão nosso de cada dia dos pobre rajás do Oriente, que confiassem num português governante), e a isso não escaparam, como é mal sabido, e sob as flores da mais devotada amizade, o PAIGC, a Frelimo, ou o sacrossanto MPLA, que o sabem muito bem. Não faltaria lama mútua, da qual se capitalizassem alguns dos «retornados» que a gente, creio eu, ainda vê esquecidos em enxergas no aeroporto de Sacavém, para ilustração de nacionais e estrangeiros no que seja a falta de vergonha a que se pode chegar. Para não falarmos puramente de «humanitarismo», sabido que somos, na verdade, uma raça de pêlos no coração, dura como o diabo, e mais impiedosa do que ele, sob a doce máscara da nossa grosseria risonha e satisfeita, capaz de despachar à sacholada o vizinho e amigo, só com pôr um pouco de cuspo nas mãos.

Silêncio, pois, discretíssimo silêncio quanto aos emigrantes e ao seu dinheiro. Este, e eles, darão provas de confiança na medida da confiança que Vossas Excelências inspirem ou com que sejam inspirados, no entalanço entre receber as patacas e contentar as conquistas da Revolução (muitas das quais são na verdade os numerosos tachos aos amigos, ou àqueles cuja amizade se pensa comprar assim). Mas cessem de uma vez, por amor à decência de cantar de sereias, para o que sem dúvida lhes faltam a voz e o físico atraentes que baste, além de lhes faltar a afinação política para cantar acertadamente. Ou então confessem de uma vez que estão a fazer a colecta para o funeral de 1980, quando há que celebrar dignamente as traições de quatro séculos antes. O maior problema que eu vejo é onde guardar-se higienicamente um cadáver de 90 000 km quadrados, cujos restos mortais ninguém deseja que não para bases estratégicas no Atlântico, fim para que os portugueses são inteiramente inúteis. Se essas bases tiverem de ficar, todos sabemos que há cubanos em Miami, ou em Havana, em número suficiente para mantê-las em nível de eficiência para os possíveis ocupantes.

Perdoem-me estas tão extensas e por vezes tão duras observações de um «emigrante» condecorado por ilustre isso mesmo. Mas era mais que tempo de dizerem-se umas cruas verdades que eu tenho independência e limpeza para dizer. Que os deuses vos iluminem, e conservem o Exmo. Presidente da República tão íntegro como o conheci, e tão independente e isento como o sei capaz de ser. E para terminar, Sr. Ministro, deixe-me confessar-lhe que tudo isto escrevi sem ter lido a sua mensagem, por absolutamente desnecessário. Creia que, cumprimentando em V. Exa. o Governo legal da República, se subscreve com o devido respeito, o

Jorge de Sena, escritor português, cidadão brasileiro, imigrante nos Estados Unidos da América, e com residência em Lisboa no nada aristocrático Bairro do Restelo, à Torre de Belém, magnificente símbolo do que não cabe no empequenecimento de um Portugal cujo enterro esperemos evitar.

Santa Barbara, Califórnia, 26 de Março de 1978

Odes de Jorge de Sena

A ode é forma poética canônica muito revisitada por Jorge de Sena, sobretudo nos anos 40 e 50. Das 14 que nos legou, já aqui editamos a "Ode ao surrealismo por conta alheia", "Ode aos livros que não posso comprar" e "Ode para o futuro". As que se seguem bem comprovam a variedade de modulações com que JS recria forma tão arcaica que varou os séculos.

  

 

 

 

Ode a Alberto de Lacerda

Ao longe, entre palmares e brumas
e ventos de monção erguendo espumas,
uma visita recebeste, gélida e ardente.
Beijou-te os olhos de menino doente,
as mãos ingênuas de menino arguto –
e tu, olhando as coisas e tocando-as leve,
ouviste que falavas
do que não tocavas,
e pelo mar partiste.

A ti, quem te chamou? Quem te expulsou?
Quem te acordou? Quem te mantém dormido?
Quem com palavras nuas te comprou?
Quem te despe da vida como a um deus vestido?
Ai nunca saberemos que ninguém!
E nem palmares, nem brumas, nem visita ardente
ou gélida, nem mesmo a tua velha infância,
nem mesmo tu, que morres de ser só
o sopro que te anima.

Mas tu, fechando os olhos, vês Diotima.

2/9/1951


 

 

Ode à Beira Nada

Eu leio estes poetas com imensa amargura.
É tão verdade que todos desejamos
( todos, menos quem deseja o sossego dos outros)
a liberdade mais perdida a cada sonho com ela
como flor tranquila vicejando algures
onde contemplá-la é só chilreio vago
do campo antigo!…Eu espero, eu vejo, eu quero,
mas há em tudo isto um travo exacto
a deslealdade, a fuga, a evasão, e não a luta,
um travo a imaginar que a outra humanidade
será melhor apenas para nós sermos os mesmos
com auditório melhor. Tudo será igual,
no fundo querem tudo igual, pois quando gritam
por este vácuo de universo e acaso,
delírio de estruturas consumindo-se
voltadas para um fim que não possuem,
pois quando gritam (e dizem nomes belos,
imprecações brilhantes, vocativos mágicos)
por este claro monstro que em mim trago,
de que não há cesariana que me salve,
não é por ele que chamam; não procuram
saber que existe, desconfiam, temem,
agarram-se uns aos outros, temerosos,
fingindo rir da ingenuidade aflita
dos que, outrora, se curvavam solícitos,
sonâmbulos, seguros, para a poeira do mundo,
nela beijando os sinais, patadas, marcas,
dos deuses que brincavam aos humanos,
como os humanos a imortais brincavam,
brincavam a invisíveis, a sem peso,
primeiro ainda orgulhosos de que as coisas
fossem a pedra com que faziam outras,
depois já tristes de que as pedras fossem
como o regresso ao ventre entressonhado,
mais tarde atentos à evidência de estar vivos,
e quase agora aflitos sem saber porquê.
Não, não, toda esta gente é ignóbil, miserável,
não posso deixar de os ler com imensa amargura.
Passam cantando inúmeros disfarces
contra a morte dos deuses e das leis, das classes,
de tudo o que por séculos inventou palavras
com que eles cantam; e, no calor do canto,
há um consolo atroz, gramatical, de sobrevida,
relento a vida viúva e mal lavada.
Não! tudo isso é falso! Acudam que é traição!
Ainda é tudo o mesmo, a mesma teatrada,
a margem da verdade que não é a verdade,
se não há razões, se nós, os que sabemos,
é que andamos cá por ver andar os outros?
Que fidelidade eu devo, mais que a de voluntário escravo,
a novas grades com que se preparem
para prender quem grite que não há uma causa,
que não há um fim, nem uma razão,
que de nos agarrarmos uns aos outros
não nasce outra razão além dos gestos?
Confessai, por uma vez, cobardes,
que até por corbadia particais heroismos!
confessai por uma vez, que não tendes coragem
para lutar alegremente e sem motivos!
confessai que não sabeis amar a vida,
que não a amais senão na dor dos outros!
Confessai, confessai, apenas uma vez!
E, se depois cantardes, se ainda então
o sexo a mais ou a menos que vos subiu à garganta
ainda for o pipilar das avezinhas,
por entre os ramos mentais de um arvoredo
que os montes não conhecem, nem os rios
reflectiram nunca, nem os homens viram,
então, sim, então podereis ser líricos.
Sereis só líricos sem máscara. Repipilareis
na doçura da tarde( ai como é doce!),
no silêncio da noite ( ai como é escura!),
no estalido róseo da madrugada próxima…
…………………………………………………………….

Alto! Alto aí! Não vos inspireis! Deixai nascer o Sol!…
Deixai que ele nasça, que, sem todos vós – el' nasce.


20/7/48

 

 

Ode à Incompreensão

De todas estas palavras não ficará, bem sei,
um eco para depois da minha morte
que as disse vagarosamente pela minha boca.
Tudo quanto sonhei, quanto pensei, sofri,
ou nem sonhei ou nem pensei
ou apenas sofri de não ter sofrido tanto
como aterradamente esperara –
nenhum eco haverá de outras canções
não ditas, guardadas nos corações
alheios, ecoando abscônditas ao sopro do poeta.

Não por mim. Por tudo o que, para ecoar-se,
não encontrou eco. Por tudo o que,
para ecoar, ficou silencioso, imóvel –
– isso me dói como se ausência a música
não tocada, não ouvida, o ritmo suspenso,
eminente, destinado, isso me dói
dolorosamente, amargamente, na distância
do saber tão claro, da visão tão lúcida,
que para longe afasta o compassado ardor
das vibrações do sangue pelos corpos próximos.

Tão longe, meu amor, te quis da minha imperfeição,
da minha crueldade, desta miséria de ser por intervalos
a imensa altura para que me arrebatas
– meu palpitar de imagem à beira da alegria,
meu reflexo nas águas tranquilas da liberdade imaginada-,
tão longe, que já não meus erros regressassem
como verdade envenenando o dia a dia alheio.

Tão longe, meu amor, tão longe,
quem de tão longe alguma vez regressa?!

E quem, ó minha imagem, foi contigo?

(De mim a ti, a mim,
quem de tão longe alguma vez regressa?)

9/10/49 – rev. 1950

 

 

Ode à Mentira

Crueldades, prisões, perseguições, injustiças,
como sereis cruéis, como sereis injustas?
Quem torturais, quem perseguis,
quem esmagais vilmente em ferros que inventais,
apenas sendo vosso gemeria as dores
que ansiosamente ao vosso medo lembram
e ao vosso coração cardíaco constrangem.
Quem de vós morre, quem de por vós a vida
lhe vai sendo sugada a cada canto
dos gestos e palavras, nas esquinas
das ruas e dos montes e dos mares
da terra que marcais, matriculais, comprais,
vendeis, hipotecais, regais a sangue,
esses e os outros, que, de olhar à escuta
e de sorriso amargurado à beira de saber-vos,
vos contemplam como coisas óbvias,
fatais a vós que não a quem matais,
esses e os outros todos… – como sereis cruéis,
como sereis injustas, como sereis tão falsas?
Ferocidade, falsidade, injúria
são tudo quanto tendes, porque ainda é nosso
o coração que apavorado em vós soluça
a raiva ansiosa de esmagar as pedras
dessa encosta abrupta que desceis.
Ao fundo, a vida vos espera. Descereis ao fundo.
Hoje, amanhã, há séculos, daqui a séculos?
Descereis, descereis sempre, descereis.  

31/3/49

 

 

Ode a Ricardo Reis

Rosas raquítas te of'reço, poeta,
porque é da ode of'recer rosas
e não há doutras nas palavras de hoje.

Desfolha-as sabiamente nos teus lábios
e fala esse perfume que el's não têm;
ah diz-me como é vão o vão das pétalas,
se as rosas que te ofereço não são rosas
para criar em ti novo desdém.

Dilui-te um pouco nesse amor vendado;
e, quando o teu cuidado nos buscar,
aventa a hipótese da morte inglória:
se algum de nós morrer da morte de ambos,
é que estas rosas te serviram tais
que assim raquíticas duravam mais.

8/4/1942 – 1947

 

 

Ode a um reformador do mundo

Outros, que não tu, puseram nos teus braços 
o mundo imprimido por ti à sede de justiça.
Mas foi como nascendo que lhes deste
o sangue de mais outros que já estavam mortos
tão antes de raiar o novo dia
a quem, também, traçaste o círculo da terra!

E a sede era maior porque vivia,
porque era, sobre o campo da alegria,
uma seara ardendo ao tempo que crescia,
um pão de eternidade sem um deus presente
abandonando os gestos ao fervor de outrora.

… … … … … … … … … … … … … …

A nós as cordilheiras entre as terras
suspensas dos montes como de um senhor!
A nós a perspicácia dos olhares impuros,
quando olham corpos que pertencem sempre!
A nós a mancha que as nuvens negras
passeiam parda sobre a terra seca!
A nós as cores do inatingível termo
em que a justiça embalará os homens,
se falsos homens há para atingi-lo!
A nós os dedos que emprestaste às mãos,
a que obrigaste as mãos dos que não entendem!
A nós a liberdade de cantar vitória
por cada espezinhar de um velho mundo!
A nós o círculo sempre traçado à terra!

E a mim o amor das searas invencíveis!
A mim as lanças das bandeiras do universo
e não as franjas de ouro do caminho andado!
Quero que a tua glória seja do meu rasto!

A mim todo o futuro e a multidão que o encha!
À minha voz, a dor da vida quando exige tudo
e rasga em homens a ilusão de paz!
Que eu grite a angústia firme da exigência eterna,
grito após grito, quanto um grito custa:
– e nem o meu mundo é já o que me dás.

8/2/42

 

 

Ode ao Amor

Tão lentamente, como alheio, o excesso de desejo,
atento o olhar a outros movimentos,
de contacto a contacto, em sereno anseio, leve toque,
obscuro sexo á flor da pele sob o entreaberto
de roupas soerguidas, vibração ligeira, sinal puro
e vago ainda, e súbito contrai-se,
mais não é excesso, ondeia em síncopes e golpes
no interior da carne, as pernas se distendem,
dobram-se, o nariz se afila, adeja, as mãos,
dedos esguios escorrendo trémulos
e um sorriso irónico, violentos gestos,
amor…
            ah tu, senhor da sombra e da ilusão sombria,
vida sem gosto, corpo sem rosto, amor sem fruto,
imagem sempre morta ao dealbar da aurora
e do abrir dos olhos, do sentir memória, do pensar na vida,
fuga perpétua, demorado espasmo, distração no auge,
cansaço e caridade pelo desejo alheio,
raiva contida, ódio sem sexo, unhas e dentes,
despedaçar, rasgar, tocar na dor ignota,
hesitação, vertigem, pressa arrependida,
insuportável triturar, deslize amargo,
tremor, ranger, arcos, soluços, palpitar e queda.

Distantemente uma alegria foi,
imensa, já tranquila, apascentando orvalhos,
de contacto a contacto, ansiosamente serenando,
obscuro sexo à flor da pele… amor… amor…
ah tu senhor da sombra e da ilusão sombria…
rei destronado, deus lembrado, homem cumprido.

Distantemente, irónico, esquecido.  

17/7/49


 

Ode ao destino

Destino: desiste, regresso, aqui me tens

Em vão tentei quebrar o círculo mágico
das tuas coincidências, dos teus sinais,
das ameaças
do recolher felino das tuas unhas retráteis
– ah então no silêncio tranquilo, eu me
acolhia ansioso
esperando já sentir o próximo golpe
inesperado.

Em vão tentei não conhecer-te, não notar
como tudo se ordenava, como as pessoas
as coisas chegavam
em bandos,
que eu de soslaio, e disfarçando, observava
para conter as palavras, as minhas e as
dos outros,
para dominar a tempo um gesto de
amizade inoportuna.
Eu sabia, sabia, e procurei esconder-te,
afogar-te em sistemas, em esperanças,
em audácias;
descendo à fé em mim próprio, até busquei
sentir-te . imenso, exacto, magnânimo
único mistério de um mundo cujo mistério eras tu.

Lei universal que a sem razão constrói
de um Deus ínvio caminho, capricho
dos Deuses,
soberana essência do real anterior a tudo,
Providência, Acaso, falia de vontade
minha,
superstição, metafísica barata, medo
infantil, loucura,
complexos variados mais ou menos
freudianos,
contradição ridícula não superada pelo
menino burguês,
educação falhada, fraqueza de espírito,
a solidão da vida,
existirão ou não, serás tudo isso ou não,
só isto ou só aquilo,
mas desisti, regresso, aqui me tens.
……………………………………………………
Desisti, regresso, aqui me tens,
coberto de vergonha e de maus versos,
para continuar lutando, continuar
morrendo,
continuar perdendo-me de tudo e de todos,
mas à tua sombra nenhuma e tutelar.

17/10/47 


 

Ode aos Plátanos

Queda de folhas com que a aragem soa
a luz do sol em sombras sobre os vossos troncos
de esverdinhado ouro secular
– ó plátanos dourados e nodosos! –
que sempre o mesmo Outono vos consola,
dormência igual, Inverno já tão próximo,
carícia vegetal de esquecer tudo,
folhas tombando, esguios ramos hirtos,
tão doloroso e fácil contemplar-vos!,
tão lentidão de sombras mais antigas
que a dança cadenciada de escutar-vos.
Troncos, rochedos, grenha de braçadas,
chiar de sonhos, solidão musgosa,
e as folhas caem por entre a limpidez
de um ar sonoro levemente azul.
Ligeiras, secas, já de sempre ouvidas,
as folhas correm pelo saibro húmido.
Nas noites frias, rígidas, metálicas,
de sono lúcido e profundo além da névoa,
com vossos ramos nus tão numerosos,
que nevoeiros calmos esfarrapareis!
– ó plátanos dourados e nodosos!…

6/12/49


 

Ode às Ideias Irresponsáveis

Estou só, deitei ao nevoeiro que rodeia a fronte
à hora da partida para a dúvida já física
todos os mundos… Ó minhas irmãs,
como estou só! sem flores, sem barcos,
sem a minha voz, sem alma,
sem a alegria de um nascer diário
na força de astros múltiplos, sensíveis,
confiando auroras ao carrear do vácuo
e ao pálio de ondas que as falésias deixam
desdobrar em franjas,
                                       franjas que o azul alonga
ee já verde, enquanto um pássaro
persiste nos rochedos e o rochedo é o pássaro
pousado e as asas são a espuma
                                                           a um lado e outro,
e já verde o azul imita o frágil mar…
Ó minhas irmãs, cabelos sois e um corpo sempre virgem
e o que ele brilha, próximo do fim,
                                                         junto à inocência,
por ambição e medo do contacto!

Ó minhas irmãs, demora-se o destino
a ponto de ser vossa a tempestade
que a tempestade enfrenta, esmaga, calca,
nas nuvens lúcidas e livres,
nenhum vento,
                           nenhum vento aqui.

Ó minhas irmãs, dentro de mim,
numa insistência de lágrimas traídas,
elevam-se montanhas prenhes de raízes,
                                                                     ruge
essa cascata de que emana Deus,
emana a Sua Imagem rápida e vulgar
de eu não viver convosco,
mas para vós no espaço tão completo!

E bem sabeis
                        que a violência foi e não voltou ainda,
que não caminha nela o canto que a antecede,
que não existe um laço entre ninguém,
que nada é invisível,
                                  nada injusto,
nada um êxtase de pálpebras marinhas,
nada o vosso corpo e a multidão dos povos,
de cérebro convulso, em luta pelas margens
do rio que vós sois porque ela existe!
existe apenas, basta,
ó minhas irmãs, não sei chorar.

Não sei, minhas irmãs, e perdi tudo:
a confiança, a fé, a independência,
o amor único do arado em espírito.

Ó minhas irmãs, chorai por mim. Se foi,
no centro ardente dos bailados que dançastes
sobre a minha esperança, o meu lugar prateado
pela angústia humana de extorquir imagens,
se foi a minha esperança a erva das montanhas,
que, orvalhada de sangue, vos ungiu os pés,
se os vossos pés ungidos transportam pólen,
se o pólen era estéril longe dos meus olhos,
se os meus olhos não souberam ver
que uma verdade é só de estar contida
e prisioneira, e não sentido ou acto,
ó minhas irmãs,
                             as lágrimas traídas
são vossas, são do pássaro
que enegreceu na rocha
e da sua pupila
fixa e convexa
– e não minhas, que as não sei chorar…

Ó minhas irmãs, se montanhas vagueiam,
vagueia o Sol com a esfera dos planetas
e o firmamento vagueia na audácia dos homens…

E que homens há levando a verdadeira noite
nas pontas dos dedos com que vos tocaram
amorosamente,
                             recolhidamente,
para que a verdade suba vitoriosa,
neles e eles nela, ao miserável encontro
dos sublimes astros?
                                    Ó minhas irmãs,
é vossa a tempestade, eu perdi tudo,
eu deitei ao nevoeiro as minhas vestes
e o vosso orgulho, a vossa humanidade,
e o vosso heroísmo…

Estou só, minhas irmãs. Foram-se os séculos.
Não tendes vós os séculos da vida?!

Eis que vos peço que choreis por mim.

1/7/1942

The Almighty Computer

Very generously, Prof. George Monteiro gives us a translation for the ironic tale of Jorge de Sena – which has been transcribed in its original form here – published 30 years ago in the newspaper Portuguese Times of New Bedford, Massachusetts, without ever being reprinted.

 

I do not know if there has already begun to evolve in Portugal that institution of the credit card which so permeates the lives of middles-class Americans. That card, usually made of plastic, is issued to a lucky mortal whose name and credit number are printed in relief in that strange design of letters and numbers that is apparently the only one that a computer of middling intelligence can read. Large department stores, airlines, oil refineries, restaurant chains, etc. (but not food stores or markets, etc., because they would otherwise lose those odd cents they juggle with on pricing) issue these cards with utmost generosity. One can buy practically anything, and spend well beyond one’s means, with that deck of cards for which one must possess a special cardholder to collect them. One can, as well, travel from one end of America to the other without a cent in one’s pocket, so long as one does not travel frugally, merely by presenting the right card for the occasion. An employee, instead of taking your money, runs your card through a small press that translates the information on the card to a charge slip. To this point, unless one has lost one’s card and it has been found by an unscrupulous person, everything works like a charm for the happy possessor of this source of such great convenience.


All those slips, charges for all companies, converge from all over America to be fed to a formidable computer, which chews them and issues a monthly invoice that the company forwards by mail to the customer, and that the latter will pay by check through the mail. Upon receiving his bill, the customer, if he is a cautious type, compares it with his copies of the slips that correspond to the various charges. And he discovers with alarm that his bill includes charges for one flight costing some 200 dollars that, through some mistake on the part of the computer or whoever feeds it, has been mysteriously charged to him. This happened to him late in 1968. Immediately, the fellow set about paying his bill, minus the cost of the trip he had neither taken nor booked, and he wrote a letter to the company in December of that year pointing out the error. A month later, early in 1969, he received a form letter from the formidable computer advising him that his account was now in arrears. A few days later, he received a letter (not from the computer) thanking him for his payment but (faithful to the computer) underlining the notion that he should pay his bill “in full.” Our fellow sent out a second letter to explain what had taken place—and he received his bill from the computer, but this time it no longer showed one airfare outstanding, but two of them, because no one had informed the computer that it should not add that amount to the bill every month. Already uneasy over the question of sanity in the Universe, the poor customer (who by now had almost ceased to be one, for he didn’t dare use such an unlucky card) paid off what he still owed, less the cost of that mythic flight which each month became still another flight—and he telephoned, from one end of America to the other, to explain what was going on. Those who answered the telephone were most courteous. They told him he was fully in the right (more than likely they had been with the company no more than a couple of weeks and that in two months they would be with a different company—what did they care?), and they sent him his January bill—now listing three airfares. The poor fellow owed the company 600 dollars, and each new bill it was another 200 dollars. Terrified and vexed, he wrote still again to insist that an error had been made, telling the full story and including with his letter copies of other letters written and letters received, etc. The company responded with a lovely letter, thanking him for the payments he had made (had not made), but warning him, this time in a more intimidating manner, that unless his outstanding account was settled, his credit card would be invalidated. In desperation the customer again telephoned, and once again it was acknowledged that he was fully in the right. Why, he was the victim of a fantastic situation… —and he received from the computer a new warning, sharply threatening him for the nonpayment of his debts. In February arrived another statement formidably recalculated by the computers 400 dollars. A correction had been made but the correction had been limited to the one month when someone had actually paid attention to the mistake, and nothing more. Insane with hatred, and already mired in fatalistic dejection, but with a faint hope that the beating had instilled in him, our fellow wrote still again. In reply, he received from the computer a warning regarding his laxity in paying his bills. In May, finally, the company responded: they were checking with the airline to find out just what had occurred with his flights. A month later, another letter declared—what a relief—that the charges were in error since it was now clear that he had not flown at all. But shortly thereafter, a new warning served him notice that his credit was now limited to the original 200 dollars that he had never paid as he should have. The poor fellow, by this time under sedation for nerves, wrote still another letter, including new copies, etc, and retelling the whole story. The company replied (by telephone) to inform him that he owed the money and there would be no more talk about the matter. Furious, he wrote still again. The company, which will deal neither with demons nor madmen, did not reply. The fellow waited, and waited, and waited, and decided finally to take up the matter directly with the airline whose flight he had not taken. The airline explained that the matter rested clearly with the two companies, and that he, a victim, was innocent. A year had gone by since this tragicomedy had begun. The fellow began to breathe easy. But then he received a notice that his credit card was now cancelled and that he was not one to whom credit was worth extending. In the depths of despair, this miserable man inundated the United States Congress with mall. Finally, in May 1970, there arrived the sweetest communiqué from the company—the company would once again welcome him among its family of customers, it apologized for everything, and it re-established his credit line—with a limit of 100 dollars, plus an additional 66 to cover those expenses incurred in the correction of the error. Yet, since companies and computers working for companies extending credit exchange all customer information, our hero—restored to the dignity conveyed by a credit line limited to the amount of a debt he had never incurred—is hardly free from the possibility of having new charges and other credit cards rejected. What if the computer decides mechanically, and secretly, without our hero’s having any way of knowing what is going on, that he is a stubborn backslider who, for months on end, will not pay for flights he has not taken and that the computer has faithfully totaled up? Or what if it decided, regarding his universal card, compiled by the gigantic computer which, for millions of Americans, centralizes that information on all public or private acts that come within the reach of computers, that he is a dangerous type, capable of exercising a computer for months and months, and capable even of complaining to the Congress about perfectly efficient computers and charging those that feed them with inefficiency?

This story was not imagined, nor is it a piece of science fiction. Even less is it a literary imitation after Kafka. It is authentic, a fact confirmed as such by the press and by those official groups who battle against the waves of irresponsible mechanization. But let it be said, since Kafka has been mentioned, that Oscar Wilde was right when he insisted that Life imitates Art. There is no doubt that Life imitates Art, and that it does so to an extent unimagined by even the most perverse inventor of delirious fictions and of oppressive nightmares. Consequently, if that convenient institution of the credit card already does exist in Portugal—so deliciously inflationary—it would be good if there existed as well someone both to monitor against the computerizing of human beings, and to implement the humanizing of computers. Or, there should be, at the least, some efficient system of commerce between computers and those beings they now serve so mechanistically.

July, 1970


                                                                                                             

Papel dos escritores no Brasil

Nesta comunicação escrita para a Convenção anual da PCCLAS – Pacific Coast Council for Latin American Studies – realizada em Santa Barbara, California, em novembro de 1970, Jorge de Sena, com notável poder de síntese, perfaz um percurso pela Literatura Brasileira tomando como fio condutor a busca da chamada "identidade nacional" e as preocupações político-sociais. Observe-se o especial destaque dado a Jorge Amado.


Não é fácil para um escritor nascido e criado na Europa, que estudou o Brasil e a cultura brasileira muitos anos, e que se tornou brasileiro, quando no Brasil viveu, falar a uma assistência Norte-Americana, e para mais, uma assistência académica, do «papel dos escritores no Brasil». São muitas as razões. Antes de mais, um europeu, mesmo quando ama e respeita as Américas, não as vê como os americanos talvez gostem de ver. Em segundo lugar, um português que se torna brasileiro e ao mesmo tempo continua parte activa da cultura portuguesa é uma pessoa com lealdades divididas. E se os portugueses e os brasileiros sentem que não é fácil ser um português ou um brasileiro, imaginem o que será ser os dois ao mesmo tempo! Não é realmente fácil, posso garantir-vos, e tal como disse o imperador de outros tempos em circunstâncias bem especiais, não é um «leito de rosas»… E, em terceiro lugar, há ainda mais uma complicação a acrescentar. Tenho a certeza que todos vós estais interessados no Brasil, que muitos de vós amam o Brasil e alguns de vós até o amarão, não de modo paternalista, mas com a convicção de que não há povos melhores do que outros. No entanto, sois americanos, estamos na América e eu, aqui, estou sendo parte de vós, como professor americano. Significa isto que uma terceira lealdade me prende, de certa maneira. Eu declino dizer quem nesta trindade é o Deus Padre, o Deus Filho ou o Espírito Santo — a diferença de opinião poderia dividir-nos.

E vamos à matéria. Como crítico literário sempre mantive dois princípios aparentemente contraditórios: que as obras de arte, qualquer arte, devem ser estudadas e entendidas através da sua própria estrutura, por elas mesmas, e também que nenhum profundo entendimento de qualquer obra de arte pode ser atingido se não possuímos informação e experiência suficientes para vencer as exigências do espaço, do tempo e as diferentes visões da vida que condicionaram a sua criação. A contradição, se é inteiramente impossível para muitos entendimentos, é apenas ilusória para mim. Não muitos países oferecem melhor exemplo para a demonstração do que o Brasil.

Diz-se vulgarmente que o Brasil é um país em formação. De certo modo todos os países estão sempre em formação, a menos que estejam já condenados a desaparecer. Mas mesmo então, se eles podem desaparecer como nações e certos tipos de civilização, não o poderão como países. A História é precisamente a relação crítica de como impérios desaparecem mas os países prevalecem, para outros impérios se construírem em cima. É também normalmente dito que as américas são países novos, sobretudo em comparação com os países velhos da Europa e da Ásia. Mas de cada vez mais acredito que isto é uma conspiração Euro-Asiática, como diríeis, para vos fazer sentir jovens e presos a obrigações, como bons filhos, de tomar conta dos pais quando eles forem velhos. As nações da Europa não são assim tão velhas; muitas delas pretendem apenas que o são para parecerem respeitáveis. Algumas delas, como o Reino Unido, Alemanha, Itália, são mais jovens do que a descoberta da América, que tem a mesma idade da Espanha — algumas delas são mais jovens do que os Estados Unidos ou o Brasil. Nunca antes existiram como as nações em que se tornaram e que fingem que sempre foram. O mito das Américas é baseado no mito do Novo Mundo. Mas esse mundo era novo apenas para os europeus quando eles o descobriram. E isto explica o interesse nas Américas pelo passado pré-colombiano: é como descobrir que afinal de contas, o novo era tão velho como o velho. Claro que há ainda outro ponto importante. Ao descobrirem o Novo Mundo, os europeus colonizaram-no. E as nações que surgiram no cenário americano eram ex-colónias que se libertaram dos seus senhores. Mas fazendo-o não estavam de modo algum na mesma posição das colónias africanas ou asiáticas do nosso tempo. Estes novos países ganhavam a sua liberdade, se é que realmente a ganharam, em muitos casos, que tinham perdido, sobretudo durante a expansão colonial da Europa, no século passado: tinham sido colónias, mas não tinham sido colonizados. No Novo Mundo a população foi, por séculos, feita de cidadãos da mãe-pátria e dos descendentes deles. Querer liberdade, pedir independência não era exactamente expulsão da dominação estrangeira: era cortar laços que tinham perdido o sentido, apesar de serem o verdadeiro fundamento em que esse sentido de liberdade se criara. Ao ler proclamações de independência (sempre foi um dos meus entretenimentos) desde a primeira conhecida da história humana, encontrei na maioria das vezes uma nota muito curiosa; um dos mais fortes argumentos em favor da independência é o de que o povo quer ser livre de opressão. Pensando duas vezes, isto parece-nos um pouco estranho. É como dizer que se os escravos forem bem alimentados, tratados com benevolência, e como fazendo parte da família, não há motivo para sonharem com liberdade. E a verdade é que escravatura não é menos escravatura quando os escravos são bem alimentados. Por outro lado, quando os Padres Fundadores dos novos países lutaram pela liberdade, a maioria deles nunca aceitou que essa liberdade abrangesse os seus próprios escravos. Sendo como eram homens de sabedoria, como muitos deles sem dúvida eram, isto pede alguma atenção. Curiosamente, o próprio facto de o Novo Mundo ser novo, favoreceu o aparecimento num ou noutro local de um sentimento novo. As colónias eram extensões da mãe-pátria, gente viria viver neste lado da terra, tinham de ajus-tar-se a um novo ambiente de acordo com as suas tradições, mas, apesar de todos os laços, iam moldando uma coisa diferente, tão diferente que, ao regressarem, sentiam-se mal na terra dos seus antepassados, onde até o último dos mendigos os tratava como cidadãos de segunda classe. Isto era evidentemente uma contradição muito humilhante quando eles sabiam que estavam a criar uma coisa que era diferente porque tinha de o ser, e, ao criá-lo, não eram lá, de modo algum, de segunda classe. Dentro deste quadro, o caso brasileiro apresenta muito importantes peculiaridades. O Brasil tinha-se tornado nos sécs. XVII e XVIII mais e mais o centro principal do Império Português. Chegou a tal ponto e tão diferente dos outros países das Américas, que no séc. XVIII os melhores escritores portugueses são muitos deles brasileiros, estão ao serviço do governo em Portugal e havia até brasileiros ministros de estado, em Lisboa. Quando o rei português foi para o Brasil estava fazendo o que tinha já sido considerado, pelo menos duas vezes, nos séculos anteriores e, num desenvolvimento lógico, o Rio de Janeiro tornou-se por algum tempo a capital do Império Português. Como sabem, por essa altura, a África não era, para a Europa ou para as Américas, mais do que uma fonte de mão de obra. Para a classe dirigente no Brasil que sentido faria voltar para uma posição secundária, se o rei regressasse a Lisboa, e quando Lisboa não tinha já nenhum controle do comércio Átlântico, que estava inteiramente nas mãos inglesas? As ideias republicanas varriam as américas, o liberalismo (o radicalismo do tempo) era corrente, as grandes potências nunca permitiriam uma tal porção da costa atlântica tornar-se uma segunda França. A independência tinha de ser conseguida a tempo de evitar uma rebelião popular. E o Príncipe D. Pedro, em devido tempo, a proclamou, seguindo o conselho da real paternidade, e capitalizando nos sentimentos nacionais, furiosos com o comportamento dos liberais em Lisboa, que muito liberalmente queriam que o Brasil voltasse ao seu estatuto colonial. Eu não estou lançando dúvidas sobre o genuíno dos sentimentos nacionais mas apenas chamando a atenção para como as classes dominantes mostram por vezes uma clara tendência para fazer estes sentimentos coincidirem com os seus próprios interesses. Mas o problema tremendo que o país novo confrontava era muito diferente do que acontecia noutros lugares. Portugal não fez nenhuma guerra contra o Brasil, os portugueses estavam por toda a parte no Brasil e continuaram a ir para lá aos milhares, tal como tinham feito no passado; toda a gente educada tinha sido educada quase exclusivamente em Portugal; e até a monarquia continuava na mesma família de antes. A independência, portanto, tinha de ser conseguida politicamente e culturalmente, dando ao povo a ideia de que a mãe-pátria não tinha nada que dar (o que era naturalmente comum aos outros países americanos) e que para ser brasileiro era necessário esquecer que as classes dominantes tinham sido, eram e tinham a intenção de ser as classes dominantes. Todos os males e culpas eram de Portugal (o que, é claro, era em parte verdade, já que ninguém tem uma colónia para alimentar belos sentimentos ecológicos). A tal ponto esta ideia foi alimentada que ainda hoje honestos historiadores falam dos sécs. XVII e XVIII em termos de os índios serem os brasileiros, e os seus escravizadores e destruidores apenas os portugueses. É com
o partir do princípio, nos Estados Unidos, de que a Inglaterra roubou a terra aos índios, enquanto os americanos, tentavam sem qualquer possibilidade, salvá-los. Os índios, contudo, eram um grande recurso para as classes dominantes. Para o final do séc. XVIII, os índios tinham morrido nem sempre de morte natural, tinham sido esmagados como «nações» e absorvidos no baixo estrato da população rural (feita de cruzamentos e cruzamentos das chamadas três raças), ou empurrados para as mais distantes terras do interior. Estavam maduros para se tornarem a encarnação das virtudes nacionais e do passado tradicional, sem qualquer risco. E, depois de alguns interlúdios épicos do séc. XVIII, fizeram a sua entrada na cena literária com os Românticos; não como índios contemporâneos mas como antigos heróis medievais. As velhas crónicas e livros de viagens foram rebuscados para dar a cor local que os próprios índios não eram capazes de dar. Os milhões de negros que tinham sido e ainda eram a base de toda a vida social e económica não tiveram o mínimo papel. E porque haveriam de ter? Toda a gente os podia ver por toda a parte, fazendo tudo — eles eram, de facto, o que foi dito dos caminhos de Espanha no Don Quijote: o ilustre cavaleiro anda neles, mas não são nunca descritos. Além disso, os índios eram sem dúvida alguma americanos, e os negros tinham vindo de África e sendo escravos, nunca tinham tido tempo para se tornarem brasileiros, tal como tinha acontecido com os primeiros portugueses que se fixaram. Se insisto em primeiros aqui, é porque as classes dirigentes no Brasil por muito tempo sempre insistiram nisso, como muitas famílias ainda o fazem: e é muito curioso salientar como não viam a contradição disto, já que o Novo Mundo, por ser novo, não necessitaria dessa antiguidade. O facto é que, quando o faziam, faziam a separação entre eles mesmos e os recém-vindos. E já para os meados do século passado, o Brasil abria as portas a milhares vindos de todas as partes do globo. Porquê? Os interesses económicos estavam a mudar, a pressão internacional (e a pressão nacional também) começava a fechar a fonte de mão de obra e a reclamar a abolição da escravatura, e abolir a escravatura era, para as novas classes médias (e alguns dos velhos e frustrados liberais), a maneira de corroer o poder da aristocracia fundado na terra. A ironia estava em que esta aristocracia de cada vez mais capitulava no poder dos grandes investidores, dos exportadores, da máquina bancária e dos negócios, e pedia apenas que o processo fosse gradual, para os salvar do desastre. Esta é a razão pela qual pode dizer-se que o último escravo a ser libertado no Brasil foi o Imperador, quando a república foi proclamada. E completamos o círculo: e melhor podemos agora entender porque os padres fundadores tiveram que escolher entre libertarem-se a eles mesmos ou aos seus escravos.

Mas a campanha para a abolição, no Brasil, permite notáveis exemplos de um modo idêntico de evitar os reais problemas, em favor de largas e ressonantes perorações. A escravatura é brandida como o mal que é, mas quando um poeta e um poeta excelente, escreve contra essa escravatura ele simboliza a situação visualizando o drama do escravo num barco negreiro cruzando o Atlântico. Se nós podemos imaginar que o barco é um símbolo para o Brasil, não menos a escravatura era atacada através de um símbolo que não tinha então realidade nenhuma — e os traficantes, não os donos de escravos, são os alvejados. A sociedade nova que emerge com a República estava tremendamente preocupada em não ser uma sociedade totalmente branca. Quando o Império abrira as portas do país aos imigrantes tinha buscado a Alemanha, já que uma boa quantidade de sangue germânico traria, em princípio, um bom peso de superior raça àquela trapalhada. A República acrescentou um toque final quando teve o cuidado de não permitir imigrantes de África, entre as sucessivas ondas de muitos países que iam para o Brasil para fornecer ofícios, pequeno comércio, etc., requeridos por uma sociedade que crescia rapidamente e para trabalhadores braçais, necessários em um novo sistema de exploração da terra. Ao mesmo tempo esta preocupação acerca de não ser suficientemente branco e portanto por padrões do hemisfério norte de menos valor, começava a ser equilibrada pela «descoberta» de que o «mulato» era realmente a-chave para a natureza brasileira e a fonte da futura grandeza. É imensamente curioso salientar que o romance que iniciou o naturalismo no Brasil tinha por figura principal e no título um mulato, mas… este homem, tal como a celebrada Escrava Isaura tinha sido alguns anos antes, era tão educado, tão falho de características raciais negróides que alimentava a esperança de que com tempo, bom cruzamento, e graça pessoal, os mulatos tornar-se-iam inteiramente e sem se distinguirem, brancos. Claro que eles podiam: e o maior escritor brasileiro até hoje, Machado de Assis, extremamente civilizado e auto-educado cuja arte é uma das mais hábeis mesclas de tragédia e humor alguma vez criadas neste mundo, se ergue precisamente como um símbolo dessa perfeita integração.

No entanto, muitos críticos brasileiros recusaram sempre, embora concedendo génio a Machado de Assis, aceitá-lo como um escritor brasileiro, ou, digamos, o escritor brasileiro. Porque a nova sociedade estava sobretudo interessada em duas correntes literárias: a simbolista-parnasiana, que inclui poetas que vão desde o mais alto sentimento visionário ou o pretenciosismo esteticista de sonhar com vasos e templos gregos, até aos escri-tores-prosadores que consideravam sua mais civilizada obrigação uma elegante e superficial atitude da criação literária; e os regionalistas. O regionalismo estava preocupado com anotar os comportamentos e falas do povo das áreas rurais e as suas peculiaridades, ao mesmo tempo enaltecendo-lhes a dignidade e o bra-sileirismo. Sem dúvida que o povo, aos milhões, era Brasil. Mas olhar para o povo com tal condescendência aristocrática ou tão urbana curiosidade estava de acordo com uma sociedade cujos escritores e cujos leitores viviam principalmente nas cidades. Literatura séria, excepto para uns poucos pobres poetas, não deveria ser tão séria — e Machado de Assis sendo muito sério e descrevendo com impiedosa ironia a mesquinhez da vida e da natureza humana através da sociedade do Rio de Janeiro estava a denunciar como desagradável aquilo que era tão agradável de disfrutar, e não focando o pitoresco da vida rural, também muito agradável de usufruir, especialmente das varandas das casas grandes. Ainda hoje Machado de Assis é realmente um milagre conseguido pela sociedade carioca do segundo reino do Império. Não se pode dizer que o Brasil, com algumas das maiores cidades do mundo, tenha produzido um único escritor da vida citadina que possa, mesmo de longe, aproximar-se da sua grandeza. Nem produziu nenhuma grande obra para lá de alguma importância, sobre os problemas imensos que milhares de imigrantes correndo para o Brasil e ajustando-se a ele encontravam, ainda que o processo já dure há um século.

Quer isto dizer que o Brasil continua dominado pela enormidade das suas áreas rurais, pela vasta população que vive aí (embora tão esparsa)? Não necessariamente. Nas criações e ideias literárias, fala-se muito do povo, mas os heróis dos romances permanecem, na maioria dos casos, os membros da velha aristocracia rural. É mais provável que o Brasil, ou as classes dirigentes no Brasil, ainda não tenham desistido do velho mito romântico de olhar para a Natureza como fonte de pasmo, e para o povo como uma fonte de proveito da burguesia e da aristocracia. A literatura brasileira dos anos 20 e 30, quando os movimento de Avant-Garde se desenvolvem em grande velocidade, e mudando as correntes literárias no país, é um maravilhoso mostruário destas contradições. Os modernistas afinados pelos seus pares europeus e americanos, acerca dos quais estavam perfeitamente informados, atacaram todas as regras e modas do «establishment» literário: era preciso escrever sobre a sua própria experiência, da maneira como se falava, e, acima de tudo era preciso re-descobrir o Brasil. Esta última parte do programa parece contraditória em termos de modernismo internacional — porque muitos modernistas na Europa ou nos Estados Unidos não estavam grandemente preocupados com descobrir os seus próprios países: já tinham tido mais do que a conta disso. Mas não é. Re-descobrir o Brasil era atirar fora o manto da retórica parnasiana, os véus dos nevoeiros simbolistas, as belezas do regionalismo superficial, e também a velha sombra que com gramáticas e meticulosos dicionários, surgira outra vez: o fantasma português. Quer num plano pessoal quer num plano subjectivo a literatura deveria ser a procura de uma identidade nacional. Isto acontece pela primeira vez precisamente quando a República, ou a chamada Primeira ou República Velha, estava em colapso por não tomar em conta os variadíssimos interesses da classe média emergente, nem as preocupações da velha aristocracia do Nordeste ou do Sul: São Paulo e Minas Gerais, mais as suas famílias, realmente governavam o país. É quase irónico que o movimento de vanguarda tivesse sido lançado em São Paulo — quando São Paulo iria ser esmagado pela revolução que todos desejavam. Mais uma vez tal se devia ao facto — acentuado mais tarde com nobre humildade e amarga tristeza por Mário de Andrade, o líder do movimento — de que os primeiros modernistas estavam tão preocupados com descobrir o Brasil neles mesmos que se esqueceram do povo brasileiro. A reacção veio do Nordeste, quando a revolução de 1930 estava a ponto de mudar o equilíbrio de forças na nação. Uma relação que não estava muito interessada no experimentalismo da Vanguarda, e conduziu à criação da Idade de Ouro do romance moderno brasileiro, numa reacção em favor da análise dos problemas sociais. Apenas os quadros políticos tinham sido inteiramente alterados. Uma ditadura estava no poder que a velha aristocracia, os liberais, e os esquerdistas, todos juntos, consideravam ser contra eles. E é isto o que dá uma cor e um sentimento de protesto social a romances que sobretudo dizem respeito às desgraças da velha aristocracia do Nordeste, na viragem do século. Muitas vezes alguns críticos apontaram, mas não acentuaram suficientemente, como no Brasil, o chamado país do futuro, a literatura está virada para o passado. Poderíamos dizer que o povo procura ainda uma integração mítica, obcecados com possuírem um país que muitos deles realmente não possuem. Todavia é mais justo notar como tal literatura sonha com o tempo em que alguns a possuíam. Não há nenhum esforço de reforma social que disfarce esta nostalgia pelos velhos costumes aristocráticos. E isto explica o facto de tão brilhante realização ter tido tão curta vida. Por volta de 1945, quando na onda da vitória aliada na Segunda Guerra Mundial, o regime de Getúlio Vargas foi deposto e a democracia restaurada, já todos aqueles sonhos de reforma através da literatura se tinham desvanecido no ar. Paradoxalmente os velhos usos voltavam sob novo disfarce, e nenhuma reforma foi realmente implementada. E os escritores do protesto social calaram-se — e quando voltaram, e alguns voltaram, foi para oferecer imensamente cómicas e ternas histórias acerca da condição humana em geral. Nenhum caso é mais claro do que o caso de Jorge Amado. A literatura volveu à sobriedade de escrita, às preocupações com a forma, ou às magníficas elaborações de todas as tradições literárias em que doutas experiências, fala popular, erudição, os eternos problemas da vida humana, são tecidos numa enganadora tapeçaria de regionalismo, que deveria matar o regionalismo de uma vez para sempre, mas não matou. Este foi o caso de Guimarães Rosa, um dos mais extraordinários das letras contemporâneas, em qualquer parte.

Nos anos 50, a preocupação política e social atingiu um veículo nunca explorado antes: o teatro. Foram estes os anos do Brasil ser descoberto de novo, re-feito de novo, os anos em que o povo finalmente significou um pouco mais do que o povo para fins de exercícios retóricos. Mas, onde toda a gente está tão cerca do povo e o povo tão longe de toda a gente, poderia isto significar muito? Além disso a literatura, seja qual for, pode desempenhar certas funções na vida política, e muitas obras profundamente imbuídas de intenções políticas estão entre as maiores do mundo. Afinal o Homem é um animal político, como disse Aristóteles. Simplesmente uma coisa é sonhar com o povo, outra coisa é ter talento autêntico e outra ainda é que não pode existir autêntica vida política onde os votantes que elegem um presidente são 9 % da população total (o que aconteceu com a chamada grande vitória que elegeu Jânio Quadros). Todo este esquerdismo festivo, como foi chamado, acabou repentinamente em 1964. Mais do que nunca os escritores escrevem para se oporem às correntes dominantes que parecem suspeitosas de qualquer forma de criação literária. E retornam à sua procura de uma identidade nacional através de símbolos, de representarem acontecimentos históricos distorcidos para fins políticos, etc.

Numa rápida e indirecta maneira, porque não era possível de outro modo, tentei definir qual tem sido o papel dos escritores no Brasil. Firmemente creio que a tragédia e a fascinação de uma literatura tão rica em grandes escritores e grandes obras e dotada de tantas e boas inteligências críticas, tem sido e é ainda, o resultado da própria situação perpetuada na vida social brasileira. A literatura brasileira, e não muitas literaturas mostram isso tão claramente, tem sido um reflexo fiel da história brasileira. Um reflexo, não um retrato. A saudade do passado é um testemunho disso. Mas o papel dos escritores brasileiros, apesar dos seus sentimentos generosos e das suas realizações, jamais irá para além da superfície, enquanto continuarem a insistir em inventar uma alma brasileira como substituto para a realidade brasileira. O problema é: como enfrentar a realidade de uma das maiores nações do mundo — e apesar disso tão desconhecida para os próprios brasileiros que continuam a encantar-se com os retratos das suas próprias maravilhas que enchem as páginas das revistas, e gozando os prazeres exóticos de ler romances acerca de uma parte do país ainda não descrito em ficção, ou deliciando-se na descoberta barroca de maneiras de falar ainda não registadas, ou finalmente, mas não menos importante, interpretando esta realidade em acordo com os seus desejos, como se a vida real devesse ser uma criação literária. E talvez seja. Mas acontece que muitas vezes pensamos que os «script-writers» são muito maus e os grandes escritores raras vezes são eleitos para esse trabalho. E seria que eles se sujeitariam aos requesitos dos produtores? Às vezes, mesmo sem querer, o fazem.

Santa Barbara, Nov. 5, 1970
 

“O Poeta é um Fingidor” (Nietzsche, Pessoa e outras coisas mais) – 2a. parte

Sem dúvida que muito hermetismo resulta dessa impotência demoníaca, que é a de todos aqueles que, por razões de ordem social ou por uma aguda dicotomização do bem e do mal, libertaram em si o demónio, ou melhor, dissociaram na imagem divina o bem e o mal que nela integrados não têm sentido (ou porque a pessoa se submete a uma lei tida por mais ou menos transcendente, ou porque – e é o que nos importa mais – a personalidade se situa «para lá do bem e do mal», mas no vácuo da morte de Deus prefigurada por Dostoievsky [33]. Mas essa dissociação da imagem divina, ultrapassada para lá da morte de Deus, pode sublimar-se numa impotência voluntária ou assumida, que é a do hermetismo voluntário, em que a morte divina é, no princípio e na ordem do tempo, um processo permanente, do qual -como de toda sucessão serial – pode decorrer uma lei. Mas esta lei não tem nem poderá ter – para lá do bem e do mal – um sentido normativo. E, antes, uma fórmula simbólica do grau de ascensão espiritual, e corresponderá evidentemente às palavras iniciáticas que, em si mesmas, nada dizem, mas valem pelo conteúdo de experiência intelectual e moral e de ascese espiritual que só cada grau saberá atribuir-lhes. Aquela ascensão podemos segui-la na obra de Fernando Pessoa, em acordo com o que se sabe do seu interesse pelas sociedades secretas e pelos rosicrucianos, e da sua confessada veneração pelos Templários [34].

Embora se conheça quanto a acusação era medievicamente lançada sobre as grandes heresias ou as pessoas (singulares ou colectivas) que se tomavam suspeitas ou odiosas, os Templários foram acusados de «pecado nefando», do qual Pessoa desejou insinuar não estar o Alvaro de Campos isento [35], e que é base da teorização de Raul Leal, que Pessoa defendeu, da poesia de António Botto, que ele tanto impôs à admiração pública, e da temática e da expressão do seu magnificente poema em inglês, Antinous, em cujo texto se cruzam claramente todas as linhas que vimos destacando [36]. Mas não só isto:
«O D. Sebastião da Mensagem parece-se tão extraordinariamente com o Menino Jesus do Guardador de Rebanhos («era o deus que faltava»…), que quase se suspeita da objectividade de O Menino da Sua Mãe! É essa a fonte do espantoso vácuo que o cercava, meu Amigo: o vácuo-da Terra, da qual o Sol se levanta, mas da qual não nasce!…» [37].

Ouçamos agora Albert Béguin: «Os deuses andróginos da antiguidade grega não são os da crença popular, mas os da iniciação órfica: o Zeus ao mesmo tempo masculino e “virgem imortal” dos hinos; o Fanés arsenotelus (macho e fêmea) que é a primeira criatura saída do Ovo original e que, de modo muito significativo, se assimila ao Eros que preside aos amores dos deuses e ao coito dos elementos; ou ainda o Diónisos “de dupla natureza”, que uma singular imagem, da época dos Mistérios e conservada no Museu de Angers, representa barbado provido de falo e de três ordens de seios, reunindo em si os poderes de fecundidade e de concepção [38]. O hermetismo pagão dos séculos tardios imagina por sua vez um Júpiter “macho, emitindo o esperma, e fêmea, recebendo-o”, que se confunde de resto com o Universo “que faz brotar em si e prosperar todos os germes”. Cristãos heterodoxos das primeiras épocas celebram ainda nos seus hinos um Deus pai e mãe, macho e fêmea, raiz do cosmos, centro do que é, esperma de todas as coisas”. A mesma tradição esotérica, à qual Platão podia referir o andrógino do Banquete, continua-se na Gnose e reaparece nas ambições da alquimia, que visa à criação de um homúnculo [39], criatura artificial, obra da ciência humana, na qual se reuniriam os dois sexos. Todos esses mitos são “savants”, e em todos o homem é concebido como o microcosmos, como abreviatura do universo: para o ser de modo completo, é preciso admitir que, num estádio passado da sua história, necessariamente conteve em si os çi incípios masculino e feminino — ou os conterá num estádio vindouro. E a esta tradição que igualmente recorrem os místicos da Renascença, quando, como Jakob Boehme, renovam o sentido do mito [40]. Para o sapateiro silesiano, com efeito, a aurora e o termo da história humana encarnam-se no andrógino. Adão, segundo ele, tinha em si mesmo os dois sexos, e Sofia (ou a divina sabedoria) estava confundida no seu ser, ao tempo da realeza primitiva e da perfeição. Somente quando imaginou e desejou a vida animal, o princípio feminino foi retirado do seu flanco, para tornar-se, fora dele, Eva. (…) E, sempre segundo Boehme, o esforço da humanidade através da história como o do indivíduo, deve concluir-se pela supressão de toda a separação, pela reintegração de todos os seres na perfeita Unidade original, e o homem na sua natureza sem sexo (…). Este mito viria a sofrer, na época romântica, bem curiosas variantes (…). Dos órficos aos ocultistas e a Balzac, o mito do andrógino assume significações diversas, e, em cada um dos que sonharam tal sonho, é polivalente. Mas em todos tem pelo menos um sentido – comum talvez a todos os verdadeiros mitos, àqueles, todavia, que se ligam com a angústia amorosa [41] o de propor ao homem uma visão de si próprio tal como foi ou tal como será; mais luminoso, mais próximo da harmonia e do poder, do que o é na sua condição presente [42]. Os mitos são, com a sua tragédia desta confrontação com o real [43], actos de confiança nas faculdades de transfiguração que o homem pretende atribuir-se, e na eficácia das suas invenções [44]. Traduzem a grande nostalgia de Unidade, que habita as imaginações e faz que, por mil espécies diversas, os homens se esforcem por escapar ao mundo do imperfeito em que se sentem exilados» [45].

Que a sageza surja a Nietzsche como um horror contranatura, e que o mito do andrógino, tão brilhantemente descrito e historiado, em síntese, por A. Béguin, apareça amplamente glosado nos versos opulentos de Antinous, quando rosicrucianamente a alma tem duplo sexo, à semelhança do próprio Deus [46], eis o que vem ao encontro do Mito da Divina Criança, tida por bissexuada ou indiferenciada ainda, que tão impressionantes metamorfoses apresenta na obra de Fernando Pessoa (o ciclo será Menino Jesus, Antínoo, D. Sebastião) [47]. «Agora reconhecemos que o reino da criança é mais antigo ainda. A imagem da Criança Primordial ressurge, transfigurada na figura ideal do jovem. Que tal transformação é possível está implícito no sentido da palavra grega para rapaz, e é portanto também atestado pela etimologia. A criança supostamente masculina, enquanto ainda no ventre materno, é Kouros, o efebo e ojovem já em idade de usar armas é ainda Kouros. O próprio Eros aparece, nas bem conhecidas pinturas dos vasos, como um efebo alado. Os divinos jovens da grande arte grega – o ideal clássico de Apolo, Hermes, e do jovem Diónisos – não devem ser tomados como indicação de rejuvenescimento do mundo helénico (…), o idealizado efebo da idade agónica deu validade à criança divina numa forma amadurecida, mais conforme com a essência dessas divindades do que o homem adulto. (…) A Criança Primordial (…) é o monotonus que consiste no uníssono de todas as notas, o leitmotiv que se desenvolve noutras “figuras” divinas, (…) é a súmula e epítome de todas as possibilidades indiferenciadas, como de todas as que se tealizam na pura forma dos deuses. (…) O estado que, vislumbrado atiavés da imagem da Criança, descrevemos como ser não separado ainda do não-ser, pode também ser definido assim: ainda não separado do ser, e todavia ainda não-ser»[48].

As possibilidades indiferenciadas… Os heterónimos… O dualismo e as antinomias… A gnose… Baudelaire e Nietzsche… O esteticismo… E, acima de tudo, o fingimento que é a mais autêntica sinceridade intelectual, «que mais importa no poeta», pois que «fingir é conhecer-se» [49].

Como podemos entender agora, não direi, mas ver com outros olhos o que, na «Autopsicografia» [50], está e o que não está! Porque muita coisa não está de tão grande poeta nesse «pequeno poema». Mas não há lá nem mais nem menos do que ele autenticamente era na sua solidão trágica, onde, como para a Cassandra, de Schiller, o saber era a morte, a morte que não há, pois que: «Neófito, não há morte». Assim pensou e agiu Fernando Pessoa. E que nos sirva de consolação que até o grande Montesquieu sabia que: «Os autores são personagens de teatro» [51].

1959

Notas:

33. Sobre as conexões de Dostoiewsky e Nietzsche, ver, por exemplo, Leon Chestov, La Philosophie de la Tragédie: Dostoiewsky et Nietzsche, trad. fr., Paris, 1926.
34. Vários textos conhecidos o documentam e também as informações colhidas pelo signatário. Raul Leal, que conheceu Fernando Pessoa e dele recebeu as melhores provas de consideração, garante que a iniciação esotérica «por concentração espiritual e adequação de tendências» – de Pessoa era um facto, ainda corroborado por possíveis ligações com uma restauração da Ordem do Templo.
35. Ver Notas a Páginas de Doutrina Estética, pp. 321-2.
36. Todo o texto do poema documenta estas afirmações, e sobretudo, com uma interpretação órfica, a sublimação platónica qual é exposta no Banquete. O que se verifica, quer no «imperfect draft» de 1915, publicado em 1918, quer no texto definitivo da edição de 1921.
37. Jorge de Sena, in Carta a Fernando Pessoa (1944), artigo recolhido in Da Poesia Portuguesa, Lisboa, 1959. [Incluída na presente obra.] – É muito curioso, na ordem das aproximações neste escrito efectuadas, referir uma decisiva interrogação de Baudelaire: «Os poetas, os artistas e todo o género humano seriam bem infelizes se o ideal, essa absurdidade, essa impossibilidade, fosse encontrado; que faria cada um então do seu próprio eu?» cit. por B. Fondane, ob. cit., p. 286.
38. A antinomia Apolo-Diónisos, já apontada, metamorfoseia-se aqui na dualidade dionisíaca que tem sido, com grosseiros erros ou penetrante visão, detectada na criação artística, sobretudo na poética. Mas, dentro desta, não esqueçamos o papel da actividade dramática (precisamente, para a tragédia, segundo Nietzsche, nascida da harmonia entre os princípios apolíneo e dionisíaco). À luz de tudo o que vem sendo dito, a concepção do «drama em gente», proposta por Pessoa como explicação dos heterónimos, assume significado especial, o mesmo obviamente sucedendo ao seguinte seu texto: «Sabe que, como poeta, sinto; que, como poeta dramático, sinto despegando–me de mim; que, como dramático (sem poeta), transmudo automaticamente o que sinto para uma expressão alheia ao que senti, construindo na emoção uma pessoa inexistente que a sentisse verdadeiramente, e por isso sentisse, em derivação, outras emoções que eu, puramente eu, me esqueci de sentir» (Pág. Dout. Est., p.227). É o que, num poema que deu para a presença e foi publicado em 1933, Pessoa diz, com uma ironia que convém referir ao que é apontado adiante, na nota 44:

Dizem que finjo ou minto
Tudo que escrevo. Não.
Eu simplesmente sinto
Com a imaginação.
Não uso o coração.

…………………………………
Por isso escrevo em meio
Do que não está ao pé,
Livre do meu enleio,
Sério do que não é.
Sentir? Sinta quem lê!

E Álvaro de Campos exclama algures: «Nada de estéticas com coração: sou lúcido», esse coraçao a que, em 1929, num poema ortónimo era recomendado: «Escuta so, meu coração».
39. Esta nota embora assinalada não existe na publicação anterior. (M. de S.)
40. É concludente agora aproximar o que é dito na nota 19, acerca de Paracelso.
41. Está por fazer o estudo sistemático do elemento erótico em toda a obra de Fernando Pessoa. O problema foi abordado, de um ponto de vista psicanalítico–literário, por J. Gaspar Simões, mas tendendo demasiadamente a uma «explicação», no seu estudo. Vida e Obra de Fernando Pessoa. De um modo geral, tem-se tendido a considerar secundário esse elemento na obra, como, independentemente da busca de «explicações centrais», na sua vida que se sabe ou se adivinha sem, ou quase sem, actividade sexual. Mas o erotismo manifesta-se com uma violência inaudita nos poemas ingleses Antinous e Epithalamium, em que, sobretudo no primeiro, a «angústia amorosa» é dramaticamente expressa. Uma revisão sistemática quanto à cronologia da concepção e quanto às incidências eróticas, poderá fornecer confirmações da sublimação (cuja raiz neste ponto menos importa) baaderiana dessa angústia, que tem antecedentes na poesia portuguesa do século XVII, que se sabe, por testemunhos vários, Pessoa ter, mais do que em «boutades» o confessou, apreciado bem.
42. Esta explicação vem ao encontro do que Pessoa tão magnificamente exprime num dos seus poemas confessadamente esotéricos: «O último Sortilégio».
43. Esta confrontação com o real – essencial num homem que, realizando-se na expressão literária, afirmava «A alma não tem justiça, / A sensação não tem forma» («Hoje estou triste…», poema de 1928) – é permanente em Fernando Pessoa que, deste ponto de vista, confiou a si próprio a verificação intelectual dela, a Alvaro de Campos a emoção perante ela, a Alberto Caeiro a superação dela, e a Ricardo Reis a indiferença epicurista no seio dela. E é essa confrontação aquela a que Nietzsche se refere em Para lá do Bem e do Mal, passagem citada.
44. Esta expressão de Albert Béguin, manifestamente inspirada na alquimia e na magia, ajuda-nos a elucidar o sentido da acção interveniente, com panfletos ou artigos, de Fernando Pessoa na vida portuguesa, como a aperfeiçoar a nossa compreensão do programa do Ultimatum e do carácter didáctico das prosas ensaísticas e de tanta da sua poesia, nomeadamente a de Alberto Caeiro que, não por acaso, Pessoa sempre apontou como o «Mestre». De resto, que nos não escapem as conotações ocultistas que esta palavra não poderia deixar de ter para Fernando Pessoa. A eficácia mágica de toda a obra relaciona-se, pois, intimamente (lá onde a criação qualitativamente se transmuta de uma série acumulada de sugestões e de impulsos, e não ao nível da inteligência discursiva que depois a destaca dessa acumulação para conceder-lhe a justiça que a alma não tem e a forma que, por sua vez, a sensação não possui – «e só para pensares sente», diz Pessoa num poema de 1925), com o fingimento necessário, que podemos intuir, compreender e justificar a vários níveis e em correlação com as diversas antinomias tradicionais (na ordem mítica e na ordem filosófica) de uma natureza dual. A eficácia e o didactismo, como meios do «próprio instinto dramático do fluir da vida» que os heterónimos de certo modo são (Jorge de Sena, Da Poesia Portuguesa, p. 179), implicam uma dissociação que não pode deixar de ser céptica e irónica (idem, idem, p. 191), e que, por forma alguma, com o seu cepticismo e a sua ironia, significa um simples propósito de mistificação inteligente, embora esta possa ser uma tentação para um alto espírito irónico num país de alarves, e Pessoa não tenha sempre escapado a essa manifestação inferior do que nele era tão superiormente essencial. Com efeito, para um homem que tão agudamente tinha a consciência da contradição inerente ao Ser divino, que disse «Não haver deus é um deus também», a mistificação não podia senão ser aquela, eminentemente trágica, caracterizada por Nietzsche ou por Baudelaire nos passos citados no texto, e que a um Kierkegaard se afigurava «demonismo», em que o poder referido por Fondane, na solidão dos «próprios poderes» (poder que é «vontade de poder» nietzscheana), se confunde com a eficácia mágica do humanismo alquímico, e o silêncio a que se foge impotentemente se identifica com o silêncio que se procura. É, todavia, do maior interesse notar que, em 1926, Henri Bremond (La Poesie Pure, Paris, p. 86-7) dizia: «La poésie est la soeur germaine de l’humour; dans tout vrai poète, un mystificateur sommeille. (…) Eh! Oui! Tout poète se moque de nous, mais en se moquant d’abord de lui-même. (…) bienfaisants mystificateurs que mantiennent, bon gré mal gré, une inquiétude salutaire dans le camp des faux poètes (…) Ceux-ci, du reste, ne sont pas de moindres mystificateurs: seulement ils se mystifient eux mêmes tous les premiers». (Sublinhados meus.) O primeiro sublinhado aproxima— se, por outras vias, da questão do «fingimento» e da ironia. O segundo coincide com o texto de Sudoeste, citado na nota 22.
45. Albert Béguin, UAndrogyne, in Minotaure II, 1938.
46. Max Heindel, ob. cit.
47. O Menino Jesus de Caeiro é (8.° poema de O Guardador de Rebanhos) «a Eterna Criança, o deus que faltava». Antínoo «Now was lie Vénus white out of seas / And now was he Apollo, young and golden». D. Sebastião diz «É o que eu me sonhei que eterno dura. É Esse que regressarei». Corno? «Na Cruz morta do Mundo / A Vida, que é a Rosa». E a meditação sobre Sá-Carneiro (Pág. Dout. Est., pp. 115 e seguintes) glosa ostensivamente o tema do jovem roubado pelos deuses, que perpassa em Antinous como processo de divinização na meditação de Adriano, e inicia-se com uma frase que «é preceito da sabedoria antiga» (diz Pessoa e é verdade), mas é também um fragmento célebre de Menandro (3437-293 a.C.). E é Byron quem o traduz e cita: «Whom the gods love die young…» (Don Juan, c. IV, 12). Stefan George, no mito de Maximino, segue um itinerário paralelo, em que todavia não tiguram as fases sucessivas, como em Pessoa, do crescimento da Criança Divina.
48. K. Kerényi, in C. G. Jung e K. Kerényi, Introduction lo a Science of Mythology – The Myth ofthe Divine Child and the Mysteries of Eleusis, Londres, 1951, p. 89 e seguintes.
49. Pág. Dout. Est., p . 169.
50. Autopsicografia foi primeiramente publicado in presença 36, de Novembro de 1932. Deve ser o poema que J. Gaspar Simões não identifica, na sua edição das cartas que recebeu do poeta, e que é referido na carta 29, de 22 de Outubro de 1932 — «aí lhe envio um pequeno poema. Espero que chegue a tempo para este número da revista» — e que deve ter sido publicado logo, como sucedera antes com o fundamental poema Iniciação, que J. Gaspar Simões identifica, enviado com a carta de 25 de Maio do mesmo ano e logo publicado no n.° 35 da presença, referido a Março-Maio. Segundo M. A. D. Galhoz (in Notas a Obra Poética de Fernando Pessoa, Ed. J. Aguilar, Rio de Janeiro, 1960), o original do poema tem a data de 1 de Abril de 1931, o que faz ter sido escrito no dia seguinte ao do poema ortónimo «Fito-me frente a frente» (idem, p. 532) e dias antes do grupo de 3 e 5 de Abril (id., pp. 533-4). Sobre outros aspectos interpretativos deste poema, ver Jorge de Sena, in Pág. Dout. Est., p. 348 e seguintes.
51. «Pensées diverses», in Oeuvres Complètes, de Montesquieu Paris 1934, p. 627.

 

"O Poeta é um Fingidor" (Nietzsche, Pessoa e outras coisas mais) – 1a. parte

Congresso "faraônico" foi como Luciana Stegagno Picchio classificou o Colóquio da Bahia, que lhe permitiu sua primeira visita ao Brasil e o primeiro contacto com seu futuro grande amigo Jorge de Sena. Segundo o programa, Sena nele interveio 10 vezes (como expositor e como "Relator" de 9 comunicações). Quantas vezes mais não teria usado da palavra? Sobre o texto que aí apresentou, anota: "Este ensaio foi apresentado como tese ao IV Colóquio Internacional de Estudos Luso-Brasileiros, que se realizou na cidade de Salvador – Bahia – Brasil, em Agosto de 1959, e no qual o autor participou a convite do Governo Brasileiro e da Universidade da Bahia, e onde foi designado para exercer funções de relator na Secção de Literatura. Outro relator, o Professor Ernesto Guerra da Cal, foi quem relatou esta tese. Mais tarde, "O Poeta é um fingidor" foi lido, em 1 de Junho de 1960, no Centro Nacional de Cultura, em Lisboa, no âmbito das comemorações fernandinas por esse organismo promovidas. Leu o texto o poeta e crítico David Mourão-Ferreira. A redacção actual apenas altera pormenores e amplia notas, em relação à que os anais do Colóquio incluirão".

Esta nota do autor no livro publicado em 1961, que levou o mesmo título da tese apresentada na Bahia, encontra-se reproduzida em Fernando Pessoa e Cª Heterónima, obra que reúne os muitos textos que Sena, antes e depois, dedicou a Pessoa.


Num breve ensaio sobre «Fernando Pessoa e a Literatura Inglesa»[1], disse eu que era «flagrante certo paralelismo de tom entre as suas prosas preciosísticas e o ensaísmo inglês dos anos noventa, um tom ao mesmo tempo sentimental e agressivo, irónico, e profundamente empenhado em afirmar contraditoriamente a verdade, e que preparava, por um lado, pelas afinidades de raiz nietzscheana, Pessoa para as eventuais aventuras "futuristas", para as quais, por outro lado, Whitman lhe libertara a imaginação evocativa».

Retenhamos, desta longa citação, «a raiz nietzscheana», que é atestada, para o esteticismo britânico, e entre outras, por um estudioso tão insuspeito, e minuciosa e directamente informado, como Holbrook Jackson [2].

E, agora, observemos o seguinte fragmento poético de Nietzsche, escrito no Outono de 1884 (quando a Fernando Pessoa ainda faltavam quatro anos para nascer), e do qual destaco os três versos que vão interessar-nos:

DIE BÖSEN [3]

Der Dichter, der lugen kann
wissentlich, willentlich,
der kann allein Wahrheit reden.

e para os quais se poderá propor a seguinte tradução:

OS MAUS

O poeta capaz de mentir
conscientemente, voluntariamente,
só ele é capaz de dizer a Verdade.

Isto é, segundo Nietzsche – e esta atitude contraditória é largamente patente na sua obra o poeta, para dizer a Verdade, precisa de, em consciência e vontade, ser capaz de mentir. Claro que esta capacidade de mentir não significará o «criar ficções» – terminologia que durante tantos séculos dominou a poética ocidental -, nem significa o pura e simplesmente fingir, qual os detractores de Fernando Pessoa leram no primeiro verso (e não nos outros) da «Autopsicografia» que de «ele-mesmo-ele mesmo» o poeta da Ode Marítima escreveu. A «mentira» consciente e voluntária do poeta, qual nietzscheanamente é proposto, no fragmento citado, refere-se especificamente à ordem do conhecimento, ou mais exactamente, à ordem da expressão autêntica de um conhecimento do Mundo. Só o poeta que se domine conscientemente e voluntariamente, durante a gestação do poema cujo significado desconhece ainda (e cuja complexidade significativa lhe escapará em parte), só ele será capaz de atingir, tão mais de perto quanto possível, uma verdade não perturbada pelas circunstâncias factuais da criação, as quais se cifram em imagens recorrentes, em tópicos analogicamente sugeridos, em ritmos de respiração momentânea, nos inúmeros escolhos que o ambiente, a idiossincrasia, a cultura, a educação, as tendências ideológicas, o momento político, etc„ propõem a uma gestação difícil, para que ela naufrague na comodidade, no hábito e até no virtual aplauso do público e da crítica. Mas não apenas isto, sem dúvida. Implica, principalmente, um critério de o que seja em poesia a verdade, isto é, uma coisa diferente daquela que o poeta diria, se não soubesse mentir. Em poesia, e para além dela, já que o Dichter de Nietzsche possui notoriamente conotações – aliás bastante correntes na cultura germânica – de sibila e de profeta. Esta mentira, que urgiria saber dominar, saber ultrapassar, não é, pois, apenas o engano da própria sensibilidade, o qual seria vencível pela lucidez, mas também o engano da própria vivência existencial na medida em que ignora a estrutura fenomenal da verdade. «O conceito de verdade é um contra-senso. O domínio do verdadeiro-falso refere-se às relações entre essências, não ao em-si (…). Não existe essência-em-si» [4]. Donde decorrerá que a verdade em poesia, aquela verdade não perturbada pelos factores ocasionais, e aquela verdade que é visão, resultarão da elisão da antinomia «verdadeiro-falso», elisão essa que irá processar-se através de um ultrapassamento do em-si do poeta, ao qual tradicionalmente se identificava a essência da poesia que o poeta materializava, existenciava objectivamente. Isto mesmo, à sua maneira, realizou Fernando Pessoa.

Em 1917, no celebrado Ultimatum, de Álvaro de Campos, preconizava ele, através do heterónimo a que foi na vida mais longamente fiel (ou o autor do «Opiário» foi nele), para transformação da sensibilidade, e para conseguir-se que esta se torne «apta a acompanhar, pelo menos por algum tempo, a progressão dos seus estímulos», a «intervenção cirúrgica anticristã» que implicaria, em primeiro lugar, a «abolição do dogma da personalidade», com o resultado «em arte» da «abolição total do conceito de que cada indivíduo tem o direito ou o dever de exprimir o que sente» («Só tem o direito ou o dever de exprimir o que sente, em arte, o indivíduo que sente por vários. Não confundir com a "expressão da Época", que é buscada pelos indivíduos que nem sabem sentir por si-próprios. O que é preciso é o artista que sinta por certo número de Outros, todos diferentes uns dos outros, uns do passado, outros do presente, outros do futuro. O artista cuja arte seja uma Síntese-Soma, e não uma Síntese-Subtracção dos outros de si, como a arte dos actuais.»), e com o resultado «em filosofia» da «abolição do conceito de verdade absoluta»; em segundo lugar, «a abolição do preconceito da individualidade», visto que «a ciência ensina (…) que cada um de nós é um agrupamento de psiquismos subsidiários», e com o resultado «em arte» da «abolição do dogma da individualidade artística» («O maior artista será o que menos se definir, e o que escrever em mais géneros com mais contradições e dissemelhanças. Nenhum artista deverá ter só uma personalidade. Deverá ter várias, organizando cada uma por reunião concretizada de estados de alma semelhantes [5], dissipando assim a ficção grosseira de que é uno e indivisível.»), e com o resultado, «em filosofia», da «abolição total da verdade como conceito filosófico, mesmo relativo ou subjectivo»; e, em terceiro lugar, «a abolição do dogma do objectivismo pessoal», uma vez que «a objectividade é uma média grosseira entre as subjectividades parciais», com o resultado, «em arte», da «abolição do conceito de Expressão, substituído por o de Entre-Expressão» («Só o que tiver consciência plena de estar exprimindo as opiniões de pessoa nenhuma… pode ter alcance.»), e «em filosofia» a «substituição do conceito de Filosofia por o de Ciência» [6]. E termina por proclamar o advento do Super-homem («o mais completo, o mais complexo, o mais harmónico»), como, em 1912, teorizando fulgurantemente acerca dos poetas do grupo da Águia, de que logo se afastou, proclamara a vinda do Super-Camões…

Desnecessário é insistir nos ecos nietzscheanos deste escrito de carácter polémico, que encerra todavia as bases explícitas, menos de um programa de reforma da arte poética e das suas correlações filosóficas, que de uma autopsicografia do próprio autor. Em 1917, já todos os heterónimos se definiram completamente, o mesmo tendo sucedido à expressão «ortónima» que foi talvez a que teve hesitações mais visíveis em orientar-se.

Mas voltemos à «mentira». Na Vontade de Poder, diz Nietzsche: «A mentira não é coisa divina? O valor de todas as coisas não provém de que são falsas? Não se deveria crer em Deus, não porque ele não é verdadeiro, mas porque é falso? – … não são justamente a mentira e a falsificação, a interpolação, que constituem um valor, um sentido, um fim?» [7]. E, em Para lá do Bem e do Mal, afirma: «… fundamentalmente inclinamo-nos a manter que as mais falsas opiniões (às quais pertencem os juizos sintéticos a priori) são-nos indispensáveis; que sem reconhecimento das ficções lógicas, sem uma comparação da realidade com o mundo puramente imaginado do absoluto e do imutável, sem uma contrafacção constante do mundo por meio de números, o homem não poderia viver – que a renúncia às opiniões falsas seria uma renúncia à vida, uma negação da vida. Reconhecer a não-verdade como condição da vida: isto é certamente impugnar as ideias tradicionais de valor por um modo perigoso, e uma filosofia que se aventura a tanto coloca-se por si mesma para lá do bem e do mal» [8].

Temos nestes dois excertos de Nietzsche, em correlação com o «tema» da «mentira», dois outros que, neste pensamento, intimamente se lhe ligam e são da maior importância para a compreensão de Fernando Pessoa: o problema da realidade da transcendência, e um pragmatismo trágico que reconhece a existência indispensável das ficções lógicas (e pode comprazer-se por isso mesmo nelas) como jogo vital em relação ao «puramente imaginado do absoluto e do imutável», e como condição de fuga ao silêncio e à morte. Um outro tema ainda – além daqueles dois [9] -, aliás consequente, no pensamento nietzscheano, da situação que a descrita atitude filosófica automaticamente se cria, é o da situação desta atitude para lá do bem e do mal. Estes, uma vez postulada a relatividade vital dos valores éticos, perdem um sentido que só a acção pragmática pode restituir–lhes, na ordem prática. Mas – e é esse precisamente o ponto que nos aproxima da posição especificamente «fernandina» -, na ordem teórica (identificando-se esta com a visão anterior, perscrutadora, do carácter fenomenal da verdade), que será um Deus em que se crê, não por ele não ser verdadeiro, mas por ser falso? Sem dúvida que um Deus em-si, não referido ao domínio do verdadeiro-falso que é, diversamente, o das relações entre essências… Mas um Deus em-si, quando não haja «essências-em-si», é um Deus existencial, um Deus «in progress», um Deus em acto de existenciar-se, e cuja progressão – no mesmo sentido em que algures expressamente Nietzsche o afirma da verdade – é descontínua. As correlações esotéricas do pensamento nietzscheano são conhecidas [10]; e é manifesta a importância que a noção de um Deus «imperfeito» veio a ter em expressões filosóficas ulteriores, mais ou menos ligadas, como é natural, a meditações de ordem axiológical [11]. Porém, uma descontinuidade como aquela, intuída nas circunstâncias culturais do fim do século XIX, quando, por idiossincrasias e ambiente social, se não aderisse a um hegelianismo contra o qual um Nietzsche ou um Kierkegaard se haviam erguido [12], e se não aderisse também à reinterpretação marxista da dialéctica hegeliana [13] – descontinuidade posta no «ser-em-si» por excelência não poderia deixar de ser, segundo fosse contemplada no próprio Ser ou no Tempo, respectivamente um agregado de hierarquias, ou uma sucessão (ascendente ou descendente) de Paixões e de Quedas [14]. É isto exactamente o que Fernando Pessoa declara, com minuciosa concisão hermética, nos três sonetos «No Túmulo de Christian Rosenkreutz», numa linha em que já, na viragem do III para o IV século, Lactâncio dizia no seu Hino à Fénix:

II est son propre fils, son héritier, son père.
II est tout à la fois nourricier et nourri;
II est lui et non lui, le même et non le même,
Conquérant par la mort une vie éternelle.
[15]

A posição de escândalo perfeitamente definida por Nietzsche na citação de Para lá do Bem e do Mal foi aquela em que, sociologicamente, moralmente e psicologicamente, se colocaram as figuras entre as quais é a de Fernando Pessoa que nos ocupa. Ao escândalo romântico propriamente dito que foi, nas imaginações continentais, representado pela personalidade de Lord Byron [16], havia sucedido, no plano da vida socio-literária, o escândalo baudelairiano que Benjamin Fondane resume magistralmente assim: «A importância da obra de Baudelaire vem de que ela institui uma ruptura no tempo ordinário dos homens e abre para um Mundo onde tudo se passa ao invés do que sucede neste. Apresenta-se-nos como uma dessas festas do Sagrado, tempo de licença e de deboche, de violência e de desordem, de sacrilégio deliberado e de audácia premeditada, licença e deboche sagrados, pelos quais o indivíduo (ou o grupo) retoma um contacto intenso mas provisório (e talvez caricatural) com o tempo primitivo em que não havia ainda tempo, nem leis, nem moral, e em que nada era sacrilégio, uma vez nada nele ser tabu. Sabe-se que esta licença e este deboche tinham nos festivais do Sagrado, a missão de mimar o tempo dos deuses, a fim de reabrir a fonte primeira dos actos que permitem a vida, a fundamentam e renovam»[17]. Já o próprio Nietzsche, com o qual vem fundir-se, no simbolismo e no post-simbolismo, como no estetismo britânico, o espírito baudelairiano, havia notado – e em Byron – os sintomas da transição do escândalo, e dele tirara consequências que são também verídicas para alguns volantes do político que é Fernando Pessoa: «… não é possível crer nesses dogmas da religião e da metafísica, se, na cabeça e no coração, temos o método estrito da verdade (…)». Do que provém também o perigo de o homem se ensanguentar ao contacto com a verdade reconhecida, mais exactamente, com o erro penetrado. É o que exprime Byron nos seus versos imortais: «Conhecimento é dor; os que mais sabem, mais têm de profundamente chorar sobre esta verdade fatal. A árvore da Ciência não é a Vida». Contra tais inquietações, nenhum meio é melhor que evocar a magnífica frivolidade de Horácio (…) e dizer consigo, como ele: «Por que atormentas com aspirações eternas uma tão pequena alma? Por que não iremos antes estender-nos à sombra deste alto plátano ou deste pinheiro?»[18]. E Fondane, por seu lado, retornando a Byron, completa esta fenomenologia do escândalo baudelairiano: «…e sofremos a fascinação do Abismo, como se, nesse instante, nós, e não mais ele, tivéssemos algo a dizer. Nesse instante, participamos numa aventura inaudita que transporta o homem para os seus próprios poderes, esses poderes cuja perda – que a experiência vulgar diz irremediável – é a substância mesma da sua meditação e do seu drama quais Byron os pintou, com uma força notável:

To feel me in the solitude of kings,
Without the power that makes them bear a crown.

«(…) Garantir-nos a existência desse poder, tal é talvez a função da poesia; o porquê de termos dela tamanha necessidade. Porque a necessidade de poesia é uma necessidade de outra coisa que não de poesia»[19].

Retenhamos os seguintes pontos: a ruptura no tempo ordinário dos homens; as festas do Sagrado, tempo de licença e de deboche, de violência e de desordem, de sacrilégio deliberado e de audácia premeditada; a magnífica frivolidade; o transporte do homem para os seus próprios poderes; e a necessidade de poesia como garantia de poder. Relembremos que Pessoa-Alvaro de Campos preconizava que o artista deverá ter várias personalidades, «organizando cada uma por uma reunião concretizada de estados de alma semelhantes» [20].

E retomemos a consideração dos temas da «mentira», do «problema da realidade da transcendência» e o do «pragmatismo trágico», que fomos apontando. Notemos ainda como Schopenhauer criticara a criação artística: «A vida verdadeira de uma ideia dura apenas até ao momento em que eja chega à palavra, esse limite… Desde o instante, com efeito, ém que o nosso pensamento encontrou palavras para exprimir-se, não mais vem do fundo da alma, perdeu, no fundo, toda a seriedade…»[21].

Esta última observação aproxima-nos do tema da «mentira» em Fernando Pessoa, visto que, notava ele, «toda a emoção verdadeira é mentira na inteligência, pois se não dá nela»[22], e, para ele, a transmutação das emoções se dá quando «o que em mim sente está pensando», segundo o verso célebre [23].

Com todos estes dados, não só nos situamos no âmago do escândalo baudelairiano, como na crise espiritual de que nascerão, em poesia, o «modernismo» genérico e o modernismo em particular qual a personalidade de Pessoa o realizará, iniciando-a escandalosamente com a sua participação activa na publicação de ORPHEU, em 1915. Já, em 1912, os artigos sobre os poetas da revista Águia e da Renascença Portuguesa haviam constituído um escândalo. Mas de outra ordem. Daí em diante, com alternâncias de hesitação e de retraimento, Pessoa intervirá, sempre que o escândalo sirva os seus fins. O permanente apoio crítico dado à obra de António Botto (que é o escritor de quem mais vezes e mais largamente Pessoa se ocupou) [24] e o apoio panfletário dado, em 1923, a Raul Leal, o autor de Sodoma Divinizada, não teriam de resto outro sentido, se não constituíssem ilustrações práticas de um pensamento dual, em conexão transcendente com o dualismo esotérico da divindade. Este dualismo é inseparável do hermetismo, cujos traços são notoriamente distinguíveis em Pessoa como noutros seus pares post-simbolistas. Por outro lado, e ainda nas conexões ideológicas que nos estão interessando, essa dualidade é condição de sageza. Em carta a Gast, de 1881 [25], Nietzsche afirma: «Um homem só, só com as suas ideias, passa por louco, muitas vezes a seus próprios olhos [26]: só a dois começa o que se chama a sageza». Por seu lado, Baudelaire perguntara: «O artista só é artista com a condição de ser duplo, e de não ignorar qualquer fenómeno da sua dupla natureza?» [27]. E Nietzsche, num fragmento de 1872, dissera expressamente (e neste passo vê Bertram a génese de Zaratustra): «Voz amada (…), graças a ti, tenho a ilusão de não mais estar só, e mergulho numa miragem de multidão e de amor, porque o meu coração tem repugnância em crer que o amor haja morrido, não suporta o frémito da mais desolada solidão, e força-me a falar, como se eu fosse dois» [28]. É o que Pessoa repete por sua conta, em 1935: «(…) o espírito toma consciência de cada emoção como dupla, de cada sentimento como a contradição de si mesmo. O homem sente que, ao sentir, é dois» [29].

Mas a dualidade oferece ainda outro aspecto nietzscheano que importa relembrar aqui. É o que resulta da oposição do elemento apolíneo e do elemento dionisíaco, cuja distinção se fundamentará, segundo Nietzsche que os aponta, na relação vital com o principium individuationis, do qual «Apolo pode ser considerado como a gloriosa imagem divina», enquanto Diónisos surgirá do «vero colapso» daquele princípio. Do terror que este colapso suscita já havia falado Schopenhauer [30]. E na mesma obra sobre a Tragédia, ao tratar de Édipo, Nietzsche medita: «Este mito parece querer insinuar-nos que a sageza, especialmente a sageza dionisíaca, é um horror contranatura; que quem quer que pelo seu saber, precipita a natureza no abismo do aniquilamento, deve necessariamente contar com sofrer em si próprio a dissolução da natureza» [31]. É isto o que não pode ser dito. «E Kierkegaard garante-nos que o demoníaco é um pensador caracterizado pelo seu hermetismo; não pode dizer nem confessar o que lhe é mais íntimo do coração, nem aliviar-se, derramar a sua miséria no ouvido complacente dos seus semelhantes» [32].

CONTINUA

 

Notas:

1. Publicado no suplemento literário de O Comércio do Porto, de 11/8/953, e incluído no volume colectivo Estrada Larga, 1958.
2. Cf. The Eighteen Nineties, 1.° ed., 1913.
3. Uso o texto da edição: Nietzsche – Poésies Complètes – texte allemand presenté et traduit par Ribemont-Dessaignes, Paris, Seuil, 1948. A apresentação não é profunda, e as traduções são muito imprecisas.
4. Nietzsche cit. por Karl Jaspers – NIETZSCHE, introduction à sa philosophie – trad. fr., 1950.
5. O sublinhado é meu.
6. Os excertos são transcritos de: Fernando Pessoa – ULTIMATUM de Álvaro de Campos, Porto, s.d. reimpressão recente desse texto. Num poema de 6/11/32 («Que suave é o ar!…»), Pessoa diz: «A alma é literatura».
7. Citado por Ernst Bertram, Nietzsche, essai de mythologie, trad. fr., 1932.
8. Traduzido de Beyond Good and Evil, in The Philosophy of Nietzsche, Modern Library, s.d. Os sublinhados são do próprio Nietzsche.
9. Tema é aqui tomado e usado já referencialmente, quanto à utilização ou cristalização poética no autor em estudo, Pessoa.
10. Cf. no livro citado de E. Bertram, o capítulo «Eleusis» .
11. Em Max Scheler, por exemplo; mas não devemos esquecer o que, nisto, já provinha das filosofias do «inconsciente», com frutos tão importantes na poesia portuguesa: Antero, um dos poucos poetas portugueses que Pessoa mais respeitou.
12. Escusado será notar a importância que já, nesta linha de atitude, tivera Schopenhauer, cujo pensamento, legitimando a «arte» como actividade em si, aliás desenvolvendo consequências da Crítica do Juízo, de Kant, trouxe fundamentação à orientação simbolista que, latente desde o primeiro romantismo, veio a organizar-se como escola e a dissipar-se em individualidades metastásicas quais são os grandes post-simbolistas: Pessoa, A. Machado, Milosz, Yeats, George, Hofmansthal, Rilke, etc., cuja lição foi apreendida pelos expressionistas. Não será, de resto, por acaso que um pensamento de «retorno às origens», como o de Martin Heidegger, se tenha sucessivamente interessado pelo primeiro elo e pelo último desta cadeia na poesia germânica: Holderlin eTrakl.

A possibilidade de um nexo entre o pensamento de Pessoa e os de Nietzsche e Schopenhauer não escapara já a um professor de literatura que tentativamente a apontou numa obra que é dos mais sérios estudos sobre Fernando Pessoa (J. do Prado Coelho – Diversidade e Unidade em Fernando Pessoa, pp. 107-108) dados a público (esse em 1951). A verificação efectiva, o cotejo e a exploração deste aspecto decisivo para a interpretação de Pessoa estavam, todavia, fora do escopo daquele trabalho.

13. Cf. Jorge de Sena, «Fernando Pessoa, indisciplinador de almas», in Da Poesia Portuguesa, Ática, 1959. [Incluído na presente obra.] 14. Max Heindel – The Rosicrucian Cosmo-Conception – 20." ed., 1948.
15. Trad. franc. in Anthologie de la Poésie Hermétique, Ed. Montbrun, 1948.
16. Que era, todavia e sob certos aspectos, uma sobrevivência social do libertino esclarecido setecentista, tipo humano cujas associações com ideais maçónicos e rosicrucianos não devem ser menosprezadas, aliás.
17. Benjamim Fondane – Baudelaire et l'Expérience du Gouffre, Paris, 1947, pág. 383.
18. Citado de Humano, Demasiado Humano, por B. Fondane, ob. cit., pág. 333. A citação de Horácio, que Nietzsche faz, é da Ode XI do Livro II.
19. Ob. cit., pág. 369. Será interessante e pertinente aproximar esta citação de Byron do que diz Christopher Marlowe no seu Tamburlaine the Great que é uma meditação ainda renascentista sobre o poder, em que se entrelaçam o titanismo mágico característico da época pré-barroca (por sua vez descendente do humanismo alquímico da Idade Média – ver Alexandre Koiré, Paracelse, in «Revue d'Histoire et de Philosophie Religieuse» da Faculdade de Teologia Protestante de Estrasburgo, 13.° ano, 1933, n.° 1 e 2-e cujo último descendente, em reversão irónica, é o cepticismo esotérico de Fernando Pessoa, que apontei no ensaio citado («F. P., indisciplinador de almas»), e o naturalismo geometrizante de um intelectual domínio maravilhado da realidade, cuja «coroa» ainda não pesa (e só pesará na derrocada social que se inicia com as duas Revoluções Industriais, após as quais ficará a um Fernando Pessoa uma intersecção psicológica da «solidão dos reis», a que ele faz referências directas ou indirectas, com a marlowiana «doce fruição de uma terrestre coroa», que é a luciferina disponibilidade do espírito que, após a abdicação byroniana, se compraz nas «ficções lógicas», na comparação da realidade com o mundo puramente imaginado do absoluto e do imutável, na contrafacção constante do mundo por meio de números, como vimos na citação de Nietzsche, anteriormente feita. E como, na contrafacção do mundo por meio de números, se inscreve o hobby astrológico de Fernando Pessoa!). Os versos de Marlowe são:

Nature (…)
Doth teach us ali to have aspiring minds:
Our souls, whose faculties can comprehend
The wondrous architecture of the world.
And measure every wandering planet's course,
Still climbing after knowledge infinite,
And always moving as the restless spheres,
Wills us to wear ourselves and never rest,
Until we reach the ripest fruit of all,
That perfect bliss and sole felicity,
The sweet fruition of an earthly crown.

Poderíamos ainda notar que, por um discretíssimo desvio semântico – e qual sociológica e estilisticamente sabemos – o adjectivo sole, mesmo neste contexto, conteria já o drama que Pessoa herdará, e a que não é alheia a «magnífica frivolidade de Horácio», que Ricardo Reis se aplicará em espelhar. Como, por outro lado, poderíamos notar no «still climbing after knowledge infinite», correlacionado com o «infinito é a Queda» dos pitagóricos (ver Aristóteles, Ética a Nicómaco, L. II, 6,14), correlação que se insere perfeitamente na linha do humanismo alquímico e do naturalismo geometrizante, uma premonição e um paralelismo da concepção rosicruciana de Deus, que Pessoa expõe nos célebres sonetos citados e na sequência dos Passos da Cruz, curiosamente em soneto também.

20. A tal ponto esta afirmação representava uma consciencialização que Pessoa tomara de si próprio e de si próprio no mundo, que, em carta a Adolfo Casais Monteiro, de 20/1/935, ano da sua morte e dezoito anos depois de Ultimatum, diz «… Vou (…) enriquecendo-me na capacidade de criar personalidades novas, novos tipos de fingir que compreendo o mundo, ou antes, de fingir que se pode compreendê-lo» (Páginas de Doutrina Estética, pág. 275). Uma identificação de «personalidades» com os, segundo ele, três processos (clássico, romântico e um «terceiro»), que correspondem a «estados de alma semelhantes», de «utilização da sensibilidade pela inteligência» exemplifica ele numa nota sem data, revelada por J. Gaspar Simões (Novos Temas, pp. 189, 90, 91), e recolhida também naquelas Páginas (pp. 350-1-2-3-). De um ponto de vista «psiquiátrico» (é o termo que Pessoa usa) resumira ele a criação de várias personalidades, dizendo: «seja como for, a origem mental dos meus heterónimos está na minha tendência orgânica e constante para a despersonalização e para a simulação» (Páginas de Doutrina Estética, pág. 260 -carta de 31/12/35 a Adolfo Casais Monteiro). Na célebre carta de 11/12/31, de mais de três anos antes, a J. Gaspar Simões, afirmara expressamente: «… E o estudo a meu respeito que peca só por se basear, como verdadeiros, em dados que são falsos por eu, artisticamente, não saber senão mentir». Este seu conceito de simulação – e o sentido que deveria dar-se-lhe – explicara-o ele numa das notas de Ambiente, (textos publicados em 1927 na revista presença, e recolhidos nas Páginas de Doutrina Estética pp. 165 e seguintes): «Toda a emoção verdadeira é mentira na inteligência, pois se não dá nela. Toda a emoção verdadeira tem portanto uma expressão falsa. Exprimir-se é dizer o que se não sente». Mas, num texto publicado em fins de 1924, e que é o ensaio de apresentação da revista Athena, de que foi co-director, aprofundara o afirmativismo cortante do Campos que assinara Ambiente: «A só sensibilidade, porém, não gera a arte; é tão-somente a sua condição como o desejo o é do propósito. Há mister que ao que a sensibilidade ministra se junte o que o entendimento lhe nega. (…) A arte é a expressão de um equilíbrio entre a subjectividade da emoção e a objectividade do entendimento» (Páginas de Doutrina Estética, p. 126). O ciclo destas citações fechar-se-ia iluminantemente com a estrofe –
Mas vejo tão atento
Tão neles me disperso
Que cada pensamento
Me torna já diverso.

– pertencente ao poema «Deixo ao cego e ao surdo», de 24/8/30, se, em função do hermetismo demoníaco e do dualismo intrínseco, a ironia do «fingir que se pode compreendê-lo (ao mundo)» não tivesse um eco retumbante no célebre aforismo: «Interpretar é não saber explicar. Explicar é não ter compreendido». (Pág. de Dout. Est. , p. 106.)
21. Cit. por E. Bertram, ob. cit., pág. 450. A genealogia desta visão, qual foi apontada na nota 12, corrobora as aproximações nesta altura praticadas.
22. A crítica «poética» desta afirmação, coincidindo com a interpretação do poema de Nietzsche, ao início deste estudo, é feita por Alberto Caeiro em toda a «sua» poesia, e em especial no passo:
Procuro despir-me do que aprendi,
Procuro esquecer-me do modo de lembrar que me ensinaram
E raspar a tinta com que me pintaram os sentidos,
Desencaixotar as minhas emoções verdadeiras.

(Alberto Caeiro, pág. 66)

Mas, numa nota assinada por Álvaro de Campos e publicada em 1935 (in Sudoeste 3 e Pág. de Dout. Est., pp. 285, 6), Fernando Pessoa diz, em função da «sinceridade intelectual» que é a que «importa no poeta»: «O poeta superior diz o que efectivamente sente. O poeta médio diz o que decide sentir. O poeta inferior o que julga que deve sentir».

«Nada disto tem que ver com a sinceridade. Em primeiro lugar, ninguém sabe o que verdadeiramente sente; é possível sentirmos alívio com a morte de alguém querido, e julgar que estamos sentindo pena, porque é isso que se deve sentir nessas ocasiões. A maioria da gente sente convencionalmente, embora com a maior sinceridade humana; o que não sente é com qualquer espécie ou grau de sinceridade intelectual, e essa é que importa no poeta. (…) Quando um poeta inferior sente, sente sempre por caderno de encargos. Pode ser sincero na emoção: que importa, se o não é na poesia?»

Escusado será aproximar esta nota e a cadeia de citações da nota 20.

23. Uma linha de transformação deste conceito, desde Oliveira Martins, foi já sumariamente estabelecida (cf. Jorge de Sena, Da Poesia Portuguesa, p. 83), e não é difícil, pois, aproximá-la da filosofia do inconsciente que tocou Antero (ver nota 11).
24. É curiosíssimo observar que Fernando Pessoa, in «António Botto e o ideal estético em Portugal» (escrito publicado em 1922), depois de ter definido o «esteta»,declara: «Nisto claramente se distingue do mau cristão decadente, como Baudelaire ou Wilde» (Pág. Dout. Est., p. 70). Já em 1917, no «Ultimatum», Pessoa ataca, nas apóstrofes iniciais, o Yeats primeiro, «o da céltica bruma. A roda de poste sem indicações, saco de podres que veio à praia do simbolismo inglês!» (ed. cit., p. 8), ou seja, quem representaria então a mais conseguida expressão do decadentismo britânico, para um espírito que se alimentara de Walter Pater e se libertara de todo o decadentismo pela «leitura da Degénérescence, de Noudar»… (resposta a um inquérito de 1932, in Pág. Dout. Est., p. 299). T.S. Eliot, no ensaio «Baudelaire in Our Time» (primeiro publicado em volume in For Lancelot Andrews, 1928, e mais tarde incluído em Essays Ancient and Modem), ao criticar as traduções de Baudelaire, feitas poi Arthur Symons, conspícuo vulto dofin-de-siècle, cita Symons longamente, paia comentar: «Este parágrafo é de extraordinário interesse por várias razões. Até nas suas cadências invoca Wilde e o espectro mais remoto de Pater. Igualmente conjura Lionel Johnson com a sua "vida como ritual". Não consegue livrar-se da religião e das religiosas figuras de retórica» {Essays Ancient and Modem, 1936, p. 66). E o decadentismo o que faz Pessoa chamar «mau cristão» a Baudelaire e à Wilde, segundo o quadro que o decadentismo, a partir de Huysmans, deu de si próprio (ou polemicamente a reacção contra ele desenhou) e que Eliot intencionalmente citara de Symons. Mas (ibidem, p. 74), uma citação de Charles Du Bos esclarece a posição de Eliot: «A noção de pecado, e mais profundamente ainda a necessidade de oração, tais são as duas realidades subterrâneas (em Baudelaire) que parecem pertencer a jazigos mais profundos do que o é a própria fé. Recorde-se o dito de Flaubert: "Sou místico no fundo e não creio em nada"; Baudelaire e ele sempre fraternalmente se compreenderam». A esta interpretação da personalidade de Baudelaiie é que adere T. S. Eliot que diz (pg. 75) – «a sua tendência para o ritual, que Symons, com a sua tão aguda mas cega sensibilidade, observou, brota não de uma atracção pelas formas exteriores do Cristianismo, mas do instinto de uma alma que era naturaliter cristã. E, sendo a espécie de cristão que era, nascido quando nascera, tinha de descobrir por si próprio o Cristianismo. Nesta demanda estava isolado na solidão que apenas aos santos é conhecida. A ele, a noção de Pecado Original veio espontaneamente, e a necessidade de oração». Ao separar nitidamente Baudelaire dos esteticistas e decadentistas que dele decorreram em tão grande parte, Eliot chama precisamente a atenção para aspectos, como a «solidão dos santos» que é inseparável da experiência própria de Pessoa e que está na raiz do «escândalo» baudelairiano e do modernismo que, precisamente por isto e não pelos aspectos mais ou menos ante-simbolistas, em Baudelaire – e em Flaubert tão justamente aproximado dele por Du Bos, e que como ele caiu sob a alçada dos tribunais -, seinicia. As simpatias católicas de Eliot permitem-lhe notar, em 1923, coisas que o crescente anticatolicismo, para mais «pragmático», de Pessoa já lhe não permitia ver (a menos que in abstracto ou na sua pessoal experiência) em 1922. Mas é bem interessante que Du Bos tenha notado esse misticismo mais fundo do que a própria fé, e que tão largos frutos de ocultismo, e não de misticismo propriamente dito, dará, no fim do século dezanove e primeiro quartel do presente século, em literatura, como aqui nos importa.
25. Cit. por E. Bertram, ob. cit., p. 436. Conferido na correspondência de Nietzsche com Gast (em Nietzsche, Lettres à Peter Gast, trad. de Louise Servicen, Ed. du Rocher, 1957, T. II, pp. 60-61, única ed. então ao nosso alcance), o fragmento citado – pertencente à carta 59, datada de Génova, 10 de Abril de 1881 – aparece no seguinte contexto: «Lendo ontem a sua carta, "o meu coração saltou", como é dito no livro sacro – não era possível dar-me duas notícias mais agradáveis! (O livro, pelo qual sinto desenvolver-se pouco a pouco em mim um apetite que não é dos menores, sem dúvida me chegará hoje às mãos). Então, assim seja! Mais uma vez, atingimos juntos essa cumeeira da vida, tão rica de perspectivas, e juntos olharemos em frente e atrás de nós, e dar-nos-emos a mão, em sinal de que muito temos em comum, muitas coisas boas, e mais do que as palavras podem exprimir. Mal você pode imaginar quão reconfortante me é o pensamento desta comunhão! – porque um homem só, com as suas ideias, pode passar por louco, e muitas vezes a seus próprios olhos: a sageza começa a dois, como a segurança e a bravura e a saúde do espírito». A parte citada por Bertram é esta em itálico, mas é de notar que os sublinhados anteriores e, na citação, o da palavra dois são do próprio Nietzsche. Deve reconhecer-se, em abono da exactidão, que Bertram forçou o sentido, ao destacar do contexto aquele trecho, já que Nietzsche expressamente se está referindo à comunhão de espírito entre dois homens cujos ideais se identificam na medida do possível, e que, no caso, são ele e Gast, tal como este último se lhe oferecera na carta a que Nietzsche responde. Acontece, porém, que o nosso uso da citação não extrapola do mesmo modo, se considerarmos que a dualidade do artista e do pensador (expressamente definida por Nietzsche no passo logo a seguir citado) não deixa de poder assimilar-se à comunhão de duas diversas pessoas a que a carta se referia. Porque essa comunhão, entre um Nietzsche e um Gast, não vai sem a projecção daquele sobre este, nem sem que este se submeta a ser o alter-ego que é reclamado pela saúde de espírito daquele. A conotação de saúde de espírito reveste-se, aliás, e neste contexto interpretativo, do maior interesse: as projeções heteronímicas são uma alternativa que defende da auto-destruição o espírito dividido, substituindo-se ficticiamente à «desaparição» esquizofrenicamente múltipla, tal como o amigo dócil, que partilhe as nossas ideias, nos defende dos males da solidão.
26. Desde muito cedo, são numerosas em Fernando Pessoa as referências a este sentimento de loucura, quer em poemas, quer em ensaios, quer em cartas, daquele que «se adiantou aos seus contemporâneos de viagem».
27. Cit. por B. Fondane, ob. cit., p. 249
28. Cit. por E. Bertram, ob. cit. p. 438.
29. In artigo sobre Ciúme, de António Botto (Pág. de Dout. Est., p. 95).
30. In A Origem da Tragédia, na tradução ingl. em The Philosophy of Nietzsche, Modern Library, p. 171-2.
31. Idem, p. 223.
32. Benjamim Fondane, ob. cit. p. 128, ao caracterizar os aspectos «demoníacos» de Baudelaire.
 

A poesia francesa traduzida por JS

Em alusão a mais um "14 Juillet", aqui trazemos uma pequena antologia de poetas franceses traduzidos por Jorge de Sena na sua Poesia de 26 Séculos. Os textos selecionados, de diferentes séculos e diversos tons, bem comprovam a versatilidade do tradutor e são respectivamente acompanhados das famosas "Notícias biográfico-críticas dos poetas e comentários aos poemas e às traduções".  Em vídeo, o poema "Recueillement", de Baudelaire, dito por Gilles-Claude Thériault.
 

 


François Villon
(1431-1463)

BALADA DAS MULHERES DE PARIS

Que sejam boas linguareiras
Florentinas e Venezianas,
Para servir de mensageiras,
Também Lombardas e Romanas,
E as Genovesas e as Toscanas.
Aqui vos garante quem diz
(Em que pese às Sicilianas):
Para a boca, só de Paris.

Em bem falar serão vezeiras,
Doutoras, as Napolitanas.
Como boas cacarejeiras
As de Bruges e as Alamanas.
Que sejam Gregas ou Troianas,
E de Hungria ou de outro país,
Aragonezas, Castelhanas;
Para a boca, só de Paris.

Bretãs, Suíças, más palradeiras.
Mais Gascoas e Toulousanas:
Um par das nossas regateiras
Cala-as logo e às Alsacianas,
Às ingresas como às Renanas
(É bastante a lista que eu fiz?),
E às Picardas e às Sabolanas:
Para a boca, só de Paris.
Senhor, às damas mais maganas
O prémio deveis dar, feliz.
Por mais que valham Italianas
– Para a boca, só de Paris. 

 

=> Nascido com a maior probabilidade em Paris, em 1431, terá sido, de seu nome, François de Montcorbier, como figura nos livros de matrícula da Universidade de Paris, onde se formou em 1452. O apelido Villon, por que veio a ficar conhecido ainda em seu tempo, seria o do seu presumível parente e protector, Guillaume de Villon, eclesiástico e professor, em casa de quem viveu quando estudante. Muito popular como poeta e como homem, Villon teve muitas vezes as boas graças dos grandes (como o admirável poeta e grande senhor o duque Charles de Orléans) que o protegeram das consequências dos seus desatinos. Preso e condenado várias vezes por assaltos e roubos, por chefe de um bando de escolares marginais, por assassino, Villon conheceu as prisões e a tortura da justiça do seu tempo, e, em 1462, foi preso, que se saiba, uma última vez, e condenado à morte por culpas acumuladas. Foi quando terá escrito a terrível Balada dos Enforcados como seu próprio epitáfio, um dos maiores monumentos de sentimento poético e de humor negro da poesia universal. A sentença foi comutada em dez anos de banimento, nos primeiros dias de 1463, e, dessa data em diante, Villon desapareceu sem deixar outro rasto que a sua magnificente obra poética onde há de tudo, desde o mais completo desbragamento moral à mais aguda consciência do destino humano, desde a mais grosseira linguagem (por vezes em gíria cuja interpretação levanta enormes problemas) à mais refinada utilização de todas as tradições literárias que convergiam na sua cultura, desde o mais rude ou gracioso humor às mais subtis gradações de um pensamento muito mais profundo do que habitualmente se reconhece, ao meditar sobre a decadência física, sobre a angústia do tempo perdido. Se as suas formas poéticas têm muito da tradição medieval, nelas palpita todavia uma forma vital, um sentido da pessoa humana, um gosto indómito de ser-se Villon com o bem e o mal, que são indubitàvelmente a expressão de uma consciência renascentista. De 1489 até aos meados do século XVI a sua obra conheceu numerosas edições. Os homens da Pléiade, com o seu neo-classicismo maneirista, e depois o preciosismo e a organização do classicismo barroco, lançaram sobre Villon um desdenhoso descaso que só no século XVIII, ao iniciar-se uma curiosidade pelo medievalismo, se desfez, permitindo a sua restituição à história da poesia francesa, de que, hoje, embora não sirva de exemplo de santa e virtuosa vida, é um dos mais gloriosos poetas.

 

Joachim Du Bellay
(1522-1560)

"HEUREUX QUI COMME ULYSSE…"

Feliz quem como Ulisses fez tão bela viagem,
Ou como o que buscou e conquistou o Tosão,
E prenhe regressou, de ciência e de razão,
A viver entre os seus o mais desta passagem.

Ai quando reverei da minha aldeia a imagem,
Seus lares fumegando, e qual será a estação
Em que verei de novo essa pobre mansão
Que para mim val mais que torre de menagem?

Mais me praz de avós meus este solar tranquilo,
Que de palácio em Roma o audacioso estilo.
Mais do que o duro mármore uma ardósia fina,

Mais o meu Loire gaulês que o Tibre tão latino,
Mais o menor Liré que o Monte Palatino,
E mais que o ar marinho a doçura angevina.  

 

=> Nobre do Anjou, onde nasceu em 1522, é militar e diplomata. Viveu em Roma, como secretário de um seu tio, cardeal, onde escreveu a sua célebre colectânea de sonetos Les Regrets. Morreu em Paris, em 1560. O O seu encontro com Ronsard decidiu do seu destino poético, e é com ele um dos chefes do gruída Pléiade, cujo manifesto, Déffense et lllustration de la Langue Française, redigiu e publicou em 1549, e que longamente foi considerado como marcando o início do Renascimento na poesia de França. Na realidade, poetas de uma França já dilacerada pela Reforma e as perseguições religiosas, esses homens que renovaram a poesia são já e sobretudo maneiristas. As guerras civis de religião começaram no ano em que Du Bellay morreu. O soneto dele, que traduzimos, é um dos mais célebres da língua francesa.

 

Voltaire
(1694-1778)

A MADAME DU CHATELÊT SOBRE A AMIZADE

Se quereis que ainda ame agora,
Tornai-me à idade do amor.
Dos meus dias ao sol-pôr
Que brilhe uma nova aurora.

O Tempo tem-me cativo,
E manda que eu não mais vá
Onde quer que o ébrio Divo
Com Amor reinando está.

De tão dura austeridade
Tiremos algum valor:
Quem não vive a sua idade
Dela sofre só a dor.

À juventude deixemos
Suas paixões sem juízo:
Só dois momentos vivemos:
Seja um deles o do sizo.

Para sempre me deixais,
Ternura, ilusões, loucuras!
Dons do céu, que consolais
Do vivente as amarguras!

Duas vezes nós morremos:
Não amar nem ser amável —
Oh, que morte insuportável:
Deixar a vida é o menos.

Assim a perda eu chorava
Dos erros da juventude;
E minha alma lamentava
Suas fugas à virtude.

A Amizade veio então
Em meu socorro, superna.
Como o Amor será tão terna,
Mas mais viva que ele… não.

Tocado de luz tão bela,
E de tamanha beleza,
Seguia-a, mas na tristeza
De não seguir mais do que ela.


=> Nome literário de François-Marie D'Arouet, nascido em Paris, em 1694, onde morreu em 1778, no ácume de uma glória que enchera o século XVIII, de que ele é, em França e fora dela, uma das maiores figuras literárias. O seu carácter, mas sobretudo a sua audaciosa coragem, o seu livre pensamento, a sua ironia, o seu sarcasmo, o seu brilho intelectual, a finura terrível do seu estilo, os ataques que dirigiu contra a superstição, a incultura, a tirania, os equívocos filosóficos, etc., grangearam-lhe até hoje roazes inimigos. A obra que deixou é imensa: poemas, peças de teatro, tratados filosóficos, panfletos, romances satíricos, obras de história e de sociologia da história (em que foi precursor), ensaios críticos, e volumes e volumes de correspondência com a Europa inteira. Perseguido e foragido muitas vezes, foi um dos maiores agitadores de ideias do seu tempo, e um dos homens que mais contribuiu para o dealbar da Revolução Francesa. A Igreja Católica viu nele longamente o maior inimigo—e ele não o era sequer do cristianismo, mas da religião corrupta que era a que tinha diante dos olhos. O século XVIII e o próprio Voltaire estimaram altamente a sua poesia, em que há por certo poemas notáveis, em que mesmo aflora sob a fria ironia uma sensibilidade quase romântica. De interesse português é o poema filosófico que publicou em 1756, Poème sur le Désastre de Lisbonne, ou Examen de cet Axiome: Tout est bien, e em que protesta, em nome da humanidade, contra o terramoto de Lisboa… É neste poema que aparece o célebre verso: "Je respecte mon Dieu, mais jaime l'univers".

 

Gérard de Nerval
(1808-1855)

DÉLFICA

Conheces tu, Dafné, este cantar de outrora
que junto do sicômoro ou sob os loureiros,
ou mirtos, oliveiras, trémulos salgueiros,
este cantar de amor… que volta sempre e agora?

Reconheces o Templo – peristilo imenso –
e os ácidos limões que teus dentes mordiam,
é a gruta onde imprudentes ébrios se perdiam
e do dragão vencido dorme o sémen denso?

Hão-de voltar os deuses que saudosa choras!
O tempo há-de trazer da antiguidade as horas;
a terra estremeceu de um ar de profecia…

Todavia a sibila de rosto latino
adormecida à sombra está de Constantino
e nada perturbou a severa arcaria.
 

=> De seu verdadeiro nome Gérard Labrunie, nasceu em 1808, e na boémia literária parisiense viveu uma juventude que descreveu em mais de uma obra. Imbuído de germanismo, foi o tradutor francês do Fausto de Goethe, tradução que o patriarca alemão muito admirava. Viajou também pelo Oriente (do que escreveu um belo relato). A partir de 1811, sofre intermitentemente de perturbações mentais que o levam mais do que uma vez a internar-se em casas de saúde. Apareceu enforcado, numa madrugada de Janeiro de 1855, na rua da Vieille Lanterne, no Paris onde nascera e viveu grande parte da vida. As suas breves narrativas de quase imateriais figuras femininas, Les Filles du Feu e a sequência de sonetos Les Chimères (umas e outra coligidas em 1851) não são apenas obras-primas do Romantismo francês, mas obras nitidamente anunciadoras do simbolismo (pela densidade da expressão carregada de alusões) e do surrealismo (pela importância dada ao sonho visionário). Mas há na obra de Nerval complexas ressonâncias de ironia, realismo, fantasia, etc.. que ampliam uma grandeza que só recentemente lhe tem sido reconhecida pela crítica, a par dos grandes nomes de românticos da França. O movimento romântico neste país, como é sabido, após a geração dos promotores da nova sensibilidade. Madame de Stäel, Benjamin Constant, Chateaubriand, Sénancour, Xavier de Maistre, os filósofos socialistas Saint-Simon e Fourier (todos nascidos entre 1760 e 1772), surge com uma primeira geração (Nodier, Lamennais, Stendhal, Desbordes-Valmore, Lamartine, nascidos entre 1781 e 1790), a que se alia uma outra que é a dos grandes triunfadores na sua maioria (Vigny, Michelet, Sainte-Beuve, George Sand. Balzac, Hugo, Mérimée, nascidos entre 1797 e 1814), alguns dos quais apontam para os desenvolvimentos ulteriores. Aloysius Bertrand, Nerval, Maurice de Guérin, Musset, Théophile Gautier, nascidos entre 1807 e 1811, são já o romantismo irónico, ou neo-classicista. ou visionário, ou fantasista, ou a proposição da Arte pela Arte, que anunciam o Parnasianismo e o Simbolismo. O Romantismo francês foi longamente mais uma sensibilidade que um movimento até aos anos 20 e 30 do século XIX, em que se afirma como tal. Nos anos 50, com Baudelaire e Leconte de Lisle, novas direcções se abrem na poesia, que, só com muito mais tarde o reconhecimento dado a Baudelaire e seus continuadores, propiciará uma visão mais justa de Nerval. A Prima pertence à primeira fase, muito à Heine, da sua poesia. Délfica e Versos de Ouro são o quinto e o último dos doze sonetos das Quimeras, um dos mais altos cumes da poesia do século XIX, em que Nerval captou e transformou, para os seus fins, a atmosfera evocadoramente clássica dos sonetos de Du Bellay.

 

Charles Baudelaire
(1821-1867)

RECOLHIMENTO

Tem juízo, ó minha Dor, e faz por sossegar.
O Anoitecer querias, ei-lo que vem vindo:
Uma atmosfera obscura as ruas vai cingindo,
Que a uns promete a paz, e aos outros o pesar.

Enquanto dos mortais a multidão vulgar,
Ao chicote do Cio, esse carrasco infindo,
Remorsos colhe o Vício perseguindo,
Dá-me a tua mão, ó Dor, e vamos devagar

Longe de tudo. Vê: os anos mortos de outrora
Do céu espreitam em vestes já sem uso agora;
Sobe das fundas águas a Saudade casta;

O moribundo Sol num vão de arco descansa
E qual vasto lençol que se do oriente arrasta,
Escuta, oh escuta, a Noite que tão doce avança.

 

=> Filho de pai velho e de mãe jovem, nasceu em Paris, a 9 de Abril de 1821. Órfão de pai aos seis anos de idade, sua mãe casou pouco depois com um coronel Aupick que, general, embaixador, senador do Segundo Império, veio a morrer em 1857, cerca de dois meses antes de serem postas à venda Les Fleurs du Mal, e que, como a mãe, sempre dificilmente compreendeu a personalidade do poeta. Este, concluídos os estudos secundários em 1839, entrega-se a uma vida juvenil de boémia, escreve poemas; e a família decide que uma longa viagem o desviará dos maus caminhos… Baudelaire embarca, em meados de 1841, para o Oceano Índico, onde visita a Ilha Maurícia e a Bourbon. Nesta, recusa seguir no navio, e regressa depois à França em princípios de 1842. A viagem, todavia, terá dado a Baudelaire as sugestões marítimas e tropicais que são uma das linhas mais fascinantes da sua poesia. Nesse mesmo ano do regresso, atingindo a sua maioridade, recebe a herança paterna, e instala-se em Paris; é também nesse ano que inicia uma longa e intermitente ligação com Jeanne Duval que será, em tons que vão do sarcasmo à paixão, uma das suas constantes musas. Em 1844, a família, receosa de vê-lo gastar o dinheiro que recebera, interdita-o judicialmente. Poemas seus aparecem em revistas literárias, e Baudelaire aproxima-se simultâneamente dos românticos que evoluíam para o esteticismo, como Théophile Gautier, e dos que proclamavam o realismo, como Champfleury. Em 1848, participa na luta revolucionária nas barricadas de Paris; e sempre, o que não tem sido suficientemente posto em relevo, se sentira próximo dos socialistas utópicos como Fourier. De 1849 data a sua amizade com o pintor Courbet, mestre de realismo. Em 1854, começam a aparecer em folhetim de um jornal os contos de Edgar Poe, em tradução de Baudelaire, e a importância que este atribuiu ao poeta norte-americano na formação da sua consciência estética coloca Poe entre os antepassados da poesia moderna, através do seu tradutor francês. Em fins de Junho de 1857, dá-se o lançamento da célebre colectânea de poemas, que um artigo do Figaro violentamente denuncia como imoral às autoridades imperiais. O livro é apreendido pela polícia, e autor e editor são condenados em tribunal (semelhante caso se passa, na mesma época com Madame Bovary, de Flaubert, o que simboliza a ruptura entre a grande arte e o público burguês instalado no poder). Les Paradis Artificiels, obra em prosa que descreve as experiências de Baudelaire com drogas, é publicada em 1860. No ano seguinte, sai a reedição ampliada de Les Fleurs du Mal, sem os poemas "proibidos", que serão reeditados na Bélgica, em princípios de 1866, juntamente com outros poemas(Les Épaves). As perturbações nervosas e de estado geral, que se haviam declarado em 1862 (sem impedir que alguma da sua melhor obra crítica ou de poesia em prosa seja dessa época), agravam-se sèriamente também naqueles princípios de 1866. E, neste mesmo ano, quando o Pamasse Contemporain o incluía entre os seus colaboradores como um dos mestres de "nova poesia", Baudelaire morre em Paris, a 31 de Agosto, sendo sepultado no cemitério de Montparnasse. É irónico acrescentar-se que a sentença contra Baudelaire e parte da sua obra só foi judicialmente anulada em 1949… quando já era mais do que evidente que ele representava, para a época contemporânea, o que Petrarca representara para tantos séculos de poesia. Poeta em verso e em prosa, um dos fundadores da moderna crítica de arte, novelista, tradutor ilustre, longamente os equívocos têm obscurecido a complexidade e a profundidade de pensamento e de visão poética de um dos maiores e mais importantes poetas do mundo, que ele foi. A sua época, imbuída de grandiloquências retóricas, não compreendeu o rigor clássico da sua expressão, que, por sua vez, os parnasianos preferiam como impassibilidade estética. Se muitos dos seus contemporâneos e a tradição vulgar fizeram dele a imagem do perverso e do mórbido, não menos os esteticistas dele descendentes o distorceram, ao valorizarem precisamente esses aspectos. E os simbolistas, ao reclamarem-se dele, quase nenhum compreendeu a lucidez realista, a coragem espiritual, o intelectualismo dramático, e o senso profundo da humanidade, que permeiam a sua poesia; do mesmo modo que muita crítica francesa neo-católica, num louvável esforço de integrá-lo à "boa literatura", o traiu, ao dar um definido sentido religioso ao apaixonado de liberdade do espírito, como Baudelaire firmemente se definiu nos seus escritos. Ciência do ritmo, domínio das imagens, opulência magnificente de um visionarismo inteligentemente controlado, transposição estética da pessoal experiência e de um agudo sentido do carácter contraditório das coisas e da vida, fazem dele um dos grandes mestres de poesia, inedutível a fórmulas ou rótulos simplificados da história e da crítica literárias. Do poema A Vida Anterior (que, note-se, é, na forma estrófica, um soneto inglês), fez o compositor Duparc (1848-1933), um dos maiores lieder da história da música.

 

Sthéphane Mallarmé
(1842-1898)

O TÚMULO DE EDGAR POE

Tal que em Si-mesmo enfim a Eternidade o apura
O Poeta suscita com seu gládio erguido
Seu século aterrado de não ter ouvido
Que a morte triunfava nessa voz obscura!

Eles, em sobressalto como de hidra impura
Audindo o anjo aos da tribo temos dar sentido
Puro mais, logo aclamam sortilégio haurido
Nas desonradas águas de uma atra mistura.

Opostos solo e nuvens, ó suprema dor!
Se a nossa ideia com não cria de escultor
De que a tumba de Poe se orne resplandecente,

Calmo tombado bloco de um desastre escuro,
Que este granito ao menos mostre o seu batente
Ao negro vôo blasfemo esparso no futuro.  

 

=> Nasceu em Paris em 1842, e após trinta anos de carreira como professor liceal de inglês, morreu em Valvins, perto de Fontainebleau, em 1898, para onde fora viver em 1894, ao reformar-se, e onde desde 1874 tinha uma pequena residência de férias. Desde cerca de 1880 que na sua modesta morada de Paris se reuniam muitos dos escritores e poetas que constituíam a vanguarda literária do movimento simbolista. Pode considerar-se que a primeira grande ruptura entre parnasianos e simbolistas se dera em 1875, quando os directores do Pamasse Contemporain lhe recusaram para publicação o poema L' Après-Midi d'un Faune (naquela antologia eventual, de que sairam três números, em 1866, 1871, 1876, se haviam reunido as diversas tendências post-românticas que se vinham manifestando desde os anos 50 do século). O simbolismo, que se reclamava de Baudelaire, pode dizer-se que foi proclamado em 1886, e nele Mallarmé, como Verlaine e a repercussão "póstuma" de Rimbaud (este abandonara a poesia nos meados de 70, e deixara definitivamente a Europa em 1880), representou um dos papéis principais. Quer na sua poesia, quer na sua obra em prosa, Mallarmé é um dos primeiros a pôr radicalmente em causa as estruturas tradicionais da linguagem escrita, para criar uma expressão capaz de simbolicamente sugerir diversos níveis de sentido. A sua busca de uma analogia com a música é porém inteiramente diversa, quer do emocionalismo de Verlaine, quer do visionarismo de Rimbaud, pois que Mallarmé visa concretamente não apenas a sugestão, mas a combinação lúcida de várias linhas de sentido na mesma frase. Poucos poetas parecem, tanto como ele, "ininteligíveis" aos que temem compreender a complexidade e a ambiguidade reais do pensamento e das suas relações com a linguagem. Os dois sonetos que dele traduzimos são dos mais célebres, um por conter algumas das ideias mais importantes de Mallarmé sobre a poesia, e o outro por ser um dos mais extremados exemplos da insólita combinação de diversos planos de sentido.

 

10 poemas de Emily Dickinson traduzidos por Jorge de Sena

Celebrando data nacional americana, aqui trazemos uma das vozes poéticas mais originais dos USA: Emily Dickinson (1830-1886), a "solitária de Amherst". Especialmente apreciada por Jorge de Sena, mereceu-lhe a tradução de 80 poemas, reunidos em livro recentemente reeditado, em cuja introdução se pode ler: Nenhuma poesia do tempo se parecia com a sua, tão insólita, tão abrupta, tão tensa e tão concisa. […] a "liberdade" de Emily Dickinson é extremamente complexa, só entendível em pessoalíssimos termos. Mas, na história da poesia norte-americana, em que as figuras dolorosas ou tragicamente isoladas são tantas, ela avulta esplêndida, igualmente distante dos "profissionais" da poesia ou dos fabricantes dela para consumo doméstico ou público.

 

 

A Letter is a joy of Earth –
It is denied the Gods –

 

Uma carta é uma alegria da Terra
– Denegada aos Deuses.

 

* * *

 

A sepal, petal, and a thorn
Upon a common summer's morn –
A flash of Dew – A Bee or two –
A Breeze – a caper in the trees –
And I'm a Rose!

 

Sépala, pétala, espinho.
Na vulgar manhã de Verão –
Brilho de orvalho – uma abelha ou duas –
Brisa saltando nas árvores –
– E sou uma Rosa!

 

* * *

 

Afraid? Of whom am I afraid?
Not Death – for who is He?
The Porter of my Father's Lodge
As much abasheth me.

Of Life? 'Twere odd I fear [a] thing
That comprehendeth me
In one or more existences –
At Deity decree –

Of Resurrection? Is the East
Afraid to trust the Morn
With her fastidious forehead?
As soon impeach my Crown!

 

Ter Medo? De quem terei?
Não da Morte – quem é ela?
O Porteiro de meu Pai
Igualmente me atropela.

Da Vida? Seria cómico
Temer coisa que me inclui
Em uma ou mais existências –
Conforme Deus estatui.

De ressuscitar? O Oriente
Tem medo do Madrugar
Com sua fronte subtil?
Mais me valera abdicar!

 

* * *

 

By a departing light
We see acuter, quite,
Than by a wick that stays.
There's something in the flight
That clarifies the sight
And decks the rays.

 

A uma luz evanescente
Vemos mais agudamente
Que à da candeia que fica.
Algo há na fuga silente
Que aclara a vista da gente
E aos raios afia.

 

* * *

 

I died for beauty – but was scarce
Adjusted in the Tomb,
When One who died for Truth was lain
In an adjoining Room –

He questioned softly why I failed?
"For Beauty," I replied –
"And I – for Truth – Themself are One –
We Brethren are," He said –

And so, as Kinsmen met a-Night –
We talked between the Rooms –
Until the Moss had reached our lips –
And covered up – our names –

 

Morri pela Beleza – mas mal eu
Na tumba me acomodara,
Um que pela Verdade então morrera
A meu lado se deitava.

De manso perguntou por quem tombara…
– Pela Beleza – disse eu.
– A mim foi a Verdade. É a mesma Coisa.
Somos Irmãos – respondeu.

E quais na Noite os que se encontram falam –
De Quarto a Quarto a gente conversou –
Até que o Musgo veio aos nossos lábios –
E os nossos nomes – tapou.

 

* * *

 

I hide myself within my flower,
That fading from your Vase,
You, unsuspecting, feel for me –
Almost a loneliness.


Escondo-me na minha flor,
Para que, murchando em teu Vaso,
tu, insciente, me procures –
Quase uma solidão.

 


* * *

 

I'm Nobody! Who are you?
Are you – Nobody – Too?
Then there's a pair of us!
Don't tell! they'd advertise – you know!

How dreary – to be – Somebody!
How public – like a Frog –
To tell one's name – the livelong June –
To an admiring Bog!

 

Não sou Ninguém! Quem és tu?
Também – tu não és – Ninguém?
Somos um par – nada digas!
Banir-nos-iam – não sabes?

Mas que horrível – ser-se – Alguém!
Uma Rã que o dia todo –
Coaxa em público o nome
Para quem a admira – o Lodo.

 

* * *

 

Silence is all we dread.
There's Ransom in a Voice –
But Silence is Infinity.
Himself have not a face.

 

O Silêncio é o que tememos.
Há um Resgate na Voz –
Mas Silêncio é Infinidade.
Não tem sequer uma Face.

 

* * *


Soft as the massacre of Suns
By Evening's Sabres slain

 

Suave como o massacre dos Sóis
Mortos pelos sabres do Anoitecer.


* * *

Volcanoes be in Sicily
And South America
I judge from my Geography –
Volcanoes nearer here
A Lava step at any time
Am I inclined to climb –
A Crater I may contemplate
Vesuvius at Home.

 

Os vulcões são na Sicília
E na América do Sul.
Diz-mo a minha geografia –
Vulcões mais perto daqui,
Encostas de Lava que eu
Queira inclinar-me a subir –
Cratera que eu possa ver –
Há um Vesúvio cá em casa.

 

* * *

Dois interessantes casos americanos e o mais que vem a propósito deles

Trazidos à baila há quase que exatos 40 anos, cabe ao leitor avaliar se estes “dois interessantes casos americanos” relativos à situação dos imigrantes, particularmente os portugueses, permanecem atuais na terra do Tio Sam.  

 

Actualmente, dois curiosos casos têm tido grande repercussão jornalística nos Estados Unidos; e ambos (se bem que não seja tanto a significação deles como certo sensacionalismo o que excitou jornalistas) extremamente importantes para trazer à luz do dia alguns aspectos estranhos da América em relação aos imigrantes que recebe, e que até agora não têm sido debatidos como devem, não só na América mas também nos países que a essas pessoas correspondam.

Durante mais de cem anos (já que as grandes massas migratórias só começaram a chegar ou a ser atraídas depois dos meados do século xix), os dramas dos emigrantes — salvo um ou outro caso politicamente famoso e alguma literatura — longamente e silenciosamente se dissolveram no domínio absoluto do anglo–saxonismo. E o facto é que a imigração, desde que a América se fez América, não se tem feito da Inglaterra, mas de todo o resto do mundo não anglo-saxónico, a que os irlandeses não pertencem e até os escoceses não muito. Estes dois casos, porém, levantam finalmente a questão da constitucionalidade de certas normas e acções sempre humildemente aceites, e que provavelmente são ignoradas ou nunca foram atentadas pelos países de origem ou de naturalização de quem emigra para os Estados Unidos.

O primeiro caso tem que ver com a imigração clandestina, entrada pela fronteira do México. E um problema de atracção compreensível, uma vez que as regiões desse país confinantes com os Estados Unidos são pobres e pouco desenvolvidas. Mas têm raízes na História, se nos lembrarmos que uma área imensa de todo o sul dos Estados Unidos foi conquistada ao México, e possui vastas populações mexicanas (ou «chicanas») que se tornaram americanas por força da conquista. São milhares os mexicanos que, sós ou com as famílias, entram e ficam clandestinamente na Califórnia, Texas, Novo México, etc., aonde os que os precederam por atracção e pela existência de populações análogas, lhes arranjam trabalho e os escondem das autoridades nas vastidões territoriais ou na massa anónima dos seus guetos urbanos. Claro que, quando são denunciados ou descobertos como imigrantes ilegais, as autoridades os expulsam de novo para o México.

Mas, muito recentemente, uma família assim descoberta recebeu — a mulher e os filhos — ordem de regressar ao México, enquanto o chefe da família era metido num avião e remetido à Espanha. Não foi isto uma daquelas confusões de latinidades muito comuns na América. Foi mais estranho. Mas muito burocraticamente natural, visto que os Estados Unidos não reconhecem., para efeito de «residência permanente» (eufemismo oficial para «imigrante legal») qualquer nacionalidade segunda ou do país de onde o imigrante partiu. Toda a gente é, para tal efeito, sempre do país onde nasceu, mesmo que isso possa envolver descaso de um passaporte de outra nação amiga. Assim, por exemplo: um húngaro foi menino para Portugal, viveu anos lá, cresceu, adquiriu a nacionalidade portuguesa, e transferiu-se depois para os Estados Unidos. Se acaso, por qualquer razão, for devolvido à procedência, esta não será Portugal, de cujo cidadão é e onde se fez homem, mas a Hungria, onde apenas nasceu e não põe ou não quer pôr os pés há décadas. Talvez o exemplo não seja bem escolhido, porque, por ser húngaro, quiçá o não devolveriam, por excepção, para o outro lado da «cortina de ferro». Mas aquele pobre chefe de família não era húngaro; e parece que, muito jovem, emigrou da sua Espanha natal para o México, aonde constituiu família. Com ela, mais tarde, esgueirou-se para os Estados Unidos. Apanhado pelas autoridades, estas aplicaram rigorosamente as normas — e ei-lo retornado à Gran Via ou à Puerta dei Sol, que nunca terão sido da sua vida, mas são lugares da capital do país onde nasceu. O caso foi tão incongruente que suscitou clamores (até porque, hoje em dia, os «chicanos» não perdem uma oportunidade de reclamar), visto que a família deverá retirar-se para o México ou para lá já foi retirada, com ele encalhado em Espanha. Imaginem por aí que, um dia, os Estados Unidos se aborrecem de mim. Em lugar de eu ser remetido ao Brasil, como alguns desejariam, pelo passaporte que possuo, enquanto a família tem toda (menos dois membros dela) passaportes portugueses, eu seria devolvido, com ela, à minha procedência lisboeta. O que é, mesmo distante, hipótese de inquietar. Mas os meus dois filhos mais novos, brasileiros natos, seriam provavelmente restituídos ao Brasil, onde não têm família nenhuma… De resto, com crianças, não se sabe nunca o que pode por aqui acontecer nestas matérias. Com efeito, muito recentemente, tribunais americanos recusaram devolver à mãe deles e ao país onde haviam nascido, meninos, creio que checos, que ao pai, foragido às agitações no seu país, trouxera para os Estados Unidos, onde suponho que morreu. Os tribunais decidiram que, entre uma mãe de país pouco simpático e a felicidade de crescer nos Estados Unidos entregue a protectores isentos do vírus materno, não havia escolha — sinal da influência salomónica da Bíblia, ou curiosa dramatização do Círculo de Giz Caucasiano, de Bertold Brecht. Mas voltando ao exemplo que imaginei pessoal — acho que nem a sublime dupla cidadania nos valeria no aperto, a nós e a Lisboa.

O outro caso é muito diverso, mas tem que ver igualmente com a imigração. Não é sabido nos diversos países directamente interessados, e a esmagadora maioria da população americana o ignora nos próprios Estados Unidos hoje, que a lei (ou alguma interpretação dela) exige que o imigrante, em chegando à idade militar, ingresse nas Forças Armadas dos Estados Unidos. Se recusar, e a menos que qualquer saída legal seja encontrada e conseguida (objecção de consciência, por exemplo), é obrigado a retirar-se do país onde cresceu e a voltar ao país onde nasceu, perdendo o direito não só à residência permanente como a tornar a pôr os pés nos Estados Unidos.

As razões que levaram, em tempos mais ou menos idos, a uma tal atitude supostamente legal são óbvias. Antes de tudo, forçar a integração nacional do residente estrangeiro enquanto jovem, quando, no último século, grandes massas da população norte-americana eram de imigrantes (que chegaram a ter direito de voto em certas eleições não nacionais, já que os manipuladores políticos precisavam de votos para se elegerem — o que, mais tarde, foi suprimido). E também quando, nesse tempo, os «nacionais» tinham imensas maneiras e o dinheiro para se esquivarem ao serviço militar que os recém-chegados fariam por conta deles, sem saberem ao certo para que gloriosos fins. Mas a constitucionalidade de uma tal medida ser obrigatória e não facultativa (já que nada, na entrada legal, estipula que o emigrante deva vir a ser cidadão dos Estados Unidos, forçosamente) é outra questão que agora se levanta. O pretexto, curiosamente, é português, e não sei se a imprensa portuguesa tomou conhecimento do caso. Um jovem imigrante de nacionalidade portuguesa, que serve neste momento, e segundo as notícias «heroicamente», no Vietname, decidiu pôr judicialmente em causa a legalidade dessa guerra — os aspectos políticos desta controvérsia não nos importam aqui. Mas o que, automaticamente, resultou da acção dele foi levantar-se o problema da constitucionalidade de como ele foi lá parar.

E de supor que os países de origem dos imigrantes da América, embora sempre desejem ou façam liricamente que desejam manterem eles laços afectivos e culturais (para não dizermos financeiros, neste plano do puro altruísmo) com o berço natal, ou sempre ignoraram estas incongruências, ou nunca desafiaram diplomaticamente os Estados Unidos, para não incorrerem — se é que incorreriam — em retaliações possíveis contra as cotas de imigração atribuídas pela América às diversas áreas de emigração para ela. Estas cotas só muito recentemente diminuíram ou elidiram as suas discriminações racistas, em que, é claro, escandinavos e germanos — ai os louros! — tinham especial preferência. Como é sabido, a própria Grã-Bretanha deixara perder em séculos, ou dissolver-se, o sangue nórdico que algumas depredações dos vikings e uma invasão de anglo-saxões lhe injectaram, e o teor da boa cepa romântica precisava de ser melhorado nos Estados Unidos, e de ser compensado dos efeitos deletérios de tanto italiano, português, espanhol, sírio, etc., etc. Quanto a indiferença ou ignorância em relação aos casos referidos, o que se disse dos países de origem dir-se-á dos países «segundos», para os quais, no fundo, não importa o que possa acontecer a um cidadão não nato que decidiu mudar-se para os Estados Unidos por sua conta e risco.

Os problemas, porém, de que esses casos são exemplo incongruente e pouco humano, não deveriam ser indiferentes aos países envolvidos por cidadãos seus, primeiros ou segundos. Trata-se de consciência, coerência, e dignidade de uma nacionalidade que lhes cumpre proteger, seja em que circunstâncias for. E de modo algum, e muito pelo contrário, se trata na verdade de «desafiar» os Estados Unidos, de cujo sistema legal o «desafio» é parte integrante, já que qualquer pessoa tem o direito de pôr em causa, judicialmente, nele, a legalidade de tudo. Trata-se, sim, de fazer o que tantos milhares e milhares de americanos se esforçam por fazer todos os dias: conduzir os Estados Unidos a serem razoavelmente fiéis àqueles ideais abstractos de liberdade e de justiça, que eles mesmos, os Estados que se uniram numa independência, escreveram numa constituição e numa declaração de direitos básicos, naqueles bons tempos em que os ideais esclarecidos dos Rousseaus, dos Voltaires e dos Tom Paines, como dos Jeffersons e dos outros fundadores, não haviam sucumbido a nacionalismos estreitos, ou à supremacia de uns grupos sobre os outros.

Portugal, com mais de um milhão de portugueses e de luso–americanos só na Califórnia, e mais de outros tantos na Costa Leste, deveria estar informado e tomar conhecimento de tais situações, cuja legalidade interna é, ao que parece, duvidosa, mas nunca foi posta em causa, que se saiba, antes, pela humildade das pessoas envolvidas. Tanto mais que, no caso português, muitas dessas pessoas não são já sequer «humildes», mas triunfantes, influentes, ainda que muito agarradas até há pouco à brandura tradicional dos nossos costumes, que manda comer e calar.

Mas os países não são só, reciprocamente, aqueles que tomam chá ou uísque nas embaixadas, não é verdade? São também aqueles que nunca pensaram em certos casos que não subiram às suas alturas, e aqueles que, com a sua laboriosa actividade, se espalham pelo Mundo. E isto de espalhar-se pelo mundo, por certo que foi sempre o mais natural de Portugal, desde que o Senhor D. João I deu o exemplo, partindo-se, a Ceuta, onde, talvez erradamente, não fixou residência. E já antes dele muito português aparece registado nos lugares mais inesperados do Globo que, então, como se sabe, não era nem Globo nem inteiro. O menos comum, ou menos numeroso, foi sempre o ficar de flor ou de batata no Jardim da Europa.

Pense Portugal a sério no outro Portugal, o pelo mundo em pedaços repartido, numa tradição de tantos séculos, e hoje especialmente concentrado em certos países, aonde, se devidamente apoiado, poderá contribuir decisivamente para «lusitanizar» essas terras bárbaras e gentias, com vantagem para elas serem menos convencidas de si mesmas, e para Portugal ser menos distraído. Antes que — valha-nos a Providência — tenhamos algum português de França a imitar La Fontaine (quando já temos no próprio Portugal tanta gente que se não cura do morbo gálico) ou algum português dos Estados Unidos a repetir os sucessos de tanto abominável best-seller (quando já há em Portugal hippies que são luxuosamente filhos das melhores famílias).

Santa Barbara, 10 de Junho de 1972, Dia de Camões

O outro discurso seniano do 10.6.1977 e o “Dia de Camões” nos USA. (1a. parte)

bandeiraEnquanto JS discursava na Guarda, outro texto seu — bem mais breve e contido — era lido em San Diego, na Califórnia, nas celebrações do “Dia de Camões”.

A propósito da comemoração da data em território americano, e da participação constante de JS, o texto do Professor George Monteiro nos traz elucidativos elementos.

 

While speaking at the Guard, another text by JS – much shorter and restrained – was read in San Diego, California, in the celebrations of “Dia de Camões”.

In concerning the celebration of the date on American soil, and constant participation of JS, the text of Professor George Monteiro brings enlightening elements.

 

[SAUDAÇÃO PARA O DIA DAS COMUNIDADES]
Sendo-me impossível estar presente, como tanto desejava, às comemorações do Dia das Comunidades Portuguesas, que este ano se realizam em San Diego, outro dos lugares da Califórnia aonde os portugueses têm marcado a sua presença e honrado com ela a pátria de origem e a outra pátria que os acolheu, não quero todavia deixar de estar aí nesse dia, e por isso a todos envio as seguintes palavras de saudação. Este simbólico Dia tem mais de um significado. E uma oportunidade de os portugueses e os luso-americanos se juntarem para recordarem, com saudade e com o orgulho, a sua pátria de origem, gloriosa entre todas, da qual ninguém deve envergonhar-se de ser filho ou ser um descendente. É uma ocasião de mostrar, com aquele espírito de paz e de concórdia, que os portugueses sabem ter quando querem, aos Estados Unidos e à Califórnia, que a cultura portuguesa existe, é recordada por quem se sente ligado a ela, e deseja ser reconhecida com a dignidade e o apoio público a que tem direito. E é, neste momento da vida portuguesa, em que tantas dúvidas e inquietações de vária espécie pesam sobre o futuro de Portugal, e sobre uma liberdade que Portugal voltou a conhecer após décadas de forçados silêncio e escuridão, algo mais e de primacial importância — o sinal firme de que todos os portugueses, para além do que possa ideologicamente dividi-los ou opô-los, colocam a unidade e integridade de uma pátria secular acima de tudo. Há pecados que se pagam caríssimo neste mundo e por gerações, às vezes sem remissão: e entre eles avulta o despedaçar-se de uma pátria una e indivisível. Portugal tem sobrevivido a tudo, numa longa história, porque jamais se dividiu, ainda quando os seus filhos lutaram uns contra os outros. Neste momento, porém, a mensagem que nos cumpre enviar a todos é a de unidade, serenidade, esperança, confiança no futuro de um país a quem, durante mais de cinco séculos, desde que foram descobertos e povoados, os Açores têm dado alguns dos portuguesa mais ilustres, sem contarmos os milhares e milhares de anónimos que, com o seu nome honrado, dignificam Portugal aonde quer que estejam, e tal como tem sucedido pelo mundo adiante, desde que Portugal existe. Veneram os açorianos, que são a esmagadora maioria dos portugueses e luso-americanos da Califórnia, o Espírito Santo, que é como que uma festa «nacional» para eles. Não tenho autoridade eclesiástica para invocar as bênçãos dele e a iluminação que Ele distribui. Mas, como poeta que sou, tenho autoridade poética para lembrar que o Espírito abandona quem renega o Pai ou quem não conhece o Filho como seu Pai e seu Irmão. Assim, que este Dia, em 1977, seja mais uma vez um grande dia de Portugal e para os portugueses.

 

* Texto sem título e sem data, lido na ausência de JS, em San Diego, California, no 10 de junho de 1977. Inédito até sua publicação em Rever Portugal – textos políticos e afins, Lisboa, Guimarães, 2011, p. 323-4

 

COMMEMORATING CAMÕES IN THE UNITED STATES: JORGE DE SENA’S LEGACY
by George Monteiro

Camões sem commemorações, necessários a vários outros respeitos,
é para nós mesmos neste momento, como nós seremos mais tarde ou
mais cedo, uma sombra…
Óscar Lopes, “Camões e Jorge de Sena” (1995)
The famous and highly regarded writer José Régio was asked to take the time to travel to Lisbon to record some of his poetry for dissemination at the International Colloquium on Luso-Brazilian Studies scheduled to take place in Washington, D.C., in October 1950. He refused to do so. He was not disposed to do any such thing, he informed Adolfo Casais Monteiro, his erstwhile colleague in the editing of the journal Presença, who had decided, mistakenly, it turned out, that Régio’s reluctance to participate in the venture was due to his proverbial shyness or timidity. Under renewed pressure, Régio felt obligated to elaborate on his reasons for refusing:

 

Embora obscuramente, (e tanto melhor se um bocadinho de populariedade do meu nome pudesse tornar tal reacção menos obscura!) lutarei contra certas americanices do mundo moderno. Pois Você pensa que esses discos poderão, realmente, contribuir para qualquer real interesse da América pela nossa Literatura? poderão ser real testemunho de tal interesse?! Deus me valha! A única maneira eficaz, autêntica, séria, de os Estados Unidos manifestarem qualquer interesse pela nossa Literatura—seria juntar, nas suas Bibliotecas, livros nossos, (como, alias, creio que em parte estão fazendo); depois promover a expansão, por todos os meios, desses livros: mas uma expansão real, fundada no seu conhecimento, e não em reclames que dispensam o conhecimento da própria coisa reclamada, e, sobretudo, traduzir aqueles dos nossos livros que disso fossem julgados dignos, e espalhar essas traduções…. Isto sim, será obra séria; seria obra séria.

 

Echoing countless numbers of writers before him—in Portugal and, of course, elsewhere—Régio makes his point. Reader neglect, though not just abroad—other countries, other languages—is the durable theme and chronic complaint of poets and writers in all languages. In Régio’s case, over a half-century since he voiced his complaint, his work is virtually unknown in the United States, apart from academic circles, and then only, one suspects, by those professionally involved with the literature of Portuguese-expression. Surely such complaints have lost some of their force in Fernando Pessoa’s case, at least in recent years, which have seen an impressive growth of interest in the United States. And in all fairness, they cannot be made about Camões, especially not beginning with the early nineteenth century. For although it is true that Camões has never been much celebrated in the United States (at least not ceremonially or in pageant-like fashion) it is equally true that Camões and his major work have been more widely appreciated than is commonly thought.
As I have tried to show elsewhere, principally in The Presence of Camões: Influences on the Literature of England, America, and Southern Africa, published in 1996, that while Camões’s work was known to writers working in the English language in the seventeenth and eighteenth centuries, it was in the nineteenth century that his work was most influential. In that century he was read by, among others, Joel Barlow, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Henry Wadsworth Longfellow, Thomas Wentworth Higginson, Walt Whitman, Emily Dickinson, and Richard Henry Wilde (a poet and scholar who not only translated some of Camões’s sonnets but also wrote an important book on Camões’s kindred spirit, Torquato Tasso). Remarkably, however, there was no full translation of Os Lusíadas published in the United States until the exact middle of the twentieth century when the Hispanic Society of America brought out the fine version by the poet-critic Leonard Bacon. And while there are dozens of poetic tributes to Camões in English, only Melville, Kermit Roosevelt, and Leonard Bacon, among the Americans, have I identified to date as having written poems about Camões. As for public celebrations of the 3rd centennial, there was certainly not only nothing to compare with what took place in the British Empire, Brazil or elsewhere, but there were simply none whatsoever. Searches of the major newspapers and journals of the day turn up nothing regarding such celebrations. A search of Portuguese-language newspapers should turn up information regarding utterly local commemorations in social clubs or the like if, indeed, such commemorations took place.
In the romance and modern language departments of a small handful of universities, things were somewhat better. (Although it must be said, parenthetically, that there seems to have been precious few doctoral dissertations devoted to Camões in their entirety or in appreciable part defended in American universities. A quick count of the titles contained in the most complete listing to date of doctoral dissertations on Portuguese themes in United States universities turns up, as of mid-1995, only three certainties, and in one of those three, the name of Camões does not appear in the title. ) As a professor of languages teaching at Harvard University in the 1840s, the poet Henry Wadsworth Longfellow had anthologized both Camões’s lyric poetry and, in excerpt, his epic poem. His impressively inclusive (for the time) Poets and Poetry of Europe was first published in 1845 in Philadelphia and achieved several reprintings throughout the rest of the century.

In the late nineteenth and early twentieth century both Yale University and Harvard University had renowned scholars interested in Portuguese poetry—J. D. M. Ford at the latter, and Henry Roseman Lang at the former. And at Columbia University—it was announced in the New York Times in 1901—

 

A series of lectures on Portuguese poetry, which is thought to be the preliminary step toward the foundation of a course in Portuguese at Columbia, will begin at the university on Wednesday. The series will be given by William Tenney Brewster. It will consist of four lectures, which will be given as follows: April 3, “Portuguese Popular Poetry”; April 10, “The Predecessors of Camoens”; April 17, “Camoens”; April 24, “Portuguese Poetry After Camoens.”

 

It is interesting to me that Brewster was a member of the Columbia University Department of English, and that, in 1931, as reported in the New York Times, he donated to the University his “volumes of Portuguese literature,” along with—thoughtfully—“a fund for binding part of the collection.”

When, in the early years of the twentieth century, the Brazilian Joaquim Nabuco, a student of Camões and lifelong promoter of all things Camonean, found himself in the Washington as his country’s Ambassador to the United States, he took upon himself to give lectures on Camões at two major American universities in the East, Cornell and Yale, and at Vassar College. At the time of his death he was preparing a similar lecture for delivery at Harvard University. At Yale, Nabuco departed from his prepared text for a moment to implore Henry Lang, who was in his audience, to undertake a translation of Os Lusíadas. No such translation was ever published and my own look into his espólio, admittedly not exhaustive, did not turn up any evidence that he ever attempted such a translation. What seems most significant to me about Nabuco’s American lectures on Camões is that major American institutions such as Yale, Cornell, Vassar, Harvard were receptive, not only to Nabuco, but to the subject he had chosen—a Portuguese poet of the sixteenth century—on that must even then have been considered a bit off-beat for a Brazilian diplomat. That was a different time, of course; it is hard to imagine anything similar happening today.

Interest in Camões was expressed by another member of the Columbia University faculty when, in 1910, George Edward Woodberry, a professor of comparative literature, devoted a chapter to Camões, “the maker of the only truly modern epic,” in his well-received book, a collection of essays on the theme announced in his title, The Inspiration of Poetry. Of the man who wrote the first modern epic, Woodberry says, “Camoens shows in his verse as he was in life, with a naturalness and vigor, with an unconscious realism, a directness, an intensity and openness that give him to us as a comrade.” The critic’s notion of Camões as a “comrade” would be echoed elsewhere over the years, notably in singular poems by Kermit Roosevelt (President Theodore Roosevelt’s adventurous son) and Roy Campbell, the Lusophilic South African whose fine sonnet entitled “Luís de Camões” was translated into Portuguese by Jorge de Sena in 1952. Woodberry’s book was followed, three years later, by an edition of The Book of the Epic, H. A. Guerber’s survey of the world’s great epics, ranging from the Greeks’ Iliad to the Indians’ Mahabharata. Besides the usual biographical account of Camões’s life, Guerber offers a useful book-by-book summary of Os Lusíadas.
In 1924, commemorating the quadricentennial of the birth date most commonly assigned to Camões, there appeared important essays in two of the major newspapers in New York. In “Camoens, 1524-1924,” an essay that appeared on the first two pages of the New York Evening Post Literary Review in September, Merritt Y. Hughes discusses Camões’s great poetic achievement, partly in the context of his having influenced John Milton’s poem Paradise Lost and Herman Melville’s sea fiction, most notably White-Jacket and Moby-Dick. He also notes that “toward 1850 the Latin countries united to canonize him a literary saint, and even in New York City a statue has been put up in his honor.” (I have not yet located this statue.) It was Camões’s singular achievement, according to Merritt Hughes, to be “the only man of the Renaissance, when every one was writing epics and when Europe was appropriating Asia and the Americas and fighting its wars of religion, who made a successful attempt to write an epic about a contemporary subject. That in itself would be a good claim to fame, but in addition ‘The Lusiads’ foreshadows modern ethical, political and economic ideas, and suggests much that is usually believed to be characteristic of the nineteenth and twentieth centuries in poetry.”

In “Portugal’s Poetical One-Eyed Devil,” an essay in the New York Times in July 1924, Eva Madden, a writer of some popularity at the time, rehearses, in loving detail, the “facts” of the poet’s romantic and, as we know, romanticized biography. In the recent biography of Camões by Aubrey Bell, she tells us, “at last the world is to know all there is authentically to know of the adventures of the most daring and active poet of all literature. No figure of letters can even approach him as Munchausen-like adventurer, for Camoens himself actually went through the thrilling events of the many chapters related of him.” She concludes her genial piece with an assessment of Camões’s English-language translators (though she makes mistakes in two of the names): “The ‘Lusiad’ was first put into English by Robert [actually Richard] Fanshawe in 1665; then by Mickles [Mickle] in 1776. A third version, and the last, was made by Sir Richard Burton—with more accuracy than mellowness of rendition—none of the three having caught with any too great felicity the poetic vigor, the Portuguese voluptuousness of expression, of the amazing original.” Toward the end of his long career at Harvard University, Jeremiah Ford published a facsimile edition of Sir Richard Fanshawe’s 1655 English version of Os Lusíadas, followed, a few years later, by a scholarly, well-annotated textual edition—the first ever in the United States—of Camões’s epic.

The academic study of Camões in the United States received an appreciable boost when, in 1965, the poet, critic, and all-round man of letters Jorge de Sena left Brazil for the United States. He did not return to Brazil. For the next thirteen years he taught in the United States, first at the University of Wisconsin at Madison and then, for the remaining years of his life, at the University of California, Santa Barbara. Right off, he participated in the VI Colóquio Internacional de Estudos Luso-Brasileiros, held in September 1966—partly in Cambridge, Massachusetts, on the watch of Francis M. Rogers, Harvard University’s Nancy Clark Smith Professor of the Languages and Literature of Portugal, and partly in New York under the auspices of the Hispanic Society of America. And in December of the same year, at meetings of the Modern Language Association held in the city of New York, Sena delivered a paper entitled “Camões revisitado.” In 1969 he published his provocative and controversial study of Os Sonetos de Camões e o Soneto Quinhentista Peninsular, a work that applied an arithmetical method of his own devising to solve the problem of which sonnets truly belong in the Camonean canon, followed a year later by the collection of essays entitled A Estrutura de ‘Os Lusíadas’ e Outros Estudos Camonianos e de Poesia Peninsular do Século XVI. It was altogether fitting, then, that Sena was invited to be the featured opening speaker in a two-day symposium on Camões to be held on April 21-22, 1972, at the University of Connecticut, Storrs, Connecticut. The invitation was extended by the organizer and administrator of the symposium, Dr. António Cirurgião, recently appointed to the university’s faculty. Cirurgião’s idea was that it was only fitting, especially given the journal Hispanis’ recent tribute to Galdós, that Camões merited celebration as well. Discovering that there were not plans to do so at any of the American universities best equipped to do so—Harvard, Yale, the University of Wisconsin, among others—he secured the approval of his department head at the University of Connecticut to organize such a commemoration.

At the Univertsity of Connecticut Sena’s his keynote talk was entitled “Camões—New Observations on His Epic and His Thinking.” Directing his analysis to the texture (tessitura) of the poem Os Lusíadas, he promised to get at the poet’s deepest intentions—unrecognied or greatly obscured over centuries of critical commentary. He focused his explication on the occurences and repetition of various terms and ideas shifting in context, for example, natura, amor, santos and milagres, virtude, púdico and partes. He elabored on his analysis for more two hours (over twice the allotted time), and then he followed his talk with a reading of the entry on Camões he had just written for the Encyclopædia Britannica, itself amounting to a second talk. More about the encyclopedia article later.

The other speakers on the first day were Heitor Martins (Indiana University), whose title was “Camões, beyond Vergil: an Investigation of the Epic”; and Charles Boxer (Yale University), whose proposed topic was “Christians and Spices in Os Lusíadas” (but who, because, as he explained, he “could not find sufficient material” for his “suggested paper on ‘Christians and Spices in the Lusíadas,’” spoke, rather, on “Camões and Diogo do Couto: Brothers in Arms and Literature”). On the second day the two speakers were Wilson Martins (New York University), whose title was “Camões and the Super-Camões,” and Louis L. Martz (Yale University), who spoke on “Os Lusíadas in England: Camões and Milton.” It was an international cast, overall, with featured participants hailing from countries such as Brazil, Portugal, and the United Kingdom. Of the contributors to the special issue of Ocidente that grew out of the conference, four of them hailed from Portugal and Brazil—Sena, Wilson and Heitor Martins, and Garcia—although all of them were then teaching at universities in the United States. Of the three contributors from the United Kingdom—Boxer, Pierce, and Walker—one of them, Boxer, was then teaching in the United States. The remaining eight—Martz, Thomas and George Hart, Miller, Piper, Reinhardt, Schmitt, and Sims—were Americans teaching at universities in the United States.

Tied into the theme of the symposium was a production by the university theater group of Henri de Montherlant’s La Reine Mort, given in English as The Queen After Death. Chosen to complement the symposium, this play on the theme of Inês de Castro was open to the conference participants on the evening concluding the first day of the meetings. According to António Cirurgião, Jorge de Sena judged this college production of Montherlant’s play to be “an improvement over the original.” “Sena didn’t like Montherlant,” Cirurgião explains. The production ran for a week.

The lectures given at the symposium, along with a number of other pieces, including a bibliography of Camões in English translation, were published in November of that same year in a special number, running to 223 pages, of volume 35 (new series) of Ocidente, the venerable, but soon to be lamented, “Revista Portuguesa de Cultura.” Included were papers on Richard Francis Burton as Camões’s translator (Frederick C. H. Garcia), the idea of history in Os Lusíadas (Thomas R. Hart), Os Lusíadas and the “Cancioneiro Geral” (Neil Miller), Camões and Inêz de Castro (Frank Pierce), teaching Os Lusíadas in Leonard Bacon’s 1950 translation (Anson C. Piper), August Graf von Platen’s admiration for Camões (George W. Reinhardt), the nineteenth-century American novelist Herman Melville admiration for, and indebtedness to, Camões (Jack Schmitt), Os Lusíadas and John Milton’s Paradise Lost (James H. Sims), the symbolic uses of Bacchus and Venus in Os Lusíadas (Roger M. Walker), and Camões in English—a bibliography (George C. Hart). Missing was Heitor Martins’s paper on Camões and Vergil, a summary of which was given as an abstract.

Jorge de Sena also participated, along with Norwood Andrews, Jr. and Alberto Machado da Rosa, in a one-day quadric-centennial commemoration of the publication of Os Lusíadas held at the University of California, Los Angeles, on May 12th. It is not coincidental, moreover, that shortly after his participation in the symposium in Connecticut and the commemoration in California, Sena chose, in May, to share with the readers of the Diario Popular his thoughts on the Camonean celebrations then going on, internationally and locally, in Portugal. His is a warning against the provincial and chauvinistic misuses of Camões and his work:

Assim, celebrem-se Os Lusíadas e o seu autor. Mas sem esquecer que eles não são propriedade exclusiva de Portugal. Assim como nos Estados Unidos ninguém pensa que Shakespeare não é “americano”, no Brasil ninguém pensa que Camões não seja “brasileiro”, porque é parte gloriosa da lingua portuguesa. Do mesmo modo, tenha-se sempre presente que é o valor universal de Camões e da sua obra o que mais importa celebrar, pôr em relevo e difundir. Mas, repita-se, a obra, de que Os Lusíadas são uma parte sem dúvida extremamente importante, mas não mais importante do que a obra lírica, nem separárvel dela: o homem que escreveu essa epopeia, e que nela constantemente se intromete, está inteiro, tragicamente inteiro, nas meditações dolorosas da obra lírica.

It was also António Cirurgião’s happy idea to suggest to the editor of Hispania, Irving P. Rothberg of the University of Massachusetts at Amherst, that, as the single American journal devoted to scholarship and the teaching of Spanish and Portuguese in America, Hispania devote an issue to Camões on this occasion. One is happy to report that Rothberg agreed. But the idea had its formidable opponent. Having learned of the symposium proposed, along with the possibility that Hispania would commemorate Camões in the same year, Harvard University’s Professor Francis Rogers took it upon himself to issue a warming, in a letter to Rothberg. Here is its opening paragraph:

 

I am writing to express to you my views concerning “commemorations” in general and specifically the commemoration of the fourth centenary of the publication of the Lusiadas. I tend to place commemorations in general in the same hopper as honorary degrees and decorations from foreign governments. In principle, they are very nice, but they are fraught with hidden dangers. This is particularly true with a commemorative volume concerning the Lusiadas. I have a great deal of affection and respect for this poem and its author. Indeed, I have taught both for many years and directed one splendid thesis by a Brazilian Jesuit on the poetry of the poem. Unfortunately, down through the years, the Lusiadas has been used, or misused, as a prime document of political rhetoric. It has been misused in other ways as well. Thus, we have had studies on the fauna, the flora, nautical astronomy, law, and much else in the poem. Unfortunately, we have had very few studies of the poem as a poem, those few having been made by such people as Woodbury [sic], Ezra Pound and C. M. Bowra. I feel that a commemorative volume concerning the Lusiadas to appear in 1972 could well give rise to a plethora of studies concerning the poem which would have nothing to do with the poem as a poem. Some of the articles submitted would be written by individuals whom only the most callous of editorial boards could turn down. Theoretically, I believe a well edited commemorative volume is possible. In practice, in these years, I am doubtful.

 

Fortunately, Rogers’s ominous words did not dissuade Rothberg from his plan to commemorate Camões, and Hispania ultimately published a collection of five essays, contributed by distinguished scholars, in its May 1974 issue, in time to honor the four hundredth anniversary of the poet’s death. The essays are “Camões’ Shipwreck” (Gerald M. Moser, Pennsylvania State University), “Ancient History in Os Lusíadas” (Frank Pierce, University of Sheffield), “The Feminine Presence in Os Lusíadas” (Anson C. Piper, Williams College), “The Epic Similes of Os Lusíadas” (Roger Stephens Jones, Carleton University, Ottawa), and “Joaquim Nabuco e Camões” (C. Malcolm Batchelor, Yale University). (Piper and Pierce, it will be recalled, had also contributed papers to the 1972 special issue of Ocidente devoted to the conference on Camões at the University of Connecticut.) In his capacity as editor of Hispania, Irving P. Rothberg (University of Massachusetts, Amherst), wrote:

 

The year 1972 saw a number of impressive observances of the 400th anniversary of the publication of Luís de Camões’ Os Lusíadas, the greatest epic poem of the Renaissance. It is with pleasure that we now—somewhat after the fact—dedicate the present issue of Hispania not only to this enduring masterpiece but to the 450th anniversary of its poet’s birth who is generally believed to have been born in 1524. The editor’s deep thanks are offered to the authors of the articles that follow who obligingly wrote them at the editor’s request.

 

Aimed at a limited audience of specialists in Iberian literature, the essays on Camões in Hispania in 1974 nevertheless warrant further attention. Moser adduces accounts of shipwrecks in three contemporary letters to support his belief that Camões’s two references to shipwreck in Os Lusíadas are reliably autobiographical. Moser ends his piece: “In 1880, when as in 1972, the Portuguese-speaking countries celebrated Camões as the author of their national epic, Machado de Assis wrote a series of four sonnets for the
occasion.” Moser than quotes the last four lines of Machado’s sonnet—which, in its entirety. reads:

 

Um dia, junto à foz de brando e amigo
Rio de estranhas gentes habitado,
Pelos mares aspérrimos levado,
Salvaste o livro que viveu contigo.
E êsse que foi às ondas arrancado,
Já livre agora do mortal perigo,
Serve de arca imortal, de eterno abrigo,
Não só a ti, mas ao teu berço amado.
Assim, um homem só, naquele dia,
Naquele escasso ponto do universo,
Língua, história, nação, armas, poesia,
Salva das frias mãos do tempo adverso.
E tudo aquilo agora o desafia.
E tão sublime preço cabe em verso.

 

In “Ancient History in ‘Os Lusíadas,’” Frank Pierce, who would a few years later publish an excellent edition of Os Lusíadas, looks anew at Camões’s use of history as “subject-matter rather than style.” The “company of Alexander, Julius Caesar or Hannibal,” he decides “was an inevitable component of any attempt to write public poetry on one’s country and its past,” and Camões was no exception in this. Yet it is the Portuguese poet’s success in making the reader see the events of Vasco da Gama’s voyage “as something that is taking place before our eyes without any special narrator to interpret it for us” that gives the poem the “freshness and immediacy which set Os Lusíadas apart from most examples of the literary epic.”

Anson C. Piper’s subject is “The Feminine Presence in ‘Os Lusíadas.’” “A close study of the poem,” he writes, “furnishes ample evidence of the fact that the feminine presence which pervades Os Lusíadas constitutes one of the major literary and psychological motives of this highly sensuous Renaissance masterpiece.” For “the fact that he wrote under the powerful spell of Renaissance humanism required him to pay his courtier’s debt to the current concept of love as a highly formalized standard for measuring human conduct.” In short, Camões “strove in his poetry to join his humanistic learning to the chivalric ideal of perfect manhood ‘fused with female grace.’”

Camões’s use of epic smiles is Roger Stephens Jones’s subject. Distinguishing between Homeric similes, which support the celebration of “the grandeur of a warrior-hero,” and Virgilian similes, which help to define “the grandeur of a moral hero,” Jones decides that, on balance, Os Lusíadas is a Virgilian epic (.with Homeric elements)

 

[TO BE CONTINUED]

 

*George Monteiro is Adjunct Professor, Professor Emeritus of English and Portuguese and Brazilian Studies at Brown University (Providence, RI), USA

“O dia de Camões nos USA” (2a. parte)

COMMEMORATING CAMÕES IN THE UNITED STATES: JORGE DE SENA’S LEGACY

COMMEMORATING CAMÕES IN THE UNITED STATES: JORGE DE SENA’S LEGACY (2nd part)

In the final essay of the unit on Camões in the May 1974 issue of Hispania, C. Malcolm Batchelor rehearses the matter of the Brazilian Joaquim Nabuco’s profound devotion to the promotion of the Portuguese poet in Brazil and, later, in the United States. As a twenty-three year old Nabuco had published Camões e os Lusíadas (1872). As a thirty-year old he would proclaim, during the 1880 celebrations in Rio de Janeiro to an audience of four to five thousand listeners, “O Brasil e Os Lusíadas são as duas maiores obras de Portugal.” Batchelor’s detailed account makes the point that central to Nabuco’s sense of his own spiritual and intellectual worth was his conception of Camões’s exemplary greatness.

Two other items, by Americans in 1972, merit attention. Contributing to the festivities devoted to Camões that year, one that has been largely ignored, but well worth noting, is Edgar C. Knowlton, Jr.’s prose translation of Almeida Garrett’s canonical poem Camões. Knowlton, a university teacher who was born in New Bedford, Massachusetts (the location of an important Portuguese-American enclave) has spent most of his professional life in Hawaii. Contributing to the obscurity into which Knowlton’s translation has fallen, no doubt, is the fact that it appeared in Macau, in a double issue (numbers 1 and 2 of volume VI) of the Boletim de Instituto Luis de Camões. It is of interest to note that Knowlton’s translation is scheduled for republication in a forthcoming issue of Portuguese Literary and Cultural Studies (University of Massachusetts Dartmouth) devoted to Almeida Garrett.

The second of these 1972 items is a piece in the autumn issue of that year in the well regarded and, at the time, highly popular middlebrow journal Horizon. Contributed by Edmond Taylor, a distinguished historian (he was the author of Richer by Asia [1947], The Fall of the Dynasties [1963], and Awakening from History [1969]), this illustrated essay of eight pages argues the controversial thesis that Camões, the “one-eyed author of The Lusiads wrote—and lived—the national epic of Portugal, but his countrymen missed the moral: that the paths of imperial glory lead to the grave of the spirit.” Beginning his essay with an epigraph—lines from the old man’s dire warning (Canto IV, 95, 97)—Taylor puts the matter forcefully right at the outset:

To the contemporary American taste, Camoëns is probably the least readable among the schoolroom classics of Western literature. He comes surprisingly alive, however, if one rereads him in his native Lisbon, the seat of West’s first overseas empire, which has now become the last, defiant, though somehow dejected, bastion of Western colonialism. The tragic, beautiful city, scarred by so many disasters, where the poet was probably born and where he unquestionably lived out his years after a long, adventurous, unprofitable career as a colonial swashbuckler, is haunted by the delusions and
lucidities of his genius in almost the same way the passions and afflictions of a syphilitic haunt his descendants.

Cleverly using the legendary and virtually mythic story of the poet’s life and writings as told in “a pictorial biography, in gaudily colored comic-book format” — Camões (Colecção de 124 Cromos)—Taylor “corrects” the story, point by point, by incorporating the latest demythologizing scholarship on the subject. The historian has two principal aims: 1. to tell the story of the poet and his work (“Since Homer, few single poems have more effectively crystallized the deepest emotions, aspirations, and delusions of a whole people—even, perhaps, of an epoch”; and 2. to deplore Portugal’s dictatorship’s stubborn and disastrous refusal to give up its possessions in Africa (“Those fictitious ‘provinces’ of an anachronistic colonial empire camouflaged as a modern nation could someday prove to be the final grave, not merely of Portuguese imperialism, but of what up to now has remained a Christian and noble civilization—that of Portugal itself, Camoëns’s own”).

The participation of Jorge de Sena—by then settled permanently, as it turned out, at the University of California, Santa Barbara—at the University of Connecticut’s commemorative symposium in 1972, fit in perfectly with his own professional interest in promoting all matters Camonean over his entire literary and professional careers. During 1972 he took part in several congresses in Europe with major speeches and important papers that were in due course published in the appropriate actas. He published essays in the newspaper Diário Popular, along with the poem “Camões Dirige-se aos seus Contemporâneos” in the November 1972 issue of the journal Ocidente. Indeed, it can be said that Sena’s work on Camões, which included a doctoral dissertation and several other books, as well as numerous essays, reviews, newspaper articles, not to mention the brilliantly realized bio-critical story “Super Flumina Babylonis,” which ends with the sick and improvident Camões setting down the first line of his famous poem “By the Rivers of Babylon,” came, publicly, to a head in the early 1970s. (Interestingly enough, an advertisement for what appears to be the among the earliest, if not the first, film made about Camões also focuses on Camões’s final days. Produced by the internationally known Gaumont Company founded by Léon Gaumont (1864-1946) in Paris, this historical drama was released on December 9, 1911, and distributed in the United States by George Kleine of Chicago, Illinois, under the title “Camoens, the Portuguese Shakespeare.” )

During the period of 1972-73 Jorge de Sena made major contributions to the dissemination of information on Portugal’s great poet. On March 9, 1972, at the Centro Cultural Português, Gulbenkian, in Paris he spoke on “Camões: Quelques vues nouvelles sur son épopée et sa pensée,” which, later that year, appeared in the proceedings of those meetings, Visages de Luís de Camões: Conférences. In April Sena presented, in English, a version of his Paris speech at the University of Connecticut, in Storrs, Connecticut. The Portuguese version of this lecture appeared, as we have already noted, appeared as “Camões: Novas observações acerca da sua epopeia e do seu pensamento,” in November in the well-established and highly influential Lisbon journal Ocidente. This piece, Sena made a point of explaining, he had himself translated “do original ingles.” It offers a taste of a forthcoming book, one that he is putting the finishing touches on. In it, he will take up, as the necessary and complementary study to his previous investigation of the “architecture” of Camões’s epic, an interpretation the poem’s texture. Here is the abstract of Sena’s essay prepared editorially:

The Lusiads became such a symbol of Portuguese imperial glory that many believe it still weighs too heavily on Portuguese life. To foreigners, always suspicious of Portuguese colonial proclivities, celebrating The Lusiads is just a cover for dark intentions. It is difficult to separate the epic from what men have made of it for centuries. Even today eminent critics are unwilling to acknowledge the courage and coherence shown by Camões in his masterpiece. The Author had a manifold purpose when he tried to elucidate the “structure of The Lusiads”. Now he intends to study its texture. No ideas, however great, serve a poet’s true greatness unless they come to us perfectly embodied in the very texture of his works. By studying this texture the Author tries to read the poet’s intentional meaning, revealing complex Camonian inner thought and daring intention, and has selected some definitely important or controversial areas in order to probe it.

On June 8, 1972, Sena published an article (written in May) entitled “Camões em 1972” in the supplement Quinta-Feira à Tarde of the Diário Popular. Sena warned that national celebrations throughout Portugal must not commit the dual error of considering Camões lyrics secondary to his epic or, in pretext, viewing the poet’s work as the historical culmination of the nation’s heroic-military glory. Less than an ingenuous and proud celebration, Os Lusíadas is a tragic and desperate warning, just as relevant to a modern Portugal as it was when first published. In the Actas da I Reunião Internacional de Camonistas (Lisboa, 1973) appeared another of Sena’s conference talks, one that he was unable to deliver in person due to illness—“Aspectos do pensamento de Camões através da estrutura linguística de Os Lusíadas.” He contributed the entry on Camões to the 1.5th edition of the Encyclopædia Britannica, which appeared in 1973. He prepared a substantial Introduction, dated Santa Barbara, October 22, 1972, to a facsimile edition of the 1639 edition of Lusíadas de Luís de Camões Comentadas por Manuel de Faria e Sousa. The next month he composed the preface for a facsimile edition of the edition of 1685 of Rimas Várias de Luís de Camões Comentadas por Manuel de Faria e Sousa. Sena aims his remarks on this occasion at Camões scholarship down the centuries, which had denigrated Faria e Sousa’s work while availing itself of his insights and observations. Faria y Sousa’s work is simply, according to Sena, “o mais rico repositório de comentos sobre a epopeia, a fonte semiclandestina de mais três séculos de erudição camoniana, um dos mais extraordinários monumentos erguidos por alguém, devotadamente, a um poeta e a uma cultura, eis o que regressa aberta e publicaments ao mundo português, que é o seu.”

At the same time Sena also arranged with his publisher in Oporto to bring out a limited edition of a composite work entitled Camões Dirige-se aos seus Contemporâneos e Outros Textos. The publication collects three works: Sena’s 1966 story “Super Flumina Babylonis” (taken from the collection Novas Andanças do Demónio), “Camões Dirige-se aos Seus Contemporâneos” (a poem from his 1963 collection Metamorphoses that references the elaborate ceremonial translation of the poet’s putative remains to the Jerónimos monastery in 1880—“Nada tereis, mas nada: nem os ossos, / que um vosso esqueleto há-de ser buscado, / para passar por meu”), and “Camões na Ilha de Moçambique,” an unpublished poem written on 20 July 1972 in Moçambique, where Sena was lecturing on Camões. The Moçambique poem is worth recalling for its frankly stated humanizing and universalizing image of Camões as an earthy creature of nature:

É pobre e já foi rica. Era mais pobre
quando Camões aqui passou primeiro,
cheia de livros a cabeça e lendas
e muita estúrdia de Lisboa reles.
Quando passados nele os Orientes
e o amargor dos vis sempre tão ricos,
aqui ficou, isto crescera, mas
a fortaleza ainda estava em obras,
as casas eram poucas, e o terreno
passeio descampado ao vento e ao sol
desta alavanca mínima, em coral,
do onde saltavam para Goa as naus,
que dela venham cheias de pecados
e de bagagens ricas e pimentas podres.
Como nau nos baixios que aos Sepúlvedas
deram no amor corte primeiro à vida,
aqui ficou sem nada senão versos.
Mas antes dele, como depois dele,
aqui passaram todos: almirantes,
ladrões e vice-reis, poetas e cobardes,
os santos e os heróis, mais a canalha
sem nome e sem memória, que serviu
de lastro, marujagem, e de carne
para os canhões e os peixes, como os outros.
Tudo passou aqui—Almeidas e Gonzagas,
Bocages e Albuquerques, desde o Gama.
Naqueles tempos se fazia o espanto
desta pequena aldeia citadina
de brancos, negros, indianos, e cristãos,
e muçulmanos, brâmanes, e ateus.
Europa e África, o Brasil e as Índias,
cruzou-se tudo aqui neste calor tão branco
como do forte a cal no pátio, e tão cruzado
como a elegância das nervuras simples
da capela pequena do baluarte.
Jazem aqui em lápides perdidas
os nomes todos dessa gente que,
como hoje os negros, se chegava às rochas,
baixava as calças e largava ao mar
a mal-cheirosa escória de estar vivo.
Não é de bronze, louros na cabeça,
nem no escrever parnasos, que te vejo aqui.
Mas num recanto em cócoras marinhas,
soltando às ninfas que lambiam rochas
o quanto a fome e a glória da epopeia
em ti se digeriam. Pendendo para as pedras
teu membro se lembrava a estremcia
de recordar na brisa as croias mais as damas,
e versos de soneto perpassavam
junto de um cheiro a merda lá na sombra,
de onde n’alma fervia quanto nem pensavas.
Depois, alviado, tu subias
aos baluartes e fitando as águas
sonhavas de outra Ilha, a Ilha única,
enquanto a mão se te pousava lusa,
em franca distracção, no que te era a pátria
por ser a ponta da semente dela.
E de zarolho não podias ver
distâncias separadas: tudo te era uma
e nada mais: o Paraíso e as Ilhas,
heróis, mulheres, o amor que mais se inventa,
e uma grandeza que não há em nada.
Pousavas n’água o olhar e te sorrias
—mas não amargamente, só de alívio,
como se te limparas de miséria,
e de desgraça e de injustiça e dor
de ver que eram tão poucos os melhores,
enquanto a caca ia-se na brisa esbelta,
igual ao que se esquece e se lançou de nós.

This is an imagined scene, of course, one presenting, at an earlier time, the Camões who is destined to endure even greater hardships after he has returned home to Lisbon, difficulties that even the publication of his great poem will only temporarily assuage. The poem is part of Sena’s project to demythologize the romanticized, fanciful life of Camões inherited, largely, from the late eighteenth century.

The publication of the collection Camões Dirige-se aos seus Contemporâneos e Outros Textos was delayed for several months, appearing only in 1973. It is also of interest that it was precisely in the autumn of 1972 that Sena wrote the remarkable poetic meditations that he collected under the indicative title “Sobre esta praia,” pointing back to the opening words of Camões’s great poem: “Sobre os rios.” “Note-se ainda, de uma vez para sempre,” as Sena writes in his guise as scholar, in an essay titled “Babel e Sião,” “que o 1o verso é Sobre os rios que vão e não Sôbolos, como aparece na 2a edicão, 1598, à conta das prosódicas emendas que provámos espúrias.” Not to put too fine a point on it—that there is an obvious link between “Sobre esta praia” and Camões—let me just say that in these eight meditations on almost clinical analysis of the nexus of nude bodies and sexuality by the Pacific Ocean, Sena draws not only on Camões’s poem “By the Rivers of Babylon” but from, “modernizing” it as he goes along, the episode of the Island of love in Book IX of Os Lusíadas.

It was at approximately the same time that Sena submitted his entry on Camões to the fifteenth edition of the Encyclopædia Britannica (copyright 1974). When Mécia de Sena collected this piece in Trinta Anos de Camões in 1980, she wrote in explanation:

Esta é, em tradução, a primeira versão destinada à 15.a edição da Enciclopédia Britânica. Nada tem em comum com o que foi publicado senão, evidentemente, o que é factual. O que na Enciclopédia saiu foi uma versão tornada estilisticamente incolor e rearrumada pelos serviços da mesma
Enciclopédia. Aliás, nunca correspondera ao desejo da mesma—queriam a “entrada” dedicada mais exclusivamente à biografia do Poeta, o que, como é sabido, sό usando de muita fantasia se poderia fazer.

Sena’s essay ran to close to 4500 words, but the published entry ran to about 2800 words, in addition to listings of Camões’ major works and selected biographical-critical bibliography running to some seventy lines. Besides flattening Sena’s characteristically rhetorical style and rearranging material, the Britannica’s editors made two major changes in content. They dropped most of Sena’s discussion of the accumulated scholarship on Camões and his work, and they dropped his comparisons of Camões with other writers, notably Shakespeare. Here, for example, is a passage omitted in the Britannica but restored in Trinta Anos de Camões:

O caso de Camões é, como grande e internacional figura, o reverso do de Shakesperare. Muito se sabe da vida de Shakespeare, em comparacão, mas ninguém aceita que ele não tivesse sido um mínimo de génio “romântico” na sua vida privada; quase nada se sabe ao certo sobre Camões e tudo aponta para que tenha sido um homem bem pouco comum (no entanto em acordo com a sua posição na vida social do seu tempo e na sua era de aventuras imperiais), que, ao contrário de Shakespeare, nunca casou ou foi pai de sabidos filhos (apesar da sua ostentacão de casos amorosos, ardente erotismo e até adolescente gabarolice nas suas obras—ou talvez demasiado de tudo isto). Os eruditos têm discutido largamente as ideias de Shakespeare, que ele encerra nas declarações teatrais feitas pelas suas personagens em situações dramáticas; das ideias de Camões, dos seus sentimentos, esperanças e tristezas, estejam como estiverem disfarçadas sob os modos e tonalidades da sua época (e também por causa dos perigosamente repressivos tempos em que vivia), tudo sabemos, já que não muitos grandes poetas, no mundo da literatura, escreveram tanto acerca de si mesmos come ele fez obsessivamente, até no seu poema épico. A crítica sobre as suas obras (especialmente a épica) tem sido imensamente enganada pelo orgulho e preconceito políticos ou religiosos portugueses, que pondo em relevo o carácter nacional do poema épico, reduziram a mais large visão do pensamento de Camões.

Sena, who had proudly read the whole of his original entry for the Britannica at the University of Connecticut in 1972, was understandably disappointed that his essay had been so modified and shortened without his consent—which, of course, he would not have given. The Britannica was interested in Sena’s comparisons of Camões Shakespeare or his detailed attempt to correct centuries of critical misinformation about Camões.

Surely, in the early 1970s, no one’s efforts exceeded those of Sena, scholar or poet, to bring attention to Camões in the quadricentennial year of the publication of Os Lusíadas. As for the real effect of the celebratory events of 1972, that, too, was assessed by Sena, in 1975:

When, in preparation for the celebrations of the 3rd centennial of his death, in 1880, his [Camões’s] Portuguese admirers looked for the remains, everything was most uncertain. And the bones transferred with pomp and circumstance to a lavish tomb placed in the “Jerónimos” monastery, a splendid building erected in Lisbon at the beginning of the 16th century near the beach from where Vasco da Gama (the hero of The Lusiads) left for his glorious voyage to India, and to celebrate the great event—those bones are for sure not his. So there happened with his remains what had happened with his life, with his lyrical poetry left scattered and unpublished when he died, and, we can say, with his poetical personality at the hands of many biographers and critics. Now (and paradoxically the celebrations of the 4th centennial of The Lusiads in 1972 have helped) Camões is rising from the dead like the phoenix.

In 1980, two years after Jorge de Sena’s death, his spirit was still very much present at the “Colóquios Camonianos” commemorating the quadricentennial of the death of Camões, held at the University of California, Santa Barbara on April 25-26, 1980. Nineteen of the more than two dozen papers presented were selected for the Proceedings volume published as Camoniana Californiana under the editorship of Maria de Lourdes Belchior and Enique Martínez-López in 1985. The entire effort, the colloquium and itspublished proceedings, was intended, according to the editors, to run counter to the pessimism expressed by Jorge de Sena’s famous poem (quoted in the book’s preface):

Podereis roubar-me tudo:
as ideias, as palavras, as imagens,
e também as metáforas, os temas, os motivos,
os símbolos, e a primazia
nas dores sofridas de uma lingua nova,
no entendimento de outros, na coragem
de combater, julgar, de penetrar
em recessos de amor para que sois castrados.
E podereis depois não me citar,
suprimir-me, ignorar-me, aclamar até
outros ladrões mais felizes.

A listing of those participants whose papers were included in the published proceedings, along with their institutional affiliation, will give an indication of the scope of this international gathering in California on the shores of the Pacific Ocean. Included were José Martins Garcia (Brown University), Kenneth David Jackson (University of Texas at Austin), Maria de Lourdes Belchior (University of California, Santa Barbara and University of Lisbon), Stephen Reckert (King’s College, University of London), Maria Leonor Machado de Sousa (New University of Lisbon), Bryant Creel (California State University, Los Angeles), Augusto Hacthoun (Wheaton College), Gordon Jensen (Brigham Young University), Frederick G. Williams (University of California, Santa Barbara), Leodegário A. de Azevedo Filho (P.U.C., Rio de Janeiro), Rebecca Catz, Joaquim-Francisco Coelho (Harvard University), Eduardo Mayone Dias (University of California, Los Angeles), Nelly Novaes Coelho (University of São Paulo), Davi Traumann (University of California, Santa Barbara), Vergílio Ferreira, António Cirurgião (University of Connecticut), Gilberto Mendonça Teles (P.U.C., Rio de Janeiro), and Ronald S. Sousa (University of Minnesota). It is interesting to note that there are twelve American universities represented in this list, as opposed to two Brazilian, two Portuguese, and one British. It is a curiosity that Francis Rogers of Harvard did not attend the meetings although he did send a paper. It was not included in the commemorative volume.

Later in the same commemorative year, a three-day multidisciplinary conference on the subject “The Portuguese World in the Time of Camões: Sixteenth-Century Portugal, Brazil, Portuguese Africa, and Portuguese Asia” was held at the University of Florida (September 29-October 1, 1980). Of the twenty-six presentations, eighteen were included in the proceedings volume, Empire in Transition: The Portuguese World in the Time of Camões, edited by Alfred Hower and Richard A. Preto-Rodas and published in 1985. The volume prints a goodly number of papers dealing entirely or substantially with Camões: A. H. de Oliveira Marques (“A View of Portugal in the Time of Camões”), Peter Fothergill-Payne (“A Prince of Our Disorder: ‘Good Kingship’ in Camões, Couto, and Manuel de Melo”), José Sebastião da Silva Dias (“Camões perante o Portugal do Seu Tempo”), Graça Silva Dias (“Cultura e Sociedade na Infância e Adolescência de Camões”), Harold V. Livermore (“On the Title of The Lusiads”), Jack E. Tomlins (“Gil Vicente’s Vision of India and its Ironic Echo in Camões’s ‘Velho do Restelo’”), René Concepción (“The Theme of Amphitryon in Luís de Camões and Hernán Pérez de Oliva”), William Melczer (“The Place of Camões in the European Cultural Conscience”), Norwood Andrews, Jr. (“Camões and Some of His Readers in American Imprints of Lord Strangford’s Translation in the Nineteenth Century”), and Alberto de Lacerda (“Os Lusíadas e Os Maias: um Binómio Português?”). There was also an additional paper by Marie Sovereign (“O Tema do Desconcerto na Lírica de Camões”). The institutions represented by those participants who spoke on the subject of Camões include the New University of Lisbon, University of Calgary, Instituto Nacional de Investigação Científica (Lisbon), University of British Columbia, University of Maryland, Queens College (New York), Syracuse University, Texas Tech University, and Boston University. It will be observed that between the Santa Barbara and Gainesville conferences in 1980 there were some fifteen different United States universities represented, only two of which were represented in 1972 in the Ocidente volume or in the Hispania issue of 1974. Notably, in its Winter 1980 issue, the scholarly journal Luso-Brazilian Review, published in Madison, Wisconsin, collected a half dozen articles under the commemorative heading “Camões and His Centuries.” The contributors were Gerald M. Moser, Joseph A. Klucas, Norwood Andrews, Jr., Clementine C. Rabassa, Kenneth David Jackson, and Alexandrino E. Severino.

To bring the matter closer to date, it can be noted that a major international conference, “Post-Imperial Camões,” was held at the University of Massachusetts Dartmouth on October 11-12, 2002. The proceedings appear in Portuguese Literary & Cultural Studies 9 (2003), pages 1-243. This journal is published by the Center for Portuguese Studies and Culture at the University of Massachusetts Dartmouth. It includes fourteen papers: those presented by Helen Vendler (Harvard University), Miguel Tamen (University of Lisbon), Rita Marnoto (University of Coimbra), Helder Macedo (King’s College, University of London), Fernando Gil (New University in Lisbon), Hélio J. S. Alves (University of Évora), Josiah Blackmore (University of Toronto), Eduardo Lourenço, Anna Klobucka (University of Massachusetts Dartmouth), George Monteiro (Brown University), João R. Figueiredo (University of Lisbon), Lawrence Lipking (Northwestern University), Balachandra Rajan (University of Western Ontario), and Michael Murrin (University of Chicago).

The accumulation of names and wide range of institutional affiliations associated with the various conferences on Camões held in the United States, beginning with the 1972 gathering at the University of Connecticut, seems to indicate—hardly a surprise—that Camões’s literary reputation is now largely in the hands of scholars and translators. In 1965 Sena had written of the Camões who had “deixado/ a vida pelo mundo em pedaços repartida, como dizia/ aquele pobre diabo que o Minotauro não leu, porque,/ como toda a gente, não sabe português.” The efforts of Jorge de Sena, culminating in a series of essays, poems, and books in the 1970s, earned him a central place in the campaign to make Camões and his work better understood and more widely read not only in Portuguese-speaking countries but in the United States and the United Kingdom as well. He concluded his 1975 essay “”Camões: the lyrical poet,” written to accompany the publication of a small handful of translations of Camões’s poems, in this way:

Let us hope that this selection of his poems will start his resurrection as a great lyrical poet for English readers. Much has aged for our time in his epic poem, which still is, nevertheless, an extraordinary achievement whose fascinating secrets (very different from the ‘official’ interpretations) are yet very far from being unraveled. But nothing has aged in his lyrical poems, except superficial modes and turns of style: and there, as in many passages of the spic poem, we have a man, and a complex human being at that, talking to us, in the way only great poets do, about anguishes, hopes and despairs very much akin to our own today.

To the same end, that of making Camões better and more accurately known to the English-speaking world at large, Jorge de Sena, I was told by an editor at G. K. Hall in 1979, had agreed to write the biographical-critical volume on Camões for the Boston publisher’sseries on “World Authors.” If that information is correct, then it was not his destiny to fulfill this commitment. Jorge de Sena, the scholar of his generation best fitted to promote the cause of Camões, died in 1978 at the age of fifty-eight.

 

Bibliografia:

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ANDREWS, JR., Norwood, “A Projecção de Camões e d’Os Lusíadas nos Estados Unidos da América,” in Os Lusíadas: Estudos Sobre a Projecção de Camões em Culturas e Literaturas Estrangeiras, 3 vols., Lisboa, Academia das Ciências de Lisboa, 1984, III, pp. 331-449.
ANDREWS, JR., Norwood, “Toward an Understanding of Camões’ Presence as a Lyric Poet in the Nineteenth-Century American Press,” Luso-Brazilian Review, 17, Winter 1980, pp. 171-85.
BELCHIOR, Maria de Lourdes, and Enrique Martinez (Eds.), Camoniana Californiana: Commemorating the Quadricentennial of the Death of Luís de Camões, Santa Barbara, Jorge de Sena Center for Portuguese Studies, University of California, Santa Barbara, ICLP, and Bandanna Books, 1985.
Camoniana Inglesa, London, Instituto Britânico em Portugal, IV Centenário da Publicação de “Os Lusíadas,” May/ June 1972.
[CIRURGIÃO, António (Ed.)], Ocidente, Número Especial, new series, 35, November, 1972, pp. 1-223.
DAGHLIAN, Carlos, Os Discursos Americanos de Joaquim Nabuco, trans. João Carlos Gonçalves, Recife, Fundação Joaquim Nabuco/ Editora Massangana, 1988.
GOLDBERG, Isaac, Camoens: Central Figure of Portuguese Literature, Little Blue Book No. 530, Girard, Kansas, Haldeman-Julius, 1924.
GUERBER, H. A., The Book of the Epic, Philadelphia and London, Lippincott, 1913, pp. 127-36.
HOWER, Alfred, and Richard A. Preto-Rodas (Eds.), Empire in Transition: The Portuguese World in the Time of Camões, Gainesville, University of Florida Press, 1985.
HUGHES, Merritt Y., “Camoens, 1524-1924,” The New York Evening Post Literary Review, Sept. 20, 1924, section 5, pp. 1-2
LETZRING, Madonna, The Influence of Camoens in English Literature, Revista Camoneana, 1, 1964, pp. 158-80; 2, 1965, pp. 27-54; 3, 1971, pp. 57-134.
MACHADO DE SOUSA, Maria Leonor (Ed.), Camões em Inglaterra, Lisboa, Ministério da Educação/ Instituto de Cultura e Língua Portuguesa, 1992.
MADDEN, Eva, “Portugal’s Poetical One-Eyed Devil,” The New York Times, July 13, 1924, p. SM9.
MENDES, Vitor (Ed.), Post-Imperial Camões, Portuguese Literary & Cultural Studies 9, 2003, pp. 1-243.
MONTEIRO, George, “Camões in the United States,” Revista de Estudos Anglo-Portugueses, no. 11, 2002, pp. 37-55.
MONTEIRO, George, “Notes on Camões,” Revista de Estudos Anglo-Portugueses, no. 8, 1999, pp. 7-15,
MONTEIRO, George, The Presence of Camões: Influences on the Literature of England, America, and Southern Africa, Lexington, University Press of Kentucky, 1996.
ROTHBERG, Irving P. (Ed.), [Camões], Hispania, 57, May 1974, pp. 213-53.
SEABRA, José Augusto, “Camões e Jorge de Sena,” in Estudos Sobre Jorge de Sena, ed. Eugénio Lisboa, Lisboa, Imprensa Nacional – Casa da Moeda, 1984, pp. 139-69.
SENA, Jorge de, Trinta Anos de Camões, 2 vols., Lisboa, edições 70, 1980.
TAYLOR, Edmond, “Camoëns,” Horizon, 14, Autumn 1972, pp. 56-65.
WOODBERRY, George Edward, “Camoens,” in The Inspiration of Poetry, New York, Macmillan, 1910, pp. 58-84.

* George Monteiro is Adjunct Professor, Professor Emeritus of English and Portuguese and Brazilian Studies at Brown University (Providence, RI), USA

O antes e o depois de um “sermão” cívico

Depois da “Revolução dos Cravos”, o “10 de Junho” só veio a recuperar a grande solenidade com que vinha sendo comemorado desde 1880 – ano do famoso “Terceiro Centenário” – em 1977, quando o General Ramalho Eanes, recém-eleito presidente da República por larga maioria de votos, decidiu rebatizá-lo de “Dia de Camões, de Portugal e das Comunidades Portuguesas”, nomeando um comissário da celebração e descentralizando as cerimônias oficiais para cidades da província. Nesse ano de 1977 coube ao Major Victor Alves orquestrar os festejos na cidade da Guarda, que, além da comitiva oficial, recebeu espantoso número de visitantes – muitos depois apinhados no ginásio do então Liceu da Guarda para ouvir os pronunciamentos cívicos, destacando-se os discursos de Vergílio Ferreira e de Jorge de Sena.

Vários são os comentários que nos chegaram sobre a “atuação” de Jorge de Sena nesse dia, quer na imprensa, quer em testemunhos como, por exemplo, o de José Saramago, já aqui transcrito, o de Vergílio Ferreira, em Conta Corrente 2, e o de Baptista Bastos (ver http://www.jornaldenegocios.pt/home.php?template=SHOWNEWS_V2&id=374958). Mas, aqui interessa-nos resgatar a própria avaliação do autor.

Dos registros publicados de JS, o primeiro anúncio sobre a sessão encontra-se na carta de 15/5/1977 que dirigiu a Eduardo Lourenço: A 5 ou 6 de Junho, voarei para Lisboa, pois que deverei proferir o sermão do 50º aniversário da presença em Coimbra a 7 […] e o sermão camoniano, na Guarda a 10, a convite das comemorações que são mais do “emigrante” a que se quer lamber o rabo e a bolsa do que do Camões emigrante também (fala, em nome da região, e não sei que mais, antes de mim, o Vergílio Ferreira, e, depois de mim, o Ramalho Eanes com quem está marcado que eu me encontre amanhã).

A notícia merece comentário de Eduardo Lourenço, em carta de 26 de maio: Essa história das “comunidades”, de inspiração Adriano Moreira nítida, em si podia ser aceitável, mas temo que faça parte de um “novo lusitanismo”, compensador de ilusões perdidas. Além de caça ao franco e ao dólar que sublinhas. Nem por outro motivo se escolheu a Guarda, a Guarda da minha emigração e filiação, para altar da lusitanidade. Cá espero as vossas celebrações ecumênicas (a tua e a do Vergílio) nessa capital de neve e de reaccionarismo pátrio.

E ainda, antes do evento, retorna JS ao assunto, em carta de 2 de junho: E a 10, [estarei] na Guarda, com o Presidente, se até lá houver o Presidente, e a Guarda, é claro. Meu caro: a ideia das “comunidades” será, e tanto se me dá, do Moreira Adriano, mas também é minha, por exemplo, que todos os anos celebro, de sumo sacerdote, o “Dia” na Califórnia, e sei a importância que a reunião tem para a colónia e para os laços dela com Portugal. […] Quando me convidaram para perorar e me disseram que era na Guarda (o convite veio do Vítor Alves, ou através dele, eu perguntei se a escolha era feita por ser a cidade mais “alta” de Portugal (800m que é que, sem “altura” têm Madrid ou São Paulo, e há quem tenha mais)… Se é o centro da reaccção, acho que é de boa política ir lá; se é centro simpatório, idem; e se é só o que é ou isso tudo, sempre haverá, em 800 metros, o Camões e eu falando dele que, com V. Senhoria e alguns mais, somos as alturas daquela caca que a Providência nos deu para nascer e amar.

Já da Califórnia, a 11 de julho, JS relata ao amigo: voltei de Paris a Portugal para pregar o meu sermão coimbrão sobre a presença, [e] o sermão nacional na Guarda, que foi uma grandiosa e comovente coisa de que nem jornais nem TV deram a magnitude (e o povinho miúdo a abraçar-me depois, agradecendo o que eu tinha dito), pois que a TV não deu uma só imagem da multidão imensa de milhares e milhares de pessoas dentro e fora do edifício.*

Contudo, onde mais largamente JS comenta a sessão da Guarda, e questões afins, é na “Carta aberta” que escreve, quase 10 meses depois, a 26 de março de 1978, ao “Exmo. Sr. Ministro dos Negócios Estrangeiros, e também aos Exmos. Secretário e Sub-Secretário da Emigração”, publicada pelo Diário Popular de Lisboa, a 3 de maio desse ano [ver a transcrição neste site]

Como se sabe, Jorge de Sena faleceu quase que exatamente um ano após o “Discurso da Guarda” – sem mais tempo para voltar a tratar de Camões, note-se – e um mês depois da publicação dessa “carta-aberta”. Sem dúvida, os dois textos devem ser lidos como manifestações testamentárias.

Como se morre?

Ante a perplexidade do “memento mori”, alguns poemas senianos em torno da Morte. Em áudio Jorge de Sena lê o poema “Requiem de Mozart”.

Do motivo pictórico ao musical, do epicédio pelo amigo ao pressentimento do próprio fim, o tema da morte avulta em grandes poemas de Jorge de Sena, alguns dos quais aqui relembrados.

 

 

 

 

«A Morta» de Rembrandt

Morta. Apenas morta. Nada mais que morta.
Não parece dormir. Nem se dirá
que sonha ou que repousa ou que da vida
levou consigo o mais que não viveu.
Parece que está morta e nada mais parece.
E tudo se compõe, dispõe e harmoniza
para que a morte seja apenas sua.
É muito velha. Velha, ou consumida
na serena angústia de aguardar que a vida
vá golpe a golpe desbastando os laços
de carne e de memória, de prazer, piedade,
ou do simples ouvir que os outros riem,
e choram e ciciam ou silentes
se escutam tal como ela se escutava
na calma distracção de respirar
o tempo que circula pelas veias.
Em tudo a vida se extinguiu. Primeiro,
a que era sua e como que de todos
quantos amara ou conhecera um pouco
ou, vagamente vultos recordados, eram
sombras dos dias pensativos em
que os olhos pousam no que passa ou pára.
Depois a vida nela — o só viver,
o só estar viva sem saber seu nome —
e que não era sua mas lhe fora entregue
de posse em posse, no correr dos séculos,
desde a primeva noite pantanosa
àquele quarto em que vagiu nascendo.
Formas da vida não subsiste alguma
na luz difusa que a seu rosto aclara
tão marfinado no sudário branco
a destacar-se da coberta escura.
Morreu por certo há pouco, e já na boca
de lábios finos, comissuras longas,
como nas pálpebras pesadas ou
no afilamento do nariz adunco,
nada palpita, nem a morte, nada.
A luz deixa na sombra o crucifixo
que pende da parede ao pé do leito,
porém no rosto pousa aguda e leve
iluminando a teia de milhares de rugas
tecida pela aranha que se agita
entre nós e os outros, entre nós e as coisas,
entre nós e nós próprios, mesmo que
não fosse a vida esse crispar-se a pele
a um beijo que desliza, um vento que perpassa,
uma ansiedade alheada, um medo súbito,
uma demora de confiança triste.
Está morta. Apenas morta. Mas, no entanto,
na solidão a que nem cores resistem
não morre o mundo, não figura a Morte,
nada figura senão ela que
deixou de ser a solidão da vida,
para ficar ali, antes de apodrecer,
no breve instante em que a agonia acaba,
a solidão que vemos exterior enfim
no rosto amarelecido, no sudário branco,
no escuro cobertor, na luz difusa,
no jeito da cabeça repousada,
e nas pesadas pálpebras espessas,
fechadas sobre os olhos para sempre.

Lisboa, 12/5/1959
«Requiem» de Mozart

I

Ouço-te, ó música, subir aguda
à convergente solidão gelada.
Ouço-te, ó música, chegar desnuda
ao vácuo centro, aonde, sustentada
e da esférica treva rodeada,
tu resplandeces e cintilas muda
como o silente gesto, a mão espalmada
por sobre a solidão que amante exsuda
e lacrimosa escorre pelo espaço
além de que só luz grita o pavor.
Ouço-te lá pousada, equidistante
desse clarão cuja doçura é de aço
como do frágil mas potente amor
que em teu ouvir-te queda esvoaçante.

16/4/1962
lI

Ó música da morte, ó vozes tantas
e tão agudas, que o estertor se cala.
Ó música da carne amargurada
de tanto ter perdido que ora esquece.
Ó música de morte, ah quantas, quantas
mortes gritaram no que em ti não fala.
Ó música da mente espedaçada
de tanto ter sonhado o que entretece,
sem cor e sem sentido, no fervor
de sublimar-se nesse além que és tu.
Ó vida feita uma detida morte.
Ó morte feita um inocente amor.
Amor que as asas sobre o corpo nu
fecha tranquilas no possuir da sorte.

16/4/1962

III

Além do falso ou verdadeiro, além
do abstracto e do concreto, além da forma
e do conceito, além do que transforma
contrários pares noutros par’s também,
além do que recorre ou nunca vem
ao que se pensa ou sente, além da norma
em que o não-ser se humilha e se conforma,
além do possuir-se, e para além
dessa certeza que outro ritmo dá
àquele de que as palavras têm sentido:
lá onde ouvir e não-ouvir se igualam
na mesma imagem virtual do na-
da — é que tu vais, ó música, partido
o nó dos tempos que por ti se calam.

15/10/1967

IV

Tudo se cala em ti como na vida.
Tudo palpita e flui como no leito
em que se morre ou se ama, já desfeito
o abraço do momento em que, sustida
a sensação da posse conseguida,
a carne pára a ejacular-se atenta.
Tudo é prazer em ti. Quanto alimenta
esta glória de existir, trazida
a cada instante só do instante ser-se,
reflui em ti, puro, atlante,
certeza e segurança de conter-se
na criação virtual o renascer-se
agora e sempre pelo tempo adiante,
mesmo esquecido. Em ti, o conhecer-se
deste possível é a paz do amante.

15/10/1962 revisto em 15/10/1967 e acrescentados os dois últimos poemas
À memória de Adolfo Casais Monteiro

Como se morre, Adolfo? Tu morreste
(toca o telefone às duas da manhã em Lourenço Marques era a Joaninha em lágrimas a dizer que o padrinho dela tinha morrido eu não queria crer e mesmo perguntei — tendo tantos compadres — quem era o padrinho dela cuja morte chegava em notícia de Lisboa a Mécia e eu ficámos silenciosos com os olhos marejados das lágrimas que só vieram no dia seguinte esperávamos mais dia menos dia tão doente estavas aquela notícia agora mais incrível por chegada inopinadamente do outro lado do mundo que não era sequer aquele em que morrias)
— e diz-me o Pimentel numa carta tão triste:
enquanto dormias a tua solidão
e estavas morto e sereno pela manhã alta.
Morreste na mesma solidão altiva e tímida
com que foras discreção e delicado ser
escondido em máscaras de sorriso amargo
e de palavras ásperas e rudes. Igual aos versos
que escreveste como raros no molhar de alma
em sangue e sentimento já essência
e só profunda vida oculta em música
puríssima de câmara em cordas tensas
a que o ranger dos arcos se somava ambíguo.
Ninguém mais nobremente ergueu em si
o monumento da morte esse viver contínuo
num só de se indicarem por oblíquos
sinais os gestos limpos da amizade
e os limpos mais ainda de um amor constante
que o teu corpo buscou em tantas mulheres
amando só algumas fielmente na tortura
de não se amar tão bem quanto o desejo.
Adolescente, amadureceste para uma velhice
a que te deste como monge laico
incréu de tudo menos desse amor perdido
que à tua volta, em livros como em música,
era um sussurro de memórias silentes
a rodear-te de vácuo a tua sala vazia.
Como se morre, Adolfo? Trinta e três
anos — uma idade perfeita — conheci-te,
soube de ti o dito e o não-dito, o que escreveste
e o que não escreveste. Por instantes,
os teus olhos cruzavam-se num viés de vesgo
que era um saber terrível de estar só no mundo
e não haver que valha a pena que se diga
sem destruir-se quanto em nossa vida é o pouco
indestrutível se guardado à força
num silêncio de exílio e de distância.
E todavia como estiveste no mundo, como
duramente bebeste toda a dor do mundo,
ou a fumaste em nuvens de cigarros que matavam
os teus pulmões possessos de asfixia.
Foste o estrangeiro e o exilado perfeito
e por todos nós que recusámos de um salto
por outras terras esta terra há séculos de outrem,
morreste em dignidade, sem queixas nem saudades
a queixa e a saudade mais pesadas
pesadas para o fundo, sem palavras
que as não há entendíveis aonde não se entende
a perfeição tranquila em desespero agudo
a que te deste num morrer sem voz.
Morreste só, como viveste. Sem conversa,
como escolheste viver. Longe de tudo,
como a vida te deu que tu viveras.
E tão presente, mesmo se esquecido,
és como o fogo ardente a requelmar quem pensa
que em Portugal de Portugal se é.
Como se morre? Nesse instante extremo,
sentiste um respirar que te alargava
e te expandia o peito mais os olhos
até os confins deste universo inteiro?
Abriste os olhos? Só em sonhos viste?
Morreste — como se morre? — E no teu rosto
qual nos teus versos poderá ser lido
até que nem pensaste nem disseste.
Mas isso tu sabias, e creio que foi pouco
oh muito pouco o que a morte foi capaz de te ensinar.

 

Porto, 26/8/1972